Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

martes, 25 de septiembre de 2018

BLACKFACE JAZZ FUNERAL, TAKE 2

                    No offense was meant.

Para cuando de improviso
el menda resulte occiso
y se le ofrezca un sepelio
voy dando el siguiente aviso:

Cultivad a vuestra Rosa
Parks, paladead la prosa
de algún airado insumiso
—James Baldwin, Ishmael Reed—
y vuestra suerte medid
conforme a sus testimonios.
Bajad por el tobogán
de los discos de Telonious;
como Booker o Toussaint,
inventad un nuevo idioma
que hable en serio hablando en broma
(porque la vida es muy punk
y brinca de Monk a Munch).
Quien mi cuerpo acondicione
salmodie a Nina Simone,
y al salir del camposanto
soplad fuerte en los metales
y bailad como en Luisiana:
que quienes sufrieron tanto
saben a cartas cabales
más de dignidad humana.

Protocolo habitual:
ir de negro a un funeral.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Aprovechando que tengo un par de horas libres antes de mi cita de las seis me acerco a a ver a Jacques. En julio le dio un patatús. Lo ingresaron y en el hospital cogió otras tres o cuatro cosas que lo tienen postrado y lleno de costurones. En lugar de flora intestinal tiene ahora un Actimel de vainilla. Relatando el rosario de arrechuchos, Yolanda, su mujer, da más detalles de los necesarios. «Bueno, bueno, esto ya lo hemos dejado detrás de nosotros», dice Jacques, pero ella erre que erre.

Jacques se ha quedado muy flaco, y más que lo parece por estar en pijama. Ha perdido opacidad, tiene la piel más fina y la mirada más acuosa. Se diría que la enfermedad lo hubiera ficcionalizado.

Le he llevado uno de los libros de los que más he disfrutado nunca, una colección de relatos de Ermanno Cavazzoni que, en la edición que yo tengo, se titula Idiotas. El ejemplar que le llevo a Jacques lo encontré el otro día en un puesto de viejo, y lo compré pensando que no lo había leído, pero al llegar a casa descubrí que era el mismo que ya tenía. Lo que ocurre es que en esta traducción francesa lo han titulado Le Calendrier des imbéciles. Entre sus páginas he encontrado una carta muy divertida, que dice lo siguiente: «Estimada Señora, estimado Señor, encontrará acompañando estas líneas el calendario anual que nuestro colegio remite a las familias de nuestros estudiantes. Esperamos que le sea útil». 

El pobre Jacques hace un esfuerzo por reírse. Le sale una risa de ventrílocuo.

A las seis entro en el bar que antes se llamaba Diode, donde he quedado con una antigua estudiante. Adeline, que así se llama, lleva ya unos meses trabajando en la redacción de Télépro, una de esas revistas para la orientación de los televidentes cuyas portadas de colores chillones chorrean Photoshop. «Es el segundo periódico de este tipo más leído en Valonia», me explica Adeline con un punto de orgullo. Al ritmo que va esto, seguramente sea ya el segundo periódico más leído, sin adjetivos.

Charlamos por encima del último número de Télépro. Al principio viene una serie de artículos temáticos, y al final hay pasatiempos y recetas de cocinas. Entre medias queda lo fundamental, el moderno calendrier des imbéciles: las páginas en las que se comentan las emisiones de cada día de la semana. Adeline señala la parrilla de programación:

—Lo primero que hago todas las mañanas, de ocho y media a diez y media, es corregir un par de páginas como estas.

«¿Quién alcanzará a expresar la soledad del corrector de fondo?», se preguntaba Daniel Pennac. Y comprendo con angustia que, en adelante, cada vez que abra un periódico me sentiré obligado a leer todas esas listas de programas, admirando su esmerada ortografía, sus calculadas abreviaturas, su pulcritud así como su total y emoliente ausencia de anacolutos.

De hecho, empiezo a leerlas en ese mismo momento, descubriendo con incredulidad que, durante el tiempo que hemos estado hablando, la tercera cadena ha echado «un espectáculo crítico y lúdico sobre el tema de la ortografía, un acercamiento pop e iconoclasta a la concordancia del participio». Verdaderamente, como almanaque Télépro tiene unos aciertos portentosos. 

