Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

lunes, 15 de febrero de 2016

Muy a primeros de enero estuvimos cenando en casa de mi hermano Nacho. Le han estado convocando a un montón de tribunales de tesis, dos o tres al mes, porque el reglamento actual del tercer ciclo está a punto de extinguirse y quien tiene una tesis a medio escribir tiene dos opciones: o la defiende ahora a matacaballo, o se la come con patatas. En lo sucesivo, el doctorado se obtendrá moviendo la cadera mientras el tribunal improvisa unas rumbas de tema epistemológico.

El caso es que en una de esas defensas morganáticas Nacho iba a coincidir con Juaristi.

—¡No me jeringues! ¡Qué suerte!

Eduardo y Emilia me llevaron a verlo a alguna lectura pública allá por el cambio de siglo (julio de 2000 según mis diarios, que no entran en detalles), y desde entonces lo leo con admiración. Su obra posee un formalismo simpático, con sonetos holorrimos, rimas correlativas y sextillas manriqueñas. Los poetas actuales que, como él, versifican sobre algo más que la propia vida sentimental, se cuentan con los dedos de las manos. Recuerdo que tiene un poema en el que cuenta cómo un oficial apellidado Ceballos le amargó la mili. Nacho se va al dormitorio y vuelve con las poesías reunidas. Leo:

El brigada Ceballos, que hoy será
—y es concederle mucho— subteniente,
nos hacía perder las tardes tontas
imperdonablemente.

Yo, por lo menos, no le he perdonado
las mil horas o más que me robó.
«¡Por la Patria, muchachos!», nos decía.
Amo a mi patria, pero, digo yo,

qué tendría que ver la pobre patria
con los delirios del chusquero aquél.
Le echaba al cuerpo más ardor guerrero
que si fuese teniente coronel.

El poema prosigue contando cómo en cierta ocasión el brigada Ceballos se inventó unas maniobras en las que el batallón debía enfrentarse con dos divisiones del ejército del Pacto de Varsovia que habían remontado el Ebro. Que las divisiones fueran hipotéticas no las hacía menos peligrosas. Juaristi continúa:

«¡Silencio! ¡Están aquí!», bramó Ceballos,
y ordenó acto seguido «¡Cuerpo a tierra!»
Me eché al suelo temblando de emoción.
¡Por fin iba a saber lo que es la guerra!

El cuerpo de Ceballos describió
una amplia trayectoria parabólica
y se esfumó de pronto ante mis ojos.
Aquello parecía obra diabólica.

La desaparición de mi pariente no la provocaron el diablo ni los rusos, sino una zanja que se abría en mitad de la noche. Ceballos quedó hecho un ecce homo y tuvieron que transportarlo en parihuelas; luego, el batallón se extravió y anduvo vagabundeando en despoblado durante horas.

Terminada la lectura, mi hermano se queda pensativo. «¿Tu te acuerdas de aquella historia que papá cuenta siempre de cuando estaba en milicias?» Sí, recuerdo vagamente que le encargaron dirigir unas maniobras pero se perdieron y aparecieron al día siguiente a cuarenta kilómetros; en mi recuerdo, la marcha que dirigía mi padre se transformaba en un cortejo báquico, se perdía y la cosa terminaba tan mal que lo degradaban a sargento. No sé si me lo he inventado, pero creo que las cantimploras estaban llenas de cazalla. No obstante, empiezo a comprender con angurria que esa batallita bien podría ser la versión dignificada de otra mucho más cazurra que nunca fue contada a nadie, algo así como el relato que Soraya Sáez de Santamaría haría de un razonamiento teológico del supernumerario ministro de Interior, omitiendo discretamente las alusiones al ángel de la guarda y al alma inmortal del nasciturus.

Sacamos la botella de pacharán para templar los nervios. Echamos cuentas con los dedos: Juaristi es del 51, por lo que no es matemáticamente imposible que hubiera entrado en quintas cuando mi padre estaba en el último verano de milicias. La psicología del personaje también encaja: a nuestro padre lo creemos muy capaz de enfrentarse a pecho descubierto no ya a dos divisiones del Ejército Rojo, sino a cuatro círculos de Podemos que capitanease Juan Carlos Monedero en persona.

