El próximo fin de semana se celebra la Feria del Libro de Bruselas, en la que España será el país invitado. Esto quiere decir que invitarán a asistir a una docena larga de escritores españoles, en especial a aquellos escritores españoles que viven en Bélgica, completándose la nómina con algunos escritores extranjeros que alguna vez estuvieron en España, de esa especie que lo mismo vale para un roto que para un descosido. Yo no podré asistir, ya que debo ir a tocar el ukelele a la fiesta de cumpleaños de mi suegro. Es lamentable; preferiría ir a tocar el ukelele a la Feria del Libro de Bruselas, que además me pilla más a mano.
El caso es que la semana pasada recibí inopinadamente un correo electrónico de una reportera cultural, Nicole D., invitándome a charlar brevemente sobre la literatura española actual en la radio pública belga, la RTBF. Entre nosotros: no tengo mucho que decir sobre la literatura española actual, que en sí no me interesa ni más ni menos que la literatura actual en general. Ni poco ni mucho. Pero uno tiene que llegar a ser quien es, y estar a la altura de lo que prometen sus tarjetas de visita. De manera que concierto una cita para el lunes por la mañana y me estudio los catálogos de las editoriales francesas que traducen títulos peninsulares, así como los últimos informes anuales de la Subdirección General de Promoción del Libro, de la Federación de Gremios de Editores y de la Federación Española de Cámaras del Libro.
Ahora ya sé —no lo olvidaré tan fácilmente— que el tren que pasa por mi pueblo a las 6:23 me deja sin transbordos en Bruselas a primera hora de la mañana. Me pierdo dando vueltas a la manzana durante los tres cuartos de hora que había previsto para perderme, y cinco minutos antes de mi cita con Nicole presento mi carnet de identidad en la garita de entrada al recinto de la RTBF. El guardia de seguridad dibuja sobre un mapa impreso en offset el camino que debo recorrer para llegar al vestíbulo conocido como «Patio Radio», donde Nicole había quedado en buscarme. El bolígrafo anticipa sobre el mapa mi itinerario:
—Tome esta entrada, busque el ascensor que queda inmediatamente a su izquierda, suba al tercer piso y recorra el pasillo hasta el final.
De todos modos en el tercer piso me veo obligado a pedirle a alguien que me indique cómo llegar al famoso «Patio Radio», que resulta ser un lounge acogedor, enmoquetado, iluminado por un gran tragaluz central (tras el que sospecho lámparas halógenas), circundado de cabinas de grabación. Se sabe que son cabinas de grabación porque las puertas tienen mirilla y un piloto que de vez en cuando cambia del verde al rojo, o viceversa. Otras salas no tienen puerta y en su interior trabajan lo que parecen ser controladores aéreos o analistas de bolsa. Mato el rato estudiando las plantas de interior y la oferta de las máquinas expendedoras de bebida; un café me haría bien, pero Nicole vendrá de un momento a otro.
O no. Los minutos pasan, y en una de las salas sin puerta suenan, perfectamente ecualizados, los cuarenta principales. No conozco las canciones, pero están bien. Por fin pasa alguien junto a mí, un joven técnico de sonido, o un becario. Le pregunto, para cerciorarme, si realmente estoy en eso que llaman «Patio Radio». Al principio me mira con incomprensión, pero unos segundos después algo hace clic en su cerebro y me dice en un francés vacilante que sí, que me quede tranquilo, que ése es el «Patio Radio».
—¡Menos mal! Es que tengo una cita con Nicole D. y debe de estar en un atasco, o algo...
«¿Nicole qué?» El tipo hace una pedorreta con la que da a entender que no ha oído nunca el nombre de su colega, lo que no tiene nada de raro en un becario al que seguramente arrojaron antes de ayer desde un avión al interior oleaginoso de la empresa de radiotelevisión más grande del país.
El retraso ya pasa de veinticinco minutos, y empiezo a tener miedo de que al final no me dé tiempo a pasarme por la librería hispánica de Bruselas antes de las citas que tengo esta tarde en la Facultad. Por suerte he traído el teléfono móvil, ese móvil que digo que no tengo, y que es como si no tuviera porque sólo lo utilizo como despertador o para llamar a Kathleen cuando el tren a Göttingen llega con retraso. Marco el número de Nicole y lo aparto de mi cabeza hasta que se establezca la conexión, a fin de evitar el pico de ondas electromagnéticas; quien me responde es un robot que me informa en alemán de que el saldo de mi tarjeta es de 0,32 euros, por lo que resulta imposible llamar al número que he marcado.
Vacilo todavía durante dos o tres minutos, pero al final me decido a asaltar un despacho y pedir que alguien llame por teléfono a mi entrevistadora, aunque sólo sea para organizar el tiempo de espera. Llamo a la primera puerta abierta, perteneciente, según indica un letrero en neerlandés, a una ayudante de dirección, o algo parecido. Dentro dos mujeres roen barritas de galleta bañada en chocolate. Comienzo a explicarles que tenía una cita en el «Patio Radio» hace media hora, pero que la periodista aún no ha aparecido, y querría saber si alguien podría... Me interrumpo. Veo en sus rostros que algo se me escapa, que un problema con el que yo no he contado interfiere en la comunicación. Una de ellas mira a la otra como esperando que sea ella quien intervenga.
