Nuestros ministros y rectores nos vuelven tarumbas con sus golpes de timón. Todos quieren que nuestras universidades suban en los ranking universitarios, pero tienen demasiada vergüenza de confesarlo abiertamente. Lo más cerca que están de ello es decir que «quieren que seamos como Harvard», lo que, por supuesto, no significa que vayan a darnos las condiciones de trabajo de los profesores de Harvard, ni a reducir las clases al tamaño de las de Harvard, ni a subir los precios de matriculación a la altura de los de Harvard. Quieren que, sin ser Harvard, seamos como Harvard en los rankings. No tienen en cuenta, en cambio, que los rankings están hechos para que la mejor universidad sea Harvard (o Standford, u Oxford, o Yale, pero no la nuestra).
Nuestros ministros y rectores nos reúnen en clusters de investigación artificiosos, fomentan colaboraciones contra natura, inventan estímulos para que publiquemos más de lo que nadie puede (ni, sobre todo, quiere) leer, tuitean exultantes cada acto que tiene lugar en el paraninfo, y todo ello lo hacen porque no han dedicado diez minutos a estudiar los criterios con los que se conforman los rankings universitarios.
Yo sí he dedicado diez minutos a estudiar los indicadores con los que se conforman los rankings universitarios y he dado con la solución. Lo que hay que hacer es una película.
Los criterios de jerarquización que más puntúan para las agencias QS y Times High Education son la reputación de una universidad entre el conjunto de profesores y la reputación de una universidad entre los empresarios; también importan las tasas de estudiantes y de profesores internacionales. (Con los rankings de CWUR y ARWU (Shanghai) mi plan no funciona tan bien, ya que su metodología es menos gilipollesca).
El problema de nuestra universidad no es que sea mala —que, a lo mejor, también—: el problema es que nadie ha oído hablar de ella. Un buen blockbuster la pondrá en el mapa y hará que los estudiantes potenciales se interesen por ella, y que los profesores encuentren molongui dar clase en sus aulas. Cuando los investigadores de otros países vean un artículo nuestro, lo citarán más, recordando que fue escrito en las trincheras de la última guerra mágica, entre humeantes boñigas de triceratops y la epidermis desinflada de calamares alienígenas. Cuando las agencias de ranking entrevisten a una directiva o a una catedrática y le pregunten qué universidades le parecen buenas, dirá «ah, sí, y también aquella de la película, donde salía un monstruo mutante y despedazaba con los maxilares de su culo al ministro de educación de un país centroeuropeo francófono».
Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:
Nos seguimos leyendo.
sábado, 20 de julio de 2019
Hace cien años, los berlineses bajaban al humedal en la cuenca alta del río Spree para disfrutar de la vida campesina. Ahora bajamos a la misma región a disfrutar de la vida sin más. Antes los oficinistas cansados venían al Spreewald a beber leche recién ordeñada, recoger huevos frescos, pescar truchas y ver crecer los pepinos de la huerta. Por la noche se reunían a la luz de un pescado prendido, que era más barato que las velas, y contaban las leyendas del rey culebra, de los hombres del río y de la mujer del Mediodía. Ahora hacemos piragüismo por la mañana, bicicleta de montaña por la tarde y después de cenar un risotto de setas tomamos dry martini para anegar en alcohol el recuerdo de la última temporada de Stranger Things.
Casi todas las antiguas granjas se han convertido en pensiones, pero se adornan con las herramientas inservibles de una economía desaparecida. Solo en el jardín de la pensión Brodack, donde nos alojamos, hay varios peroles de leche, muelas de molino, rejas de arado, un trillo mecánico, una bigornia, una planchadora de rodillos y la mesa de una máquina de coser alemana. En otras pensiones ocurre lo mismo: en sus fachadas cuelgan, como escudos de armas de un linaje inesperadamente prestigiado, horcas y rastrillos, yugos y azadones.
Hace poco leí, en un libro enrabietado y misceláneo de Michel Thévoz, una reflexión sobre esta «especie de neurosis colectiva conforme a la cual, cuando ya se ha arrasado el medio ambiente, cuando se ha abandonado la ciudad a los promotores y se ha asfaltado el suelo, se reponen por encima, decorativamente, los signos empáticos de aquello mismo que se ha destruido, un simulacro de naturaleza, un simulacro de convivencia, un simulacro de urbanidad». Lo veo a diario en Tilff: los nuevos edificios de apartamentos conservan en sus fachadas el trazado triangular de una fábrica, o las aspilleras que tenían los muretes de las huertas —ventanillas ciegas que ya no comunican sino sarcasmo—. En otros lugares más urbanizados los últimos testimonios de esa etimología cultural son los nombres de las calles.
Meanwhile back at the ranch, el heno se cosecha con tractores y se enrosca en balas cilíndricas, y los viejos almiares se han convertido en una seña de identidad regional. Aún queda gente que se dedica a recoger las semillas de abedul durante el invierno, con unos cedazos cuadrados que meten en el agua fría de los canales, pero quienes más frecuentemente surcan los brazos del Spree somos los canotiers de la ciudad. Nos dejamos deslizar bajo árboles que no conocemos y observamos animales que no podemos nombrar.
