Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

viernes, 24 de julio de 2020

Uno cree que ha tenido un hijo, pero lo que en realidad ha tenido es una suegra que no saldrá de casa en dieciocho años.

o O o

Resulta insensato dedicar años y años a enseñarle al niño nuestros idiomas, plagados como están de anacolutos mercenarios y de parónimos irredentos. He decidido que trae más cuenta aprender a hablar su lengua adánica. Ahora, es complicado usarla para pedir pizza.
 
o O o

Dice una amiga que un hijo es un mensajero que mandamos al futuro. No estoy de acuerdo. Yo creo que un hijo es el mensajero que el futuro nos manda a nosotros. El que corregirá nuestros pronósticos e introducirá en nuestra casa las preocupaciones y los placeres del siglo que viene.

o O o

«Huérfano» designa a quien ha perdido a sus padres; «soltero» a quien no tiene pareja oficial; «viudo» o «divorciado» a quien ha dejado de tenerla. ¿Por qué entre el instrumental de ausencias de la familia nuclear no disponemos de un término para identificar la condición —feliz o desdichada, como todas— de no tener hijos?

Las lenguas germánicas sí disponen de tal palabra, o al menos pueden producirla gracias a su morfología de corta y pega. En español habría que echar mano del latín o del griego, como siempre, lo que daría «afiliado», que ya existe, y «upedo», que suena a cochinada.

o O o

A veces quitas un pañal y dan ganas de llamar a los Cazafantasmas.

o O o

Hay gente que enseguida exige que la llames mamá, abuelo, papá o tío, como si hasta ese momento hubieran carecido de atributos y necesitaran que cualquier criatura babeante y flatulenta les marcase un norte.

o O o

Decir que la gente que lee es más interesante que la que no lee puede parecer esnob, pero no especialmente escandaloso. ¿Por qué, entonces, resulta escandaloso decir que la gente sin hijos es más interesante que la gente con hijos?

Esto de ser interesante es una promesa bastante alegre. Muchas veces uno ha pensado que tal o cual persona era interesante y al final ha resultado que esa apariencia de profundidad era una ilusión óptica, como en un grabado de M. C. Escher. 

Esa impresión de relieve en la gente sin hijos procede quizá de la asunción de que esa soltería de descendencia es consecuencia de una pasión secreta incondicional e innegociable. Uno (este uno aquí soy yo, pero otras veces es otro) cree que la gente sin hijos tiene algo mejor que hacer que tener hijos. Con frecuencia, por supuesto, no es así, lo que resulta francamente notable ya que, con no menor frecuencia, cualquier cosa es mejor que tener hijos.

o O o

El niño tiene en sueños gesticulaciones de italiano histriónico. «Gran despecho». «Oratoria beoda». «Repugnancia invencible». «A mí que me registren».

o O o

En las películas apocalípticas la gente sin hijos trata de salvar el mundo. La gente con hijos trata de salvar a sus hijos y luego lo demás ya se irá viendo.

o O o

El niño, pensándolo dos veces, es un mensajero de un presente enharmónico.

o O o

El niño dice cosas que no le hemos enseñado nosotros. Parece que quien le está enseñando a hablar es un ortóptero, o una cucaracha. O alguien llamado Quintilitriqui.


domingo, 19 de julio de 2020

Como sabe cualquiera que haya viajado recientemente en avión, cualquiera que tenga un contrato de internet o de electricidad, cualquiera que viva de alquiler o cualquiera que haya intentado vender armas en Arabia Saudí, muchos de los servicios en la economía neoliberal se sustentan en la pura y llana extorsión. Las mudanzas son solo uno más.

Para contratar una empresa de mudanzas ahora hay que pasar por una subasta digital. Uno introduce en una página web el inventario de su menaje y un enjambre invisible de empresas de transporte realiza ofertas que un teleoperador se encarga de centralizar y de comunicar. Algún lumbreras neocón debió de pensar que era una buena idea hacer competir por la oferta más rompedora a un sector que malvive bajo la amenaza constante de romperse el espinazo. «La libre competencia mejora el servicio» es a la teoría económica lo que el jaque del pastor es al ajedrez.

