Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

lunes, 20 de enero de 2020

De Zamora en adelante, el tren va reduciendo velocidad hasta alcanzar el paso del siglo XX. Tres horas largas aún de ahí a Santiago, atravesando bosques de liquen y montes de niebla. Luego cambio de tren, me bajo en Padrón y sigo por el arcén de la carretera, alumbrándome con el móvil, entre talleres de coches, pazos desmoronados, almacenes mayoristas —Gran Chino Galicia—, hasta que salgo de Iria Flavia y llego a la rotonda donde está mi hotel.

Los veinte, treinta, cuarenta clientes del hotel son todos hombres. Todos, oye. Unos comen en mesas de ocho y deben de ser los que están cosiendo las serranías de Orense con autopistas. Otros cenan solos, delante de sus teléfonos y de la botella de Veterano. Imagino que son policías, representantes, camioneros, peritos. Alguno tiene acento canario. Otro tiene rasgos orientales —Gran Chino Galicia—.

Podría pensarse que todos esos hombres están dirigidos por una sola mente gregaria, que mesmerizan a los turistas con feromonas y los asan a la parrilla en las noches de luna llena; pero lo cierto es que yo también pertenezco a la colmena, y que este ambiente espeluznante de hotel de carretera —mondadientes higiénicos, persianas de manubrio, radios empotradas— es depositario de alguna clave ignorada de la masculinidad actual. 

Ayer hizo sol, pero hoy llueve de lado, a mala leite, por lo que llego a la Fundación Camilo J. Cela con las perneras caladas y el repeluco muy adentro del cuerpo.

—¿A esta lluvia en gallego cómo la llamáis?

Iván, el archivero, se chotea sin mala intención:

—Chuvia.

A media mañana entra Pedro. Pedro es un señor que nació en Almadén y vivió en Ponferrada. Un día se quedó viudo, echó a andar, cayó en Padrón y se dijo «hasta aquí hemos llegado». Todos los días, después de tomarse dos cafés y leerse tres periódicos, se acerca a la Fundación a echar una mano, lo que más que nada consiste en hacer tertulia.

—Está lloviendo a mares.

Iván le quita hierro:

—Esto siempre es así. Tienes que irte muy adentro de Escocia para encontrar un sitio en el que llueva más que en Pontevedra.

Bibliotecaria que aparece, bibliotecaria a la que le tengo que explicar qué hago yo allí. Y no es plato de gusto, porque yo mismo no tengo muy claro qué hago allí. He ido a buscar fuentes que permitan reconstruir cómo se leyeron históricamente las novelas de Cela. Pero en la extensa correspondencia que custodia la Fundación se habla casi de cualquier cosa menos de literatura. En el mejor de los casos, los lectores le preguntan al escritor si tal o cual novela es suya, o le felicitan por su cumpleaños, o le mandan acrósticos, o le piden consejo sentimental. Las más de las veces lo llaman lumio, golfo, cenutrio, rufián, majadero, urinario, zurrupio, infando, bujarra, sodomita, guarro, hijoputa, soplapollas y muchas otras cosas igual de edificantes, unas veces porque si es facha y otras porque si es rojo. Una lectora le remite el texto íntegro de San Camilo 1936 hecho pedacitos muy pequeños. Lector hay que, nada más insultarle, le pide que a ver si puede publicarle un cuentecito suyo en Papeles de Son Armadans. Alguien que firma «El Emigrante Vagabundo» le ruega con muchas mayúsculas que lo ayude a instaurar un Consejo Nacional de Cerebros que sirva de Guía en Ideas Sanas Universalistas de la España Internacional que volverá a Conquistar el Mundo y a redimir a las Naciones subdesarrolladas. Otro le pide que la Real Academia quite la U después de la Q. Otro se queja de que un académico anuncie champán. Otra le pregunta qué significa la palabra «hiato». Otra le cuenta su divorcio con pelos y señales, y le confía que, en lo sexual, su nuevo amante la llena plenamente. Muchos le envían fotocopias de la carta que Cela escribió con 21 años, ofreciéndose al nuevo régimen como delator. Muchos más le piden un autógrafo para su colección, o un libro por la filosa.