Al fondo, solo y reconcentrado, hay un señor flaco que escribe o dibuja en unas libretas algo de apariencia crucial. En un ángulo de la mesa tiene abierto un estuche, y detrás se le enfría un café. La nueva iluminación del bar proyecta unos haces cremosos de farolillo a la veneciana. En una de las ocasiones en las que su cabeza se sumerge en el óvalo de luz, reconozco al legendario Parrondo.

Miro el reloj y consulto Télépro para saber qué debo hacer ahora. Lo encuentro en la columna del canal AB3: «La increíble revelación. Documental». Así pues, me acerco a Parrondo, le saludo y le doy el pésame por la muerte de su tío Gil. La noticia, de la que se hicieron eco todos los periódicos, me llegó cuando estaba en Madison y —honte sur moi— nunca llegué a escribirle. Luego, dirijo la mirada sobre el estuche, el café, los cuadernillos, y le pregunto si está trabajando:

—Sí, estoy terminando un nuevo libro. Trata de una mano que tiene cinco dedos. —Ante mi gesto de sorpresa, añade—: Como sabes, los personajes que yo dibujo tienen siempre tres dedos, así que un día me dije «¿qué reto me queda por afrontar? Ya sé, la mano de cinco dedos». Y de eso va.

Un rato más tarde, cuando ya me he despedido de Adeline y estoy abriendo la puerta del bar que antes se llamaba Diode, Parrondo viene hacia mí y me tiende un folletito con sus inconfundibles dibujos de señores paradójicos y contentadizos. «Toma, toma; ya lo hojearás tranquilamente en casa», dice. Pero no puedo esperar siquiera a tomar el tren. Se titula El futuro llegará en un segundo.

viernes, 24 de agosto de 2018

Kathleen obtuvo una beca para participar en un seminario sobre ensayo videográfico que se organizaba en Middlebury College, en el estado de Vermont. Cada uno de los participantes trabajaba en un proyecto propio, para lo cual debía adquirir una serie de competencias de edición audiovisual, pero también tenía que reflexionar a diario en la línea argumentativa y en la estructura que quería imprimir a su vídeo-ensayo. Así, cada mañana los participantes exponían por turnos una parte de su trabajo y lo sometían a discusión.

Kathleen escogió analizar varios aspectos de Blade Runner, y concretamente los múltiples niveles en los que dialogan la película original y su secuela. Uno de los días, en la sala de proyecciones, Kathleen mostraba varias de las secuencias que tenía en su moviola digital e iba comentando cómo planeaba organizarlas:

—La cinta de Denis Villeneuve, estrenada en 2015, tematiza explícitamente el paso del tiempo. La escena en la que, gracias a la edición informática, aparece la replicante Rachael con el mismo aspecto que tenía en la película de 1982 sólo sirve para poner en evidencia cuánto ha envejecido Harrison Ford, cuyo rostro aparece demacrado, lleno de manchas y arrugas y descompuesto, además, por la emoción del momento —aquí la pantalla oponía, a título pericial, dos fotografías del actor tomadas a cuarenta años de distancia—. El aspecto del actor, devastado por la edad, convertido en una ruina de sí mismo, sólo puede tener un efecto: el de provocar un trauma emocional en los espectadores y recordarles la inminencia de su propia muerte.

Con estas o con parecidas palabras concluía Kathleen la presentación de su work in progress. Antes de que se encendieran de nuevo las luces de la sala alguien, en el fondo, aplaudió con desgana, con esa forma socarrona de aplaudir que conocemos de las películas de Hollywood y que anuncia el momento de las revelaciones y de los puñetazos. Los participantes del seminario giraron sus cabezas para ver quién era el impertinente y se quedaron con las patas colgando al descubrir que se trataba del agente Deckard, de Indiana Jones, de Han Solo, del mismo Harrison fucking Ford —en definitiva— que viste y calza.

Esto es lo que estuvo a punto de ocurrir hace unas semanas. Sólo que, por unos pocos metros, Harrison Ford no entró en el aula en la que Kathleen estaba hablando sobre sus arrugas. Pero, como luego supo, mientras ella explicaba cómo el hombre más sexy del mundo se había convertido en un carcamal, él visitaba el Axinn Center, el pequeño edificio de estudios audiovisuales de Middlebury College, donde quizá matricule a su hijo adoptivo el curso que viene. Sólo unos pocos sabemos que Kathleen estuvo muy cerca de disuadirlo.

jueves, 9 de agosto de 2018

—Es curioso que las granjas de aquí se parezcan tanto a las de Wisconsin —digo.

