Así, a primera vista, yo no soy un emigrado económico. Yo me fui porque quise, no porque me echasen. De hecho, como salí de España en 2002 lo que no llegué a ver fueron los años orgiásticos del ladrillazo y las mordidas, esos años en los que el país lideraba el consumo de cocaína en Europa y mindundis que en su vida habían dado palo al agua se pulían cien euros en copas un martes por la noche. Sin embargo, aunque el país no me echase tampoco es que me esté poniendo fácil volver. Esto es lo del marido tarambana que se va de farra todo el fin de semana y cuando vuelve a casa se encuentra con que la parienta le ha cambiado la cerradura. No le han tenido que echar a patadas: lo han puesto en la calle sin alborotos y un poco a lo tonto.
La alegoría hay que afinarla, en realidad, e imaginarla con un desenlace menos sainetero. El marido tarambana no se habría pasado de farra un finde, sino todo el puente de la Constitución más tres moscosos que le quedaban, y todavía en el áfter, de bajona y poco antes de pedir el enésimo Hendrick’s, contemplaría sus llaves y se diría «de fijo que me han cambiado la cerradura». Todavía en el áfter y poco antes de pedir el enésimo Hendrick’s caigo en la cuenta de que, sin ser demasiado consciente de ello, he ido excluyendo la posibilidad del retorno. He buscado trabajo en cuatro países de Europa central y no se me ha ocurrido acreditarme para la universidad española. Sin duda se trata de una decisión involuntaria, de un acto fallido psicopatológico y revelador. Y es una pena porque, aunque no soy ningún patriota ni creo que en España se viva mejor que en ninguna otra parte, sí querría dejarme zurrar más a menudo por mis sobrinos, acompañar a mi madre a las manifestaciones, sacarme un abono del Teatro de la Zarzuela y comerme unos boquerones fritos como Dios manda.
Podría entrar por la ventana, escalando el canalón de desagüe, pero tampoco es eso. No voy a volver para currar con un contrato cogido con alfileres e hipotecarme en un semisótano de un país que tiene un plan energético del año de Maricastaña, unos informativos serviles, unas playas convertidas en la zona común de la urbanización y la mitad de los profesores de secundaria contratados a dedo por congregaciones religiosas.
Luego está el tema de las universidades españolas, que me tiene loquito. Por los Erasmus que me llegan, empiezo a sospechar que hace ya unos años que las transformaron en parques temáticos y la peña todavía no se ha enterado. El otro día una chica de Salamanca me puso por escrito que la Celestina se publicó en 1949, que el andaluz es una lengua «porque no se entiende» y que «La infanzona de Medinica» —poema de Valle-Inclán que tenía a la vista— trata de una señora que es una «infona» (sic). Y así me vienen todos, o casi todos, que es para darles un besico en la frente. Y eso que estudian en universidades públicas, porque «en última estancia» —como habría dicho la estudiante de hace un momento— el panorama verdaderamente desolador es el de esos mataderos industriales de la enseñanza superior que son las universidades privadas a distancia, y no entro en detalles porque están dando de comer a varios parientes y amigos.
España es un país para viejos, al que quizá regrese cuando ya no tenga aspiraciones ni principios. Entre tanto, tiene pinta de que seguiré por aquí fuera, aunque sólo sea para acoger a mis sobrinos si dentro de tres legislaturas deciden ser otra cosa que camareros. Le pido al del áfter que me traiga otro Hendrick’s (el último, lo juro) y el DJ que lo conoce toca el himno de las doce, que resulta ser este temazo de La Puta Opepé: «mira cómo va: nos la han vuelto a meter, / cuatro años más de derecha en el poder, / ese partido nunca se cansa de joder, / dime tú qué vamos a hacer».
Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:
Nos seguimos leyendo.
sábado, 25 de junio de 2016
Como nos vamos a Madison el año que viene, las chicas de oro del comité de barrio me organizan un aperitivo de despedida. Le llevo a cada una un tiestito con una planta suculenta que florecerá de nuevo cuando regresemos.
—Es como la planta de E.T.
Necesitan mucho sol y poca agua, que es lo contrario de lo que hay en este país, por lo que dudo mucho que lleguen siquiera a fin de año.
Hablamos de si los puericultores y maestros de primaria necesitan una formación de máster, que es algo por lo que Anne lleva años abogando. Se cuentan varias historias y batallitas sobre cómo era de antes la escuela. Cosette (nombre ficticio) cuenta que un día, cuando tenía siete u ocho años, le mandaron hacer una labor de ganchillo para el día de la madre. Digo yo que sería más bien bordado, porque el ganchillo es muy difícil para niños tan chicos, incluso para los belgas, que tienen memoria genética del encaje. Fuera bordado o ganchillo, lo importante es que la madre de Cosette había muerto unos meses antes. «¡Es igual! —repuso el maestro—; tú hazlo igual que tus compañeras». Cosette dedicó la mañana a destrozar el bordado dando puntadas furiosas en todos los sentidos. Sesenta años más tarde todavía se crispa al recordarlo:
—¿Cómo va a dar igual que tu madre esté muerta si la tarea es hacer un regalo para el día de la madre? El caso es que unos años más tarde el hijo de ese profesor se suicidó, y yo pensé «¡ja!, ¡le está bien empleado!».Todos reímos con incredulidad. Anne interpreta la historia como la prueba palmaria de la importancia de dar una formación adecuada a los maestros, de modo que estén equipados para resolver convenientemente todo tipo de situaciones; porque si no, dice, al final es siempre el niño el que tiene que lidiar con ello, no sólo con la violencia —física o simbólica— de cada incidente, sino también con complejos de culpa que, como la anécdota de Cosette pone en evidencia, se arrastran el resto de la vida.
