Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

jueves, 1 de diciembre de 2016

En narratología se habla de «metalepsis» cuando se transgreden las fronteras entre dos niveles de ficción, o entre la realidad (representada) y la ficción. La interferencia de Bastian en el universo moñas de La historia interminable es un ejemplo. La amenaza de Babadook es otro: según la película homónima, Babadook es un tipo peludo y de pinta campechana que vive en un pop-up y dice «¡ba-ba-duk!»; quien abra el pop-up, sin embargo, lo liberará y será hecho picadillo por él. Vaya uno a fiarse de las apariencias. 

Otro cuento sobre monstruos es A Child's First Book of Trump. En él se explican a los niños las propiedades de esa criatura con aspecto de cespín repeinado que tanto está dando que hablar: «su dieta es calderilla, sus amigos capullos / y si hace caca forman su nombre los zurullos».

El Trump del cuento ha saltado afuera de las páginas como un pop-up sin sentido de la mesura. Hay detalles inquietantes que hacen pensar en la actualidad política como en una forma de metalepsis, de intersección de mundos posibles, de abordaje de nuestra dimensión por parte de los bárbaros de la ficción televisiva. Me asalta la sospecha viendo los primeros episodios de la nueva temporada de Arrested Development, que Netflix produjo antes de las elecciones. En ella el empresario chiflado George Bluth compra miles de acres de desierto en la frontera con México, y su única manera de escapar a la ruina es convencer a algún aspirante a presidente de que hace falta construir un muro, con la esperanza de que le conceda la contrata.

Trump ganó las elecciones en el universo de George Bluth, un universo en que el papa le apoya, todos los mexicanos son criminales, Obama es el cabecilla del Estado Islámico, Hillary le vende armas y el FBI es financiado por la Fundación Clinton, la cual sirve al mismo tiempo de tapadera a una red de trata de blancas. Irónicamente, Trump no ha sido elegido presidente en ese universo, sino en el nuestro. ¿Cómo ha podido ocurrir? Alexandra Juhasz, profesora del Brooklyn College, lo explica hoy en Jstor Daily con un quiasmo muy instructivo: «la internet real es un fraude, y las noticias fraudulentas son muy reales».

Las pantallas de los televisores se hinchan como en Videodrom y de ellas brotan los gremlins que ocuparán los puestos de gobierno en todo el país y que convertirán la realidad en algo tan inverosímil como es un reality show. Un agente (real) del departamento norteamericano de Seguridad Nacional defiende en el New Yorker de esta semana una teoría ligeramente distinta: habida cuenta que «los Cubs de Chicago han ganado la liga de béisbol y Biff Tannen se ha convertido en presidente», forzosamente estamos en Regreso al futuro II «y pronto será 1985» (Biff Tannen era el malo de la película, y su parecido con Trump da efectivamente que pensar).

Para compensar el incremento en antimateria son repatriadas simultáneamente a nuestra dimensión largas columnas de refugiados digitales que han debido abandonar con lo puesto un soleado universo paralelo poblado por personajes de Modern Family y The Big Bang Theory, en donde la idea de que un Trump llegase a la presidencia era una imposibilidad estadística. Refugiarse en la ficción no es una opción razonable, pero a estas alturas lo razonable es una extravagancia kitsch (con sospechas de glam) y casi todos los demócratas tienen puestas sus esperanzas en que alguien dé con el correo electrónico de los (o las) Cazafantasmas.
P.S. Horas después de haber escrito y publicado los párrafos precedentes, el Babadook amenazó a Trump en Twitter. Este le respondió que no tenía miedo: «¿no has oído hablar del Servicio Secreto?» El Babadook tenía ahí un chiste fácil, pero lo dejó escapar y continuó rimando amenazas. Obama intervino con su prudencia característica para pedir que nadie provocase al Babadook, que está muy loco. ¡Y todos estos peces gordos han estado desvelados tuiteando por una tontería que yo escribí!

sábado, 19 de noviembre de 2016

La primera consecuencia de la victoria de Trump no fue la supresión de Obamacare ni la construcción del muro de México, sino un avalancha de buenismo que provocó diabetes tipo 2 a esa estatua tan grande de Lincoln que hay en Washington. ¡Es tan fácil encontrar en internet gente con la que estar de acuerdo! Yo no uso Facebook, pero con lo que me lee Kathleen tengo de sobra: «id a abrazar a vuestros hijos...», «hacedme un sitio en Europa...», «pensad que hoy sigue existiendo en América toda la gente buena que había ayer...».

