Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

domingo, 2 de octubre de 2016

Ayer estuve en las jornadas de zarzuela de Cuenca, donde echaron una estupenda versión a lo Kurt Weill de El sobre verde; el director de escena nos participó poco antes de la función lo orgulloso que estaba del montaje, y explicó que en el teatro las escenas vienen escritas y es en las transiciones donde tiene que «saltar la chispa». Entiendo que es en el hilván de los retales donde ha de buscarse lo específico de cada puesta en escena. Estoy hablando de esto en casa de mi hermano Nacho, que nos ha invitado a comer, cuando me interrumpen:

—¡Vamos, que nos vamos!

—Bueno —respondo— vámonos, pero que sepáis que aún falta una hora...

Nos ponemos a caminar a toda mecha. Adonde vamos es a ver Reikiavik, de Mayorga. Un cuarto de hora más tarde pregunto si falta mucho.

—Estamos llegando ya al punto de enganche de bicicletas, que está detrás del auditorio. Luego es todo cuesta abajo.

—Ah.

Nacho y Eva se han sacado el abono del Bicimad e intentan amortizarlo cuando no salen a la calle cargados de churumbeles, pero quiere la fatalidad que hoy no haya más que una bicicleta libre en el perno. Nacho la saca y bajamos despendolados a Avenida de América, donde hay otras dos, aunque una de ellas se la está llevando un hipster en nuestras barbas. Pues vaya lata. En los últimos meses ha habido un montón de robos de bicicletas —«algunas han llegado hasta Rumanía», apuntan los servicios informativos, siempre rápidos en divulgar prejuicios—, y como el servicio funcionaba a la pata la llana el ayuntamiento ha terminado comprando la concesión. Se conoce que la empresa concesionaria ya ha desentendido del asunto, y a día de hoy se llega antes a los sitios montado en uno de los leones del Congreso que en una bici del servicio público.

Entre tanto son las cinco y media, así que les digo a Eva y Nacho que vayan saliendo y que yo iré en metro. ¿Adónde? Al teatro Valle-Inclán. Mientras bajo las escaleras mecánicas repaso las combinaciones: línea 4 a Diego de León, 5 hasta Callao y luego la 3 (pero el transbordo de Diego de León toma mucho tiempo); línea 4 hasta Argüelles y 3 hasta Lavapiés (pero son 15 paradas, y ya sólo faltan 20 minutos para que empiece la función); línea 6 hasta Pacífico y 1 hasta Antón Martín (¡no! ¡la línea 1 está en obras!); línea 6 hasta Manuel Becerra, 2 hasta Sol, 3 hasta Lavapiés... Las constelaciones de paradas son como partidas de ajedrez que uno le echase a la tarde. Según entro en el vagón me decido por una opción audaz: línea 6 hasta Legazpi y transbordo a la 2: son también muchas paradas pero un solo transbordo, relativamente cómodo, y por suerte cojo ambos trenes nada más llegar al andén.

Salgo dando boqueadas a la plaza de Lavapiés y veo que alguien me hace señas desde la puerta del teatro. Es una empleada, que me recibe con la urgencia de la azafata que está cerrando la puerta de embarque:

—¡Estamos a punto de empezar, suba al segundo piso! —dice, mientras me devuelve la entrada troquelada y, con el mismo giro experto de muñeca, me impulsa en dirección a la escalera. En la puerta de la sala un acomodador habla por un walkie-talkie: «¡el águila está en el nido!, ¡cierren compuertas!». Entro en la sala desfondado y una enfermera me deposita en el asiento que me corresponde; a lo lejos veo a Nacho y a Eva vitorearme:

—¡Parecías el cuarto actor!

La obra sólo tiene tres actores y yo venía a ser el cuarto actor que atraviesa como una exhalación la cuarta pared. Después de haber pasado por las jornadas de zarzuela de Cuenca, me desconcierta que no canten ni bailen. La obra me empieza a interesar cuando entiendo que, aunque sólo hablen de ajedrez, no trata de ajedrez. Son en realidad dos tipos raros que tratan de transmitir a un muchacho su pasión por encarnar a otras personas. Lo que ocurrió en Reikiavik en 1972 —el encuentro entre Fisher y Spassky— es inalterable y está escrito en un librito manoseado que los dos apasionados conocen de memoria. La victoria o la derrota no se puede cambiar, dicen; lo que sí se puede cambiar es el talante con el que se asumen. Es, en resumidas cuentas, una formulación grandilocuente y esencialista de lo que nos contó ayer el director de El sobre verde. Pienso que Mayorga no tiene razón, que ni el teatro es una simple actualización de textos ni los papeles teatrales son vidas vicarias. El teatro también pueden ser muchachas que enseñan la liga mientras cantan coplas satíricas contra el gobierno, y también es su sufrido público, y un edificio con asientos de terciopelo y una boîte en el sótano.