Cosette pincha una aceituna y dice «oh, yo estoy bien, no te preocupes», y yo pienso en lo triste que resulta esperar a que sea un profesor de universidad quien le explique a la gente cómo de absurdo es obligar a los huérfanos a preparar regalos el día de la madre.
sábado, 28 de mayo de 2016
Jonas, el novio de Maria, nos propuso participar en una especie de manifestación ciclista que tiene lugar todos los últimos viernes de mes y que se llama Masa Crítica, «Critical Mass». Inflo los neumáticos de mi vieja bici verde y nos encontramos con él y con unos amigos suyos en un kiosco de bebidas de Neukölln. Jonas compra dos Lager de medio litro; abre una y mete la otra en su mochila. Varias personas pasan recogiendo firmas para la celebración de un plebiscito sobre la adecuación de la calzada al tráfico ciclista. Quince minutos después el barrio está colapsado de bicis y empiezan a sonar los timbres: hemos alcanzado la masa crítica y hay que ponerse en marcha.
A nuestro alrededor vemos gente de todas las edades; muchos conducen con una mano y tienen en la otra una botella de cerveza; alguno lleva un remolque con bafles y va pinchando música desde el iPhone. También hay alguno que va en patinete, o en triciclo, o en silla de ruedas. Al llegar a los cruces dos o tres valientes se paran para contener a los coches cuando cambie el semáforo.
—¡Eh, quitaos de en medio! —grita un conductor— ¡El semáforo está en rojo!
—Lo siento, somos un grupo de ciclistas y no podemos separarnos.
El conductor se baja del coche y nos increpa haciendo gesticulaciones de drama calderoniano.
—¡Panda de cretinos! ¡¿Alguno de vosotros ha leído el código de circulación?!
Ahora que lo menciona, el artículo 27 del reglamento de tráfico alemán determina que un grupo de más de 15 ciclistas es considerado como un gran vehículo. Esto significa que pueden ocupar carriles enteros de la calzada y que la circulación del grupo no se puede interrumpir en un cruce. En otras palabras: el pelotón debe continuar circulando aunque el semáforo se haya puesto en rojo. Lo interesante es que este artículo del código se aplica tanto a un grupo de 16 ciclistas como a uno de 16.000.
A lo largo de la noche nuestro pelotón llegará a tener casi tres kilómetros de longitud y a ocupar los cuatro carriles de las principales arterias de Berlín. Pensábamos que se trataría de una concentración simbólica, cosa de hacerse la foto y marcharse a la bodega, y al final nos pasamos cuatro horas pedaleando sin parar por todo Berlín Oeste, de Schöneberg a Wedding, para arriba y para abajo, hasta sumar 40 kilómetros largos. Por una noche los ciclistas hemos podido decir, como dijo hace cuarenta años cierto camaleón político hispano, que la calle es nuestra.
Kathleen y yo entonamos el estribillo de una vieja canción de Die Prinzen que empieza «jeder Popel fährt 'nen Opel», y que en castellano viene a querer decir: «los memos conducen un Opel, los capullos conducen un Ford, los tontos un Porsche, los gilipollas un Audi Sport, los tarados van en un Manta —ya he dicho que la canción es vieja—, los pringados en Jaguar: sólo quienes saben disfrutar van en bici y siempre llegan antes a los sitios». Si lo sé me traigo el ukelele. La gente sale a los balcones, aplaude, ríe, baila, nos jalea, nos hace fotos. Un mendigo que está durmiendo en el portal de un banco levanta el brazo por debajo de los cartones y hace el gesto de la victoria. Dos muchachas estupefactas nos preguntan adónde vamos: «¡a una fiesta!», responde el que pedalea delante de mí. Un chico y una chica salen de una discoteca y echan a correr por la acera en sentido contrario, desmelenados, en busca de sus bicicletas, mientras gritan «¡vamos con vosotros!».
De todos modos, conviene no sobreinterpretar el entusiasmo de los espectadores. Si uno saliera a la calle con un chaleco explosivo y pegando tiros al aire, la reacción de la gente quizá no sería muy distinta: fotos y gritos, aplausos y bailoteos. Así ocurre —literalmente— en la peli que acaba de dirigir Jodie Foster. Hace unos meses caí casualmente en París una mañana en la que todos los quais del centro estaban invadidos por una quedada de moteros, y el personal de a pie estaba enchanté de la vie. Yo fui el único que cruzó hacia las Tullerías haciendo la peineta con las dos manos.
