Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

jueves, 9 de agosto de 2018

—Es curioso que las granjas de aquí se parezcan tanto a las de Wisconsin —digo.

—Qué casualidad —dice Kathleen, con retranca—; seguro que no tiene nada que ver con el hecho de que Wisconsin recibiera a tantos emigrantes nórdicos.

Estamos detrás de la casa de campo que hemos alquilado, leyendo en unas tumbonas, a pocos metros de la línea de costa. Desde la hierba podemos abarcar buena parte del pueblo y del fiordo. Uthaug tiene un puerto pesquero como hacía décadas que no veía ninguno. En su extremo oriental hay un muelle de hormigón donde se embarcan toneles de pescado en salazón o se descargan piezas de casas prefabricadas. Unos carteles muy grandes prohíben el paso, pero la verja está abierta y es el lugar preferido por los pescadores de caña.

Alrededor del puerto hay cobertizos de madera pintada en colores vivos. Por el otro lado algunas tienen un pantalán destartalado desde el que los pescadores acceden a sus barquichuelas. En ocasiones a pescadores los vemos a la puerta, limpiando el pescado o lavando sus trajes de neopreno con una manguera.

Los barcos regresan al puerto envueltos en una nube de gaviotas. Seis o siete veces al día retumba la atmósfera con las maniobras de una base de aviación cercana, y giramos la cabeza para ver los cazas y los aviones de apoyo logístico dar vueltas en círculo como ponis en un picadero.

El mejor momento para pescar es al anochecer, cuando hay marea alta. El sol desciende parsimonioso. Todo alrededor son colinas esféricas, llenas de anfractuosidades, como los lomos de ballenas que hubieran sobrevivido a arponazos seculares y conservasen las cicatrices profundas del cable y de las hachas. Sobre las más lejanas se forma un halo blanco que las proteje de los licores espesos de la tarde.
El sol se descuelga de improviso desde un nubarrón fosco y denso: el reflejo espejea sobre el fiordo encrespado, desdoblándose en un astro gemelo. Cuando quiero volver a posar la vista en el libro que estoy leyendo aparece Christopher, como un niño de once años que se hubiese metido en el cuerpo siete cocacolas:

—¿Has visto eso? Ha sido como la explosión de una bomba de neutrinos. ¿Sabes que un harpón de tungsteno lanzado desde un satélite produciría un destrozo comparable al de Hiroshima? Sin embargo, sería tratado como un arma convencional y escaparía a los tratados de no proliferación de cabezas nucleares. Por cierto, mira qué casquillo de bala acabo de encontrar en la playa. Resulta demasiado largo para ser de fogueo. ¿Nunca has disparado una pistola? Una vez, cuando tenía diez años, cogí una y todas las personas que había en la habitación se tiraron al suelo. Otra vez un amigo y yo juntamos con cinta adhesiva varios canutos de pelotas de tenis y le metimos dentro la pólvora de unos cartuchos que había por allí; nuestra idea era fabricar un lanzagranadas casero y disparar una pelota de tenis, pero nos dijimos que sería mucho más chulo que la pelota estuviera empapada en gasolina. Aquello pegó un bombazo y la pelota salió dejando un rastro de fuego por la calle, como si el Delorian acabase de regresar al futuro. Con lo que no habíamos contado con que el canuto reventaría también por el otro lado, y fue un milagro que la explosión no nos arrancase la cabeza. Lo que sí hizo fue abollar la puerta del garaje de mi padre, que nunca dejó de preguntarse por qué su casa atraía los meteoritos. 

La tarde noruega no se acaba nunca, y la conversación de Christopher tampoco.

lunes, 6 de agosto de 2018

i esto fuese un cuento, se llamaría «mi vida como pescador». La de un pescador vegetariano debía ser, previsiblemente, una vida corta y desazonada.