—Bueno, vámonos a casa, que hemos dejado a los niños con los abuelos —dice Nacho mientras tironea en vano de una bici que tiene el piloto verde. Media hora más tarde estamos en la glorieta de Atocha haciendo verónicas y gaoneras a un tropel de taxis ocupados.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Aprovechando que paso unos días en Madrid pongo un poco de orden en los cajones de mi escritorio. Saco un carrito de la compra lleno de papeles para tirar, y hago algunos hallazgos arqueológicos, como un walkman, un mechero de cuerda, una máquina de etiquetas Dymo con carrete y una moneda de dos pesetas de 1936, con la alegoría de la República, que limpio con Sidol.

Aparece también una hucha que me regalaron en la primera comunión. Es un cerdito blanco de cerámica, con pinceladas doradas en las orejas. En un flanco tiene pintado un niño meapilas vestido con una túnica; en el otro, un cáliz y una hostia flotando entre nubecillas azules y rayos de sol. Dentro hay un montón de duros.

—Esto se podrá tirar, ¿no?

A mi padre se le despierta la memoria genética de procurador general del Santo Oficio y parece Agustín González en un arranque fuera de guión:

—¡¿Pero qué estás diciendo?! ¡Estás chalado! ¿Cómo vas a tirar el dinero? Vete al Banco de España y te lo cambian en euros.

Cómo voy a ir al Banco de España, si el billete de autobús vale más de lo que me van a dar... Además, imagínate la cara que pondría el de la ventanilla cuando me viera llegar con un cerdito de porcelana adornado con motivos eucarísticos. Bien mirado, sólo por eso valdría la pena ir. Pero no.

Mi padre dice que con su abono transportes de jubilado sí le trae cuenta, así que vacía la hucha y comienza a clasificar los duros por tamaños. Aparecen algunos de los que se acuñaron a principios de los 90, con un diseño a lo Mariscal.

—Huy —dice mi madre—, ésas te las van a pagar muy bien.

Al final salen 35 duros, 175 pesetas. Me quedo con una peseta rubia que aparece perdida por allí. Pasa el tiempo y pierdo de vista el asunto, pero no veo que mi padre vuelva ningún día cargado de delicatessen: quizá decidió gastárselo él solo y se comió media ostra en el mostrador gourmet del Corte Inglés.

Un par de días después mi padre asoma la cabeza por la puerta de mi cuarto:

—El teclado ese que tienes detrás de una puerta ¿no se puede tirar?

Se refiere al piano eléctrico que usaba en los bolos. Costó cien mil pesetas de entonces y está en perfecto estado. Creo yo que por lo menos 175 pesetas sí que me darían por él en eBay, y con ese argumento consigo salvarlo por unos años más.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Me queda aún una semana de trabajo. En algún momento consideré reservar una habitación de hotel en la ciudad, pero lo descarté enseguida: ¿por qué debería pasar la última semana en un sitio en el que he elegido no vivir los últimos cinco años? Busco una pensión en el valle y doy con una que está a dos pasos de la estación de Esneux. La regentan Joëlle y su marido Luc, cuyo apellido es Lecoq. De ahí que la finca —una vieja mansión con un jardín lleno de esculturas, un cenador, una piscina de agua salada y una que otra hectárea de bosque que descubrieron al cabo de los años en el registro notairal— tenga un nombre gallardo y resonante: Les Gallinautes.

Luc nació y creció en el Congo; su padre creó allí la primera red de dispensarios médicos del país. La familia volvió a Europa a principios de los 60; Luc quería irse a Roma a estudiar música, aprovechando que una de sus hermanas ya vivía allí, pero su padre se negó en redondo, le cortó el dinero y le inscribió en una formación de kinesioterapia. Fue a clase el primer día por curiosidad y se quedó pegado al pupitre durante los cinco años siguientes. Luego se doctoró en osteopatía y pasó varios años yendo y viniendo en coche de Lieja a París: tardaba dos horas y media, casi lo que tarda hoy el Thalys.