Casi todas las antiguas granjas se han convertido en pensiones, pero se adornan con las herramientas inservibles de una economía desaparecida. Solo en el jardín de la pensión Brodack, donde nos alojamos, hay varios peroles de leche, muelas de molino, rejas de arado, un trillo mecánico, una bigornia, una planchadora de rodillos y la mesa de una máquina de coser alemana. En otras pensiones ocurre lo mismo: en sus fachadas cuelgan, como escudos de armas de un linaje inesperadamente prestigiado, horcas y rastrillos, yugos y azadones.
Hace poco leí, en un libro enrabietado y misceláneo de Michel Thévoz, una reflexión sobre esta «especie de neurosis colectiva conforme a la cual, cuando ya se ha arrasado el medio ambiente, cuando se ha abandonado la ciudad a los promotores y se ha asfaltado el suelo, se reponen por encima, decorativamente, los signos empáticos de aquello mismo que se ha destruido, un simulacro de naturaleza, un simulacro de convivencia, un simulacro de urbanidad». Lo veo a diario en Tilff: los nuevos edificios de apartamentos conservan en sus fachadas el trazado triangular de una fábrica, o las aspilleras que tenían los muretes de las huertas —ventanillas ciegas que ya no comunican sino sarcasmo—. En otros lugares más urbanizados los últimos testimonios de esa etimología cultural son los nombres de las calles.
Meanwhile back at the ranch, el heno se cosecha con tractores y se enrosca en balas cilíndricas, y los viejos almiares se han convertido en una seña de identidad regional. Aún queda gente que se dedica a recoger las semillas de abedul durante el invierno, con unos cedazos cuadrados que meten en el agua fría de los canales, pero quienes más frecuentemente surcan los brazos del Spree somos los canotiers de la ciudad. Nos dejamos deslizar bajo árboles que no conocemos y observamos animales que no podemos nombrar.
jueves, 11 de julio de 2019
Después de comer salimos a dar una vuelta y a tomar café con helado. De camino a la heladería pasamos delante de la sede de una empresa que fabrica pajitas de cristal. «Ideal a partir de los tres años».
—Hombre, tanto como ideal no diría yo. Si acaso, «pasable a condición de que nadie esté mirando».
Es una oficina con tres escritorios de diseño, atriles de bambú y varios expositores. Las pajitas se venden en cajas de distintos colores y parecen tubos de ensayo para experimentos erógenos.
Llegamos a la heladería y nos sirven los cafés frappés. En lugar de pajita, descubrimos —tras unos segundos de desconcierto— que nos han puesto unos largos macarrones. A Kathleen y a mí nos entra la risa floja pensando que los inventores de las pajitas de cristal seguramente vengan algún día a tomar un batido a esta heladería, y se encontrarán en el vaso una solución más ecológica, segura, barata e ingeniosa para el problema que ellos pretendían resolver.
Mientras sorbemos de nuestros macarrones, Kathleen me cuenta algo que le ha ocurrido hace poco a una colega suya. Ella —la colega— querría que fuera una anécdota de vidrio, pero en realidad es una anécdota de pasta. Resulta que estaba en un congreso y, al terminar, se fue a un bar con otros conferenciantes. Se puso a charlar con uno de ellos. Resultaba difícil porque, como ocurre tantas veces, la música estaba muy alta. Tenían una de esas conversaciones mundanas y repelentes de los cosmopolitas, acerca de los lenguajes gestuales y de la diferente gestión del espacio físico en otros países. Como apenas podía escuchar lo que él decía, ella se fue acercando cada vez más al conferenciante. Cada vez más. Y más. Tanto que el conferenciante, arrinconado y sumido en un gran desconcierto, acabó estampándole un beso en la mejilla.
Ella lo ha contado desde entonces varias veces, dando siempre grandes muestras de escándalo, haciendo de ello una nueva prueba pericial del sexismo sistémico. Sin embargo, parece que el tipo se deshizo inmediatamente en disculpas y se escabulló sin decirle nada a nadie. Como dicen en Yesterday, esto no es el inicio de una gran historia: es una historia pequeña y se acaba aquí.
—Hombre, tanto como ideal no diría yo. Si acaso, «pasable a condición de que nadie esté mirando».
Es una oficina con tres escritorios de diseño, atriles de bambú y varios expositores. Las pajitas se venden en cajas de distintos colores y parecen tubos de ensayo para experimentos erógenos.
Llegamos a la heladería y nos sirven los cafés frappés. En lugar de pajita, descubrimos —tras unos segundos de desconcierto— que nos han puesto unos largos macarrones. A Kathleen y a mí nos entra la risa floja pensando que los inventores de las pajitas de cristal seguramente vengan algún día a tomar un batido a esta heladería, y se encontrarán en el vaso una solución más ecológica, segura, barata e ingeniosa para el problema que ellos pretendían resolver.