La Masa Crítica tiene lugar desde hace años en todas las grandes ciudades del mundo los últimos viernes de mes. En Madrid los jueves, porque los ciclistas los viernes también van de bares. «¿Cómo es que no nos hemos enterado de esto antes?», nos preguntamos. A lo mejor no es culpa nuestra, ya que el movimiento ha ignorado conscientemente a los medios de comunicación, no ha emitido comunicados, no concede entrevistas, no tiene portavoces, no fija su ruta de antemano, y los periodistas, quizá algo picados, suelen hacer como si no existiera. La Masa Crítica existe en el entresuelo de la realidad y la leyenda, es un viernes de carnaval sostenible y sostenido, es un tren fantasma electrizante que aparece de improviso no se sabe dónde, es la Santa Compaña de ese otro mundo que también es posible.
A nuestro alrededor vemos gente de todas las edades; muchos conducen con una mano y tienen en la otra una botella de cerveza; alguno lleva un remolque con bafles y va pinchando música desde el iPhone. También hay alguno que va en patinete, o en triciclo, o en silla de ruedas. Al llegar a los cruces dos o tres valientes se paran para contener a los coches cuando cambie el semáforo.
—¡Eh, quitaos de en medio! —grita un conductor— ¡El semáforo está en rojo!
—Lo siento, somos un grupo de ciclistas y no podemos separarnos.
El conductor se baja del coche y nos increpa haciendo gesticulaciones de drama calderoniano.
—¡Panda de cretinos! ¡¿Alguno de vosotros ha leído el código de circulación?!
Ahora que lo menciona, el artículo 27 del reglamento de tráfico alemán determina que un grupo de más de 15 ciclistas es considerado como un gran vehículo. Esto significa que pueden ocupar carriles enteros de la calzada y que la circulación del grupo no se puede interrumpir en un cruce. En otras palabras: el pelotón debe continuar circulando aunque el semáforo se haya puesto en rojo. Lo interesante es que este artículo del código se aplica tanto a un grupo de 16 ciclistas como a uno de 16.000.
A lo largo de la noche nuestro pelotón llegará a tener casi tres kilómetros de longitud y a ocupar los cuatro carriles de las principales arterias de Berlín. Pensábamos que se trataría de una concentración simbólica, cosa de hacerse la foto y marcharse a la bodega, y al final nos pasamos cuatro horas pedaleando sin parar por todo Berlín Oeste, de Schöneberg a Wedding, para arriba y para abajo, hasta sumar 40 kilómetros largos. Por una noche los ciclistas hemos podido decir, como dijo hace cuarenta años cierto camaleón político hispano, que la calle es nuestra.
Kathleen y yo entonamos el estribillo de una vieja canción de Die Prinzen que empieza «jeder Popel fährt 'nen Opel», y que en castellano viene a querer decir: «los memos conducen un Opel, los capullos conducen un Ford, los tontos un Porsche, los gilipollas un Audi Sport, los tarados van en un Manta —ya he dicho que la canción es vieja—, los pringados en Jaguar: sólo quienes saben disfrutar van en bici y siempre llegan antes a los sitios». Si lo sé me traigo el ukelele. La gente sale a los balcones, aplaude, ríe, baila, nos jalea, nos hace fotos. Un mendigo que está durmiendo en el portal de un banco levanta el brazo por debajo de los cartones y hace el gesto de la victoria. Dos muchachas estupefactas nos preguntan adónde vamos: «¡a una fiesta!», responde el que pedalea delante de mí. Un chico y una chica salen de una discoteca y echan a correr por la acera en sentido contrario, desmelenados, en busca de sus bicicletas, mientras gritan «¡vamos con vosotros!».
De todos modos, conviene no sobreinterpretar el entusiasmo de los espectadores. Si uno saliera a la calle con un chaleco explosivo y pegando tiros al aire, la reacción de la gente quizá no sería muy distinta: fotos y gritos, aplausos y bailoteos. Así ocurre —literalmente— en la peli que acaba de dirigir Jodie Foster. Hace unos meses caí casualmente en París una mañana en la que todos los quais del centro estaban invadidos por una quedada de moteros, y el personal de a pie estaba enchanté de la vie. Yo fui el único que cruzó hacia las Tullerías haciendo la peineta con las dos manos.
La Masa Crítica tiene lugar desde hace años en todas las grandes ciudades del mundo los últimos viernes de mes. En Madrid los jueves, porque los ciclistas los viernes también van de bares. «¿Cómo es que no nos hemos enterado de esto antes?», nos preguntamos. A lo mejor no es culpa nuestra, ya que el movimiento ha ignorado conscientemente a los medios de comunicación, no ha emitido comunicados, no concede entrevistas, no tiene portavoces, no fija su ruta de antemano, y los periodistas, quizá algo picados, suelen hacer como si no existiera. La Masa Crítica existe en el entresuelo de la realidad y la leyenda, es un viernes de carnaval sostenible y sostenido, es un tren fantasma electrizante que aparece de improviso no se sabe dónde, es la Santa Compaña de ese otro mundo que también es posible.
