Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

martes, 13 de agosto de 2013

Yo no sé si la penuria ha hecho de los españoles una nación extremadamente eficiente, o si vamos directos a la catástrofe. Me han dado hora en el otorrino a las cuatro y doce minutos. A las cuatro y diez llego al ambulatorio: inmediatamente se abre una puerta, por la que asoma la gaita una enfermera que pronuncia mi nombre y me dice que entraré después de un señor calvo. «Pero no inmediatamente después —me advierte con innecesaria contundencia—: sólo cuando oiga un timbre». Hacen pasar al calvo, que sale casi de inmediato, y las cuatro y doce minutos exactamente suena el timbre. Entro y me enfrento a un médico que no me mira pero se sobreentiende que está estudiando mi expediente en el ordenador. Por el rabillo del ojo veo desaparecer a cuatro o cinco enfermeras, que salen a gruñir a los pacientes. La consulta tiene unos cuantos archivadores, estores con el varillaje desvencijado y un gran sillón de peluquero. «Siéntese», me dice el doctor, sin mirarme todavía pero haciendo un gesto elocuente con la mano; «siéntese y dígame».

—Pues verá, hace meses que tengo molestias en la garganta, se me quiebra la voz, me he puesto malo cuatro o cinco veces este año, y hay días que al dar clase...

—No me diga más. Le he entendido. Saque la lengua.

Saco la lengua. Le pone una cinta de gasa encima y me la agarra con la mano izquierda, tirando hacia sí, mientras con la derecha entra a matar con una varita en la que va montado un espejito, que me mete hasta la bola.

—Diga «iiii».
—¡Eeeurgh!...
—Estupendo. No hay pólipos, ni nódulos ni nada.

Sobre la mesa del otorrino hay cinco o seis tacos de papeletas fotocopiadas, unidas por un alambre. Con gesto automático arranca una de ella y la tiende hacia mí. Tiene el nombre de un complemento vitamínico que no necesita receta.

—Tómese dos cajas de esto, haciendo una pausa de un mes, y beba mucha agua. Y por las mañanas, una cucharada de miel en ayunas.

A las cuatro y trece minutos abandono la consulta. En el descansillo se ha entablado una batalla campal entre pacientes de otras consultas vecinas que estaban citados a las tres y cincuenta y siete, a las tres menos veinticuatro, a las cuatro y seis, a las dos y dieciocho y a las dos cincuenta y dos.

jueves, 8 de agosto de 2013

Anoche fuimos a escuchar a Norman Hogue en Populart. Hilarante, como siempre. Entre otras cosas repentiza una traducción castellana de It's lonely at the top: «...está muy solitario allá en la cumbre», ¡y lo más divertido es que parece que lo dijera por experiencia! Al terminar la primera parte, Norman anuncia llegado «el gran momento»...

—¡El gramo-mento! —dice un gracioso que les hace la rosca a los músicos y lleva también algún gramo de más. Por desgracia no le falta razón: uno sabe de buena tinta que a la mayoría de músicos de jazz les interesa menos la música que la merca, al menos durante los primeros treinta años de carrera. Pero dejemos hablar a Norman:

—Ahora llega el gran momento de la pausa, en la que pueden renovar el contenido de sus vasos. Recuerden que cuanto más beban ustedes, mejor sonamos nosotros. Cuando hayan bebido lo suficiente pueden pedir en la barra el compact disc de nuestro magnífico grupo, a cambio de un billetito de 20 €. Qué diablos, por 20 € voy yo a tocar a su casa.