Esto último es una interpretación optimista de lo sucedido. La interpretación pesimista es que la gente buena que había ayer en América en realidad no era tan buena, o era buena en algunos aspectos pero de todos modos está dispuesta a que se hunda el mundo con tal de que su ventorrillo salga adelante y le quede algo para la jubilación. «Liberalismo» y «socialismo» son ideologías demasiado sutiles para representar la disyuntiva que se les propuso a los estadounidenses el pasado día 8. Más bien se trataba de escoger entre «vamos a intentar vivir juntos sin matarnos» y «que me den un trabajillo aunque tenga que arder Roma». Y quien dice Roma dice Líbano, Teherán o Nueva Orleáns. 

Parece que la victoria de Trump se debe sobre todo a aspectos de ethos y retórica, y en materia de ethos y retórica está claro que han perdido los valores que las intervenciones públicas de Hillary Clinton, sinceras o no, han representado admirablemente: respeto del adversario, dignidad en el ejercicio del cargo, articulación en la exposición de ideas y racionalidad en el análisis.

Estos días se les ha dado el micrófono a algunos votantes de Trump, y lo que ha salido de sus bocas era cualquier cosa menos racional: mineros con las manos llenas de carbonilla decían que el magnate era uno de los suyos; madres solteras pluriempleadas aseguraban no sentirse ofendidas por los modales de Trump porque ellas son mujeres fuertes; viejecitos completamente dependientes del sistema se alegraban de que viniera alguien a zarandear el sistema.

También en el New Yorker de esta semana sale el artículo de un tipo fue a hablar con varios votantes de Trump. «No creo que vaya a construir el famoso muro —decían—; yo creo que es más bien una especie de metáfora». La respuesta casi me descabalga de la silla. La releo varias veces y termino por encontrarle una lógica bastante sutil. Si uno no ve la política como un debate racional entre diferentes modelos de sociedad, sino más bien como un espectáculo o como un deporte cuerpo a cuerpo, ¿por qué iba a regir en ella el pacto pragmático de una discusión académica? Lo que esta respuesta delata es una pragmática de grada de fútbol. Los hinchas gritan «¡vamos a patearles el culo!, ¡nos los vamos a comer!», y es verdad que cada cierto tiempo hay algún pirado que coge el rábano por las hojas e intenta comerse de verdad a un hooligan del equipo contrario, pero esto pasa pocas veces. Por lo general, patear el culo, hacer picadillo, romper el bautismo, dar leches hasta en la foto del carnet de identidad no son, en ese contexto, sino expresiones genéricas de aliento y de solidaridad grupal. Los dos bandos se enseñan los puños y desean que les rompan las piernas a los del equipo contrario, pero cuando se pita el final todos abandonan el estadio ordenadamente, lamentan el juego sucio y resumen las incongruencias con aforismos inanes como «fútbol es fútbol».

Esta es también la lógica de las relaciones virtuales: según me cuenta un joven aventurero que ha estado en internet, allí la gente se desahoga profiriendo insultos que nadie osaría decir a la cara de su peor enemigo. Hay una anécdota legendaria sobre una política —británica, en la versión que me contaron— que fue a visitar a su casa a un chico que, en un foro de internet, la había llamado «puta zorra de mierda», o algo así. Lógicamente, el chico no sabía dónde meterse. Lo mismo le pasó a Donald Trump cuando fue recibido en la Casa Blanca por un señor que, según él había reiterado hasta ese día, tenía aspecto ridículo, estaba chalupa, era un líder incompetente y, «literalmente», fundó el Estado Islámico.
 
Esto de «literalmente» es algo que Trump dice mucho, lo que sugiere que sus afirmaciones son para él menos metafóricas que para muchos de sus votantes, y que cuando asuma el cargo seguirá haciendo las mismas propuestas de la campaña. Una de las primeras instrucciones que dio, el jueves o el viernes de la semana pasada, fue la de establecer un censo de musulmanes. Un periodista le preguntó en qué se diferenciaba esa medida del censo de judíos que los nazis hicieron en los años 30. «No sé —respondió Trump—, dímelo tú».


Ante el escándalo de una prensa ya suficientemente escandalizada por el resultado de las elecciones, el registro de musulmanes fue suspendido —o aplazado— casi de inmediato, lo cual no hizo que el ambiente fuera menos lúgubre. En el periódico local, Isthmus, leo: «Para la liberal ciudad de Madison, la victoria de Trump ha sido un cataclismo. Mucha gente se desmorona y se echa a llorar en el trabajo o en el colegio; otros se despiertan aterrorizados en mitad de la noche. Los hay que temen por su seguridad o la de sus amigos. Unos hacen manifestaciones, otros abrazan a desconocidos o se encuentran para desahogarse en el campus y la ciudad […]. El miedo y la repugnancia son ubicuos». 