En Noruega pesca todo el mundo. Sólo el 5% del territorio es cultivable, y ello únicamente en teoría y durante un par de meses; el resto del año el suelo permanece helado y ofrece poco más que bayas y líquenes. Durante siglos los habitantes de la actual Noruega han sobrevivido a base de pescado y de carne de reno. En la actualidad se pueden comprar espárragos de Perú, sandías españolas y puerros de Polonia, pero a precios prohibitivos, y no en cualquier sitio. Por otro lado, en algunos supermercados no hay nabos ni lentejas, y menos aún falafel, ni tofu, ni humus, ni seitán. Por eso, cuando vinimos a pasar una semana a este fiordo con Julia y Christopher, llegué al acuerdo de que comería pescado. Con una condición: que lo pescásemos nosotros.

Como cualquier régimen, el vegetarianismo comporta muchas negociaciones. Y la negociación a veces se resuelve en excepciones y componendas. La excepción más coherente creo que es la de mirar a los ojos al animal, explicarle que ha tenido una vida relativamente dichosa, agradecerle las proteínas que nos va a procurar y darle con nuestras propias manos una muerte rápida e incruenta.

En cuanto deshacemos la maleta nos vamos a la punta del rompeolas. Christopher se ha puesto un gorro de grumete que le obliga a mirar alzando la barbilla; asegura que lo compró en Japón por menos de un dólar. Si hubiera comprado mil y los vendiera por dos dólares, ahora tendría mil dólares más. A los pescadores que nos cruzamos les dice en inglés que vamos a por un pez gordo. Los pescadores se ríen, quizá por nuestro exceso de confianza, quizá porque el más gordo ya lo sacaron ellos, quizá porque han visto qué aparejos llevamos.

De repente se hace un vacío, como si hubiese roto sobre nosotros una ola de silencio. Kathleen se está mirando fijamente el dedo anular. Me acerco y veo que tiene dentro el anzuelo que ha lanzado unos segundos antes. Olvidó abrir el arco, por lo que el señuelo describió una trayectoria circular y le dio en la mano. Sólo cuando entiende lo que ha ocurrido comienza a gritar.

—¡Sácamelo! ¡Sácamelo!

Yo intento maniobrar el garfio, pero eso hace que Kathleen se retuerza de dolor. La visión del garfio tensando la piel de Kathleen desde dentro y la certeza de que está diseñado para que sólo pueda extraerse desgarrando los tejidos me descomponen. Me siento en un banco y adopto la posición recomendada en caso de accidente aéreo.

En cuanto Chris desprendió el señuelo de la caña, Kathleen recuperó la compostura y fuimos a buscar el coche para conducir al ambulatorio. Yo iba el último, blanco como el papel, anonadado por mi propia inutilidad. Unos minutos antes había dicho que todos deberíamos clavarnos un anzuelo para asumir el dolor que provocaremos a nuestras víctimas. Sin duda el marido de la sardina no tiene remotamente la misma aprensión que yo, pero no me parece que la comparación esté por completo fuera de lugar. Todos prestamos a los animales algo de nuestra experiencia humana; por lo menos a algunos animales, escogidos con cierta arbitrariedad.

Entramos todos en la consulta de guardia. Sólo hay una doctora jovencita, a la que han dejado sola ante el peligro. Se nota que de vez en cuando desaparece para recibir instrucciones por teléfono. Ha anestesiado toda la mano de Kathleen y termina adoptando una estrategia inesperada, consistente en cortar el garfio con unos alicates y sacarlo por otro lado de la piel, como si fuera una aguja quirúrgica. A Kathleen le quedarán sólo dos agujeritos, como si la hubiera mordido un gato, y en pocos pocos días no quedará ni rastro. Todos respiramos aliviados.

Chris hace fotos con su vieja Olympia, pasando las fotos rápidamente con el pulgar como un reportero de guerra. Se conoce que este es su Vietnam. «Menos mal que no fuimos de caza», dice. Y unos minutos más tarde añade que al final del reportaje gráfico habrá que especificar que en la realización de estas fotos ningún pescado ha resultado herido.

Ya en casa, Chris me lee un texto de Dave Eggers sobre cómo los peces sienten el agua. Es una breve prosa lírica que parte de una premisa absurda, más propia de un chiste que de un clásico contemporáneo, pero Eggers termina alzando el vuelo e imprimiéndole una belleza de fábula oriental, en la que los peces son más sabios que los hombres y nos inducen a mirar el mundo con otros ojos.

