Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

domingo, 1 de junio de 2014

Como todo el mundo quería ir a la exposición sobre David Bowie que hay en el Martin-Gropius-Bau, fuimos. Nos gustó mucho, claro, porque habíamos pagado 15 euros por barba. Si hubiéramos pagado menos, no nos habría gustado tanto. Esta es una regla fija de la psicología social cuyo cumplimiento nunca deja de asombrarme.

Está todo muy bien dispuesto, los letreros en alemán han sido correctamente traducidos al inglés, las audioguías funcionan la mayor parte de las veces y el acceso se ha escalonado de manera que no haya aglomeraciones. Sin embargo, por mucho que nos haya gustado, hay que admitir que se ha hecho un uso bastante acrítico de los materiales —muchos de los cuales proceden del propio artista—, y que como narración biográfica ruborizaría incluso a alguien tan acostumbrado a las simplificaciones como un contertulio de Intereconomía.

Los rótulos dan algunos detalles sobre el contexto cultural: los grupos de rythm & blues que Bowie escuchaba en su adolescencia, los libros que leyó un verano, las cartas que cruzó con Marlene Dietrich («Querido David: al final te has ido de Berlín y no hemos podido vernos; dile a tu agente que llame al mío»). En cambio, se ha omitido todo aquello que podría relativizar su originalidad, pero también explicar mejor el alcance de sus aportaciones personales. Se insiste mucho, por ejemplo, en el vestuario y el maquillaje del cantante en su época glam, y en la dimensión teatral de sus espectáculos en directo. Pero cualquiera que haya tenido una adolescencia difícil sabe que en aquellos mismos años (1971, 1972, 1973) Peter Gabriel montaba óperas rock psicodélicas en las que se vestía de botarga. Otro ejemplo: Brian Eno metió la cuchara en un álbum de Genesis dos o tres años de producir Heroes.

Quizá el relato verdaderamente dialéctico y documentado haya que buscarlo en el catálogo de la exposición, que, sólo por su precio, reunía ya condiciones inmejorables para entusiasmarnos.

La de Bowie es, en definitiva, una exposición como tantas exposiciones: una cosa pensada para un consumo mitómano y acrítico. Bowie es un músico grandioso, pero en realidad sus cuadros no son tan buenos; sus entrevistas son insustanciales; su caligrafía, infantil; sus anécdotas de estudio, desabridas; su carrera dramática, no muy distinta de la de Miguel Ángel Valero o Enrique Segura Cano. ¿Que quiénes son Miguel Ángel Valero y Enrique Segura Cano? Well, that’s my point. Cuando Bowie interpreta El hombre elefante sin disfrazarse de hombre elefante es mucho menos genial que cuando Faemino y Cansado interpretan al hombre bala sin disfrazarse de hombre bala («¡beeee!»).

Es verdad que, si uno se entrega a la mitomanía, la muestra contiene algunos objetos sobrecogedores, empezando por los trajes estrambóticos que el cantante lució en conciertos y vídeo-clips que hoy son parte de nuestra memoria colectiva. En una vitrina se expone el manuscrito original con la letra de «Life on Mars». Me agacho a leerla, con lágrimas en los ojos. Enseguida me yergo, desconcertado: lo que leo no tiene nada que ver con el non sequitur pop que un Bowie espectral cantaría finalmente en Hunky Dory. Esto parece más bien una letra de Gilbert O’Sullivan.

martes, 20 de mayo de 2014

Según las encuestas, la mayoría de habitantes de Berlín votará por Ska Keller el próximo domingo. Varios barrios de la ciudad parecen haberse entregado al decrecimiento económico, a la slow food y a la jardinería de guerrilla. Alguno, como Prenzlauer Berg, ha producido su propia versión del bourgeois bohémien, que un periodista de Die Zeit ha bautizado genialmente como Bionade Biedermeier. Los bibis, que serían la traducción alemana de los bobos.

