Enfrente tengo a Françoise T.; mientras comemos una pechuga de pollo descontextualizada y jibarizada, con trocitos de nabo y remolacha, ella me habla de las clases de Jules H., que recibió hace cosa de treinta y tantos años. Es otra de esas batallitas que alimentan la historia cómica del hispanismo centroeuropeo que espero poder escribir algún día. Llegado el momento, cederé la palabra a Françoise, más o menos como hago ahora:

—Cuando leí artículos de Jules H. me di cuenta de que era un investigador brillante, alguien completamente distinto al tipo que veíamos en clase. Hay que decir también que yo ya lo pillé algo claudicante y achacoso. Llegaba al aula y se sentaba sin quitarse el abrigo; al contrario: se arrebujaba más en él, y sacaba el cuadernito en el que tenía apuntadas las lecciones. Como era olvidadizo, preguntaba: «¿dónde lo habíamos dejado...?», y nosotros le decíamos un tema situado tres o cuatro páginas antes que aquél con el que realmente había terminado la clase anterior. Así, cada lección era explicada dos veces, y nos eternizábamos en el temario. El problema venía el día del examen, porque él creía que habíamos visto toda la materia, y nosotros no teníamos el famoso cuadernito para estudiar lo que él no había llegado a leer. Al ser interrogado, alguno le decía «oiga, que esto no lo vimos», pero él respondía «¡por supuesto que sí!». Me pega que cuando le convenía se hacía un poco el loco...
Con esto acaba el periodo lectivo. Menos mal, me veía ya como el mesmerizado Sr. Valdemar: un pelele que rodaría inerte si una fuerza sobrenatural —o la vergüenza torera— no hubiera ido tirando de él.