—Corría como un loco, pero es que tenía que pasar consulta aquí de diez a doce de la noche. Luego todavía estudiaba un rato y de madrugada volvía a París.

Nikola Tesla dormía más que Luc. Éste, cuando vuelve de trabajar, hace esculturas, toma fotografías, toca el piano, dibuja y dedica las noches a estudiar el desarrollo embrionario y el crecimiento humano.

—Pensamos en el desarrollo biológico como algo que se produce desde dentro, como una serie de instrucciones que van de los genes hacia el exterior, pero en realidad todo responde a un puñado de leyes mecánicas relativamente simples: la oxidación, la ósmosis, la erosión, la corrosión...

Habla de mareas, de corrientes y de ritmos, de fallas y de solidificaciones, pero en realidad de lo que está hablando es de la anatomía humana. Su tratamiento —dice— consiste en tocar a los pacientes de modo que su cuerpo recuerde mecanismos que se le habían detenido. Es un cartesiano que da mucha cancha a la intuición:

—La primera vez que vi a Joëlle —imagino que tendrían por entonces veinte años—, estaba morena como una etíope y llevaba una marinera con galones en las mangas, lo cual me pareció encantador. Volví a mi casa y le dije a mi madre: «acabo de ver a mi mujer».

La madre de Joëlle vive también en la casa y debe de andar cerca de los noventa años, llevados con lucidez y hasta con bastante elegancia. El domingo, mientras desayunamos, nos cuenta historias de la ocupación nazi. Una vez, por ejemplo, pusieron a dormir a un alemán encima de un lingote de oro. Resulta que como un pariente trabajaba en un banco, les había resultado fácil transformar en oro sus ahorros, lo que en aquel momento era una operación inteligente. Cuando necesitaban hacer alguna compra, raspaban un poco el lingote. Lo escondieron de forma provisional debajo de una cama, y hete aquí al poco tiempo los alemanes los echaron de casa con modos perentorios para que pudiera dormir allí un archipámpano del Reich. «¡Ay, madre mía, como mire debajo de la cama!». Pero no tuvo que mirar, porque durmió muy bien. Si llega a dormir mal, acaban en la ruina.

En otra ocasión, ya a finales de la guerra, fueron obligados a alojar a dos SS muy jovencitos.

—Mi hermano pequeño había desmontado unas pinzas de la ropa y había pegado los palos simulando un avión. Se acercaba a los nazis imitando el ruido de la hélice y les bombardeaba las rodillas. Eran los días en que la aviación norteamericana estaba arrasando las ciudades alemanas. Los SS miraban a mi hermano con resignación. ¿Qué podían a hacer a aquellas alturas? Yo creo que ellos mismos no estaban muy convencidos del papel que les había tocado representar.

Reímos, y Joëlle dice:

—Seguro que en alguna parte hay un alemán que le está contando la misma historia a sus nietos: «...y había un niño que daba vueltas con unas pinzas y hacía como si nos bombardeara».

Los gallinautas pertenecen de esa clase de personas que intuyen la manera de ser afortunadas, y a las que todo les resulta sencillo e inocuo: no cierran la puerta, no pisan el freno y atraviesan las guerras mundiales con la candidez del buen soldado Šwejk.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Hemos quedado en el Amirauté para cenar con Nathalie y François, mis caseros, y para presentarles a David y Mara, que van a subalquilar el apartamento y, en cierto modo, a vestirse durante un año nuestra identidad social. François insiste en que pidamos vino rosado porque siempre ha estado presente en los grandes momentos de su vida. Hablamos de Tilff, de Madrid, de Madison, del frío que hace en Madison, y Nathalie me asegura que diez gotas al día de própolis la transportan confortablemente a través del invierno. Al final de la cena se nos pega el dueño del Amirauté y nos cuenta cómo fue esquiador olímpico, y cómo dirigió luego una discoteca en Marbella, y cómo tuvo una novia italiana que vivía en una fábrica de ataúdes; concluye palmeándose el triponcho y exclamando «¡este es mi capital!». Al volver al mostrador da instrucciones para que nos saquen otra botella de rosado, a cuenta de la casa: hemos sido un público magnífico.  

