Patricia y Albert me invitaron ayer a cenar, porque iba a estar también Nil S., a quien tenía muchas ganas de conocer. Cuando estudiaba leí con devoción su antología de la primera ciencia ficción española, y unos años más tarde descubriría sus luminosos ensayos sobre Ganivet y el modernismo. Llego con antelación, porque resulta que las siete no era la hora a la que se me esperaba, sino la hora a la que Patricia me llamaría para decirme cómo iba la cosa, y cuándo debía ir. Han pasado casi todo el día en Lovaina y no han tenido tiempo de preparar nada, así que Albert y Marisol —la mujer de Nil— han bajado a comprar embutido y cervezas al súper de Tilff. Nos hemos debido de cruzar, no sé muy bien cómo.
Nil tiene una conversación remansada, con un acento raro y como traducido. Es un hápax prosódico, el acento probablemente único de un catalán que enseña español en Estados Unidos y se pasa el día leyendo en alemán. Parece frágil, pero su posición corporal y sus movimientos delatan una robustez que no era perceptible a primera vista. No es un godiflaco desgalichado como todo el mundo. Tiene una ergonomía romana, eso que se veía de antes en algunos curas, una como memoria muscular de la toga. Toga no lleva, pero de todos modos su ropa resulta anacrónica: lino, tirantes, zapatos de cuero en verde, todo muy Muji.
Hace un par de años Nil terminó un libro sobre la narrativa fascista, o más bien sobre la construcción del espacio en la narrativa fascista española. Lo escribió en inglés, dice, para que le resultase más entretenido. Lo que está haciendo ahora no tiene nada que ver, y ni siquiera es un tema de hispanismo. Dice que se cansa de los temas, que hay que acabar con el tema antes de que el tema acabe con uno, algo así. Yo le digo que tiene razón, y que alguien —no sé quién— distinguió entre el investigador lobo y el investigador zorro: el primero se mantiene toda la vida fiel a su dieta de carne de corza, mientras que el segundo ramonea lo que va encontrando, un día es un pájaro, otro un racimo de uvas, otro un par de escarabajos...
En realidad ser un investigador lobo tiene algo noble y épico; de antes había, efectivamente, investigadores que perseguían durante años a su presa, en una cacería a tumba abierta que luego dejaba libros como Mímesis, o Entre lo uno y lo diverso, o Literatura europea y Edad Media latina. Esto ya no puede hacerse porque hay que ganar sexenios y proyectos de investigación. No se puede esperar a cansar la presa, es todo más bien aquí te pillo aquí te mato. Por eso las cacerías intelectuales ya no se llevan. Lo más frecuente son los necrófagos que viven adheridos al primer objeto de estudio que se les cruzó por delante. Primero lo desuellan, luego se comen los menudillos, ponen la carne en salazón y acaban quebrando los huesos para chuparles la médula, entre un enjambre de moscas. A mí me parece que continuar royendo el hueso del tema al que uno le hincó el diente dos o tres décadas antes es una cosa mezquina, máxime cuando ese hueso muchas veces pertenece a un contemporáneo que aún anda por los cafés medio vivo, o que se murió hace poco bajo la mirada expectante del buitre académico.
Claro que todo esto no lo se lo dije a Nil porque no se me ocurrió en el momento y porque además Nil ya había empezado a hablar del nuevo libro que está escribiendo, que, como digo, no es un libro de hispanista, sino que trata de las guerras mundiales. Uno de los capítulos se centrará en el proyecto Echolot de Walter Kempowski. Recuerdo vagamente haber visto una exposición sobre él hace muchos años, y escribí sobre ello en mi blog de entonces. Kepmowski recopilaba diarios íntimos y testimonios personales de la generación que hizo la última guerra mundial, tanto de las víctimas como de los victimarios. Las siete mil páginas de esa cronografía polifónica, que Nil se ha leído ascéticamente, «despliegan una ética diametralmente opuesta a la de la guerra absoluta». Hay que ver. Y eso es sólo un capítulo, o un epígrafe. Más que una cacería, ese libro es un safari.
(Claro —refunfuña una voz dentro de mí—, es que a Nil le dieron clase Francisco Rico, Claudio Guillén, Alberto Blecua, Sergio Beser. Así ya se puede).
A la hora de las revelaciones se descubre que Albert persiguió a una chica hasta Dinamarca; que Patricia hizo el juramento hipocrático («¿en qué contexto?», pregunta Nil); que Nil escribió sobre unos escritores que él se había inventado.
—Sí, sí. Me los inventé —admite con mucha naturalidad.
Albert ameniza la cena con evocaciones de su apocalipsis particular: la desaparición de la prensa impresa y del periodismo independiente; la desintegración de Europa y del Estado social; la suplantación de la actividad crítica por hordas de robots que retuitean artículos científicos en función de cuánto hayan pagado las universidades. Cinco minutos antes de la medianoche, antes de que mi bicicleta se transforme en calabaza, pongo rumbo a Tilff, con esa ebriedad que dejan las conversaciones largas y ocurrentes. El faro de la bici rasga la noche y se me figura que es algo así como un símbolo.