Después de un mes corriendo de un lado para otro me dejo el reloj en casa y, sintiéndome algo bobo, como un bocadillo de berenjena, tomate y mozzarella en Funk You, y me siento en un banco de Boxhagener Platz a terminar el libro de Regoyos. Al otro lado de la plaza las muchachas toman el sol en bikini, mientras a pocos pasos practica el mejor guitarrista de Armenia. Un macarra pasa frente a mí, se agacha, recoge una chapa que se le había caído y desanda siete metros para tirarla en una papelera. Más allá, un indígena amazónico con el torso desnudo cubierto de escarificaciones y tatuajes tribales empuja un carrito de bebé. 

En la Samariterstraße, enfrente de la imprenta del yerno de Renau, han abierto una heladería. Compro una bola de helado de yogur, y entro a cortarme el pelo en la peluquería que hay al lado. El suelo es de linóleo y las fotografías que adornan las paredes se hicieron antes de que que Boy George descendiera a los infiernos. Me acuerdo de Patricio y le pido a la peluquera que me deje un poco de flequillo, imaginando que el flequillo está relacionado de alguna manera misteriosa con la autoridad intelectual, que el flequillo confirmará mis afirmaciones con una oscilación subliminal y corroborará mis negaciones como un becario servil.  

Mientras la peluquera brega con mis greñas pienso en Chris, el marido de Julia, con quien cenamos bibimbap antes de ayer. Lo encontramos en la Mainzerstraße, haciendo fotografías de una zanja.

—Esto son los tres elementos fundamentales de la fotografía contemporánea: piedras, cuerda y arena.

Efectivamente, las piedras, las cuerdas y la arena han sido dispuestas junto a la zanja en tres montones perfectamente diferenciados: una cosa es que haya una fuga de agua en un barrio bohemio, y otra que no se ordenen los escombros. La cámara de Chris es una Nikos de los años cincuenta, sumergible, como la que usaba Jacques Cousteau. De hecho, Chris también lleva un gorrito de lana, pero, a diferencia del oceanógrafo, revela los negativos en la bañera de su casa:

—La luz que da en las personas es la misma que incide en la película. Es una cosa por completo fetichista, claro, pero que no tiene la fotografía digital.

El fetichismo se agota bastante rápido, porque luego escanea el negativo y sigue trabajando las fotos en el ordenador. Mientras la camarera coreana nos sirve tres botellines de Hite, Chris sostiene que muchas veces el ideal de lo digital es convertirse en analógico. Es algo menos que una teoría, y algo más que una observación casual. Yo le cuento dos anuncios que he visto hace poco, y que vienen al pelo. El primero mostraba un lápiz dispuesto sobre una mesa y a la altura de la cámara; el fondo cambiaba cada pocos segundos —una biblioteca, un hospital, una oficina, un aula—, mientras una voz en off iba desgranando las aplicaciones de tan simple herramienta: hacer cálculos matemáticos, escribir un poema, anotar un mapa, componer una sinfonía... Al final del anuncio aparece una mano que parece que va a coger el lápiz pero lo que en realidad levanta es algo que ha estado detrás del lápiz todo el tiempo, una tableta ultraligera, que es lo que se supone que querían vender en realidad.

También le cuento otro anuncio, que recuerdo todavía peor, porque sólo lo vi una vez en un intermedio de Salvados, que es prácticamente la única ocasión en la que veo publicidad televisada. En esta ocasión se presentaba a un caballerete dinámico, joven aunque sobradamente preparado, con zapatos de gamuza, que iba a pie de acá para allá, pedía un café para llevar, se montaba en una bicicleta de alquiler (esto ya no sé si me lo estoy inventando), corría a una cita con una chica... y en el último segundo se montaba en un coche y se iba.

Ya hasta los fabricantes de coches se han dado cuenta de que los coches no son guays.

