Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

sábado, 19 de abril de 2014

Kathleen y yo pasamos unos días trabajando en Madrid. Idas y venidas por los alrededores de la Biblioteca Nacional, calle Tamayo, Libertad, callejón de San Mateo... Como cualquier otro barrio del mundo, sería mucho más bonito sin perros y sin coches. Sólo saco una tarde para echarla en librerías de viejo, en la calle de la Palma y en la del Espíritu Santo. En esta última Kathleen descubre Tres Rosas Amarillas, dedicada exclusivamente a pop-ups, leporellos, teatros de papel y divertimentos ópticos. Como en el archivo en línea del Museu de les Arts Escèniques he visto últimamente muchos teatrines y esbozos escenográficos epatantes, me divierto imaginando representaciones privadas y en miniatura de De la terra al sol, o del Viaje a la luna de Larra hijo.

Estos días en Madrid sólo se habla de Ocho apellidos vascos, la nueva película del director de Pagafantas. Por lo que hemos oído suponemos que no nos va a gustar, pero vamos a verla porque nos percatamos de que es un jalón en la historia menuda de este país menudo. A mí me parece que la película es un sainete bastante insultante, que sólo funciona si se asume que las cosas son así: que los vascos son unos cazurros, unos tragaldabas y medio etarras; que los andaluces son unos finolis, unos vagos y unos incultos. La ventaja de verlo en cine es que permite observar también la reacción del público, que en este caso resulta ser lo más interesante. Vista en Madrid y arropada por el éxito de taquilla, la cinta ofrece la ocasión de desinhinibirse y naturalizar ciertos prejuicios. «Joer, si es que es verdad, si es que son así». Pero en otra geografía, más desprejuiciada, llevar piercings o gomina no tendría gracia ni trascendencia.

A diferencia de la gente verdaderamente instruida, yo no creo que esta pelea de gallos entre dos estereotipos regionales aporte nada a la discusión sobre los nacionalismos, ni a su deconstrucción. Soy tan obtuso que tampoco consigo ver en la conciliación final de la película —¿rendición incondicional a la gracia andaluza?— un proyecto de convivencia o de superación de las diferencias.

En el metro de Madrid casi todos los pasajeros consultan sus listófonos. Y la mayoría (cinco de siete, en una ocasión; tres de tres, en otra) lo usa para hacer solitarios o jugar al videojuego de los caramelos. Resulta que si uno no conoce el videojuego este de los caramelos es un extraterrestre. «El que no está en WhatsApp, no existe», ha dicho un adolescente en la televisión. Ahora cuando leo El Jueves en el metro me siento Sartre, un intelectual entre el ser y la nada.

—Bueno, pero no todo el mundo usa el móvil para jugar —me dirá Rafa en un bareto de Malasaña algunos días mas tarde—. Cuando voy por las mañanas al curro veo a mucha gente leyendo libros electrónicos.

El libro electrónico también ha sacado últimamente de apuros a nuestra amiga Adelaida, porque puede sostenerlo y pasar las páginas con una sola mano mientras da el pecho a Gabrielillo.

—De todos modos, leer no nos hace necesariamente mejores, ni el Candi Crash Saga nos hace necesariamente peores —dice una voz en mi cabeza, una voz aflautada, quizá la del propio Pepito Grillo. «¡Oh, vamos! ¡Bastante tengo que lidiar a diario con analfabetos funcionales como para empezar ahora a creer en la bondad de no leer y de no escribir!». Esto último lo dice otra voz, un vozarrón como el de mi padre, que deja acoquinado a Pepito Grillo y zanja la cuestión.

Pero más allá de que se lea o no se lea, lo que me jeringa es el entusiasmo tecnológico injustificado, los enormes gastos logísticos, materiales y energéticos para que al final haga uno con un chiminique lo que toda la vida se ha hecho con un callejero o con una baraja de cartas. Para ese viaje no hacían falta alforjas. Estos días se publicaba en El Mundo una entrevista a un científico en la que predecía que en apenas unas décadas sería posible grabar los patrones electroquímicos del cerebro de la gente: de este modo no sólo se podría almacenar la memoria en un dispositivo externo —con la posibilidad de recuperarla en caso de alzheimer o de oposición a notarías—, sino que esas grabaciones también permitirían simular el funcionamiento de la mente de un individuo después de su fallecimiento. Así, nuestros nietos podrán comprobar que nos pasábamos las horas muertas haciendo solitarios y pensando en videojuegos sobre caramelos. Hay que ser muy escéptico para no creer que eso constituirá un enorme progreso científico, social y cultural.