Unos días después, le pedimos a mi padre que nos cuente de nuevo su versión de los hechos. Lo que cuenta es que estuvo de milicias en Zamora —por donde no pasa el Ebro, como enseguida observamos mi hermano y yo— y en unas maniobras él y otros suboficiales decidieron cambiar la ruta para irse a Villaralbo o a no sé qué pueblo provisto de una boîte rupestre en la que habían quedado con unas chavalas. Desde el puesto de mando les llamaban por radio:

—¿Cuáles son sus coordenadas, cambio?
—41,5 grados oeste y 5,97 grados sur, cambio.

Pero en realidad estaban varios segundos más al norte. Unas horas después fueron a buscarles con carros blindados y los sacaron de la boîte a punta de cedme. Todos los universitarios se licenciaban de alférez, pero a mi padre la broma le costó la estrella y se quedó en sargento. Si en aquella ocasión no llega a intervenir el Estado Mayor, es posible que yo no estuviera hoy escribiendo estas líneas, o que las estuviera escribiendo desde la cafetería de Alfonso, que es la única de Villaralbo que tiene wifi gratis.

Han pasado varias semanas desde aquellas conversaciones, y ya se ha celebrado la famosa defensa de tesis. Al volver a casa, Nacho me escribió un correo electrónico en el que decía lo siguiente:

Esta tarde gris y cálida de invierno, en un aparte durante la defensa de una tesis doctoral, Jon Juaristi nos ha expulsado de la historia de la literatura. Confesó casi en un susurro que el brigada llamado Ceballos («que hoy será / —y es concederle mucho— subteniente») se llamaba, fuera de la diégesis poemática, Murillo.
El consuelo reside en pensar que, en la imaginación de un buen poeta, el apellido Ceballos pudo tener resonancias de personaje de ficción. A mí me basta.

Pues a mí no. Me alivia saber que mi padre no puteó a un escritor al que admiro, pero me frustra perder los lazos familiares que me unían con Juaristi y que ya me hacían sentir con derecho a autoinvitarme a la celebración de Januka (Juaristi se ha convertido al judaísmo, creo que sólo por llevarle la contraria a mi padre). Si la literatura nos quita los galones que merecemos, los Ceballos sabremos recuperarlos manu militari. ¡Por la Patria, muchachos!

Post scriptum
Con los párrafos precedentes ya en galeras, como aquel que dice, me escribe mi padre para aclarar que hizo milicias en el desaparecido campamento de Montelarreina y que el objetivo de las maniobras de marras no era conquistar Villaralbo, sino Toro, aunque él consideró más oportuno conquistar a unas zamoranas que le habían citado para desayunar (sic). Su hazaña —dice— se mantuvo viva durante años en la tradición oral, y no sería de extrañar que hubiera llegado a oídos de algún poeta vasco. 

sábado, 16 de enero de 2016

Hoy se clausura la exposición de Parrondo y he venido a entrevistarle. Parrondo es un señor que hace cuentos de niños para adultos. También hace canciones de adultos para niños, y escribe relatos en los que no ocurre nada, y pinta ilustraciones que sólo guardan una relación remota y apenas discernible con lo ilustrado. Parrondo —otro Parrondo— dio nombre a una paradoja matemática según la cual es más fácil ganar a dos juegos siendo un mal jugador que jugando a uno solo. Pero Parrondo —el primer Parrondo— juega muy bien a muchos juegos.

Paseo por la exposición. Hay frases escritas por las paredes, enormes acuarelas y pruebas de color de muchos de sus libros. Sobre una columna Parrondo ha escrito «LEA ESTO», y debajo hay una flecha muy grande de madera que apunta a una palabra microscópica, escrita medio metro más abajo. Me acerco a leerla forzando la vista. En letra muy pequeñita pone: «esto».

Una de las salas de la exposición se llama «Museo del agujero», y reúne dibujos y esculturas sobre agujeros. También hay papeles con agujeros, un agujero descendiendo una escalera, agujeros en la moqueta y agujeros en la pared. Me acerco al responsable de la sala y le pregunto:

—Este agujero de 15 cm de diámetro en el muro de ladrillo, ¿estaba ya o lo han hecho para la exposición?
—Se ha hecho para la exposición, sí.
—Ah. ¿Y cómo lo van a tapar luego? Porque la pared tiene más de un palmo de grosor...
—Ya veremos.