En ambos anuncios la yuxtaposición aspiraba a un trasvase de atributos simbólicos entre lo orgánico y lo electrónico, entre lo analógico y lo digital, de la misma mágica manera que mi flequillo querría convocar alguna de esas virtudes que, precisamente, suelen adornar a quien se ha quedado calvo. Entonces la peluquera me pone un espejo en la coronilla y me pregunta ¿está bien así?, y yo le digo está perfecto, jefa, está que ni hecho con iPad. 

viernes, 16 de mayo de 2014

Hace muchos, muchos años, celebramos la primera comunión de mi primo Javi. Estábamos comiendo en un salón de banquetes y alguien —seguramente el propio Javi, que siempre ha estado al tanto de todo lo que se cocía— descubrió que en una sala contigua, en la que se celebraba otra primera comunión de otro niño, estaba José María Yuste. El de Martes y Trece. Esto hoy no significará demasiado, pero en 1989 encontrarte a Martes y Trece, o aunque solo fuera a Trece, era una cosa indescriptible y sobrecogedora. El humorista, entonces en el apogeo de su gloria, debía de estar hasta el gorro de autógrafos y elogios, pero aun así se enrolló y se dejó fotografiar con los siete u ocho chavales de nuestra familia, sonriendo como si fuera él el de la comunión. Por ahí anda la foto. Pues bien, desde aquel día no me ha vuelto a pasar nada emocionante. Hasta que ayer por la noche, medio de rebote, sintonicé en internet el debate sobre las elecciones europeas.

Resulta además —y viene muy a cuento— que yo volvía de ver la presentación de un libro de Jacobo de Regoyos. Es un corresponsal de Onda Cero y, sí, el tío abuelo de su padre fue el Regoyos que acompañó a Émile Verhaeren en la redacción de La España negra. Por extraña coincidencia, en la sala hay un tipo de ojillos roedores, bigotazo cano y gafas de alambre que bien podría ser el sobrino bisnieto del propio Verhaeren, lo que da al acto carácter de revancha diferida y casi mitológica. Porque Regoyos, este Regoyos, ha escrito algo así como La Bélgica negra, un libro titulado Belgistán que las Prensas de la Universidad de Corcho han traducido al francés. Su subtítulo presenta este país —esta Babel de techos bajos donde todo el mundo es presidente de alguna cosa— como el laboratorio de las políticas nacionalistas en Europa. «Pero es un laboratorio cuyas fórmulas no son nada novedosas», le digo al autor durante el piscolabis; «el trazado de fronteras en función de áreas lingüísticas o culturales ha sido una política consciente y hegemónica en Europa desde la II Guerra Mundial». Esto lo había leído esa misma mañana, mientras me comía el bocadillo, en un magnífico artículo de Álvarez Junco publicado en El País. «Lo chulo sería tratar de construir entidades políticas multiculturales, pues nuestras sociedades cada vez serán más heterogéneas» (esto también lo decía Álvarez Junco); y todavía tengo el cuajo de añadir: «desde estar perspectiva, podría darse la irónica circunstancia de que el auténtico laboratorio de Europa no fuera Bélgica, sino más bien Suiza, el único país centroeuropeo que no pertenece a la Unión». Regoyos me mira asombrado: «¡Es exactamente lo que yo digo en mi libro!» Y abriendo un ejemplar me demuestra que al final del capítulo siete, u ocho, figuran casi las mismas palabras.

Con ese prólogo, y el tono moral ya bastante reconfortado con las dos crêpes habituales del figón bretón de la calle Pont d’Avroy, llego a casa y recuerdo que es día 15, y que el día 15 se emitía el debate entre los candidatos a la presidencia de la Unión Europea. Me preparo una infusión de salvia y pongo la tele (es decir, internet) esperando encontrarme algo así como el Festival de la Canción de Eurovisión. Pero lo que veo me deja todavía más estupefacto.