Mientras sorbemos de nuestros macarrones, Kathleen me cuenta algo que le ha ocurrido hace poco a una colega suya. Ella —la colega— querría que fuera una anécdota de vidrio, pero en realidad es una anécdota de pasta. Resulta que estaba en un congreso y, al terminar, se fue a un bar con otros conferenciantes. Se puso a charlar con uno de ellos. Resultaba difícil porque, como ocurre tantas veces, la música estaba muy alta. Tenían una de esas conversaciones mundanas y repelentes de los cosmopolitas, acerca de los lenguajes gestuales y de la diferente gestión del espacio físico en otros países. Como apenas podía escuchar lo que él decía, ella se fue acercando cada vez más al conferenciante. Cada vez más. Y más. Tanto que el conferenciante, arrinconado y sumido en un gran desconcierto, acabó estampándole un beso en la mejilla.
Ella lo ha contado desde entonces varias veces, dando siempre grandes muestras de escándalo, haciendo de ello una nueva prueba pericial del sexismo sistémico. Sin embargo, parece que el tipo se deshizo inmediatamente en disculpas y se escabulló sin decirle nada a nadie. Como dicen en Yesterday, esto no es el inicio de una gran historia: es una historia pequeña y se acaba aquí.
domingo, 7 de julio de 2019
Habíamos dicho de ir al Kulturkaufhaus a comprar libros para el verano, pero de camino nos detuvimos en una tienda de artículos de deporte a comprar chubasqueros, y ya no pasamos de ahí.
La reacción alérgica que me provocan estos chubasqueros funcionales alemanes está tan fuera de proporción y de medida que merece análisis. Es el mismo rechazo fisiológico, la misma tirria primitiva que me provoca todo lo contrario a la razón cartesiana. (Bueno, depende: unas veces, lo que desafía la razón cartesiana hace que nos chisporroteen las neuronas, y otras insulta nuestra inteligencia; me refiero a este segundo caso).
Yo creo que, por lo menos en la indumentaria, no todo debe sacrificarse a la utilidad; pero en estos chubasqueros alemanes hay algo más siniestro que un pragmatismo incondicional: han refinado tanto su funcionalidad que han acabado adaptándose a condiciones a las que es improbable que nadie deba enfrentarse (a menos que vaya a buscarlas voluntariamente). En Alemania, un buen chubasquero tiene que ser impermeable, transpirable, ligero, cortavientos, isotérmico y plegable. Todas estas condiciones yo las entendería si uno no fuera a vestir ninguna otra cosa nunca más; unos amigos nuestros, por ejemplo, se fueron a Japón en bicicleta y se compraron unos calzoncillos especiales que no hacía falta lavar nunca. Eso es algo que encuentro perfectamente lógico. Pero si uno posee más de una prenda de ropa, tanta precaución resulta desmedida.
Estos chubasqueros inteligentes alemanes me recuerdan a un bolígrafo que tiene mi tío y que ha sido diseñado por la NASA para escribir en un entorno de gravedad cero.
—La tinta está metida a presión en el cartucho y se libera al ejercer presión sobre el portabala, de manera que podrías escribir sobre el techo de la carlinga en ausencia de atmósfera.
—Le recuerdo que está usted en Pastrana.
—También es verdad.
Estos chubasqueros termoactivos alemanes, de colores estrepitosos y tacto electrostático, son el uniforme perfecto para esos cuñados sabelotodo y para esos conocidos chinchones que te explican cómo desgravar los donativos de la declaración de la renta.
—Si yo lo único que quería era ayudar a los niños refugiados...
—Pues hijo, eres imbécil.
A los miembros de esta casta repelente les sentarían como un guante estos chubasqueros llenos de cremalleras, con elásticos estancos y bolsillos forrados de microfibra hidrófuga, diseñados para limpiarte las gafas con ellos cuando atravieses un huracán en parapente. Sus colores fosforito previenen seguramente contra la radiación de kriptonita, repelen los mosquitos tigre y te despiertan si te amodorras al volante.
Yo empezaría la discusión muchos escalones más abajo, preguntando, por ejemplo, qué necesidad tiene nadie de ponerse un chubasquero. Yo la última vez que me puse un chubasquero estaba en 3º de EGB y, pese a ello, he tenido un sobrevivir incómodo pero aceptable. Si hoy me pusiera un impermeable lo haría por puro esteticismo, no por una necesidad práctica en la que no creo, y sería sin duda uno de los que fabrica la marca sueca Stutterheim, que parecen hechos para ir a tomar té con la familia Mummin.
—Jolín, no te gusta nada —dice Kathleen—. Eres un plasta.
—No es verdad. Me gusta mucho el abrigo que me compré en Madison.
—¡Pero ese es un abrigo de invierno!
Y es que nadie puede salir tranquilo a trotar por el mundo sin haberse procurado antes un abrigo de verano, un monoquini de vestir, un frac de andar por casa, una visera nocturna, un coqueto chaleco de albornoz, delantal interior, batín de ducha, chanclas de montaña, botas de agua submarinas, un tutú de ciclismo, un mono de boda, un salto de cama de despacho y unas gafas de esquí de leer. Nunca se sabe lo que puede pasar, ni el tiempo que va a hacer fuera.
