He vuelto de las vacaciones de navidad, y me siento como si hubiera hecho el camino de Santiago. Desde Bratislava. Empujando una carretilla llena de polvorones.
Los dos primeros días, haciendo un esfuerzo sobrehumano, trato de cumplir al menos con las obligaciones inapelables; poco a poco voy asumiendo también las otras, hasta que un resfriado me haga aparcarlas todas.
Este año nuevo me he hecho por primera vez un propósito de año nuevo: tocar más el ukelele. Pero para disfrutarlo las notas deberían estar donde se supone que están, lo que mi sufrido Stagg ya no puede garantizarme. La página web de Ukulele Hunt propone en uno de sus foros siete consejos para quien quiera comprar un ukelele. El 3º es probarlos directamente en la tienda, y el 5º es investigar en internet. Quienes no tenemos mucho tiempo compaginamos ambos buscando en internet comercios de proxidad.
Es extraño que no se vendan más ukeleles en Bruselas. Hay varias tiendas, desde luego, pero sólo una tiene una oferta decente, y además muy polarizada: ukeleles de plástico de 20 euros, Martin de más de 1.500 euros y nada entre medias. Amplío el radio de búsqueda a Hannover, Aquisgrán, Colonia, Amberes y Gante. Aprovechando un viaje a Göttingen entro en el Musik Kontor y pido que me dejen probar el ukelele tenor del escaparate.
—Hum... ¿No cree que estas cuerdas hacen un ruido un poco raro?
—Pues son las famosas cuerdas Aquila.
Antes de hacerme el entendido habría debido leer la etiqueta en la que se indicaba claramente «famosas cuerdas Aquila». Devuelvo el instrumento, porque parece que a fin de cuentas las cuerdas son lo menos malo que tiene. Y ese era el mejor ukelele que tenían en Göttingen. El segundo mejor era una caja de habanos con una espumadera pegada. El tercero mejor era una harmónica.
Al final resulta que el establecimiento con surtido más variado e interesante es el de L***. En su catálogo tienen bastantes modelos de las marcas Ohana y Lanakai, con precios razonables y buenas reseñas. En particular le echo el ojo, durante mi investigación en línea, a algunos Ohana tamaño concierto, de madera maciza de caoba y ébano. El martes al salir del curro me dije qué diablos, y me pasé por la tienda, que conocía de vista. «Sólo a preguntar», iba pensando, en aplicación del 6º precepto de Ukulele Hunt («no te precipites»), y esperando aplacar así los síntomas galopantes del Síndrome de Compra Compulsiva de Ukeleles (UAS en sus siglas en inglés). Pero cuando llegué adonde debía estar la tienda encontré en su lugar una especie de oficina de turismo.
—¿No había aquí una tienda de música?
La dependienta levantó desganada la vista del ordenador, cuya pantalla no hacía falta ver para saber que estaba haciendo un solitario.
—Sigue siendo una tienda de música —dijo—. De música impresa.
Es curiosa esta gente que, siendo gilipó, se pasa de lista. Resulta que los instrumentos los venden ahora en un almacén que sólo es accesible en helicóptero. Bastante chasqueado regreso a la estación, donde me esperaba otra desagradable sorpresa: la Casa de la Bici, que era la punta de lanza del ciclismo no deportivo en este país de infieles, ha desaparecido del mapa. Y nada más bajarme en Tilff, la puntilla: ¡se alquila el local de la heladería!
Es el fin del mundo tal y como lo conocemos. Suerte que todavía me queda en casa mi viejo y fiel Stagg para darme calor en los largos meses de invierno.
Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:
Nos seguimos leyendo.
lunes, 24 de diciembre de 2012
A primeros de mes pasaron unos días en Tilff Eduardo y Laura. Vimos una exposición sobre Salvador Dalí y sus empresas periodísticas y publicitarias, organizada en un centro comercial. Era una colección muy decente de revistas, litografías y otros impresos, algunos decididamente raros. Eduardo de vez en cuando se quedaba mirando el techo y nos decía entre dientes «oye, tú, que no hay cámaras de seguridad»... Quizá no habían instalado cámaras porque no habían previsto que hubiera visitantes, lo que explicaría la cara de estupefacción que puso la cajera al vernos.
