Plano secuencia de cena con Eduardo y Laura, por encima de unas verduras al horno.
—¿Y? ¿Estaba bien? ¿O era una mierda como todas las demás?
Hablamos de la última película de Woody Allen. Kathleen responde que efectivamente era un poco birria, pero que Irrational Man nos había gustado más. Laura cuenta que cuando la vieron en París a Eduardo le daba la risa floja porque la encontraba ridícula, y que los franceses —que estaban viendo aquello como si fuera un clásico de Dreyer— volvían hacia él miradas llenas de reconvención.
—Ya —digo yo—, a mí también me dejó bastante frío. En cambio la de Magic in the Moonlight terminó entusiasmándome: la primera hora era bastante rollete, pero luego tenía un giro muy ingenioso.
—¿Y salía algún negro? —pregunta Eduardo.
—Eh... no, no que yo recuerde.
—Creo que en toda la producción de Woody Allen sale un único negro, y además es una prostituta: era en Poderosa Afrodita... No, no, en Celebrity. Porque en Nueva York no hay negros, como todo el mundo sabe...
Luego hablo de la que realmente es mi película favorita de Woody Allen de siempre: Zelig, un falso documental disparatado sobre un judío que se transforma en el prototipo de cada círculo social en el que cae. Lo que me gusta es esa forma desacomplejada de plantear un relato alegórico, sin cuidarse de justificar lo sobrenatural con la coartada de los polvos mágicos, como hace en otras películas.
—De polvos mágicos chinos —repone Eduardo—, porque los chinos siempre son magos. O tienen una lavandería. Porque, como todo el mundo sabe, China está llena de lavanderías y de sótanos misteriosos con gremlins y armarios de desaparición.
De pronto se le ilumina la cara con el fogonazo de la ocurrencia:
—¡Gremlins y lavanderías! ¡Una combinación con un potencial apocalíptico impresionante!
Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:
Nos seguimos leyendo.
sábado, 16 de julio de 2016
El sábado pasado Kathleen tenía que dar un seminario en Potsdam y me llevó a un hotel postinero con vistas a la puerta de Brandenburgo, que no es la de Berlín, sino propiamente la de Brandenburgo. Una cosa rara pero a la vez muy lógica, como si en Alcalá tuvieran la Puerta de Alcalá.
Da la casualidad de que esa noche el municipio organiza una verbena por el estilo de las que pagaban los ayuntamientos del PP con las comisiones de las constructoras, pero en lugar de traer a Bisbal han traído a Santana. Como el concierto es gratuito la plaza está hasta la bandera. Hacemos por acercarnos pero el escenario queda siempre igual de lejos: parece un circo de pulgas. Guiñando los ojos se ve, muy chiquitito y muy al fondo, a Carlos Santana. Volvemos al hotel a una hora decente y a ritmo de merengue:
—¡Ah, ah, ah, corazón espinaca!
—Me parece que no era así —dice Kathleen.
—¿Quién es aquí el nativo?
Al día siguiente ella se va a dar su seminario y yo tomo el tren a Münster, donde pasaré la próxima semana de maniobras filológicas. Es el congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, cita trienal con mucho de hoguera de las vanidades, algo de campamento scout y, para algunos, no poco de vacaciones por la filosa. Muchos nos alojamos en una residencia de la diócesis (Münster practica un catolicismo exhibicionista): es un lugar muy agradable pero en las horas silenciosas del desayuno me sobrecoge la sensación de estar participando en unos ejercicios espirituales buñuelianos.
Como ya me ocurrió seis años antes, nada más ponerme en la cola del despacho de inscripción alguien se me acerca y me dice: «tú eres el hermano de Ignacio, ¿verdad?». La pregunta será frecuente y, en función del día, responderé «depende de quién lo pregunte», «en realidad es adoptado» o «io non parlo spagnolo».
Supuestamente hay setecientos inscritos: en las comunicaciones, sin embargo, estamos siempre los mismos seis o siete. La mayoría de los setecientos ha venido a Münster a que lo escuchen y no a escuchar a nadie: leen su conferencia, recogen el papelito —o sea, el certificado de participación— y se van a hacer compras en la ciudad. Los catedráticos alemanes tampoco aparecen si no es a bendecir algún simposio, y ocupan la mayor parte de su tiempo en darse pisto en conciliábulos de pasillo, todos ellos hombres, todos ellos con un rictus sardónico imborrable. Esta gente tan hinchada no se da cuenta de que no representan nada a nivel internacional, mientras que otros hispanistas de países no hispanohablantes sí gozan de notable prestigio; son, además, los que están en las secciones escuchando ponencias, dando consejos, sugiriendo pistas de lectura: Patricia B., de Roma; «Pepe Nieves», de Madison; David G., de Virginia; Bénédicte V., mi predecesora en L*** y ahora catedrática en Berna; y, por supuesto, Jean-François. De los alemanes, me parece que sólo Jan-Henrik W. y Dieter I. tienen un trato más generoso; coincido un día con este último en el autobús y me cuenta que Botrel organizó tras la reunificación unos encuentros internacionales para acoger en el hispanismo europeo a los colegas de las provincias ex comunistas: un nuevo motivo de admiración. También las catedráticas alemanas son simpáticas: Susanne Z., de la FU, que conoce a Kathleen; Claudia G., con la que ya charlé largo y tendido la semana pasada en Mannheim, o Sabine S., de Bremen, con la que hablo de películas recientes y de las novelas de Patricio, a quien los dos tratamos y queremos.