Un teleoperador que trabaja para el lumbreras neocón del párrafo anterior nos presentó las tres compañías que habían ofrecido presupuestos más baratos, y nos recomendó una de ellas: «trabajan bien, nunca he tenido ninguna queja». Para todo hay una primera vez. Quizá deberíamos haber dedicado más tiempo a buscar otras cuadrillas —en realidad lo habíamos hecho antes, un poco a tientas— , pero una mudanza suele ser algo que se despacha con prisas y nervios: en dos semanas teníamos que dejar nuestro apartamento de Berlín, el tiempo se nos echaba encima. Vendido al mejor postor.

El mejor postor, Herr Klemens, resultó tener también mucho de impostor. Primero nos dio a escoger entre dos días de julio diferentes: en uno de ellos deberíamos compartir el camión con otra cliente que quería llevar algunos muebles de Berlín a Oldenburg. Como tenemos muchos cachivaches y queríamos estar seguros de que entraban en el camión, optamos por la otra fecha. Kathleen viaja a Hannover la víspera, con sus padres y el niño, para pasarle una manita al nuevo apartamento. Yo me quedo en Berlín dirigiendo la operación. El camión llega medio lleno con los muebles de Oldenburg que normalmente debían haberse trasladado una semana antes, y que teóricamente deberían ocupar mucho menos espacio del que ocupan.

Herr Klemens entra, desparrama la mirada por nuestros bultos y, como si fuera una afrenta personal, dice: «Esto no entra». De repente le parece que en nuestro piso de Berlín, que él mismo vino a ver hace pocos días, hay muchas más cosas de las esperadas. Bolsas y maletas, por ejemplo. Bicicletas. Un par de cajas que tenemos en el sótano.

—Oiga —digo—, las cajas y las bicis figuraban en el inventario que le enviamos desde el principio. En cuanto a las bolsas y las maletas, como verá, contienen los cuadros de las paredes y lo que estaba en los armarios y en las cómodas. No pensaría cuando vino a ver el piso, digo yo, que los armarios estaban vacíos...

—Ah, no, claro, pero todo esto tendrían que haberlo precisado. Aquí hay cajas de más.

Es cierto: el día antes compramos cinco cajas extra ultrarresistentes porque aún nos quedaban dos estantes de libros por empaquetar. Para que no se diga, mientras los operarios van bajando muebles, dedico una hora a reorganizar cajas, y consigo vaciar cinco, no exactamente las cinco que compré, pero sí su equivalente en volumen. Ahora solo hay cajas de más en el camión de Herr Klemens, que debía haber venido vacío.

Herr Klemens nos había dicho que vendría con tres o cuatro operarios, pero al final solo son dos hermanos sirios, uno de los cuales no habla alemán y debe buscar al otro cada dos por tres para que le traduzca. El que sí habla alemán estudió corte y confección, pero andando a la brilonga lleva ya cinco años de mozo de cuerda, a 80 euros diarios. Cada vez que sube las escaleras se sienta en una silla y se seca el sudor con la camiseta.
Ya es casi la hora de comer y todavía queda lo más gordo. Herr Klemens, que no ha pegado palo al agua en todo el día, llama a tres muchachitos de veinte años para que vengan a echar una mano. Uno de ellos ni siquiera se quita los auriculares de las orejas mientras arrastra nuestros enseres escaleras abajo.

Pronto se hace evidente que habrá que dejar atrás cuatro estanterías y una docena de cajas. Vendrán a por ello el fin de semana siguiente, antes de continuar a Bélgica para recoger mi biblioteca. Pero claro, es un desplazamiento imprevisto que costará su dinerito extra. La mitad ahora y la otra mitad al entregar la mercancía, en efectivo, como se han hecho siempre los negocios limpios. Nadie me obliga a ello: si quiero pagar únicamente lo presupuestado, no tengo más que alquilar un camión y acabar la mudanza otro día yo solo.