Lo que veo es un debate con argumentos políticos, caras nuevas, proyectos económicos, política energética, ideas de futuro, calentamiento global, balances del pasado nada complacientes, uso de lenguas extranjeras, réplicas de contornos bien definidos —incluso por momentos contundentes— y toma de responsabilidad en la gestión del turno de palabra. Aun admitiendo que el formato resultaba artificioso y poco propenso a meterse en honduras, con temas forzados y respuestas de un minuto, resulta refrescante ver un debate político sin papeles barcenianos, sin derecho a decidir, sin conferencias episcopales, sin nada remotamente comparable a los bizantinismos belgas sobre demarcaciones electorales o espacios lingüísticos aéreos; un debate, en fin, en el que los participantes no arriman al ascua la sardina y, si hace falta, se comen la patata caliente. Y siento cómo, en mi interior, las crêpes dan saltos de alegría.

Entre los candidatos hay una muchacha morena, con el pelo a lo garçon, que reparte sopas con honda como una ninja de la dialéctica. Se trata de Ska Keller, la representante de ese Partido Verde continental que ha fagocitado sin complejos las propuestas más coherentes del socialismo. Como Kathleen, la candidata de los Verdes nació en 1981 en la RDA, como Kathleen conoce las aulas de la FU de Berlín, y como Kathleen no se anda con contemplaciones. La miro batirse el cobre en vivo y en directo para los cientos de miles de espectadores que de repente descubren una Europa que sí merecería la pena construir y de repente, por primera vez en la Historia, tengo ganas genuinas de twittear algo.

—¡Dales caña, Ska!

Enseguida se me pasa, porque las cacareadas redes sociales están demostrando una vez más su ilimitada capacidad de distracción. Un presentador toma la palabra de vez en cuando para resumir los hilos de discusión que se tejen en Twitter alrededor del debate, y se le ve bastante incómodo. El hashtag más seguido era uno sobre los derechos del pueblo romaní, pero inmediatamente después creo que iban #mistetas y #achilipún. Al final el presentador termina limitándose a decir que las redes sociales «están que arden», sin entrar en detalles que no harían más que sonrojarnos a todos. 

El de las redes sociales viene a ser exactamente el mismo plano en que evoluciona la prensa española, en la que al día siguiente no se decía una palabra del debate sobre la presidencia europea. Ni siquiera se comentaba la cagada antológica del candidato griego Tsipras, quien dijo que en Cataluña «tendrá que ocurrir algo, no sé, algo como lo que está ocurriendo en Ucrania». A lo que la prensa española dedicaba toda su capacidad de atención, que no es mucha, era a las vacuidades y a los desplantes de Arias Cañete.

(P. S.: Dos días después sí se publicaron algunos artículos sobre el debate europeo; uno de ellos, muy mal escrito, mencionaba que en España lo siguió el 0,9 % de la audiencia.)

martes, 29 de abril de 2014

Hacía años que sólo nos veíamos en restaurantes, sobre todo en el venezolano de la calle Barco, y en esas ocasiones nada raro me había llamado la atención. Pero la semana pasada Patricio vino a impartir un seminario doctoral y a participar en un congreso sobre Cortázar, y tuve ocasión de pasar un par de días con él, de presentarle a nuestros estudiantes y de escucharle debatir con otros invitados argentinos. Y entonces lo vi. No lo vi como se ven las cosas reales y corpóreas, lo vi como se ve un platillo volante o una aparición mariana: con la conciencia de que es una mistificación de los sentidos, pero con más efecto de realidad que la auténtica realidad. 

Patricio siempre había tenido un tupé que le daba altura física y modernidad. Lo nuevo es que ahora le ha crecido también un segundo tupé que le da altura intelectual. Viene a ser un aura, una excrecencia ectoplásmica como la que presentan algunos autorretratos de Léon Spilliaert.

Pondré un ejemplo tan sólo, aunque elocuente, de la influencia de ese tupé carismático. En la mesa redonda que debe cerrar el congreso se saca un papelito del bolsillo, y dice que nos va a leer una lista de motivos para no leer a Cortázar. En la sala, la temperatura desciende de golpe siete u ocho grados.

—En primer lugar —dice—, sus novelas.