La pausa termina sin que muchos hayan conseguido llegar a los lavabos para su gran o pequeño momento, y Norman presenta el primer tema del segundo pase:

—Esta canción la interpretó por primera vez la rana Gustavo, y trata sobre lo bonito que es ser de color verde, porque a Gustavo lo discriminaban por el color de su piel. Luego la interpretó Ray Charles, que también era verde. Y ahora nosotros. ¡Vamos p'allá!

sábado, 3 de agosto de 2013


Muchas veces Eduardo ha compartido con nosotros su sorpresa ante la obsesión inexplicable de los departamentos norteamericanos con gente como Walter Benjamin o Henri Bergson. El otro día, sin ir más lejos, nos contaba la historia de un tipo que creía haber escrito un libro sobre Walter Benjamin, aunque en realidad de lo que trataba era de Jacques Derrida. El pobre diablo había tenido un lapsus de varios cientos de páginas, uno de esos deslices freudianos, como cuando Rajoy dijo que llevaba cinco años en el Gobierno, queriendo decir cinco meses. El mundo universitario aquel espera con tanta intensidad leer libros sobre Walter Benjamin que los propios escritores piensan en él aun mientras escriben sobre otros. Es algo así como una fantasía erótica que convocan sin malicia para evitar el gatillazo intelectual.

Lo de Bergson igual se explica porque, como decía Julio Camba, sus textos se leen «de un tirón, con la sonrisa en los labios, aun sin haberse quedado calvo estudiando diez años en Marburgo a fin de prepararse para la lectura». Se leen o no se leen, pues quienes han estado en aquellas universidades aseguran que mucho de lo que en ellas se dice sobre estos pensadores es, pese a todo, de oídas y aproximativo.

No es imposible que algún día, en una fase futura de su largo romance con pensadores asistemáticos, los departamentos anglosajones de estudios culturales descubran, precisamente, a Julio Camba. Estos días en que se proyecta en Europa la película sobre Hannah Arendt conviene recordar que Camba ya se percató de la banalidad del mal en 1920: «Mis interlocutores suponían que para que un alemán matase a un niño en la guerra era preciso que ese alemán fuese un malvado. Yo, en cambio, opinaba que un alemán podía matar niños sin dejar por ello de ser un excelente padre de familia».

—Bueno, pero es que esto Camba lo decía en broma.

No del todo. A mí me parece que estas cosas Camba las decía en serio, pero sin darle demasiada importancia, como se dicen las verdades que nadie se va a creer. A diferencia de Benjamin o de Bergson, Camba no se tomaba demasiado en serio a sí mismo, lo que no quiere decir que escribiera en broma. Como a toda aquella primera generación de humoristas —el humorismo español se inventa en el fin de siglo— le daba repelús el pensamiento sistemático, el método, eso de tener una idea que igual no es mala y estirarla hasta que rompa. El sistema acaba siendo muchas veces una llave inglesa a la que se le quiere dar el uso de una navaja suiza. Esa misma prevención contra el sistema tenía también Julio Caro Baroja, que tenía, como sus tíos, mucho de humorista, sin que ello le restase talla intelectual.

Claro que todo esto es lógico que lo pensemos los españoles que sobrevivimos en un caldo cultural francófono o francófilo, empapuzados de sistema. En otros sitios, donde lo que abunden sean las genialidades y el toreo de salón, les parecerá lo contrario. Así se demuestra que todo es conforme y según.

Ortega dijo una vez que Camba era «el logos». ¡Ahí es nada! Sin duda Ortega eso no se lo decía a cualquiera. Tanto oír hablar del logos en los cursos predoctorales de la Autónoma, y al final resulta que de quien se hablaba era de Camba. Bien mirado es perfectamente comprensible, pues Camba tiene intuiciones que parecen conclusiones, y que ha dejado para que les saquen punta los que vengamos detrás:

a) «Una nación se hace, lo mismo que cualquier otra cosa. Es cuestión de quince años y de un millón de pesetas».

b) «El articulista es algo así como el avestruz. El avestruz lo convierte todo en cosa de comer y lo digiere todo: el articulista lo reduce todo a artículo de periódico».

c) «Cuando un paisano mío carecía de oficio y no sabía hacer nada que le permitiese vivir en su tierra, si no tenía dinero bastante para ir a Buenos Aires, venía a Madrid y se dedicaba a ministro».
d) «Las elecciones son nuestra única industria nacional».
e) «Los escritores solemos dirigirnos a "el lector", poco más o menos, así como los criados se dirigen a "el señor"».
f) «El hecho de no saber escribir no basta para convertir a un hombre en filósofo».
Cada una de estas frases podría servir de lema o corolario a manuales acerca de, respectivamente, los siguientes asuntos: a) los nacionalismos periféricos; b) una deontología del columnismo periodístico; c) la tan traída y llevada casta política; d) la Transición española en bloque; e) la profesionalización de los escritores, y f) Theodor L. W. Adorno.