—Qué casualidad —dice Kathleen, con retranca—; seguro que no tiene nada que ver con el hecho de que Wisconsin recibiera a tantos emigrantes nórdicos.

Estamos detrás de la casa de campo que hemos alquilado, leyendo en unas tumbonas, a pocos metros de la línea de costa. Desde la hierba podemos abarcar buena parte del pueblo y del fiordo. Uthaug tiene un puerto pesquero como hacía décadas que no veía ninguno. En su extremo oriental hay un muelle de hormigón donde se embarcan toneles de pescado en salazón o se descargan piezas de casas prefabricadas. Unos carteles muy grandes prohíben el paso, pero la verja está abierta y es el lugar preferido por los pescadores de caña.

Alrededor del puerto hay cobertizos de madera pintada en colores vivos. Por el otro lado algunas tienen un pantalán destartalado desde el que los pescadores acceden a sus barquichuelas. En ocasiones a pescadores los vemos a la puerta, limpiando el pescado o lavando sus trajes de neopreno con una manguera.

Los barcos regresan al puerto envueltos en una nube de gaviotas. Seis o siete veces al día retumba la atmósfera con las maniobras de una base de aviación cercana, y giramos la cabeza para ver los cazas y los aviones de apoyo logístico dar vueltas en círculo como ponis en un picadero.

El mejor momento para pescar es al anochecer, cuando hay marea alta. El sol desciende parsimonioso. Todo alrededor son colinas esféricas, llenas de anfractuosidades, como los lomos de ballenas que hubieran sobrevivido a arponazos seculares y conservasen las cicatrices profundas del cable y de las hachas. Sobre las más lejanas se forma un halo blanco que las proteje de los licores espesos de la tarde.
El sol se descuelga de improviso desde un nubarrón fosco y denso: el reflejo espejea sobre el fiordo encrespado, desdoblándose en un astro gemelo. Cuando quiero volver a posar la vista en el libro que estoy leyendo aparece Christopher, como un niño de once años que se hubiese metido en el cuerpo siete cocacolas:

—¿Has visto eso? Ha sido como la explosión de una bomba de neutrinos. ¿Sabes que un harpón de tungsteno lanzado desde un satélite produciría un destrozo comparable al de Hiroshima? Sin embargo, sería tratado como un arma convencional y escaparía a los tratados de no proliferación de cabezas nucleares. Por cierto, mira qué casquillo de bala acabo de encontrar en la playa. Resulta demasiado largo para ser de fogueo. ¿Nunca has disparado una pistola? Una vez, cuando tenía diez años, cogí una y todas las personas que había en la habitación se tiraron al suelo. Otra vez un amigo y yo juntamos con cinta adhesiva varios canutos de pelotas de tenis y le metimos dentro la pólvora de unos cartuchos que había por allí; nuestra idea era fabricar un lanzagranadas casero y disparar una pelota de tenis, pero nos dijimos que sería mucho más chulo que la pelota estuviera empapada en gasolina. Aquello pegó un bombazo y la pelota salió dejando un rastro de fuego por la calle, como si el Delorian acabase de regresar al futuro. Con lo que no habíamos contado con que el canuto reventaría también por el otro lado, y fue un milagro que la explosión no nos arrancase la cabeza. Lo que sí hizo fue abollar la puerta del garaje de mi padre, que nunca dejó de preguntarse por qué su casa atraía los meteoritos. 

La tarde noruega no se acaba nunca, y la conversación de Christopher tampoco.

lunes, 6 de agosto de 2018

i esto fuese un cuento, se llamaría «mi vida como pescador». La de un pescador vegetariano debía ser, previsiblemente, una vida corta y desazonada.

