Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

miércoles, 16 de julio de 2014

Vine leyendo en el avión un libro estupendo que me trajo Kathleen de Inglaterra hace unas semanas, exactamente de los que a mí me gustan: Just My Type. Es algo menos que una historia de la tipografía, y algo más que un simple anecdotario. Lo cual no quita para que —prosaico que uno es— al final me quede con las anécdotas. Así, leo completamente absorto la historia de Thomas Cobden-Sanderson, que diseñó un tipo precioso para imprimir la Biblia, y, para que nadie le diera un uso indeseado después de su muerte, lo destruyó a conciencia, arrojando al Támesis todos los tipos, las matrices y las formas tipográficas ya compuestas. Cobden-Sanderson tenía ya 76 años, y la ejecución de su suicidio tipográfico le tomó, noche a noche, cinco meses.

También está la historia de un app de reconocimiento tipográfico que era incapaz de identificar siquiera Georgia. O la de una campaña francesa contra la piratería de productos culturales que se imprimió con un tipo pirata. O la de Ecofont, un programa que apolilla otros tipos, llenándolos de agujeritos microscópicos para que se consuma menos tinta en la impresión. Pero ninguna tan sensacional como la biografía secreta de incesto y zoofilia de Eric Gill, que le da un aire súbita y cómicamente depravado a los rótulos de la BBC y a las cubiertas de Penguin.

Poca gente lo sabe, pero estamos rodeados de tipómanos. En internet basta con dar una patada a una piedra para que salgan tres o cuatro. Varios se han reunido para hacer «Type War», un videojuego muy simple en el que hay que identificar el tipo de una serie de letras. A la altura del nivel 9, bastante contagiado ya de tipomanía, dejo el juego para hacer un test de personalidad en línea cuyo diagnóstico no se expresa en temperamentos ni en términos freudianos, sino en familias tipográficas. Así, descubro con halago que soy un Lumos, un tipo extravagante, con unos palos más largos que otros, serifas asimétricas y trazos nerviosos, para el que sólo existen mayúsculas. Un tipo que parece hecho para rotular clubes de jazz de los años 40 o películas de Tim Burton.

Unos minutos después, Kathleen hace el test. El veredicto del programa es espeluznante e inapelable: ¡Futura! Racional, geométrica, alemana: letra de membrete oficial y de fábrica de automóviles. Por fortuna, los caracteres que en modo alguno podrían coexistir sobre el papel sí pueden hacerlo en un piso razonablemente espacioso y soleado. 


sábado, 12 de julio de 2014

Las primeras impresiones resultan injustas. No es razonable pensar que un turista puede hacerse una idea medianamente contrastada de la realidad de un país en un par de días. Pero quizá es igual de ingenuo pensar que con el tiempo y la convivencia uno puede reducir un país —sus habitantes, sus leyes, sus celebraciones, sus relaciones económicas, sus lenguas y su gastronomía— a una o dos fórmulas esenciales encerradas en oraciones copulativas. En comparación, una primera impresión que se presenta humildemente como lo que es, con el sombrero en la mano y la mirada baja, puede ser más verdadera que una generalización basada en la experiencia, aunque el ámbito de aplicación de esa verdad sea mucho más reducido.