Al día siguiente, cuando estoy cerrando las maletas y terminando de recoger el piso, llaman al telefonillo. Es Nathalie, que se ha dejado caer para traerme un frasco del famoso própolis y desearme una vez más buen viaje. A su lado, espigada, su hija Louna. Le tiendo la mano y la mira con incomprensión. Tras unos segundos, termino por entender y me agacho para que me dé un beso. Las hago entrar en el piso un minuto.

—Álvaro se va a ir a América y va a escribir un libro —explica Nathalie.

Louna guiña un momento los ojos, y pregunta:

—¿De cuántas páginas?

Yo balbuceo que no sé, ni muchas ni pocas... Me giro hacia la estantería y saco la correspondencia de Erik Satie:

—Esto, por ejemplo, tiene demasiadas. Da angustia ponerse a leer un libro así de gordo. En cambio este otro —saco un Simenon— es demasiado fino, casi no merece la pena ni comprarlo, porque apenas ha empezado uno a entender de qué trata cuando se termina. Más bien algo entre los dos...

Entre Satie y Simenon escojo una historia de las invasiones marcianas escrita por Carlos Scolari, que reproduce fotogramas de viejas películas de ciencia ficción. Louna lo señala y dice: «yo también prefiero uno así».

Luego saco algunos de los cromos del mundo al revés que he ido comprando estos últimos meses:

—¿Eh? ¿Qué te parece? Estos cromos son más viejos que tu abuelo. Mira qué chulo, este tipo come por la barriga, y este otro es el arco con el que un violoncelo está tocando el violín.

Descuelgo de una pared el xilograbado de Épinal en el que varios animales van al zoológico a ver un grupo de seres humanos. Un cerdo se apoya flemático en un bastón; un león da explicaciones señalando con un puntero a los burgueses enjaulados. Louna se ríe, y dice:

—Una amiga mía tiene un libro en el que todo es al revés: la hierba es azul y el cielo es verde.

Dos horas después, David y Mara me despiden efusivamente y cierran por dentro la puerta de mi apartamento. Acostumbrado a tener algún juego de llaves en el bolsillo, noto ahora su vacío inusual. Arrastro la maleta en dirección a la estación y durante dos o tres segundos adivino la aprensión que debió de experimentar Martin Guerre el tiempo que no fue Martin Guerre.

La casera es mi amiga del alma, el trotamundos se transforma en inquilino, el inquilino se convierte en trotamundos y Valonia es un país acogedor que ya estoy echando de menos. El mundo al revés.
Post scriptum:
Unos días más tarde me escribe Nathalie. Louna ha vuelto al colegio y la primera lección trata de una niña que tiene que sacar a su madre de la cama y convencerla de que vaya al trabajo, porque ya se han acabado las vacaciones: «Louna inmediatamente se ha acordado de ti y de tus dibujos». Le respondo que le diga vaya estudiando bien el asunto para escribir un libro. Uno que no sea ni muy gordo ni muy fino.

jueves, 25 de agosto de 2016

Ha sido una tarde ciclista y ciclotímica. Como otras veces con este tiempazo que nos está haciendo saco la bici y me doy un garbeo a última hora de la tarde. Llego a Hony, me meto a ver las vacas de la granja e inspiro profundamente para llenarme los pulmones de ese entrañable olor a boñiga y humanidad que expele el establo. Luego subo todo tieso a Ham, que se dice pronto, porque es una pendiente del 35% que hay que subir en primera y echando el bofe, pero merece la pena porque lo que se ve desde arriba no ha cambiado desde 1930. El pueblo son seis o siete casas y una fuente junto a un viejo abrevadero. Bebo unos buchitos, saludo a una vieja y emprendo la bajada a Esneux, que tiene su aquel porque es un sendero muy estrecho y lleno de hierba entre dos cercas de espino: hay que meter la rueda en un carril que han hecho los ciclistas a base de pasar por allí, apretar los dientes y no frenar hasta entrar en el bosque, porque si uno se pone nervioso empieza a dar volantazos con el manillar y se empotra.

Yo bajo templado como un machote, pero al llegar al bosque la bicicleta se detiene con un suspiro cansado: el neumático delantero está más desinflado que la moral de Pablo Iglesias.

—¡Maldición!