Y sigue: sus imitadores, su cursilería, su incapacidad para discriminar (o la incapacidad para discriminar que demuestran sus editores y albaceas actuales). Pero cuando la irritación del público está a punto de hacerse audible, nos sorprende con una lista todavía más larga de razones para leer a Cortázar, lista que cierra, muy elegantemente, mencionando a sus lectores, que somos —o fuimos— nosotros.

Nos endosa, pues, un discurso muy bien construido, cosmopolita, ágil aunque puntuado por una tosecilla nerviosa. Cuando nos trasladamos al bar, habla con nuestros estudiantes de Walsh, de Arlt y de Aira, pero también de fútbol y de gastronomía. Varias jóvenes valonas lo contemplan con arrobo. Sigo sus miradas y veo que apuntan a tres o cuatro centímetros por encima de la cabeza de Patricio, allí donde el tupé místico tiene su asiento.

«Esa pyme llamada Patricio P.», como él mismo dice, recibe boletines de novedades de todas las editoriales españolas, y lee un promedio de cinco o seis horas al día. Junto a él, menda, sin tupé e incluso sin peinado propiamente dicho, se siente como la amiga que abandonó la carrera para dedicarse a criar a sus hijos, y eso que no ha abandonado la carrera ni tiene hijos que criar. Se consuela pensando en que de algún modo interviene en la formación de esos lectores que, como queda dicho, son lo más estimable de la literatura argentina.

Precisamente este cura acaba de dimitir de su puesto de vocal del consejo de administración del comité de barrio. Era un cargo rimbombante que costaba casar con la realidad de una docena de vecinos que suscribían cartas de protesta u organizaban campeonatos de whist. Sobre todo era un cargo que no estaba ejerciendo y en el que por lo tanto comenzaba a representar más una carga que una ayuda. Esperaba ganar así un par de horas al mes, que en el corriente pensaba dedicarle a un antiguo colega que lo había invitado a comer en un restaurante postinero.

Por ser postinero, el restaurante no tenía ni rótulo: se accedía a él a través del vestíbulo de un teatro que acababan de reformar enfrente de la facultad, y había que saber de su existencia de antemano. Este colega, cuyo nombre debe ser silenciado, pidió ostras —«a mi mujer no le gustan, así que nunca puedo comerlas»—, y cuando hubo dado cuenta de ellas se inclinó sobre el plato lleno de valvas y le hizo a bocajarro, en voz muy baja, una inesperada propuesta.

—Quería preguntarte si te gustaría hacerte masón.

Nuestro héroe se ve a sí mismo como en un travelling compensado, y lamenta no haber pedido también ostras, pues sin duda le habrían prestado apoyo moral en semejante trance. Aquello le parecía una cosa absurda, trastornada, un episodio de una novela de formación contradictoria y barojiana. Sin embargo, una respuesta demasiado espontánea —un ataque de risa, una negativa ofendida— habría sido irreparable, y habría hecho muy incómoda la conversación durante el plato de resistencia. Por ello aparentó curiosidad.

Todos los miércoles por la noche el Gran Oriente se reunía para tener conversaciones declaradamente improductivas. La iniciación era un proceso largo, para el que hacían falta padrinos, humildad y paciencia, mucha paciencia. Lo fundamental era defender la laicidad, dentro de la cual cada logia podía representar una sensibilidad particular.

—Ya veo, ya —dijo nuestro protagonista—, ¿y cuando hacéis lo del martillo y el delantal?

—Ah —su interlocutor suspendió un instante la respuesta y se puso todavía más serio, serio como sólo puede estarlo un masón al que le tocan los rituales—: hay ocasiones para las que conviene mantener el misterio.

sábado, 19 de abril de 2014

Kathleen y yo pasamos unos días trabajando en Madrid. Idas y venidas por los alrededores de la Biblioteca Nacional, calle Tamayo, Libertad, callejón de San Mateo... Como cualquier otro barrio del mundo, sería mucho más bonito sin perros y sin coches. Sólo saco una tarde para echarla en librerías de viejo, en la calle de la Palma y en la del Espíritu Santo. En esta última Kathleen descubre Tres Rosas Amarillas, dedicada exclusivamente a pop-ups, leporellos, teatros de papel y divertimentos ópticos. Como en el archivo en línea del Museu de les Arts Escèniques he visto últimamente muchos teatrines y esbozos escenográficos epatantes, me divierto imaginando representaciones privadas y en miniatura de De la terra al sol, o del Viaje a la luna de Larra hijo.