Salimos de la tienda cuando están cerrando, y al final compro un impermeable azul pitufo por mero compromiso, y porque está rebajadísimo: no podíamos irnos de rositas después de haber mareado a la dependienta durante horas.
—¿Y este? ¿Qué le parece?
—Completamente ridículo, pero es igual, me lo llevo.
Termino tan deprimido que ya no vamos a comprar libros ni nada. Antes de volver a casa nos sentamos en un restaurante mexicano para cenar algo rápido, porque no hemos tenido tiempo ni de hacer la compra. Y es ahí donde encuentro la horma del zapato de esos chubasqueros incombustibles, espermicidas, hipoalergénicos y homeostáticos alemanes: pueden salvarle a uno la vida en mil situaciones hipotéticas diferentes, pero a la hora de la verdad uno no puede comérselos.
La reacción alérgica que me provocan estos chubasqueros funcionales alemanes está tan fuera de proporción y de medida que merece análisis. Es el mismo rechazo fisiológico, la misma tirria primitiva que me provoca todo lo contrario a la razón cartesiana. (Bueno, depende: unas veces, lo que desafía la razón cartesiana hace que nos chisporroteen las neuronas, y otras insulta nuestra inteligencia; me refiero a este segundo caso).
Yo creo que, por lo menos en la indumentaria, no todo debe sacrificarse a la utilidad; pero en estos chubasqueros alemanes hay algo más siniestro que un pragmatismo incondicional: han refinado tanto su funcionalidad que han acabado adaptándose a condiciones a las que es improbable que nadie deba enfrentarse (a menos que vaya a buscarlas voluntariamente). En Alemania, un buen chubasquero tiene que ser impermeable, transpirable, ligero, cortavientos, isotérmico y plegable. Todas estas condiciones yo las entendería si uno no fuera a vestir ninguna otra cosa nunca más; unos amigos nuestros, por ejemplo, se fueron a Japón en bicicleta y se compraron unos calzoncillos especiales que no hacía falta lavar nunca. Eso es algo que encuentro perfectamente lógico. Pero si uno posee más de una prenda de ropa, tanta precaución resulta desmedida.
Estos chubasqueros inteligentes alemanes me recuerdan a un bolígrafo que tiene mi tío y que ha sido diseñado por la NASA para escribir en un entorno de gravedad cero.
—La tinta está metida a presión en el cartucho y se libera al ejercer presión sobre el portabala, de manera que podrías escribir sobre el techo de la carlinga en ausencia de atmósfera.
—Le recuerdo que está usted en Pastrana.
—También es verdad.
Estos chubasqueros termoactivos alemanes, de colores estrepitosos y tacto electrostático, son el uniforme perfecto para esos cuñados sabelotodo y para esos conocidos chinchones que te explican cómo desgravar los donativos de la declaración de la renta.
—Si yo lo único que quería era ayudar a los niños refugiados...
—Pues hijo, eres imbécil.
A los miembros de esta casta repelente les sentarían como un guante estos chubasqueros llenos de cremalleras, con elásticos estancos y bolsillos forrados de microfibra hidrófuga, diseñados para limpiarte las gafas con ellos cuando atravieses un huracán en parapente. Sus colores fosforito previenen seguramente contra la radiación de kriptonita, repelen los mosquitos tigre y te despiertan si te amodorras al volante.
Yo empezaría la discusión muchos escalones más abajo, preguntando, por ejemplo, qué necesidad tiene nadie de ponerse un chubasquero. Yo la última vez que me puse un chubasquero estaba en 3º de EGB y, pese a ello, he tenido un sobrevivir incómodo pero aceptable. Si hoy me pusiera un impermeable lo haría por puro esteticismo, no por una necesidad práctica en la que no creo, y sería sin duda uno de los que fabrica la marca sueca Stutterheim, que parecen hechos para ir a tomar té con la familia Mummin.
—Jolín, no te gusta nada —dice Kathleen—. Eres un plasta.
—No es verdad. Me gusta mucho el abrigo que me compré en Madison.
—¡Pero ese es un abrigo de invierno!
Y es que nadie puede salir tranquilo a trotar por el mundo sin haberse procurado antes un abrigo de verano, un monoquini de vestir, un frac de andar por casa, una visera nocturna, un coqueto chaleco de albornoz, delantal interior, batín de ducha, chanclas de montaña, botas de agua submarinas, un tutú de ciclismo, un mono de boda, un salto de cama de despacho y unas gafas de esquí de leer. Nunca se sabe lo que puede pasar, ni el tiempo que va a hacer fuera.
Salimos de la tienda cuando están cerrando, y al final compro un impermeable azul pitufo por mero compromiso, y porque está rebajadísimo: no podíamos irnos de rositas después de haber mareado a la dependienta durante horas.
—¿Y este? ¿Qué le parece?
