Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

 En el último minuto mi cuñada nos anunció que se acercaría en coche, desde Hamburgo, para celebrar mi cumpleaños. Al principio me sorprendió este rasgo de cordialidad heroica, este cariño súbitamente descubierto que saltaba por encima de todas las recomendaciones de Baja Sajonia para el control de la pandemia. Luego, cuando llevaba ya varios días sin cumplir años y seguía viéndola tricotar delante de nuestro televisor, entendí lo que ocurría en realidad. Mi cuñada se había fugado de casa.
 
Hace cosa de un año, mi cuñada y su marido decidieron alquilar por Airbnb una de las habitaciones que tienen libres. Creyeron poder sacar así un dinerito y durante unos meses se las dieron de cucos. Alentados por el éxito inicial, pensaron que sería una buena idea utilizar los contactos que conseguían a través de Airbnb para hacer contratos de subalquiler de larga duración a espaldas de la plataforma. Y, como la avaricia rompe el saco, se encontraron con que de repente vivía en su casa un señor desconocido.

Yo pasé algunos meses en un piso compartido y recuerdo haber visto unos restos de comida tan pegados a la cacerola que hubo que tirarla; el novio de una chica que vivía allí escalaba la fachada para entrar por la ventana, arrancando de paso los cables del teléfono; alguien rompió el aspirador de Kathleen en una sesión de parafilia y yo mismo tiré una taza de café —llena— contra una pared que hasta ese momento había sido blanca.

En comparación, lo que hace el subinquilino de mi cuñada es lo que haría alguien con unos modales exquisitos: meter los platos en el lavavajillas conforme a un sistema propio, intentar calentar una cazuela de barro en la placa de inducción, olvidarse de posar los vasos en los posavasos, pasar de cambiar las fundas del edredón nórdico y dejar en cualquier parte los canutos del papel higiénico. Lo más raro que puede achacársele a este individuo es que, en cuanto entra al aseo, tira de la cadena. Parece que en Irán, de donde procede, se tira de la cadena para espantar a las serpientes; en Hamburgo, la reacción que deberían tener las serpientes la tiene mi cuñada.

Y es por esa razón por la que mi cuñada ha deshecho su maleta en la habitación que tenemos libre, ha transformado la mesa del comedor en su despacho, mete los cubiertos donde buenamente cree que debe meterlos y tiene puesta de la mañana a la noche una cadena de radio que echa exclusivamente música navideña. Es verdad que también recoge al niño de la guardería, y que cada día se pasa un buen rato entreteniéndolo, por lo que esta semana casi he podido hacer mi trabajo medio bien. Pero no me renta —como me dicen que se dice ahora— tener que escuchar todos los días a George Michael cantando Last Christmas I Gave You My Heart. Así que he empezado a repasar la lista de cumpleaños de mis amigos capricornio —tengo muchos amigos capricornio—, y estoy intentando determinar a cuál quiero menos para hacerle una visita sorpresa.


 


sábado, 14 de noviembre de 2020

 «Estoy oyendo crecer a mi hijo», escribía Umbral a toda página. Savitzkaya habla de su hija Louise —Exquise Louise— en los términos que uno emplearía para exaltar a un unicornio volátil salido de una crisálida de algodón de azúcar. Hay hombres para los que un hijo es, ante todo, una ocasión de filosofar, lo mismo que un velatorio o una colonoscopia.

«Dondequiera que hay niños hay una edad de oro»: la frase, de Novalis, la cita Juan Ramón Jiménez en su prólogo a la edición de 1914 de Platero. Bien pueden decirlo, ya que ni uno ni otro tuvieron que criarlos. Silvina Ocampo, que tuvo que criar a un hijo que ni siquiera era suyo, escribía en cambio: «No tengo ni un minuto para dedicarme a la contemplación de nada ni de nadie». A lo mejor para Ocampo la edad de oro no eran los niños, sino lo que había antes de los niños.