Como hemos hecho en las últimas estancias madrileñas, sacamos también una tarde para ir al Teatro de la Zarzuela. En esta ocasión echaban Black el payaso, de Francisco Serrano Anguita, con música de Pablo Sorozábal. El libreto resulta deslavazado pero por momentos sobrecogedor, máxime si se piensa que su autor había comenzado publicando en El Globo de Castelar y había pasado por la redacción de España Nueva cuando lo dirigía el republicano radical Rodrigo Soriano. Escribió Black inmediatamente después de la guerra, y terminó regentando la biblioteca de la SGAE, donde precisamente he echado varias mañanas estos últimos días. El final de la zarzuela es corrosivo, lleno como está de reproches que no perdonan ni al mismo público: «y payasos vosotros, / tozudos de la pista, / que aquí venís en confusión, / mientras que el que os dirige / se esconde a vuestra vista / y no abandona su rincón». (A ver si un día busco el expediente de censura, que seguramente esté lleno de manchas de vino). Salvando esto último, la zarzuela no propone un discurso articulado sobre la postguerra española; lo que sí hace es plantear varios de sus elementos: la vacuidad de los políticos, la pérdida de la patria, la revolución abortada, la deserción de la cosa pública y el repliegue en satisfacciones elementales.

El programa es doble, e incluye I pagliacci de Leoncavaglio, que fue un compositor italiano también doble, mitad caballo y mitad león. La representación de las dos obras es como la noche y el día: la estupenda partitura de Sorozábal sufre una puesta en escena descarnada, con una actuación desganada y débil en volumen, mera sombra de lo que se hizo en el Teatro Español hace unos años; para la opereta italiana, en cambio, se abarrota el escenario de coros y decorados, y los actores (que son los mismos de Black) cantan como si les fuera la vida en ello. Viene a ser aquello de «la maté porque era mía», pero en versión de industria cultural.

viernes, 18 de abril de 2014

THE BRIGHT SIDE

Ya sé, las cosas no mejorarían
en su conjunto. Pero esos vejámenes
privados y frecuentes, el empaste
de una muela, la ausencia de K. —larga—,

los ciegos infatuados que nos guían,
la corrección de ciento ochenta exámenes,
la bruja Hipocondría, que da al traste
con mi nirvana, el gremlin que se carga

la impresora, el pimiento de Padrón
que sí que pica, la desfachatez
de las ruedas de prensa de Rajoy

y el pánico cerval a ir en avión
desaparecerían de una vez
si explotase el avión en el que voy.

lunes, 31 de marzo de 2014

Damos una vuelta por el centro comercial Humana de Frankfurter Tor. Es un edificio contruido hacia 1960, probablemente en el mismo año en el que se erigieron las triunfalistas fachadas con las que arranca, en la acera de enfrente, la Karl-Marx-Allee. El centro comercial tiene cuatro pisos y parece que el tiempo se hubiera detenido en su umbral. Sobre el mostrador hay una pila de papel continuo de impresora, y los letreros están escritos a mano con uno de esos rotuladores anchos que gozaron de hegemonía tipográfica en las galerías de alimentación de hace treinta años. El hecho de que Humana se dedique a la venta de ropa de segunda mano y de que ésta, lógicamente, no esté ordenada por marcas, sino por colores, multiplica el aspecto anacrónico y casi afrocubano del conjunto.

Subimos directamente al cuarto piso, que contiene la sección vintage. Esto quiere decir que la ropa está mejor conservada y más pasada de moda que en el resto de las plantas. Los precios son, en consecuencia, más elevados: entre 9 y 15 euros los pantalones, de 20 a 30 las chaquetas y cazadoras. Trasteamos el tiempo suficiente para que los clientes comiencen a preguntarle a Kathleen si trabaja allí, y me acabo metiendo en un probador con cinco camisas de colores chillones. Desde el incógnito del probador escucho el comentario fugaz de una mujer:

—Esto le gusta a la gente que no vivió en aquellos años, pero a mí me da urticaria. 