Yo no lo sabía, pero para dirigirse a un español eminente, muchos individuos tiran de lo que tienen más a mano: cartones de calendarios, el reverso de un envoltorio de bombones, hojas de agenda, formularios, estampas piadosas, tarjetas de visita y páginas arrancadas de revistas o de manuales de mecánica automotriz. Una mujer le manda, en una paginita cuadriculada de bloc, el billete siguiente: «Mi muy señor mío: He leído en La Vanguardia que necesitan señoritas feas. Tengo la sitisfacción de comunicarle que me dé la Dirección de los Estudios de Hollywood».

Yo me imagino a don Camilo sentado a la mesa delante de esas cartas y de una botella de Veterano, y me entra un nosequé que podría confundirse con la compasión. (Otras veces don Camilo se metía en una especie de probador pintado de negro que había mandado hacer, sin más compañía que el culo de un maniquí pintado de azul, y escribía una novela ininteligible. También esa escena encierra, alquitarada, una clave o un símbolo de lo que significa o ha significado ser hombre).

En esto, cae una tromba de agua, el viento arrecia y todo lo que hay detrás de la ventana desaparece. Suena un ruido sordo como de matraca y abrimos media puerta a ver qué ha ocurrido. El chaparrón ha tumbado el ciprés centenario del camposanto. El pórtico de la colegiata se ha salvado por intervención divina. Iván está afectado y pierde las ganas de conversación para el resto de la tarde.

—¡Carallo! —dice—. ¡Non vi chover así en mi vida!

lunes, 6 de enero de 2020

Este semana hemos estado de convivencia en un cursillo de preparación al parto impartido por Sigourney Weaver, o por una comadrona que se parece a Sigourney Weaver y que sabe una llave de judo con la que el niño sale disparado de la matriz como un calipo. Está prohibida en varios países civilizados. Por si la cosa se pone fea, también sabe cortar el cordón umbilical con los dientes y hacer conservas con la placenta. De haber sido ella la verdadera Sigourney Weaver en Alien, el octavo pasajero, la peli habría terminado con dos rollizos gemelos y unos puntitos de nada.

El cursillo tiene lugar en una especie de gimnasio para yoguis. Hay plantas que cuelgan del techo, y un bebé de juguete con la cabeza metida en una pelvis humana tamaño natural. No hay sillas, y tenemos que estar sentados en el suelo a razón de ocho horas diarias. A las cuatro o cinco horas, muchos, derrengados, han ido resbalando hasta terminar tendidos con pose de Olympia de Manet.

Entre los participantes hay de todo. ¡Con decir que me han dejado entrar a mí...! Algunos de los inminentes padres dan la sensación de poder montar una tienda de campaña en dos minutos con un brazo a la espalda; otros han caído sobre las esterillas de yoga como pudieran haber caído en el asiento de un autobús o en una tumbona en Denia. Pero dieciséis horas de formación dan para mucho, y al final se intercambian algunos de los roles. El duro revela carencias sorprendentes, el jovencito dice algo que demuestra una insólita madurez. Otros, en cambio, parecían y siguen pareciendo concursantes de Gran Hermano.

Uno de estos últimos es Andreas. 

Hablamos, por ejemplo, de cómo el dolor del parto lo produce la dilatación de la pelvis y de los tejidos, más que las contracciones en sí; la que haya tenido implantado un DIU —dice Sigourney— conoce ese tipo de dolor. 

—Y no solo las que se hayan implantado un DIU —dice Andreas—. ¡Los que se haya acostado con la tía del DIU también conocerán ese tipo de dolor! Hacedme caso, muchachos: preguntad antes de meter vuestro trasto en un útero desconocido. No queréis toparos en plena faena con un sacacorchos.

Andreas y su pareja están muy preocupados por los desgarros perineales. Quien más preocupado está es él. ¿Conviene masajear la zona antes del parto? ¿Con qué frecuencia practican los cirujanos una episiotomía deliberada? ¿Cuánto duraría la recuperación? ¿Pueden tener ciertas parafilias un efecto preventivo?

Por la tarde nos dejan solos un rato a los chicos, con la tarea de rellenar una encuesta. Andreas le echa un vistazo desganado al formulario y lo arroja al suelo. De lo que deberíamos estar hablando —dice— es de un gel vaginal que da unos resultados sensacionales. Lo pone aquí, en su móvil, en un artículo que se titula «Al mundo en tobogán». Ese bálsamo de Fierabrás hace superfluas las cesáreas y reduce en más de un tercio la duración del parto. Por supuesto, con él el perineo queda intacto; es un escándalo que las matronas no nos hayan hablado de él.