Estos días en Madrid sólo se habla de Ocho apellidos vascos, la nueva película del director de Pagafantas. Por lo que hemos oído suponemos que no nos va a gustar, pero vamos a verla porque nos percatamos de que es un jalón en la historia menuda de este país menudo. A mí me parece que la película es un sainete bastante insultante, que sólo funciona si se asume que las cosas son así: que los vascos son unos cazurros, unos tragaldabas y medio etarras; que los andaluces son unos finolis, unos vagos y unos incultos. La ventaja de verlo en cine es que permite observar también la reacción del público, que en este caso resulta ser lo más interesante. Vista en Madrid y arropada por el éxito de taquilla, la cinta ofrece la ocasión de desinhinibirse y naturalizar ciertos prejuicios. «Joer, si es que es verdad, si es que son así». Pero en otra geografía, más desprejuiciada, llevar piercings o gomina no tendría gracia ni trascendencia.

A diferencia de la gente verdaderamente instruida, yo no creo que esta pelea de gallos entre dos estereotipos regionales aporte nada a la discusión sobre los nacionalismos, ni a su deconstrucción. Soy tan obtuso que tampoco consigo ver en la conciliación final de la película —¿rendición incondicional a la gracia andaluza?— un proyecto de convivencia o de superación de las diferencias.

En el metro de Madrid casi todos los pasajeros consultan sus listófonos. Y la mayoría (cinco de siete, en una ocasión; tres de tres, en otra) lo usa para hacer solitarios o jugar al videojuego de los caramelos. Resulta que si uno no conoce el videojuego este de los caramelos es un extraterrestre. «El que no está en WhatsApp, no existe», ha dicho un adolescente en la televisión. Ahora cuando leo El Jueves en el metro me siento Sartre, un intelectual entre el ser y la nada.

—Bueno, pero no todo el mundo usa el móvil para jugar —me dirá Rafa en un bareto de Malasaña algunos días mas tarde—. Cuando voy por las mañanas al curro veo a mucha gente leyendo libros electrónicos.

El libro electrónico también ha sacado últimamente de apuros a nuestra amiga Adelaida, porque puede sostenerlo y pasar las páginas con una sola mano mientras da el pecho a Gabrielillo.

—De todos modos, leer no nos hace necesariamente mejores, ni el Candi Crash Saga nos hace necesariamente peores —dice una voz en mi cabeza, una voz aflautada, quizá la del propio Pepito Grillo. «¡Oh, vamos! ¡Bastante tengo que lidiar a diario con analfabetos funcionales como para empezar ahora a creer en la bondad de no leer y de no escribir!». Esto último lo dice otra voz, un vozarrón como el de mi padre, que deja acoquinado a Pepito Grillo y zanja la cuestión.

Pero más allá de que se lea o no se lea, lo que me jeringa es el entusiasmo tecnológico injustificado, los enormes gastos logísticos, materiales y energéticos para que al final haga uno con un chiminique lo que toda la vida se ha hecho con un callejero o con una baraja de cartas. Para ese viaje no hacían falta alforjas. Estos días se publicaba en El Mundo una entrevista a un científico en la que predecía que en apenas unas décadas sería posible grabar los patrones electroquímicos del cerebro de la gente: de este modo no sólo se podría almacenar la memoria en un dispositivo externo —con la posibilidad de recuperarla en caso de alzheimer o de oposición a notarías—, sino que esas grabaciones también permitirían simular el funcionamiento de la mente de un individuo después de su fallecimiento. Así, nuestros nietos podrán comprobar que nos pasábamos las horas muertas haciendo solitarios y pensando en videojuegos sobre caramelos. Hay que ser muy escéptico para no creer que eso constituirá un enorme progreso científico, social y cultural.