El caso es que a mí todo lo que me pongo me queda muy bien. Incluso un chaqué con costura vista y botones de hueso, que ya es decir. Kathleen no da crédito: «¡es increíble, sólo una de las camisas te viene grande, el resto parece hecho a medida!». Es una sensación refrescante, acostumbrado como estoy a sufrir decepción tras decepción las raras veces que la necesidad —o mi madre— me obliga a reponer el vestuario. Lo normal es que salga de las tiendas con las manos vacías o con prendas en las que parezco todavía más desgalichado y subnormal. Generalmente, cuando termino de probarme ropa diseñada para personas musculosas y sin personalidad me miro al espejo y me digo «esto sí que no me lo compraba ni loco». ¡Y era la ropa que traía puesta! En cambio, en este centro comercial de la guerra fría descubro que no se trataba, después de todo, de una cuestión de físico, sino de sincronía.

Así es, amigos de lo paranormal: las camisas de Humana demuestran que soy un vestigio de otra época, que tengo un cuerpo de los años 70, una época en la que los hombres tenían la figura de las modelos actuales, y las mujeres tenían la figura de los hombres actuales. La ropa comercial se confeccionaba en ciudades como Barcelona, Manchester, Neuchâtel o Ginebra, y no llevaba logotipos ni anuncios sobreimpresos. Este descubrimiento crucial lo hago precisamente en una semana en la que Die Zeit ha anunciado un cambio en el modelo de hombre... en un suplemento cuya portada era un retrato de la rana Gustavo. Si el nuevo modelo de hombre es la rana Gustavo, dentro de poco este cura se verá haciendo anuncios de Nespresso.

Curiosamente —ya se verá qué tiene de curioso—, unas horas después de descubrir que soy un documento histórico me presentaron a Julia. Kathleen me había hablado mucho de ella: es una muchacha de New Orleans que irradia simpatía. Sus rasgos suaves, el pelo cobrizo y la piel clara sugieren una ascendencia irlandesa; actualmente vive en Japón y está planeando mudarse a Alemania, donde trabaja su marido.

—Es también una cuestión de calidad de vida —explica Julia, mientras pedimos cerveza de Bohemia—. En New Orleans yo soy la única persona que conozco a la que no le han puesto una pistola en la cara. Y en Japón, a pesar de lo bien que me lo he pasado estos años, no creo que llegue a acostumbrarme a sus conceptos de lealtad y compromiso, que corresponden a lo que en otros sitios llamaríamos sencillamente «sumisión total» y «obediencia ciega».

El día anterior Kathleen y yo habíamos andado en bici por el centro de Berlín y nos habíamos sentado a comer al sol en una terraza frente al Spree (codillo con chucrut y puré de guisantes, cerveza artesanal y un chato de korn, 10,5 euros), así que Julia no necesita darme más explicaciones sobre lo que espera de este país ni lo que entiende por calidad de vida. Su marido, Chris, es igual de majo y también se parece a la rana Gustavo, así que sin duda fue un adelantado a su tiempo. Muy adelantado, porque bien mirado Julia podría ser su hija.

—¿Estás seguro? —me pregunta Kathleen, con cara de tener un comodín en la manga—; ¿cuántos años le echas?

¿A Julia? No más de treinta, iba a haber dicho, cuando comencé a echar cuentas con los dedos: diez años estudiando y trabajando en Seattle, doce años en Tokyo, un par de años con becas en Alemania... Llego a la conclusión de que antes de nacer ya había terminado el instituto. Pero se me hace mucho más fácil aceptar esto que el que esa muchacha de pinta lozana que bebe cerveza negra frente a mí esté planificando su jubilación. Y sin embargo, me dice Kathleen, así es.

Se conoce que unos hemos estado pasados de moda aun antes de empezar a envejecer, mientras que a otros el tiempo los mira con respeto desde lejos, sin osar ponerles la mano encima, igual que hace con algunas esquinas de ciudades centroeuropeas.

domingo, 9 de marzo de 2014

—¿Soy yo, o has engordado?