—«Patio Radio», sí, está en esa dirección.
—No, no lo entiende: yo vengo del «Patio Radio», es su colega, Nicole D., la que no ha llegado aún. Es para una entrevista de radio.
—¿Radio?
La interrogación me alarma, así como el cruce de miradas, y las réplicas en neerlandés que cruzan entre ellas. A lo mejor al final esto no tiene nada que ver con una radio. A lo mejor resulta que lo que parecían cabinas de grabación son en realidad las dependencias de un meublé higiénico y reglamentado. A lo mejor en el interior de esas cabinas se proyectan películas X o se ofrecen sórdidos espectáculos en vivo y en directo para los pervertidos funcionarios de la Comisión Europea. Siempre había oído hablar de la importancia de la industria pornográfica, pero no me esperaba que alcanzase estas dimensiones. Asumida ya la derrota y resignado a que el largo viaje a Bruselas hubiera sido —¡otra vez!— en balde, no pude dejar de preguntarme durante una fracción de segundo si no habría en algún lugar una dimensión en la que la gente hablase francés como es debido, en la que Nicole D. existiera realmente y me estuviera esperando en un vestíbulo muy parecido a este, con los mismos ficus y las mismas máquinas expendedoras de bebidas carbonatadas. Quizá entonces una de las falsas ayudantes de dirección, la viejecilla de pelo plateado, se sonriera misteriosamente y me indicase una puerta sin marco disimulada en la pared, detrás de la cual habría una reproducción especular del edificio, en el que la variación más apreciable sería un ligero corrimiento al rojo de la luminosidad, señal probable de un campo gravitacional más intenso.
De hecho, eso fue exactamente lo que ocurrió, con la sola diferencia de que la viejecilla de pelo plateado, asombrosamente inasequible a la jubilación, añadió una explicación en el mismo francés vacilante que sus demás compañeros:
—Usted busca la RTBF. Esto es la VRT, su equivalente neerlandófono.
Al otro lado de la puerta que ella misma mantenía abierta se desplegaba una copia exacta de la habitación de las falsas ayudantes de dirección, si acaso en una tonalidad más rojiza. Trazando mentalmente un plano simétrico del mundo que dejaba a mis espaldas llegué al «Patio Radio» de la dimensión francófona, en el Nicole D. me saludó con gran afabilidad y en un español muy correcto:
—¡Le he estado buscando por todas partes!
«No por todas», respondo mentalmente. Me conduce a una de las cabinas, mucho más estrecha que las que había visto hasta entonces, en la que apenas caben dos sillas enfrentadas. La entrevista, al final, es muy breve. Tenemos que volver a grabar el principio porque estaba dando demasiados datos y rodeos. Consigo llenar tres o cuatro minutos con frases lapidarias, listas para transformarse en titulares, sin decir tonterías demasiado crasas ni hacer generalizaciones demasiado abusivas. Al salir, el empleado de la garita me tiende mi carnet de identidad, y aprovecho para comentar con él mi percance.
—Lo que debería haber hecho es tomar esta entrada —el bolígrafo volvía a recorrer el camino sin desviaciones, con automatismo de pensionista—, buscar el ascensor que queda inmediatamente a la izquierda, subir al tercer piso y recorrer el pasillo hasta el final.
—Es curioso, porque es exactamente lo que he hecho. He seguido el mapa que usted me dio.
—Entonces no entiendo cómo pudo no llegar a la primera.
Un nuevo caso para el comisario Maigret. Fuera del recinto varios grupos de estudiantes aguardan el inicio de una visita guiada. Hace un día radiante, y yo desando lentamente un camino de baldosas amarillas mientras la luz lo desintegra todo a mis espaldas.
Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:
Nos seguimos leyendo.
jueves, 21 de febrero de 2013
Los estudiantes querían que suspendiéramos nuestra clase de los jueves de la mañana, como siempre que hay huelga de autobuses. Desde luego, ayer por la tarde les dije que no era posible, y envié una circular por correo electrónico apelando al sentido del deber e informando de que hoy mantendría el horario previsto y esperaba verles a todos a las ocho en punto.
Después de haberme puesto tan serio, lo último que yo quería era verme afectado por la huelga de autobuses, que en sí no me preocupaba porque casi nunca voy en autobús, pero temía que pudiera contagiarse a los trenes. No sería la primera vez. Así que en lugar de tomar el tren de las 7 en punto, que es el que suelo coger los jueves, decidí levantarme a una hora heroica y coger el de las 6:23. Eso me daría un margen de seguridad y además me permitiría terminar de repasar los apuntes mientras me tomaba un café con un suizo.
Con un bollo suizo.
