Tirandillo

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Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

domingo, 1 de junio de 2014

Como todo el mundo quería ir a la exposición sobre David Bowie que hay en el Martin-Gropius-Bau, fuimos. Nos gustó mucho, claro, porque habíamos pagado 15 euros por barba. Si hubiéramos pagado menos, no nos habría gustado tanto. Esta es una regla fija de la psicología social cuyo cumplimiento nunca deja de asombrarme.

Está todo muy bien dispuesto, los letreros en alemán han sido correctamente traducidos al inglés, las audioguías funcionan la mayor parte de las veces y el acceso se ha escalonado de manera que no haya aglomeraciones. Sin embargo, por mucho que nos haya gustado, hay que admitir que se ha hecho un uso bastante acrítico de los materiales —muchos de los cuales proceden del propio artista—, y que como narración biográfica ruborizaría incluso a alguien tan acostumbrado a las simplificaciones como un contertulio de Intereconomía.

Los rótulos dan algunos detalles sobre el contexto cultural: los grupos de rythm & blues que Bowie escuchaba en su adolescencia, los libros que leyó un verano, las cartas que cruzó con Marlene Dietrich («Querido David: al final te has ido de Berlín y no hemos podido vernos; dile a tu agente que llame al mío»). En cambio, se ha omitido todo aquello que podría relativizar su originalidad, pero también explicar mejor el alcance de sus aportaciones personales. Se insiste mucho, por ejemplo, en el vestuario y el maquillaje del cantante en su época glam, y en la dimensión teatral de sus espectáculos en directo. Pero cualquiera que haya tenido una adolescencia difícil sabe que en aquellos mismos años (1971, 1972, 1973) Peter Gabriel montaba óperas rock psicodélicas en las que se vestía de botarga. Otro ejemplo: Brian Eno metió la cuchara en un álbum de Genesis dos o tres años de producir Heroes.

Quizá el relato verdaderamente dialéctico y documentado haya que buscarlo en el catálogo de la exposición, que, sólo por su precio, reunía ya condiciones inmejorables para entusiasmarnos.

La de Bowie es, en definitiva, una exposición como tantas exposiciones: una cosa pensada para un consumo mitómano y acrítico. Bowie es un músico grandioso, pero en realidad sus cuadros no son tan buenos; sus entrevistas son insustanciales; su caligrafía, infantil; sus anécdotas de estudio, desabridas; su carrera dramática, no muy distinta de la de Miguel Ángel Valero o Enrique Segura Cano. ¿Que quiénes son Miguel Ángel Valero y Enrique Segura Cano? Well, that’s my point. Cuando Bowie interpreta El hombre elefante sin disfrazarse de hombre elefante es mucho menos genial que cuando Faemino y Cansado interpretan al hombre bala sin disfrazarse de hombre bala («¡beeee!»).

Es verdad que, si uno se entrega a la mitomanía, la muestra contiene algunos objetos sobrecogedores, empezando por los trajes estrambóticos que el cantante lució en conciertos y vídeo-clips que hoy son parte de nuestra memoria colectiva. En una vitrina se expone el manuscrito original con la letra de «Life on Mars». Me agacho a leerla, con lágrimas en los ojos. Enseguida me yergo, desconcertado: lo que leo no tiene nada que ver con el non sequitur pop que un Bowie espectral cantaría finalmente en Hunky Dory. Esto parece más bien una letra de Gilbert O’Sullivan.