Mi primera impresión es, además, una segunda impresión, ya que, como decía Romain Gary, es imposible hacerse una primera impresión de Nortemérica. «C’est probablement le seul pays qui est vraiment comme ça, tel qu’on le connaît avant d’y aller», gracias a las películas y a las series de televisión. Mi segunda impresión de Washington, pues, es que está compuesta de tres clases de personas: personas que llevan traje, personas que llevan uniforme y personas que hacen jogging. Como segunda impresión es bastante calamitosa, pues no tarda en imponerse una tercera impresión, esta vez ya inamovible: la de que sólo hay un tipo de personas, los que hacen jogging, que en ocasiones se ponen traje o uniforme. 
 La división del trabajo está sujeta a un criterio racial bastante obvio para cualquiera que no haya sido sumergido durante años en el discurso mágico estadounidense. Las ocupaciones menestrales y subalternas las realizan mayoritariamente negros; los ejecutivos y trabajadores de cuello blanco son mayoritariamente blancos. Por lo demás, Washington es una ciudad muy agradable, de casas bajas, con poco tráfico. Tiene una fauna urbana encantadora, en la que destacan las ardillas, los zorzales, los estorninos y, por la noche, las luciérnagas. Su esfera pública es muy verbalizada: allí donde podría transmitirse la información con un icono hay instrucciones textuales muy elaboradas. Por ejemplo, en lugar de las embarazadas y de los viejecitos esquemáticos con que en otros países se reservan algunos asientos del metro, en el de Washington hay: a) un rótulo de cuatro líneas, b) sendos dibujos con flechas rojas que identifican los asientos en cuestión, y c) un nuevo rótulo de cuatro líneas que dice lo mismo que el primero, pero en tipo más grande. Muchos de estos rótulos deberían ser innecesarios: «por el confort de todos, le rogamos que no abra las ventanillas del autobús cuando esté puesto el aire acondicionado»; «está prohibido escupir en el vagón de metro». La insistencia machacante tiene seguramente que ver con la necesidad de integrar en un mismo código de urbanidad a una población multiétnica y de hábitos culturales muy disímiles. También es frecuente que los rótulos contengan menciones a la ley y a las penas ligadas a su infracción. Uno puede acabar en el corredor de la muerte por hablar con el conductor del autobús.

La vida doméstica americana tiene dos elementos pintorescos y de mucha idiosincrasia. El primero es la root beer, literalmente «cerveza de raíz», en realidad una bebida fermentada que en algún momento se hizo efectivamente con cortezas de raíces, y que en la actualidad es un potingue muy azucarado y ligeramente adictivo. El segundo es el insinkerator, un botón que transforma un vulgar lavabo en Sarlaac, la sima dentada que estuvo a punto de devorar a Luke Skywalker y a sus alegres camaradas en El retorno del Jedi. El insinkerator se traga cualquier cosa, y los ruidos de su aparato digestivo hacen temblar la casa. Lo alimentamos con detritus, que empujamos desde lejos con el palo de la escoba.

martes, 8 de julio de 2014

El vuelo habría sido una pesadilla aun si no hubiéramos tenido delante a dos niños que lloraban sin parar. Tras pasar los controles de pasaportes del aeropuerto de Baltimore nos dirigimos a la parada de autobús. Un panel anuncia un autobús para cuatro minutos después, y nos advierte de que debemos preparar el precio exacto del billete: seis dólares. El autobús aparece, pero el conductor grita «only drop off!», y se va de vacío. Media hora más tarde —está atardeciendo, pero para nosotros son las tres de la madrugada— llega un nuevo autobús. Subimos y el conductor nos invita a introducir los billetes en una máquina. La máquina se los traga dócilmente.
—Te faltan dos dólares.

¿Cómo que me faltan dos dólares? Bastante potra hemos tenido con reunir doce dólares, viniendo de otro continente: en Bélgica me cambiaron sólo billetes de cien, y el siguiente más pequeño que le queda a Kathleen es de veinte.
—Faltan dos dólares.

Le explico que el cartel de la parada nos conmina a subir con seis dólares justos. El conductor tiene seguramente muchas virtudes, pero la paciencia no es una de ellas. Señala por encima del hombro un póster adhesivo y dice:
—En el cartel del autobús pone «7$».

Kathleen encuentra milagrosamente otro dólar más en su monedero, y le compramos otro por un euro a unos turistas alemanes. Los cuarenta y siete pasajeros que suben detrás de nosotros tienen el mismo problema, y es poco si sólo tardamos veinte minutos en arrancar. Ya es noche cerrada cuando llegamos a la parada de metro de Green Belt, a la entrada de la ciudad de Washington. Allí comienza nuestra siguiente prueba: los dispensadores de billetes proponen abonos de distinto tipo, y hay que modificar el precio con unos botones hasta obtener el que corresponde al trayecto preciso que queremos hacer a una hora determinada. Para ello, debe consultarse un esquema que deja tamañita la tabla periódica de elementos. A pesar de la ayuda solícita de los empleados, nos equivocamos y tardamos un cuarto de hora largo en obtener los tickets correctos.