Con Camba en la mano, los departamentos de español podrían producir también sugerentes ensayos sobre esa cuestión de la identidad que tanto les fascina. Estando en el extranjero el vilanovés descubrió que se puede ser español sin ser de España, porque eso de la españolidad era entonces una cuestión de carácter más que de pasaporte; los españoles —añadía— descubren su cultura en cuanto cruzan los Pirineos, mientras que se europeízan si se quedan en su país; en cuanto a la España de las cupletistas, es muy reducida, y en ella no figura Pontevedra, ni Getafe, «ni mil otros pueblos que pagan, sin embargo, sus contribuciones al Estado y que cumplen la ley de Quintas». Con estas cosas uno podría hacer las Américas universitarias. A condición de decir que han aparecido dentro de la maleta de Walter Benjamin, y de olvidar piadosamente todos los escritos relativos al sistema parlamentario.

jueves, 25 de julio de 2013

Qué cosa más notable: la novela que estoy leyendo hace el número 3.304 de colección «Folio» de Gallimard, que es exactamente el mismo que el de la habitación que nos ha tocado en cala Mesquida. Kathleen es la única cliente no embarazada del hotel, y yo el único español. Esto me hace muy popular entre los empleados, que no tienen otro con quien pegar la hebra. Uno de ellos se llama Chema, viene de Almería y trabaja aquí ocho meses al año para pagar el piso que se ha comprado con su novia.

—A ver, sentaos, chicos, que os invito a unos cócteles.

Pido un black russian, mientras en el escenario dos sádicos mutilan y desfiguran salvajemente grandes éxitos musicales de los años 80.

Unas mesas más allá hay un tipo calvete que me mira fijamente. Al cabo de varios incómodos cruces de miradas entiendo su curiosidad: resulta que llevamos las mismas gafas. Las mías las he comprado hace dos semanas, después de aguantar dos años con una graduación desfasada y los cristales rayados. Kathleen dice que no me debería extrañar que en el mundo haya otras personas con el mismo modelo, pero a mí me parece más lógico pensar que el tipo calvo soy yo dentro de veinte años, que he regresado al pasado para advertirme de un peligro inminente, o para salvar el mundo. Eso querría decir, además, que he hecho un gran negocio con la montura.

Chema vuelve a controlar cómo vamos:

—¿Qué tal los cócteles, chicos? ¿Os traigo otros?
—Mejor que no, Chema. Si nos tomamos otros pelotazos de estos, nos caemos a la piscina.
—No pasa nada, ¡también soy socorrista!

Al día siguiente visitamos el castillo de Capdepera, del siglo XIV, salvo las almenas, que se las pusieron unos tarados en el XIX. En una garita tienen una colección de aves de cetrería. «¿Están vivos?», pregunta Kathleen. Y da un respingo. Sí, están vivos. Tienen dos razas de halcones, dos aguilillas de Harris, una lechuza y tres búhos: dos reales y uno de Siberia. Este último puede matar y comerse un lobo pequeño, y de vez en cuando abre un ojo y lo dirige hacia Kathleen con intenciones algo turbias. Su dueña ha llevado a cabo un exigente programa de socialización; les habla en mallorquín, les da de comer ratones de laboratorio, y nos cuenta que uno de los búhos veía la televisión y no dejaba que nadie se acercase, no le fueran a cambiar el canal. «Es que son muy territoriales», dice. No sabíamos que los búhos también pueden emplearse en cetrería, aunque la legislación los sujeta a las mismas reglas que las armas de fuego, cuyo uso está prohibido por la noche. Pero de día, claro, los búhos no están de humor para cazar nada, se pasan el rato en una duermevela ligera, con un ojo cerrado y otro abierto. Así los dejamos nosotros, antes de que el sol de las tres de la tarde nos haga fosfatina.