Nadie me hacía esa pregunta desde aquel verano de 1988 en el que mis padres me dejaron dos semanas más con mis abuelos en el pueblo. Pero no, no he engordado. Lo que ocurre es que hace unos días he publicado un artículo en El País. Puede parecer irónico, porque llevaba semanas había recopilando anacolutos, cacologías y aberraciones gramaticales publicadas en ese periódico, y me había propuesto dejar de leerlo. Entre los solecismos de mi colección había joyas como las siguientes: «cinco semanas de huelga indefinida»; «un vestido negro entallado por debajo de la rodilla»; «temperaturas que pueden sobrepasar en el invierno los 50 grados bajo cero»; «actor neoyorquino de cuerpo rechoncho, más alto de lo que parecía en pantalla e indudable bonhomía»; «con este sistema, aseguran desde el consistorio, se deja atrás la planificación “por intuición o sensaciones” y sí con datos objetivos». Precisamente lo que me impulsó a escribir el artículo fue un berrinche por algo que había leído en El País, y que colmó el vaso.

Mi propósito inicial era, como digo, darle un revolcón dialéctico a un escritor indocumentado, que unos días antes había publicado una columna pidiendo un debate racional sobre el proceso independentista de Cataluña, pero lo hizo «por intuición o sensaciones», con un discurso lleno de apreciaciones impresionistas y de preguntas retóricas, en las que presuponía que el lector aceptaría dócilmente sus valores. Decía también que hablar de «nacionalismo irredento» es cosa de carcas y cospedales. En realidad, replicaba yo, «irredento» es una palabra bastante moderna: se puso en circulación a finales del XIX, y sólo la recogió el diccionario de la Academia en 1936. Además, es un término que remite en su primera acepción al expansionismo colonialista, por lo que su uso en el debate sobre el nacionalismo resulta especialmente pertinente.

Envié un artículo de mil palabras lleno de puntualizaciones y sarcasmos, pero para mi sorpresa, y en contra de lo que mi colección de idiotismos parecía demostrar, hay gente en la redacción de El País que se lee los textos antes de que se publiquen. Cuando ya pensaba que mi propuesta había acabado en el cesto de los papeles recibí un correo de una redactora jefe, proponiéndome algunos cambios. Cambios que, aunque se enunciaban de manera muy económica, implicaban el abandono del sarcasmo y de las consideraciones lingüísticas, y la transformación del texto en un breve ensayo de teoría política. Esto es algo para lo que yo no me sentía legitimado en absoluto; es más, mi irritación con la prensa diaria procede en gran parte del cuartelillo que da a aficionados y a polemistas de salón. Sin embargo, sintiéndome algo responsable por las molestias que la redactora se había tomado conmigo, preparé una tetera y me estuve hasta las tantas reescribiendo el artículo.

Creo que también tenía ganas de hacer una machada, y de sentir que, aunque ya vaya rodando por la pendiente que conduce a los 40, aún mantengo la forma mental. Sí, todavía tendrá que pasar mucho tiempo antes de que alguien me convenza de que la primera temporada de True dective no es una mierda pinchada en un palo. Y a fin de cuentas, escribir frenéticamente una diatriba política también puede ser una forma de evasión cuando uno lleva meses corrigiendo y gestionando los escritos de los demás.

So anyway, los kilos de vanidad me duraron apenas uno o dos días, y la vida siguió su curso. Lo siguió, incluso, a marchas forzadas y cuesta arriba, razón por la cual Kathleen y yo decidimos cerrar los ordenadores durante un fin de semana completo e irnos a Bruselas. Camino del centro pasamos junto a un enorme solar que recuerda las fotografías de Berlín de los años 50. En uno de los laterales hay una casa apuntalada y sin vidrios, con los zócalos a punto de desmoronarse. Nos acercamos a leer el letrero que alguien ha pegado en la puerta con cinta adhesiva, y que contiene el mismo mensaje en francés y en neerlandés: «Querido cartero, no nos hemos ido. En esta casa sigue viviendo gente». Si yo fuera el cartero me lo tomaría como una amenaza, colgaría los hábitos y no volvería a poner los pies en ese lugar.

Pero Bruselas es una ciudad ciclotímica: el edificio contiguo alberga la librería inglesa Sterling, en la que Kathleen compra una biografía del crítico cinematográfico Rogert Ebert, y yo el último libro de Alison Bechdel. Después de pagar le pido a la cajera una tarjeta de visita; mejor dicho, me dispongo a pedirle una tarjeta de visita, porque apenas he comenzado la frase su compañero me tiende una. Se lo agradezco y le digo que debería dedicarse a echar las cartas, o algo así.
—Oh —me contesta en inglés—, sólo ha sido una casualidad: yo mismo iba a coger una.
(Bueno, eso definitiviamente tiene sentido: así sabrá en el futuro adónde debe venir a trabajar, ¿no?)