Nuestro reloj biológico marca las cinco de la madrugada cuando llegamos al apartamento que ha subalquilado Kathleen. Está en un segundo piso, encima de una clínica veterinaria, en la calle 18. La propietaria es periodista y está en Brasil escribiendo un reportaje sobre el mundial de fútbol. Nos ha dejado las llaves en la verja del inmueble, dentro de una especie de candado gigante que se abre como una caja al marcar un código. En su interior encontramos cuatro llaves. Ensayamos las cuatro sin éxito. Con una de ellas conseguimos girar el cerrojo, pero la puerta permanece cerrada. En la cerradura del pomo encajan dos de las otras llaves, pero no giran, y una de ellas incluso se resiste a salir. Probamos las llaves por tercera vez. Estamos sudando como pollos.

viernes, 20 de junio de 2014

He volado a Madrid para asistir a dos bodas, la de mi hermano y la de mi prima, y resulta que aún está la Feria del Libro del Retiro. Vamos allá, a ver si cae algo. Y sí, para empezar cae una chupa de agua muy respetable. Busco refugio en la caseta de Renacimiento. Mi edición de Tapia debe de ser el único libro que no tienen expuesto. Junto a mí, un chavalín pregunta: «¿No ha venido hoy Abelardo?», como si la caseta tuviera una trastienda en la que los editores se recluyesen para escapar de la fama y presidir influyentes cenáculos literarios. Se refiere, por supuesto, a Abelardo L., el conocido editor sevillano, a quien el chavalín no ha visto nunca a pesar de la familiaridad con la que lo trata.

—No, hoy no ha venido —responde el librero.
—Es que he hecho una edición... —dice el muchacho, como excusándose. Recorre con la mirada las estanterías hasta extraer triunfante un librito verde, que sí está expuesto, aunque de canto—. Esta edición; es un libro muy bueno, a ver si lo vendéis bien.

El espectáculo ha sido ruborizante. Paso de largo sin decir nada. Los libreros y los autores enseñan pierna y guiñan el ojo. Un librero me alarga un catálogo; en él se anuncia una novedad como «una elegante digresión en torno a la vanidad y al vacío». Podrían haberlo definido como «un claro testimonio de la crisis de sobreproducción que atraviesa el sector editorial», lo que habría sido igual de ineficaz, aunque más honesto. En otra caseta una mujer de voz cazallosa está firmando ejemplares de un libro de título sugerente. Lo hojeo, y ella me pregunta si me gusta la poesía. Cohibido y casi de manera preventiva respondo que no. Luego me explico: me gusta la que rima, cuenta cosas y es divertida. O sea, que no. Sin desanimarse, la madre de la criatura (que tiene voz de mujer Maitena, cuerpo de mujer Almodóvar y pruritos de mujer Kundera) abre el libro —un ensayo— y me lee una poesía de treinta y siete versos que ha transcrito porque —dice— escenifica la resistencia a una transición democrática con aspecto de traspaso de poderes. Es mucho suponer: en realidad el poema habla de cigarrillos y de pantalones vaqueros. García Montero tenía uno igual, que debía de ir de lo mismo.

Salgo huyendo bajo la lluvia y corro hasta encontrar una caseta en la que han colgado un cartel grato y hospitalario: «Hoy no firma nadie». La vendedora está haciendo lo que quiera que haga la gente con sus teléfonos móviles, y me deja a mi aire. Compro un libro y me llevo el catálogo.

Todo esto produce terror y lástima, y comentándolo al día siguiente con Patricio, dice que la sobreproducción editorial «es un fenómeno que hace muy difícil apartar los ojos del presente». Es verdad; por lo menos para quienes, como él, han asumido a modo de imperativo categórico el estudio de los boletines de novedades. Y hablando de novedades, da la casualidad de que al día siguiente Patricio presenta en La Central su última novela. Es una que cuenta la guerra de las Malvinas como si la hubieran protagonizado Buster Keaton, Harold Lloyd, Stan Laurel y Oliver Hardy. Con su derrota militar —dice Patricio—, Argentina salió ganando, si se tiene en cuenta que marcó el principio del fin de la dictadura, mientras que al Reino Unido la victoria le deparó diez años más de thatcherismo.