miércoles, 18 de mayo de 2016
La desagradable raza extraterrestre de los vogons es descrita en la Guía del autoestopista galáctico de la siguiente manera: «No levantarían un dedo para salvar a sus propias abuelas […] sin órdenes firmadas en triplicado, enviadas, regresadas, cuestionadas, traspapeladas, encontradas, sujetas al escrutinio público, vueltas a traspapelar y finalmente enterradas en turba suave por tres meses y reciclada para hacer encendedores». Tengo fundadas sospechas de que la célula contable de nuestra Facultad está regida por uno de ellos. La semana pasada este vogon me envió un correo electrónico relativo a un congreso que estamos organizando los profesores de español. En él que me rogaba le remitiera «las cartas de concesión de los subsidios que le hayan sido concedidos o de los que haya solicitado, en caso de que no se los hayan concedido aún». La frase es suficientemente larga como para que uno esté a punto de caer en la trampa presentando un documento que atestigüe algo que ocurrirá (o no) en el futuro, lo que seguramente abriría una puerta en el hiperespacio por la que este vogon introduciría a millones de sus congéneres en nuestro planeta, ya suficientemente provisto de burócratas.
El correo proseguía con una serie de formulismos vacíos de significado y de requerimientos arbitrarios, y terminaba pidiendo que le transmitiera asimismo los números de cuenta asociados al congreso que hayan sido generados para recibir los subsidios concedidos (o solicitados).
Esta última parte no es tan graciosa si uno no sabe que el encargado de generar los números de cuenta bancaria asociados a los congresos es precisamente el vogon que me envía el e-mail. Tendría la misma lógica que yo le pidiera a un pobre tipo de Recursos Humanos o de Relaciones Internacionales que me dijera qué notas he puesto en mis asignaturas. O, más exactamente, qué notas voy a poner en mis asignaturas.
Sabiendo lo temible que es esa raza alienígena cuando de represalias se trata, he respondido con mucha seriedad y cautela lo siguiente:
«Estimado Sr. Vogon:
»Las cartas de concesión de los subsidios que aún no me han concedido están siendo tramitadas; generalmente las recibiré sólo una vez se resuelvan las solicitudes, pero confío en que un esfuerzo de concentración por mi parte consiga acelerar el proceso. En lo atingente a los números de cuenta, tendré mucho gusto en comunicárselos tan pronto como usted mismo los genere.
»Quedo a su disposición para cualquier consulta relativa a este particular, etcétera, etcétera».
domingo, 15 de mayo de 2016
Hace más de quince años que quería ver tocar a Brad Mehldau y al fin he tenido la oportunidad. Verlo impresiona tanto como oírlo, porque Brad Mehldau tiene una cabeza muy grande, con orejas también muy grandes, y cuando toca se contorsiona como si le estuviera dando un jamacuco. Esta noche, además, se ha puesto unos pantacas muy ajustados con un diseño que no se sabe si es moaré o un patrón tridimensional de El ojo mágico.
Jeff Ballard tiene también una hexis rara, como si fuera nuevo en esto y la hubieran dicho que tocar consiste en ir poniendo cosas en los platos y en los tambores. En varias ocasiones toca la batería con las manos, no como si fueran bongos, sino con la yema de los dedos, con un gesto de maestro pastelero. Más de una vez puede vérsele con una escobilla en una mano, nada en la otra y dos baquetas preparadas en el sobaquillo.
El estilo de improvisación de Brad Mehldau no es mi preferido, pero sus voicings tienen una textura muy personal. «Como compositor —apunto al dorso de la entrada— aúna la sofisticación de Ornette Coleman con la emotividad de Schumann». Es una frase tópica, que quizá he leído en el libreto de algún CD. Tanto en los temas originales como en las versiones —muchas veces de clásicos de la música pop, en la línea iniciada por The New Standard de Herbie Hancock— practica una estructura asimétrica que es una bocanada de aire fresco en un género —el jazz contemporáneo— que tiene problemas para situarse en cualquier punto intermedio entre el desmadre amorfo y los turnos de sota, caballo y rey.
La penúltima canción de la noche, por ejemplo, es un estándar viejo y sentimental: Si tu vois ma mère, de Sidney Bechet. Expone el tema el contrabajo; sigue una improvisación muy lírica del piano, hacen luego dos tandas de ocho compases con el percusionista, al cual le sabe a poco y repasa la forma entera en solitario, y a esto le sigue una coda de diez minutos de piano rubatto a palo seco que se inspira remotamente en los intervalos de la melodía original y dura más que el resto de la canción en conjunto.
Mehldau pone al público en pie y se somete a tres bises. No le dan la oreja porque bastante tiene con las suyas.
Jeff Ballard tiene también una hexis rara, como si fuera nuevo en esto y la hubieran dicho que tocar consiste en ir poniendo cosas en los platos y en los tambores. En varias ocasiones toca la batería con las manos, no como si fueran bongos, sino con la yema de los dedos, con un gesto de maestro pastelero. Más de una vez puede vérsele con una escobilla en una mano, nada en la otra y dos baquetas preparadas en el sobaquillo.