Uno de los momentos más electrizantes de la semana fue la conferencia de Ana C., de la RESAD, sobre el mundo al revés en el teatro dieciochesco. Días después, en la cena de clausura, charlaríamos una hora larga sobre la pervivencia de la emblemática como modo de representación, sobre la extensión de obras teatrales carnavalescas fuera del tiempo litúrgico que le es propio y sobre la continuidad entre la comedia de magia y ciertos subgéneros del sainete lírico. Pero antes de eso, cruzando uno de los parques que rodean el palacio de Münster que acoge la universidad, le planteo a Jean-François algo que me preocupa desde hace tiempo:
—A fin de cuentas, ¿qué haces con un pliego de aleluyas como el del mundo al revés? ¿Lo miras, lo recortas, lo comentas...?
—Supongo que tenían un uso parecido al de esas estatuillas de oficios que se coleccionaban, al modo de las figuras de belenes.
—O sea, que era un consumo contemplativo.
—Sí, imagino que sí...
La conferencia de clausura la imparte Randolph P. A la salida, David, presidente de honor de la asociación y amigo del conferenciante, me pregunta si me ha gustado. Hago un mohín.
—¿Y eso? A ver, a ver, dime con sinceridad.
—Hombre, David, completamente sincero no puedo ser porque me echáis. Yo diría... —aquí busco las palabras, acordándome de lo que se ha dicho en otra conferencia sobre la discreción renacentista como un modo de disimular la verdad para que brille a su tiempo— yo diría que no ha sido una conferencia adecuada a este público.
Junto a mí está Rosa Mª A., a quien yo, habiendo leído hace diez años Teoría del canon y literatura en España, me imaginaba como una erudita valetudinaria de aspecto thatcheriano, y sin embargo resulta ser una joven algo tímida con la que uno se siente inmediatamente en confianza. «Ya que hablamos con sinceridad —le dice a David con un tono muy dulce—, convendría revisar el formato de las mesas redondas...» No, lo de la sinceridad ya sabía yo que no iba a traer nada bueno: el pobre David se da la vuelta abochornado, diciendo «hala, bueno, pues venga», y deja a Rosa Mª con la palabra en la boca.
Pero es que ya está bien, hombre, joroba. A los ponentes invitados les hemos pagado entre todos el viaje y la estancia: lo menos que deben hacer es preparar un texto informado y organizado, que pueda presentarse como modelo a los doctorandos, que también hay algunos, y que, como los demás, también han pagado un dineral por el viaje, la cuota y la inscripción. Si en una plenaria de la AIH el conferenciante se retrata, en esta edición han salido unos retratos a lo Forges: «...todo lo cual demuestra una mayor prabalización y la consalidación del dandynismo de nuestro autor» (transcripción literal). En una mesa redonda alguien habla de las declamaciones poéticas grabadas, afirma que «cuando estamos ante un poema la voz del autor se vuelve mucho más conceptual» y evoca «el ente espectral que nos viene por el aparato reproductor». Esto del ente espectral y el aparato reproductor me lo imagino de manera demasiado vívida y se me escapa una carcajada que resuena solitaria por el paraninfo durante un segundo. Si soy el único al que le da la risa, es que los demás se han dormido. Me giro para hablar con Mariano de la C., que está sentado detrás de mí, y que es vocal de la junta directiva.
—Mariano, despierta y haz que la nueva junta ponga un poco de orden, porque esto es un escándalo.
—No, ya, ya. Esto es responsabilidad de la comisión local organizadora, pero yo lo voy a decir.
Y luego, en una pausa, le pregunto por la Autónoma y me traza un panorama de la universidad española que pone el corazón en un puño. Estudiantes a los que les deniegan la beca cuando ya se han examinado de muchas asignaturas, a veces con notas excelentes. Profesores que cobran 600 euros y deben dedicar la mitad del sueldo a pagarse ellos mismos la seguridad social. Decanos que llaman a los profesores para decirles que deben aprobar a más estudiantes. Matrículas de 3.000 y 4.000 euros anuales. Compromisos de contratación que se rescinden a pesar de haber cumplido todos los recortes impuestos. Clases en las que dos tercios de los estudiantes son chinos... «Y esto es la universidad pública, que alguna vez fue buena». Otros no pensábamos que alguna vez hubiera sido buena, pero sí que no podía ir peor: también nos equivocamos.
En la cena de despedida Carlos A., el célebre medievalista de Ginebra, me cuenta cómo llegó a Barcelona y Martín de Riquer le dio a leer el Tirant lo Blanc y el Curial e Güelfa; como había aprendido el catalán de mayor se sentía raro y prefirió dedicarse al provenzal. Con otros dos comensales discutimos si los sentimientos crean las tradiciones poéticas o si son las tradiciones poéticas las que crean los sentimientos; yo, algo cínico y determinista, soy el único que tiende a pensar lo segundo. En cierto modo Carlos A. me da la razón cuando dice que hay textos que no puede explicar en clase porque se echaría a llorar de emoción, aunque es un señor con toda la barba, como aquel que dice. Tiene mucho trato con mi colega Nadine H. y, como ella, reverencia la tradición filológica de L***: Delbouille, Thiry, los Horrent... «En cambio —afirma— el hispanismo alemán se lo han cargado; bueno, muy bien, allá ellos». Muy simpático, muy modesto y muy sabio: parece que todo va junto. En cambio, cuando alguien empieza diciendo «ya sabrás quién soy»... malo.
Se acercan para despedirse Jean-François y Danielle, su mujer. Les pregunto cómo ven que se haya escogido Israel para sede del próximo congreso, y si piensan asistir.
—Eso es en tres años —dice Jean-François—, ¡cuán largo me lo fiáis!
—Ah, ya. O sea, que a lo mejor entre tanto se propone otro sitio...
—No, no; quiero decir que ya tiene uno cierta edad y tres años es mucho tiempo.
Mi madre. Quita, quita... Tienes que hacer vida sana, Jean-François: ¿a qué va a ir uno de congresos, si no es a verte? Víctor, el catalán de Ontario, se me acerca por detrás como si fuera a atracarme y me cuenta un chiste intencionado:
—¿Qué diferencia hay entre un inglés y un español? Un inglés se va sin despedirse y un español se despide y no se va.