Como nadie le hace caso, Andreas —síndrome de Couvade y alma de bot—, se impacienta y machirulea:

—Estas cosas hay que estudiarlas bien. Ahora vosotros no os dais cuenta, pero las mujeres se van a volver locas de un momento a otro. En el último mes de embarazo se les va la pinza, de verdad. Cualquier problema va a acabar siendo culpa nuestra: id haciéndoos a la idea.

Escuchamos en un silencio embarazoso, deseando que a Andreas se le acaben las pilas, aunque empezamos a sospechar que se alimenta de energía negativa. Sigourney Weaver nos ilustra la teoría del parto haciendo entrar un muñeco por el hueco de una pelvis. Con un filtro molón, la escena sería digna de Odisea en el espacio.

viernes, 20 de diciembre de 2019

El otro día, cuando cruzaba el puente sobre el Mosa para asistir a un seminario, me topé con Anne D. Estaba irreconocible, porque unos días antes se había tropezado en el vestíbulo de un centro comercial y había caído a plomo contra el suelo. No se ha roto nada, pero asusta a los niños por la calle. Quedamos en ponernos al día el viernes en el café del Teatro.

En realidad el café del Teatro no se llama así, pero debería llamarse así porque está en el teatro. Es demasiado tarde para tomar un café y demasiado pronto para tomar una cerveza. «Bof», hace el camarero, restándole importancia. Pedimos dos cervezas sin, y nos mira con cara de incomprensión.
 
Conozco a Anne de cuando los dos —aunque sobre todo ella— éramos activistas de barriada en Tilff. Hace un año ella decidió mudarse a L***, porque comprende que dentro de poco tiempo Monsieur Parkinson la obligará a renunciar al coche, a las escaleras, a las excursiones. La ciudad le permitirá, algo paradójicamente, reducir la escala de su mundo. Pero Monsieur Parkinson no es su jefe, sino algo así como un pariente impertinente al que Anne debe dedicar cierto tiempo de su vida. Casualmente ha terminado viviendo a cinco minutos de mi facultad, justo al otro lado del río.

Le cuento que yo también estoy dándole vueltas a la necesidad de abandonar Tilff y de trasladarme a un estudio en la ciudad, lo más cerca que pueda de la estación, para acortar al mínimo el tiempo invertido en los largos viajes que, en adelante, tendré que hacer cada semana. Ella me interrumpe: justo ahora una vecina suya tiene que devolver el piso de su madre, que responde a lo que busco. La llama por teléfono de inmediato y concertamos una cita para la mañana siguiente, pero al final resultará que el piso es el tiro de una chimenea.

«Todo va a salir suficientemente bien». Esa es la frase que Anne suele decir a los padres primerizos. Anne es psicóloga especializada en el desarrollo cognitivo infantil, y durante muchos años su trabajo consistió en formar a los puericultores. Cuando empezó, la principal aspiración de los responsables de las guarderías era que estas fueran higiénicas y seguras; lo demás les parecía secundario. La cruzada de Anne consistió en hacerles comprender que había otros aspectos merecedores de consideración.
 
En cierto sentido se trataba de inventar la infancia —digo, recordando un libro célebre de Philippe Ariès. Anne titubea:

—Sería más lógico hablar del «descubrimiento» de la infancia. Las necesidades de los niños no son un invento.

Pago las cervezas y filosofo mientras me dirijo a la estación de Saint-Lambert. La infancia, como todo, es una concreción de potencialidades; ahora bien, una potencialidad que no se realiza ¿sigue siendo parte de la cosa en sí? La adolescencia ¿estaba programada en nuestros genes o es, en su duración y en sus manifestaciones sociales, el producto de una sociedad históricamente determinada? La cuarta edad ¿es el descubrimiento de la fase degenerativa que nos aguarda o el residuo de la vejez digna que han inventado las sociedades desarrolladas? La misma conducta adulta ¿no es ante todo una imposición legal?