¿Qué haces el sábado por la noche si los nazis han llegado al poder? Puedes salir a abrazar a desconocidos —a mí todavía no me ha tocado nada—, pero también puedes irte a escuchar un concierto de kletzmer. Claro que no es sábado por la noche, y tampoco vamos a un concierto de kletzmer, sino a uno de las Pussy Riot; y en realidad no se trata de un concierto, sino de una mesa redonda, y no están todas las Pussy Riot, sino sólo una, Masha Aliójina. La acompaña su mánager y la jovencísima directora de MediaZona, una plataforma periodística fundada por Aliójina para denunciar el sistema jurídico y penal.

En conjunto, el encuentro resulta interesante. Se enfatiza la tradición rusa de protesta política a través de intervenciones simbólicas, como aquel santo que, en lugar de recibir al zar arrojándole sal y panecillos, le mostró un pedazo de carne, con lo que quería significar que se alimentaba de la carne de sus súbditos. Esa tradición contestataria e iluminada se encarna hoy en los impactantes trabajos —entre la performance, el body art y la autodestrucción— de Piotr Pavlenski, de los que proyectan varias fotos. Las intervenciones de Pavlenski son posteriores —y en ocasiones respuesta— a las del colectivo Pussy Riot, pero aquél las explica y defiende con un discurso más organizado.

El encuentro contiene, sin embargo, varias incoherencias que desconciertan y hacen aún más incómodas las butacas. Algunos son detalles casi inapreciables. Sasha, la joven periodista, tiene un gesto reflejo muy común que consiste en recogerse el pelo detrás de las orejas con un movimiento rápido de los dedos; el gesto cae en el vacío, porque lleva los laterales de la cabeza rapados. Más delicado es el hecho de que las dos muchachas pierdan el hilo o divaguen en varias ocasiones y que entonces recupere el micrófono su mánager, que es también quien ha decidido las primeras preguntas y quien ha escogido los materiales de proyección. ¿Es sencillamente alguien con más experiencia vital y mayores conocimientos de inglés que añade información contextual? ¿O es un hombre que está mansplaining a dos mujeres lo que ellas mismas han hecho?

En cualquier caso es el mánager quien habla de la abrupta reducción de libertades en la Rusia de Putin. A principios de los noventa —recuerda— el país vivió una auténtica explosión de libertad cultural, social y artística. Para ejemplificarlo proyecta varias fotos de un pito gigante que dos artistas pintaron con spray sobre el asfalto de un puente levadizo; cuando pasaban los barcos, un rabo icónico rivalizaba en altura con el edificio más próximo, que casualmente era el cuartel general de la KGB. Los autores del grafitti no sólo no fueron perseguidos sino que ganaron un premio nacional de innovación artística. Un par de años después la situación se había degradado de forma tan radical que tres muchachas fueron condenadas a dos años de cárcel por cantar en una iglesia.

Cuando el público puede al fin hacer sus propias preguntas, éstas trazan analogías, inevitablemente, entre Trump y Putin, entre la Rusia rural y la América rural, entre la coalescencia de cristianismo y ultranacionalismo que se ha producido en ambos países. Todas las intervenciones terminan solicitando a las Pussy Riot consejos o pautas de actuación.

—You stay together —dice Masha—; you stay in your community. Keep doing what you do.

Ante unos deberes políticos tan fáciles de cumplir, el público que abarrota el Memorial Union Theater aplaude entusiasta, pero yo creo que ella no ha entendido la pregunta. Lo que le pedían no era que explicase por qué estamos donde estamos.

martes, 8 de noviembre de 2016

En ninguna otra noche se come más pizza que en la noche electoral. Nosotros vamos a seguir el escrutinio en el Majestic, uno de los teatros de Madison. Habrá que llegar a las ocho con un par de cervezas en el cuerpo, porque la recta final se anuncia muy reñida.

No he seguido demasiado las campañas, pero sí he visto en la tele spots en los que ambos candidatos se descalificaban en términos bastante brutales. En uno sale Hillary poniendo cara de perro, y en otro Trump se contonea como si se le hubiera metido una cucaracha en los calzoncillos. Lo que sí seguí con atención fue el tercer debate, en el que Hillary nos sorprendió con declaraciones que en España sólo se han oído en boca de comunistas declarados: «¡Tenemos que subir los impuestos a los ricos! ¡Hay que apoyar a las clases medias y populares para que puedan salir adelante! ¡Hemos de impedir que los bancos vuelvan a ver compensadas sus políticas irresponsables con dinero público!». Unos días después le pregunté a Jonathan G., el colega de Kathleen, si se lo creía.