Sí, yo todavía soy español en eso y en lo de hablar a gritos. Al día siguiente la mayor parte de los asistentes ha emprendido ya el camino de regreso y yo doy mi charla ante seis personas contadas, incluidos el técnico, la otra ponente y la presidenta de mesa. Peor lo tuvieron quienes hablaron por la tarde, pues la propia organización los boicoteó contraprogramando al mismo tiempo una visita guiada a la ciudad. Los que hablaron tuvieron que imponerse al ruido de los becarios que desmontaban mesas y arrancaban carteles.
Da la casualidad de que esa noche el municipio organiza una verbena por el estilo de las que pagaban los ayuntamientos del PP con las comisiones de las constructoras, pero en lugar de traer a Bisbal han traído a Santana. Como el concierto es gratuito la plaza está hasta la bandera. Hacemos por acercarnos pero el escenario queda siempre igual de lejos: parece un circo de pulgas. Guiñando los ojos se ve, muy chiquitito y muy al fondo, a Carlos Santana. Volvemos al hotel a una hora decente y a ritmo de merengue:
—¡Ah, ah, ah, corazón espinaca!
—Me parece que no era así —dice Kathleen.
—¿Quién es aquí el nativo?
Al día siguiente ella se va a dar su seminario y yo tomo el tren a Münster, donde pasaré la próxima semana de maniobras filológicas. Es el congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas, cita trienal con mucho de hoguera de las vanidades, algo de campamento scout y, para algunos, no poco de vacaciones por la filosa. Muchos nos alojamos en una residencia de la diócesis (Münster practica un catolicismo exhibicionista): es un lugar muy agradable pero en las horas silenciosas del desayuno me sobrecoge la sensación de estar participando en unos ejercicios espirituales buñuelianos.
Como ya me ocurrió seis años antes, nada más ponerme en la cola del despacho de inscripción alguien se me acerca y me dice: «tú eres el hermano de Ignacio, ¿verdad?». La pregunta será frecuente y, en función del día, responderé «depende de quién lo pregunte», «en realidad es adoptado» o «io non parlo spagnolo».
Supuestamente hay setecientos inscritos: en las comunicaciones, sin embargo, estamos siempre los mismos seis o siete. La mayoría de los setecientos ha venido a Münster a que lo escuchen y no a escuchar a nadie: leen su conferencia, recogen el papelito —o sea, el certificado de participación— y se van a hacer compras en la ciudad. Los catedráticos alemanes tampoco aparecen si no es a bendecir algún simposio, y ocupan la mayor parte de su tiempo en darse pisto en conciliábulos de pasillo, todos ellos hombres, todos ellos con un rictus sardónico imborrable. Esta gente tan hinchada no se da cuenta de que no representan nada a nivel internacional, mientras que otros hispanistas de países no hispanohablantes sí gozan de notable prestigio; son, además, los que están en las secciones escuchando ponencias, dando consejos, sugiriendo pistas de lectura: Patricia B., de Roma; «Pepe Nieves», de Madison; David G., de Virginia; Bénédicte V., mi predecesora en L*** y ahora catedrática en Berna; y, por supuesto, Jean-François. De los alemanes, me parece que sólo Jan-Henrik W. y Dieter I. tienen un trato más generoso; coincido un día con este último en el autobús y me cuenta que Botrel organizó tras la reunificación unos encuentros internacionales para acoger en el hispanismo europeo a los colegas de las provincias ex comunistas: un nuevo motivo de admiración. También las catedráticas alemanas son simpáticas: Susanne Z., de la FU, que conoce a Kathleen; Claudia G., con la que ya charlé largo y tendido la semana pasada en Mannheim, o Sabine S., de Bremen, con la que hablo de películas recientes y de las novelas de Patricio, a quien los dos tratamos y queremos.
Uno de los momentos más electrizantes de la semana fue la conferencia de Ana C., de la RESAD, sobre el mundo al revés en el teatro dieciochesco. Días después, en la cena de clausura, charlaríamos una hora larga sobre la pervivencia de la emblemática como modo de representación, sobre la extensión de obras teatrales carnavalescas fuera del tiempo litúrgico que le es propio y sobre la continuidad entre la comedia de magia y ciertos subgéneros del sainete lírico. Pero antes de eso, cruzando uno de los parques que rodean el palacio de Münster que acoge la universidad, le planteo a Jean-François algo que me preocupa desde hace tiempo:
—A fin de cuentas, ¿qué haces con un pliego de aleluyas como el del mundo al revés? ¿Lo miras, lo recortas, lo comentas...?
—Supongo que tenían un uso parecido al de esas estatuillas de oficios que se coleccionaban, al modo de las figuras de belenes.
—O sea, que era un consumo contemplativo.
—Sí, imagino que sí...
La conferencia de clausura la imparte Randolph P. A la salida, David, presidente de honor de la asociación y amigo del conferenciante, me pregunta si me ha gustado. Hago un mohín.
—¿Y eso? A ver, a ver, dime con sinceridad.
—Hombre, David, completamente sincero no puedo ser porque me echáis. Yo diría... —aquí busco las palabras, acordándome de lo que se ha dicho en otra conferencia sobre la discreción renacentista como un modo de disimular la verdad para que brille a su tiempo— yo diría que no ha sido una conferencia adecuada a este público.
Junto a mí está Rosa Mª A., a quien yo, habiendo leído hace diez años Teoría del canon y literatura en España, me imaginaba como una erudita valetudinaria de aspecto thatcheriano, y sin embargo resulta ser una joven algo tímida con la que uno se siente inmediatamente en confianza. «Ya que hablamos con sinceridad —le dice a David con un tono muy dulce—, convendría revisar el formato de las mesas redondas...» No, lo de la sinceridad ya sabía yo que no iba a traer nada bueno: el pobre David se da la vuelta abochornado, diciendo «hala, bueno, pues venga», y deja a Rosa Mª con la palabra en la boca.