«Descubrimiento» o «invención» no son metáforas. Entenderlas como metáforas implicaría la existencia de una literalidad, de un significado último, «natural», al cual, ante la dificultad de cernerlo exactamente, decidimos referirnos de manera parcial o aproximada. «Invención» y «descubrimiento» son, por el contrario, imágenes con las que decidimos lo que la infancia —o, para el caso, cualquier otra edad— será para nosotros, y el grado de autonomía que estamos dispuestos a concederle. Porque «en última estancia» —como dice una alumna mía—, quienes nos inventan y descubren son los niños.

jueves, 19 de diciembre de 2019

Las obras del puente de Tilff han obligado a reformar toda la estación. El andén en el que normalmente tomo el tren está convertido en un patatal, invadido por palas excavadoras y tractores, interrumpido por zanjas, sobrevolado por los garfios de las grúas que recogen capazos llenos de tierra. Todo este último mes los trenes han compartido un solo andén, el único que era accesible. Hasta hoy.

El tren que debería tomar se detiene en el andén de enfrente. Aunque arriesgase una multa atravesando el paso a nivel con la barrera echada no sabría como llegar hasta el tren: entre la calle y los vagones se abre algo que bien podría ser la batalla de Verdún. Ni siquiera si fuera Indiana Jones y supiera cómo encaramarme a una grúa llegaría a tiempo, por lo que me limito a contemplar estupefacto cómo mi agenda para la mañana se transforma en The Road de Cormac McCarthy.

Del tren que debería haber tomado ha descendido una chica que camina haciendo equilibrios por una fila de losetas, que es la única parte transitable del andén. Se detiene al llegar a una trinchera de la que salen los intestinos de las nuevas canalizaciones. Da una vuelta completa sobre sus pies y comprende que no podrá abandonar la estación sin escalar algo.

Me dirijo cabizajo a la parada del autobús. Odio el autobús municipal, porque cuando salgo de él me siento como si hubiera pasado la noche en un establo rodeado de mendigos. El último, obviamente, ha pasado hace tres minutos.

—Nos dejamos engañar como pardillos —dice un tipo que está sentado en la parada. Lleva un pantalón de chándal lleno de lamparones y una gorra de visera que pone «New York». En una mano sostiene un aromático purito y en la otra una lata de cerveza Perlenbach. En el suelo, junto a él, tiene una bolsa de Lidl, dentro de la cual intuyo más latas. Me cae simpático porque tiene la cara abotargada del Dr. John. Luego descubro que ni siquiera está esperando el autobús, y me cae más simpático todavía. 

—Ahora —prosigue el Dr. John—,  te digo una cosa: bastaba con que todo el mundo sacase a la vez el dinero del banco para que el sistema se fuera a tomar viento.

Yo le digo que estoy de acuerdo, y que en lo que a mí respecta ya he sacado del banco la mayoría de mi dinero para dárselo a la compañía alemana de ferrocarriles. Lo que ocurre es que estamos rodeados de pequeñoburgueses que no quieren que el sistema salte por los aires. Él aspira de su purito y ríe con socarronería:

—Claro que no. Están bien engrasados.

Gracias a él me entero de que las obras del puente de Tilff, que llevan anunciadas doce años, se han interrumpido porque ha quebrado la empresa española que debía proporcionar un anclaje de acero imprescindible.

—Como te imaginarás, habían cobrado por adelantado. Échales un galgo. Y mientras tanto, dejan que nuestros altos hornos se cubran de herrumbre.

Al Dr. John le revienta que con cada caso de incompetencia inverosímil se llene los bolsillos un regimiento de intermediarios. Él ha vivido en otros países, y no de los mejores, y en ninguno de ellos ha encontrado una densidad de parasitismo comparable a la de Valonia. Los proyectos de obras públicas se esbozan y se entregan, se evalúan y dictaminan, se enmiendan y se objetan, se rechazan y se paralizan, pero entre medias los consejeros y los peritos y los aparejadores y los concejales cobran cuotas y primas y tasas, y se desgravan gastos, y tienen comidas de trabajo que se extienden hasta la cena de trabajo. Entre tanto, el puente de Tilff sigue sin construirse, y hace quince años que el municipio le alquila al ejército una especie de mecano gigante que hace de puente provisorio y que ha habido que remendar y reparar una infinidad de veces. Pero mientras la gente no saque su dinero de los bancos tendremos que jorobarnos. Y eso que, de todos estos enjuagues, al final solo se conoce la mitad de la mitad. Él ya hace tiempo que ha dejado de confiar en la televisión, y pesca personalmente la información en internet. El otro día, sin ir más lejos, vio un documental que explicaba cómo la antigua civilización egipcia ya había domeñado la energía solar. El calor del desierto servía para fundir arena en grandes bloques de geopolímeros, que era lo que en realidad utilizaron para construir las pirámides. A fin de cuentas, ¿qué sentido tiene traer piedras de canteras lejanas cuando puedes fabricarlas en tu casa con un sencillo molde? Lo mismo habrían hecho los aztecas, y los mayas, y los incas, y los habitantes de la isla de Pascua.