Hay un tópico biempensante —otro más— según el cual los hijos relativizan las cosas. El niño sería el verdadero absoluto, una unidad de medida imperfectible en la medida en que es inalcanzable, una cosa así como el año luz. Conforme a este lugar común, cualquier alegría humana siempre será una fracción de la alegría infantil; cualquier desgracia siempre será preferible a la desgracia de un niño; cualquier experiencia cultural, cualquier reto profesional, cualquier placer mundano palidecerán en comparación con el quality time vespertino que pasamos con esa especie de mogwai lampiño al que legaremos nuestras deudas.

Esto de la relatividad hay que relativizarlo. Hoy se ha ahogado en el Mediterráneo un niño de la edad de Óscar, por lo que me cuesta quejarme con el furor de otras veces. Pero dejando a un lado lo que me susurran las vísceras, me obligo a pensar que hay mejores argumentos para convenir que si algo relativiza las cosas es el equilibrio de los ecosistemas, por ejemplo. O la cifra de congéneres que sobreviven bajo el umbral de la pobreza. O el número de reses sacrificadas anualmente en todo el mundo para alimentar la imparable plaga de sapiens. O la visión de nuestra galaxia en un cielo libre de polución lumínica. O, rebajando la analogía a nivel usuario, el trabajo de enfermeros, editoras, maestros, cirujanas, hortelanas, periodistas, carteros, traductoras, nutricionistas, guardabosques, el trabajo de todos los que ejercen profesiones todavía socialmente útiles y antes que ninguno probablemente el trabajo de los marineros del Open Arms que intentaron reanimar —y al principio parecía que iban a conseguirlo, que lo tenían estabilizado y aguantaría hasta la llegada del helicóptero— el cuerpo de ese niño de la edad de Óscar del que hablaban esta mañana en la radio.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Hemos retomado las clases y he vuelto a mi palomar belga. Esta vez, no todas las plantas están allí para recibirme. A cambio, me esperaba en el contestador automático un mensaje del viejo Roger.

Hablar de «el viejo Roger» es quitarle años. Me pide que lo llame cuando escuche el mensaje. Yo paso varios días pensando en si llamarle o no llamarle, y en el interín me escribe él un correo electrónico. Advierto que lo reproduzco íntegro y sin cambiar una coma, para que no se piense que me atribuyo el mérito de haber confeccionado un trozo de prosa tan desternillante:

«Hols. Álvaro. ¿cómo estás y donde estás?
»Yoen Lieja enmisemana de citas médicASTODAESTASEMAAN.
»lUEGO,VACÍO PORQUE SEENBAJÓLA VISTA DAMÉTICEEMRE APREMA LLEGUÉ, SUPOMGO QUE MÑANA LA OFTALMÓLOGA HRÁ LAS MECICIOMES Y LUEGOME FABRICARA´M UNOS LETES  FORTÍSIMOS,Hasat que tremunende hacerlome voy  aencontrardiacapcitado.
»Por favor,llamame amu clular apenas regreses  (04917450 22  . favorinsitir  aunque te comteteel comtestadop,porque mi aparato suem solo  vecs y débilmemte.
»nabrazo, saludos atu familia».

El mensaje es un grito de ayuda. Un grito tartamudo, pero grito al fin y al cabo. Llamo al número de móvil que pone el mensaje. Lo coge una persona que no ha oído hablar nunca de Roger D.

Doy con su verdadero teléfono, lo llamo y quedamos en vernos en mi siguiente viaje belga, en el Café del Teatro. Lo encuentro cada vez más perdido en sus ropas, más encorvado bajo el peso de la gorrilla, más engullido por su chaqueta. Romain Gary escribió un precioso libro de relatos titulado Las aves van a morir a Perú; pero Roger lo desmiente volviendo siempre de Perú. Es un ave fénix de pana y espiguilla que resurge cada año de entre los posos del café. De los ojos ya está algo mejor: tiene uno que ve y otro que se malicia cosas.