Pero es que ya está bien, hombre, joroba. A los ponentes invitados les hemos pagado entre todos el viaje y la estancia: lo menos que deben hacer es preparar un texto informado y organizado, que pueda presentarse como modelo a los doctorandos, que también hay algunos, y que, como los demás, también han pagado un dineral por el viaje, la cuota y la inscripción. Si en una plenaria de la AIH el conferenciante se retrata, en esta edición han salido unos retratos a lo Forges: «...todo lo cual demuestra una mayor prabalización y la consalidación del dandynismo de nuestro autor» (transcripción literal). En una mesa redonda alguien habla de las declamaciones poéticas grabadas, afirma que «cuando estamos ante un poema la voz del autor se vuelve mucho más conceptual» y evoca «el ente espectral que nos viene por el aparato reproductor». Esto del ente espectral y el aparato reproductor me lo imagino de manera demasiado vívida y se me escapa una carcajada que resuena solitaria por el paraninfo durante un segundo. Si soy el único al que le da la risa, es que los demás se han dormido. Me giro para hablar con Mariano de la C., que está sentado detrás de mí, y que es vocal de la junta directiva.
—Mariano, despierta y haz que la nueva junta ponga un poco de orden, porque esto es un escándalo.
—No, ya, ya. Esto es responsabilidad de la comisión local organizadora, pero yo lo voy a decir.
Y luego, en una pausa, le pregunto por la Autónoma y me traza un panorama de la universidad española que pone el corazón en un puño. Estudiantes a los que les deniegan la beca cuando ya se han examinado de muchas asignaturas, a veces con notas excelentes. Profesores que cobran 600 euros y deben dedicar la mitad del sueldo a pagarse ellos mismos la seguridad social. Decanos que llaman a los profesores para decirles que deben aprobar a más estudiantes. Matrículas de 3.000 y 4.000 euros anuales. Compromisos de contratación que se rescinden a pesar de haber cumplido todos los recortes impuestos. Clases en las que dos tercios de los estudiantes son chinos... «Y esto es la universidad pública, que alguna vez fue buena». Otros no pensábamos que alguna vez hubiera sido buena, pero sí que no podía ir peor: también nos equivocamos.
En la cena de despedida Carlos A., el célebre medievalista de Ginebra, me cuenta cómo llegó a Barcelona y Martín de Riquer le dio a leer el Tirant lo Blanc y el Curial e Güelfa; como había aprendido el catalán de mayor se sentía raro y prefirió dedicarse al provenzal. Con otros dos comensales discutimos si los sentimientos crean las tradiciones poéticas o si son las tradiciones poéticas las que crean los sentimientos; yo, algo cínico y determinista, soy el único que tiende a pensar lo segundo. En cierto modo Carlos A. me da la razón cuando dice que hay textos que no puede explicar en clase porque se echaría a llorar de emoción, aunque es un señor con toda la barba, como aquel que dice. Tiene mucho trato con mi colega Nadine H. y, como ella, reverencia la tradición filológica de L***: Delbouille, Thiry, los Horrent... «En cambio —afirma— el hispanismo alemán se lo han cargado; bueno, muy bien, allá ellos». Muy simpático, muy modesto y muy sabio: parece que todo va junto. En cambio, cuando alguien empieza diciendo «ya sabrás quién soy»... malo.
Se acercan para despedirse Jean-François y Danielle, su mujer. Les pregunto cómo ven que se haya escogido Israel para sede del próximo congreso, y si piensan asistir.
—Eso es en tres años —dice Jean-François—, ¡cuán largo me lo fiáis!
—Ah, ya. O sea, que a lo mejor entre tanto se propone otro sitio...
—No, no; quiero decir que ya tiene uno cierta edad y tres años es mucho tiempo.
Mi madre. Quita, quita... Tienes que hacer vida sana, Jean-François: ¿a qué va a ir uno de congresos, si no es a verte? Víctor, el catalán de Ontario, se me acerca por detrás como si fuera a atracarme y me cuenta un chiste intencionado:
—¿Qué diferencia hay entre un inglés y un español? Un inglés se va sin despedirse y un español se despide y no se va.
Sí, yo todavía soy español en eso y en lo de hablar a gritos. Al día siguiente la mayor parte de los asistentes ha emprendido ya el camino de regreso y yo doy mi charla ante seis personas contadas, incluidos el técnico, la otra ponente y la presidenta de mesa. Peor lo tuvieron quienes hablaron por la tarde, pues la propia organización los boicoteó contraprogramando al mismo tiempo una visita guiada a la ciudad. Los que hablaron tuvieron que imponerse al ruido de los becarios que desmontaban mesas y arrancaban carteles.
lunes, 27 de junio de 2016
Así, a primera vista, yo no soy un emigrado económico. Yo me fui porque quise, no porque me echasen. De hecho, como salí de España en 2002 lo que no llegué a ver fueron los años orgiásticos del ladrillazo y las mordidas, esos años en los que el país lideraba el consumo de cocaína en Europa y mindundis que en su vida habían dado palo al agua se pulían cien euros en copas un martes por la noche. Sin embargo, aunque el país no me echase tampoco es que me esté poniendo fácil volver. Esto es lo del marido tarambana que se va de farra todo el fin de semana y cuando vuelve a casa se encuentra con que la parienta le ha cambiado la cerradura. No le han tenido que echar a patadas: lo han puesto en la calle sin alborotos y un poco a lo tonto.
