Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

domingo, 9 de marzo de 2014

—¿Soy yo, o has engordado?

Nadie me hacía esa pregunta desde aquel verano de 1988 en el que mis padres me dejaron dos semanas más con mis abuelos en el pueblo. Pero no, no he engordado. Lo que ocurre es que hace unos días he publicado un artículo en El País. Puede parecer irónico, porque llevaba semanas había recopilando anacolutos, cacologías y aberraciones gramaticales publicadas en ese periódico, y me había propuesto dejar de leerlo. Entre los solecismos de mi colección había joyas como las siguientes: «cinco semanas de huelga indefinida»; «un vestido negro entallado por debajo de la rodilla»; «temperaturas que pueden sobrepasar en el invierno los 50 grados bajo cero»; «actor neoyorquino de cuerpo rechoncho, más alto de lo que parecía en pantalla e indudable bonhomía»; «con este sistema, aseguran desde el consistorio, se deja atrás la planificación “por intuición o sensaciones” y sí con datos objetivos». Precisamente lo que me impulsó a escribir el artículo fue un berrinche por algo que había leído en El País, y que colmó el vaso.

Mi propósito inicial era, como digo, darle un revolcón dialéctico a un escritor indocumentado, que unos días antes había publicado una columna pidiendo un debate racional sobre el proceso independentista de Cataluña, pero lo hizo «por intuición o sensaciones», con un discurso lleno de apreciaciones impresionistas y de preguntas retóricas, en las que presuponía que el lector aceptaría dócilmente sus valores. Decía también que hablar de «nacionalismo irredento» es cosa de carcas y cospedales. En realidad, replicaba yo, «irredento» es una palabra bastante moderna: se puso en circulación a finales del XIX, y sólo la recogió el diccionario de la Academia en 1936. Además, es un término que remite en su primera acepción al expansionismo colonialista, por lo que su uso en el debate sobre el nacionalismo resulta especialmente pertinente.

Envié un artículo de mil palabras lleno de puntualizaciones y sarcasmos, pero para mi sorpresa, y en contra de lo que mi colección de idiotismos parecía demostrar, hay gente en la redacción de El País que se lee los textos antes de que se publiquen. Cuando ya pensaba que mi propuesta había acabado en el cesto de los papeles recibí un correo de una redactora jefe, proponiéndome algunos cambios. Cambios que, aunque se enunciaban de manera muy económica, implicaban el abandono del sarcasmo y de las consideraciones lingüísticas, y la transformación del texto en un breve ensayo de teoría política. Esto es algo para lo que yo no me sentía legitimado en absoluto; es más, mi irritación con la prensa diaria procede en gran parte del cuartelillo que da a aficionados y a polemistas de salón. Sin embargo, sintiéndome algo responsable por las molestias que la redactora se había tomado conmigo, preparé una tetera y me estuve hasta las tantas reescribiendo el artículo.

Creo que también tenía ganas de hacer una machada, y de sentir que, aunque ya vaya rodando por la pendiente que conduce a los 40, aún mantengo la forma mental. Sí, todavía tendrá que pasar mucho tiempo antes de que alguien me convenza de que la primera temporada de True dective no es una mierda pinchada en un palo. Y a fin de cuentas, escribir frenéticamente una diatriba política también puede ser una forma de evasión cuando uno lleva meses corrigiendo y gestionando los escritos de los demás.

So anyway, los kilos de vanidad me duraron apenas uno o dos días, y la vida siguió su curso. Lo siguió, incluso, a marchas forzadas y cuesta arriba, razón por la cual Kathleen y yo decidimos cerrar los ordenadores durante un fin de semana completo e irnos a Bruselas. Camino del centro pasamos junto a un enorme solar que recuerda las fotografías de Berlín de los años 50. En uno de los laterales hay una casa apuntalada y sin vidrios, con los zócalos a punto de desmoronarse. Nos acercamos a leer el letrero que alguien ha pegado en la puerta con cinta adhesiva, y que contiene el mismo mensaje en francés y en neerlandés: «Querido cartero, no nos hemos ido. En esta casa sigue viviendo gente». Si yo fuera el cartero me lo tomaría como una amenaza, colgaría los hábitos y no volvería a poner los pies en ese lugar.