—¿También los habitantes de la isla de Pascua? —pregunto, extrañado—. Mi cuñada estuvo allí y me mandó fotos de moais que habían sido abandonados a medio extraer, con el cráneo aún sumergido en la roca.

El Dr. John deja escapar una risilla oxidada y me mira como a un caso perdido.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Kathleen dice que es el milagro de la vida. A la vista de cómo crece su circunferencia, yo diría que es el milagro del osito de gominola que cae en un vaso de Fanta.

Vamos a que le hagan la ecografía y vemos, en blanco y negro, algo que da vueltas como una sardina en un tonel. Las ondas lo sorprenden y le atusan el lanugo, retransmitiendo entresijos y escorzos que generalmente no podemos identificar. A veces una mueca mal encuadrada, la coronilla, un manotazo fugaz, un pie. Es como hablar por Skype con mi padre.

La ginecóloga le toma las medidas para cortar el traje del sosiego. En uno de eso fogonazos se sintoniza la entrepierna. Acabamos de verlo y su vida ya ha tomado la bifurcación más decisoria. En nuestras cabezas, una cascada de viñetas descartadas, las escenas que nunca tendrán lugar, los nombres que ya no pronunciaremos. La proclividad a ciertas actividades, las oportunidades sociales, las edades más inquietas, las preferencias en el afecto, lo que pensará de nosotros: todos esos clichés son obstáculos que ya han empezado a arruinar nuestra relación intergeneracional.

La primera lección en la educación de los padres —más ardua que la de los hijos, como sabe cualquier hijo— es admitir que nada está escrito, que nada tiene garantías de ocurrir, que ninguna decepción es legítima, porque no tenemos derecho a ninguna expectativa.

Con los hijos ocurre algo curioso. Uno puede opinar sobre el tráfico aunque no tenga coche, opinar sobre el gobierno sin haber sido siquiera delegado de clase, opinar sobre la emigración sin haber salido de su pedanía más que para hacerse unos selfies en República Dominicana. Pero mientras uno no tenga hijos, no puede opinar sobre tener hijos sin quedar como un mamarracho.

—Ya me lo dirás cuando tengas hijos, ya...

Pues bien, ahora que he escuchado la pulsación adrenalínica de nuestro hijo, que he visto su silueta retransmitida desde un exoplaneta interior, tengo la inesperada autoridad moral para decirlo: no hacen falta más hijos. Lo que hace falta son más olivos milenarios. Más jungla. Más corales. Más elefantes también, hasta cierto punto. Más insectos. El otro día dijeron en las noticias que la población alemana de insectos se había desplomado en la última década tanto en las praderas como en los bosques, un 70% y un 40% respectivamente. Quienes necesitaban más incentivos a la natalidad eran, después de todo, los escarabajos y las libélulas.

No tenemos derecho a ninguna expectativa sobre los hijos, y ni siquiera creo que tengamos derecho a la expectativa de tener hijos. Si tener hijos es un derecho, se trata de un derecho inventado, fantasioso, como el derecho a decidir o el derecho de mis estudiantes a usar el teléfono móvil en clase. Un derecho que no se sustenta en la igualdad de todos, sino en la voluntad de un individuo.
 
El fomento de la natalidad en Europa es para mí una política sospechosa de racial profiling. La población está envejecida, la pirámide poblacional es una peonza a punto de desplomarse y peligran las pensiones de los ancianos incombustibles en los que no tardaremos en transformarnos. Hace falta gente joven que cotice.