En Noruega pesca todo el mundo. Sólo el 5% del territorio es cultivable, y ello únicamente en teoría y durante un par de meses; el resto del año el suelo permanece helado y ofrece poco más que bayas y líquenes. Durante siglos los habitantes de la actual Noruega han sobrevivido a base de pescado y de carne de reno. En la actualidad se pueden comprar espárragos de Perú, sandías españolas y puerros de Polonia, pero a precios prohibitivos, y no en cualquier sitio. Por otro lado, en algunos supermercados no hay nabos ni lentejas, y menos aún falafel, ni tofu, ni humus, ni seitán. Por eso, cuando vinimos a pasar una semana a este fiordo con Julia y Christopher, llegué al acuerdo de que comería pescado. Con una condición: que lo pescásemos nosotros.

Como cualquier régimen, el vegetarianismo comporta muchas negociaciones. Y la negociación a veces se resuelve en excepciones y componendas. La excepción más coherente creo que es la de mirar a los ojos al animal, explicarle que ha tenido una vida relativamente dichosa, agradecerle las proteínas que nos va a procurar y darle con nuestras propias manos una muerte rápida e incruenta.

En cuanto deshacemos la maleta nos vamos a la punta del rompeolas. Christopher se ha puesto un gorro de grumete que le obliga a mirar alzando la barbilla; asegura que lo compró en Japón por menos de un dólar. Si hubiera comprado mil y los vendiera por dos dólares, ahora tendría mil dólares más. A los pescadores que nos cruzamos les dice en inglés que vamos a por un pez gordo. Los pescadores se ríen, quizá por nuestro exceso de confianza, quizá porque el más gordo ya lo sacaron ellos, quizá porque han visto qué aparejos llevamos.

De repente se hace un vacío, como si hubiese roto sobre nosotros una ola de silencio. Kathleen se está mirando fijamente el dedo anular. Me acerco y veo que tiene dentro el anzuelo que ha lanzado unos segundos antes. Olvidó abrir el arco, por lo que el señuelo describió una trayectoria circular y le dio en la mano. Sólo cuando entiende lo que ha ocurrido comienza a gritar.

—¡Sácamelo! ¡Sácamelo!

Yo intento maniobrar el garfio, pero eso hace que Kathleen se retuerza de dolor. La visión del garfio tensando la piel de Kathleen desde dentro y la certeza de que está diseñado para que sólo pueda extraerse desgarrando los tejidos me descomponen. Me siento en un banco y adopto la posición recomendada en caso de accidente aéreo.

En cuanto Chris desprendió el señuelo de la caña, Kathleen recuperó la compostura y fuimos a buscar el coche para conducir al ambulatorio. Yo iba el último, blanco como el papel, anonadado por mi propia inutilidad. Unos minutos antes había dicho que todos deberíamos clavarnos un anzuelo para asumir el dolor que provocaremos a nuestras víctimas. Sin duda el marido de la sardina no tiene remotamente la misma aprensión que yo, pero no me parece que la comparación esté por completo fuera de lugar. Todos prestamos a los animales algo de nuestra experiencia humana; por lo menos a algunos animales, escogidos con cierta arbitrariedad.

Entramos todos en la consulta de guardia. Sólo hay una doctora jovencita, a la que han dejado sola ante el peligro. Se nota que de vez en cuando desaparece para recibir instrucciones por teléfono. Ha anestesiado toda la mano de Kathleen y termina adoptando una estrategia inesperada, consistente en cortar el garfio con unos alicates y sacarlo por otro lado de la piel, como si fuera una aguja quirúrgica. A Kathleen le quedarán sólo dos agujeritos, como si la hubiera mordido un gato, y en pocos pocos días no quedará ni rastro. Todos respiramos aliviados.

Chris hace fotos con su vieja Olympia, pasando las fotos rápidamente con el pulgar como un reportero de guerra. Se conoce que este es su Vietnam. «Menos mal que no fuimos de caza», dice. Y unos minutos más tarde añade que al final del reportaje gráfico habrá que especificar que en la realización de estas fotos ningún pescado ha resultado herido.

Ya en casa, Chris me lee un texto de Dave Eggers sobre cómo los peces sienten el agua. Es una breve prosa lírica que parte de una premisa absurda, más propia de un chiste que de un clásico contemporáneo, pero Eggers termina alzando el vuelo e imprimiéndole una belleza de fábula oriental, en la que los peces son más sabios que los hombres y nos inducen a mirar el mundo con otros ojos.