La alegoría hay que afinarla, en realidad, e imaginarla con un desenlace menos sainetero. El marido tarambana no se habría pasado de farra un finde, sino todo el puente de la Constitución más tres moscosos que le quedaban, y todavía en el áfter, de bajona y poco antes de pedir el enésimo Hendrick’s, contemplaría sus llaves y se diría «de fijo que me han cambiado la cerradura». Todavía en el áfter y poco antes de pedir el enésimo Hendrick’s caigo en la cuenta de que, sin ser demasiado consciente de ello, he ido excluyendo la posibilidad del retorno. He buscado trabajo en cuatro países de Europa central y no se me ha ocurrido acreditarme para la universidad española. Sin duda se trata de una decisión involuntaria, de un acto fallido psicopatológico y revelador. Y es una pena porque, aunque no soy ningún patriota ni creo que en España se viva mejor que en ninguna otra parte, sí querría dejarme zurrar más a menudo por mis sobrinos, acompañar a mi madre a las manifestaciones, sacarme un abono del Teatro de la Zarzuela y comerme unos boquerones fritos como Dios manda.
Podría entrar por la ventana, escalando el canalón de desagüe, pero tampoco es eso. No voy a volver para currar con un contrato cogido con alfileres e hipotecarme en un semisótano de un país que tiene un plan energético del año de Maricastaña, unos informativos serviles, unas playas convertidas en la zona común de la urbanización y la mitad de los profesores de secundaria contratados a dedo por congregaciones religiosas.
Luego está el tema de las universidades españolas, que me tiene loquito. Por los Erasmus que me llegan, empiezo a sospechar que hace ya unos años que las transformaron en parques temáticos y la peña todavía no se ha enterado. El otro día una chica de Salamanca me puso por escrito que la Celestina se publicó en 1949, que el andaluz es una lengua «porque no se entiende» y que «La infanzona de Medinica» —poema de Valle-Inclán que tenía a la vista— trata de una señora que es una «infona» (sic). Y así me vienen todos, o casi todos, que es para darles un besico en la frente. Y eso que estudian en universidades públicas, porque «en última estancia» —como habría dicho la estudiante de hace un momento— el panorama verdaderamente desolador es el de esos mataderos industriales de la enseñanza superior que son las universidades privadas a distancia, y no entro en detalles porque están dando de comer a varios parientes y amigos.
España es un país para viejos, al que quizá regrese cuando ya no tenga aspiraciones ni principios. Entre tanto, tiene pinta de que seguiré por aquí fuera, aunque sólo sea para acoger a mis sobrinos si dentro de tres legislaturas deciden ser otra cosa que camareros. Le pido al del áfter que me traiga otro Hendrick’s (el último, lo juro) y el DJ que lo conoce toca el himno de las doce, que resulta ser este temazo de La Puta Opepé: «mira cómo va: nos la han vuelto a meter, / cuatro años más de derecha en el poder, / ese partido nunca se cansa de joder, / dime tú qué vamos a hacer».
La alegoría hay que afinarla, en realidad, e imaginarla con un desenlace menos sainetero. El marido tarambana no se habría pasado de farra un finde, sino todo el puente de la Constitución más tres moscosos que le quedaban, y todavía en el áfter, de bajona y poco antes de pedir el enésimo Hendrick’s, contemplaría sus llaves y se diría «de fijo que me han cambiado la cerradura». Todavía en el áfter y poco antes de pedir el enésimo Hendrick’s caigo en la cuenta de que, sin ser demasiado consciente de ello, he ido excluyendo la posibilidad del retorno. He buscado trabajo en cuatro países de Europa central y no se me ha ocurrido acreditarme para la universidad española. Sin duda se trata de una decisión involuntaria, de un acto fallido psicopatológico y revelador. Y es una pena porque, aunque no soy ningún patriota ni creo que en España se viva mejor que en ninguna otra parte, sí querría dejarme zurrar más a menudo por mis sobrinos, acompañar a mi madre a las manifestaciones, sacarme un abono del Teatro de la Zarzuela y comerme unos boquerones fritos como Dios manda.
Podría entrar por la ventana, escalando el canalón de desagüe, pero tampoco es eso. No voy a volver para currar con un contrato cogido con alfileres e hipotecarme en un semisótano de un país que tiene un plan energético del año de Maricastaña, unos informativos serviles, unas playas convertidas en la zona común de la urbanización y la mitad de los profesores de secundaria contratados a dedo por congregaciones religiosas.
Luego está el tema de las universidades españolas, que me tiene loquito. Por los Erasmus que me llegan, empiezo a sospechar que hace ya unos años que las transformaron en parques temáticos y la peña todavía no se ha enterado. El otro día una chica de Salamanca me puso por escrito que la Celestina se publicó en 1949, que el andaluz es una lengua «porque no se entiende» y que «La infanzona de Medinica» —poema de Valle-Inclán que tenía a la vista— trata de una señora que es una «infona» (sic). Y así me vienen todos, o casi todos, que es para darles un besico en la frente. Y eso que estudian en universidades públicas, porque «en última estancia» —como habría dicho la estudiante de hace un momento— el panorama verdaderamente desolador es el de esos mataderos industriales de la enseñanza superior que son las universidades privadas a distancia, y no entro en detalles porque están dando de comer a varios parientes y amigos.
España es un país para viejos, al que quizá regrese cuando ya no tenga aspiraciones ni principios. Entre tanto, tiene pinta de que seguiré por aquí fuera, aunque sólo sea para acoger a mis sobrinos si dentro de tres legislaturas deciden ser otra cosa que camareros. Le pido al del áfter que me traiga otro Hendrick’s (el último, lo juro) y el DJ que lo conoce toca el himno de las doce, que resulta ser este temazo de La Puta Opepé: «mira cómo va: nos la han vuelto a meter, / cuatro años más de derecha en el poder, / ese partido nunca se cansa de joder, / dime tú qué vamos a hacer».
sábado, 25 de junio de 2016
Como nos vamos a Madison el año que viene, las chicas de oro del comité de barrio me organizan un aperitivo de despedida. Le llevo a cada una un tiestito con una planta suculenta que florecerá de nuevo cuando regresemos.
—Es como la planta de E.T.