En el camino de regreso se me ocurre que podríamos cenar en L’Amirauté, un restaurante que hay cerca de mi apartamento, enfrente del río Ourthe, donde podríamos asomarnos a la gastronomía valona, si por casualidad tuvieran una mesa libre. Es sábado por la tarde y no tenemos suerte, por lo que decidimos sin demasiados remordimientos remplazar la cuisine du terroir por una pizza del padrone. «Claro que —dice Eduardo— ya que estamos aquí podemos reservar mesa para mañana». Y al día siguiente nos ponemos tibios: paletilla de cordero, endivias rellenas al horno y las famosas albóndigas gigantes de la región, con salsa de cebolla caramelizada y uvas pasas. Esto era el domingo, y el lunes, al pasar por delante del restaurante, Eduardo se acordó de la «cocina del terror» y de lo solo que estaría el cordero, y reincidimos, aunque con más moderación porque la digestión no fue precisamente fácil.
Siguieron unos cuantos días de mucho agobio, en cuyas madrugadas me despertaba regularmente sobresaltado por la cantidad de cosas que tenía pendientes. La única garante de mi estabilidad emocional era la mosca, que entre tanto había terminado comiendo en la palma de mi mano. No recuerdo cuándo llegó, ni creía que una mosca pudiera ser tan longeva; es una mosca centenaria. Cuando salgo por la mañana me sigue hasta la entrada, y allí está cuando regreso por la noche; luego se instala discretamente en una esquina del pasillo desde la que puede verme dormir a través de la puerta entornada del dormitorio.
El viernes me levanté a las cuatro para acabar de preparar mis clases, y después de darlas tomé un tren para Amberes, donde me esperaba el colega y amigo inmediato Jacques de B., una leyenda del hispanismo, cuyas memorias escribe en el aire de la conversación, pues puestas sobre el papel levantarían ampollas. Umbral lo hizo esperar en un café de Argüelles mientras terminaba de escribir su cuartilla diaria; Delibes jugó con él al tenis en su casa de Chamartín; Cela lo anduvo buscando durante quince años para partirle la cara. Me lleva a cenar a un restaurante próximo al hotel, adornado con acuarelas de muchachas en volátiles atuendos veraniegos que apenas dan trabajo a la imaginación.
—De antes había unos cuadros que eran mucho peores.
Es decir, mucho mejores. Compartimos un faisán, que es algo que no había comido nunca antes, y que sabe a lo que parece: al aborto de una gallina que hubiera sido violada por un pato. En cambio el vino y el carpaccio están deliciosos. El Sr. de B. insiste en que pida más platos, aunque sólo sea un postre. Me excuso diciendo que soy de poco comer.
—Yo tampoco como mucho, pero usted mañana tiene que dar una conferencia de tres horas y necesita energía, mientras que yo me pienso dormir en cuanto empiece a hablar.
El Sr. de B. lo arriesga todo por una buena carcajada. Como aquella vez que comenzó una conferencia en Inglaterra con las palabras «yo, señores, soy un racista». Esta noche me explica que también es partidario de la pena de muerte.
—Pena de muerte para los profesores que aburran a sus alumnos —añade tras unos inquietantes segundos de silencio—. Los alemanes, como tienen ese sistema de clases magistrales que leen de cabo a rabo, son en esto los peores y merecen la muerte, con dos o tres excepciones honrosas. Cuando vienen a dar conferencias el público se va marchando poco a poco, y luego tengo que inventarme excusas, y decir que el uno se ha ido a un entierro, que al otro lo ha llamado la mujer para un asunto urgente, que el de más allá se ha acordado de pronto de que tenía que recoger a sus hijos...
Por el Instituto de Estudios Hispánicos han pasado a lo largo de 25 años figuras grandes y medianas de las letras hispánicas, como Mario V. Ll., siempre cortés y brillante, o Alfredo B. E., que como conferenciante resultó ser bastante malo. Le pregunto si cree verídica aquella anécdota, ya sabe, aquélla en la que Alfredo B. E. se queda dormido nada más intervenir en un congreso, y cuando presentan al gran filólogo Manuel Alvar se despierta súbitamente y exclama «¡Eso, eso, al bar, al bar!».