—¡Claro que no! Son cosas que Hillary tiene que decir, y todo el mundo sabe que las tiene que decir. Es parte del teatro de la campaña. Lo más probable es que el día anterior se encontrara en una recepción con varios magnates de las finanzas y les avisara de que tenía que salir en televisión y decir que son muy malos. Ellos la tranquilizarían y le firmarían otro cheque para su fundación.

El tercer debate parecía confirmar un lugar común según el cual lo único que Hillary tiene que hacer para ganar las elecciones es dejar hablar a su oponente: en algún momento soltaría algún disparate que le haría quedar como un descerebrado. Antes de ayer el New York Times llevó esta hipótesis a la práctica, reservando dos páginas enteras a Donald Trump. En ellas recopiló los 282 insultos que ha Trump ha prodigado en Twitter desde junio. Allí podía leerse que los líderes europeos son débiles, que Bill Clinton está sobrevalorado, que Obama no tiene ni idea, que Mitt Romney fracasó como un perro porque no tiene agallas, que los políticos son incompetentes, que Samuel L. Jackson hace demasiados anuncios, que los comentaristas de la CNN son aburridos, que el servicio de T-Mobile es muy malo y que Neil Young es un completo hipócrita.

Quedarse en el desconcierto por el tirón electoral de estas afirmaciones no es sino una modalidad arrogante de la ignorancia. El cuarenta y tantos por ciento de la población que votaría a Trump seguramente esté algo peor informada que los demás, pero no han pasado los últimos meses en una cueva. Es gente que se escucha con agrado los exabruptos de Trump, unas veces por lo que dice —los supremacistas teóricos, fundamentalistas bona fide, libertarios vocacionales u homófobos genuinos—, y otras por el modo de decirlo. En este último caso seguramente se encuentren muchas personas que no han formalizado su ideario político más allá de la simpatía o antipatía epidérmica:

—Normalmente no me gustan los negros / ateos / sociatas / invertidos, pero tú eres una excepción (de momento).

Y resulta que muchas de estas personas se aburren viendo la CNN, se sienten estafadas por los contratos de T-Mobile, creen que Samuel Jackson hace demasiados anuncios, detestan la música de Neil Young y ven con cierta satisfacción que un vándalo entre en el exclusivo club de la alta política y se cague en la piscina.


La semana pasada el New Yorker publicó un artículo muy esclarecedor sobre esto, sobre la construcción de algo parecido a una conciencia de clase en la «basura blanca», sobre la desilusión de quienes han perdido la seguridad vital por el entusiasmo globalizador de Bill Clinton, sobre el hecho paradójico de que se entusiasmen por la retórica de un partido que va contra sus intereses. En un artículo de esta mañana Isaac Rosa insistía en alguno de estos aspectos y sugería que «[e]l mismo pasmo que sentimos por el auge de Trump, lo podrían sentir muchos norteamericanos con la victoria electoral del PP».

Rosa señalaba asimismo curiosas coincidencias entre el candidato norteamericano y el partido conservador español. ¿No encajaría perfectamente en este último un millonario que quiere acabar con el Estado, que ha reconocido defraudar a Hacienda, que ha mentido repetidamente, se ha contradicho en ocasiones sin cuento y sólo reconoce un logro cuando es suyo, o unas elecciones cuando las gana?

Trump y el PP tienen algo más en común: la ventajosa fidelidad del voto cristiano. Para las confesiones más radicales hay opciones legislativas que se sobreponen a todas las demás y las relativizan hasta la insignificancia. El aborto, por excelencia. Quien mantenga férreas posiciones pro-vida y crea necesario proteger el embrión aun en el caso —por desgracia no siempre hipotético— de una madre adolescente violada cuya vida se pondrá en peligro si lleva a término el embarazo, votará a Trump aunque esté en desacuerdo con él en todo lo demás, igual que en España ha votado (hasta ahora) al PP.

Un ejemplo paradigmático de la primacía de la retórica sobre el contenido es el caso de los e-mail. Aparte de la insólitamente inoportuna intervención del FBI, ya mencionada, parece disparatado que se emplee como arma política la acusación de que Hillary Clinton escribió cientos de miles de e-mails, y que muchos acabaron en un ordenador de un colaborador suyo. Lo alarmante sería lo contrario: que no escribiera e-mails, o que no acabara recibiéndolos el destinatario. El contenido de esos correos electrónicos era desconocido la semana pasada y hace un par de días fue oficialmente calificado de irrelevante. Parece que hubo un uso ligeramente inapropiado de un servidor público desde un espacio privado, o viceversa, pero elevar todo este asunto a la categoría de conspiración criminal desacredita mucho más al acusador que al acusado, ¿no? Jonathan me explica por qué no:

—Piensa en toda esa gente que ha quedado excluida de la educación superior, y que ve la tecnología digital como una nueva forma de sector terciario que ha permitido la deslocalización de empleos y ha arrasado formas de producción tradicionales de las que hasta ahora dependía. Toda esa gente oye la palabra «e-mail» y empieza hiperventilar.

