Hace dos semanas estuvimos visitando las Termas de Claudio, en Colonia. Allí bebimos un agua que ha pasado 39.000 años en el subsuelo, antes de brotar por un caño en una esquina del Rheinpark. Es un agua más antigua que la humanidad. Sabe también un poco a eso, pero impresiona.
El viaje a Colonia fue una escapada rápida y casi irresponsable —estaba a punto de comenzar el nuevo semestre— con un objetivo claro, aparte del baño termal: comprar una olla a presión. En el primer centro comercial que nos echamos a la cara tienen cerca de 78 metros cuadrados de baterías de cocina, la mitad de ellas compuestas de ollas a presión en diámetros variados. Una vendedora nos explica durante media hora larga las funcionalidades inauditas de sus ollas, hasta que otra cliente que pasaba por allí —claramente a sueldo de los grandes almacenes— se acerca y asegura que ella lleva treinta años cocinando con una olla como la que nos acaban de recomendar y la volvería a comprar sin pensárselo dos veces. Qué diablos, si el precio fuera el de hace treinta años nosotros también la compraríamos.
La verdad es que la compramos igual con los precios del siglo XXI. Potaje en nueve minutos. Risotto en cinco. Kathleen dice que alguien debería escribir una historia cultural de las ollas exprés: hay muchas recetas castizas para hacer potajes y cocido con ellas, pero según los foros alemanes de cocina están algo pasadas de moda, y en Bélgica no encontré más que dos modelos de calidad dudosa y precio a todas luces optimista.
El lunes pasado estuvo cenando en casa Patricia W., la nueva profesora de traducción. Contó historias tremebundas de lo resabiados que están los estudiantes en la Universidad de Buenos Aires. Uno, por ejemplo, le reprochó a un catedrático que entreverase su argumentación de expresiones adverbiales por el estilo de «evidentemente», «muy probablemente» o «como es obvio». «¿No cree —le dijo— que es demasiada modalización? Los datos deberían ser suficientes para que su clase se tuviera en pie».
Otra vez un estudiante le preguntó a un catedrático de literatura qué pasaba con el mendigo ciego al final de «Casa tomada». El catedrático elaboró una detallada e ingeniosa explicación acerca no sólo de su destino, apenas sugerido, sino también de la sutil dimensión simbólica que caracterizaba a ese discreto personaje del relato del Cortázar. Habría salido aquel día por la puerta grande si en el relato hubiera habido realmente un mendigo ciego y si todo hubiese sido algo más que la broma pesada de un goliardo desahogado.
Con Patricia compartiría pocos días después una experiencia tristemente representativa de esta provincia distópica. Habíamos salido de la cena de navidad del equipo de español (que no celebramos en navidad y aplazamos varias veces hasta mediados de febrero), y regresábamos en el mismo tren de la línea de Rivage cuando en nuestro vagón comienzan a estallar las ventanillas. Cuatro percusiones rápidas —¡pac!, ¡pac!, ¡pac!, ¡pac!— y los cristales se hacen trizas como si los hubieran sumergido en nitrógeno líquido. En el centro de cada uno, un agujero por el que cabría holgadamente mi dedo corazón (ese dedo «tan rico de expresión», que decía Luis de Tapia). Patricia se ha echado a un lado con brusquedad refleja. Le pregunto si está bien, recompone el gesto y comprueba que efectivamente está ilesa. Los proyectiles parecen haber atravesado la primera capa de cristal, pero no la segunda: eso nos tranquiliza un poco y nos hace pensar más bien en pistolas de aire comprimido. Me levanto y en los asientos contiguos encuentro a dos muchachas que llevan el miedo pintado en la cara; junto a ellas, otra ventanilla escarchada. Una de ellas cuenta, con marcado acento de Flandes, que dos jóvenes la venían siguiendo y habían descendido del tren en la estación suburbial que acabábamos de abandonar. En la siguiente estación llegan los peritos de la SNCB, la interventora, la policía, y varios guardias de seguridad. Uno de ellos nos explica que deben de haber sido pedradas, pues de otro modo las consecuencias habrían sido mucho más graves. Otro comprueba que en los vagones no falta ningún martillo de emergencia, y al pasar por nuestro lado nos dice: «es la tercera vez que ocurre esto en las dos últimas horas». En el andén observamos como un trabajador con chubasquero reflectante desprende los fragmentos de vidrio con un destornillador y luego los echa a la vía, sobre el balasto. Patricia se ríe con ganas y exclama:
—¡Qué folklórico es todo!