—Completamente ridículo, pero es igual, me lo llevo.
Termino tan deprimido que ya no vamos a comprar libros ni nada. Antes de volver a casa nos sentamos en un restaurante mexicano para cenar algo rápido, porque no hemos tenido tiempo ni de hacer la compra. Y es ahí donde encuentro la horma del zapato de esos chubasqueros incombustibles, espermicidas, hipoalergénicos y homeostáticos alemanes: pueden salvarle a uno la vida en mil situaciones hipotéticas diferentes, pero a la hora de la verdad uno no puede comérselos.
domingo, 30 de junio de 2019
Si esto fuera un cuento chino se llamaría «el origen de mi fortuna». Quedé con Ana, nuestra lectora, en la heladería de Esneux, porque no puede ser que lleve ya dos años trabajando con nosotros y no haya visto el valle del Ourthe más que desde la ventanilla del 377. No podíamos haber escogido un día más sofocante, de aire espeso y luz castellana. Las vacas se arriman a los árboles más frondosos, buscando la sombra angosta del mediodía. Nosotros también decidimos buscar la protección del bosque y subimos a Ham. Luego, bajando ya sobre la granja de Lhonneux, el sendero se desdibuja y acabamos dando un par de vueltas innecesarias, pero para entonces el sol nos pega de soslayo y sufrimos lo justo.
En Hony estamos invitados a comer los gnocchi del 29 en casa de Patricia. Es esta una tradición argentina que consiste en comer gnocchi poniendo un billete debajo del plato para que le aumenten a uno la fortuna. Como el ratoncito Pérez y el ekeko peruano, los gnocchi del 29 me parecen sublimaciones simbólicas del capitalismo especulativo. En el mundo de los objetos físicos, los gnocchi son el tiempo: uno mete su cartilla de ahorros debajo de un plato que hay en el banco y la cifra impresa en el papel va aumentando imperceptiblemente.
Los gnocchi de ricotta forman en la encimera de Patricia como una colonia infantil en un día de excursión: pálidos, orondos, felices en su inconsciencia de budas liliputienses. Unos llevan rayas y otros sacan tripa sobre su playa de harina.
—Me cansé de hacerles el rulito —dice Patricia.
Recojo uno que se ha caído al suelo. Tiene consistencia de nalguita empolvada de polvos talco. Es una criatura dúctil, fresca y relajante.
Apenas caídos en el agua hirviendo, empiezan a salir a flote; Patricia los pesca rápidamente con la espumadera y los empapuza en la salsa de tomate. Han pasado por el puchero a pie enjuto, como si dijéramos. Yo no estoy muy convencido de esa cocción simbólica y creo que los gnocchi estarán, aunque bautizados, sin hacer. Más tarde, sin embargo, tendré que rendirme a la evidencia. Ese es el primer milagro de los gnocchi del 29.
Los gnocchi están, efectivamente, hechos y sabrosos. Intento tragármelos sin masticar para no lastimarlos. Al terminar me apresuro a buscar el billete que había puesto debajo, con la aprensión de habérmelo comido. El hecho de que continúe igual que lo puse me tranquiliza y me decepciona al mismo tiempo.
Patricia nos explica que el influjo de los gnocchi no se nota de inmediato, ni es proporcional al billete que uno les haya ofrendado. En esto, los gnocchi del 29 se conducen como todos los santos. No basta con rezarles una sola vez, ni con ponerles una sola vela. Todo el rato hay que estar haciendo novenas y diciendo misas, porque los poderes sobrenaturales son duros de oído.
A menos, claro, que la fortuna de los gnocchi del 29 no se mida en pesos ni en dólares ni en pesetas, sino en la frecuencia con la que uno pueda encontrarse con sus amigos, contemplar la caída de la tarde sobre las Ardenas, abrir un vinito picante, contar anécdotas chuscas y acabar brindando con grappa. Entonces sí, entonces la fortuna es inmediata y se renueva cada vez que uno asiste al sacramento de los gnocchi.
En Hony estamos invitados a comer los gnocchi del 29 en casa de Patricia. Es esta una tradición argentina que consiste en comer gnocchi poniendo un billete debajo del plato para que le aumenten a uno la fortuna. Como el ratoncito Pérez y el ekeko peruano, los gnocchi del 29 me parecen sublimaciones simbólicas del capitalismo especulativo. En el mundo de los objetos físicos, los gnocchi son el tiempo: uno mete su cartilla de ahorros debajo de un plato que hay en el banco y la cifra impresa en el papel va aumentando imperceptiblemente.
Los gnocchi de ricotta forman en la encimera de Patricia como una colonia infantil en un día de excursión: pálidos, orondos, felices en su inconsciencia de budas liliputienses. Unos llevan rayas y otros sacan tripa sobre su playa de harina.
—Me cansé de hacerles el rulito —dice Patricia.
Recojo uno que se ha caído al suelo. Tiene consistencia de nalguita empolvada de polvos talco. Es una criatura dúctil, fresca y relajante.