Pero Bruselas es una ciudad ciclotímica: el edificio contiguo alberga la librería inglesa Sterling, en la que Kathleen compra una biografía del crítico cinematográfico Rogert Ebert, y yo el último libro de Alison Bechdel. Después de pagar le pido a la cajera una tarjeta de visita; mejor dicho, me dispongo a pedirle una tarjeta de visita, porque apenas he comenzado la frase su compañero me tiende una. Se lo agradezco y le digo que debería dedicarse a echar las cartas, o algo así.
—Oh —me contesta en inglés—, sólo ha sido una casualidad: yo mismo iba a coger una.
(Bueno, eso definitiviamente tiene sentido: así sabrá en el futuro adónde debe venir a trabajar, ¿no?)

Cenamos de menú —langostinos con salsa rosa y chuletas de cordero— y luego vamos al Music Village, donde los fines de semana hay música en directo. Cerca de nuestra mesa encontramos apiladas docenas de números del Jazz magazine de los años 60. Hay un especial sobre el rythm & blues, y otro sobre la muerte de Coltrane. En aquella época los reseñistas de música acaparaban toda la creatividad, y los publicistas tenían que apañárselas con desechos de tienta: en una página descubro un anuncio de Tampax en el que una mujer toca una guitarra y dice «j’ai cessé de chanter des blues».

Esta noche toca en el Village Roby Lakatos, un Grappelli húngaro que es a la noche de Bruselas lo que María Teresa Campos a la televisión española. Lo acompaña un cimbalista a quien presentan como «el mejor cimbalista de jazz del mundo». El título, en principio, no resulta muy impresionante. Tiene que lidiar, además, con un instrumento que suena a piano preparado y en el que para tocar un arpegio hay que hacer algo así como una llave de judo. Pero al final, y a pesar de que Lakatos se inspira si una rubia atraviesa la sala para ir al baño —y entonces realiza, por ejemplo, una improvisación compuesta exclusivamente de armónicos—, resulta que es el cimbalista quien realmente genera el buen rollo y las vibraciones positivas. Cuando tocan Donna Lee a ritmo de samba, arma un follón de todos los diablos y pone la plaza del revés.

Hacemos noche en un hotel de la Rue Royale y al día siguiente visitamos el museo de instrumentos musicales, a dos pasos de la estación Central. Nos pasamos cuatro o cinco horas dentro del museo, escuchando las grabaciones que teóricamente la audioguía debería poner de manera automática cuando pasamos cerca de la baliza electromagnética de cada vitrina. El resultado es más bien situacionista y probablemente carcinógeno, pero la visita nos da la oportunidad de ver en carne y hueso un theremin, un sintetizador de ondas Martenot, una harmónica de vidrio de Benjamin Franklin y zanfonas de todas las formas y tamaños. Hay también cucharas, huesos, palos, cencerros y algo llamado Componium, un híbrido de órgano y sismógrafo de principios del XIX que —asegura el letrero— puede generar música aleatoriamente y tocar sin interrupción durante años y años. Terminado el recorrido, llegamos a la conclusión de que a lo largo de la Historia se le ha llamado música a cualquier cosa, y de que cuando la última civilización humana ceda el paso a los bichos bola, el Componium seguirá allí, tocando una música espectral y permutativa que recordará remotamente el Quatuor pour la fin du temps de Messiaen, aunque tal y como lo interpretaría —distraído— un organillero de manubrio y tagarnina.

jueves, 27 de febrero de 2014

Será por su mezcla de pompa y ridículo, de seriedad y disparate, que las emparenta con las historias de la Leyenda dorada, el caso es que las anécdotas universitarias me encandilan. Louis G. me cuenta hoy la de un decano, lo llamaremos «el decano Pierre», que hubo varios años antes de que yo desembarcase por mis pecados en esta ciudad nublada y fabril.