Otro día nos echamos a andar, en busca de la playa del prospecto. El viento de levante ha puesto los pinos de rodillas. La vegetación restante —cardos, barrones y sabinas— se escalona por alturas como para una inmensa foto de grupo. El sol pega collejas y el aire huele a caramelo de abuelete. Después de la primera legua encontramos un nuevo orden vegetal, en el que dominan diminutas plantas reticuladas, líquenes cobrizos y palitroques con forma de lagarto. Entonces llegamos a la playa de algas, cuya descomposición produce gases alucinógenos. A continuación se encuentra la cala de confetti. Más allá está la playa de plástico, cuyos granos son muñecos de phoskitos pulverizados. Sigue la playa rosa, en la que no nos paramos porque esta temporada no se lleva. Tras ella viene una playa compuesta íntegramente de lajas de granito afiladas y dispuestas en ángulo de 45 grados. Después no hay nada durante tres horas de marcha a cielo abierto. Después se llega a una playa que parece la de la foto, pero que vista de cerca está enteramente cubierta por una espesa capa de algas transparentes, que la hacen impracticable. Y sólo después viene la auténtica playa del prospecto, espléndida y desierta, fiel a sus promesas e invulnerable al olvido.

Nos duelen los pies y la injusticia de que otros puedan llegar a este lugar inaccesible a bordo de un yate.

Ya hacia el final de las vacas cogemos el autobús para ver Palma. Tendríamos que haberle dedicado varios días, pero estamos en la otra punta de la isla y el viaje se nos lleva cuatro horas. Los postigos verdes y las fachadas torrefactas reconstruyen un ambiente veneciano. Los olmos humidifican el aire, pautado por los cables de la luz. Intentamos llegar a la Fundación Joan Miró, pero nos perdemos y acabamos tirando la toalla. A la vuelta de una esquina nos sorprende la Torre del Oro de Sevilla. Es el otro Pueblo Español, copiado del de Barcelona, en el que entramos sin pagar porque la taquillera está en Belén con los pastores. Menos mal, porque la cosa tampoco va muy allá: la casa del Greco junto al Patio de los Leones; pues bueno. Lo más auténtico y folklórico es la reproducción íntegra de Palma a tamaño natural. 

En una pañería de Palma venden la bandera de Mallorca por metros. En el viaje de vuelta vemos un toro de Osborne descabezado, sobre el que alguien ha pintado la señera, que a su vez otra mano ha tachado con espray morado. Y nos vamos, abandonando la isla bonita a su dialéctica visceral. 

jueves, 11 de julio de 2013

Kathleen ha llegado al final su tesis, y yo he llegado al final de mis correcciones y de tres coladas, de modo que aún nos queda una oportunidad para ver Coconut Island antes de abandonar Göttingen.

El cartel de Coconut Island, visto por casualidad detrás de una puerta del comedor universitario, nos ha seducido, pero en realidad no sabemos qué es, sino sólo que tiene lugar dentro de una carpa que ha brotado de manera discreta y poco fechable en un rincón del Cheltenhampark.

Llegamos cinco minutos antes de que comience, pero las tres filas de sillas que hay en el interior de la carpa ya están llenas, y todavía hay cuatro o cinco personas haciendo cola tercamente en el exterior. La situación es desesperada, así que nuestro primer reflejo es darnos media vuelta y caminar hacia nuestras bicicletas; sin embargo, nos cuesta resignarnos a alejarnos de allí, pues intuimos que lo que ocurre en esa carpa es algo incomparable y raro, que vale mucho más de lo que cuesta.