Hemos aterrizado en una España sin rey, pero entre las dos bodas tendremos el dudoso privilegio de asistir a los fastos de la proclamación de Felipe Sexto. Uno preferiría a Camilo Sesto, pero no nos han preguntado. Esto de la proclamación lo ha disculpado el pánfilo de Moncloa como un trámite rutinario, casi como una especie de relevo ministerial al que no hay que dar muchas vueltas, pero basta con prender la televisión para darse cuenta de que es una coronación en forma. Una coronación sin corona. Sentado en el cuarto de estar de mis padres, lo sigo con el rabillo del ojo, mientras acabo de meter notas en actas. Es «la apoteosis de un muñeco», como escribía Camba a propósito de la mayoría de edad del bisabuelo de este nuevo rey.

Por la tarde he quedado en pasar a despedirme de Toño y Adelaida, y voy con tiempo para sumarme, de camino y aunque sólo sea unos minutos, a las previsibles algaradas republicanas de la Puerta del Sol. Sin embargo, a la Puerta del Sol no pueden entrar ni los republicanos ni nadie. La estación de metro está cerrada y la superficie ha sido enteramente ocupada por antidisturbios y lecheras. Los turistas se agolpan en un pasillo de apenas cinco metros de ancho para ganar la calle del Carmen y Preciados. Que no se autorizase la manifestación republicana por mañana todavía se puede comprender, pues tampoco convenía poner en un compromiso a las tres o cuatro docenas de personas que acudieron a saludar al nuevo monarca (sin exagerar: yo diría que la cantidad de gente que había en la calle es la misma que hay cualquier día de fiesta). Ahora, que se sigan tomando las cosas tan a la tremenda a las ocho de la tarde soprende incluso a los que todavía viven en este país y deberían estar curados de espanto. Se da por cierto que a lo largo de la mañana la poli estuvo registrando las mochilas para requisar eventuales banderas republicanas. Gabilondo dice en su videoblog que ha sido una reacción histérica. Sí, uno no sabe si ponerlo en manos de la clínica López-Ibor o del Tribunal de Estrasburgo. 

domingo, 1 de junio de 2014

Como todo el mundo quería ir a la exposición sobre David Bowie que hay en el Martin-Gropius-Bau, fuimos. Nos gustó mucho, claro, porque habíamos pagado 15 euros por barba. Si hubiéramos pagado menos, no nos habría gustado tanto. Esta es una regla fija de la psicología social cuyo cumplimiento nunca deja de asombrarme.

Está todo muy bien dispuesto, los letreros en alemán han sido correctamente traducidos al inglés, las audioguías funcionan la mayor parte de las veces y el acceso se ha escalonado de manera que no haya aglomeraciones. Sin embargo, por mucho que nos haya gustado, hay que admitir que se ha hecho un uso bastante acrítico de los materiales —muchos de los cuales proceden del propio artista—, y que como narración biográfica ruborizaría incluso a alguien tan acostumbrado a las simplificaciones como un contertulio de Intereconomía.

Los rótulos dan algunos detalles sobre el contexto cultural: los grupos de rythm & blues que Bowie escuchaba en su adolescencia, los libros que leyó un verano, las cartas que cruzó con Marlene Dietrich («Querido David: al final te has ido de Berlín y no hemos podido vernos; dile a tu agente que llame al mío»). En cambio, se ha omitido todo aquello que podría relativizar su originalidad, pero también explicar mejor el alcance de sus aportaciones personales. Se insiste mucho, por ejemplo, en el vestuario y el maquillaje del cantante en su época glam, y en la dimensión teatral de sus espectáculos en directo. Pero cualquiera que haya tenido una adolescencia difícil sabe que en aquellos mismos años (1971, 1972, 1973) Peter Gabriel montaba óperas rock psicodélicas en las que se vestía de botarga. Otro ejemplo: Brian Eno metió la cuchara en un álbum de Genesis dos o tres años de producir Heroes.

Quizá el relato verdaderamente dialéctico y documentado haya que buscarlo en el catálogo de la exposición, que, sólo por su precio, reunía ya condiciones inmejorables para entusiasmarnos.