Pasamos el día siguiente viendo vídeos en YouTube de gente pescando. Nos fijamos en cómo anudan el señuelo, cómo lanzan el sedal, cómo dan tirones a la caña para simular el quiebro asustado de un pez que intuye a su depredador. En uno de los vídeos un cocinero toma un pez del tamaño de una trucha, le rompe el cráneo con un punzón, lo degüella, le hace un corte en la nuca e introduce un alambre por la médula espinal. Luego, lo mete en un barreño con agua helada. El cocinero explica a su público de gourmets aficionados virtuales que esta es la técnica perfecta para desangrar un pescado, porque el corazón sigue latiendo todavía durante varios minutos.

Entre vídeo y vídeo, Christopher me cuenta que cuando era pequeño su tío le regaló un frasco lleno de ojos de pez. Ojos auténticos, de diferentes tamaños, que había ido coleccionando en sus partidas de pesca. Cuando agitaba el frasco, los ojos se revolvían como buscando dónde fijar su antención. 

Antes de intentarlo de nuevo deberíamos esperar a que suba la marea. Tampoco tenemos un cuchillo para desventrar el animal. Convendría asimismo conseguir guantes con los que agarrar el pescado. No sabemos cuál es el mejor lugar en el que echar el anzuelo. Ahora hay un buque grande atracado en el muelle. Parece que va a llover. El viento aún puede amainar. Todo se vuelven excusas para no salir a pescar, y llego a pensar que nadie quiere hacerlo realmente.

Al final escampa y nos acercamos a un muelle más accesible que el rompeolas del puerto. Lanzamos la línea con grandes precauciones, y rebobinamos impacientes, temiendo que se nos enrede el anzuelo en las algas, lo que efectivamente ocurre en muchas ocasiones.

Durante unos segundos creo que la corriente arrastra mi sedal hacia la costa, pero entonces oigo el claqueteo del carrete y sé que al otro extremo viene un pescado. Mientras pende de la caña me parece que pesa una barbaridad, aunque sólo es una caballa de regulares dimensiones. Una vez fuera del agua, se deja meter en el cubo dócilmente. Tiene el vientre irisado y en el lomo un dibujo precioso, atigrado y esmeralda.

—Lo siento, pescadito —dice Kathleen, mientras le extrae el arponcillo de la boca. Luego, lo degüella con el filo dentado del cuchillo de pesca que Chris terminó comprando en un súper. Boqueaba como queriendo decir algo. Acequé el oído. Sus últimas palabras fueron: «tío, ¿en serio te has puesto tu camiseta de Tiburón para venir a pescar?».

Cerca de nosotros, unos chicos sacan los pescados con un tirón brusco, les arrancan los garfios sin contemplaciones y los dejan dando coletazos sobre el cemento.

De repente, nuestro cubo comienza a dar saltos, conjurado por un aprendiz de brujo. «Son movimientos reflejos», dice Julia. Me digo que en Tiburón nunca se ve que los cadáveres de los bañistas tengan espasmos reflejos. Kathleen mete la mano en el cubo y hace otro corte, esta vez definitivo. 

En adelante, trato de no pescar a nadie, pero sigo teniendo la suerte del principiante y saco otra caballa y un carbonero chico como una trucha. Otro día Kathleen pesca cuatro caballas en veinte minutos. Nos los comemos con deleite aunque sin particular recogimiento, de manera no muy distinta a la que nos habríamos comido una berenjena.

lunes, 30 de julio de 2018

Vivimos en burbujas tan herméticas que ya quedan pocos sitios —fuera de la literatura y de las piscinas— en los que encontrar gente absurda.