—Perfectamente. ¿Qué le parece esta persona que acaba de llegar a nuestra playa y que podría trabajar a pleno rendimiento en cuanto haga un par de cursillos?

—No sé qué decirle, la verdad... —responde mi interlocutor imaginario, chascando la lengua—. Preferiría a alguien que se pareciese más a mí.

Mi interlocutor imaginario inspecciona la dentadura de mi menor-extranjera-no-acompañada imaginaria, le quita el hiyab para mirarle detrás de las orejas, le pone el pasodoble de «La banderita» para ver si se le aguan los ojillos.

—Yo le veo un aire como de terrorista.

Tener hijos no es un derecho. Sí eran un derecho muchas otras cosas que la gente ya no tiene y que, indirectamente, solían traducirse en tener hijos: contratos indefinidos, sueldos dignos, alquileres racionales. Y pensiones públicas: esas pensiones que, si fuera por los partidos de derechas, iba a pagar Rita la Cantaora.

Esta semana, un artículo de Die Zeit explica cómo el crecimiento de la población ya ha comenzado a ralentizarse a escala planetaria. No se ha detenido, ni mucho menos desciende, pero va frenando, acercándose al punto de inflexión. Cada día que pasa, más mujeres tienen acceso a la educación, y basta con que las mujeres accedan a la educación para que tengan muchos menos hijos. La tasa de nacimientos en muchos países está ya por debajo del «nivel de reproducción» —es decir, por debajo del nivel que haría falta para reemplazar a la población que lía el petate—. El artículo terminaba así (tomen nota los votantes de partidos casticistas):
 
«En algún momento la población de la Tierra disminuirá. En algunas regiones todavía aumentará la natalidad, pero a esas alturas la mayoría de la sociedades ya estará combatiendo el envejecimiento. Entonces, como muy tarde, se competirá para atraer a los inmigrantes. A los últimos jóvenes. Vendrán de África».

viernes, 25 de octubre de 2019

El viernes de la semana pasada me encontré sobre la mesa del despacho un sobrecito que parecía recién sacado del archivo de Simancas. El sobre, azul un día, había adquirido un color cetrino por la acción del tiempo y de la humedad. Al rasgarlo, saqué un papel amarillo y crujiente, en el cual una caligrafía vacilante se dirigía a mí con una mezcla de confianza y cortesía de la que trascendía un tufillo irónico. Supe quién era el remitente mucho antes de empezar a leerla.

Roger se había despedido de mí hace un año diciendo que lo más probable era que no regresase nunca a Bélgica y que no volviéramos a vernos en esta vida. Yo, por descontado, no le di ningún crédito, porque era la cuarta o quinta vez que le escuchaba lamentaciones parecidas. Desmintiendo nuevamente su pronóstico, me escribía para que lo llamase por teléfono, pero ocurrió que, antes de que pudiera llamarlo, me llamó él.

—A ver si lo entiendo —me dice Kathleen, cuando le cuento la anécdota—: ¿va a la universidad a entregar en mano una carta para pedirte que lo llames, pero al día siguiente te llama él?  

Así es. El sábado a primera hora de la mañana. Me dijo que estaba pasando unas semanas en Bélgica y que le gustaría verme antes de regresar a Perú, donde vive la mayor parte del año. Por desgracia, sus movimientos estaban cada vez más limitados, y le resultaría imposible salir de casa: tendría que ir yo a verlo allí.

Unos días después, a última hora de la tarde, tomé un taxi y me acerqué a su casa de la rue Longue. Roger me recibió en pantuflas y batín. Al cuello llevaba un collarín de gomaespuma, mal ajustado.

Su cuarto de estar es intransitable. Hay que internarse en él saltando literalmente sobre trastos viejos. Las tres mesas están atiborradas de papeles, libros, cajas de medicamentos y vasos sucios. Me ofrece una silla en cuyo respaldo cuelga una chaqueta raída. La puerta del dormitorio está abierta y muestra impúdicamente la cama deshecha y un busto femenino, de celuloide verde, desnudo, como de maniquí corniveleto.