Apenas caídos en el agua hirviendo, empiezan a salir a flote; Patricia los pesca rápidamente con la espumadera y los empapuza en la salsa de tomate. Han pasado por el puchero a pie enjuto, como si dijéramos. Yo no estoy muy convencido de esa cocción simbólica y creo que los gnocchi estarán, aunque bautizados, sin hacer. Más tarde, sin embargo, tendré que rendirme a la evidencia. Ese es el primer milagro de los gnocchi del 29.
Los gnocchi están, efectivamente, hechos y sabrosos. Intento tragármelos sin masticar para no lastimarlos. Al terminar me apresuro a buscar el billete que había puesto debajo, con la aprensión de habérmelo comido. El hecho de que continúe igual que lo puse me tranquiliza y me decepciona al mismo tiempo.
Patricia nos explica que el influjo de los gnocchi no se nota de inmediato, ni es proporcional al billete que uno les haya ofrendado. En esto, los gnocchi del 29 se conducen como todos los santos. No basta con rezarles una sola vez, ni con ponerles una sola vela. Todo el rato hay que estar haciendo novenas y diciendo misas, porque los poderes sobrenaturales son duros de oído.
A menos, claro, que la fortuna de los gnocchi del 29 no se mida en pesos ni en dólares ni en pesetas, sino en la frecuencia con la que uno pueda encontrarse con sus amigos, contemplar la caída de la tarde sobre las Ardenas, abrir un vinito picante, contar anécdotas chuscas y acabar brindando con grappa. Entonces sí, entonces la fortuna es inmediata y se renueva cada vez que uno asiste al sacramento de los gnocchi.
miércoles, 26 de junio de 2019
El escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya va a hablar en la librería Passa Porta, de Bruselas, y me acerco con mi colega Kristine a escucharlo. Chaqueta de payaso, camisa de trotskista, dedos de charcutero, visajes de predicador y testa de Mussolini. «Alguien que escriba en inglés no forma parte de mi tradición», sanciona olímpico cuando le mencionan la última novela de Valeria Luiselli. Esto es lo mismo que creen muchos autoproclamados sociólogos de la literatura: el terreno de juego literario estaría escindido en diferentes espacios, limitado por fronteras políticas o lingüísticas. Algunos, más sagaces, precisan que lo verdaderamente importante no es tanto la lengua ni la nación, sino el mapa editorial. Castellanos Moya, al decir que Luiselli no forma parte de su tradición, estaría diciendo que no pertenece al mismo mercado editorial en el que se gestiona el valor simbólico y comercial de sus libros.
Pero luego Kristine le pregunta con qué libros siente estar más en deuda, y Castellanos Moya suelta una retahíla de autores del final del imperio austrohúngaro: Stephan Zweig, Max Brod, Karl Kraus; pero también menciona los diarios y memorias de varias aristócratas francesas del siglo XVIII como Madame de Sévigné y otras madames cuyo apellido no reconozco y no sé cómo escribir. Hace una pausa, revuelve los ojos y admite —con un énfasis que tanto podría traducir vanidad como embarazo—: «cuando me bloqueo leo a Sófocles».
Más tarde le preguntan sobre otras cosas, la emigración, Trump, los personajes masculinos, los personajes femeninos, el periodismo, la seguridad, el espionaje. Se lamenta de que ya no tengamos espacios de silencio para meternos en nosotros mismos, y cuenta cómo el otro día estaba almorzando en un aeropuerto, en Suecia, y una mujer hablaba por teléfono sin parar. Harto, decidió ponerse él a leer, también en voz alta —muy alta— la novela que llevaba en el equipaje de mano. Era una traducción española de Robert Walser.
Y todo esto, de todas maneras, nos lo contaba en inglés.
Pero luego Kristine le pregunta con qué libros siente estar más en deuda, y Castellanos Moya suelta una retahíla de autores del final del imperio austrohúngaro: Stephan Zweig, Max Brod, Karl Kraus; pero también menciona los diarios y memorias de varias aristócratas francesas del siglo XVIII como Madame de Sévigné y otras madames cuyo apellido no reconozco y no sé cómo escribir. Hace una pausa, revuelve los ojos y admite —con un énfasis que tanto podría traducir vanidad como embarazo—: «cuando me bloqueo leo a Sófocles».
Más tarde le preguntan sobre otras cosas, la emigración, Trump, los personajes masculinos, los personajes femeninos, el periodismo, la seguridad, el espionaje. Se lamenta de que ya no tengamos espacios de silencio para meternos en nosotros mismos, y cuenta cómo el otro día estaba almorzando en un aeropuerto, en Suecia, y una mujer hablaba por teléfono sin parar. Harto, decidió ponerse él a leer, también en voz alta —muy alta— la novela que llevaba en el equipaje de mano. Era una traducción española de Robert Walser.
Y todo esto, de todas maneras, nos lo contaba en inglés.
viernes, 7 de junio de 2019
Ayer murió el Dr. John, un pianista de dimensiones mitológicas con aspecto de teleñeco, con voz de teleñeco y que, de hecho, inspiró un teleñeco.