Parrondo escribe y pinta con un pie al borde de lo imposible: el relato que termina con la misma situación con la que comenzaba (Ni plus ni moins), los cuentos que no cuentan nada porque ellos mismos son los protagonistas (Histoires à emporter), el cuento de antes de dormir que es rectificado a cada rato por los niños (Allez raconte), el código de circulación para una carretera circular que conduce al punto de partida (Nationale zéro). Hay en La porte una historia maravillosa y cortocircuitante en la que sale un hombrecillo que sostiene una puerta —de eso va la primera mitad del volumen— y de repente algo ocurre en su bolsillo. «Anda! me llaman!», dice el hombrecillo; «no, ahora no puedo hablar, estoy con Fulano». «Caray —dice para sí—, no le dejan a uno tranquilo». Y luego aclara, dirigiéndose al lector: «he mentido dos veces. Primero: no estoy con nadie, y segundo: esto no es un móvil, sino una piedra».

Veo a Parrondo firmando ejemplares para los visitantes, que por lo general tienen menos de diez años. El artista echa diez buenos minutos en firmar cada ejemplar, caligrafiando su dedicatoria meticulosamente con una letra que recuerda la de los cuadernos Rubio, y acompañándola de un dibujo original que improvisa tras una breve conversación con el destinatario y que colorea con una concentración enorme.

Siempre imaginé que la colección de lapiceros de Parrondo sería algo así como la colección de peinetas de Martirio. Sin embargo parece contentarse con lo que cabe en un estuche escolar de cremallera: lápices cortos y sufridos de distintas marcas que alterna sin mirar como si los conociera con nombre y apellido.

Parrondo viste con mucho carácter, sin caer en lo estrambótico. Chaqueta sin solapas, chaleco Burdeos, calcetines a juego, zapatos abotinados, pantalón de algodón con una cuadrícula imperceptible... Todo como salido de una prendería, pero de una prendería barcelonesa.

Parrondo tiene un apellido que se tiene solo, que basta y sobra, como a Ramón Gómez de la Serna le bastaba el nombre, igual de rotundo, igual de redondo. Parrondo conoce a Ramón, con el que comparte la mirada suspicaz sobre los objetos y la comodidad en las distancias cortas. Si Parrondo se llamase Ramón, sería el acabose.

Parrondo habla muy bajo. «Maldición —pienso—, cuando escuche la grabación de la entrevista sólo oiré los gritos de los niños que trotan a nuestro alrededor». Pero no, luego le oigo perfectamente hablar de sus veranos en España y de su tío, que ganó dos Oscars aunque nadie lo sabe, mientras los niños juegan y ríen con la boca llena de bizcocho.

viernes, 15 de enero de 2016

Fui a la presentación de Principia semiotica, que previsiblemente será la última de las opera magna del Groupe µ, el célebre equipo de semiólogos de Lieja, cuyo miembro más joven tiene actualmente setenta años. Son seiscientas páginas de «semiótica materialista», según explica Jean-Marie K., uno de los autores: un intento neodarwinista de estudiar la transmisión de información y la creación de sentido desde mucho más atrás de la especie sapiens, en un continuo que va desde las amebas hasta Baudelaire. (Ya es conocido que también los animales gestionan información de manera verbal; los primates, incluso, de manera analógica, poética: un chimpancé señala su mejilla para, por contigüidad, simbolizar una lágrima que, por analogía causal, significa «tristeza»).

Esta recursividad semiológica (A significa B, que significa C, que significa D) es mucho más limitada en los lenguajes parciales de las ciencias puras. Allí rige el principio del tercero excluido, lo que implica que 2+2 es 4 o no es 4, pero no puede ser a la vez 4 y no 4. «En poesía —dice Jean-Marie— no es imposible conciliar una proposición y su contrario; es más, es lo deseable». No sé si es deseable, pero lo que sí sé es que la lógica formal tampoco rige en los usos cotidianos de los lenguajes naturales. Así lo demostró hace unos días mi sobrina Nora, de dos años. Estaba haciendo cucamonas a su primo, que tiene sólo ocho meses pero que pesa casi tanto como ella, y dijo «el primito Jaime es muy pequeñito». Hasta ahí todo bien, todo perfectamente lógico (A = p); pero enseguida añadió «...¡y muy grandote!»: A = p = (no p). De paso, Nora nos hacía una demostración de malabarismo con sufijos no referenciales: los diminutivos empleados a despecho del tamaño objetivo de la criatura, y el aumentativo —en apariencia superfluo, pues se aplica al adjetivo «grande»— con función expresiva. 