El tren de las 6:23 llega a Tilff a las 6:23, y a las 6:24 su humilde servidor está enfrascado en la reescritura de un artículo que debía haber terminado el año pasado. Los que utilizamos mucho el tren desarrollamos un sexto sentido que nos indica automáticamente en qué estación nos debemos bajar. No necesito levantar la vista de la pantalla para saber que hemos dejado atrás la estación de Calatrava, y sigo revolviendo sinónimos y preposiciones sin cuidarme del mundo exterior porque sé que en algún lugar de mi mente hay un reloj de cocina que me avisará dos paradas después.
No necesito mirar por la ventanilla la estación de Jonfosse porque sé que todavía me queda una.
De todos modos es de noche y no se ve nada.
Es curioso, en cualquier caso, que tanta gente se haya subido en Jonfosse, donde lo normal es que no se suba nadie, como no sea para chutarse en los aseos del tren. Mientras tecleo furiosamente alcanzo a ver con el rabillo del ojo una batería de farolas de nueva generación, que deben de haber instalado esta misma noche. ¿Y cómo es que hay tantos pasajeros en el tren de las 6:23 y tan pocos en el de las 7:00?
La mujer que viaja delante de mí levanta la vista de la novela y lee en mi cara el desconcierto antes de que yo mismo lo sienta.
—Está usted en Ans.
El pitido que anuncia el cierre automático de puertas no me ha dejado entender lo que la mujer me ha dicho.
—Está usted en Ans —repite, como quien dice «yo soy tu padre», o «en realidad no estaba muerto».
Debe de ser que me ha dado un aneurisma y me he desvanecido durante varios minutos; o varios años, los suficientes para redistribuir el trazado del ferrocarril y hacer que mi línea gire 45º hacia el noroeste. ¿Cómo ha podido pasar? ¿Dónde está Ans? Y sobre todo, ¿dónde está el sentido arácnido ferroviario cuando uno lo necesita? Tengo que bajarme inmediatamente de este tren.
—¡Tengo que bajarme inmediatamente de este tren!
—Está en el tren directo a Bruselas. No hay más paradas intermedias.
Se me ha quedado la misma cara que al Primer Ministro británico de la serie Black Mirror cuando le dicen que han secuestrado a la princesa de Inglaterra y la matarán si unas horas más tarde no sale en televisión manteniendo una relación sexual completa con un cerdo.
Bruselas está a 113 kilómetros de Tilff. Bastante más lejos que Segovia de Madrid, que Fuerteventura de Las Palmas, que Berlín de Mielszkowice, o que Detroit de Toledo (Ohio). Bruselas está casi a la misma distancia de Tilff que Düsseldorf o Luxemburgo. Y mi clase empieza en poco más de una hora. He sido secuestrado por la SNCB a bordo de un tren conducido por un gremlin que lleva un dispensador PEZ con una reproducción en plástico de su propia cabeza de la cual salen varias anfetaminas por minuto.
La interventora, comprensiva, dice que no se acaba el mundo, que todos somos humanos y que en cualquier caso la última persona que saltó en marcha de un tren no vivió para contarlo. Me da una palmada en el hombro y una papeleta mágica para volver gratis. Me recomienda que espere a llegar a Bruxelles-Nord a las 7:52 y confía en que haya un tren a las 7:59 en sentido opuesto.
Curiosamente llegamos a Bruxelles-Nord a las 7:27, y a las 7:33 sale desde el andén contiguo un tren en dirección contraria.
El tren de las 7:33 llega a las 7:37. A las 7:39 un amable joven me presta su teléfono móvil, con el que llamo al bedel. No está. Lo intento de nuevo a las 7:59, y vuelvo a dar con el contestador automático. Le dejo un mensaje diciendo que previsiblemente llegaré a las 8:35, y le pido que avise a los estudiantes —que estarán ya esperando en el aula— y que les diga que vayan comentando entre sí los ejercicios 3, 4 y 5 para corregirlos cuando yo llegue.
A las 8 en punto devuelvo el teléfono móvil. A las 8:17, a varias docenas de kilómetros, Kathleen apaga el despertador por enésima vez y se da media vuelta; un poco más allá varios estudiantes miran la hora en sus smartphones simultáneamente y dedican un pensamiento a mis familiares más queridos. A las 8:26 un extraño ente es avistado sobrevolando con movimientos brownianos el espacio comprendido entre la estación de Calatrava y la parada de taxis. Dicen que tenía gafas.
A las 8:35 pago el taxi —previsiblemente el taxista no tiene suelto para darme la vuelta— y a las 8:36 entro en la facultad con la frente más alta que don Rodrigo en la horca. Todavía había algunos estudiantes en clase. El bedel no les ha transmitido ninguna información. De hecho, ni siquiera sabían que hubiera un bedel. Me preguntan por qué no me he tirado del tren en marcha, y mi respuesta no parece convencer a todos.
Después de haberme puesto tan serio, lo último que yo quería era verme afectado por la huelga de autobuses, que en sí no me preocupaba porque casi nunca voy en autobús, pero temía que pudiera contagiarse a los trenes. No sería la primera vez. Así que en lugar de tomar el tren de las 7 en punto, que es el que suelo coger los jueves, decidí levantarme a una hora heroica y coger el de las 6:23. Eso me daría un margen de seguridad y además me permitiría terminar de repasar los apuntes mientras me tomaba un café con un suizo.