Nos acercamos a última hora de la tarde a la piscina de Moratalaz. Tras buscar durante quince minutos una esquinita de césped a la sombra, y después de haber estirado cuidadosamente nuestra toalla, caemos en la cuenta de que es al sol donde queremos ponernos. (Es en las piscinas y en la literatura donde nosotros también somos absurdos para los demás). Hay una niña varada en las losas, tendida a lo ancho y largo, derrotada por las vacaciones. Otra niña, ésta con sobrepeso, coge las chanclas que había dejado en el bordillo y se tira a la piscina con ellas en la mano. Un hombre se ha remangado la camiseta hasta las tetas y se broncea el vientre con pose de conquistador. En la grada, junto a nosotros, toma el sol una señora que presenta en las piernas un grave problema circulatorio. Un señor de bañador naranja le suelta el rollo:

—Estaba de moda entonces hacerle un agujero a una bala y hacerte un collar. Él fue a sacar lo de adentro y aquello pegó un petardazo que dio en el techo y le reventó el dedo. Pero no lo podíamos llevar al hospital, porque había andado con explosivo. Acababa de volver de la mili. «Como vuelvas a traer esto, te echo de casa», dijo su padre.

—Ya.

—Se dedicaba a sacar los toros muertos de las corridas. Tenía unas mulas que las enganchaba y arrastraban los toros. No las quería poco él. «Te voy a enseñar a mis hijas», decía, y te sacaba la foto de las mulas. El abono que usa es de caballo. «Todos los que tienen aquí caballo, voy yo y cojo la mierda». Es más natural. Lo malo que tiene es que te crece la yerba mala, y tienes que andar quitándola.
Para cuando terminamos de untarnos el protector solar anuncian por megafonía que la piscina cerrará en veinte minutos. Estamos haciendo un pan como unas hostias. Mientras nos cambiamos Kathleen me cuenta una anécdota que le ha contado a su madre una compañera de trabajo. Resulta que esta colega tiene un niño de seis o siete años con la psicomotricidad de un tresillo. No lo han podido escolarizar aún porque no da nivel suficiente para empezar la primaria. Antes de llegar al aula ya lo habrían suspendido en gimnasia. Le pedían que dibujase a su familia y hacía unas tachaduras alargadas que desvelaban a las psicopedagogas.

La culpa la tenían los padres, que salían a navegar por el mar Báltico todos los fines de semana en su bote de vela. Para evitar que el niño se cayera por la borda y se ahogase, lo ataban. El niño se pasaba los fines de semana como un Ulises de teatro de marionetas, y entre semana se tropezaba con su propio pie intentando jugar al fútbol.

Pero esta no es la historia. La historia es que la abuela de este niño era monitora de una natación de Mecklenburg. Un día, nadando con la abuela, dijo que tenía ganas de hacer pis. «No pasa nada», respondió la abuela, «puedes hacerlo aquí dentro». Se conoce que es un privilegio profesional que se conceden los monitores de natación, un poco como el que se lleva a casa papel timbrado de la empresa. Nadie necesitaba saber esto.

Unas semanas más tarde, fue su tío el que lo acompañó a la piscina. Este tío debía de ser la única persona medianamente cuerda de toda la familia. Como buen alemán, antes de zambullirse en el agua el tío fue a colocar las toallas sobre unas tumbonas para reservarlas. Había tenido suerte de encontrar sitio, porque a aquella hora había bastante gente nadando. Cuando se giró de nuevo hacia la piscina vio a su sobrino en el bordillo, de pie, con el bañador por los tobillos, meando alegremente sobre la calle 3.

lunes, 23 de julio de 2018

La sombra roja es la sombra de la luz azul, y la sombra azul es la sombra de la luz roja. El público de Clamores está hoy compuesto por parejas engañadas y solitarios desengañados. Sube al escenario un grupo de jóvenes blanquitos de Nueva Orleans que han publicado ya tres discos bajo la personalidad colectiva de un doctor en demonología o un actor de peli porno: Naughty Professor. 

Uno de sus temas se llama «Do you like dragons?». La pregunta había que planteársela porque las canciones que tocan son criaturas híbridas con acordes mutantes, grandes serpientes multicolores —sombras azules y rojas— nacidas de una orgía primordial de géneros incompatibles.