Necesitan mucho sol y poca agua, que es lo contrario de lo que hay en este país, por lo que dudo mucho que lleguen siquiera a fin de año.
Hablamos de si los puericultores y maestros de primaria necesitan una formación de máster, que es algo por lo que Anne lleva años abogando. Se cuentan varias historias y batallitas sobre cómo era de antes la escuela. Cosette (nombre ficticio) cuenta que un día, cuando tenía siete u ocho años, le mandaron hacer una labor de ganchillo para el día de la madre. Digo yo que sería más bien bordado, porque el ganchillo es muy difícil para niños tan chicos, incluso para los belgas, que tienen memoria genética del encaje. Fuera bordado o ganchillo, lo importante es que la madre de Cosette había muerto unos meses antes. «¡Es igual! —repuso el maestro—; tú hazlo igual que tus compañeras». Cosette dedicó la mañana a destrozar el bordado dando puntadas furiosas en todos los sentidos. Sesenta años más tarde todavía se crispa al recordarlo:
—¿Cómo va a dar igual que tu madre esté muerta si la tarea es hacer un regalo para el día de la madre? El caso es que unos años más tarde el hijo de ese profesor se suicidó, y yo pensé «¡ja!, ¡le está bien empleado!».Todos reímos con incredulidad. Anne interpreta la historia como la prueba palmaria de la importancia de dar una formación adecuada a los maestros, de modo que estén equipados para resolver convenientemente todo tipo de situaciones; porque si no, dice, al final es siempre el niño el que tiene que lidiar con ello, no sólo con la violencia —física o simbólica— de cada incidente, sino también con complejos de culpa que, como la anécdota de Cosette pone en evidencia, se arrastran el resto de la vida.
Cosette pincha una aceituna y dice «oh, yo estoy bien, no te preocupes», y yo pienso en lo triste que resulta esperar a que sea un profesor de universidad quien le explique a la gente cómo de absurdo es obligar a los huérfanos a preparar regalos el día de la madre.
sábado, 28 de mayo de 2016
Jonas, el novio de Maria, nos propuso participar en una especie de manifestación ciclista que tiene lugar todos los últimos viernes de mes y que se llama Masa Crítica, «Critical Mass». Inflo los neumáticos de mi vieja bici verde y nos encontramos con él y con unos amigos suyos en un kiosco de bebidas de Neukölln. Jonas compra dos Lager de medio litro; abre una y mete la otra en su mochila. Varias personas pasan recogiendo firmas para la celebración de un plebiscito sobre la adecuación de la calzada al tráfico ciclista. Quince minutos después el barrio está colapsado de bicis y empiezan a sonar los timbres: hemos alcanzado la masa crítica y hay que ponerse en marcha.
A nuestro alrededor vemos gente de todas las edades; muchos conducen con una mano y tienen en la otra una botella de cerveza; alguno lleva un remolque con bafles y va pinchando música desde el iPhone. También hay alguno que va en patinete, o en triciclo, o en silla de ruedas. Al llegar a los cruces dos o tres valientes se paran para contener a los coches cuando cambie el semáforo.
—¡Eh, quitaos de en medio! —grita un conductor— ¡El semáforo está en rojo!
—Lo siento, somos un grupo de ciclistas y no podemos separarnos.
El conductor se baja del coche y nos increpa haciendo gesticulaciones de drama calderoniano.
—¡Panda de cretinos! ¡¿Alguno de vosotros ha leído el código de circulación?!
Ahora que lo menciona, el artículo 27 del reglamento de tráfico alemán determina que un grupo de más de 15 ciclistas es considerado como un gran vehículo. Esto significa que pueden ocupar carriles enteros de la calzada y que la circulación del grupo no se puede interrumpir en un cruce. En otras palabras: el pelotón debe continuar circulando aunque el semáforo se haya puesto en rojo. Lo interesante es que este artículo del código se aplica tanto a un grupo de 16 ciclistas como a uno de 16.000.
A lo largo de la noche nuestro pelotón llegará a tener casi tres kilómetros de longitud y a ocupar los cuatro carriles de las principales arterias de Berlín. Pensábamos que se trataría de una concentración simbólica, cosa de hacerse la foto y marcharse a la bodega, y al final nos pasamos cuatro horas pedaleando sin parar por todo Berlín Oeste, de Schöneberg a Wedding, para arriba y para abajo, hasta sumar 40 kilómetros largos. Por una noche los ciclistas hemos podido decir, como dijo hace cuarenta años cierto camaleón político hispano, que la calle es nuestra.
Kathleen y yo entonamos el estribillo de una vieja canción de Die Prinzen que empieza «jeder Popel fährt 'nen Opel», y que en castellano viene a querer decir: «los memos conducen un Opel, los capullos conducen un Ford, los tontos un Porsche, los gilipollas un Audi Sport, los tarados van en un Manta —ya he dicho que la canción es vieja—, los pringados en Jaguar: sólo quienes saben disfrutar van en bici y siempre llegan antes a los sitios». Si lo sé me traigo el ukelele. La gente sale a los balcones, aplaude, ríe, baila, nos jalea, nos hace fotos. Un mendigo que está durmiendo en el portal de un banco levanta el brazo por debajo de los cartones y hace el gesto de la victoria. Dos muchachas estupefactas nos preguntan adónde vamos: «¡a una fiesta!», responde el que pedalea delante de mí. Un chico y una chica salen de una discoteca y echan a correr por la acera en sentido contrario, desmelenados, en busca de sus bicicletas, mientras gritan «¡vamos con vosotros!».
De todos modos, conviene no sobreinterpretar el entusiasmo de los espectadores. Si uno saliera a la calle con un chaleco explosivo y pegando tiros al aire, la reacción de la gente quizá no sería muy distinta: fotos y gritos, aplausos y bailoteos. Así ocurre —literalmente— en la peli que acaba de dirigir Jodie Foster. Hace unos meses caí casualmente en París una mañana en la que todos los quais del centro estaban invadidos por una quedada de moteros, y el personal de a pie estaba enchanté de la vie. Yo fui el único que cruzó hacia las Tullerías haciendo la peineta con las dos manos.