Una mujer vestida de cíngara consigue acomodar a las personas que estaban esperando delante de nosotros, sentándolos sobre trastos y taburetes. Regresamos corriendo a la puerta y suplicamos más de lo que aconseja nuestra dignidad, prestándonos a sentarnos en el suelo, a pagar el doble, a barrer el escenario, y sin que sepamos muy bien cómo conseguimos hacernos un sitio en el interior de la carpa antes de que la cíngara cierre la entrada con una cremallera.

El escenario lo componen cuatro tablas, y un telón de foro pintado con témperas que representa una puesta de sol y una palmera. El espectáculo lo componen la cíngara —que sale a escena un minuto después vestida de hawaiana— y un hombre alto, flaco, de ojos azules pero muy hundidos en las cuencas, con un bigotillo sutil y la mandíbula muy marcada, como un muñeco de ventrílocuo.

Los diálogos se hacen en una mezcla de innumerables idiomas, entre los que reconocemos el alemán, el inglés, el ruso, el francés y el español, aunque Kathleen cree que los artistas vienen de Checoslovaquia porque lo que tienen dentro de la nevera portátil son botellas de una magnífica pilsener checa, que pueden adquirirse sin ningún protocolo echando una moneda en una hucha.

Coconut Island parece el nombre de una película de los hermanos Marx, y la verdad es que su ambiente no resulta muy distinto. Podría definirse, aunque algo injustamente, como una revista musical sin argumento, ritmada por números musicales norteamericanos de los años 1930. La falsa cíngara toca sobre todo un ukelele con resonador dobro, pero para algunos temas emplea también la sierra, un bajo sin trastes de una sola cuerda o una cacerola. El hombre lleva el peso de la función; rasguea un ukelele barítono, hace punteos en una guitarra hawaiana, improvisa con un kazoo y marca el ritmo con los zapatos, en uno de los cuales lleva atada una sonaja, todo ello simultáneamente y mientras canta con una voz aterciopelada que recuerda a la de Maurice Chevalier, aunque esto último quizá sea efecto de la autosugestión.

Entre otras cosas, el público asiste entregado a un diálogo de diez minutos compuesto excluivamente por títulos de canciones, a una demostración de virtuosismo de la orquesta invisible, a una versión en tap dance del Rondo alla turca de Mozart, y a la traducción fulgurante de un estándar al double talk, que viene a ser epesepe ipidiopomapa quepe sopolopo lospos nipiñospos sapabepen. La carpa vibra como un bafle. Sólo en primera fila tres preadolescentes se aburren de forma manifiesta y piensan en sus teléfonos inteligentes. Al terminar la última canción el hombre orquesta —que ha sudado completamente dos camisas— se quita el sombrero y rasguea con él los dos últimos acordes. Así concluye el espectáculo más fabuloso del mundo, que dentro de dos días habrá levado el ancla y habrá alzado discretamente su carpa en otra ciudad de otro país, muchos de cuyos habitantes pensarán que ha estado siempre allí, y no entrarán a ver.

lunes, 8 de julio de 2013

Tobias B. me invitó a pasar el fin de semana hablando de zarzuelas en un coloquio que organizaba en la Universidad de Göttingen. La última noche los participantes supervivientes nos reunimos en un Biergarten a comentar las mejores jugadas. Entre una cosa y otra se contaron allí dos grandes anécdotas de venganzas sibilinas. La primera, de tono operístico; la segunda, más bufa y como de género chico. 