Cenamos de menú —langostinos con salsa rosa y chuletas de cordero— y luego vamos al Music Village, donde los fines de semana hay música en directo. Cerca de nuestra mesa encontramos apiladas docenas de números del Jazz magazine de los años 60. Hay un especial sobre el rythm & blues, y otro sobre la muerte de Coltrane. En aquella época los reseñistas de música acaparaban toda la creatividad, y los publicistas tenían que apañárselas con desechos de tienta: en una página descubro un anuncio de Tampax en el que una mujer toca una guitarra y dice «j’ai cessé de chanter des blues».

Esta noche toca en el Village Roby Lakatos, un Grappelli húngaro que es a la noche de Bruselas lo que María Teresa Campos a la televisión española. Lo acompaña un cimbalista a quien presentan como «el mejor cimbalista de jazz del mundo». El título, en principio, no resulta muy impresionante. Tiene que lidiar, además, con un instrumento que suena a piano preparado y en el que para tocar un arpegio hay que hacer algo así como una llave de judo. Pero al final, y a pesar de que Lakatos se inspira si una rubia atraviesa la sala para ir al baño —y entonces realiza, por ejemplo, una improvisación compuesta exclusivamente de armónicos—, resulta que es el cimbalista quien realmente genera el buen rollo y las vibraciones positivas. Cuando tocan Donna Lee a ritmo de samba, arma un follón de todos los diablos y pone la plaza del revés.

Hacemos noche en un hotel de la Rue Royale y al día siguiente visitamos el museo de instrumentos musicales, a dos pasos de la estación Central. Nos pasamos cuatro o cinco horas dentro del museo, escuchando las grabaciones que teóricamente la audioguía debería poner de manera automática cuando pasamos cerca de la baliza electromagnética de cada vitrina. El resultado es más bien situacionista y probablemente carcinógeno, pero la visita nos da la oportunidad de ver en carne y hueso un theremin, un sintetizador de ondas Martenot, una harmónica de vidrio de Benjamin Franklin y zanfonas de todas las formas y tamaños. Hay también cucharas, huesos, palos, cencerros y algo llamado Componium, un híbrido de órgano y sismógrafo de principios del XIX que —asegura el letrero— puede generar música aleatoriamente y tocar sin interrupción durante años y años. Terminado el recorrido, llegamos a la conclusión de que a lo largo de la Historia se le ha llamado música a cualquier cosa, y de que cuando la última civilización humana ceda el paso a los bichos bola, el Componium seguirá allí, tocando una música espectral y permutativa que recordará remotamente el Quatuor pour la fin du temps de Messiaen, aunque tal y como lo interpretaría —distraído— un organillero de manubrio y tagarnina.

jueves, 27 de febrero de 2014

Será por su mezcla de pompa y ridículo, de seriedad y disparate, que las emparenta con las historias de la Leyenda dorada, el caso es que las anécdotas universitarias me encandilan. Louis G. me cuenta hoy la de un decano, lo llamaremos «el decano Pierre», que hubo varios años antes de que yo desembarcase por mis pecados en esta ciudad nublada y fabril.

Resulta que el decano Pierre no tenía, como es lógico, ningún interés en ser decano. Fue la fuerza de las cosas la que lo aupó al cargo, puesto de relumbrón que no se traducía en un alivio de sus demás funciones, ni en un aumento de su salario. Pero lo que el propio Pierre descubrió con embarazoso retraso fue que, además de no tener ningún interés en liderar la Facultad, tampoco tenía ninguna de las competencias que la Facultad demandaba de él. Desde su nuevo despacho el decano Pierre llamó a Louis y le dijo estas o parecidas palabras: «Louis, estoy en un compromiso. No entiendo nada de lo que me piden, los dosieres se acumulan sobre mi mesa y cada día recibo a una docena de personas a las que no he visto nunca, con las que despacho asuntos que desconozco por completo. Tú, en cambio, te manejas bien con la legislación y sabes formarte un juicio con rapidez. Échame una mano, aunque sea sólo los primeros días».

Louis —a quien, tampoco es cosa de negarlo, le encanta meter la cuchara en todos los guisos— aceptó con mucho gusto y comenzó a estudiar presupuestos y a preparar reuniones. Apenas transcurridas unas semanas, llegaba a la facultad y se iba directamente al decanato, sin pasar por su oficina. Era Louis quien determinaba el orden del día de las juntas de Facultad y quien defendía desde la sala el punto de vista del decano mucho mejor de lo que el decano mismo habría podido hacer. Cuando se quiso dar cuenta, habían pasado varios años y el decano Pierre había firmado una bula por la que delegaba en Louis, a perpetuidad, la asistencia a la conferencia de decanos.