Esa es, quizá, la única forma de que la escandalera de estos días tenga algo de sentido. No se trataba de incriminar seriamente a Hillary Clinton, sino tan sólo de presentarla como «uno de esos mequetrefes que escriben e-mails».

Es imprudente, por lo tanto, creer que lo que dice Trump son sandeces desconectadas de la estrategia política de su partido, aunque ciertamente cortejan a un electorado muy distinto del que hasta el año pasado formaba sus bases naturales. Como explicaba el Washington Post esta semana, es el Partido Republicano, y no Donald Trump, el que ha anunciado el bloqueo incondicional a Hillary en el Senado y en el Congreso, el que impide que se cubran vacantes en el Tribunal Supremo, el que ha propuesto paralizar el gobierno con una pila de demandas judiciales, el que ha apartado de su función original instituciones como el FBI para ponerlas al servicio de —en sus propias palabras— una guerra sin cuartel contra Hillary. Varios de los republicanos más significados han devuelto su apoyo a Trump en las últimas semanas, tras un discreto psicodrama dedicado a sus clientes menos radicales. 

Las últimas encuestas acercan la intención de voto de ambos candidatos, y parece que todo lo van a decidir algunos Estados en los que la lucha es ya cuerpo a cuerpo. Yo temo que la columna de indecisos e incluso la de demócratas encubra a votantes de Trump, precisamente porque apoyar a Trump es políticamente incorrecto y porque las encuestas las hacen mequetrefes que escriben e-mails a los que sería placentero engañar alguna vez.

—En última instancia —dice Jonathan—, lo que a mí me da miedo no es Trump, sino el Congreso, que es y va a seguir siendo republicano. Hasta ahora estaba Obama lanzando balones fuera, de manera que cuando el Congreso salía con alguna gilipollez Obama la vetaba y punto. Pero si el Congreso propone una gilipollez y Trump es el presidente, dirá «¡adelante!», y allá se irán todos.

martes, 1 de noviembre de 2016

Alquilamos durante dos horas un coche y fuimos a comprar algunos productos que no encontramos cerca de casa. Por ejemplo, disfraces de Halloween. Cuando uno está en América no puede dejar de hacer algo sólo porque sea una americanada; además, hasta ahora la gente se ha limitado a amontonar hojas secas en las esquinas y a adornar los porches con calabazas, creando así una simpática atmósfera de festejo agrícola.

—Y si no celebráramos Halloween —me advirtió Kathleen— nos llenarán la puerta de espuma de afeitar.

Así que fuimos a una nave industrial de las afueras en la que sólo se venden disfraces y complementos para la ocasión. Había máscaras de stormtroopers, sangre artificial, tatuajes que simulan cicatrices, barbas postizas, sombreros de bruja y esqueletos autómatas que tocan el banjo. No queríamos nada que tuviera demasiado plasticurrio, lo que simplificaba nuestro dilema reduciéndolo a una estantería. Yo compré una especie de peluca de felpa con cuernos y Kathleen un gorro peruano con aspecto de monstruo fosforescente sorprendido en el momento de morderle la cabeza. Mi intención era disfrazarme de diablo, echándome por encima una manta de punto naranja, pero unas veces parecía una cabra y otras la abuela de Caperucita después de que se la hubiera comido el lobo. El caso es que pusimos un disco de canciones goliárdicas interpretadas con instrumentos medievales, que dan mucho canguelo, y nos sentamos a esperar.

De acuerdo a una estimación conservadora recibimos la visita de 53 niños. Un ninja, dos diablos, tres esqueletos, dos víctimas de un accidente de tráfico, un murciélago, un jugador de béisbol zombi, una princesa, una mariposa, un ratón Mickey, una vaca, un búho, otro zombi, una hamburguesa y un miembro de una banda de heavy metal que de todos modos no conoceríamos. Casi todos los niños llaman al timbre y nos miran en silencio, con cara de pasmo. Sólo alguno musita tímidamente la consabida contraseña de «truco o trato», como si ya nos hubiera llenado la puerta de espuma de afeitar y sus padres —que contemplan la escena desde la acera disfrazados de minions— les hubieran obligado a venir a disculparse.