La Masa Crítica tiene lugar desde hace años en todas las grandes ciudades del mundo los últimos viernes de mes. En Madrid los jueves, porque los ciclistas los viernes también van de bares. «¿Cómo es que no nos hemos enterado de esto antes?», nos preguntamos. A lo mejor no es culpa nuestra, ya que el movimiento ha ignorado conscientemente a los medios de comunicación, no ha emitido comunicados, no concede entrevistas, no tiene portavoces, no fija su ruta de antemano, y los periodistas, quizá algo picados, suelen hacer como si no existiera. La Masa Crítica existe en el entresuelo de la realidad y la leyenda, es un viernes de carnaval sostenible y sostenido, es un tren fantasma electrizante que aparece de improviso no se sabe dónde, es la Santa Compaña de ese otro mundo que también es posible.
A nuestro alrededor vemos gente de todas las edades; muchos conducen con una mano y tienen en la otra una botella de cerveza; alguno lleva un remolque con bafles y va pinchando música desde el iPhone. También hay alguno que va en patinete, o en triciclo, o en silla de ruedas. Al llegar a los cruces dos o tres valientes se paran para contener a los coches cuando cambie el semáforo.
—¡Eh, quitaos de en medio! —grita un conductor— ¡El semáforo está en rojo!
—Lo siento, somos un grupo de ciclistas y no podemos separarnos.
El conductor se baja del coche y nos increpa haciendo gesticulaciones de drama calderoniano.
—¡Panda de cretinos! ¡¿Alguno de vosotros ha leído el código de circulación?!
Ahora que lo menciona, el artículo 27 del reglamento de tráfico alemán determina que un grupo de más de 15 ciclistas es considerado como un gran vehículo. Esto significa que pueden ocupar carriles enteros de la calzada y que la circulación del grupo no se puede interrumpir en un cruce. En otras palabras: el pelotón debe continuar circulando aunque el semáforo se haya puesto en rojo. Lo interesante es que este artículo del código se aplica tanto a un grupo de 16 ciclistas como a uno de 16.000.
A lo largo de la noche nuestro pelotón llegará a tener casi tres kilómetros de longitud y a ocupar los cuatro carriles de las principales arterias de Berlín. Pensábamos que se trataría de una concentración simbólica, cosa de hacerse la foto y marcharse a la bodega, y al final nos pasamos cuatro horas pedaleando sin parar por todo Berlín Oeste, de Schöneberg a Wedding, para arriba y para abajo, hasta sumar 40 kilómetros largos. Por una noche los ciclistas hemos podido decir, como dijo hace cuarenta años cierto camaleón político hispano, que la calle es nuestra.
Kathleen y yo entonamos el estribillo de una vieja canción de Die Prinzen que empieza «jeder Popel fährt 'nen Opel», y que en castellano viene a querer decir: «los memos conducen un Opel, los capullos conducen un Ford, los tontos un Porsche, los gilipollas un Audi Sport, los tarados van en un Manta —ya he dicho que la canción es vieja—, los pringados en Jaguar: sólo quienes saben disfrutar van en bici y siempre llegan antes a los sitios». Si lo sé me traigo el ukelele. La gente sale a los balcones, aplaude, ríe, baila, nos jalea, nos hace fotos. Un mendigo que está durmiendo en el portal de un banco levanta el brazo por debajo de los cartones y hace el gesto de la victoria. Dos muchachas estupefactas nos preguntan adónde vamos: «¡a una fiesta!», responde el que pedalea delante de mí. Un chico y una chica salen de una discoteca y echan a correr por la acera en sentido contrario, desmelenados, en busca de sus bicicletas, mientras gritan «¡vamos con vosotros!».
De todos modos, conviene no sobreinterpretar el entusiasmo de los espectadores. Si uno saliera a la calle con un chaleco explosivo y pegando tiros al aire, la reacción de la gente quizá no sería muy distinta: fotos y gritos, aplausos y bailoteos. Así ocurre —literalmente— en la peli que acaba de dirigir Jodie Foster. Hace unos meses caí casualmente en París una mañana en la que todos los quais del centro estaban invadidos por una quedada de moteros, y el personal de a pie estaba enchanté de la vie. Yo fui el único que cruzó hacia las Tullerías haciendo la peineta con las dos manos.
La Masa Crítica tiene lugar desde hace años en todas las grandes ciudades del mundo los últimos viernes de mes. En Madrid los jueves, porque los ciclistas los viernes también van de bares. «¿Cómo es que no nos hemos enterado de esto antes?», nos preguntamos. A lo mejor no es culpa nuestra, ya que el movimiento ha ignorado conscientemente a los medios de comunicación, no ha emitido comunicados, no concede entrevistas, no tiene portavoces, no fija su ruta de antemano, y los periodistas, quizá algo picados, suelen hacer como si no existiera. La Masa Crítica existe en el entresuelo de la realidad y la leyenda, es un viernes de carnaval sostenible y sostenido, es un tren fantasma electrizante que aparece de improviso no se sabe dónde, es la Santa Compaña de ese otro mundo que también es posible.
miércoles, 18 de mayo de 2016
La desagradable raza extraterrestre de los vogons es descrita en la Guía del autoestopista galáctico de la siguiente manera: «No levantarían un dedo para salvar a sus propias abuelas […] sin órdenes firmadas en triplicado, enviadas, regresadas, cuestionadas, traspapeladas, encontradas, sujetas al escrutinio público, vueltas a traspapelar y finalmente enterradas en turba suave por tres meses y reciclada para hacer encendedores». Tengo fundadas sospechas de que la célula contable de nuestra Facultad está regida por uno de ellos. La semana pasada este vogon me envió un correo electrónico relativo a un congreso que estamos organizando los profesores de español. En él que me rogaba le remitiera «las cartas de concesión de los subsidios que le hayan sido concedidos o de los que haya solicitado, en caso de que no se los hayan concedido aún». La frase es suficientemente larga como para que uno esté a punto de caer en la trampa presentando un documento que atestigüe algo que ocurrirá (o no) en el futuro, lo que seguramente abriría una puerta en el hiperespacio por la que este vogon introduciría a millones de sus congéneres en nuestro planeta, ya suficientemente provisto de burócratas.