Resulta que el decano Pierre no tenía, como es lógico, ningún interés en ser decano. Fue la fuerza de las cosas la que lo aupó al cargo, puesto de relumbrón que no se traducía en un alivio de sus demás funciones, ni en un aumento de su salario. Pero lo que el propio Pierre descubrió con embarazoso retraso fue que, además de no tener ningún interés en liderar la Facultad, tampoco tenía ninguna de las competencias que la Facultad demandaba de él. Desde su nuevo despacho el decano Pierre llamó a Louis y le dijo estas o parecidas palabras: «Louis, estoy en un compromiso. No entiendo nada de lo que me piden, los dosieres se acumulan sobre mi mesa y cada día recibo a una docena de personas a las que no he visto nunca, con las que despacho asuntos que desconozco por completo. Tú, en cambio, te manejas bien con la legislación y sabes formarte un juicio con rapidez. Échame una mano, aunque sea sólo los primeros días».

Louis —a quien, tampoco es cosa de negarlo, le encanta meter la cuchara en todos los guisos— aceptó con mucho gusto y comenzó a estudiar presupuestos y a preparar reuniones. Apenas transcurridas unas semanas, llegaba a la facultad y se iba directamente al decanato, sin pasar por su oficina. Era Louis quien determinaba el orden del día de las juntas de Facultad y quien defendía desde la sala el punto de vista del decano mucho mejor de lo que el decano mismo habría podido hacer. Cuando se quiso dar cuenta, habían pasado varios años y el decano Pierre había firmado una bula por la que delegaba en Louis, a perpetuidad, la asistencia a la conferencia de decanos.

Pese a la perfecta ejecución de este singular ejercicio de ventriloquía, en el cual era el muñeco el que cerraba la boca y hablaba por la de su dueño, el descontento cundió en el claustro de profesores de Filosofía y Letras. Cundió con esa rapidez y convencimiento con la que sólo cunden el descontento, la indignación y las difamaciones. Cundió como no cunde ninguna otra cosa en una facultad de Filosofía y Letras. La inepcia del decano Pierre era patente y el que menos mal le deseaba quería que lo enviasen a realizar aburridas labores administrativas al África subsahariana.

Irónicamente, quien tuvo que ir a realizar aburridas labores administrativas al África subsahariana fue Louis, motivo por el cual estuvo ausente precisamente en los días en que se celebraron las nuevas elecciones a decano. Como es lógico, Louis deseaba una renovación en la cúpula que pusiese fin a un reparto de papeles en el que todos se encontraban a disgusto, y antes de salir de viaje muchos colegas le habían asegurado que esperaban impacientes el momento en que se produjese el relevo, y que incluso se ponían a disposición de la Facultad para el caso de que hicieran falta candidatos.

El día en que tuvo lugar la votación, por la noche, bajo el subyugante cielo estrellado de Kenia, Louis recibió una llamada del decano Pierre:

—Lo que ha ocurrido es inconcebible, Louis. ¡Ha habido tres personas que han osado votar en contra de mi reelección! ¿Puedes creerlo?

Así era: de manera casi unánime, al decano Pierre le había sido concedido un nuevo mandato. Era público y notorio que este giro de los acontecimientos lo contrariaba tanto a él como a sus electores, pero por algún motivo, por una aberrante concepción de la cortesía, por una delicadeza suicida, todos (menos tres) habían suscrito un acuerdo tácito que prolongaba la situación cuatro años más.

—Y esto —me dice Louis mientras nos despedimos con un apretón de manos— no lo entendemos ni usted ni yo, porque no somos de aquí. Pero es algo que explica la mitad de lo que ocurre cada día a nuestro alrededor.

sábado, 22 de febrero de 2014

Esta mañana de sábado estoy convocado a la entrega de un premio de tesinas en el Palacio de las Academias de Bruselas. La primera persona con quien me encuentro es con Teo, mi antiguo profesor de literatura hispanoamericana. Diez años sin hablar con él y en un mes nos vemos dos veces seguidas (la otra fue en la Biblioteca Nacional). Lo han liado para participar en el jurado que evalúa los trabajos; es un santo: cada año recibe más de treinta en su universidad, y todavía se anima a leer las tesinas de universidades extranjeras. «Así tengo el cerebro de quemado» dice, con una insuperable imitación de la sonrisa de Bruce Willis. Sin embargo yo lo encuentro exactamente igual que lo recordaba, quizá incluso menos ojeroso. Será que ha dejado el tabaco, o alguna otra cosa.