Entonces recuerdo que en la alforja llevo un invento para estas situaciones, que aún no he tenido necesidad de probar. Se trata de un pequeño aerosol con un tubito que se acopla a la válvula y rellena la rueda con un gas pegajoso. No repara el pinchazo pero sí te permite volver a casa.

—¡Ja!

Sigo las instrucciones, enrosco el tubo en la válvula y aprieto el espray. La rueda no se hincha, pero entre la válvula y el tubo empiezan a salir grandes borbotones de algo que parece nieve carbónica.

—¡Maldición!

Con un trapo limpio el desaguisado y empiezo de nuevo, aunque esta vez hago fuerza con los dedos para que la válvula entre bien en la rosca. La rueda enseguida se pone farruca.

-¡Ja!

Ahora bien, no hago más que bajar dando tumbos hasta la pista ciclista y de nuevo voy dando en el suelo con la llanta.

—¡Maldición!

Estoy doce o trece kilómetros de Tilff, el sol comienza a decliar y no me he traído el cepillo de dientes. Miro el reloj: como es la línea que cojo a diario, sé que en menos de un cuarto de hora parará el tren en Esneux. La estación está a menos de un kilómetro.

—¡Ja!

Me lanzo a correr arrastrando la bici y despertando la hilaridad de los moteros. Mientras, repaso mentalmente mi situación. Recuerdo que he traído dinero suficiente para comprar un helado y acaso para un billete sencillo de tren, pero no para pagar el suplemento de bicicleta, y menos aún si le añaden el impuesto revolucionario que cobran por comprárselo directamente al interventor.

—¡Maldición!

En esto, pasa junto a mí un autobús con un letrero que dice «servicio especial SNCB», y como soy un as de la pragmática deduzco que por algún motivo se ha interrumpido el servicio de trenes y han puesto un servicio gratuito de autobuses.

—¡Ja!

Sigo el autobús con ojos de náufrago, veo que da la vuelta en una rotonda, deja atrás la estación sin hacer alto y coge la comarcal a todo trapo.

—¡Maldición!

Detengo el autobús con un gesto que no deja lugar a la negociación. El conductor abre la portezuela, me confirma que no hay trenes y me deja montar a pesar de que generalmente las bicicletas están prohibidas.

—¡Ja!

Entro sudando a chorros. Dentro hay cuatro niños judíos ortodoxos: dos son adolescentes y dos más pequeños, dos son varones y dos chicas. Uno está atento, otro aburrido; una está alegre, otra está triste, y sus ojos fijan sobre mí esas cuatro expresiones. El mayor saca una botella de agua de una mochila, llena vasos de plástico y los reparte entre sus hermanos. Después abre una caja de caramelos y van escogiendo por turnos. El cuadro tiene una solemnidad eucarística. La judía más mayor no tendrá más de diecisiete años y es muy bonita; lleva una camiseta con la bandera norteamericana y una falda vaquera, y me radiografía con sus grandes ojos verdes mientras saborea su caramelo. Me ha parecido ver que es de fresa. Los chicos llevan gorras de béisbol, pero el pequeño se la quita y se ve que debajo lleva puesto el yármulke.

Miro a mi alrededor y observo con sobresalto que los demás pasajeros del autobús son también completamente atípicos. Hay una muchacha que tiene media cara llena de mataduras, aunque se ve que ya está casi restablecida del todo. Al fondo, tres mujeres de aspecto mestizo repiten algo que suena como «ie», o «yeah», bastante fuerte. Otra chica lee un libro de páginas amarillas por el ácido, que dato a ojo entre 1955 y 1970. Pienso en que todo lo que me está ocurriendo esta tarde es muy raro, como de novela de Bolaño o de película de Krzysztof Kieślowski. Los judíos me siguen mirando sin disimulo y no sé por qué me figuro que tienen algo que ver con todo eso tan raro que me está ocurriendo esta tarde, que unos y otros han estado interfiriendo con el azar según sus respectivas sensibilidades, diferentes como las cuatro caras de un dreidel, como los cuatro vientos que impulsan la rueda de la fortuna, hasta que han decidido dejarlo en empate y soltarme como un pelele en Tilff.

sábado, 13 de agosto de 2016

En Madrid mi madre plancha y mi padre ve los Juegos Olímpicos. Cuando la cosa se pone emocionante se palmea las pantorrillas. Mi hermano se ha ido de vacaciones y les ha dejado el hámster de los nietos, para que lo cuiden. El hámster se llama Rolo, y yo creo que para él estas semanas también son de vacaciones, porque durante el curso mis sobrinos lo lanzan por el aire, lo meten en laberintos de cartón y le hacen luchar contra los Lego ninja.