El asunto de la donación de sus libros, que yo ya creía resuelto o cuando menos sentenciado, ha sufrido un percance grave. Resulta que cuando viene a Bélgica, Roger vive en un entresuelo de la casa que alguna vez fue suya, y que hoy pertenece a un sátrapa carente de principios que le amarga las estancias con travesuras propias de duendes familiares. Pues bien, la última faena de ese trasgo ha sido ocupar su garaje y arrumbar sin contemplaciones los libros que allí había, y que Roger tenía dispuestos conforme a cierta lógica difusa de intereses y proridades. Ahora habrá que proceder a una nueva revisión. Tendrá que ser, ay, cuando pase la pandemia... (Yo asiento cariacontecido).  

Terminado el café, me tiende con mucho misterio un bolso de viaje que contiene cinco gruesos libracos. «Son para la biblioteca —dice, añadiendo de inmediato, admonitorio:— pero no se los des aún». Tres de ellos son ejemplares que tomó en préstamo el siglo pasado y que aún no ha devuelto. «Espera algunos años antes de llevárselos: no quiero que se den cuenta de que aún tengo otros muchos por devolver». Los que restan en la bolsa son los dos volúmenes de Don Quichotte en France, de Maurice Bardon: libros suyos, esta vez, de los que ya se siente con ánimo para desprenderse, y que lega graciosamente a la universidad, aunque la universidad, obviamente, ya tiene ejemplares de esta obra.

Me despido de Roger porque tengo tutorías.

—¿Y cuándo acabas?
—Tarde, muy tarde.
—Vaya, qué contrariedad. No tiene sentido que te espere, entonces.
—No, no creo, la verdad. ¡Qué le vamos a hacer!

En vista de eso, en un arranque que estos días tiene mucho de gallardo y temerario, Roger se va al cine, a ver qué echan.

sábado, 5 de septiembre de 2020

Estábamos a puntito de cenar cuando descubrí que la hogaza de pan de espelta que había comprado dos días atrás ha sucumbido al moho imperialista. Aunque está lloviendo a cántaros, salto sobre la bicicleta y salgo disparado al súper, que está a punto de cerrar.

Llego empapado, y al ir a entrar caigo en la cuenta de que no me he traído la mascarilla preceptiva. No tengo tanto miedo a que me echen como a sentar mal ejemplo y a ser percibido como uno de esos asociales recalcitrantes que se niegan a proteger al prójimo de sus miasmas.

Una amiga de Kathleen escribía esta semana en Twitter que le pidió a un tipo en el metro que se pusiera la mascarilla, y que otro tipo le respondió que lo dejase en paz y que de todos modos esperaba que una zorra asquerosa como ella muriera pronto. Yo no quiero ser ninguno de los dos tipos.

En circunstancias análogas me he llegado a poner, como ersatz de mascarilla, un gorro del niño, descubriendo que ajustaba bastante bien y no deformaba las orejas. Pero hoy no tengo al niño a mano para quitarle prendas de ropa. Cuando ya estoy cavilando en cómo sacarme los calzoncillos sin quitarme los pantalones caigo en la cuenta de que llevo puesto el chubasquero intergaláctico que compré a regañadientes el verano pasado. Si subo la cremallera hasta arriba, me tapa hasta la nariz. Es cierto que tampoco me deja respirar, pero así se reduce todavía más el riesgo de contagio en estos tiempos tan pandémicos y tan poco celestes.
 
Entro, pues, en el súper, pseudoenmascarado y semiasfixiado, aunque satisfecho de estar señalizando simbólicamente mi intención de respetar el nuevo contrato social. Meto varios panecillos en una bolsa de papel y me dirijo a la caja, pero entonces pienso que sería un punto comprar judías pintas para hacer chili sin carne, y en el pasillo de las conservas me topo con un individuo que también se ha olvidado la máscara. Como, por suerte o por desgracia, él no tiene un chubasquero de gilipínfanis como el mío, ha tenido que aguzar el ingenio. Se conoce que pensó en sostener delante de la boca un pañuelo de papel, pero reparó en que necesitaba una mano para sostener la cesta de la compra y otra para escoger los productos; por eso, tuvo la brillante idea de sujetar el pañuelo mordiéndolo desde atrás. De algún modo funciona, aunque parece que se hubiera comido furiosamente una madalena sin pelarla. Si tose, proyectará un pañuelo lleno de gérmenes sobre la persona que se halle más cerca, pero mientras no le dé la tos este caballero está cumpliendo su deber cívico con auténtica heroicidad.