Inmediatamente después me topo con Jean-François. Resulta que andaba casualmente por Bruselas, zascandileando en la Bibliothèque Royale, y, como es muy amigo del duque, se ha acercado a echar la mañana. Qué alegría verlo, con su eterna pajarita y la orden de Isabel la Católica en la solapa, que guarda para ocasiones como esta. Enseguida me tira una descarga cerrada de preguntas: ¿sigo bien en mi universidad? ¿Sobre qué estoy escribiendo? ¿Y a Kathleen, cómo le va?

—Tú, Jean-François, siempre haces lo mismo —le digo—: te lías a preguntar en qué andamos trabajando los demás, cuando lo que realmente interesa es en qué andas trabajando tú.

Luego llegan los archipámpanos: la hermana del Rey, su marido el duque, los embajadores, los catedráticos, el secretario de la Real Academia... Unos días antes, quienes teníamos que intervenir recibimos un correo electrónico en el que se nos indicaba la fórmula protocolaria con la que debíamos comenzar nuestros discursos: «alteza real, señor duque, señores embajadores, señores doctores, señoras y señores». Algunos colegas añaden «queridos estudiantes», aunque quienes están en la sala ya no lo son; yo añado «señoras doctoras», pues, aunque en general soy contrario a las declinaciones innecesarias de sustantivos, en este caso la referencia a los señores doctores impide considerarlo neutro, y excluye a las varias doctoras que hay en la sala.

Toda la mañana me la paso incómodo, echando cuentas. Los cinco mil del premio —es un premio superdotado, casi en el sentido pornográfico que también tiene el término—, más los mil del áccesit, más el alquiler del palacio, más los desplazamientos y la intendencia del jurado, más lo mismo de los presidentes de honor y de sus acólitos, más el piscolabis que nos han dado al terminar... Todo ello para premiar un trabajo académico que puede ser muy digno pero que no deja de ser una promesa, o incluso algo menos firme, un presagio, una corazonada. Algo así como el Nobel de Obama, que sacan en el despacho oval para que la gente se eche unas risas cuando la negociación se pone demasiado tensa. Y pienso en mis amigos que ya se han doctorado, que han hecho aportaciones significativas al hispanismo, que han descubierto e interpretado —o redescubierto y reinterpretado— textos fundamentales, que han bregado con los trámites para la acreditación de personal docente universitario y que malviven en el pluriempleo, o en el desempleo, o en el vagabundeo, y pienso en lo bien que les habría venido este premio u otro parecido, con el que podrían haber editado un libro, o financiado una investigación, o con el que simplemente habrían sabido que sus esfuerzos no habían sido en balde, que lo que hacían a expensas de su familia y de su vida personal se tomaba en serio y se leía con atención. Pero es lo que tienen el mecenazgo y la filantropía: que el dinero se gasta sin plan ni proporción. Por suerte el premio se lo lleva nuestra candidata, Jéromine, quien por lo menos no se lo gastará todo en vino.

domingo, 16 de febrero de 2014

—Al final me he comprado un nuevo ukelele.
—¿Y eso? —pregunta mi madre, desde el auricular del teléfono.

La verdad es que no sé muy bien por qué. Es cierto que le tenía echado el ojo desde hace más de un año, pero ¿por qué ahora? El previsible retraso de los trenes alemanes me da tiempo para pensar en ello.

Antes de que me comprase el ukelele y le reservase el poco tiempo libre que me han dejado estas semanas las correcciones, había estado leyendo algo de sociología. En particular las críticas constructivas que Bernard Lahire dirige a la escuela bourdieusienne. Ésta entiende que todas las prácticas del individuo son resultado de las coordenadas que ocupa en el mapa de posibles sociológicos. Uno de esos puntos en el mapa sería la licenciada en Derecho, universitaria de primera generación, cuadro de la administración provincial. Otro punto, el trabajador de una fundición que hace dos años aceptó por convenio colectivo reducir su jornada a 32 horas. Otro punto, el dependiente de una gran superficie dedicada al bricolage, con un salario bruto de 1.720 euros mensuales, incluida la redistribución de dos pagas extra. Otro punto, la enfermera que desde hace treinta y un años se dedica a sacar muestras de sangre para análisis, y que ha criado con éxito a cuatro hijos, uno de ellos adoptado, pero quizá esto último ya sería quizá una consecuencia previsible de lo primero. Otro punto, en fin, este cura.