Unas semanas atrás Nacho le mandó a Kathleen por WhatsApp un vídeo en el que nuestro sobrino Martín, de cuatro años escasos, lee sus primeras palabras. Lo habían puesto delante de un planisferio, y le señalaban un país al azar:
—L... I... li... B... lib... I... A... ¡Libia!
Después de una o dos demostraciones más, Martín da botes de excitación y, ante el asombro de sus padres, explica lo que ocurre: «¡es que veo las letras y las oigo!». Leer, decía Quevedo, es escuchar con los ojos. Leer es otra paradoja lingüística, una sinestesia maravillosa que produjeron hace apenas 4.000 años los alfabetos fonológicos.

He oído que en muchas escuelas belgas los niños que aún no sabían escribir entregaban sus ejercicios firmados con un dibujito que los identificaba: uno era el tren, otro la casa, otro el pollito, otro la mosca. El tren significaba «Vincent», la casa significaba «Véronique,», el pollito significaba «Valérie». Nadie quería ser la mosca. (¿Soy el único al que le sorprende que niños demasiado pequeños como para saber escribir tengan que entregar ejercicios? Este país no le pone las cosas fáciles a nadie). En las matemáticas y en lógica formal las letras funcionan de la misma manera que los dibujos de las escuelas primarias belgas, no guardan con su referente una relación unívoca. El matemático o el lógico piensan «(2x+y) / 3 = 14», o «la proposición R», y se atusan el bigote y ponen «R» o «x» como podrían poner un pictograma o un moco. Son letras que no suenan. O sí suenan, pero a hueco. 

Pero volvamos a Martín, quien unos días más tarde se topa con una dificultad inesperada. Yo mismo pongo entre sus manos uno de los regalos que ha traído Papá Noel desde Alemania, y le pido que lea el nombre de su destinatario. El ejercicio tiene truco, porque antes del nombre, sobre el envoltorio, figura un adjetivo en alemán: kleiner, «el pequeño». Martín se atranca a la tercera letra.

—¿Pero tú no sabías leer? —le pregunto con muy mala uva.
—Sí —responde—, pero sólo letras.

A veces Martín parece el Principito de Saint-Exupéry. Es una respuesta honda y correcta, porque aunque aprendemos a leer letra a letra, en realidad leemos palabras, y todos reaccionamos con el mismo derrotismo que mi sobrino cuando nos piden que leamos una combinación de letras que no reconocemos como una palabra, por ejemplo esas imposibles longanizas alemanas como «Streichholzschächtelchen». Por extraña paradoja, no nos convertimos en lectores competentes hasta que dejamos de leer letras y empezamos a leer palabras. Por eso no percibimos muchas de las erratas de los libros, y por eso podemos entender textos en los que se han tratsocado sistemáticamnete dos lertas de las parablas que teinen cicno o más. El alfabeto fonológico sólo empieza a ser útil de verdad cuando construye formaciones que identificamos en bloque, como si fueran pictogramas. 

Todo ello requiere, claro está, una sensibilidad muy desarrollada a variaciones mínimas en los trazos, análoga a la que exigimos de nuestro oído para distinguir «pelo» de «pero». Martín no hace mucho que dejó de decir «picote» en lugar de «bigote», y todavía tardará algún tiempo en reconocer las líneas apenas perceptibles que distinguen unas palabras de otras. Tristán, su hermano mayor, las tiene ya todas en la cabeza, y sabe distinguir qué configuraciones son más estables y cuáles son más susceptibles de variación.