Entre dos visitas Kathleen me enseña un comentario que Jonathan, su anfitrión en la universidad, acaba de publicar en Facebook. En él cuenta con cómo ha acompañado a su hija de cuatro años a pedir golosinas por el barrio. Ella iba vestida de superheroína, con un mono violeta —su color preferido— y una estrella cosida en la pechera. Cuando le abrían una puerta señalaba a su padre y explicaba: «yo soy Super-Abby y este es Superpapá. Es mi némesis, y estoy protegiendo de él a todo el Estado. Y a mi mamá». Su hija —confiesa— no le deja en muy buen lugar, pero le enorgullece que haya usado la palabra «némesis».

A la hora de cenar llaman a la puerta dos chicas de unos dieciséis años. Una lleva puesto un mameluco y se ha pintado con desgana pecas en las mejillas, como se supone que es un niño pequeño en las tiras cómicas. La otra no parece llevar ningún disfraz.

—¿Y tú de qué vas? —le preguntamos.

—De persona de los años 80.

Bebés y personas de los años 80: dos terrores mucho más pandémicos y cotidianos que los esqueletos, los diablos y las vacas.

viernes, 28 de octubre de 2016

Y después de todo un mes despidiéndome y cerrando puertas tras de mí me fui a América de verdad y de una vez por todas. Anularon el último de los tres vuelos que debía tomar, lo que me valió seis horas de espera en el aeropuerto de Chicago, en un momento en que para mi reloj interior habían cerrado ya todos los bares. Kathleen me esperaba en el aeropuerto de Madison con un globo de helio y miles de planes.

Mi aterrizaje ha coincidido con un veranillo de San Miguel de inusitada suavidad. Los primeros días todavía vamos todos en mangas de camisa, comemos en la calle y andamos en bicicleta. Ahora ya ha empezado a entrar el otoño, pero con una timidez poco habitual en la región, si hemos de hacer caso a los taxistas. Los arces se oxidan majestuosamente, los escarabajos se cuelan en las cocinas y los vecinos llenan sus porches de calabazas.

En Bélgica los jardines suelen estar detrás de las casas, de modo que desde la calle uno sólo ve fachadas y muros de hormigón de tres metros de alto. Aquí, en cambio, como sabemos —sin saberlo— a través de innumerables películas, los jardines están alrededor de las casas y no hay muros que los oculten, sino generalmente vallas de madera bastante bajas y con los listones separados unos de otros, lo cual facilita que las ardillas y los conejos corran a atender sus negocios. Desde la calle se ve a la gente encender parrillas o tender la ropa al fresco. Nos sorprende también que pegados a las casas o a las aceras haya árboles enormes; no es raro encontrar ejemplares de más de un metro de diámetro, con copas soberbias que avanzan sobre la calzada y los tejados. Como, además, la mayoría de las viviendas y de los postes del tendido eléctrico son de madera, muchos barrios, como el nuestro, transmiten una reconfortante sensación orgánica. 

Entre los motivos tópicos y muchas veces falaces por los que en Europa admiramos este país nunca he oído mencionar estas cosas que, sin embargo, forman una parte reconocible del imaginario visual norteamericano.


No sé si por dejación o por ruina municipal, el alumbrado público en Madison es escaso, apenas el mínimo imprescindible para que se pueda ver a los peatones en los cruces. Esto, que podría producir aprensión en alguien más noctívago y gallina que yo, me gusta, porque hace que la noche parezca más noche. Un par de veces, antes de que se alumbre la farola, salgo con el ukelele y me siento a tocar en el porche, avergonzándome casi de no tener las preocupaciones del 99% de los estadounidenses y de poder pasar diez meses viviendo en el país en el que Hollywood quiso hacernos creer que viven.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Cuando iba al trabajo mi padre limpiaba sus zapatos todas las mañanas con los artilugios que guardaba en un pequeño cajón de limpiabotas. El cajón, de madera de pino, desprendía un olor penetrante a taller, y sus dos puertecillas estaban conectadas por una biela de modo que se abrían al mismo tiempo. Mi padre cepillaba sus zapatos en el balcón de la cocina y los lustraba con betún mientras yo me bebía soñoliento el Cola-Cao. Treinta años después le pregunto si tiene crema transparente para unos mocasines y me los quita de las manos:

—¡Anda, anda! ¿Adónde vas con eso?

Al cabo de diez minutos me los devuelve como nuevos: ya no se ven las rozaduras ni el saliente blanquecino que hizo el dedo gordo. Y con esos zapatos inauguro dos días más tarde el congreso de hispanistas que me retiene en Europa.