La víctima de la primera historia —por lo demás conocida— es Giuseppe Verdi. Cuando en 1863 visitó España ya era una leyenda viva. Francisco Asenjo Barbieri, que todavía no había escrito la música de Pan y toros, ni de El barberillo de Lavapiés, quiso entrevistarse con el compositor italiano para presentarle sus respetos y manifestarle su admiración. Verdi ni siquiera respondió a sus solicitudes con una mala excusa. Ya para entonces el compositor italiano lo había aparcado casi todo para consagrarse a la escritura de la que debía ser su obra maestra, la ópera Don Carlo; trabajó en ella durante veinte largos años, poniendo a prueba la paciencia del público y contrariando a los críticos más benevolentes. Llegado a cierto punto quiso documentarse sobre la música española del siglo XVI a fin de dar mayor color local a uno de sus números, y pidió que le pusieran en contacto con el mayor especialista en la materia. Irónicamente, el mayor especialista en la materia resultó ser Barbieri, quien debió de disfrutar mucho redactando la carta en la que decía que efectivamente tenía los materiales que Verdi necesitaba, pero que no le daba la gana mandárselos.

Las vendettas, aunque sean modestas, siempre hacen buena literatura. Tienen ese ingrediente patético que galvaniza y genera lazos de empatía irracional entre el protagonista y el lector. La historia de Verdi trae a la memoria de Tobias otra menos histórica pero no menos gloriosa. Su protagonista es un alemán había tenido muchos desencuentros con la administración de las ayudas sociales. Como antiguo solicitante de estas ayudas, a mí se me ocurre por lo menos media docena de faenas que los burócratas alemanes le pueden hacer al beneficiario, desde obligarle a pasar entrevistas de trabajo absurdamente desesperadas hasta declarar ilegal una de sus propias reglas para obligarle a devolver parte del subsidio recibido. El caso es que al protagonista de nuestra historia se la debieron de hacer bastante gorda, porque solicitó una ayuda para criar a sus trescientos hijos uruguayos. 

Efectivamente, el tipo (no sé por qué me lo imagino con la cabeza sin par de Georges Perec) se las había ingeniado para encontrar a trescientos niños uruguayos y convencer a sus trescientas madres de que le reclamasen la paternidad. Parece ser que el testimonio de la madre incapacita al Estado para ordenar una prueba de ADN, de modo que la administración estaba condenada a dar por bueno el vínculo. El tipo se presentó en la taquilla para solicitar una ayuda por familia numerosa con un formulario del tamaño de una tesis doctoral francesa. Es una venganza pírrica y desproporcionada, de las que hacen buenas historias. Porque una buena historia historia suele tener una buena venganza. Y un misterio. El misterio es aquí quién va a hacer los macarrones para los trescientos niños uruguayos.

domingo, 23 de junio de 2013

En este sueño estaba enseñando el centro de Madrid a un grupo de amigos. Al salir de un restaurante me quedo rezagado y topo con un camarero que estaba en la terraza cerrando una gran sombrilla. Por descuido me trabo entre las varillas y la lona, y paso unos minutos desenredándome. Cuando consigo salir a la acera he perdido de vista al resto grupo. Decido volver al centro a ver si los encuentro, aun a sabiendas de que es muy improbable.

Son las diez de la noche pasadas, pero no anochece nunca. Al atravesar un callejón veo un animal repugnante, del tamaño de un cochinillo, pero con la textura y los movimientos de una cochinilla. Sus cuatro miembros hacen pensar en platelmintos, y no parece tener cara, sino dos extremos con esfínteres dentados prácticamente intercambiables. Recuerdo haber visto anteriormente algún otro ejemplar, pero nunca de estas dimensiones. Alguien abre un portal y lo deja pasar adentro. «¿Qué clase de animal es este?», pregunto. «No es un pez», me responde, «pero tiene carne de pez».

Al salir del callejón el aire adquiere de nuevo esa luminosidad y esa transparencia de las animaciones informáticas. Llego así a una espaciosa avenida que traza una curva ascendente, sobre cuyo linde izquierdo se alinean numerosos puestos de productos artesanales, en el entresuelo de una plaza o de un atrio, como en las desaparecidas covachuelas de San Felipe. Todos los habitantes de ese barrio llevan trajes tradicionales madrileños e intercambian diálogos de zarzuela. Es un ambiente muy agradable; sé que es una fantasía cultural de efectos anestesiantes, pero por una vez hago la vista gorda. En lo alto de la cuesta hay una explanada con un banco en el que dos chulapas cantan a dúo, pero en voz baja. Me siento junto a ellas, y poco a poco me voy dejando resbalar hasta recostar en el asiento la cabeza, pero sin levantar los pies del suelo. Delante se abren los inmensos terrenos que quedan al oeste del Manzanares: no hay nada construido más allá del Puente de Toledo, está todo como a finales del siglo XVIII.  