Quien tenga a sus espaldas una o dos mudanzas sabrá que ese tipo de dilemas, planteados en medio de un apartamento polvoriento y desconchado, cuando uno está mal dormido, deslomado y cubierto de mugre, solo tienen una respuesta posible, que es apoquinar —siempre que uno tenga con qué—.

Hacia las dos de la tarde fotografío lo que queda en el apartamento, cierro con llave y le doy mi juego a Herr Klemens, para cuando venga a recoger el resto. Poco a poco, los dos hermanos sirios y los de la leva del biberón van llenando los últimos huecos del remolque, has que llega el momento en que por fin echan el cierre.

—Ojo —le digo al muchachito de los auriculares—: creo que no habéis recogido las sudaderas que llevabais tu amigo y tú, que estaban en el descansillo del tercer piso.

El chico me da las gracias y sube corriendo a buscarlas. Me despido de ellos y quedo en verlos unas horas más tarde en Hannover, donde los espera Kathleen.

A las cinco y media estamos allí todos: no se ha roto casi nada, apenas se han rayado muebles y han llegado enteros casi todos los cuadros. Durante varios días hacemos los mismos gestos que en los días anteriores, pero en sentido inverso, como si nos rebobinasen. Y el jueves Kathleen recibe un correo electrónico de un vecino de Berlín.

«Hola —le escribe este vecino—. He encontrado tu e-mail en internet. Creo que eres la persona que se mudó el fin de semana pasado. Tu nombre estaba en varios libros que había dentro de dos cajas que llevan desde entonces en el descansillo del primer piso. Al principio estaban cerradas, pero alguien las ha abierto y ahora la gente ha empezado a sacar cosas. Si se han quedado allí por descuido y no contienen cosas que que quisieras regalar, puedo guardarlas en mi piso hasta que puedas venir a recogerlas».

Para cuando Kathleen consigue hablar con este vecino por teléfono, ya solo queda en la escalera una de las dos cajas. Con Herr Klemens hablamos poco después. Según él, es imposible que se les hayan olvidado a ellos. Debe de ser que algún vecino avieso las metió en su casa durante la mudanza y luego, cuando ya nos habíamos ido todos, las sacó. Y las dejó prácticamente delante de su puerta. Cerradas y llenas. Herr Klemens se ha habituado a tomarnos por imbéciles, sin darse cuenta de que no es que fuéramos imbéciles, sino que no teníamos ganas de discutir con él. 

El folletín prosigue, tedioso, unos días más. Volveré a ver a los hermanos sirios en Bélgica, cuando vengan a sacar todo lo que tengo en el trastero, en un viaje homérico de 1400 kilómetros. Volverán dos veces a descargar cajas en Hannover, y a contar billetes. Cuatro para ellos, cuarenta para su jefe. Pero el último día Herr Klemens aparece magullado, con el labio hinchado, la ceja partida, un ojo a la funerala y sospechas fundadas de haberse roto varias costillas. Él dice que se ha caído del camión, pero está claro que alguien, quizá algún aficionado a la justicia poética que tampoco tenía ganas de discutir, ha comprendido que, para que esta trama fuera verdaderamente lumpen, solo faltaba que le dieran a Herr Klemens una buena y merecida tunda.

jueves, 25 de junio de 2020

Siete años he tenido un pie puesto en el barrio de Friedrichshain. Este verano lo abandonaremos y nos mudaremos a Hannover. Siete años: un periodo bíblico al cabo del cual se ha extinguido la esperanza de vida de este barrio de Berlín, aunque todavía queda en él una amicula, un flair pintoresco, antes de que deje de ser un barrio bohemio y se vuelva indistinguible de los miles de barrios residenciales y acomodados que hay en las megápolis del primer mundo. Si en el futuro siguiéramos viviendo en Friedrichshain, viviríamos en cualquier parte.