El estilo de improvisación de Brad Mehldau no es mi preferido, pero sus voicings tienen una textura muy personal. «Como compositor —apunto al dorso de la entrada— aúna la sofisticación de Ornette Coleman con la emotividad de Schumann». Es una frase tópica, que quizá he leído en el libreto de algún CD. Tanto en los temas originales como en las versiones —muchas veces de clásicos de la música pop, en la línea iniciada por The New Standard de Herbie Hancock— practica una estructura asimétrica que es una bocanada de aire fresco en un género —el jazz contemporáneo— que tiene problemas para situarse en cualquier punto intermedio entre el desmadre amorfo y los turnos de sota, caballo y rey.
La penúltima canción de la noche, por ejemplo, es un estándar viejo y sentimental: Si tu vois ma mère, de Sidney Bechet. Expone el tema el contrabajo; sigue una improvisación muy lírica del piano, hacen luego dos tandas de ocho compases con el percusionista, al cual le sabe a poco y repasa la forma entera en solitario, y a esto le sigue una coda de diez minutos de piano rubatto a palo seco que se inspira remotamente en los intervalos de la melodía original y dura más que el resto de la canción en conjunto.
Mehldau pone al público en pie y se somete a tres bises. No le dan la oreja porque bastante tiene con las suyas.
martes, 10 de mayo de 2016
Vuelvo a casa el viernes por la noche hecho una piltrafa y con una novela de Fred Vargas en los auriculares cuando una bestia inmunda me sale al paso, las fauces abiertas y babeantes, dando unos ladridos que hielan la sangre. Yo doy patadas al aire y profiero blasfemias de repertorio. Una señora sale de un portal, ajustándose el batín:
—No se preocupe, que no muerde.
La bestia se transforma en un schnauzer entrecano, da algunos resoplidos malhumorados y se mete en casa. No muerde, no muerde... Jobar, señora, sólo faltaba que encima mordiera. Eso de que no muerde, primero, es una afirmación cautelar: ya lo iremos viendo; y luego, como argumento, se las trae. Es como si uno saliera a la calle dando viajes con una catana y cuando el transeúnte más próximo estuviera lloriqueando sobre sus propios excrementos uno le dijera «no se preocupe, buen hombre, si yo esto lo hago sólo para darme pisto».
Un par de calles más allá viven unos border collies que me suelen montar un número cuando salgo, con las primeras luces, a coger el tren a la estación. Si no ando justo de tiempo me paro un rato delante de su verja, para que sigan ladrando y por lo menos despierten al dueño.
Al sueño pequeñoburgués de cualquier provincia del mundo Valonia le añade un perro. Una casa con jardín, un coche, dos niños, varios teléfonos móviles y un perro. Los niños son opcionales. Quien además tiene una moto de alta cilindrada ha triunfado en la vida y puede despeñarse a 170 por hora con dos copas de más sabiendo que no se deja nada por hacer. De todas estas aspiraciones, lo único que no molesta al prójimo es la casa. Y según qué casas: la frase no se aplica a las que un alemán ha reunido recientemente en un libro de fotografías titulado Ugly Belgian Houses.
Muchos de los habitantes de esas ugly Belgian houses consideran que su perro es un miembro más de la familia. Esto significa que al menos dos miembros de cada una de esas familias orinan en la calle a diario. Son familias a las que yo no querría pertenecer, porque lo que hacen con algunos de sus miembros no es muy distinto de lo que hacía con su hija Josef Fritzl, «el monstruo de Amstetten». Los mantienen recluidos en unos pocos metros cuadrados, los alimentan con latas de conservas, les atan correas al cuello, no dejan que traten con sus congéneres, los encierran durante horas en un coche, los castran, o si no los castran ahogan a sus crías, o las regalan. Esto lo hace mucha gente que ama los animales y que protesta cuando un toro se marca un cameo en el Teatro Real.
Los perros no me caen bien, y se me nota. En la novela de Fred Vargas que estoy escuchando hay un perro que se come el dedo gordo del pie de una vieja a la que acaban de asesinar y lo defeca en un alcorque de París. Es el tipo de cosas que hacen los perros por simple distracción, y que explican que cuando uno de ellos entra en mi visión periférica cuente ya con muchos puntos negativos que es improbable llegue a compensar alguna vez. En el primer piso de la casa de enfrente, por ejemplo, hay un perrillo con manchas de color canela; le abren la ventana y echa la tarde viendo pasar los coches y las motos. Hay días que me parece casi simpático, pero no puedo sacarme de la cabeza la idea de que, a poco que viera la ocasión, me arrancaría un dedo de un mordisco y se iría corriendo a cagarlo en París.
«Mejor es tener un gato, que son más independientes». Esto es lo que, llegados a este punto, diría alguien que nunca hubiera tratado de adoptar una oca. Un gato sólo es independiente en relación con los demás gatos; con los humanos tienen una relación pasiva-agresiva de adolescente petardo. Una oca, en cambio, no viene a restregarse contra la pernera de tu pantalón, ni se despatarra para que le rasquen el vientre. Las ocas viven y dejan vivir; se desentienden de los humanos y miran por los de su especie. Además son capaces de actuaciones verdaderamente remarcables. El sábado pasado festejaron la reapertura del museo de Bellas Artes de L*** con un desfile de ocas. Marchaban al ritmo de un tambor de infantería con una dignidad que ya quisieran para sí muchos vicerrectores.