Me amodorro y pasa un tiempo indefinido, hasta que alguien se para a hablar con las chulapas que están en el banco. No puedo verlo pero sé que es un hombre alto, con un bigote fino y rectilíneo, tocado con un sombrero de ala ancha. Habla con una voz grave, y deja sobre el respaldo del banco un gabán, que me cubre parcialmente.

—¿Tenéis... aquello? —les pregunta a las chulapas, tras un breve diálogo de circunstancias. Ellas asienten.

Yo sigo medio tumbado en el banco, hasta que un crujir de papel me pone en guardia. No necesito abrir mi cartera para saber que las chulapas me han robado un sobre que llevaba dentro, con bastante dinero, y se lo han dado al del bigote. Me levanto y consigo seguirle el rastro hasta un local desvencijado y oscuro, donde se da un espectáculo de lucha, con visos de ilegalidad.

Todo el espectáculo consiste en vencer al del bigote en una pelea a puño descubierto. El premio es un pececillo rojo de extraordinario valor. En un vestuario esperamos los candidatos, el torso desnudo, los antebrazos vendados. Cada uno tiene un boleto con un número; un sorteo determina quiénes lucharán esta noche, y en qué orden. El primero es un joven bajito, con el pelo muy corto y muy negro, que quizá tendría alguna oportunidad si su contrincante estuviera ya cansado. No quiere salir al escenario, pero los ujieres o la vergüenza lo empujan bajo los focos.

El del bigote es ancho de hombros; tiene un torso fibroso y brazos finos pero determinados. Abre mucho la boca y en su interior el público puede ver colear al pececillo rojo. El del bigote siente el miedo de su primer oponente nada más verlo aparecer. Casi con dureza paternal le dice «no te preocupes, no vas a recordar nada», y le propina un puñetazo fulminante, que lo estrella contra la lona. 

Los candidatos se suceden a un ritmo rápido. Entre bastidores empieza a cundir el desánimo, al comprobar que el del bigote no se fatiga. El último número sorteado tampoco me favorece, pero el contrincante seleccionado no las tiene todas consigo, por lo que no me cuesta convencerlo para que me cambie el boleto. Salgo al escenario con bastante aplomo, porque en esta parte de mi sueño me parezco mucho a Ryan Gosling. El del bigote me reconoce con una mueca irónica.


De algún modo —una conveniente elipsis narrativa me permite pasar por alto los detalles de nuestro combate, seguramente inverosímiles—, de algún modo he salido vencedor de la pelea. Antes de la salida hay un mostrador, como el de un guardarropa, atendido por dos chinos. Es allí donde cobro mi premio, billete sobre billete. Ya me estoy poniendo el abrigo cuando uno de los chinos me dice «no se olvide de esto». Abre un cajón que está a sus espaldas, y que contiene una sopa humeante de un amarillo turbio, con grandes trozos de pescado atravesados de espinas.

—¿Qué es? —pregunto.
—Es el pez que usted ha ganado.

Parecía mucho más pequeño dentro de la boca del hombre del bigote.

—¿Por qué tiene tanto valor?
—Porque es un pez venenoso extremadamente difícil de cocinar.

Alguien me tiende una cuchara, y pruebo la sopa. Tiene mucha sustancia, está bastante salada. Poco a poco su sabor se vuelve obsesivo, como una idea que fuese revelando gradualmente sus infinitas aplicaciones y acabase eclipsando cualquier otro interés, posesión, afecto o accidente del universo. Caigo de rodillas delante del mostrador, abrumado por la revelación, y apenas puedo sino balbucear.

—¡Esto... está... delicioso...!