En Friedrichshain uno podía salir a la calle vestido como Momus, el excéntrico músico escocés, y pasar desapercibido. Momus, por supuesto, hace tiempo que no vive en Friedrichshain, y quizá haga tiempo también que haya dejado de pasar desapercibido. Pese a todo, uno sigue viendo en los alrededores de Boxhagener Platz a muchachas con chaquetas de abueletes, a jovencitos con jerseys tres tallas grandes de colores incompatibles tricotados por un spectrum, a indígenas de tribus amazónicas vestidos únicamente con unas bermudas, y a hare krishnas y a mecánicos de mono azul.

Hay huertos urbanos en los alcorques de Friedrichshain, y en la acera los punkis de ayer beben su cafecito sentados en bancos hechos con palés. Hace unos meses, en nuestra esquina, había un colchón abandonado en el que alguien había escrito con aerosol «nothing else matress». Las fachadas de Friedrichshain están cubiertas de dibujos, de experimentos letristas, de pegatinas, de carteles, y todo ello desborda sobre las cajas de electricidad, los buzones, las papeleras y las farolas, como si una erupción de palabras se hubiera abatido sobre la ciudad. Da la impresión de que todo lo que ocurre, todo lo que puede congregar a más de cinco personas en este barrio, queda registrado en esa geología de celulosa y engrudo.

En esta  dinámica logosfera uno descubrirá que se ha perdido un concierto de Randy Newman aunque aún está a tiempo de ver una exposición de fotomontajes de John Heartfield; también se enterará de cuáles son las ciudades alemanas en las que ha habido atentados neonazis en los últimos años; de cómo se llamaban las víctimas de los últimos asesinatos racistas; del número de personas que comparten un retrete en el campo de refugiados de Moria (250); del número de lavadoras que hay en el mismo campo (0). Algunos carteles han salido de imprentas sofisticadas; otros han sido fotocopiados en cualquier copistería. Entre ellos, alguien ha pegado un poema sobre el momento presente, o sobre cualquier otro momento: «quien quiera / que el mundo / se quede / como estaba / no quiere / que se quede».

En nuestra calle alguien ha tirado un armario que, por algún motivo, nunca fue recogido por el servicio de desechos especiales. Han pasado varias semanas y el armario ahora está desvencijado y hecho pedazos. «Qué bonita la basura», ironiza alguien con un rotulador indeleble sobre uno de los paneles rotos, antes de añadir una etiqueta imaginaria: «#nometiresenlacalle». Debajo ha respondido otra mano: «pírate a Mitte, hijo/-a de puta» (Mitte es el barrio de las guías turísticas, el de los museos y el Reichstag). Una tercera mano ha trazado un logograma incomprensible que cierra la discusión con una moraleja dadaísta.

(El segundo de los grafiti contiene un detalle poético intraducible y encantador que merece pasar a la Historia, o por lo menos a esta historia: la palabra «Hurensohn/-in» significa «hijoputa», y abunda, por lo tanto, en la representación despectiva de la prostitución femenina, pero contrapesa su machismo con un desdoblamiento de morfemas políticamente correcto aunque  gramaticalmente aberrante, porque «Sohn», como el inglés «son», significa solo «hijo varón»). 

Mirado con atención puede verse en todo este revoltijo de papeles, proclamas y detritus una sintomatología, una semiología del abandono público: servicios de recogida de basura disfuncionales, déficit de mobiliario urbano, escasez de zonas ajardinadas, apagones informativos... Pero, por lo que parece, los vecinos de Friedrichshain han remendado el tejido social y satisfecho sus necesidades colectivas de manera autogestionada.

Quien conozca mínimamente Berlín sabe, no obstante, que el poder municipal no se ha batido en retirada, y sobre todo no se ha batido en retirada de los barrios que, como este, están siendo masticados por las infatigables mandíbulas de compañías inmobiliarias internacionales. Faltan muchas cosas, por supuesto: al igual que en muchas capitales, la proporción de guarderías, colegios, ambulatorios y ventanillas administrativas por habitante es preocupantemente baja. Parques, bancos, bibliotecas, informativos públicos, exposiciones gratuitas y recogedores de basura son precisamente aquello de lo que menos carece esta ciudad. A fin de cuentas, ¿cuántas ciudades que tienen un aeropuerto en su centro lo han convertido —aunque sea a regañadientes, como ocurrió con Tempelhof— en parque público?