La batería suena a vidrios resquebrajados, a bongos playeros, a ventilador estropeado, a taller mecánico o a vagón entrando en una estación en curva. Hay compases compuestos, ritmos cojos, estarcidos sonoros: un riff reggae, una frase de Monk, un arpegio heavy, un bajo funk, un empaste de metales robado a Gustav Holst. El primer acorde mayor llega en el minuto 45, como un gol inesperado y esperanzador.

Si esta noche me hicieran una resonancia magnética funcional, mi cerebro se vería como un cubo de Rubik de 7 caras que al mismo tiempo es un cubo de Necker. Mientras no haya escrito sobre el dragón, su forma permanecerá indeterminada, rota en el aire, confundidas las sombras con las luces.

jueves, 12 de julio de 2018

—Mamá, ¿qué es un dildo?

La pregunta la hace Niki después de haber visto pasar por la calle un camión de Dildo King. Niki tiene diez años y es el mejor amigo de Aaron, que es el hijo de Constanze, que es la mejor amiga de Kathleen. Es un lector voraz, que ya se atreve con Harry Potter y con El Señor de los Anillos. La madre de Niki se llama Antje y tiene en el brazo un tatuaje que parece una viñeta de un manga pero que representa a sus tres hijos. Son cosas que una madre responsable debe hacer para integrarse en la sociedad berlinesa. Antje le da la respuesta más neutra posible:

—Un dildo es la reproducción de un pene en plástico o silicona.

Niki pone cara de desconcierto. De todos los reyes destronados, despóticos, justos, fanatizados, muertos, inmortales, zombis y espectrales que aparecen en El Señor de los Anillos, ninguno es Dildo King. Tras rumiarlo un rato, Niki prueba suerte con una hipótesis:

—¿Es algo para hacer sexo?

—No sé —responde Antje, calculando a toda velocidad cuánta información sobre consoladores necesita Niki recibir de ella en los próximos años—... Sí, puedo imaginármelo.

A Niki le da un ataque de risa, al que sigue un momento de indecisión:

—Me estás vacilando, ¿no?
—No —dice Antje.

Y Niki se vuelve a reír, esta vez más fuerte. Luego, en su cuarto, le comunica a Aaron sus descubrimientos.

—¿Para qué necesita alguien dos pitos? Yo con uno tengo bastante.

—Ya te digo —asiente Aaron—. Todavía si fueran sables láser... No se pueden tener demasiados sables láser, pero ¿qué haces con dos pitos?

Transcurre un rato de seria reflexión. Mientras, en la cocina, Antje le radia a su marido por teléfono toda la conversación, conteniendo las carcajadas a duras penas.

—¿Y culos? ¿Tendrán culos?
—Supongo...
—¿Y qué haces con un culo de plástico?
—No sé... Puedes ponerlo en el techo.
—Ah...

De repente el modelo de negocio de Dildo King empieza a parecerles menos descabellado. Los dos entienden que sería muy guay tener en el techo una reproducción de un culo.

—Oye, ¿y cuánto costará eso?
—A saber... Igual depende del tamaño de las nalgas.

martes, 3 de julio de 2018

En principio iba a ser entrar y salir: quitar la bañera y meter una de esas cajas de ducha prefabricadas. Luego resultó que todo el alicatado de la pared estaba deteriorado y que lo más conveniente era quitarlo del todo. Ya puestos, la casera decidió tirar una falsa pared y cambiar el lavabo. También podría aprovecharse para pasar la lavadora al baño; lástima que ello fuera a suponer la reorganización de la instalación eléctrica de medio apartamento. Y así fue cómo me encontré con una montaña de tuberías, contrachapado y mortero en medio del comedor, y con un electricista que hacía regatas de un palmo de ancho en el techo del pasillo con algo que guardaba un parecido inquietante con un martillo neumático.

En los momentos en los que no he estado fregando, lavando ropa ni quitando el polvo he ido viendo Victoria, una película de hace un par de años que ha aparecido por Netflix, que tiene a la crítica entusiasmada y que acabó siendo un nuevo motivo de irritación en estos días de mugre y cascote.