—Sí debe de ser cierta —responde mi anfitrión—, y hasta juraría que fue el propio Alvar quien me la contó.
En total, dos premios Nobel, cinco premios Cervantes y la mayor parte de los académicos de la Lengua. Sólo un drástico recorte del presupuesto puede explicar mi inclusión en esa nómina. Después de oír todas estas batallitas y de imaginarme vívidamente hablando delante de un atril con forma de guillotina, me apresuro a volver al hotel y, aunque estoy deshecho por el viaje y los madrugones de los últimos días, me pongo el despertador a las 6 para darle aún otra vuelta a las conferencias y aprenderme su estructura de memoria, no vaya a ser que me pase como a los alemanes.
Al final todo salió razonablemente bien: por lo menos durante la última hora y media las punch lines cayeron en gracia y no se me durmió nadie. Hoy es lunes, no tengo la menor idea de qué hice ayer, son las seis y cuarto de la mañana y estoy esperando el primero de los cinco trenes que me llevarán a una pequeña ciudad en la frontera con Polonia. El río Ourthe ha crecido hasta doblar su caudal, y ha arrancado de cuajo un haya de medio metro de diámetro. Viajo mentalmente desde el andén hasta mi apartamento, al otro lado del río, en el que he apagado la calefacción, el calentador y el agua corriente. La pobre mosca me buscará en vano los primeros días, se preguntará por qué ya no le dejo su plato de miel, por qué he sacado la basura, y poco a poco la realidad se irá abriendo paso con un resplandor boreal entre las tinieblas de sus nódulos nerviosos. La mosca que estas últimas semanas ha sido mi única amiga se retirará a rincones cada vez más interiores, musitando un reproche largo y reiterativo, conforme la temperatura vaya descendiendo. Cuando llegue a los 17 o a los 18 grados Celsius su odio se habrá transformado en una indiferencia fatalista y tocará la trompeta por última vez (un blues lento de una sola nota) antes de que se enturbien sus trescientos ojos.
En el camino de regreso se me ocurre que podríamos cenar en L’Amirauté, un restaurante que hay cerca de mi apartamento, enfrente del río Ourthe, donde podríamos asomarnos a la gastronomía valona, si por casualidad tuvieran una mesa libre. Es sábado por la tarde y no tenemos suerte, por lo que decidimos sin demasiados remordimientos remplazar la cuisine du terroir por una pizza del padrone. «Claro que —dice Eduardo— ya que estamos aquí podemos reservar mesa para mañana». Y al día siguiente nos ponemos tibios: paletilla de cordero, endivias rellenas al horno y las famosas albóndigas gigantes de la región, con salsa de cebolla caramelizada y uvas pasas. Esto era el domingo, y el lunes, al pasar por delante del restaurante, Eduardo se acordó de la «cocina del terror» y de lo solo que estaría el cordero, y reincidimos, aunque con más moderación porque la digestión no fue precisamente fácil.
Siguieron unos cuantos días de mucho agobio, en cuyas madrugadas me despertaba regularmente sobresaltado por la cantidad de cosas que tenía pendientes. La única garante de mi estabilidad emocional era la mosca, que entre tanto había terminado comiendo en la palma de mi mano. No recuerdo cuándo llegó, ni creía que una mosca pudiera ser tan longeva; es una mosca centenaria. Cuando salgo por la mañana me sigue hasta la entrada, y allí está cuando regreso por la noche; luego se instala discretamente en una esquina del pasillo desde la que puede verme dormir a través de la puerta entornada del dormitorio.