Rolo es un ratoncejo organizado y modoso, que por las mañanas barre la jaula y pone orden en sus mondas y sus cáscaras. También recorta papeles ansionamente y con las virutas hace nidos en los que se esconde. Cuando hace mucho calor, no: cuando hace mucho calor se despatarra sobre el suelo, como haría cualquier hijo de vecino. Come pipas y pienso, y cuando le dan un trozo de queso lo guarda en un iglú de plástico que tiene en la jaula.

Hace poco le compraron una bola de plástico transparente con muchas ranuras; se mete al hámster dentro y se vuelve a cerrar por completo. Así, Rolo puede darse paseos por la casa sin miedo a que lo pisen.

—Anda, vete a buscar al abuelo —le dice mi madre. Y asegura que muchas veces se va para el salón, donde mi padre está jaleando a Rafa Nadal.

—¡Mira tú que hablarle al ratón! —protesta él—; ¡te vas a volver tarumba!

Pero luego, cuando nadie le ve, se acerca a la jaula y dice: «¡No te escondas tanto! ¡Que se te ve el culito!».

Rolo no aguanta mucho tiempo en la bola. Al cabo de media hora se cansa y se pega a las canillas de algún humano para que lo saquen de allí y lo metan en su jaula. Luego mi madre busca un libro gordísimo que tiene a medias y se sienta un rato a leer. 

Kathleen y yo nos escapamos para ir a las fiestas de San Cayetano, el santito del verano. Javier Ruibal da un concierto en la plaza de la Paja. Cuando llegamos están actuando todavía los miembros de la asociación castiza que organiza la verbena. Son dos docenas de viejitos vestidos de chulos y chulapas que se contonean trabajosamente y hacen como que cantan mientras suena por los altavoces un chotis acerca del salero incomparable de los madrileños.

—Qué pena —dice Kathleen, señalando a un grupo de castizas—, se conoce que a aquellas de allí se les ha muerto el marido y tienen que actuar solas.

A lo mejor el marido no se ha muerto sino que se ha quedado en casa viendo la tele, como mi padre, y cuando su señora le pidió que se pusiera el chaleco de mezclilla con un clavel en la solapa, le respondió: «anda y que te ondulen con la permanén».

Ruibal hace comentarios políticos entre una canción y otra, como por ejemplo: «si seguimos retrocediendo corremos el riesgo de conocer personalmente a Isabel II». El concierto está muy currado y si hago abstracción de los gorgoritos flamencos consigo disfrutarlo medianamente. Es una pena que la mitad de la gente que abarrota la plaza haya ido allí a hablar.

—Ah, que toca Fulano —se han debido de decir—. Vamos allí a hablar, que no hay en todo Madrid otro sitio en donde hacerlo.

Volvemos a casa y nos asomamos a ver a Rolo, que está en plena fase anfetamínica. Cuando volvamos de Madison el pobre ya estará criando malvas. Por algún motivo, esto nos da más pena que si estirase la pata en ese mismo instante.

lunes, 25 de julio de 2016

Hacemos trasbordo en Valladolid. El tren que va a Santander tiene sólo dos vagones, y nuestra reserva está en el 3.

—Ya —dice el maquinista—; hoy han puesto sólo dos. Sentaros donde podáis.

El tren se bambolea a través de la planicie palentina, parando en pueblos decrépitos. Monzón de Campos: puertas tapiadas, tejados medio derruidos, edificios abandonados y ocupados y vueltos a abandonar. Una pintada roja en la tapia de una ruina: «¿Quién gana con esto?».

El interventor tiene la cabeza de Dionisio Ridruejo antes del decreto de unificación, cuatro pulseras con la bandera de España, una pegatina rojigualda en la maquinola de leer códigos de barras y un pin sospechoso en la solapa. Le pregunto si este tren no para, por un casual, en Molledo.

—No para, no.

Qué vergüenza: para en Amusco y no para en Molledo, que tiene siete habitantes más. Otro día, al pasar en el cercanías por Corrales de Buelna, vemos un letrero muy grande que pone «F.E. de las JONS», con el yugo y las flechas. Cubre una tapia que tendrá lo menos siete metros de largo, y nadie se ha animado a pintar encima. Me recuerda un chiste que salía en el último número de Mongolia:

—¿Por qué votó usted al PP en las últimas elecciones?
—Porque no pude votar al general Mola.