El problema, viene a decir Lahire, es que los seres humanos de verdad no responden a una única fórmula ni tienen una única acepción. Así, además del currículo y de la nómina, uno puede ser diarista, lector de tebeos, músico a ratos, virtuoso de la hipocondría, ciclista cuando el tiempo lo permite, marido de fin de semana, tío de higos a brevas, tacaño para cuanto que cueste menos de 45 euros, y manirroto para todo lo demás.

Antes que Lahire, Erving Goffman escribió sobre las varias vidas sociales que todos tenemos, como los gatos o como Super Mario. Esas vidas pueden perderse, no de golpe ni por accidente, sino en lentas e insentidas consunciones, estranguladas por la fuerza de las cosas. Si la suerte es adversa, uno puede quedar reducido a ese punto unidimensional que ya era para cierta sociología, y venir a ser algo así como el poinçonneur des Lilas, interventor en todo y para todo, fantasma en cuya vida no había más que agujeros. Y entiendo que si al fin me he decidido a comprar el ukelele ha sido para salvar una de mis vidas, para seguir siendo el superhombre goffmaniano, múltiple y molongui.

viernes, 31 de enero de 2014

—Alguna vez tendrás que salir a la calle. No te puedes pasar aquí dentro toda la semana.

Claro que puedo. Al otro lado de la puerta está Berlín a diez grados bajo cero, y en este restaurante coreano tengo mucho más de lo que nadie pueda necesitar, empezando por un plato de ternera marinada llamado bulgogi que todavía chisporrotea cuando lo traen a la mesa; hay otro llamado bibimbap que contiene un montón de cosas que nadie en Europa se atrevería a combinar —arroz, lechuga, un huevo frito, champiñones marinados, brotes de soja frescos, chile, pepino— pero que al mezclarlos y removerlos en el recipiente producen una misteriosa reacción química y dan lugar a un elemento completamente inaudito y suculento. Este plato, a su vez, se puede fusionar con el anterior, en cuyo caso se habla de bulgogi bibimbap, e incluso puede elevarse al cubo (dolsot bulgogi bibimbap) sirviéndolo en un bol de piedra ardiendo que hace que la comida se siga cocinando y transformando hasta el último bocado, en un maravilloso despliegue de sabores y texturas que durante unos minutos produce la impresión de que el verano ha irrumpido en enero.

También tienen en este restaurante coreano una notable oferta de platos don, de arroz y pescado crudo, con adornos inauditos, como pepino hilado. ¿Se puede hilar el pepino? Parece que sí, y el resultado es un híbrido mitológico que, sin dejar de ser pepino, sabe a cabello de ángel.

—¿Y esto qué es? —le pregunto a Kathleen, cogiendo con los palillos una rodaja de algo que tiene aspecto de goma.

—Creo que es huevo.

Me lo llevo a la boca. Es una tortilla reinventada, enrollada, aliñada, descontextualizada y remasterizada, que se esponja en la boca con una lenta deflagración de endorfinas. «¡Esto es huevo!», exclamo con incredulidad, como quien comprende súbitamente que la única persona que podría haberle hecho feliz era un compañero de oficina que entró y salió de su vida sin que nunca le prestase la más mínima atención. Curiosamente, hace unos meses tuve un sueño premonitorio sobre este preciso momento.

Pero sin duda lo más asombroso que uno puede pedir en este gabinete de los prodigios es una versión de un plato de origen japonés llamado gomae. Su fabuloso sabor procede de una fórmula muy simple, compuesta por el matrimonio inopinado de tan sólo dos ingredientes: espinacas escaldadas y crema de cacahuetes. De postre tomamos invariablemente helado de té verde envuelto en una crêpe recubierta de caramelo. En estos festines ininterrumpidos, pantagruélicos y, por cierto, incomprensiblemente económicos, convoco la presencia inmaterial de mi amigo Eduardo, que sería algo así como el lector ideal de la carta de este restaurante. «¿A que está rico?», le pregunto, pero desde el plano astral Eduardo no me responde, sin duda porque en esos momentos tiene la boca llena.