El viernes me levanté a las cuatro para acabar de preparar mis clases, y después de darlas tomé un tren para Amberes, donde me esperaba el colega y amigo inmediato Jacques de B., una leyenda del hispanismo, cuyas memorias escribe en el aire de la conversación, pues puestas sobre el papel levantarían ampollas. Umbral lo hizo esperar en un café de Argüelles mientras terminaba de escribir su cuartilla diaria; Delibes jugó con él al tenis en su casa de Chamartín; Cela lo anduvo buscando durante quince años para partirle la cara. Me lleva a cenar a un restaurante próximo al hotel, adornado con acuarelas de muchachas en volátiles atuendos veraniegos que apenas dan trabajo a la imaginación.
—De antes había unos cuadros que eran mucho peores.
Es decir, mucho mejores. Compartimos un faisán, que es algo que no había comido nunca antes, y que sabe a lo que parece: al aborto de una gallina que hubiera sido violada por un pato. En cambio el vino y el carpaccio están deliciosos. El Sr. de B. insiste en que pida más platos, aunque sólo sea un postre. Me excuso diciendo que soy de poco comer.
—Yo tampoco como mucho, pero usted mañana tiene que dar una conferencia de tres horas y necesita energía, mientras que yo me pienso dormir en cuanto empiece a hablar.
El Sr. de B. lo arriesga todo por una buena carcajada. Como aquella vez que comenzó una conferencia en Inglaterra con las palabras «yo, señores, soy un racista». Esta noche me explica que también es partidario de la pena de muerte.
—Pena de muerte para los profesores que aburran a sus alumnos —añade tras unos inquietantes segundos de silencio—. Los alemanes, como tienen ese sistema de clases magistrales que leen de cabo a rabo, son en esto los peores y merecen la muerte, con dos o tres excepciones honrosas. Cuando vienen a dar conferencias el público se va marchando poco a poco, y luego tengo que inventarme excusas, y decir que el uno se ha ido a un entierro, que al otro lo ha llamado la mujer para un asunto urgente, que el de más allá se ha acordado de pronto de que tenía que recoger a sus hijos...
Por el Instituto de Estudios Hispánicos han pasado a lo largo de 25 años figuras grandes y medianas de las letras hispánicas, como Mario V. Ll., siempre cortés y brillante, o Alfredo B. E., que como conferenciante resultó ser bastante malo. Le pregunto si cree verídica aquella anécdota, ya sabe, aquélla en la que Alfredo B. E. se queda dormido nada más intervenir en un congreso, y cuando presentan al gran filólogo Manuel Alvar se despierta súbitamente y exclama «¡Eso, eso, al bar, al bar!».
—Sí debe de ser cierta —responde mi anfitrión—, y hasta juraría que fue el propio Alvar quien me la contó.
En total, dos premios Nobel, cinco premios Cervantes y la mayor parte de los académicos de la Lengua. Sólo un drástico recorte del presupuesto puede explicar mi inclusión en esa nómina. Después de oír todas estas batallitas y de imaginarme vívidamente hablando delante de un atril con forma de guillotina, me apresuro a volver al hotel y, aunque estoy deshecho por el viaje y los madrugones de los últimos días, me pongo el despertador a las 6 para darle aún otra vuelta a las conferencias y aprenderme su estructura de memoria, no vaya a ser que me pase como a los alemanes.
Al final todo salió razonablemente bien: por lo menos durante la última hora y media las punch lines cayeron en gracia y no se me durmió nadie. Hoy es lunes, no tengo la menor idea de qué hice ayer, son las seis y cuarto de la mañana y estoy esperando el primero de los cinco trenes que me llevarán a una pequeña ciudad en la frontera con Polonia. El río Ourthe ha crecido hasta doblar su caudal, y ha arrancado de cuajo un haya de medio metro de diámetro. Viajo mentalmente desde el andén hasta mi apartamento, al otro lado del río, en el que he apagado la calefacción, el calentador y el agua corriente. La pobre mosca me buscará en vano los primeros días, se preguntará por qué ya no le dejo su plato de miel, por qué he sacado la basura, y poco a poco la realidad se irá abriendo paso con un resplandor boreal entre las tinieblas de sus nódulos nerviosos. La mosca que estas últimas semanas ha sido mi única amiga se retirará a rincones cada vez más interiores, musitando un reproche largo y reiterativo, conforme la temperatura vaya descendiendo. Cuando llegue a los 17 o a los 18 grados Celsius su odio se habrá transformado en una indiferencia fatalista y tocará la trompeta por última vez (un blues lento de una sola nota) antes de que se enturbien sus trescientos ojos.
jueves, 29 de noviembre de 2012
Hay días en los que no pasa nada. Y días en los que pasa todo.