La de Bowie es, en definitiva, una exposición como tantas exposiciones: una cosa pensada para un consumo mitómano y acrítico. Bowie es un músico grandioso, pero en realidad sus cuadros no son tan buenos; sus entrevistas son insustanciales; su caligrafía, infantil; sus anécdotas de estudio, desabridas; su carrera dramática, no muy distinta de la de Miguel Ángel Valero o Enrique Segura Cano. ¿Que quiénes son Miguel Ángel Valero y Enrique Segura Cano? Well, that’s my point. Cuando Bowie interpreta El hombre elefante sin disfrazarse de hombre elefante es mucho menos genial que cuando Faemino y Cansado interpretan al hombre bala sin disfrazarse de hombre bala («¡beeee!»).

Es verdad que, si uno se entrega a la mitomanía, la muestra contiene algunos objetos sobrecogedores, empezando por los trajes estrambóticos que el cantante lució en conciertos y vídeo-clips que hoy son parte de nuestra memoria colectiva. En una vitrina se expone el manuscrito original con la letra de «Life on Mars». Me agacho a leerla, con lágrimas en los ojos. Enseguida me yergo, desconcertado: lo que leo no tiene nada que ver con el non sequitur pop que un Bowie espectral cantaría finalmente en Hunky Dory. Esto parece más bien una letra de Gilbert O’Sullivan.

martes, 20 de mayo de 2014

Según las encuestas, la mayoría de habitantes de Berlín votará por Ska Keller el próximo domingo. Varios barrios de la ciudad parecen haberse entregado al decrecimiento económico, a la slow food y a la jardinería de guerrilla. Alguno, como Prenzlauer Berg, ha producido su propia versión del bourgeois bohémien, que un periodista de Die Zeit ha bautizado genialmente como Bionade Biedermeier. Los bibis, que serían la traducción alemana de los bobos.

Después de un mes corriendo de un lado para otro me dejo el reloj en casa y, sintiéndome algo bobo, como un bocadillo de berenjena, tomate y mozzarella en Funk You, y me siento en un banco de Boxhagener Platz a terminar el libro de Regoyos. Al otro lado de la plaza las muchachas toman el sol en bikini, mientras a pocos pasos practica el mejor guitarrista de Armenia. Un macarra pasa frente a mí, se agacha, recoge una chapa que se le había caído y desanda siete metros para tirarla en una papelera. Más allá, un indígena amazónico con el torso desnudo cubierto de escarificaciones y tatuajes tribales empuja un carrito de bebé. 

En la Samariterstraße, enfrente de la imprenta del yerno de Renau, han abierto una heladería. Compro una bola de helado de yogur, y entro a cortarme el pelo en la peluquería que hay al lado. El suelo es de linóleo y las fotografías que adornan las paredes se hicieron antes de que que Boy George descendiera a los infiernos. Me acuerdo de Patricio y le pido a la peluquera que me deje un poco de flequillo, imaginando que el flequillo está relacionado de alguna manera misteriosa con la autoridad intelectual, que el flequillo confirmará mis afirmaciones con una oscilación subliminal y corroborará mis negaciones como un becario servil.  

Mientras la peluquera brega con mis greñas pienso en Chris, el marido de Julia, con quien cenamos bibimbap antes de ayer. Lo encontramos en la Mainzerstraße, haciendo fotografías de una zanja.

—Esto son los tres elementos fundamentales de la fotografía contemporánea: piedras, cuerda y arena.

Efectivamente, las piedras, las cuerdas y la arena han sido dispuestas junto a la zanja en tres montones perfectamente diferenciados: una cosa es que haya una fuga de agua en un barrio bohemio, y otra que no se ordenen los escombros. La cámara de Chris es una Nikos de los años cincuenta, sumergible, como la que usaba Jacques Cousteau. De hecho, Chris también lleva un gorrito de lana, pero, a diferencia del oceanógrafo, revela los negativos en la bañera de su casa:

—La luz que da en las personas es la misma que incide en la película. Es una cosa por completo fetichista, claro, pero que no tiene la fotografía digital.