Todo lo que le pido a un congreso, cuando soy yo el que lo organiza, es que no haya catástrofes naturales, que nadie se aburra hasta el punto de autolesionarse y que el hotel al que llegan los invitados esté abierto. Las dos primeras expectativas se realizan, lo que constituye un éxito moderado pero suficiente. Las ponencias no son disparatadas y sólo una de las participantes anula su viaje.

Poco antes de que comience la conferencia de José Antonio P. B. hace aparición un espectador inesperado. Como escapado de una novela de Wells, con los hombros treinta centímetros por detrás del centro de gravedad, una gorra a cuadros, una chaqueta de cuero más descolorida que la mía y anacrónicas patillas de chuleta, Roger D. produce un considerable efecto entre la concurrencia. Pero el espectáculo no ha hecho más que empezar: apenas ha empezado a hablar el catedrático salmantino, Roger se levanta de su asiento y avanza hasta la cabecera de la mesa para sentarse al lado del ponente. Con una mano hace trompetilla alrededor de la oreja, pero su audición no debe de mejorar mucho porque casi inmediatamente se queda dormido. Media hora más tarde se despierta y tamborilea impaciente sobre la mesa. En la mesa hay un micrófono encendido y el tamborileo resuena como una caja que tocase a instrucción. A la conferencia sigue una mesa redonda que clausura el encuentro: nuestro visitante resopla varias veces, continúa tamborileando y, cuando estamos llegando a las conclusiones, pide la palabra.

Roger advierte que lo que va a decir no guarda demasiada relación con el tema del congreso. Se presenta de un modo algo elíptico como un residuo histórico de la universidad, y rememora las manifestaciones científicas que se organizaban cuando él estaba en activo, hace doscientos treinta años. Entonces, a la gente que quería intervenir se le acercaba un micrófono; ahora, sin embargo, descubre que todo el mundo habla con una rápida alternancia de turno, y se entienden sin que él sea capaz de oír nada. Esto —dice— le parece portentoso.

Con estas sabias consideraciones terminamos el encuentro y abrimos las botellas de vino de rosca que Jéromine compró a ultimísima hora en un Carrefour. Poco a poco los asistentes se van despidiendo y salen del paraninfo camino de la estación; Roger, en cambio, no sale ni con agua caliente. Alguien le ha presentado a David, mi suplente, y lo está volviendo loco. A una distancia prudencial afino el oído y compruebo que le está hablando, como a todo el mundo, de sus libros, que quiere legar a la biblioteca de Románicas. No obstante, una comprensible y no del todo consciente resistencia a desprenderse de ellos sabotea sus planes, porque son tantas las trabas y los impedimentos que se inventa a cada paso que el traspaso de un número de ejemplares muy razonable lleva estancándose cerca de tres años. Roger propone complicados procedimientos que luego él mismo descuida u olvida cumplir. El año pasado, después de muchos encuentros y prolegómenos, confeccionamos una lista de los volúmenes que nuestra universidad tendría interés en albergar. Meses después la perdió, igual que extravió la copia que le envié —dos veces— por correo electrónico; le he dado en mano una fotocopia, y ahora se le ha ocurrido que para interpretar esa lista es del todo imprescindible un plano con la ubicación de las estanterías. Yo le dije el otro día por teléfono que recuerdo haber visto dicho plano y que incluso creo tener una copia que me dio hace dos o tres años, pero que me resulta difícil encontrarla porque he ordenado mi despacho con vistas a la excedencia.

—Si no apareciera el plano tendría que venir alguien a casa para copiarlo, porque yo tengo el original, pero como está dibujado con tinta roja no saldrá bien en la fotocopia...

David atiende con una cortesía verdaderamente heroica.

—Pobrecito —me dice Jéromine en un aparte—; ¿vamos a salvarle?

—No, déjale cinco minutos más. Esto también forma parte del trabajo.

Todo está bajo control y puedo irme tranquilo a otro continente, o a donde quiera que Roger no pueda encontrarme.

domingo, 2 de octubre de 2016

Ayer estuve en las jornadas de zarzuela de Cuenca, donde echaron una estupenda versión a lo Kurt Weill de El sobre verde; el director de escena nos participó poco antes de la función lo orgulloso que estaba del montaje, y explicó que en el teatro las escenas vienen escritas y es en las transiciones donde tiene que «saltar la chispa». Entiendo que es en el hilván de los retales donde ha de buscarse lo específico de cada puesta en escena. Estoy hablando de esto en casa de mi hermano Nacho, que nos ha invitado a comer, cuando me interrumpen:

—¡Vamos, que nos vamos!