Con un bollo suizo.
El tren de las 6:23 llega a Tilff a las 6:23, y a las 6:24 su humilde servidor está enfrascado en la reescritura de un artículo que debía haber terminado el año pasado. Los que utilizamos mucho el tren desarrollamos un sexto sentido que nos indica automáticamente en qué estación nos debemos bajar. No necesito levantar la vista de la pantalla para saber que hemos dejado atrás la estación de Calatrava, y sigo revolviendo sinónimos y preposiciones sin cuidarme del mundo exterior porque sé que en algún lugar de mi mente hay un reloj de cocina que me avisará dos paradas después.
No necesito mirar por la ventanilla la estación de Jonfosse porque sé que todavía me queda una.
De todos modos es de noche y no se ve nada.
Es curioso, en cualquier caso, que tanta gente se haya subido en Jonfosse, donde lo normal es que no se suba nadie, como no sea para chutarse en los aseos del tren. Mientras tecleo furiosamente alcanzo a ver con el rabillo del ojo una batería de farolas de nueva generación, que deben de haber instalado esta misma noche. ¿Y cómo es que hay tantos pasajeros en el tren de las 6:23 y tan pocos en el de las 7:00?
La mujer que viaja delante de mí levanta la vista de la novela y lee en mi cara el desconcierto antes de que yo mismo lo sienta.
—Está usted en Ans.
El pitido que anuncia el cierre automático de puertas no me ha dejado entender lo que la mujer me ha dicho.
—Está usted en Ans —repite, como quien dice «yo soy tu padre», o «en realidad no estaba muerto».
Debe de ser que me ha dado un aneurisma y me he desvanecido durante varios minutos; o varios años, los suficientes para redistribuir el trazado del ferrocarril y hacer que mi línea gire 45º hacia el noroeste. ¿Cómo ha podido pasar? ¿Dónde está Ans? Y sobre todo, ¿dónde está el sentido arácnido ferroviario cuando uno lo necesita? Tengo que bajarme inmediatamente de este tren.
—¡Tengo que bajarme inmediatamente de este tren!
—Está en el tren directo a Bruselas. No hay más paradas intermedias.
Se me ha quedado la misma cara que al Primer Ministro británico de la serie Black Mirror cuando le dicen que han secuestrado a la princesa de Inglaterra y la matarán si unas horas más tarde no sale en televisión manteniendo una relación sexual completa con un cerdo.
Bruselas está a 113 kilómetros de Tilff. Bastante más lejos que Segovia de Madrid, que Fuerteventura de Las Palmas, que Berlín de Mielszkowice, o que Detroit de Toledo (Ohio). Bruselas está casi a la misma distancia de Tilff que Düsseldorf o Luxemburgo. Y mi clase empieza en poco más de una hora. He sido secuestrado por la SNCB a bordo de un tren conducido por un gremlin que lleva un dispensador PEZ con una reproducción en plástico de su propia cabeza de la cual salen varias anfetaminas por minuto.
La interventora, comprensiva, dice que no se acaba el mundo, que todos somos humanos y que en cualquier caso la última persona que saltó en marcha de un tren no vivió para contarlo. Me da una palmada en el hombro y una papeleta mágica para volver gratis. Me recomienda que espere a llegar a Bruxelles-Nord a las 7:52 y confía en que haya un tren a las 7:59 en sentido opuesto.
Curiosamente llegamos a Bruxelles-Nord a las 7:27, y a las 7:33 sale desde el andén contiguo un tren en dirección contraria.
El tren de las 7:33 llega a las 7:37. A las 7:39 un amable joven me presta su teléfono móvil, con el que llamo al bedel. No está. Lo intento de nuevo a las 7:59, y vuelvo a dar con el contestador automático. Le dejo un mensaje diciendo que previsiblemente llegaré a las 8:35, y le pido que avise a los estudiantes —que estarán ya esperando en el aula— y que les diga que vayan comentando entre sí los ejercicios 3, 4 y 5 para corregirlos cuando yo llegue.
A las 8 en punto devuelvo el teléfono móvil. A las 8:17, a varias docenas de kilómetros, Kathleen apaga el despertador por enésima vez y se da media vuelta; un poco más allá varios estudiantes miran la hora en sus smartphones simultáneamente y dedican un pensamiento a mis familiares más queridos. A las 8:26 un extraño ente es avistado sobrevolando con movimientos brownianos el espacio comprendido entre la estación de Calatrava y la parada de taxis. Dicen que tenía gafas.
A las 8:35 pago el taxi —previsiblemente el taxista no tiene suelto para darme la vuelta— y a las 8:36 entro en la facultad con la frente más alta que don Rodrigo en la horca. Todavía había algunos estudiantes en clase. El bedel no les ha transmitido ninguna información. De hecho, ni siquiera sabían que hubiera un bedel. Me preguntan por qué no me he tirado del tren en marcha, y mi respuesta no parece convencer a todos.
domingo, 17 de febrero de 2013
Hace dos semanas estuvimos visitando las Termas de Claudio, en Colonia. Allí bebimos un agua que ha pasado 39.000 años en el subsuelo, antes de brotar por un caño en una esquina del Rheinpark. Es un agua más antigua que la humanidad. Sabe también un poco a eso, pero impresiona.