Resulta que, uno o dos días antes de tomar el avión de regreso a Bélgica, fuimos con la Nacho y su familia a los puestos recreativos que desde hace poco abren en el paseo del Prado los fines de semana. Después fuimos a merendar a una cafetería de la calle de San Pedro. Tristán enseguida se puso de mal humor, porque era —decía— un sitio de mayores. Intentamos animarlo jugando a encadenar palabras: «pato», «palo», «polo», «pelo», «pela»... Tristán quería intervenir cuando no le tocaba, y cuando le llegaba su turno se enfurruñaba todavía más, diciendo que la palabra que se le había ocurrido antes ya no funcionaba.

—Bueno —le dijo su madre—, pues damos por terminada esta ronda y te dejamos que empieces tú con la palabra que quieras.
—Vale, venga. Pues empezamos con la palabra «luz». Ahí os quedáis.

Qué mala leche tiene. Sale a su tío.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

De nuevo en Madrid, doy un largo paseo con Rafa, desde su nuevo apartamento en La Latina hasta Alonso Martínez. Empezamos comentando el laberinto político actual pero terminamos hablando de las redes sociales.

—Yo preferiría llamarlas «comunidades digitales» —digo—, porque si no, parece que las relaciones sociales las hubiera inventado internet.

Rafa hace un uso muy racional y controlado de los programas de socialización. Da clases de inglés desde su pueblo a través de Skype; me muestra su cuenta de Facebook y me demuestra que lo utiliza como una revista de prensa personalizada; muy del ciento al viento se mete en Twitter «para ver qué se cuece»; durante las cuatro horas que pasamos charlando sólo consulta WhatsApp una sola vez y es a instancias mías, porque le pedí que le pasase un recado a Kathleen. Son para él medios nuevos para hacer cosas viejas. En cambio, me temo que para muchos de quienes vienen detrás de nosotros las comunidades digitales sean fines en sí mismos que hay que alimentar con dosis reducidas pero cotidianas de sacrificio y falsedad.

Sentados al fin en una cafetería, Rafa me pregunta si no me preocupa quedarme rezagado, o dejar de vivir en el presente, o al menos yo entiendo que me plantea esa pregunta que, en formulaciones diferentes, escucho cada vez con más frecuencia por no socializar más en línea. Mi respuesta esta tarde me resulta menos desorganizada e incomprensible de lo habitual. Le respondo que tratar de mantener un conocimiento actualizado de todo lo que ofrece en cada momento la industria del entretenimiento —nada menos— exige un entusiasmo inmoderado y un tiempo que no tengo. Ni los tengo yo ni los tienen muchas otras personas que también viven en el presente, pero un presente roído por el trabajo, los hijos, el voluntariado, la enfermedad y con frecuencia algún vicio posesivo. Por ello, esa experiencia del presente total, del presente absoluto, es lo más seguro una quimera y en el peor de los casos un reclamo publicitario. Pero además intuyo de un modo oscuro que hay algo valioso en que coincidan en un mismo año personas anacrónicas, gentes con distintos modos de vida que se sienten cómodas en épocas diferentes. Sería otra forma de entender la multiculturalidad, una forma quizá más auténtica, porque lo que veo en las capitales europeas supuestamente multiculturales es más bien capitalismo tardío con rollitos de primavera, un melting pot de baratillo. El fantasma de la libertad se ha manifestado... y era el wifi. 

Mientras camino hacia el restaurante de la calle Almagro en el que he quedado con Giselle, Kathleen y Patricio, me digo que debería tomar nota mental de esto para escribirlo en mi dietario y que no se me olvide. Creo que tiene que algo ver con lo que vengo intentando con los artículos y con las ediciones de estos últimos años: reivindicar como contemporáneos de sus contemporáneos a escritores que fueron desdeñados como anacrónicos. Es cierto que hay diferentes niveles de cultura, con ritmos disparejos, pero no me parece políticamente aceptable que sólo algunos sean considerados legítimos en cada momento.


Me siento a la mesa de Lamucca algo cansado de andar y de hablar pero feliz de reencontrarme con mis amigos y con las alcachofas a la plancha. Giselle nos explica la actualidad social y presidencial en Venezuela, donde su hermano trata de vender videojuegos sin sucumbir al lado oscuro.

—Hablando del lado oscuro, ¿habéis visto ya la nueva película de Star Wars?