Cuando llego a la caja, el cajero me dice que no me preocupe, que puedo dejar de hacer el indio y sacar las narices del chubasquero. Yo —que no puedo hablar por impedírmelo el chubasquero propiamente dicho— le hago entender con gestos que no, que también yo quiero ser un mártir de la prevención sanitaria.

—De verdad, si es igual —dice él—; mire, yo me quito la mía. 

Y se la quita.

El caso es que, si uno deja de pensar por un momento y le pasa los mandos a la intuición, la reacción se comprende. Es el mismo principio que está detrás de los achuchones, de rular la litrona y de los besos con lengua: la cercanía emocional se traduce en cercanía física, el cariño se expresa arrostrando el peligro biológico, la confianza da asco. El mismo gesto puede tener dos sentidos diametralmente opuestos: hay gente que no se pone la máscara para que te mueras, y hay gente que se la quita para hacerte sentir bien. Todo el busilis está en saber quién es quién.

domingo, 9 de agosto de 2020

Mis suegros han venido —otra vez— a pasar una semana de vacaciones con nosotros. «De vacaciones», dicen, pero en realidad a lo que han venido es a hacernos vaciar cajas.

Cada uno de los cuatro tiene una agenda distinta para esta semana de vacaciones, por lo que a la altura del miércoles el ambiente es tan glacial que hasta las arañas han emprendido la migración al norte de África. Mi suegra quiere que el apartamento quede rápidamente muy puestito, mi suegro quiere demostrar que sabe de brocas más que nadie, Kathleen quiere terminar de escribir el libro que en un momento de enajenación se comprometió a entregar en septiembre y yo quiero que me dejen tranquilo porque llevo haciendo y deshaciendo cajas desde principios de febrero y estoy de mudanzas hasta aquí.

A mi suegra la exaspera que todavía tengamos toda una habitación llena de cajas. Lo que ella querría es que yo hubiera comprado un par de estanterías Billy, de IKEA, y que hubiera colocado los libros inmediatamente. No entiende que esos catafalcos que venden en IKEA no están hechos para poner libros, sino para poner objetos que ningún ser humano tiene fuera del garaje o del cuarto de baño. Yo llevo años estudiando la cuestión y he calculado las dimensiones áureas de una balda para libros: 22 cm de alto y 18 de fondo. El 95% de mis libros cabe ahí, y para el 5% restante basta con prever un estante algo más holgado, como se hacía antiguamente cuando la gente entendía de libros y de espacio.

—Qué más dará —dice mi suegra.
 
Pues mucho. Da mucho. Según mis cuentas, para dar techo a los libros que tengo metidos en todas estas cajas necesitaría por lo menos diez estanterías Billy con estantes suplementarios. Y, por muy grande que sea la casa, diez estanterías Billy lo echan a uno a dormir al sofá.

Mi plan alternativo consistía en que mi suegro y yo instalásemos raíles en la pared del despacho, para colgar de ellos una serie de tablones con las dimensiones científicamente calculadas, pero tras ver cómo él se debatía salvajemente durante diez días para instalar una cortina normal y otra de ducha, ensayando los varios cientos de herramientas que ha traído, decidí llamar a alguien que supiera lo que estaba haciendo, o a alguien que tampoco supiera lo que estaba haciendo pero que por lo menos no nos hablase luego durante la cena de tornillos, de brocas y de tacos.
 
Quien vino fue un joven palestino, por si alguien no había entendido aún que, de un tiempo a esta parte, la economía europea se basa en la explotación de personas huidas de conflictos bélicos. A este joven le dicen que necesita tener ahorrados veinte mil euros para obtener un permiso de residencia, por lo que no le queda otra que vivir en la ilegalidad y trabajar en B.