El viaje a Colonia fue una escapada rápida y casi irresponsable —estaba a punto de comenzar el nuevo semestre— con un objetivo claro, aparte del baño termal: comprar una olla a presión. En el primer centro comercial que nos echamos a la cara tienen cerca de 78 metros cuadrados de baterías de cocina, la mitad de ellas compuestas de ollas a presión en diámetros variados. Una vendedora nos explica durante media hora larga las funcionalidades inauditas de sus ollas, hasta que otra cliente que pasaba por allí —claramente a sueldo de los grandes almacenes— se acerca y asegura que ella lleva treinta años cocinando con una olla como la que nos acaban de recomendar y la volvería a comprar sin pensárselo dos veces. Qué diablos, si el precio fuera el de hace treinta años nosotros también la compraríamos.
La verdad es que la compramos igual con los precios del siglo XXI. Potaje en nueve minutos. Risotto en cinco. Kathleen dice que alguien debería escribir una historia cultural de las ollas exprés: hay muchas recetas castizas para hacer potajes y cocido con ellas, pero según los foros alemanes de cocina están algo pasadas de moda, y en Bélgica no encontré más que dos modelos de calidad dudosa y precio a todas luces optimista.
El lunes pasado estuvo cenando en casa Patricia W., la nueva profesora de traducción. Contó historias tremebundas de lo resabiados que están los estudiantes en la Universidad de Buenos Aires. Uno, por ejemplo, le reprochó a un catedrático que entreverase su argumentación de expresiones adverbiales por el estilo de «evidentemente», «muy probablemente» o «como es obvio». «¿No cree —le dijo— que es demasiada modalización? Los datos deberían ser suficientes para que su clase se tuviera en pie».
Otra vez un estudiante le preguntó a un catedrático de literatura qué pasaba con el mendigo ciego al final de «Casa tomada». El catedrático elaboró una detallada e ingeniosa explicación acerca no sólo de su destino, apenas sugerido, sino también de la sutil dimensión simbólica que caracterizaba a ese discreto personaje del relato del Cortázar. Habría salido aquel día por la puerta grande si en el relato hubiera habido realmente un mendigo ciego y si todo hubiese sido algo más que la broma pesada de un goliardo desahogado.
Con Patricia compartiría pocos días después una experiencia tristemente representativa de esta provincia distópica. Habíamos salido de la cena de navidad del equipo de español (que no celebramos en navidad y aplazamos varias veces hasta mediados de febrero), y regresábamos en el mismo tren de la línea de Rivage cuando en nuestro vagón comienzan a estallar las ventanillas. Cuatro percusiones rápidas —¡pac!, ¡pac!, ¡pac!, ¡pac!— y los cristales se hacen trizas como si los hubieran sumergido en nitrógeno líquido. En el centro de cada uno, un agujero por el que cabría holgadamente mi dedo corazón (ese dedo «tan rico de expresión», que decía Luis de Tapia). Patricia se ha echado a un lado con brusquedad refleja. Le pregunto si está bien, recompone el gesto y comprueba que efectivamente está ilesa. Los proyectiles parecen haber atravesado la primera capa de cristal, pero no la segunda: eso nos tranquiliza un poco y nos hace pensar más bien en pistolas de aire comprimido. Me levanto y en los asientos contiguos encuentro a dos muchachas que llevan el miedo pintado en la cara; junto a ellas, otra ventanilla escarchada. Una de ellas cuenta, con marcado acento de Flandes, que dos jóvenes la venían siguiendo y habían descendido del tren en la estación suburbial que acabábamos de abandonar. En la siguiente estación llegan los peritos de la SNCB, la interventora, la policía, y varios guardias de seguridad. Uno de ellos nos explica que deben de haber sido pedradas, pues de otro modo las consecuencias habrían sido mucho más graves. Otro comprueba que en los vagones no falta ningún martillo de emergencia, y al pasar por nuestro lado nos dice: «es la tercera vez que ocurre esto en las dos últimas horas». En el andén observamos como un trabajador con chubasquero reflectante desprende los fragmentos de vidrio con un destornillador y luego los echa a la vía, sobre el balasto. Patricia se ríe con ganas y exclama:
—¡Qué folklórico es todo!
El viaje a Colonia fue una escapada rápida y casi irresponsable —estaba a punto de comenzar el nuevo semestre— con un objetivo claro, aparte del baño termal: comprar una olla a presión. En el primer centro comercial que nos echamos a la cara tienen cerca de 78 metros cuadrados de baterías de cocina, la mitad de ellas compuestas de ollas a presión en diámetros variados. Una vendedora nos explica durante media hora larga las funcionalidades inauditas de sus ollas, hasta que otra cliente que pasaba por allí —claramente a sueldo de los grandes almacenes— se acerca y asegura que ella lleva treinta años cocinando con una olla como la que nos acaban de recomendar y la volvería a comprar sin pensárselo dos veces. Qué diablos, si el precio fuera el de hace treinta años nosotros también la compraríamos.