Nos olvidamos de Venezuela para discutir El despertar de la fuerza, que efectivamente acabamos de ver los cuatro. A Patricio, que ha estado trabajando un mes de crítico cinematográfico, le ha gustado mucho que los efectos especiales fueran tan contenidos. Kathleen nos resume el comentario que Frank K., su jefe, ha escrito recientemente en Facebook. Frank fue a ver la nueva entrega galáctica con su hija de 14 años, a la que la idea no entusiasmaba demasiado y que de hecho se negó en redondo a preparar la proyección viendo antes en casa El retorno del jedi. Sin embargo, acabó disfrutando de la película porque —decía— la protagonista era parecida a la de Hunger Games.

—A mí me ha parecido fan fiction de alto presupuesto —dice Kathleen—, una de esas secuelas que hacen los aficionados reuniendo los mejores momentos y transponiendo algunos detalles como el género o la raza de los personajes.

Frank K. también escribió en Facebook que había visto llorar a algunos espectadores.

—Yo lloré cuando aparece Luke —dice Patricio—. La escena final en la que Rey lo encuentra es, además de estremecedora, la más cara de la película: al actor han tenido que hacerle miles de retoques digitales para que parezca tan viejo como debería ser, porque se ha hecho tantas operaciones estéticas que cuando empezaron el rodaje ni siquiera tenía aspecto humano.

Yo ni llóré ni entendí qué falta hacía que encontrasen a Luke Skywalker. Me explican a coro que viene a ser algo así como la aparición de Dom Sabastiaõ, un líder que regresa de entre los muertos para reunir a sus tropas y devolver al pueblo luso, o jedi, el lustre de antaño. A mí me parece que, para ser una sorpresa, venía anunciada ya por demasiados heraldos: el Halcón Milenario, Han Solo, Chewbacca, Leia y hasta los Laurel y Hardy robóticos van reapareciendo por goteo durante las dos horas anteriores.

Kathleen tampoco quedó muy convencida con ese final. Por un lado, dice, la irritaba que el cliffhanger que conduce a la siguiente entrega de la saga estuviera tan marcado; por otro, lo que a ella de verdad le habría gustado es que, al aparecer Luke al final de la película, no hubiera envejecido, sino que siguiera teniendo el mismo rostro que en La guerra de las galaxias. Esto habría exigido también una mano de Photoshop, pero quizá menos importante de la que requería hacer verosímil al Mark Hamill de 2015.

Ese final habría sido brillante y habría convertido a la película en una magnífica metáfora de sí misma, pues para todo el mundo ha terminado resultando evidente que su auténtico tema es la abolición del tiempo, la recuperación de la experiencia de sentarse en un cine en 1977 y de ver como si fuera la primera vez el Halcón Milenario, la cantina galáctica, el duelo de sables láser y la incursión de los X-Wings en la Estrella de la Muerte, aunque ahora no se llame Estrella de la Muerte sino otra cosa. El envejecimiento de todos los actores e incluso de la alta nobleza jedi constituye una traición imperdonable al imperio de la nostalgia.

viernes, 11 de diciembre de 2015

—Mira qué voz tengo —me dice mi madre por teléfono. Suena como un teleñeco.
—¡Mira qué voz tengo yo! —respondo con entusiasmo: estos días pensé que me estaba volviendo imbécil, y era que estaba incubando una faringitis.

A continuación llamo a Kathleen: «¡Mira qué voz tengo!». Teóricamente debemos encontrarnos mañana en Hannover para acudir a la fiesta de una amiga suya, y luego seguir viaje hasta Berlín, donde hemos quedado en hacer fondue con Julia y Chris. Todo me haría mucha ilusión si tuviera el cuerpo serrano. Kathleen me pregunta si aún quiero ir a Hannover, y yo le digo que haré lo que ella prefiera, dejando que mi voz de Corleone sugiera lo que yo no me atrevo a sugerir, pero para Kathleen el compañerismo matrimonial está por encima de la compasión. «En la salud y en la enfermedad» lo había entendido yo siempre de otra manera.

De modo que al final fui a Hannover, me quedé en el hotel mientras ella iba a la fiesta de su amiga, le pegué la faringitis, llegamos a Berlín, pusimos a infundir medio kilo de salvia y aplazamos la fondue.

