Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

domingo, 2 de febrero de 2020

Kathleen fue a la consulta de Monsieur Lecoq, el mágico osteópata, para que le colocase el hígado en su sitio, porque desde la vigésima semana de embarazo lo tenía atravesado en la clavícula. Monsieur Lecoq no solo la curó con un tirón de orejas, sino que también le recetó una visita a la exposición de escultura hiperrealista que, después de haber recorrido medio mundo, ha hecho parada y fonda en el museo de la Boverie. Y allá que nos fuimos.

Es sobre todo —esto conviene saberlo— una exposición de culos. De culos de silicona, pero de culos al fin y al cabo. Mucha gente que se creía pervertida ha descubierto que en realidad lo que le gusta es el arte. El museo, en un encomiable esfuerzo pedagógico, organiza visitas guiadas a las que los visitantes van en pelota picada, para que el museo contenga todavía más culos —o sea, más arte—.

La escultura hiperrealista ha evolucionado un poco desde los cristos con pelo natural. En los años 80, todas las obras de esta tendencia parecían cadáveres mal refrigerados. Las más recientes, en cambio, tienen mejor hematocrito que los propios visitantes.

La estatua que más me engaña es la que menos trata de parecer una estatua. Es una estatua que representa a un mimo al que hubieran contratado para estarse quieto en una esquina de la exposición. Solo su cara se anima, iluminada por la luz de su teléfono móvil. La estatua que parece un mimo haciendo de estatua mantiene una videoconferencia en inglés sobre su trabajo en el museo y sobre la cotización de las obras. De vez en cuando, desvía la mirada de la pantalla, como azorado de haber interrumpido su inmovilidad para atender esa llamada. Tardo casi un minuto en percatarme de que el teléfono es en realidad un proyector que imprime sobre una cara vacía unos rasgos humanos, sorprendentemente parecidos, por otra parte, a los de mi amigo Sven.
El hiperrealismo humano parece político y batallón porque nos habla muy explícitamente de cuerpos, de la representación de cuerpos, de lo que esperamos de los cuerpos, en un mundo en el que ya hay pocas cosas que importen más que los cuerpos... Que los cuerpos humanos, se entiende: los otros no le importan a nadie. En realidad, para los animales el hiperrealismo lleva inventado cientos de años y se llama taxidermia.

Algo paradójicamente, el hiperrealismo solo empieza a interesarme cuando deja de ser realista, cuando nos pone delante bebés gigantes como ballenas varadas, rostros en trance de ser absorbidos por un agujero negro, una viejecita con un recién nacido que es al mismo tiempo ella misma, amantes con cabezas de lobo, un torso humano destazado y refrigerado como un pavo listo para Acción de Gracias. Ardillas astadas y conejos penígeros, como los Wolpertinger de los antiguos embalsamadores. Las piezas adquieren entonces algo legendario, se convierten en portales hacia otro universo. La exposición deja entonces de tratar de polímeros y comienza a bombardearnos con ondas theta. Pasará mucho tiempo antes de que volvamos a estar tan cerca de una ficción.