Como hemos hecho en las últimas estancias madrileñas, sacamos también una tarde para ir al Teatro de la Zarzuela. En esta ocasión echaban Black el payaso, de Francisco Serrano Anguita, con música de Pablo Sorozábal. El libreto resulta deslavazado pero por momentos sobrecogedor, máxime si se piensa que su autor había comenzado publicando en El Globo de Castelar y había pasado por la redacción de España Nueva cuando lo dirigía el republicano radical Rodrigo Soriano. Escribió Black inmediatamente después de la guerra, y terminó regentando la biblioteca de la SGAE, donde precisamente he echado varias mañanas estos últimos días. El final de la zarzuela es corrosivo, lleno como está de reproches que no perdonan ni al mismo público: «y payasos vosotros, / tozudos de la pista, / que aquí venís en confusión, / mientras que el que os dirige / se esconde a vuestra vista / y no abandona su rincón». (A ver si un día busco el expediente de censura, que seguramente esté lleno de manchas de vino). Salvando esto último, la zarzuela no propone un discurso articulado sobre la postguerra española; lo que sí hace es plantear varios de sus elementos: la vacuidad de los políticos, la pérdida de la patria, la revolución abortada, la deserción de la cosa pública y el repliegue en satisfacciones elementales.

El programa es doble, e incluye I pagliacci de Leoncavaglio, que fue un compositor italiano también doble, mitad caballo y mitad león. La representación de las dos obras es como la noche y el día: la estupenda partitura de Sorozábal sufre una puesta en escena descarnada, con una actuación desganada y débil en volumen, mera sombra de lo que se hizo en el Teatro Español hace unos años; para la opereta italiana, en cambio, se abarrota el escenario de coros y decorados, y los actores (que son los mismos de Black) cantan como si les fuera la vida en ello. Viene a ser aquello de «la maté porque era mía», pero en versión de industria cultural.

viernes, 18 de abril de 2014

THE BRIGHT SIDE

Ya sé, las cosas no mejorarían
en su conjunto. Pero esos vejámenes
privados y frecuentes, el empaste
de una muela, la ausencia de K. —larga—,

los ciegos infatuados que nos guían,
la corrección de ciento ochenta exámenes,
la bruja Hipocondría, que da al traste
con mi nirvana, el gremlin que se carga

la impresora, el pimiento de Padrón
que sí que pica, la desfachatez
de las ruedas de prensa de Rajoy

y el pánico cerval a ir en avión
desaparecerían de una vez
si explotase el avión en el que voy.

lunes, 31 de marzo de 2014

Damos una vuelta por el centro comercial Humana de Frankfurter Tor. Es un edificio contruido hacia 1960, probablemente en el mismo año en el que se erigieron las triunfalistas fachadas con las que arranca, en la acera de enfrente, la Karl-Marx-Allee. El centro comercial tiene cuatro pisos y parece que el tiempo se hubiera detenido en su umbral. Sobre el mostrador hay una pila de papel continuo de impresora, y los letreros están escritos a mano con uno de esos rotuladores anchos que gozaron de hegemonía tipográfica en las galerías de alimentación de hace treinta años. El hecho de que Humana se dedique a la venta de ropa de segunda mano y de que ésta, lógicamente, no esté ordenada por marcas, sino por colores, multiplica el aspecto anacrónico y casi afrocubano del conjunto.

Subimos directamente al cuarto piso, que contiene la sección vintage. Esto quiere decir que la ropa está mejor conservada y más pasada de moda que en el resto de las plantas. Los precios son, en consecuencia, más elevados: entre 9 y 15 euros los pantalones, de 20 a 30 las chaquetas y cazadoras. Trasteamos el tiempo suficiente para que los clientes comiencen a preguntarle a Kathleen si trabaja allí, y me acabo metiendo en un probador con cinco camisas de colores chillones. Desde el incógnito del probador escucho el comentario fugaz de una mujer:

—Esto le gusta a la gente que no vivió en aquellos años, pero a mí me da urticaria. 