Lo primero de todo, me devuelve un libro que, cuando estaba aún en Perú, me había hecho sacar prestado de la biblioteca, y hacérselo llegar, y que luego resultó que no necesitaba. Ni una palabra del importe de los dos tomos de la Biblioteca Carmelitaba que me rogó le comprase por internet y le enviase a Lima, porque a él la editorial Monte Carmelo había dejado de hacerle caso. Esto lo vivía como una auténtica afrenta conspirativa, cuando lo más probable era que hubiera irritado a alguien con sus mensajes erráticos e imprecisos.

Le pregunto por su familia. Tiene aún dos hijos en Bélgica, pero no se habla con ellos. De sus nietos no ha visto más que fotos: unos están a pocos kilómetros, en Dinant, y el más pequeño en Madagascar, pero ambos lugares se le figuran igual de inaccesibles. Las relaciones con su hijo peruano han mejorado un poco, aunque se queja de que todo el día se lo pasa delante del ordenador, no sale con chicas y está engordando mucho. Deplora el estado de las librerías limeñas, pero le gusta mucho el español de Perú. El acento peruano es suave y melódico; en cambio, el acento peninsular es muy cortante, muy feo: «suena un poco como el alemán, ¿no te parece?». No me da tiempo de decidir qué respuesta darle, porque cambia de tema, aleteando con sus manos apergaminadas:

—Bueno, vayamos a lo de los libros...

Roger se ha pasado cinco años haciendo llamadas intempestivas y persiguiendo a profesores, doctorandos y aun estudiantes hasta conseguir que el simple hecho de legar seis o siete cajas de libros —la mayoría de bolsillo y anteriores a 1980— resulte más complicado que formar un gobierno de coalición. Luego se extraña de no hallar nunca al bibliotecario de Románicas, y yo apuesto a que este, en cuanto lo otea por el pasillo, apaga las luces del despacho y se esconde debajo de la mesa.

—Yo lo de los libros lo daba ya por concluido —le digo, y era verdad: después de muchos sinsabores, la biblioteca recogió y dio entrada en el catálogo a los volúmenes que Roger había seleccionado.

—Ah, perfectamente —replica él con sorna—, ya está concluido, qué alegría. No, no, no. He hecho una nueva selección de lo que me quedaba, y quiero que me digas si la biblioteca estará interesada en ellos.

Bajamos al garaje. Tiene menos cachivaches que la última vez que lo visité, pero no obstante me da la sensación de que está aún más desordenado. Avanzamos pisando viejas revistas y tapas de libros. Busco con la vista la estatua de la mocita gachona, que no se me ha borrado de la memoria. Sigue allí en medio, con una sábana bajera echada por la cabeza como la Virgen de Guadalupe. Alguien le ha arrollado al torso uno de esos cables con diodos para árboles de navidad. Tiene la mirada insolente, pero sus labios de piedra parecen dispuestos a todo. A espaldas de Roger la empujo un poco, calculando su peso, y confirmo lo que temía: no iba a haber manera de meterla en un taxi.

De todos modos, nadie iba a creerse que una estatua semejante se fuera con un tipo como yo.
Roger me muestra allí, repartidos por el suelo, los libros de los que no quiso desprenderse en un primer momento, los que quería conservar hasta el final. Me guardo mucho de decirle que, en mi opinión, no habría librero de viejo que diera más de 50 euros por todos ellos juntos. El más notable, por lo inesperado, es un volumen de obras selectas de Silverio Lanza. Roger me pregunta si los querrá la biblioteca, y yo no sé que decirle. Separo media docena de los que sé positivamente que ya tenemos ejemplares. Del resto, no sabemos qué se hará. Lo ideal sería que, tras su muerte, fuera a recogerlos el bibliotecario, pero añade, apesadumbrado, que lo más probable es que su hijo los bote a la basura. Ah, en un armarito destartalado quedan tres tomos sueltos de Clásicos Castellanos. Habrá que hacer un papelito para que el bibiliotecario sepa que están allí. ¿Y no sería más fácil —pregunto yo— que los sacásemos del armario y los pusiéramos en el suelo con los otros? Roger se hace el sueco y se sienta con gran parsimonia a escribir su voluntad póstuma. Luego señala una caja de mandarinas en la que ha apilado unos cuantos volúmenes relativos a los místicos españoles:

—Y estos son los libros que tomé prestados cuando aún trabajaba en la universidad, y que no puedo devolver.