El fetichismo se agota bastante rápido, porque luego escanea el negativo y sigue trabajando las fotos en el ordenador. Mientras la camarera coreana nos sirve tres botellines de Hite, Chris sostiene que muchas veces el ideal de lo digital es convertirse en analógico. Es algo menos que una teoría, y algo más que una observación casual. Yo le cuento dos anuncios que he visto hace poco, y que vienen al pelo. El primero mostraba un lápiz dispuesto sobre una mesa y a la altura de la cámara; el fondo cambiaba cada pocos segundos —una biblioteca, un hospital, una oficina, un aula—, mientras una voz en off iba desgranando las aplicaciones de tan simple herramienta: hacer cálculos matemáticos, escribir un poema, anotar un mapa, componer una sinfonía... Al final del anuncio aparece una mano que parece que va a coger el lápiz pero lo que en realidad levanta es algo que ha estado detrás del lápiz todo el tiempo, una tableta ultraligera, que es lo que se supone que querían vender en realidad.

También le cuento otro anuncio, que recuerdo todavía peor, porque sólo lo vi una vez en un intermedio de Salvados, que es prácticamente la única ocasión en la que veo publicidad televisada. En esta ocasión se presentaba a un caballerete dinámico, joven aunque sobradamente preparado, con zapatos de gamuza, que iba a pie de acá para allá, pedía un café para llevar, se montaba en una bicicleta de alquiler (esto ya no sé si me lo estoy inventando), corría a una cita con una chica... y en el último segundo se montaba en un coche y se iba.

Ya hasta los fabricantes de coches se han dado cuenta de que los coches no son guays.

En ambos anuncios la yuxtaposición aspiraba a un trasvase de atributos simbólicos entre lo orgánico y lo electrónico, entre lo analógico y lo digital, de la misma mágica manera que mi flequillo querría convocar alguna de esas virtudes que, precisamente, suelen adornar a quien se ha quedado calvo. Entonces la peluquera me pone un espejo en la coronilla y me pregunta ¿está bien así?, y yo le digo está perfecto, jefa, está que ni hecho con iPad. 

viernes, 16 de mayo de 2014

Hace muchos, muchos años, celebramos la primera comunión de mi primo Javi. Estábamos comiendo en un salón de banquetes y alguien —seguramente el propio Javi, que siempre ha estado al tanto de todo lo que se cocía— descubrió que en una sala contigua, en la que se celebraba otra primera comunión de otro niño, estaba José María Yuste. El de Martes y Trece. Esto hoy no significará demasiado, pero en 1989 encontrarte a Martes y Trece, o aunque solo fuera a Trece, era una cosa indescriptible y sobrecogedora. El humorista, entonces en el apogeo de su gloria, debía de estar hasta el gorro de autógrafos y elogios, pero aun así se enrolló y se dejó fotografiar con los siete u ocho chavales de nuestra familia, sonriendo como si fuera él el de la comunión. Por ahí anda la foto. Pues bien, desde aquel día no me ha vuelto a pasar nada emocionante. Hasta que ayer por la noche, medio de rebote, sintonicé en internet el debate sobre las elecciones europeas.

Resulta además —y viene muy a cuento— que yo volvía de ver la presentación de un libro de Jacobo de Regoyos. Es un corresponsal de Onda Cero y, sí, el tío abuelo de su padre fue el Regoyos que acompañó a Émile Verhaeren en la redacción de La España negra. Por extraña coincidencia, en la sala hay un tipo de ojillos roedores, bigotazo cano y gafas de alambre que bien podría ser el sobrino bisnieto del propio Verhaeren, lo que da al acto carácter de revancha diferida y casi mitológica. Porque Regoyos, este Regoyos, ha escrito algo así como La Bélgica negra, un libro titulado Belgistán que las Prensas de la Universidad de Corcho han traducido al francés. Su subtítulo presenta este país —esta Babel de techos bajos donde todo el mundo es presidente de alguna cosa— como el laboratorio de las políticas nacionalistas en Europa. «Pero es un laboratorio cuyas fórmulas no son nada novedosas», le digo al autor durante el piscolabis; «el trazado de fronteras en función de áreas lingüísticas o culturales ha sido una política consciente y hegemónica en Europa desde la II Guerra Mundial». Esto lo había leído esa misma mañana, mientras me comía el bocadillo, en un magnífico artículo de Álvarez Junco publicado en El País. «Lo chulo sería tratar de construir entidades políticas multiculturales, pues nuestras sociedades cada vez serán más heterogéneas» (esto también lo decía Álvarez Junco); y todavía tengo el cuajo de añadir: «desde estar perspectiva, podría darse la irónica circunstancia de que el auténtico laboratorio de Europa no fuera Bélgica, sino más bien Suiza, el único país centroeuropeo que no pertenece a la Unión». Regoyos me mira asombrado: «¡Es exactamente lo que yo digo en mi libro!» Y abriendo un ejemplar me demuestra que al final del capítulo siete, u ocho, figuran casi las mismas palabras.