El caso es que a mí todo lo que me pongo me queda muy bien. Incluso un chaqué con costura vista y botones de hueso, que ya es decir. Kathleen no da crédito: «¡es increíble, sólo una de las camisas te viene grande, el resto parece hecho a medida!». Es una sensación refrescante, acostumbrado como estoy a sufrir decepción tras decepción las raras veces que la necesidad —o mi madre— me obliga a reponer el vestuario. Lo normal es que salga de las tiendas con las manos vacías o con prendas en las que parezco todavía más desgalichado y subnormal. Generalmente, cuando termino de probarme ropa diseñada para personas musculosas y sin personalidad me miro al espejo y me digo «esto sí que no me lo compraba ni loco». ¡Y era la ropa que traía puesta! En cambio, en este centro comercial de la guerra fría descubro que no se trataba, después de todo, de una cuestión de físico, sino de sincronía.

Así es, amigos de lo paranormal: las camisas de Humana demuestran que soy un vestigio de otra época, que tengo un cuerpo de los años 70, una época en la que los hombres tenían la figura de las modelos actuales, y las mujeres tenían la figura de los hombres actuales. La ropa comercial se confeccionaba en ciudades como Barcelona, Manchester, Neuchâtel o Ginebra, y no llevaba logotipos ni anuncios sobreimpresos. Este descubrimiento crucial lo hago precisamente en una semana en la que Die Zeit ha anunciado un cambio en el modelo de hombre... en un suplemento cuya portada era un retrato de la rana Gustavo. Si el nuevo modelo de hombre es la rana Gustavo, dentro de poco este cura se verá haciendo anuncios de Nespresso.

Curiosamente —ya se verá qué tiene de curioso—, unas horas después de descubrir que soy un documento histórico me presentaron a Julia. Kathleen me había hablado mucho de ella: es una muchacha de New Orleans que irradia simpatía. Sus rasgos suaves, el pelo cobrizo y la piel clara sugieren una ascendencia irlandesa; actualmente vive en Japón y está planeando mudarse a Alemania, donde trabaja su marido.

—Es también una cuestión de calidad de vida —explica Julia, mientras pedimos cerveza de Bohemia—. En New Orleans yo soy la única persona que conozco a la que no le han puesto una pistola en la cara. Y en Japón, a pesar de lo bien que me lo he pasado estos años, no creo que llegue a acostumbrarme a sus conceptos de lealtad y compromiso, que corresponden a lo que en otros sitios llamaríamos sencillamente «sumisión total» y «obediencia ciega».

El día anterior Kathleen y yo habíamos andado en bici por el centro de Berlín y nos habíamos sentado a comer al sol en una terraza frente al Spree (codillo con chucrut y puré de guisantes, cerveza artesanal y un chato de korn, 10,5 euros), así que Julia no necesita darme más explicaciones sobre lo que espera de este país ni lo que entiende por calidad de vida. Su marido, Chris, es igual de majo y también se parece a la rana Gustavo, así que sin duda fue un adelantado a su tiempo. Muy adelantado, porque bien mirado Julia podría ser su hija.

—¿Estás seguro? —me pregunta Kathleen, con cara de tener un comodín en la manga—; ¿cuántos años le echas?

¿A Julia? No más de treinta, iba a haber dicho, cuando comencé a echar cuentas con los dedos: diez años estudiando y trabajando en Seattle, doce años en Tokyo, un par de años con becas en Alemania... Llego a la conclusión de que antes de nacer ya había terminado el instituto. Pero se me hace mucho más fácil aceptar esto que el que esa muchacha de pinta lozana que bebe cerveza negra frente a mí esté planificando su jubilación. Y sin embargo, me dice Kathleen, así es.

Se conoce que unos hemos estado pasados de moda aun antes de empezar a envejecer, mientras que a otros el tiempo los mira con respeto desde lejos, sin osar ponerles la mano encima, igual que hace con algunas esquinas de ciudades centroeuropeas.