El palestino nos monta la estantería en un periquete. Ahora que he terminado de deshacer mis cajas y que tengo una pared tapizada de libros sin que haya quedado entre ellos el menor resquicio uno podría pensar que mi suegra está contenta. Pero eso sería conocer muy poco a mi suegra, y quizá a las suegras en general. 


viernes, 24 de julio de 2020

Uno cree que ha tenido un hijo, pero lo que en realidad ha tenido es una suegra que no saldrá de casa en dieciocho años.

o O o

Resulta insensato dedicar años y años a enseñarle al niño nuestros idiomas, plagados como están de anacolutos mercenarios y de parónimos irredentos. He decidido que trae más cuenta aprender a hablar su lengua adánica. Ahora, es complicado usarla para pedir pizza.
 
o O o

Dice una amiga que un hijo es un mensajero que mandamos al futuro. No estoy de acuerdo. Yo creo que un hijo es el mensajero que el futuro nos manda a nosotros. El que corregirá nuestros pronósticos e introducirá en nuestra casa las preocupaciones y los placeres del siglo que viene.

o O o

«Huérfano» designa a quien ha perdido a sus padres; «soltero» a quien no tiene pareja oficial; «viudo» o «divorciado» a quien ha dejado de tenerla. ¿Por qué entre el instrumental de ausencias de la familia nuclear no disponemos de un término para identificar la condición —feliz o desdichada, como todas— de no tener hijos?

Las lenguas germánicas sí disponen de tal palabra, o al menos pueden producirla gracias a su morfología de corta y pega. En español habría que echar mano del latín o del griego, como siempre, lo que daría «afiliado», que ya existe, y «upedo», que suena a cochinada.

o O o

A veces quitas un pañal y dan ganas de llamar a los Cazafantasmas.

o O o

Hay gente que enseguida exige que la llames mamá, abuelo, papá o tío, como si hasta ese momento hubieran carecido de atributos y necesitaran que cualquier criatura babeante y flatulenta les marcase un norte.

o O o

Decir que la gente que lee es más interesante que la que no lee puede parecer esnob, pero no especialmente escandaloso. ¿Por qué, entonces, resulta escandaloso decir que la gente sin hijos es más interesante que la gente con hijos?

Esto de ser interesante es una promesa bastante alegre. Muchas veces uno ha pensado que tal o cual persona era interesante y al final ha resultado que esa apariencia de profundidad era una ilusión óptica, como en un grabado de M. C. Escher. 

Esa impresión de relieve en la gente sin hijos procede quizá de la asunción de que esa soltería de descendencia es consecuencia de una pasión secreta incondicional e innegociable. Uno (este uno aquí soy yo, pero otras veces es otro) cree que la gente sin hijos tiene algo mejor que hacer que tener hijos. Con frecuencia, por supuesto, no es así, lo que resulta francamente notable ya que, con no menor frecuencia, cualquier cosa es mejor que tener hijos.

o O o

El niño tiene en sueños gesticulaciones de italiano histriónico. «Gran despecho». «Oratoria beoda». «Repugnancia invencible». «A mí que me registren».

o O o

En las películas apocalípticas la gente sin hijos trata de salvar el mundo. La gente con hijos trata de salvar a sus hijos y luego lo demás ya se irá viendo.

o O o

El niño, pensándolo dos veces, es un mensajero de un presente enharmónico.

o O o

El niño dice cosas que no le hemos enseñado nosotros. Parece que quien le está enseñando a hablar es un ortóptero, o una cucaracha. O alguien llamado Quintilitriqui.


domingo, 19 de julio de 2020

Como sabe cualquiera que haya viajado recientemente en avión, cualquiera que tenga un contrato de internet o de electricidad, cualquiera que viva de alquiler o cualquiera que haya intentado vender armas en Arabia Saudí, muchos de los servicios en la economía neoliberal se sustentan en la pura y llana extorsión. Las mudanzas son solo uno más.