No recordamos haber estado antes enfermos los dos a la vez. Resulta económico, porque el baño con eucalipto cunde más, se agotan las cajas de medicamentos y no hace falta cocinar un plato para enfermos y otro para sanos. Uno puede hundirse en el derrotismo y disfrutar de su condición miserable junto a ese compañero de infortunio que poco puede contagiarle ya. Por la noche, mientras vemos una película sobre el fin del mundo, le digo «¡ánimo! Piensa que estas cosas entrenan al cuerpo». Pero ella responde enfurruñada «¡sí, lo entrenan a morirse!».

No la sabía yo tan filosófica. El sistema inmune se entrena con cada enfermedad y en cierto modo aprende a sobrevivir, pero la enfermedad también nos recuerda que el tiempo de esa supervivencia está medido, y que resulta irresponsable despilfarrarlo viendo vídeos de gatos en YouTube. La faringitis nos pone la ceniza en la frente, y las galletas con forma de minions que me ha traído Kathleen me sirven de viático. En cuanto remite la fiebre bato el récord de velocidad en la redacción de una reseña (modalidad «bombardeo de napalm») y dejo a medio leer otro libro de Vila-Matas: hay muchas y mejores cosas que hacer antes de regresar al polvo.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Un colega ha organizado un congreso titulado «Leer, pensar y escribir hoy». Parecía un tema lo bastante amplio como para que cupiera dentro cualquier cosa, ¿verdad? Pues no. La profesora que ha pronunciado la conferencia inaugural, una catedrática de la universidad de Columbia, ha conseguido evitar relacionarse con cualquiera de los tres verbos propuestos. Si el congreso se hubiera llamado «Disparatar, especular y mistificar hoy» seguramente habría hecho mejor papel.

En realidad sí pronunció la palabra «leer», aunque sólo una vez y en una frase cuando menos rara: «La obsolescencia y politización del tiempo eran una forma de leer el presente». Menuda frase. Es una frase que me produce una reacción casi animal de disgusto, algo así como una tirria infanticida, y no sé por qué, porque su sintaxis es más o menos correcta. Frases como esta eran las que de antiguo conjuraban los demonios. Quizá lo que la profesora quería decir era que el presente no se explica solo, que hay que conocer el pasado para comprender el presente, pero para eso habría que ser un poco historiador, y ella se alegra de no serlo.

—¿De verdad ha dicho que afortunadamente no es historiadora? —le pregunto a la persona que está sentada junto a mí.
—Sí, de verdad lo ha dicho.

Al parecer, en las universidades de élite norteamericanas la gente va tan sobrada que se enorgullece de no saber cosas. Igual es una reacción refleja frente al conocido antiintelectualismo estadounidense, pero eso vendría a ser como argumentar contra el racismo pintándose la cara de blanco.

La ponente estrella no ha sido la única en ufanarse de su ignorancia. Uno de los cuentistas hispanoamericanos a los que ha reunido la organización del congreso asegura que su obra trata fundamentalmente —y cito— «de eso de mi ignorancia de lo que es el realismo». Si tuviera dos horas libres varias de las personas presentes en la sala podrían explicarle lo que es el realismo para que pudiera dedicarse al fin a escribir sobre la repoblación del lobo europeo, la bisutería cristiana de plástico fosforescente o —y esto es un asunto que de verdad merece una autoficción— los líquenes que sobreviven durante semanas en el espacio exterior en ausencia completa de nutrientes, gases e internet.

Este mismo autor, el mexicano David T., nos explica que cuando imparte talleres de escritura todos sus alumnos usan términos de comparación cinematográficos: «esto es un giro tan inesperado como lo de las ranas en Magnolia», «este personaje se parece al Sr. Lobo de Pulp Fiction», «imagino este relato como una película de Wes Anderson»... Incluso cuando hablan de Doctor Zhivago se refieren al final de la adaptación, y no al de la novela de Pasternak. Cuando David T. les prohíbe que hablen de cine y les encarece que pongan ejemplos literarios, los aspirantes a escritores simplemente se callan. «¿Por qué?», se pregunta nuestro novelista. La respuesta es evidente, pero pronunciarla en voz alta sería como quitarle un dulce a un niño.