Es un poco tonto pero me hizo mucha gracia. Ahora me hace menos.

En Molledo se nos unen Adelaida, Toño y Gabrielillo. Queremos hacer picnic en el monte de Canales y paramos en Silió a ver la iglesia románica, que le hace ilusión a Adelaida porque en Andalucía no hay ninguna. Nos la encontramos cerrada. Sentados en un banco de piedra, tres paisanos se entretienen en despellejar vecinos. Les preguntamos si la llave de la iglesia la tiene alguna beata del pueblo, como en tiempos.

—No, ya no. La llave la quitó el obispo.

Ahora sólo se puede visitar la iglesia los domingos de doce y media a una y media, durante la misa. No sé si es una forma de atraer ateos a la iglesia o de evitar que entren en ella quienes de otro modo no la pisarían. La misa de diario también la quitaron por falta de curas: ahora sólo hay uno que debe atender diecinueve parroquias. 

Dos días después bajamos caminando a Helguera y nos encontramos abierta la iglesia mozárabe. Nos metemos en ella de cabeza, aunque en el interior no hay gran cosa. Una sacristía llena de trastos y un retablo con mucho perifollo. A nuestra espalda oímos una voz:

—Los que han visto el retablo antiguo dicen que era muy bonito, pero le colocaron encima este otro y ya no se puede ver. 

Quien nos habla es un sesentón con camisa blanca, gemelos de oro y zapatos impolutos. Habla un español muy correcto aunque conserva el acento escurrido británico, que ya no se quitará nunca. Es, como supuse enseguida, el inglés que compró la casa de mi tía abuela Citas, y resulta que hoy, en esa misma iglesia, se celebra la boda de su hijo. Nos dice que su padre había trabajado de ingeniero en la región, y se lo llevó de chico a pasar varios veranos allí; años después, cuando murió su primera mujer, se prejubiló y se vino a vivir al valle. Terminó casándose en segundas nupcias con la otra extranjera del pueblo, que era una colombiana. Nos habla de los interminables trámites que hubo de hacer para casarse por la iglesia. Aunque él es traductor jurado no le aceptaron sus propias traducciones.

—Eso todavía lo puedo entender —dice—, pero lo que me fastidia es que tampoco aceptaron las traducciones notariales que pagué. Me fui a un amigo traductor y éste me dijo «lo que vamos a hacer es meterle algunos latinajos», y yo dije «perfecto; y ponle también todos los sellos que encuentres». Y con todo aquello los impresionamos y al fin pudimos casarnos. Pero después yo me fui al cura y le fui poniendo delante documentos: «este me ha costado tantos euros; este, tantas libras; este de acá, otro tanto... Y cuando me encuentre con parejas jóvenes le diré que se casen por lo civil y se gasten el dinero en muebles».

Está muy irritado con el cura que va a decir la misa a Helguera. Dice —y es algo que me ha confirmado luego un primo de Molledo— que se baja del coche con la casulla puesta y se vuelve después de misa sin hablar con nadie.

—Y yo le digo «oiga, si tiene tanta prisa no venga, que ya cojo yo el coche y voy a misa a otro sitio».

Para la boda el inglés se ha traído a otro cura que es amigo suyo.

Por la tarde estamos todavía por ahí, sesteando en unos bancos que hay entre la iglesia de Helguera y el cementerio. La escena es de una elevada graduación simbólica. A las cinco hay entierro —se ha muerto una mujer con 102 años—, y llega el cura titular. Yo estoy aún amodorrado por una siesta de guerrilla que me acabo de echar y leo al tran tran una novela de Isaac Bashevis Singer. El cura se sienta junto a mí. Me decepciona que no lleve puesta la capa pluvial, sino una simple camisa gris de clergyman. Es un gordinflas de aspecto aburrido, calvorota, bastante estrábico —«lleva un ojo en la espalda», dirá Adelaida más tarde—. Tiene un smartphone y consulta en él alguna cosa, moviendo el índice de arriba abajo. Se le acerca una parroquiana a hablarle del nuevo calendario de misas diocesano. Él mira con un ojo a la parroquiana y con el otro el teléfono. La Providencia es sabia.