Pese a la perfecta ejecución de este singular ejercicio de ventriloquía, en el cual era el muñeco el que cerraba la boca y hablaba por la de su dueño, el descontento cundió en el claustro de profesores de Filosofía y Letras. Cundió con esa rapidez y convencimiento con la que sólo cunden el descontento, la indignación y las difamaciones. Cundió como no cunde ninguna otra cosa en una facultad de Filosofía y Letras. La inepcia del decano Pierre era patente y el que menos mal le deseaba quería que lo enviasen a realizar aburridas labores administrativas al África subsahariana.

Irónicamente, quien tuvo que ir a realizar aburridas labores administrativas al África subsahariana fue Louis, motivo por el cual estuvo ausente precisamente en los días en que se celebraron las nuevas elecciones a decano. Como es lógico, Louis deseaba una renovación en la cúpula que pusiese fin a un reparto de papeles en el que todos se encontraban a disgusto, y antes de salir de viaje muchos colegas le habían asegurado que esperaban impacientes el momento en que se produjese el relevo, y que incluso se ponían a disposición de la Facultad para el caso de que hicieran falta candidatos.

El día en que tuvo lugar la votación, por la noche, bajo el subyugante cielo estrellado de Kenia, Louis recibió una llamada del decano Pierre:

—Lo que ha ocurrido es inconcebible, Louis. ¡Ha habido tres personas que han osado votar en contra de mi reelección! ¿Puedes creerlo?

Así era: de manera casi unánime, al decano Pierre le había sido concedido un nuevo mandato. Era público y notorio que este giro de los acontecimientos lo contrariaba tanto a él como a sus electores, pero por algún motivo, por una aberrante concepción de la cortesía, por una delicadeza suicida, todos (menos tres) habían suscrito un acuerdo tácito que prolongaba la situación cuatro años más.

—Y esto —me dice Louis mientras nos despedimos con un apretón de manos— no lo entendemos ni usted ni yo, porque no somos de aquí. Pero es algo que explica la mitad de lo que ocurre cada día a nuestro alrededor.

sábado, 22 de febrero de 2014

Esta mañana de sábado estoy convocado a la entrega de un premio de tesinas en el Palacio de las Academias de Bruselas. La primera persona con quien me encuentro es con Teo, mi antiguo profesor de literatura hispanoamericana. Diez años sin hablar con él y en un mes nos vemos dos veces seguidas (la otra fue en la Biblioteca Nacional). Lo han liado para participar en el jurado que evalúa los trabajos; es un santo: cada año recibe más de treinta en su universidad, y todavía se anima a leer las tesinas de universidades extranjeras. «Así tengo el cerebro de quemado» dice, con una insuperable imitación de la sonrisa de Bruce Willis. Sin embargo yo lo encuentro exactamente igual que lo recordaba, quizá incluso menos ojeroso. Será que ha dejado el tabaco, o alguna otra cosa.

Inmediatamente después me topo con Jean-François. Resulta que andaba casualmente por Bruselas, zascandileando en la Bibliothèque Royale, y, como es muy amigo del duque, se ha acercado a echar la mañana. Qué alegría verlo, con su eterna pajarita y la orden de Isabel la Católica en la solapa, que guarda para ocasiones como esta. Enseguida me tira una descarga cerrada de preguntas: ¿sigo bien en mi universidad? ¿Sobre qué estoy escribiendo? ¿Y a Kathleen, cómo le va?

—Tú, Jean-François, siempre haces lo mismo —le digo—: te lías a preguntar en qué andamos trabajando los demás, cuando lo que realmente interesa es en qué andas trabajando tú.

Luego llegan los archipámpanos: la hermana del Rey, su marido el duque, los embajadores, los catedráticos, el secretario de la Real Academia... Unos días antes, quienes teníamos que intervenir recibimos un correo electrónico en el que se nos indicaba la fórmula protocolaria con la que debíamos comenzar nuestros discursos: «alteza real, señor duque, señores embajadores, señores doctores, señoras y señores». Algunos colegas añaden «queridos estudiantes», aunque quienes están en la sala ya no lo son; yo añado «señoras doctoras», pues, aunque en general soy contrario a las declinaciones innecesarias de sustantivos, en este caso la referencia a los señores doctores impide considerarlo neutro, y excluye a las varias doctoras que hay en la sala.