Hoy ha habido alguien que ha entrado a formar parte de nuestra vida, y alguien que nos ha dejado para siempre, y alguien que ha regresado aunque nunca se había llegado a ir.
Hay alguien que había venido a trabajar y a quien una resolución administrativa con la fecha de hoy no le deja trabajar, ni terminar de venir.
Un amigo termina hoy de escribir un libro y me menciona en una nota al pie, que es el lugar en el que uno siempre ha querido verse inmortalizado.
Quien ha entrado a formar parte de nuestra vida no es una persona, sino una mosca. Nos sigue, nos observa y nos escucha. Nosotros le dejamos las migas en el plato.
Puesto en el trance de citar ejemplos de escuelas de vanguardia, un estudiante ha mencionado el futurismo, el dadaísmo y el onanismo.
En lo que a mí respecta, me he levantado demasiado pronto y me he acostado demasiado tarde. He trabajado más de lo corriente, me he divertido más de lo corriente, y he llevado todo el día una fiambrera bajo el brazo con un trozo de pastel, que no me he comido hasta las diez y media de la noche. Dejo las migas en el túper.
Una muchacha ha abordado el primer tren que ha visto para escapar de un maniaco que la perseguía, y yo no sólo estaba en ese tren, sino que también le había dado clase, y la había olvidado por completo. Ahora está a punto de licenciarse de intérprete.
Kathleen me regala una botella de ginebra hecha con pepinos destilados y pétalos de rosa damascena.
Es que, además, cumplo años.
Hoy ha habido alguien que ha entrado a formar parte de nuestra vida, y alguien que nos ha dejado para siempre, y alguien que ha regresado aunque nunca se había llegado a ir.
Hay alguien que había venido a trabajar y a quien una resolución administrativa con la fecha de hoy no le deja trabajar, ni terminar de venir.
Un amigo termina hoy de escribir un libro y me menciona en una nota al pie, que es el lugar en el que uno siempre ha querido verse inmortalizado.
Quien ha entrado a formar parte de nuestra vida no es una persona, sino una mosca. Nos sigue, nos observa y nos escucha. Nosotros le dejamos las migas en el plato.
Puesto en el trance de citar ejemplos de escuelas de vanguardia, un estudiante ha mencionado el futurismo, el dadaísmo y el onanismo.
En lo que a mí respecta, me he levantado demasiado pronto y me he acostado demasiado tarde. He trabajado más de lo corriente, me he divertido más de lo corriente, y he llevado todo el día una fiambrera bajo el brazo con un trozo de pastel, que no me he comido hasta las diez y media de la noche. Dejo las migas en el túper.
Una muchacha ha abordado el primer tren que ha visto para escapar de un maniaco que la perseguía, y yo no sólo estaba en ese tren, sino que también le había dado clase, y la había olvidado por completo. Ahora está a punto de licenciarse de intérprete. Kathleen me regala una botella de ginebra hecha con pepinos destilados y pétalos de rosa damascena.
Es que, además, cumplo años.
miércoles, 21 de noviembre de 2012
El universo de posibilidades sociológicas de Coprópolis es así:
Puede haber diferencias de grado, pero no desviaciones. Si alguien cree que en todas partes es igual, que salga a la calle y trate de situar a cada viandante en un punto de este espectro. Ya verá que no es tan fácil. En L***, sin embargo, siempre sale.