Pegar poemas por las paredes, pintar escenas surrealistas a lo ancho y largo de las fachadas, hacer bricolaje con materiales de desecho y quitar adoquines para plantar tomates son, tomadas por separado, actividades pintorescas que aprecio y admiro, que yo mismo haría si en lugar de ser yo mismo fuese mi hermano Nacho, pero que, tomadas en conjunto e insertadas en la tradición de activismo libertario y de turismo efímero de Friedrichshain, es fácil identificar como una muestra de desinterés y acaso incluso de desprecio respecto de la intervención pública.

Encuentro delicioso el clima efervescente de Friedrichshain, su mezcla de creatividad voluntarista y pachorra epicúrea, su excitante mezcla de templos tibetanos e importadores de espirituosos, su capacidad para hacerte sentir que nunca serás demasiado viejo para hacer nada de lo que quieres hacer. Pero quizá, después de todo, something else matress.

martes, 2 de junio de 2020


La verdad es que este niño merecería que lo deportasen. Se ha presentado aquí sin preparación ninguna, sin títulos ni diplomas de ningún tipo. Le pido que me firme en la solicitud de la prima de nacimiento, para que las autoridades se den cuenta de que somos gente seria, y me hace esto:


Yo creo que no sabe ni leer. Ha venido sin papeles, por supuesto, fiado en que algún abogado de pleitos pobres le haga los trámites pro bono. Y lo peor es que no faltará algún bobo que se los haga. El idioma tampoco lo habla, ni da muestras de querer aprenderlo. De integración ya ni hablemos: ¡con decir que no sabe cuántas provincias tiene Castilla León...!

Este es uno de esos que vienen a chupar del bote, a vivir aquí de gorra, comiendo a expensas del contribuyente —o sea, de menda—, y en lo último que piensan es en ganarse los gabrieles o en adoptar los usos de la sociedad que, en un rapto de imprudencia y de caridad mal entendida, ha tenido a bien acogerlos.

El nuestro es uno de tantos que se han creído que esto es Jauja, que la leche surte en fuentes de las que pueden abrevar siempre que lo deseen. No pegan palo al agua, y en cuanto uno vuelve la espalda aprovechan para echarse una siesta. Todo lo que se salga de este dolce far niente les parece excesivo, y lo comunican con unos alaridos estremecedores que se oyen en el tribunal de Estrasburgo.

Estas cosas no suelen decirse por aquello de la corrección política, pero yo, en tanto intelectual quizá no público, pero por lo menos subcontratado y externalizado, me debo a la verdad. ¡Fuera niños! ¡España para los españoles!

sábado, 9 de mayo de 2020

Hemos recibido un montón de mensajes de amigos y parientes felicitándonos e invitándonos a disfrutar de estos momentos mágicos, de estas semanas entrañables, de esta época dorada y feliz que inauguró la llegada de nuestro hijo Óscar.

Menuda panda de desgraciados.

Todos ellos han tenido hijos, así que existen dos posibilidades: una, que mientan como bellacos y en su fuero interno experimenten un orgasmo múltiple de Schadenfreude; otra, que ellos sí extraigan placer, por dudosa fortuna, de actividades como limpiar culos, poner coladas, interrumpir los ciclos de sueño, aguantar berrinches inexplicables y esterilizar chupetes. Porque al principio eso es todo lo que hay. 

Quizá más adelante, cuando los niños cumplan los dos o tres o doce o veinte años, uno pueda irse con ellos a jugar al billar, y lo dejen a uno ganar, y se lo pase bien. No hace falta que sean momentos mágicos: bastará con que sean momentos ilusionistas. Pero tener un lactante es todo lo contrario del ilusionismo o de la magia, que nos liberan durante un rato de las leyes de la naturaleza; tener un lactante significa someterse servilmente a las leyes de la naturaleza, ser esclavo de una naturaleza caprichosa que parece intuir exactamente cuándo puedes sentarte al fin a comer y escoge ese segundo preciso para montar un número. El enésimo del día.