Tuve la suerte y la desgracia de escuchar su disco Gumbo cuando ya era un señor con toda la barba. Si hubiese caído entre mis manos cuando tenía diecinueve años lo habría abandonado todo para hacer ese tipo de música, y esa obsesión me habría consumido.
No lo he abandonado todo, pero en cierto modo para mí ha dejado de existir cualquier otro género de música. No miro el dinero que gasto en discos, documentales, libros y transcripciones. El Dr. John fue el primero de una larga conga: detrás vinieron Allen Toussaint, Tuts Washington, James Booker, Ray Charles, Fats Domino, Huey Smith, las Dixie Cups, Betty Harris, Irma Thomas, Ellis Marsalis, Kermit Ruffins, John Cleary, Lil’ Queenie, Harry Connick Jr., Trombone Shortie y, por supuesto, el profesor Longhair. El Dr. John lo idolatraba a este último, pero cuando lo vi entrevistado en el documental Fess me pareció que su mayor aportación procedía de sus propias limitaciones como pianista. El profesor Longhair era incapaz de tocar fuera de cuatro patrones rítmicos y cinco progresiones de acordes, igual que era incapaz de silbar sin desafinar.
Antes de llamarse Dr. John, el Dr. se llamaba Mac Rebennack y era guitarrista de estudio, heroinómano regular y proxeneta ocasional. Durante un tiempo ayudó a un médico que practicaba abortos y se encargó de tirar al río los fetos extraídos. Intentó asesinar a varias personas —en algún caso mediante el ritual vudú—. Por un extraño fenómeno, muchas de las chicas con las que se cruzaba acabaron siendo madres solteras. Una de sus canciones se llamaba «Women are the root of all evil»: las mujeres son la raíz de todo mal.
Mi amiga Julia me cuenta que, allá por los años 90, una buena amiga suya que trabajaba en la contratación de grupos de música se encontró en una calle de Manhattan con el Dr. John; charlaron un rato, le preguntó si sabía cocinar y, cuando ella respondió afirmativamente, el Dr. John le pidió que se casara con él. «Creo que tanto ella como yo siempre deseamos que hubiese dicho que sí, solo para ver qué pasaba», escribe Julia. Teniendo en cuenta que la primera mujer del Dr. John trató de matarlo de todas las maneras imaginables, no creo que hubiese pasado nada bueno.
Si aquel Dr. John hubiera sido medido por la vara del movimiento Me Too, la universidad de Tulane, en lugar de nombrarlo doctor honoris causa, le habría quitado el «Dr.» de su nombre artístico (que es el de un médico legendario de la Louisiana decimonónica). Por fortuna para él, la mayor parte de su vida transcurrió en tiempos más discretos y oscuros.
Si bien el evangelio del Dr. John comienza con un descenso a los infiernos —saludando y estrechando la mano efusivamente a todos los diablos—, prosigue con una expiación en toda regla. Un disparo casi le arranca de cuajo el anular de la mano izquierda, lo que le llevó a abandonar la guitarra y a abrazarse aún más estrechamente al caballo (aunque no del mismo modo que lo hacía Nietzsche). El sindicato de músicos le reclamó una cantidad de pasta absurda. Estuvo en la cárcel, donde aprendió a esconder una cuchilla de afeitar entre las nalgas, por lo que pudiera pasar. Pero contra todo pronóstico acabó desintoxicándose y, animado por John Booker —el maharajá del delta—, concentró sus energías en el piano, que también había aprendido a tocar desde chico. Lo que hizo desde entonces con el piano no es para ponerlo en horario infantil.
Hay un vídeo en Youtube que me encanta escuchar. Es una demostración del clásico «When the Saints Go Marchin’ In», con una primera parte gospel, fúnebre, en tono menor, y otra en tono mayor, exultante, vertiginosa; el Dr. John se refiere a esta última en la entrevista editada por Homespun como «la parte de las Revelaciones». En los comentarios al vídeo muchos usuarios dicen haberse echado a llorar de la emoción (y, cuando son pianistas aficionados, también por la humillación). «Si la religión me fuera presentada así, sería capaz de creerme cualquier cosa», escribe uno; «¡este groove me ha curado!», exclama otro. La mano izquierda del Doctor avasalla intervalos de décima mientras la derecha ejecuta sobre las teclas un festival de micromagia. Algunos se preguntan por qué el propio Dr. John parece estar llorando en el vídeo; «debe de ser ese raro síndrome en el que las glándulas lacrimales gotean de forma discrecional», propone uno, a lo que otro responde: «¿llorando? ¡Tío, si yo pudiera tocar así me haría pis encima!».
De cabrón con pintas a teleñeco redentor: esa es la peregrinación que narra el evangelio del Dr. John. La moraleja que yo extraigo es que es importante seguir escuchando incluso a los canallas más despreciables, porque a lo mejor tienen algo trascendente que decirnos. No sé adónde le habrá tocado ir ahora al Dr. John, pero si me preguntan a mí, mientras él toque, I want to be in that number.