Toda la mañana me la paso incómodo, echando cuentas. Los cinco mil del premio —es un premio superdotado, casi en el sentido pornográfico que también tiene el término—, más los mil del áccesit, más el alquiler del palacio, más los desplazamientos y la intendencia del jurado, más lo mismo de los presidentes de honor y de sus acólitos, más el piscolabis que nos han dado al terminar... Todo ello para premiar un trabajo académico que puede ser muy digno pero que no deja de ser una promesa, o incluso algo menos firme, un presagio, una corazonada. Algo así como el Nobel de Obama, que sacan en el despacho oval para que la gente se eche unas risas cuando la negociación se pone demasiado tensa. Y pienso en mis amigos que ya se han doctorado, que han hecho aportaciones significativas al hispanismo, que han descubierto e interpretado —o redescubierto y reinterpretado— textos fundamentales, que han bregado con los trámites para la acreditación de personal docente universitario y que malviven en el pluriempleo, o en el desempleo, o en el vagabundeo, y pienso en lo bien que les habría venido este premio u otro parecido, con el que podrían haber editado un libro, o financiado una investigación, o con el que simplemente habrían sabido que sus esfuerzos no habían sido en balde, que lo que hacían a expensas de su familia y de su vida personal se tomaba en serio y se leía con atención. Pero es lo que tienen el mecenazgo y la filantropía: que el dinero se gasta sin plan ni proporción. Por suerte el premio se lo lleva nuestra candidata, Jéromine, quien por lo menos no se lo gastará todo en vino.

domingo, 16 de febrero de 2014

—Al final me he comprado un nuevo ukelele.
—¿Y eso? —pregunta mi madre, desde el auricular del teléfono.

La verdad es que no sé muy bien por qué. Es cierto que le tenía echado el ojo desde hace más de un año, pero ¿por qué ahora? El previsible retraso de los trenes alemanes me da tiempo para pensar en ello.

Antes de que me comprase el ukelele y le reservase el poco tiempo libre que me han dejado estas semanas las correcciones, había estado leyendo algo de sociología. En particular las críticas constructivas que Bernard Lahire dirige a la escuela bourdieusienne. Ésta entiende que todas las prácticas del individuo son resultado de las coordenadas que ocupa en el mapa de posibles sociológicos. Uno de esos puntos en el mapa sería la licenciada en Derecho, universitaria de primera generación, cuadro de la administración provincial. Otro punto, el trabajador de una fundición que hace dos años aceptó por convenio colectivo reducir su jornada a 32 horas. Otro punto, el dependiente de una gran superficie dedicada al bricolage, con un salario bruto de 1.720 euros mensuales, incluida la redistribución de dos pagas extra. Otro punto, la enfermera que desde hace treinta y un años se dedica a sacar muestras de sangre para análisis, y que ha criado con éxito a cuatro hijos, uno de ellos adoptado, pero quizá esto último ya sería quizá una consecuencia previsible de lo primero. Otro punto, en fin, este cura.

El problema, viene a decir Lahire, es que los seres humanos de verdad no responden a una única fórmula ni tienen una única acepción. Así, además del currículo y de la nómina, uno puede ser diarista, lector de tebeos, músico a ratos, virtuoso de la hipocondría, ciclista cuando el tiempo lo permite, marido de fin de semana, tío de higos a brevas, tacaño para cuanto que cueste menos de 45 euros, y manirroto para todo lo demás.

Antes que Lahire, Erving Goffman escribió sobre las varias vidas sociales que todos tenemos, como los gatos o como Super Mario. Esas vidas pueden perderse, no de golpe ni por accidente, sino en lentas e insentidas consunciones, estranguladas por la fuerza de las cosas. Si la suerte es adversa, uno puede quedar reducido a ese punto unidimensional que ya era para cierta sociología, y venir a ser algo así como el poinçonneur des Lilas, interventor en todo y para todo, fantasma en cuya vida no había más que agujeros. Y entiendo que si al fin me he decidido a comprar el ukelele ha sido para salvar una de mis vidas, para seguir siendo el superhombre goffmaniano, múltiple y molongui.