La verdad es que la compramos igual con los precios del siglo XXI. Potaje en nueve minutos. Risotto en cinco. Kathleen dice que alguien debería escribir una historia cultural de las ollas exprés: hay muchas recetas castizas para hacer potajes y cocido con ellas, pero según los foros alemanes de cocina están algo pasadas de moda, y en Bélgica no encontré más que dos modelos de calidad dudosa y precio a todas luces optimista.
El lunes pasado estuvo cenando en casa Patricia W., la nueva profesora de traducción. Contó historias tremebundas de lo resabiados que están los estudiantes en la Universidad de Buenos Aires. Uno, por ejemplo, le reprochó a un catedrático que entreverase su argumentación de expresiones adverbiales por el estilo de «evidentemente», «muy probablemente» o «como es obvio». «¿No cree —le dijo— que es demasiada modalización? Los datos deberían ser suficientes para que su clase se tuviera en pie».
Otra vez un estudiante le preguntó a un catedrático de literatura qué pasaba con el mendigo ciego al final de «Casa tomada». El catedrático elaboró una detallada e ingeniosa explicación acerca no sólo de su destino, apenas sugerido, sino también de la sutil dimensión simbólica que caracterizaba a ese discreto personaje del relato del Cortázar. Habría salido aquel día por la puerta grande si en el relato hubiera habido realmente un mendigo ciego y si todo hubiese sido algo más que la broma pesada de un goliardo desahogado.
Con Patricia compartiría pocos días después una experiencia tristemente representativa de esta provincia distópica. Habíamos salido de la cena de navidad del equipo de español (que no celebramos en navidad y aplazamos varias veces hasta mediados de febrero), y regresábamos en el mismo tren de la línea de Rivage cuando en nuestro vagón comienzan a estallar las ventanillas. Cuatro percusiones rápidas —¡pac!, ¡pac!, ¡pac!, ¡pac!— y los cristales se hacen trizas como si los hubieran sumergido en nitrógeno líquido. En el centro de cada uno, un agujero por el que cabría holgadamente mi dedo corazón (ese dedo «tan rico de expresión», que decía Luis de Tapia). Patricia se ha echado a un lado con brusquedad refleja. Le pregunto si está bien, recompone el gesto y comprueba que efectivamente está ilesa. Los proyectiles parecen haber atravesado la primera capa de cristal, pero no la segunda: eso nos tranquiliza un poco y nos hace pensar más bien en pistolas de aire comprimido. Me levanto y en los asientos contiguos encuentro a dos muchachas que llevan el miedo pintado en la cara; junto a ellas, otra ventanilla escarchada. Una de ellas cuenta, con marcado acento de Flandes, que dos jóvenes la venían siguiendo y habían descendido del tren en la estación suburbial que acabábamos de abandonar. En la siguiente estación llegan los peritos de la SNCB, la interventora, la policía, y varios guardias de seguridad. Uno de ellos nos explica que deben de haber sido pedradas, pues de otro modo las consecuencias habrían sido mucho más graves. Otro comprueba que en los vagones no falta ningún martillo de emergencia, y al pasar por nuestro lado nos dice: «es la tercera vez que ocurre esto en las dos últimas horas». En el andén observamos como un trabajador con chubasquero reflectante desprende los fragmentos de vidrio con un destornillador y luego los echa a la vía, sobre el balasto. Patricia se ríe con ganas y exclama:
—¡Qué folklórico es todo!
lunes, 28 de enero de 2013
El sábado estuvimos cenando en casa de Houda y de Romain. Es un apartamento que da a una de las pocas calles de L*** provistas de arbolado; unos metros más lejos se ve el río Mosa y, allí donde uno esperaría el muelle, una autopista. Tienen una especie de bañera que hace cuscús, y un chisme eléctrico que convierte el cordero a la parrilla en el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. O eso dice Kathleen, que no me dejó probarlo.
Nos enseñan fotos de su viaje a Melbourne, cada una de las cuales ilustra una historia sobre cocodrilos gigantes de agua salada, medusas asesinas, koalas con garras retráctiles y agujeros en la capa de ozono. Aseguran haber comprobado en carnes propias que si no te echas protección solar factor 50+ te achicharras hasta el cuero cabelludo incluso un día nublado de invierno. «Pero es genial, tenéis que ir». Desde luego que sí, aunque sólo sea por pasar 24 horas encerrado en un avión.