Puede haber diferencias de grado, pero no desviaciones. Si alguien cree que en todas partes es igual, que salga a la calle y trate de situar a cada viandante en un punto de este espectro. Ya verá que no es tan fácil. En L***, sin embargo, siempre sale.
martes, 20 de noviembre de 2012
Göttingen ha cambiado mucho últimamente. Ya se puede comer pho, aunque no sea comparable al que hacen en Ratisbona o en París (o en Vietnam, lo más seguro). En menos de seis meses han abierto no menos de tres bares de bubble tea. Hay uno en el que cada vez que entro la parroquia se gira hacia mí y grita «Nooorm!». Pero el Ratskeller ya no es lo que era, y para comer un ganso en condiciones hay que ir a Herberhausen, lo que por otra parte tiene el atractivo de atravesar el bosque municipal y de la Altbier de la región, que posee la serenidad pero también el carácter inesperadamente risueño de la lírica medieval en latín.
Paso estos días absorto en varios trabajos de edición, a los que me he propuesto dedicar el mayor tiempo posible. Uno de ellos es la antología de Luis de T., cuyas galeradas me acaban de llegar, y que tienen, como todo lo que sale de las prensas de Renacimiento, una elegancia juanramoniana. Las tareas de corrección provocan una satisfacción elemental, porque el rendimiento salta a la vista. Evitar una errata en la portadilla es lo más cerca que he estado del heroísmo desde hace mucho tiempo.
Esta noche quedamos con Sven en Zack; viene de hacer unos cálculos en su oficina: «he llegado a un resultado, pero no sé qué demuestra». Los físicos se toman estas cosas con bastante filosofía. Dentro de ocho horas sale mi tren. Más Altbier, esta vez Diebels.
Paso estos días absorto en varios trabajos de edición, a los que me he propuesto dedicar el mayor tiempo posible. Uno de ellos es la antología de Luis de T., cuyas galeradas me acaban de llegar, y que tienen, como todo lo que sale de las prensas de Renacimiento, una elegancia juanramoniana. Las tareas de corrección provocan una satisfacción elemental, porque el rendimiento salta a la vista. Evitar una errata en la portadilla es lo más cerca que he estado del heroísmo desde hace mucho tiempo.
Esta noche quedamos con Sven en Zack; viene de hacer unos cálculos en su oficina: «he llegado a un resultado, pero no sé qué demuestra». Los físicos se toman estas cosas con bastante filosofía. Dentro de ocho horas sale mi tren. Más Altbier, esta vez Diebels.
jueves, 8 de noviembre de 2012
Parece como si, en menos de un día, todo y todos se me hubieran puesto en contra. Tengo, al mismo tiempo, la seguridad de estar del lado de la razón y del juego limpio.
En primer lugar, la reválida de la reforma de los planes de estudio, ahora ya tan imparable como una riada de lemmings. De nada ha servido que los departamentos, consejos y representantes de estudiantes se opusieran, o pidieran siquiera un aplazamiento: las posiciones consensuadas, a veces de manera unánime, sirven para que los capitostes se hagan mangas y capirotes. En la junta de Facultad, varias personas alrededor de mí cuchichean: «esto es una locura, hay que pararlo como sea» —y diez minutos después votan a favor—.

Al día siguiente, el primer correo electrónico: una acusación absurda y ad hominem de exceso de gasto en correos, que se nos dirige casualmente a los colegas extranjeros, en un mensaje con los demás destinatarios ocultos. Bajo inmediatamente a que la secretaria me dé la lista completa de destinatarios del correo anterior. «He debido de liarme un poco con el correo, le he dado a reenviar y no sé qué ha ocurrido». Sí, claro. Inmediatamente escribo un correo de tres puntos como tres catedrales, en el que me defiendo al más puro estilo calderoniano, y que no puede ser contradicho si no es el campo del honor.
Con esto hago cruz y raya y abro una etapa nueva, una etapa sine die de Biedermeyer académico: de la biblioteca al aula, del aula al despacho, y allí, con pocos —pero doctos— libros juntos, hacer algo que valga más que las intrigas y el tartufismo del último mes.
En primer lugar, la reválida de la reforma de los planes de estudio, ahora ya tan imparable como una riada de lemmings. De nada ha servido que los departamentos, consejos y representantes de estudiantes se opusieran, o pidieran siquiera un aplazamiento: las posiciones consensuadas, a veces de manera unánime, sirven para que los capitostes se hagan mangas y capirotes. En la junta de Facultad, varias personas alrededor de mí cuchichean: «esto es una locura, hay que pararlo como sea» —y diez minutos después votan a favor—.