Hace una semana fui a Hony en bicicleta; dos veces, porque pensé que había perdido las llaves en el camino, y luego resulta que me las había dejado puestas en la puerta. Es otra historia, que ahora no importa demasiado: el caso es que fui a Hony en bicicleta y me encontré con una señora que estaba paseando con dos cabras. A mí las cabras sí me resultan muy simpáticas. En las Ardenas se da una raza robusta y paticorta que inspira confianza. Me detuve un momento a contemplarlas y felicité a la dueña. Las cabras —le dije— son mucho mejores que un perro. No orinan en los portales, no muerden a los niños chicos, dan quesos, cortan el césped...
—Y además no ladran —añadió ella.
Y además no ladran.
—No se preocupe, que no muerde.
La bestia se transforma en un schnauzer entrecano, da algunos resoplidos malhumorados y se mete en casa. No muerde, no muerde... Jobar, señora, sólo faltaba que encima mordiera. Eso de que no muerde, primero, es una afirmación cautelar: ya lo iremos viendo; y luego, como argumento, se las trae. Es como si uno saliera a la calle dando viajes con una catana y cuando el transeúnte más próximo estuviera lloriqueando sobre sus propios excrementos uno le dijera «no se preocupe, buen hombre, si yo esto lo hago sólo para darme pisto».
Un par de calles más allá viven unos border collies que me suelen montar un número cuando salgo, con las primeras luces, a coger el tren a la estación. Si no ando justo de tiempo me paro un rato delante de su verja, para que sigan ladrando y por lo menos despierten al dueño.
Al sueño pequeñoburgués de cualquier provincia del mundo Valonia le añade un perro. Una casa con jardín, un coche, dos niños, varios teléfonos móviles y un perro. Los niños son opcionales. Quien además tiene una moto de alta cilindrada ha triunfado en la vida y puede despeñarse a 170 por hora con dos copas de más sabiendo que no se deja nada por hacer. De todas estas aspiraciones, lo único que no molesta al prójimo es la casa. Y según qué casas: la frase no se aplica a las que un alemán ha reunido recientemente en un libro de fotografías titulado Ugly Belgian Houses.
Muchos de los habitantes de esas ugly Belgian houses consideran que su perro es un miembro más de la familia. Esto significa que al menos dos miembros de cada una de esas familias orinan en la calle a diario. Son familias a las que yo no querría pertenecer, porque lo que hacen con algunos de sus miembros no es muy distinto de lo que hacía con su hija Josef Fritzl, «el monstruo de Amstetten». Los mantienen recluidos en unos pocos metros cuadrados, los alimentan con latas de conservas, les atan correas al cuello, no dejan que traten con sus congéneres, los encierran durante horas en un coche, los castran, o si no los castran ahogan a sus crías, o las regalan. Esto lo hace mucha gente que ama los animales y que protesta cuando un toro se marca un cameo en el Teatro Real.
Los perros no me caen bien, y se me nota. En la novela de Fred Vargas que estoy escuchando hay un perro que se come el dedo gordo del pie de una vieja a la que acaban de asesinar y lo defeca en un alcorque de París. Es el tipo de cosas que hacen los perros por simple distracción, y que explican que cuando uno de ellos entra en mi visión periférica cuente ya con muchos puntos negativos que es improbable llegue a compensar alguna vez. En el primer piso de la casa de enfrente, por ejemplo, hay un perrillo con manchas de color canela; le abren la ventana y echa la tarde viendo pasar los coches y las motos. Hay días que me parece casi simpático, pero no puedo sacarme de la cabeza la idea de que, a poco que viera la ocasión, me arrancaría un dedo de un mordisco y se iría corriendo a cagarlo en París.
«Mejor es tener un gato, que son más independientes». Esto es lo que, llegados a este punto, diría alguien que nunca hubiera tratado de adoptar una oca. Un gato sólo es independiente en relación con los demás gatos; con los humanos tienen una relación pasiva-agresiva de adolescente petardo. Una oca, en cambio, no viene a restregarse contra la pernera de tu pantalón, ni se despatarra para que le rasquen el vientre. Las ocas viven y dejan vivir; se desentienden de los humanos y miran por los de su especie. Además son capaces de actuaciones verdaderamente remarcables. El sábado pasado festejaron la reapertura del museo de Bellas Artes de L*** con un desfile de ocas. Marchaban al ritmo de un tambor de infantería con una dignidad que ya quisieran para sí muchos vicerrectores.
Hace una semana fui a Hony en bicicleta; dos veces, porque pensé que había perdido las llaves en el camino, y luego resulta que me las había dejado puestas en la puerta. Es otra historia, que ahora no importa demasiado: el caso es que fui a Hony en bicicleta y me encontré con una señora que estaba paseando con dos cabras. A mí las cabras sí me resultan muy simpáticas. En las Ardenas se da una raza robusta y paticorta que inspira confianza. Me detuve un momento a contemplarlas y felicité a la dueña. Las cabras —le dije— son mucho mejores que un perro. No orinan en los portales, no muerden a los niños chicos, dan quesos, cortan el césped...
—Y además no ladran —añadió ella.