Como no podía entender la alta calificación que tenía la película en Rotten Tomatoes, y como sé que a veces me obceco y paso por alto aspectos importantes de los relatos que consumo, me puse a buscar reseñas. Comprensiblemente todas elogiaban la actuación de Laia Costa, la protagonista. La crítica de The Guardian empezaba sentando que Victoria es algo más que un truco técnico, pero concluía contradiciéndose al afirmar que el éxito de la película se debía al plano-secuencia de 138 minutos. El Telegraph la presentaba como una suma de géneros que debería satisfacer a cualquier espectador, como si a todos nos gustara meternos cuatro caramelos distintos en la boca al mismo tiempo. El Financial Times declaraba, entusiasta, que el plano interrumpido daba licencia para desentenderse de la verosimilitud. La Frankfurter Allgemeine Zeitung dedicaba 6 de sus ocho párrafos a comentar las consecuencias narrativas del rodaje en un solo plano, y a comparar Victoria con otras películas que se impusieron esa misma condición; otro de los párrafos contenía una reflexión sobre el papel del espacio en el que se ambienta la trama (Berlín, época actual) que podría haberse llevado más lejos. Una revista de cine en línea (THiNC) definía la película como una «pesadilla logística», mientras que en Die Zeit se la celebraba como una proeza técnica y una variante refrescante —por lo cruda— en una cartelera saturada de producciones costosas, elaboradas y demasiado perfectas.  

Para todos estos críticos, la modalidad de la grabación no sólo es el mayor mérito de Victoria, sino que también subsume todo lo que en ella debe percibirse. Es una película que va de que está grabada en una sola toma. Por ello, resulta irónico que yo la haya visto a trozos y entre destrozos.

La Victoria del título es una veinteañera madrileña, pianista virtuosa, que desde hace pocos meses trabaja de camarera en Berlín y que, aunque abre la cafetería a las siete de la mañana, sale sola a bailar tecno hasta las tantas en boîtes sórdidas. Este currículo de Amélie Poulain malasañera, que a mí me deja perplejo, al recensor de Variety le parece perfectamente normal. A pesar de ello, este crítico es el único que, en un momento fugaz de su columna, va más allá de la técnica de grabación y alude al «fastidio existencial generacional y a la soledad transnacional» que desprende la cinta.

Esto es lo más cerca que los espectadores profesionales (también los de El País o El Mundo) están de detenerse en los perturbadores ingredientes sociales que contiene la película: un Berlín despojado de cualquier referencia icónica; una artista hastiada de competir que trabaja por 4 € la hora —aunque no acaba de quedarme claro por qué competía—; varios jóvenes de ascendencia turca que se consideran los auténticos berlineses y que están atrapados por fidelidades de grupo; diálogos que alternan entre el alemán, el turco, el español y sobre todo el inglés, pero en un inglés que para quienes lo hablan es segunda o tercera lengua, y que en ocasiones consiste en clichés de series y películas anglosajonas («you’re going to get well... stay with me...»). Para la crítica, todo eso ha quedado eclipsado por un experimento técnico que ni siquiera es demasiado novedoso.

¿Cómo se estará comprendiendo esta película fuera de las redacciones de periódico? A trancas y barrancas, creo yo, y no por culpa del público. Parece que el guión era muy esquemático y que los actores improvisaban grandes partes de diálogo: esto, que imprime naturalidad a la actuación, también despoja a los personajes de la profundidad que deberían tener para que sus acciones fueran mínimamente inteligibles.

La lectura que encuentro más fácil y coherente me parece también inquietante, porque reactiva y expande viejos clichés. Tanto los turcos como los españoles son, en Alemania, inmensas minorías de inmigrantes laborales. Los primeros llevan ya dos o tres generaciones en el país, y no acaban de salir del círculo vicioso que va y viene de la marginalidad a los prejuicios sociales; los segundos estamos llegando aún, y a través de Victoria tomamos el relevo del crimen y de la marginalidad.

El único momento sobrecogedor de la película es cuando, interrumpiendo una conversación de tonteo particularmente tonto, Victoria se sienta al piano e interpreta, durante una larga escena, parte de uno de los valses de Mefisto de Franz Liszt. Como Liszt, Victoria también llega a Alemania en su edad adulta, pero a diferencia de Liszt renuncia a participar en una cultura común y se precipita con entusiasmo en el submundo del hampa. 