Tuve la suerte y la desgracia de escuchar su disco Gumbo cuando ya era un señor con toda la barba. Si hubiese caído entre mis manos cuando tenía diecinueve años lo habría abandonado todo para hacer ese tipo de música, y esa obsesión me habría consumido.
No lo he abandonado todo, pero en cierto modo para mí ha dejado de existir cualquier otro género de música. No miro el dinero que gasto en discos, documentales, libros y transcripciones. El Dr. John fue el primero de una larga conga: detrás vinieron Allen Toussaint, Tuts Washington, James Booker, Ray Charles, Fats Domino, Huey Smith, las Dixie Cups, Betty Harris, Irma Thomas, Ellis Marsalis, Kermit Ruffins, John Cleary, Lil’ Queenie, Harry Connick Jr., Trombone Shortie y, por supuesto, el profesor Longhair. El Dr. John lo idolatraba a este último, pero cuando lo vi entrevistado en el documental Fess me pareció que su mayor aportación procedía de sus propias limitaciones como pianista. El profesor Longhair era incapaz de tocar fuera de cuatro patrones rítmicos y cinco progresiones de acordes, igual que era incapaz de silbar sin desafinar.
Antes de llamarse Dr. John, el Dr. se llamaba Mac Rebennack y era guitarrista de estudio, heroinómano regular y proxeneta ocasional. Durante un tiempo ayudó a un médico que practicaba abortos y se encargó de tirar al río los fetos extraídos. Intentó asesinar a varias personas —en algún caso mediante el ritual vudú—. Por un extraño fenómeno, muchas de las chicas con las que se cruzaba acabaron siendo madres solteras. Una de sus canciones se llamaba «Women are the root of all evil»: las mujeres son la raíz de todo mal.
Mi amiga Julia me cuenta que, allá por los años 90, una buena amiga suya que trabajaba en la contratación de grupos de música se encontró en una calle de Manhattan con el Dr. John; charlaron un rato, le preguntó si sabía cocinar y, cuando ella respondió afirmativamente, el Dr. John le pidió que se casara con él. «Creo que tanto ella como yo siempre deseamos que hubiese dicho que sí, solo para ver qué pasaba», escribe Julia. Teniendo en cuenta que la primera mujer del Dr. John trató de matarlo de todas las maneras imaginables, no creo que hubiese pasado nada bueno.
Si aquel Dr. John hubiera sido medido por la vara del movimiento Me Too, la universidad de Tulane, en lugar de nombrarlo doctor honoris causa, le habría quitado el «Dr.» de su nombre artístico (que es el de un médico legendario de la Louisiana decimonónica). Por fortuna para él, la mayor parte de su vida transcurrió en tiempos más discretos y oscuros.
Si bien el evangelio del Dr. John comienza con un descenso a los infiernos —saludando y estrechando la mano efusivamente a todos los diablos—, prosigue con una expiación en toda regla. Un disparo casi le arranca de cuajo el anular de la mano izquierda, lo que le llevó a abandonar la guitarra y a abrazarse aún más estrechamente al caballo (aunque no del mismo modo que lo hacía Nietzsche). El sindicato de músicos le reclamó una cantidad de pasta absurda. Estuvo en la cárcel, donde aprendió a esconder una cuchilla de afeitar entre las nalgas, por lo que pudiera pasar. Pero contra todo pronóstico acabó desintoxicándose y, animado por John Booker —el maharajá del delta—, concentró sus energías en el piano, que también había aprendido a tocar desde chico. Lo que hizo desde entonces con el piano no es para ponerlo en horario infantil.
Hay un vídeo en Youtube que me encanta escuchar. Es una demostración del clásico «When the Saints Go Marchin’ In», con una primera parte gospel, fúnebre, en tono menor, y otra en tono mayor, exultante, vertiginosa; el Dr. John se refiere a esta última en la entrevista editada por Homespun como «la parte de las Revelaciones». En los comentarios al vídeo muchos usuarios dicen haberse echado a llorar de la emoción (y, cuando son pianistas aficionados, también por la humillación). «Si la religión me fuera presentada así, sería capaz de creerme cualquier cosa», escribe uno; «¡este groove me ha curado!», exclama otro. La mano izquierda del Doctor avasalla intervalos de décima mientras la derecha ejecuta sobre las teclas un festival de micromagia. Algunos se preguntan por qué el propio Dr. John parece estar llorando en el vídeo; «debe de ser ese raro síndrome en el que las glándulas lacrimales gotean de forma discrecional», propone uno, a lo que otro responde: «¿llorando? ¡Tío, si yo pudiera tocar así me haría pis encima!».
De cabrón con pintas a teleñeco redentor: esa es la peregrinación que narra el evangelio del Dr. John. La moraleja que yo extraigo es que es importante seguir escuchando incluso a los canallas más despreciables, porque a lo mejor tienen algo trascendente que decirnos. No sé adónde le habrá tocado ir ahora al Dr. John, pero si me preguntan a mí, mientras él toque, I want to be in that number.
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