No recuerdo cómo ni cuándo consiguió Kathleen arrastrarme fuera del restaurante. Lo que sí recuerdo es que después pasé varios días seguidos corrigiendo exámenes sin parar, hasta que al fin cumplí mi condena y pude salir pestañeando a la calle, volver al coreano (donde me recibieron con una ovación cerrada), consultar algunos libros del Iberoamerikanisches Institut, pasear e ir al cine.

Berlín es una ciudad en la que nada parece demasiado difícil. Por eso hay gente que cree poder vivir en ella sin hablar alemán, sin tener trabajo y durmiendo en el sofá de unos amigos. Y resulta que muchos descubren que no sólo pueden vivir así, sino que incluso pueden vivir bastante bien. ¿Qué otra cosa puede esperar quien vea a los berlineses montar en bici por una calle adoquinada mientras beben a morro de una litrona y fuman tranquilamente un fiti? ¿Cómo se dejará ganar por el desaliento quien entre en un aparcamiento y vea que en el segundo piso, detrás de una puerta desvencijada y sin ningún tipo de indicación, se encuentra una cantina idéntica a la de Mos Eisley, de La guerra de las galaxias? ¿Cómo arrojará la toalla quien visite el cine que una pareja de punkis ha abierto en el hangar de una vieja fábrica, con los muros cubiertos de lona negra y un chubeski que hay que alimentar tres o cuatro veces durante la proyección para que los espectadores no se queden ateridos? Alguien me habló de unos peruanos que vivían en Berlín y habían ideado un «cine de ventana», que consistía en que el público se quedaba de pie en la calle y miraba por la ventana lo que ellos estaban viendo en vídeo. Hey, esto es Berlín, todo es sencillo si te lo propones; y sobre todo si no te lo propones. 

Un día, el pasado diciembre, se nos antojó salir por la noche a algún lado, pero no queríamos ir muy lejos porque hacía frío, y de todos modos lo único que nos habría apetecido oír era swing de los años 30. Así que nos quedamos en casa, porque a fin de cuentas —nos dijimos— ¿cuál es la posibilidad de que esta noche toque en Friedrichshain un grupo compuesto por un banjo, un contrabajo, un violinista, un ukelele y un trombón? Bueno, pues al día siguiente vimos un cartel que anunciaba para la noche anterior un concierto con exactamente esa formación musical a cinco minutos de nuestro apartamento. De manera que cuando esta noche —volvemos al último día de enero de 2014— comenzamos a tararear inconscientemente canciones de los Comedian Harmonists, ya sabemos adónde debemos dirigirnos: al Badehaus Szimpla. 

El Badehaus Szimpla es una barraca maravillosa, con las paredes cubiertas de frescos delirantes y tela de Jouy. Lástima que el primer grupo que toca sea tan muermo. Los acordes son erráticos, como si los hubieran escogido con uno de esos dados dodecaédricos del Dungeon & Dragons. Voy al baño y cuando salgo me cruzo con un tipo al que le suena el teléfono móvil: es lo mejor que he oído hasta ese momento. Por suerte estamos bebiendo Jarosover, una cerveza de Bohemia mucho más conmovedora de lo que el primer grupo de la noche será jamás.

Eh, un momento: ¿es posible que el tipo larguirucho que tocaba el contrabajo en el primer pase sea el líder del segundo grupo? Se quita el borsalino que llevaba, se pone un bombín y se acerca al micrófono:

—Hay que ver qué grupo más malo. Sobre todo el bajista, que era un horror...

Cuando nos queremos dar cuenta el escenario se ha llenado de personajes estrambóticos de edad indefinida: unos son jóvenes por dentro y viejos por fuera; otros son jóvenes por fuera y viejos por dentro, y esa contradicción se exterioriza en una música borrachuza y vitalista, aunque sus letras hablan de la muerte y la destrucción. Se hacen llamar Fidel Castor und die Transporter, su lema es «swing, punk, sudor y poesía», y tocan con el brío y el humor de una banda kletzmer en una boda judía que se celebrase durante la festividad del Purim. Durante la siguiente hora y media las vibraciones acompasadas que impelen el suelo y las paredes del Badehaus Szimpla lo convierten en la válvula mitral de la ciudad.

sábado, 25 de enero de 2014

¡Postcontemporáneo chucho!
Su ladrido tiene mucho
de estropeado y de afónico.
Es
el perro cónico.