Pasamos el día siguiente viendo vídeos en YouTube de gente pescando. Nos fijamos en cómo anudan el señuelo, cómo lanzan el sedal, cómo dan tirones a la caña para simular el quiebro asustado de un pez que intuye a su depredador. En uno de los vídeos un cocinero toma un pez del tamaño de una trucha, le rompe el cráneo con un punzón, lo degüella, le hace un corte en la nuca e introduce un alambre por la médula espinal. Luego, lo mete en un barreño con agua helada. El cocinero explica a su público de gourmets aficionados virtuales que esta es la técnica perfecta para desangrar un pescado, porque el corazón sigue latiendo todavía durante varios minutos.

Entre vídeo y vídeo, Christopher me cuenta que cuando era pequeño su tío le regaló un frasco lleno de ojos de pez. Ojos auténticos, de diferentes tamaños, que había ido coleccionando en sus partidas de pesca. Cuando agitaba el frasco, los ojos se revolvían como buscando dónde fijar su antención. 

Antes de intentarlo de nuevo deberíamos esperar a que suba la marea. Tampoco tenemos un cuchillo para desventrar el animal. Convendría asimismo conseguir guantes con los que agarrar el pescado. No sabemos cuál es el mejor lugar en el que echar el anzuelo. Ahora hay un buque grande atracado en el muelle. Parece que va a llover. El viento aún puede amainar. Todo se vuelven excusas para no salir a pescar, y llego a pensar que nadie quiere hacerlo realmente.

Al final escampa y nos acercamos a un muelle más accesible que el rompeolas del puerto. Lanzamos la línea con grandes precauciones, y rebobinamos impacientes, temiendo que se nos enrede el anzuelo en las algas, lo que efectivamente ocurre en muchas ocasiones.

Durante unos segundos creo que la corriente arrastra mi sedal hacia la costa, pero entonces oigo el claqueteo del carrete y sé que al otro extremo viene un pescado. Mientras pende de la caña me parece que pesa una barbaridad, aunque sólo es una caballa de regulares dimensiones. Una vez fuera del agua, se deja meter en el cubo dócilmente. Tiene el vientre irisado y en el lomo un dibujo precioso, atigrado y esmeralda.

—Lo siento, pescadito —dice Kathleen, mientras le extrae el arponcillo de la boca. Luego, lo degüella con el filo dentado del cuchillo de pesca que Chris terminó comprando en un súper. Boqueaba como queriendo decir algo. Acequé el oído. Sus últimas palabras fueron: «tío, ¿en serio te has puesto tu camiseta de Tiburón para venir a pescar?».

Cerca de nosotros, unos chicos sacan los pescados con un tirón brusco, les arrancan los garfios sin contemplaciones y los dejan dando coletazos sobre el cemento.

De repente, nuestro cubo comienza a dar saltos, conjurado por un aprendiz de brujo. «Son movimientos reflejos», dice Julia. Me digo que en Tiburón nunca se ve que los cadáveres de los bañistas tengan espasmos reflejos. Kathleen mete la mano en el cubo y hace otro corte, esta vez definitivo. 

En adelante, trato de no pescar a nadie, pero sigo teniendo la suerte del principiante y saco otra caballa y un carbonero chico como una trucha. Otro día Kathleen pesca cuatro caballas en veinte minutos. Nos los comemos con deleite aunque sin particular recogimiento, de manera no muy distinta a la que nos habríamos comido una berenjena.

lunes, 30 de julio de 2018

Vivimos en burbujas tan herméticas que ya quedan pocos sitios —fuera de la literatura y de las piscinas— en los que encontrar gente absurda.

Nos acercamos a última hora de la tarde a la piscina de Moratalaz. Tras buscar durante quince minutos una esquinita de césped a la sombra, y después de haber estirado cuidadosamente nuestra toalla, caemos en la cuenta de que es al sol donde queremos ponernos. (Es en las piscinas y en la literatura donde nosotros también somos absurdos para los demás). Hay una niña varada en las losas, tendida a lo ancho y largo, derrotada por las vacaciones. Otra niña, ésta con sobrepeso, coge las chanclas que había dejado en el bordillo y se tira a la piscina con ellas en la mano. Un hombre se ha remangado la camiseta hasta las tetas y se broncea el vientre con pose de conquistador. En la grada, junto a nosotros, toma el sol una señora que presenta en las piernas un grave problema circulatorio. Un señor de bañador naranja le suelta el rollo:

—Estaba de moda entonces hacerle un agujero a una bala y hacerte un collar. Él fue a sacar lo de adentro y aquello pegó un petardazo que dio en el techo y le reventó el dedo. Pero no lo podíamos llevar al hospital, porque había andado con explosivo. Acababa de volver de la mili. «Como vuelvas a traer esto, te echo de casa», dijo su padre.

