Sigo evitando las noticias de política nacional, dentro de lo que es humanamente posible. Afortunadamente Trump no está haciendo gran cosa, aparte de darse besos a sí mismo y gastarse el dinero de los contribuyentes en viajes de fin de semana a su casa de Florida. Ojalá siga así. A tono con las noticias falsas y con los tweets falsos del presidente me había propuesto escribir unos parrafitos costumbristas sobre el invierno falso, una pieza de almanaque acerca de las dos semanas disfrazadas de primavera de las que hemos disfrutado antes de que el invierno regresara por sus fueros perdidos.
El primero de esos parrafitos presentaba un autobús al que subía un viejecito con chupa negra adornada con parches de motero y una gorra de visera; al rato de estar allí sentado, no sé muy bien cómo, el viejito empieza a hablar con otro pasajero sobre los medicamentos que toma para la soriasis. En la encía de abajo le queda un único diente que no acaba de creer en su suerte por haber sobrevivido a sus compañeros estando en la posición más expuesta.
Luego iba a hablar de cómo a las siete las estudiantes caminan apresuradas con unos rollos de gomaespuma en bandolera que son las esterillas en las que se sientan durante la clase de yoga que está a punto de empezar o que acaba de terminar. Por la dignidad con las que las llevan uno esperaría que fueran cualquier otra cosa: pinceles, saxos soprano, cuchillos de chef, nunchakos, pancartas. A Kathleen le han recetado en la fisioterapia que haga ejercicios con rulo gigante de poliespán y yo le pido de rodillas que se lo tercie a la espalda y salga a la calle para humillar a todas esas veinteañeras hippies que tienen la desfachatez de hacer yoga por motivos no terapéuticos.
El tercer parrafito me sorprende esperando al número 4 en la parada del Capitolio. A pocos metros hay un señor barbudo con chaleco de una asociación de militares veteranos; está parado en medio de la acera y sostiene un cartel que dice «no a la guerra». Al cabo de un rato de observarle con descaro entiendo que su manifestación se dirige a los clientes de un restaurante postinero. Todos los clientes llevan en el pecho cartelitos con sus nombres, pero conversan y brindan con tal desenfado que la única guerra de la que uno les creería responsables es la de clases. Quién sabe, hay mucha gente simpática que hace cosas odiosas. El marido de nuestra secretaria fabrica y se las vende a Nigeria. Esa es la gente que saca Bélgica adelante.
Pero al llegar al cuarto parrafito volvemos al Dave's Famous Bar-B-Que, donde, un par de mesas más allá, un jubilado descuartiza con sus manos desnudas algo que parece un lechón o un párvulo a la brasa. No sé decirlo con exactitud porque lo veo de espaldas y porque me distrae su sudadera, en cuyo dorso puede leerse «All Lifes Matter». Este es el lema de protesta contra el movimiento «Black Lifes Matter», en una lógica cenutria que ni siquiera se disfraza de lógica. Si «Black Lifes Matter» denuncia la amenaza de prácticas discriminatorias y reacciones desproporcionadas por parte de las policías municipales, la sudadera del jubilado sugiere que los policías blancos sufren el mismo tipo de opresión que los civiles negros.
—Igual ni siquiera saben que existe esa violencia —dice Kathleen. Pero si no lo saben, entonces el movimiento «Black Lifes Matter» es para ellos ininteligible, y resulta aún más demente que se opongan a él. «Sí que sé lo que es eso —replicaría probablemente mi jubilado si pudiera leerme—; lo que pasa es que los policías también corren peligro ahí fuera» (con tanto negrata como hay suelto, se entiende, pero esto no hace falta ni que lo diga, porque lo dice la sudadera con un explícito código de color negro y rojo). La dialéctica parece reducirse a que, como uno tampoco es completamente feliz, nadie debería sentirse peor tratado que demás:
—¡Eh, no os quejéis tanto! ¡Mi colectivo étnico, religioso, político o de orientación sexual también tuvo un problema una vez!
Empiezo a entender a la gente que se manifiesta delante de los restaurantes.
Estados Unidos ofrece muchas cosas agradables a quien sea blanco y tenga liquidez o, como yo, una mujer que le mantenga, pero también ha integrado la violencia mucho más que otros países occidentales. «La violencia es más americana que la Cherry Coke», decía un tipo hace cincuenta años en imágenes que ahora ha recuperado el documental I Am Not Your Negro. El otro día, por ejemplo, en un cine de Florida, un jubilado —otro— le pegó un tiro en la cara a un espectador porque le molestaba que mandase mensajes de móvil. Y la película, a todo esto, ni siquiera había comenzado. Es verdad —parece— que se montó una pequeña trifulca, y que el espectador en cuestión le había tirado encima un cucurucho de palomitas, pero esto que aquí termina en un tiroteo de saloon se habría solucionado en cualquier otro país occidental con un par de tacos y la constatación de que eso no me lo dice usted en la calle.
I Am Not Your Negro ilustra con fragmentos de celuloide pasados y presentes un guión inconcluso de James Baldwin, un escritor afroamericano rápido y lúcido a quien hago votos de leer. Hay un momento maravilloso de un debate televisivo en el que Baldwin le da un repaso fenomenal a un profesor de filosofía. «No hay que plantearlo todo en términos de raza —peroraba el filósofo—; muchos de los problemas que plantea el Sr. Baldwin son los que debe afrontar cualquier hombre que se construya como tal».
—Sí —respondía Baldwin—, pero yo en Francia o en Holanda puedo construirme sin temer que me asesinen en cualquier momento, y aquí no.
Acto seguido procedía a enumerar las múltiples segregaciones (sindicales, educativas, recreativas...) que parecían no existir en la cabeza del filósofo. Porque en aquellos años en que se desarrollaban la crítica de la ideología y el análisis del discurso también Baldwin se daba cuenta del abismo que existía (y aún existe) entre la realidad cotidiana del país y el relato que ese país —este país— cuenta —y se cuenta— de sí mismo. Un país, decía Baldwin reescribiendo el último verso del himno nacional, «que no es de la gente libre y que sólo rara o esporádicamente es hogar de valientes». En esa épica nacional, construida a través de películas y programas de televisión, los negros no desempeñaban ningún papel como no fuera el de enemigo, «como si nuestro país estuviera aún buscando una solución final con la que desembarazarse de nosotros» y hacer que fuera así más bien la realidad la que se adecuase a su figuración idealizada. El lema «All Lifes Matter» es la formulación actual de ese viejo relato nacional, un relato en el que sólo aparecerían las adolescentes que hacen hot yoga —invariablemente blancas— y no los pasajeros del autobús —mayoritariamente negros—.