Toda la humanidad y la personalidad que nosotros, sus padres, proyectamos sobre esa especie de pelmeni que nos trajimos de la clínica nos es devuelta por él con la polaridad invertida. Nosotros intentamos imaginarlo como un pequeño humano, lleno de intenciones, predilecciones y cuestionamientos; él se resiste a vernos siquiera como objetos animados. Para él, no somos su papá ni su mamá, sino dos cosas grandes que, si tuviera lenguaje, podría identificar oscuramente como Contetas Blandita y Sintetas Quepincha. Y ni siquiera estoy muy seguro de que sepa dónde termina la cortina y donde empiezo yo (o, para lo que hace al caso, dónde empieza él). 

Es cierto que de vez en cuando sobreviene algo que recuerda a la comunicación; un día el niño se obnubila ante las greñas confinadas de Sintetas; otro, tiene un reflejo muscular que parece una sonrisa; otro, le sobresalta el ruido que hago al teclear en el ordenador. ¿No nos resarcen esos instantes de todas las semanas que llevamos rebozados en caca? Pues no, la verdad. ¿Sería capaz de cambiar todas esas epifanías —no pasan de tres o cuatro, después de todo— por una hora de piano, por veinte minutos de lectura al solecito, por la posibilidad de volver a ducharme cada día, y no solo miércoles y domingos como, por falta absoluta de tiempo, llevo haciendo vergonzantemente desde el 6 de abril? Hell yeah.

Estas cosas no se pueden decir, so pena de parecer un padre desnaturalizado, igual (o casi igual) que antiguamente (no tan antiguamente) se consideró desnaturalizadas a las madres que querían trabajar, o a las que querían volver a trabajar cuanto antes, o las que no querían tener más hijos, o a las que dejaban a sus hijos al cuidado de terceros.

No creo que este ejercicio de sinceridad me haga peor persona. Si acaso, una persona con gustos particulares, entre los que no se cuentan los vómitos de leche rancia. Estoy seguro de que el mundo bulle de madres y padres deseosos, como yo, de que sus primeros meses de paternidad estén llenos de momentos mágicos, semanas entrañables y escenas instagrameables. Es fácil que se sientan culpables por no conseguirlo, ni siquiera tras haber quemado en el pebetero del pequeño ídolo su celo profesional, su ocio, su sueño y su higiene.

Solo una persona —Alberto, un amigo reciente— me escribió para decirme que el primer año de paternidad le resultó, literalmente, «un coñazo», pero que luego la cosa «empieza a ponerse más divertida». ¡Qué felicidad que alguien no nos obligue a ser felices!

sábado, 4 de abril de 2020

Nuestro gastronauta llega al final de su cuarentena metido en su jakuzzi, comiendo pelos como un gato. Kathleen ya no puede sino arrastrarse de la cama a la silla, y de la silla a la cama, como un león marino. Después de comer se pone los auriculares y se tumba en el sofá, con la esperanza de echar una cabezada. Yo despejo la mesa del comedor, me atuso los pelos y me pongo a dar mis clases virtuales de los miércoles.

Quien más, quien menos, todos hemos adquirido ya los reflejos de la epidemia. El otro día, viendo un reality show, nos sobresaltó ver que la gente se abrazaba y chocaba los cinco. El programa, claro, había sido grabado dos o tres meses antes.

He estado leyendo estos días algunas novelas sobre epidemias: La peste, Ensayo sobre la ceguera y cosas así. Es llamativa la ausencia en ellas de esas pequeñas rutinas que para muchos de nosotros —los más afortunados, sin duda— son la expresión fundamental de la enfermedad: los partes diarios sobre el progreso del virus, el racionamiento de la mantequilla de cacahuete, la desinfección de manos, las consignas del estado de alarma, la cita a hora fija con el rayito de sol que llega a nuestro cuarto, el odio a quienes tienen balcón. Se nota que los novelistas no estaban hablando realmente de una epidemia, sino de otra cosa: del totalitarismo y de la degradación de la democracia, por ejemplo.