Lo más interesante de su viaje, más que los tatuajes tribales de las adolescentes australianas, más que la ópera de Sidney y casi —aunque sólo casi— más que los canguros boxeadores, lo más interesante, digo, fue la prodigiosa aventura burocrática que les aguardaba a su regreso. Resulta que cada uno de ellos había obtenido una beca de investigación: Romain es un experto en física de materiales e iba a colaborar durante un año con uno de los mayores especialistas del mundo en fibra de vidrio; Houda defiende una controvertida tesis sobre la literatura postcolonial australiana y había sido invitada a trabajar en la Monash University. Las becas, sin embargo, no les adelantaban el dinero, sino que se comprometían a reembolsarles los gastos justificados, hasta un máximo de diez mil euros cada uno. Justificable es, sobre todo, la comida. Lo que ni Houda ni Romain sabían hace un año es que a ojos de la administración un café no es comida, pero un café y una madalena sí. Un emparedado comprado en un restaurante sí es comida, pero un emparedado comprado en una gasolinera no. Mince no es comida en ningún caso porque nadie se tomó la molestia de buscarlo en el diccionario.
En total nuestros héroes reunieron seiscientos y pico tickets de caja y facturas, por valor de 20.000 euros —lo que, teniendo en cuenta que la vida en Melbourne es cuatro veces más cara que en Bélgica, corresponde a un régimen espartano—. El importe de cada recibo tenía que ser convertido a euros, pero no de cualquier manera, sino aplicando el cambio del día anterior al de su expedición. La producción, gestión y verificación de esos seiscientos y pico documentos justificativos le llevó a Romain y a varias secretarias de la universidad dos semanas largas de trabajo; después de ese periodo llegaron a la conclusión de que había un par de cientos de euros que no eran del todo justificables, fundamentalmente gastados en carne picada, café y emparedados de gasolinera.
martes, 22 de enero de 2013
jueves, 17 de enero de 2013
Mi amiga Olalla me envía una noticia sobre una mujer de un pueblo de Valonia que debía ir a recoger a un amigo a la estación de Bruxelles-Nord. «Sin embargo, un fallo en el GPS y la sorprendente falta de atención de la conductora terminó convirtiendo el recorrido en un viaje a través de la Europa continental que concluyó en Zagreb (Croacia) casi dos días y 1.450 kilómetros después». Sí, así están las cosas por aquí. Yo estoy convencido de que en alguna de mis clases también hay alguno que en realidad a lo que había salido era a recoger a un amigo en la estación.
En descargo de la protagonista de esta triste historia habría que recordar que Bélgica es un país en el que para ir a soltar a los niños al cole uno puede tener que atravesar por varias zonas con señales escritas en idiomas más o menos exóticos. Quien sepa cómo se escribe «Croacia» en neerlandés que tire la primera piedra. Considérese también que para un valón la vida es un espacio de tiempo puesto al servicio del automóvil y que transcurre fundamentalmente en automóvil, de modo que, a fuerza de costumbre esta buena señora bien pudo llegar a olvidar que estaba al volante, que alguien la esperaba en una fría estación subterránea de una ciudad en ruinas, y lo único que acaso le extrañó fue la extraordinaria duración del documental que se desplegaba ante su vista.
En descargo de la protagonista de esta triste historia habría que recordar que Bélgica es un país en el que para ir a soltar a los niños al cole uno puede tener que atravesar por varias zonas con señales escritas en idiomas más o menos exóticos. Quien sepa cómo se escribe «Croacia» en neerlandés que tire la primera piedra. Considérese también que para un valón la vida es un espacio de tiempo puesto al servicio del automóvil y que transcurre fundamentalmente en automóvil, de modo que, a fuerza de costumbre esta buena señora bien pudo llegar a olvidar que estaba al volante, que alguien la esperaba en una fría estación subterránea de una ciudad en ruinas, y lo único que acaso le extrañó fue la extraordinaria duración del documental que se desplegaba ante su vista.
jueves, 10 de enero de 2013
He vuelto de las vacaciones de navidad, y me siento como si hubiera hecho el camino de Santiago. Desde Bratislava. Empujando una carretilla llena de polvorones.
Los dos primeros días, haciendo un esfuerzo sobrehumano, trato de cumplir al menos con las obligaciones inapelables; poco a poco voy asumiendo también las otras, hasta que un resfriado me haga aparcarlas todas.
Este año nuevo me he hecho por primera vez un propósito de año nuevo: tocar más el ukelele. Pero para disfrutarlo las notas deberían estar donde se supone que están, lo que mi sufrido Stagg ya no puede garantizarme. La página web de Ukulele Hunt propone en uno de sus foros siete consejos para quien quiera comprar un ukelele. El 3º es probarlos directamente en la tienda, y el 5º es investigar en internet. Quienes no tenemos mucho tiempo compaginamos ambos buscando en internet comercios de proxidad.
Es extraño que no se vendan más ukeleles en Bruselas. Hay varias tiendas, desde luego, pero sólo una tiene una oferta decente, y además muy polarizada: ukeleles de plástico de 20 euros, Martin de más de 1.500 euros y nada entre medias. Amplío el radio de búsqueda a Hannover, Aquisgrán, Colonia, Amberes y Gante. Aprovechando un viaje a Göttingen entro en el Musik Kontor y pido que me dejen probar el ukelele tenor del escaparate.
—Hum... ¿No cree que estas cuerdas hacen un ruido un poco raro?
—Pues son las famosas cuerdas Aquila.