El correo proseguía con una serie de formulismos vacíos de significado y de requerimientos arbitrarios, y terminaba pidiendo que le transmitiera asimismo los números de cuenta asociados al congreso que hayan sido generados para recibir los subsidios concedidos (o solicitados).
Esta última parte no es tan graciosa si uno no sabe que el encargado de generar los números de cuenta bancaria asociados a los congresos es precisamente el vogon que me envía el e-mail. Tendría la misma lógica que yo le pidiera a un pobre tipo de Recursos Humanos o de Relaciones Internacionales que me dijera qué notas he puesto en mis asignaturas. O, más exactamente, qué notas voy a poner en mis asignaturas.
Sabiendo lo temible que es esa raza alienígena cuando de represalias se trata, he respondido con mucha seriedad y cautela lo siguiente:
«Estimado Sr. Vogon:
»Las cartas de concesión de los subsidios que aún no me han concedido están siendo tramitadas; generalmente las recibiré sólo una vez se resuelvan las solicitudes, pero confío en que un esfuerzo de concentración por mi parte consiga acelerar el proceso. En lo atingente a los números de cuenta, tendré mucho gusto en comunicárselos tan pronto como usted mismo los genere.
»Quedo a su disposición para cualquier consulta relativa a este particular, etcétera, etcétera».
domingo, 15 de mayo de 2016
Hace más de quince años que quería ver tocar a Brad Mehldau y al fin he tenido la oportunidad. Verlo impresiona tanto como oírlo, porque Brad Mehldau tiene una cabeza muy grande, con orejas también muy grandes, y cuando toca se contorsiona como si le estuviera dando un jamacuco. Esta noche, además, se ha puesto unos pantacas muy ajustados con un diseño que no se sabe si es moaré o un patrón tridimensional de El ojo mágico.
Jeff Ballard tiene también una hexis rara, como si fuera nuevo en esto y la hubieran dicho que tocar consiste en ir poniendo cosas en los platos y en los tambores. En varias ocasiones toca la batería con las manos, no como si fueran bongos, sino con la yema de los dedos, con un gesto de maestro pastelero. Más de una vez puede vérsele con una escobilla en una mano, nada en la otra y dos baquetas preparadas en el sobaquillo.
El estilo de improvisación de Brad Mehldau no es mi preferido, pero sus voicings tienen una textura muy personal. «Como compositor —apunto al dorso de la entrada— aúna la sofisticación de Ornette Coleman con la emotividad de Schumann». Es una frase tópica, que quizá he leído en el libreto de algún CD. Tanto en los temas originales como en las versiones —muchas veces de clásicos de la música pop, en la línea iniciada por The New Standard de Herbie Hancock— practica una estructura asimétrica que es una bocanada de aire fresco en un género —el jazz contemporáneo— que tiene problemas para situarse en cualquier punto intermedio entre el desmadre amorfo y los turnos de sota, caballo y rey.
La penúltima canción de la noche, por ejemplo, es un estándar viejo y sentimental: Si tu vois ma mère, de Sidney Bechet. Expone el tema el contrabajo; sigue una improvisación muy lírica del piano, hacen luego dos tandas de ocho compases con el percusionista, al cual le sabe a poco y repasa la forma entera en solitario, y a esto le sigue una coda de diez minutos de piano rubatto a palo seco que se inspira remotamente en los intervalos de la melodía original y dura más que el resto de la canción en conjunto.
Mehldau pone al público en pie y se somete a tres bises. No le dan la oreja porque bastante tiene con las suyas.
Jeff Ballard tiene también una hexis rara, como si fuera nuevo en esto y la hubieran dicho que tocar consiste en ir poniendo cosas en los platos y en los tambores. En varias ocasiones toca la batería con las manos, no como si fueran bongos, sino con la yema de los dedos, con un gesto de maestro pastelero. Más de una vez puede vérsele con una escobilla en una mano, nada en la otra y dos baquetas preparadas en el sobaquillo.
El estilo de improvisación de Brad Mehldau no es mi preferido, pero sus voicings tienen una textura muy personal. «Como compositor —apunto al dorso de la entrada— aúna la sofisticación de Ornette Coleman con la emotividad de Schumann». Es una frase tópica, que quizá he leído en el libreto de algún CD. Tanto en los temas originales como en las versiones —muchas veces de clásicos de la música pop, en la línea iniciada por The New Standard de Herbie Hancock— practica una estructura asimétrica que es una bocanada de aire fresco en un género —el jazz contemporáneo— que tiene problemas para situarse en cualquier punto intermedio entre el desmadre amorfo y los turnos de sota, caballo y rey.
La penúltima canción de la noche, por ejemplo, es un estándar viejo y sentimental: Si tu vois ma mère, de Sidney Bechet. Expone el tema el contrabajo; sigue una improvisación muy lírica del piano, hacen luego dos tandas de ocho compases con el percusionista, al cual le sabe a poco y repasa la forma entera en solitario, y a esto le sigue una coda de diez minutos de piano rubatto a palo seco que se inspira remotamente en los intervalos de la melodía original y dura más que el resto de la canción en conjunto.
Mehldau pone al público en pie y se somete a tres bises. No le dan la oreja porque bastante tiene con las suyas.
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