Curiosamente, en cuanto se empieza a hablar de películas los propios escritores se vuelven dicharacheros. Alejandro Z. obtiene de mí el respeto que no le ganaron sus relatos cuando afirma que decir que Breaking Bad es una novela constituye una enorme estupidez. También Hernán R. echa su cuarto a espadas, esta vez en defensa del séptimo arte: a sabiendas de que David T. reverencia la novela decimonónica, explica que leer una novela en el siglo XIX era sobre todo ver un mundo reconstruido. La frase es inteligente; más aún —lo uno no es condición necesaria de lo otro—: es probablemente cierta. Los fundadores de la estética realista describieron su actividad mediante analogías de la reproducción visual de la realidad: «panorama», «cuadro», «daguerrotipo», «linterna mágica», etc. Pero para darse uno cuenta de eso le tiene que gustar un poco ser historiador.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Esta semana la lucha antiterrorista ha conducido al cierre de la universidad de Bruselas, y yo he recibido varios correos electrónicos en los que, con cautela y cariño, se me preguntaba si estaba bien. Tengo que confesar que no, que aquí en L*** vivimos en un estado de terror permanente, amenazados de continuo por las reuniones sorpresivas, las comisiones desmoralizantes y la barbarie de las interfaces digitales que sirven para que se tarde más en hacer lo mismo. Los fundamentalistas de la burocracia están entre nosotros y no atienden a razones. Se sospecha que también hay muchos entre los refugiados. Uno sale a la calle tan tranquilo y cuando menos se lo espera puede estallarle al lado una ley de ordenación universitaria que reduzca su vida a aporías y errores de definición. Han hecho bien en Bruselas cerrando la ULB y permitiendo que la gente estudie y trabaje desde casa con calma relativa. Puede que para salvar las universidades haya que cerrarlas.

En nuestra provincia, el curso actual está siendo arrasado por una reforma de 17 gigatones que ha transformado la matriculación en un proceso de selección a la carta, suprimiendo los menús —o sea, los años de estudio con un contenido más o menos determinado—. La primera consecuencia es que el sistema informático ha saltado por los aires y ha habido que hacer todas las matrículas a mano, con lo cual la secretaría de la Facultad se ha convertido en algo parecido a la enfermería de campaña de M.A.S.H. 

El martes tuve ocasión de charlar brevemente con una de las heroínas que se están batiendo el cobre en esa trinchera:
—¿Cómo es que todavía no hemos juntado firmas al pie de una carta abierta contra esta reforma?
—Porque los belgas son unos borregos.
Se conoce que en Bélgica los belgas son los otros. Al ritmo de bochornos colectivos que padecemos, a los españoles no tardará en ocurrirnos lo mismo.

Las nuevas reglas han propiciado situaciones tan singulares como esta, que me cuenta un colega:
—Hoy ha venido a verme una estudiante y me ha dicho «debo matricularme en su asignatura, pero no debo aprobarla».
—¿Y tú qué le has respondido?
—Que era difícil no aprobar mi asignatura, pero que haría todo lo que estuviera en mi mano.
(Representación alegórica)
Los drones del rectorado han sometido al personal docente e investigador a un intenso bombardeo de siglas. Nuestro ánimo ha sufrido cuantiosos desperfectos. Armado con la clave criptográfica descifro el acta del último consejo de administración: «el VD-R (video recorder), en concertación con la URIF (Unions régionales de l’Ile de France), revisará los KLO (retrete, en alemán) para comprobar que se adecuan a lo dispuesto por la CSF (cerebro-spinal fluid); el informe resultante —siempre tiene que haber un informe, abreviado PV (per vaginam)— será avalado por los demás VD (veneral desease) y enviado a CAI (Cádiz)». No sabía yo que la cosa estaba tan interesante.

A principios de semana, mientras esperaba el ascensor, escuché sin querer una conversación entre un catedrático y un postdoc de Ciencias de la Antigüedad. Creo que no se referían a Nefertiti:
—Va a resultar difícil regularizarla, porque no es un puesto institucional —decía uno.
—Llegado el caso, tendremos que revisar las cargas docentes para equilibrar los créditos —decía el otro, poco más o menos.
En cambio, esta mañana me he cruzado con la célula terrorista de los vicerrectores, que salía a comer, y he oído que uno le decía a otro: «Parece que el champán de este año es excelente».