Aun así —y esto que voy a decir parece contradictorio—, al dar carácter sobresaliente a los aspectos sobresalientes de la enfermedad totalitaria, Saramago y Camus cometían un grave error (suponiendo que puedan cometerse errores al escribir literatura, que ya es suponer). Las democracias no se degradan de un día para otro. La implantación de regímenes totalitarios nos es fulgurante, ni siquiera cuando parece serlo. Los relatos más fascinantes del advenimiento de los regímenes autoritarios son, como los de Anna Frank, Victor Klemperer o Carmen Martín Gaite, los que detallan la lenta transformación de las relaciones sociales y de los marcos lingüísticos: el odio a los que tienen algo que no tenemos, la desinfección, el racionamiento, las consignas, la cita con el rayito de sol. 

Muy avanzada ya la clase en línea comienzo a oír un extraño runrún. Cada vez más alto. Sin dejar de pontificar, miro de reojo el sofá y me veo a Kathleen durmiendo a pierna suelta. Empiezo a hablar más alto, con la esperanza de despertarla un poco para que deje de roncar, pero tiene puestos los auriculares (los audiolibros la dejan frita). Termino la clase precipitadamente, mientras trato de ahogar los ronquidos hablando a gritos de los marcos interpretativos y el análisis del discurso.


 

miércoles, 11 de marzo de 2020

Mudarse a L*** para estar menos en L***: el razonamiento me parece unos días de una lucidez fulgurante, y otros de una estupidez rematada. Hay en este gambito algo absurdo, de mudanza de divorciado, de ruina sobrevenida, de empresario en concurso de acreedores.

Cuando tenía veinticinco años viví en un palomar, o en algo que tenía un parecido poco o nada retórico con un palomar. Regresar a ese tipo de espacio tantos años después debería devolverme esa ligereza de juicio, esa agilidad mental del que puede leer todos los libros que quiera porque no tiene ninguno. Cultivaré el grado de incomodidad que hace falta para tener el espíritu alerta y la atención despierta. Tendré una maleta siempre hecha debajo de la cama siempre deshecha. Empezaré a escribir una página en la buhardilla, la continuaré en el parque y la remataré sobre la moqueta de un vagón de tren, en fase con el pulso sutil de las ciudades.

(Me repito este tipo de argumentos por la noche, pero si se levanta el viento las pizarras del tejado castañetean y le contagian a mi optimismo su temple destemplado).

En la mudanza se desenmascara nuestra vida, desnudando las esquinas y poniendo en evidencia los bibelotes a los que no hemos sido capaces de renunciar, cómicamente, durante años.

La nueva casa cambia el tono de nuestras melodías corporales, imprime nuevas tensiones a nuestros tendones, nos enseña nuevos gestos. De repente hemos olvidado cómo afeitarnos.  

También es como si hubiéramos dejado de afeitarnos por completo: la mudanza altera nuestra identidad social, como el que se depila todo el vello corporal o se pone el corte de pelo fringe; como el que se separa y se casa en segundas nupcias, deviniendo cuñado o yerno de otra gente. El matrimonio, en mi caso, es de conveniencia. La barba, también.

Desde la ventana de mi palomar veo el estanque del Jardín Botánico, al que bajan a abrevar patos, fochas y cormoranes. Me recreo en la fantasía de que alguno de ellos haya venido de Tilff, para echarme un ojo. Es fácil figurarse que los animales de cierta especie son siempre el mismo animal, que se ha encariñado de nosotros y nos sigue la pista. Julio Cortázar tenía un poema muy bonito sobre esto. También veo corretear a un bicho que al principio tomo por un conejo pero que después de todo puede que no sea un conejo.