Con ese prólogo, y el tono moral ya bastante reconfortado con las dos crêpes habituales del figón bretón de la calle Pont d’Avroy, llego a casa y recuerdo que es día 15, y que el día 15 se emitía el debate entre los candidatos a la presidencia de la Unión Europea. Me preparo una infusión de salvia y pongo la tele (es decir, internet) esperando encontrarme algo así como el Festival de la Canción de Eurovisión. Pero lo que veo me deja todavía más estupefacto.

Lo que veo es un debate con argumentos políticos, caras nuevas, proyectos económicos, política energética, ideas de futuro, calentamiento global, balances del pasado nada complacientes, uso de lenguas extranjeras, réplicas de contornos bien definidos —incluso por momentos contundentes— y toma de responsabilidad en la gestión del turno de palabra. Aun admitiendo que el formato resultaba artificioso y poco propenso a meterse en honduras, con temas forzados y respuestas de un minuto, resulta refrescante ver un debate político sin papeles barcenianos, sin derecho a decidir, sin conferencias episcopales, sin nada remotamente comparable a los bizantinismos belgas sobre demarcaciones electorales o espacios lingüísticos aéreos; un debate, en fin, en el que los participantes no arriman al ascua la sardina y, si hace falta, se comen la patata caliente. Y siento cómo, en mi interior, las crêpes dan saltos de alegría.

Entre los candidatos hay una muchacha morena, con el pelo a lo garçon, que reparte sopas con honda como una ninja de la dialéctica. Se trata de Ska Keller, la representante de ese Partido Verde continental que ha fagocitado sin complejos las propuestas más coherentes del socialismo. Como Kathleen, la candidata de los Verdes nació en 1981 en la RDA, como Kathleen conoce las aulas de la FU de Berlín, y como Kathleen no se anda con contemplaciones. La miro batirse el cobre en vivo y en directo para los cientos de miles de espectadores que de repente descubren una Europa que sí merecería la pena construir y de repente, por primera vez en la Historia, tengo ganas genuinas de twittear algo.

—¡Dales caña, Ska!

Enseguida se me pasa, porque las cacareadas redes sociales están demostrando una vez más su ilimitada capacidad de distracción. Un presentador toma la palabra de vez en cuando para resumir los hilos de discusión que se tejen en Twitter alrededor del debate, y se le ve bastante incómodo. El hashtag más seguido era uno sobre los derechos del pueblo romaní, pero inmediatamente después creo que iban #mistetas y #achilipún. Al final el presentador termina limitándose a decir que las redes sociales «están que arden», sin entrar en detalles que no harían más que sonrojarnos a todos. 

El de las redes sociales viene a ser exactamente el mismo plano en que evoluciona la prensa española, en la que al día siguiente no se decía una palabra del debate sobre la presidencia europea. Ni siquiera se comentaba la cagada antológica del candidato griego Tsipras, quien dijo que en Cataluña «tendrá que ocurrir algo, no sé, algo como lo que está ocurriendo en Ucrania». A lo que la prensa española dedicaba toda su capacidad de atención, que no es mucha, era a las vacuidades y a los desplantes de Arias Cañete.

(P. S.: Dos días después sí se publicaron algunos artículos sobre el debate europeo; uno de ellos, muy mal escrito, mencionaba que en España lo siguió el 0,9 % de la audiencia.)