Y además no ladran.
sábado, 9 de abril de 2016
Por defecto habríamos ido a Hamburgo a ejecutar el ritual anual de la Pascua alemana: hervir tres docenas de huevos, pintarlos de colores, decorarlos con pegatinas y esconderlos en el jardín para que los busquen los niños. Como no hay niños, los buscarían Kathleen y su hermana. Planazo.
—¿Tú sacrificarías la Semana Santa en Hamburgo por pasar unos días en Fuerteventura? —me pregunta Kathleen una noche.
—Hombre, yo... —respondo con un tono que no me compromete a nada, mientras mis neuronas cuchichean a velocidad de Pentium tratando de decidir entre todas dónde está la trampa. Si la hay, estoy seguro de que encaja en un plan más amplio, en un jaque en veintisiete movimientos que Kathleen tiene planeado y que yo no veo venir ni por lo más remoto. En este momento no me importa ni poco ni mucho: ¡nos vamos a Fuerte!
—¿Para qué? —pregunta mi padre cuando se lo digo por teléfono—; si en Fuerteventura no hay nada.
Precisamente. No hay cobertura. No hay centros comerciales. No hay vicerrectores. No hay granizo. No hay erasmus. No hay fútbol. No hay analistas políticos. El Risco del Gato, al que hacemos varias excursiones, es un lugar fuera del tiempo y del espacio al que los rumores sobre pactos electorales llegan apagados e interferidos por el rumor sedante de las olas.
Hombre, alguna cosa sí que hay. Durante el trayecto al hotel vimos muchas cabras. En Fuerteventura se vende la cerveza de las Islas, Tropical, cuya etiqueta tiene un perro azul que se vuelve blanco a medida que la cerveza se calienta («perro azul — frío perfecto»). Hay también un ecosistema sutil de plantas rastreras, cangrejos y aves zancudas que picotean la arena cuando baja la marea. Hay un bar construido con los pecios del naufragio de un navío yanki. Hay una invasión de ardillas de las Carolinas, que acaso llegaron allí sobre un trozo del trinquete del barco naufragado.
En el bolsillo de mi cazadora encuentro tres avellanas que cogí el otoño pasado en las Ardenas. Las he llevado conmigo durante meses sin ningún motivo en particular; a veces las sacaba y jugaba con ellas como hacía Bowie con las esferas de vidrio en Dentro del laberinto. Ahora las saco y se las doy a las ardillas. En sus cuerpecillos de palitroque se activa un mecanismo oscuro, un gen anquilosado que su raza ha transmitido desde hace milenios en previsión de la avellana. ¿Cuántas generaciones de ardillas canarias han tenido que transcurrir para que tres individuos privilegiados realicen el destino de la especie? Las ardillas las cogen y las mordisquean como si no hubieran hecho otra cosa en su vida. En un peñón del Atlántico, frente a las costas de África, se produce la improbable reunión de un roedor norteamericano y de un fruto seco centroeuropeo. El gesto irreflexivo de recoger unas avellanas caídas durante un paseo es completado a muchos meses y a muchas leguas de distancia, generando una apariencia de orden cósmico, un orden secreto análogo al que Freud creía ver en los lapsus y en los actos fallidos.
Unos metros más allá, una ardilla mastica una bola de Cheetos. Luego me entero de que estas ardillas no vienen de América, sino de África, y de que uno puede cogerse más enfermedades acariciándolas que dándole un beso de tornillo a Iggy Pop.
Tras cuatro días en Fuerteventura yo he recuperado ya un aspecto humano y podemos volar a Madrid. Durante la semana siguiente dedico las mañanas a leer libretos de género chico en el centro de documentación de la SGAE, y las tardes al correo electrónico y a las visitas. Los sobrinos se me tiran a las canillas y me patean con auténtico entusiasmo.
—Menuda peleota, ¿eh? —resumen al final, sudando como pollos.
—Sí —respondo mientras busco un diente que se me ha perdido en la grava—, ha estado bien.
El último día Rafa nos lleva a comer opíparamente a un restaurante marroquí que hay cerca de la calle del Tribulete —¡veinte pavos los tres!—, y luego nos sentamos al solecito en el Casino de la Reina. Vemos un huerto algo utópico, con un espantapájaros desventrado. Varios viejecillos pedalean en la bicicletas estáticas que el municipio ha instalado a tal efecto; también hay un chino que, en mi opinión, todavía está en edad de usar el Bicimad. Los niños han conquistado el kiosco de bebidas y apilan las sillas de aluminio para saltar desde ellas y romperse la crisma. Entra la pasma para inspeccionar una mochila abandonada: «si esto fuera París ya nos habrían evacuado», comenta Kathleen; como no es París, los polis tiran la mochila a una papelera y hacen rugir sus motos de alta cilindrada. Cruzan varios perros y una manada de adolescentes. Kathleen quiere ir al cine, pero le digo que no, se ponga como se ponga. Con la tarde que hace no voy a meterme en una habitación sin ventanas a ver —encima— una película sobre una mujer que estuvo cinco años en una habitación sin ventanas. ¿Cuántas veces al año estoy con mi amigo Rafa, o en un parque, o tomando de tranquis el sol? Hacer coincidir las tres cosas es una peli de versión española buena que lo flipas, en plan Berlanga, aunque las movidas que nos cuenta Rafa son más como de Almodóvar.