Al día siguiente, el primer correo electrónico: una acusación absurda y ad hominem de exceso de gasto en correos, que se nos dirige casualmente a los colegas extranjeros, en un mensaje con los demás destinatarios ocultos. Bajo inmediatamente a que la secretaria me dé la lista completa de destinatarios del correo anterior. «He debido de liarme un poco con el correo, le he dado a reenviar y no sé qué ha ocurrido». Sí, claro. Inmediatamente escribo un correo de tres puntos como tres catedrales, en el que me defiendo al más puro estilo calderoniano, y que no puede ser contradicho si no es el campo del honor.
Con esto hago cruz y raya y abro una etapa nueva, una etapa sine die de Biedermeyer académico: de la biblioteca al aula, del aula al despacho, y allí, con pocos —pero doctos— libros juntos, hacer algo que valga más que las intrigas y el tartufismo del último mes.
sábado, 3 de noviembre de 2012
Coincidimos en Göttingen con Enrique, ambos de paso y por unos pocos días. Propone que vayamos a ver ciervos en una reserva que está a una hora escasa de su antigua casa. Además de nosotros tres vienen Doris, María, Cristian, Paula y un chico que escribe una tesis —otra— sobre Roberto Bolaño. Todos seguimos en las aulas, y quizá por eso busco inconscientemente revivir el tipo de conversación que uno tenía en la Facultad; ésta es más interesante e informada, pero también menos emocional, o emocionante.
El bosque, desmigajado, con el color y la textura de una biblioteca dieciochesca arrasada por algo peor que el tiempo.
Enrique corta manzanas con una navaja suiza, y les tira los trozos a los cervatillos. «Son manzanas de cultivo ecológico», puntualiza. Los cervatillos se alejan, muerden la manzana con la precaución de quien juega al escondite inglés, y se alejan con un respingo. A veces los pedazos de manzana no les entran en la boca, y los hacen pasar mirando a lo alto, como el cormorán que ha pescado un pez demasiado grande. A lo lejos se oye mugir —es el tiempo de la berrea— a los ciervos adultos. En realidad son gamos. Más adelante encontramos un viejo ejemplar, imponente de talla y cornamenta, que se deja morir apaciblemente. Las manzanas que ruedan a su alrededor no tienen para él más entidad que la de un recuerdo.
Pocos minutos después llegamos a una granja, donde una piara de jabalíes hoza el fango. Las manzanas y las nueces biológicas de Enrique tienen entre ellos un éxito clamoroso. Se disputan el alimento con violencia, y es espeluznante el ruido que hacen al triturar las nueces enteras con los dientes.
Todo esto ocurre ya como de lejos, mientras llueve cada vez con mayor intensidad.
El bosque, desmigajado, con el color y la textura de una biblioteca dieciochesca arrasada por algo peor que el tiempo.
Enrique corta manzanas con una navaja suiza, y les tira los trozos a los cervatillos. «Son manzanas de cultivo ecológico», puntualiza. Los cervatillos se alejan, muerden la manzana con la precaución de quien juega al escondite inglés, y se alejan con un respingo. A veces los pedazos de manzana no les entran en la boca, y los hacen pasar mirando a lo alto, como el cormorán que ha pescado un pez demasiado grande. A lo lejos se oye mugir —es el tiempo de la berrea— a los ciervos adultos. En realidad son gamos. Más adelante encontramos un viejo ejemplar, imponente de talla y cornamenta, que se deja morir apaciblemente. Las manzanas que ruedan a su alrededor no tienen para él más entidad que la de un recuerdo.
Pocos minutos después llegamos a una granja, donde una piara de jabalíes hoza el fango. Las manzanas y las nueces biológicas de Enrique tienen entre ellos un éxito clamoroso. Se disputan el alimento con violencia, y es espeluznante el ruido que hacen al triturar las nueces enteras con los dientes.
Todo esto ocurre ya como de lejos, mientras llueve cada vez con mayor intensidad.
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