—Bueno —respondo— vámonos, pero que sepáis que aún falta una hora...

Nos ponemos a caminar a toda mecha. Adonde vamos es a ver Reikiavik, de Mayorga. Un cuarto de hora más tarde pregunto si falta mucho.

—Estamos llegando ya al punto de enganche de bicicletas, que está detrás del auditorio. Luego es todo cuesta abajo.

—Ah.

Nacho y Eva se han sacado el abono del Bicimad e intentan amortizarlo cuando no salen a la calle cargados de churumbeles, pero quiere la fatalidad que hoy no haya más que una bicicleta libre en el perno. Nacho la saca y bajamos despendolados a Avenida de América, donde hay otras dos, aunque una de ellas se la está llevando un hipster en nuestras barbas. Pues vaya lata. En los últimos meses ha habido un montón de robos de bicicletas —«algunas han llegado hasta Rumanía», apuntan los servicios informativos, siempre rápidos en divulgar prejuicios—, y como el servicio funcionaba a la pata la llana el ayuntamiento ha terminado comprando la concesión. Se conoce que la empresa concesionaria ya ha desentendido del asunto, y a día de hoy se llega antes a los sitios montado en uno de los leones del Congreso que en una bici del servicio público.

Entre tanto son las cinco y media, así que les digo a Eva y Nacho que vayan saliendo y que yo iré en metro. ¿Adónde? Al teatro Valle-Inclán. Mientras bajo las escaleras mecánicas repaso las combinaciones: línea 4 a Diego de León, 5 hasta Callao y luego la 3 (pero el transbordo de Diego de León toma mucho tiempo); línea 4 hasta Argüelles y 3 hasta Lavapiés (pero son 15 paradas, y ya sólo faltan 20 minutos para que empiece la función); línea 6 hasta Pacífico y 1 hasta Antón Martín (¡no! ¡la línea 1 está en obras!); línea 6 hasta Manuel Becerra, 2 hasta Sol, 3 hasta Lavapiés... Las constelaciones de paradas son como partidas de ajedrez que uno le echase a la tarde. Según entro en el vagón me decido por una opción audaz: línea 6 hasta Legazpi y transbordo a la 2: son también muchas paradas pero un solo transbordo, relativamente cómodo, y por suerte cojo ambos trenes nada más llegar al andén.

Salgo dando boqueadas a la plaza de Lavapiés y veo que alguien me hace señas desde la puerta del teatro. Es una empleada, que me recibe con la urgencia de la azafata que está cerrando la puerta de embarque:

—¡Estamos a punto de empezar, suba al segundo piso! —dice, mientras me devuelve la entrada troquelada y, con el mismo giro experto de muñeca, me impulsa en dirección a la escalera. En la puerta de la sala un acomodador habla por un walkie-talkie: «¡el águila está en el nido!, ¡cierren compuertas!». Entro en la sala desfondado y una enfermera me deposita en el asiento que me corresponde; a lo lejos veo a Nacho y a Eva vitorearme:

—¡Parecías el cuarto actor!

La obra sólo tiene tres actores y yo venía a ser el cuarto actor que atraviesa como una exhalación la cuarta pared. Después de haber pasado por las jornadas de zarzuela de Cuenca, me desconcierta que no canten ni bailen. La obra me empieza a interesar cuando entiendo que, aunque sólo hablen de ajedrez, no trata de ajedrez. Son en realidad dos tipos raros que tratan de transmitir a un muchacho su pasión por encarnar a otras personas. Lo que ocurrió en Reikiavik en 1972 —el encuentro entre Fisher y Spassky— es inalterable y está escrito en un librito manoseado que los dos apasionados conocen de memoria. La victoria o la derrota no se puede cambiar, dicen; lo que sí se puede cambiar es el talante con el que se asumen. Es, en resumidas cuentas, una formulación grandilocuente y esencialista de lo que nos contó ayer el director de El sobre verde. Pienso que Mayorga no tiene razón, que ni el teatro es una simple actualización de textos ni los papeles teatrales son vidas vicarias. El teatro también pueden ser muchachas que enseñan la liga mientras cantan coplas satíricas contra el gobierno, y también es su sufrido público, y un edificio con asientos de terciopelo y una boîte en el sótano.

—Bueno, vámonos a casa, que hemos dejado a los niños con los abuelos —dice Nacho mientras tironea en vano de una bici que tiene el piloto verde. Media hora más tarde estamos en la glorieta de Atocha haciendo verónicas y gaoneras a un tropel de taxis ocupados.