–De Almodóvar puede —me corrige—, pero sin drama.
—¿Tú sacrificarías la Semana Santa en Hamburgo por pasar unos días en Fuerteventura? —me pregunta Kathleen una noche.
—Hombre, yo... —respondo con un tono que no me compromete a nada, mientras mis neuronas cuchichean a velocidad de Pentium tratando de decidir entre todas dónde está la trampa. Si la hay, estoy seguro de que encaja en un plan más amplio, en un jaque en veintisiete movimientos que Kathleen tiene planeado y que yo no veo venir ni por lo más remoto. En este momento no me importa ni poco ni mucho: ¡nos vamos a Fuerte!
—¿Para qué? —pregunta mi padre cuando se lo digo por teléfono—; si en Fuerteventura no hay nada.
Precisamente. No hay cobertura. No hay centros comerciales. No hay vicerrectores. No hay granizo. No hay erasmus. No hay fútbol. No hay analistas políticos. El Risco del Gato, al que hacemos varias excursiones, es un lugar fuera del tiempo y del espacio al que los rumores sobre pactos electorales llegan apagados e interferidos por el rumor sedante de las olas.
Hombre, alguna cosa sí que hay. Durante el trayecto al hotel vimos muchas cabras. En Fuerteventura se vende la cerveza de las Islas, Tropical, cuya etiqueta tiene un perro azul que se vuelve blanco a medida que la cerveza se calienta («perro azul — frío perfecto»). Hay también un ecosistema sutil de plantas rastreras, cangrejos y aves zancudas que picotean la arena cuando baja la marea. Hay un bar construido con los pecios del naufragio de un navío yanki. Hay una invasión de ardillas de las Carolinas, que acaso llegaron allí sobre un trozo del trinquete del barco naufragado.
En el bolsillo de mi cazadora encuentro tres avellanas que cogí el otoño pasado en las Ardenas. Las he llevado conmigo durante meses sin ningún motivo en particular; a veces las sacaba y jugaba con ellas como hacía Bowie con las esferas de vidrio en Dentro del laberinto. Ahora las saco y se las doy a las ardillas. En sus cuerpecillos de palitroque se activa un mecanismo oscuro, un gen anquilosado que su raza ha transmitido desde hace milenios en previsión de la avellana. ¿Cuántas generaciones de ardillas canarias han tenido que transcurrir para que tres individuos privilegiados realicen el destino de la especie? Las ardillas las cogen y las mordisquean como si no hubieran hecho otra cosa en su vida. En un peñón del Atlántico, frente a las costas de África, se produce la improbable reunión de un roedor norteamericano y de un fruto seco centroeuropeo. El gesto irreflexivo de recoger unas avellanas caídas durante un paseo es completado a muchos meses y a muchas leguas de distancia, generando una apariencia de orden cósmico, un orden secreto análogo al que Freud creía ver en los lapsus y en los actos fallidos.
Unos metros más allá, una ardilla mastica una bola de Cheetos. Luego me entero de que estas ardillas no vienen de América, sino de África, y de que uno puede cogerse más enfermedades acariciándolas que dándole un beso de tornillo a Iggy Pop.
Tras cuatro días en Fuerteventura yo he recuperado ya un aspecto humano y podemos volar a Madrid. Durante la semana siguiente dedico las mañanas a leer libretos de género chico en el centro de documentación de la SGAE, y las tardes al correo electrónico y a las visitas. Los sobrinos se me tiran a las canillas y me patean con auténtico entusiasmo.
—Menuda peleota, ¿eh? —resumen al final, sudando como pollos.
—Sí —respondo mientras busco un diente que se me ha perdido en la grava—, ha estado bien.
El último día Rafa nos lleva a comer opíparamente a un restaurante marroquí que hay cerca de la calle del Tribulete —¡veinte pavos los tres!—, y luego nos sentamos al solecito en el Casino de la Reina. Vemos un huerto algo utópico, con un espantapájaros desventrado. Varios viejecillos pedalean en la bicicletas estáticas que el municipio ha instalado a tal efecto; también hay un chino que, en mi opinión, todavía está en edad de usar el Bicimad. Los niños han conquistado el kiosco de bebidas y apilan las sillas de aluminio para saltar desde ellas y romperse la crisma. Entra la pasma para inspeccionar una mochila abandonada: «si esto fuera París ya nos habrían evacuado», comenta Kathleen; como no es París, los polis tiran la mochila a una papelera y hacen rugir sus motos de alta cilindrada. Cruzan varios perros y una manada de adolescentes. Kathleen quiere ir al cine, pero le digo que no, se ponga como se ponga. Con la tarde que hace no voy a meterme en una habitación sin ventanas a ver —encima— una película sobre una mujer que estuvo cinco años en una habitación sin ventanas. ¿Cuántas veces al año estoy con mi amigo Rafa, o en un parque, o tomando de tranquis el sol? Hacer coincidir las tres cosas es una peli de versión española buena que lo flipas, en plan Berlanga, aunque las movidas que nos cuenta Rafa son más como de Almodóvar.
–De Almodóvar puede —me corrige—, pero sin drama.
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