—Ya.

—Se dedicaba a sacar los toros muertos de las corridas. Tenía unas mulas que las enganchaba y arrastraban los toros. No las quería poco él. «Te voy a enseñar a mis hijas», decía, y te sacaba la foto de las mulas. El abono que usa es de caballo. «Todos los que tienen aquí caballo, voy yo y cojo la mierda». Es más natural. Lo malo que tiene es que te crece la yerba mala, y tienes que andar quitándola.
Para cuando terminamos de untarnos el protector solar anuncian por megafonía que la piscina cerrará en veinte minutos. Estamos haciendo un pan como unas hostias. Mientras nos cambiamos Kathleen me cuenta una anécdota que le ha contado a su madre una compañera de trabajo. Resulta que esta colega tiene un niño de seis o siete años con la psicomotricidad de un tresillo. No lo han podido escolarizar aún porque no da nivel suficiente para empezar la primaria. Antes de llegar al aula ya lo habrían suspendido en gimnasia. Le pedían que dibujase a su familia y hacía unas tachaduras alargadas que desvelaban a las psicopedagogas.

La culpa la tenían los padres, que salían a navegar por el mar Báltico todos los fines de semana en su bote de vela. Para evitar que el niño se cayera por la borda y se ahogase, lo ataban. El niño se pasaba los fines de semana como un Ulises de teatro de marionetas, y entre semana se tropezaba con su propio pie intentando jugar al fútbol.

Pero esta no es la historia. La historia es que la abuela de este niño era monitora de una natación de Mecklenburg. Un día, nadando con la abuela, dijo que tenía ganas de hacer pis. «No pasa nada», respondió la abuela, «puedes hacerlo aquí dentro». Se conoce que es un privilegio profesional que se conceden los monitores de natación, un poco como el que se lleva a casa papel timbrado de la empresa. Nadie necesitaba saber esto.

Unas semanas más tarde, fue su tío el que lo acompañó a la piscina. Este tío debía de ser la única persona medianamente cuerda de toda la familia. Como buen alemán, antes de zambullirse en el agua el tío fue a colocar las toallas sobre unas tumbonas para reservarlas. Había tenido suerte de encontrar sitio, porque a aquella hora había bastante gente nadando. Cuando se giró de nuevo hacia la piscina vio a su sobrino en el bordillo, de pie, con el bañador por los tobillos, meando alegremente sobre la calle 3.

lunes, 23 de julio de 2018

La sombra roja es la sombra de la luz azul, y la sombra azul es la sombra de la luz roja. El público de Clamores está hoy compuesto por parejas engañadas y solitarios desengañados. Sube al escenario un grupo de jóvenes blanquitos de Nueva Orleans que han publicado ya tres discos bajo la personalidad colectiva de un doctor en demonología o un actor de peli porno: Naughty Professor. 

Uno de sus temas se llama «Do you like dragons?». La pregunta había que planteársela porque las canciones que tocan son criaturas híbridas con acordes mutantes, grandes serpientes multicolores —sombras azules y rojas— nacidas de una orgía primordial de géneros incompatibles.

La batería suena a vidrios resquebrajados, a bongos playeros, a ventilador estropeado, a taller mecánico o a vagón entrando en una estación en curva. Hay compases compuestos, ritmos cojos, estarcidos sonoros: un riff reggae, una frase de Monk, un arpegio heavy, un bajo funk, un empaste de metales robado a Gustav Holst. El primer acorde mayor llega en el minuto 45, como un gol inesperado y esperanzador.

Si esta noche me hicieran una resonancia magnética funcional, mi cerebro se vería como un cubo de Rubik de 7 caras que al mismo tiempo es un cubo de Necker. Mientras no haya escrito sobre el dragón, su forma permanecerá indeterminada, rota en el aire, confundidas las sombras con las luces.