Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

sábado, 6 de octubre de 2012

El Festival Literario continúa, esta vez con intervenciones de Felicitas Hoppe, Laurent Mauvignier, Alessandro Barbero y el novelista mexicano David T., además de traductores, libreros y editores, en general menos internacionales. Barbero es un políglota consumado, y además un tipo muy divertido y muy teatral. A David T. recuerdo haberlo oído en Göttingen hacia el año 2004; no fue memorable en aquella ocasión, y tampoco lo ha sido en esta. Dice que en sus novelas prescinde de guiones y comillas porque la lengua oral no tiene puntuación; es una afirmación de una simplicidad inaudita. Pese a todo, hay que reconocerle que ha mejorado las anécdotas. Cuenta dos, y una era buena. Resulta que los escritores del norte de México nunca se habían considerado a sí mismos escritores del norte de México, sino simplemente escritores, o todo lo más escritores de México. Pero un buen día alguien los invitó a un congreso de escritores del norte de México, y bebieron cerveza, contaron historias absurdas y se divirtieron mucho, a tal punto que cuando alguien propuso repetirlo al año siguiente todos se alegraron mucho, hubo más cervezas, cantaron corridos y se lo pasaron bomba, y no pasó mucho tiempo antes de que una revista cultural escribiese el primero de una larga serie de artículos sobre los escritores del norte de México, se hicieron tesis en las universidades extranjeras sobre la nueva ola de escritores del norte de México y para entonces los propios escritores del norte de México se denominaban a sí mismos «escritores del norte de México». Pero en realidad era por la cerveza.

(Al final la anécdota no era tan buena, y eso que yo la cuento mejor que él).


Pero curiosamente lo mejor de este día tan lleno de conversaciones ha sido un encuentro casual en el pasillo con Laurent D., profesor de literatura francesa y gestor del archivo Georges Simenon. No sé qué le digo que enseguida se suelta a hablar con cajas destempladas del cambio de paradigma cultural que estamos viviendo, y al que inútilmente tratamos de domar con herramientas desfasadas. Todo viene de mayo del 68, dice, que fue el fin de una era, la vulgarización de la rebelión. La dimisión de De Gaulle fue la muerte del padre, el asesinato edípico definitivo: después ya es imposible estar a la contra de nada, ni subvertir de ningún modo. Si se piensa, lo alucinante de las consignas sesentayochistas —«dessous les pavés c'est la plage», «mangez vos professeurs» o, mira tú por dónde, «enragez-vous», tan parecido al actual «indignez-vous»—, lo verdaderamente alucinante, dice, es que fueran una práctica tan generalizada. No sé, me digo yo más tarde, no sé yo si la aceptación sería tanta como para que la compartieran los huelguistas de clase obrera, trataré de leer algo sobre ello, creo que tengo en casa un hors série sobre el mayo francés. Para Laurent, en cualquier caso, ése fue el momento en que la heterodoxia se convirtió en doxa de manera definitiva y general.

De todos modos la situación ha sufrido aún varias vueltas de tuerca desde entonces. Hoy, por ejemplo, no hay cultura académica contra la que reaccionar. En la escuela, en el instituto y en muchas de las universidades el canon de lectura propuesto es democrático, incluso populista. Cyberpunk. Novelas de vampiros. Remakes. Eso, que es lo opuesto al elitismo, no deja de ser —dice Laurent— una forma de reduccionismo. Además la posibilidad de acceder a documentos de forma ilimitada parece haber conducido, paradójicamente, a una estandarización y jibarización de la cultura. De antes echaban una peli de Bergman el sábado por la tarde y no te quedaba más remedio que verla. Si te cansabas apagabas la tele, pero al menos habías visto media peli de Bergman y sabías por qué no ibas a ver ninguna más. O bien te gustaba y buscabas otras en el videoclub. Mientras que ahora, con eso de ir a tiro hecho, resulta difícil llevarse sorpresas, buenas o malas. Por eso Laurent se define como postmoderno, en el sentido de que no quiere tener que renunciar a nada del pasado. Es una definición personal y de pasillo, que no le gustaría ponerse a justificar por escrito.

—¿Y ese eclecticismo —le pregunto— no será una manera de justificar el consumo cultural indiscriminado?

—No, yo lo veo más bien como una forma particular de presentar batalla a lo que no deja de ser una nueva forma de uniformización cultural. Para mí ser postmoderno significa acercarme a objetos culturales muy diferentes sin sentir la necesidad de jerarquizarlos. Me gusta algo de la literatura barroca, algo del neoclasicismo, una parte de lo escrito durante el romanticismo... Con lo que cada vez trago menos es precisamente con la literatura moderna; que no me hablen de Rimbaud, de Baudelaire, de Mallarmé, que no me hablen de tanta literatura de lo inefable. Si de verdad es inefable, que se callen y nos dejen tranquilos.