Puede verse de otro modo: los personajes no representan nada, son sólo adolescentes tardíos faltos de fósforo que caminan por la vida como pollos sin cabeza. Curiosamente, esta es a la vez la lectura más positiva y más negativa de la película.

Puedo imaginar asimismo una recepción ambiental, una adhesión preverbal y puramente emocional al espacio representado, que es un Berlín, como digo, típico pero no tópico: el Berlín de los kioscos que abren toda la noche, de los ciclistas borrachos, de los treintañeros inmaduros y de los clubes oscuros emplazados en lugares imprevisibles. A esta categoría de percepción pertenece el espectador que comentó una de las reseñas en línea con la sentencia siguiente: «si no te ha gustado esta película es que no eres un auténtico berlinés».

Abandono los escombros de mi apartamento belga y tomo el tren a Berlín, donde, según Victoria vaticina, no tardaré en atracar a viejecitas y transportar cocaína en el estuche de mi ukelele. La ficción escribe destinos sociales y profecías autocumplidas. Otra cosa es que esto, a veces, se perciba como algo completamente distinto: como ejercicios de estilo o como odas a una ciudad.

sábado, 23 de junio de 2018

Hay días en que me siento como si padeciera el síndrome de déficit de ¿he dicho ya que en el restaurante chino de Tilff —en uno de los dos restaurantes chinos de Tilff— han incluido al fin dos platos vegetarianos? Pedí el chop suey de tofu, y cuando terminé me trajeron una galleta de la suerte en cuyo interior había un papel que ponía attentez l’instant opportun, «atente el instante oportuno». Se resuelve así, tras de muchos años, esa vieja obsesión mía de saber quién escribe los mensajes de las galletas de la suerte: indudablemente, se trata de una célula durmiente de terrorismo gramatical.

El otro día llovió un poco y en mi despacho salieron tres goteras que daba gloria verlas. Debajo de una puse el ficus, que me lo agradeció lágrimas en los ojos, aunque diciendo por lo bajini «tiene que caerse el mundo para que me riegues, fistro, pecador». Puse la papelera encima de la impresora, que era donde caía la segunda gotera. A la tercera, como la veía más crecidita, la dejé de responsable de aquello y me bajé a dar parte al decanato. Allí me explicaron que no era cosa de ponerse estupendo ahora porque de todos modos la renovación de la azotea está prevista para octubre. Que, por si acaso, alejase de las goteras los dispositivos electrónicos. Sumiso, subí y comencé a correr muebles, consiguiendo perder los exámenes de tres cursos y romper un tiesto —vacío— que llenó el suelo de cascotes. Cerré la puerta detrás de mí, colgué el cartel de «zona catastrófica» y me fui a ver la exposición del Cirque Divers. 

El Cirque Divers fue un colectivo de artistas yeyés que hacían lo que entonces se hacía en arte: fiestas de culos, censos de ombligos e instantáneas de personas que llevan un abrigo de leopardo. «Atente el momento oportuno» bien podría haber sido su divisa, y quizá fueran ellos los auténticos destinatarios de ese mensaje que cayó en mis manos por haber encomendado a un situacionista la organización del sistema de comunicación clandestino.  

En 1980 los del Cirque Divers trajeron al colectivo Fluxus para que diera un concierto que luego resultó que consistía en apilar panes de molde delante de la pantalla de un televisor. Un modernusco que firmaba «Ben» pintó de negro un lienzo de regulares dimensiones y escribió encima, con letras infantiles que parecían espaguetis, «yo expongo por la gloria». Glen Baxter, Roland Topor y Fernando Arrabal pasaron por allí y se debieron de sentir en su salsa. Del último se expone —no sé si por la gloria— un collage que parece de Alberto Corazón: una parejita de burgueses contempla arrobada un busto de Karl Marx que flota en el espacio. De un tiempo a esta parte es para lo único que está sirviendo el bueno de Marx.