Cuando cantas en la ducha
«Girl on fire» él te escucha
con su tímpano ultrasónico.
Es
el perro cónico.

Con su fiel acompañante
el palomino mutante
y el jubilata pirrónico
es
el perro cónico.

Su tarjeta de memoria
borra datos aleatoria-
mente. O es Johnny Mnemonic o
es
el perro cónico.

La herrumbre pone a su cuello
ruido análogo al resuello
del harmonio que tocó Nico.
Es
el perro cónico.


Aunque no salvará el mundo,
vela al pie del moribundo.
Ciberpunk, mezcla de Tron y Co-
bi, es...
¡¡¡ E L   P E R R O   C Ó N I C O !!!

domingo, 19 de enero de 2014


«Es usted exactamente igual que mi dentista». Esto ya me lo había dicho el Sr. de B. la última vez que me invitó a Amberes. De entonces a ahora ha hallado la manera de escribir y publicar una nueva gramática del español, en neerlandés, de más de mil páginas.

—La cosa tiene cierta lógica. A fin de cuentas soy jurista de formación, y una gramática viene a ser el código legal de la lengua.

El Sr. de B. primero estudió, a instancias de su padre, Filogía Románica; luego hizo Derecho, obtuvo la titulación suplementaria para opositar a notarías, y, quizá por inercia, obtuvo una tercera licenciatura, esta vez en Criminología. «No sé muy bien por qué lo hice; no tenía ninguna intención de convertirme en prefecto, y visto con cierta perspectiva debería haberme hecho notario. Pero ya está bien, pasemos al capítulo siguiente: ¿qué quiere comer?»

El Sr. de B. siempre trae a sus invitados al mismo restaurante, el De Markgrave, y a veces acude también sin invitados, con su esposa, o sin esposa. Desde que me recogió en el hotel hemos venido hablando de lo que íbamos a pedir para beber, y palideció cuando dejé caer que mi úlcera desaconseja los vinos tintos.

—Podemos hacer como quiera, desde luego, pero sería una lástima: esta semana tienen un Rioja excepcional.

Pedimos el Rioja, carpaccio, bacalao y foie gras, aprovechando que aquí todavía no está prohibido. Sin duda, esta es la parte de las conferencias que más le gusta. Mañana estará alicaído y mirará el reloj a cada poco.


Las varias carreras posibles del Sr. de B. quedaron en suspenso durante los veintiún meses que duró su servicio militar. Supongo que es lo que uno debe aceptar cuando vive en un país que ha sido el esclavo sexual de Europa. La primera mitad de la vida de cuartel consistía, para los jóvenes universitarios, en ser humillados sistemáticamente por sargentos que apenas sabían hacer la O con un canuto. La segunda mitad, una vez que los universitarios habían alcanzado el grado de lugartenientes, consistía en vengarse cruel y no menos sistemáticamente de los sargentos.

—Pero yo no era de esos —se apresura a aclarar el Sr. de B.—. La disciplina es saludable y forma el carácter. Creo que fue un enorme error acabar con la mili. En fin, cerremos este capítulo. ¿Quiere algo de postre?
 
El tiramisú de té verde no sabe ni a lo uno ni a lo otro, pero está bueno igual. Volviendo a mi anfitrión, al terminar el servicio militar quedó en espera de recibir un destino diplomático, pero fue en los días en que se anunció la inminente creación de una cátedra de Hispanismo en la universidad de Gante, lo que le animó a doctorarse rápidamente en la disciplina para poder solicitar el puesto. Obtenerlo no debió de suponer grandes esfuerzos para alguien que ya había sido capaz de vivir tantas vidas en una sola; desde entonces, ha honrado su cátedra con una dedicación intensa y omnívora que hace de él, dentro del hispanismo, el equivalente del mayor general de Pirates of Penzance: es crítico, gramático, filólogo, políglota, ensayista, lexicólogo, simpático, estrambótico. Se ha leído todo Delibes, todo Umbral y todo Cela, que se dice pronto. ¿También Cajón de sastre? Sí. ¿También Oficio de tinieblas 5? También.

—Y al final —le pregunto, a propósito de Oficio—, ¿trataba de algo?
—No. Bueno, ya está bien, se acabó el capítulo de Cela, ¿está seguro de que no es usted mi dentista?