Antes de hacerme el entendido habría debido leer la etiqueta en la que se indicaba claramente «famosas cuerdas Aquila». Devuelvo el instrumento, porque parece que a fin de cuentas las cuerdas son lo menos malo que tiene. Y ese era el mejor ukelele que tenían en Göttingen. El segundo mejor era una caja de habanos con una espumadera pegada. El tercero mejor era una harmónica.
Al final resulta que el establecimiento con surtido más variado e interesante es el de L***. En su catálogo tienen bastantes modelos de las marcas Ohana y Lanakai, con precios razonables y buenas reseñas. En particular le echo el ojo, durante mi investigación en línea, a algunos Ohana tamaño concierto, de madera maciza de caoba y ébano. El martes al salir del curro me dije qué diablos, y me pasé por la tienda, que conocía de vista. «Sólo a preguntar», iba pensando, en aplicación del 6º precepto de Ukulele Hunt («no te precipites»), y esperando aplacar así los síntomas galopantes del Síndrome de Compra Compulsiva de Ukeleles (UAS en sus siglas en inglés). Pero cuando llegué adonde debía estar la tienda encontré en su lugar una especie de oficina de turismo.
—¿No había aquí una tienda de música?
La dependienta levantó desganada la vista del ordenador, cuya pantalla no hacía falta ver para saber que estaba haciendo un solitario.
—Sigue siendo una tienda de música —dijo—. De música impresa.
Es curiosa esta gente que, siendo gilipó, se pasa de lista. Resulta que los instrumentos los venden ahora en un almacén que sólo es accesible en helicóptero. Bastante chasqueado regreso a la estación, donde me esperaba otra desagradable sorpresa: la Casa de la Bici, que era la punta de lanza del ciclismo no deportivo en este país de infieles, ha desaparecido del mapa. Y nada más bajarme en Tilff, la puntilla: ¡se alquila el local de la heladería!
Es el fin del mundo tal y como lo conocemos. Suerte que todavía me queda en casa mi viejo y fiel Stagg para darme calor en los largos meses de invierno.
Este año nuevo me he hecho por primera vez un propósito de año nuevo: tocar más el ukelele. Pero para disfrutarlo las notas deberían estar donde se supone que están, lo que mi sufrido Stagg ya no puede garantizarme. La página web de Ukulele Hunt propone en uno de sus foros siete consejos para quien quiera comprar un ukelele. El 3º es probarlos directamente en la tienda, y el 5º es investigar en internet. Quienes no tenemos mucho tiempo compaginamos ambos buscando en internet comercios de proxidad.
Es extraño que no se vendan más ukeleles en Bruselas. Hay varias tiendas, desde luego, pero sólo una tiene una oferta decente, y además muy polarizada: ukeleles de plástico de 20 euros, Martin de más de 1.500 euros y nada entre medias. Amplío el radio de búsqueda a Hannover, Aquisgrán, Colonia, Amberes y Gante. Aprovechando un viaje a Göttingen entro en el Musik Kontor y pido que me dejen probar el ukelele tenor del escaparate.
—Hum... ¿No cree que estas cuerdas hacen un ruido un poco raro?
—Pues son las famosas cuerdas Aquila.
Antes de hacerme el entendido habría debido leer la etiqueta en la que se indicaba claramente «famosas cuerdas Aquila». Devuelvo el instrumento, porque parece que a fin de cuentas las cuerdas son lo menos malo que tiene. Y ese era el mejor ukelele que tenían en Göttingen. El segundo mejor era una caja de habanos con una espumadera pegada. El tercero mejor era una harmónica.
Al final resulta que el establecimiento con surtido más variado e interesante es el de L***. En su catálogo tienen bastantes modelos de las marcas Ohana y Lanakai, con precios razonables y buenas reseñas. En particular le echo el ojo, durante mi investigación en línea, a algunos Ohana tamaño concierto, de madera maciza de caoba y ébano. El martes al salir del curro me dije qué diablos, y me pasé por la tienda, que conocía de vista. «Sólo a preguntar», iba pensando, en aplicación del 6º precepto de Ukulele Hunt («no te precipites»), y esperando aplacar así los síntomas galopantes del Síndrome de Compra Compulsiva de Ukeleles (UAS en sus siglas en inglés). Pero cuando llegué adonde debía estar la tienda encontré en su lugar una especie de oficina de turismo.
—¿No había aquí una tienda de música?
La dependienta levantó desganada la vista del ordenador, cuya pantalla no hacía falta ver para saber que estaba haciendo un solitario.
—Sigue siendo una tienda de música —dijo—. De música impresa.
Es curiosa esta gente que, siendo gilipó, se pasa de lista. Resulta que los instrumentos los venden ahora en un almacén que sólo es accesible en helicóptero. Bastante chasqueado regreso a la estación, donde me esperaba otra desagradable sorpresa: la Casa de la Bici, que era la punta de lanza del ciclismo no deportivo en este país de infieles, ha desaparecido del mapa. Y nada más bajarme en Tilff, la puntilla: ¡se alquila el local de la heladería!
Es el fin del mundo tal y como lo conocemos. Suerte que todavía me queda en casa mi viejo y fiel Stagg para darme calor en los largos meses de invierno.
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