Yo asiento y le confirmo a Roger que el bibliotecario ya está avisado de que, por motivos de salud, él no podrá devolverlos, y que la biblioteca deberá tomar disposiciones. Roger me mira con incredulidad.

—Muy bonito, hombre, muy bonito. Ahora te dedicas a delatarme.

—¡Pero Roger, si fuiste tú quien me pediste que se lo dijera!

Era verdad, era una de las instrucciones que me había comunicado por teléfono el sábado anterior. Roger me clava sus ojillos desconfiados y transparentes. ¿Cómo iba él a pedirme algo así?

—Para, para —dice Kathleen mientras comemos bibimbap en el coreano de nuestra calle—. ¿Os ha estado mareando todo este tiempo para ceder unos libros suyos a la biblioteca y no se le ha ocurrido devolver a la biblioteca los que había sacado en préstamo cuarenta años atrás?

—Sí, la verdad es que la cosa tiene bemoles. Él le quita hierro, diciendo que ningún estudiante parece haberlos echado en falta, pero yo creo que los tiene desde hace tantos años que ni siquiera figuran en el catálogo informático.

Salgo de la casa de Roger bien entrada la noche, extenuado e irritado por las mañas y las susceptibilidades de nuestro prehistórico filántropo. Con tal de hacer un favor, Roger es capaz de crearse docenas de enemigos.

domingo, 29 de septiembre de 2019

El edificio en el que vivimos tiene dos tipos de inquilinos: los humanos y los árboles. Estos últimos crecen sobre la capa de humus que separa unos pisos y otros, y se nutre con los detritus generados por los inquilinos de tipo humano y con lo que queda de los inquilinos de tipo humano cuando han dejado de moverse y de respirar. Las plantas atraviesan las habitaciones y, si hace bueno, se asoman a la ventana a charlar con los pájaros. La azotea, en cambio, es el territorio de los musgos y todos respetamos su silencio.

Nuestra casa está compuesta por módulos articulados, montados sobre raíles, que en los días despejados pueden separarse, abriendo así la casa al jardín, o abrazando más bien el jardín para incluirlo en la casa, o, mejor dicho aún, desarticulando la casa en un conjunto de kioscos para que solo quede jardín. El cuarto de invitados es un cajón de madera diseñado por un arquitecto de la Bauhaus: tirando de aquí y de allá se transforma en un periquete en una pequeña estancia poliédrica con pupitre, sofá cama, tocador, mueble librería y perchero. El invitado es Le Corbusier y se sienta a atacar su pipa.

El jardín es muy extenso; una parte es cultivada por varias familias de inquilinos humanos y produce suficiente comida para abastecerlas, aunque los productos varían en función de la temporada. Otra parte es cultivada a su manera por las abejas, los gusanos y las babosas, que se encargan de mantener la diversidad de plantas y hongos.

Todos los inquilinos humanos vestimos la misma ropa, una prenda de una sola pieza que puede plegarse o desplegarse en función de las necesidades climáticas. Son trajes con corte de origami, que se abren y cierran como las flores anuales de los cactus, y uno no tiene más arrebujarse en sus dobleces para echarse a dormir. Le Corbusier se niega a andar con esas pintas y va de un lado para otro dando la murga con su idea de que el inodoro debe estar integrado en la ducha. Los únicos inquilinos que le siguen la corriente son los árboles.

Los niños van a una escuela que parece un invernadero de tres pisos, con paneles de cristal abatibles abiertos al bosque; los párvulos han pintado verduras y nabos sobre un saco de estera que ahora ondea en un mástil en el centro de nuestra comunidad.

Así es como, hace muchas décadas, Leberecht Migge, Johannes Duiker, Margrit Kennedy, Ludwig Klage, Ot Hoffmann, Friendensreich Hundertwasser y muchos otros arquitectos, ingenieros y activistas imaginaron que deberíamos estar viviendo en ese futuro que es nuestro presente. Lo descubrimos en «Licht, Luft und Scheisse», una exposición de la Neue Gesellschaft für bildende Kunst dedicada a esa noble «arqueología de la sostenibilidad». Pero fuera de la exposición no encontramos el kibutz que nos habían profetizado, sino una distopía lluviosa en la que la acción política ni siquiera ha consegido erradicar las pajitas de plástico.