Para contratar una empresa de mudanzas ahora hay que pasar por una subasta digital. Uno introduce en una página web el inventario de su menaje y un enjambre invisible de empresas de transporte realiza ofertas que un teleoperador se encarga de centralizar y de comunicar. Algún lumbreras neocón debió de pensar que era una buena idea hacer competir por la oferta más rompedora a un sector que malvive bajo la amenaza constante de romperse el espinazo. «La libre competencia mejora el servicio» es a la teoría económica lo que el jaque del pastor es al ajedrez.

Un teleoperador que trabaja para el lumbreras neocón del párrafo anterior nos presentó las tres compañías que habían ofrecido presupuestos más baratos, y nos recomendó una de ellas: «trabajan bien, nunca he tenido ninguna queja». Para todo hay una primera vez. Quizá deberíamos haber dedicado más tiempo a buscar otras cuadrillas —en realidad lo habíamos hecho antes, un poco a tientas— , pero una mudanza suele ser algo que se despacha con prisas y nervios: en dos semanas teníamos que dejar nuestro apartamento de Berlín, el tiempo se nos echaba encima. Vendido al mejor postor.

El mejor postor, Herr Klemens, resultó tener también mucho de impostor. Primero nos dio a escoger entre dos días de julio diferentes: en uno de ellos deberíamos compartir el camión con otra cliente que quería llevar algunos muebles de Berlín a Oldenburg. Como tenemos muchos cachivaches y queríamos estar seguros de que entraban en el camión, optamos por la otra fecha. Kathleen viaja a Hannover la víspera, con sus padres y el niño, para pasarle una manita al nuevo apartamento. Yo me quedo en Berlín dirigiendo la operación. El camión llega medio lleno con los muebles de Oldenburg que normalmente debían haberse trasladado una semana antes, y que teóricamente deberían ocupar mucho menos espacio del que ocupan.

Herr Klemens entra, desparrama la mirada por nuestros bultos y, como si fuera una afrenta personal, dice: «Esto no entra». De repente le parece que en nuestro piso de Berlín, que él mismo vino a ver hace pocos días, hay muchas más cosas de las esperadas. Bolsas y maletas, por ejemplo. Bicicletas. Un par de cajas que tenemos en el sótano.

—Oiga —digo—, las cajas y las bicis figuraban en el inventario que le enviamos desde el principio. En cuanto a las bolsas y las maletas, como verá, contienen los cuadros de las paredes y lo que estaba en los armarios y en las cómodas. No pensaría cuando vino a ver el piso, digo yo, que los armarios estaban vacíos...

—Ah, no, claro, pero todo esto tendrían que haberlo precisado. Aquí hay cajas de más.

Es cierto: el día antes compramos cinco cajas extra ultrarresistentes porque aún nos quedaban dos estantes de libros por empaquetar. Para que no se diga, mientras los operarios van bajando muebles, dedico una hora a reorganizar cajas, y consigo vaciar cinco, no exactamente las cinco que compré, pero sí su equivalente en volumen. Ahora solo hay cajas de más en el camión de Herr Klemens, que debía haber venido vacío.

Herr Klemens nos había dicho que vendría con tres o cuatro operarios, pero al final solo son dos hermanos sirios, uno de los cuales no habla alemán y debe buscar al otro cada dos por tres para que le traduzca. El que sí habla alemán estudió corte y confección, pero andando a la brilonga lleva ya cinco años de mozo de cuerda, a 80 euros diarios. Cada vez que sube las escaleras se sienta en una silla y se seca el sudor con la camiseta.
Ya es casi la hora de comer y todavía queda lo más gordo. Herr Klemens, que no ha pegado palo al agua en todo el día, llama a tres muchachitos de veinte años para que vengan a echar una mano. Uno de ellos ni siquiera se quita los auriculares de las orejas mientras arrastra nuestros enseres escaleras abajo.

Pronto se hace evidente que habrá que dejar atrás cuatro estanterías y una docena de cajas. Vendrán a por ello el fin de semana siguiente, antes de continuar a Bélgica para recoger mi biblioteca. Pero claro, es un desplazamiento imprevisto que costará su dinerito extra. La mitad ahora y la otra mitad al entregar la mercancía, en efectivo, como se han hecho siempre los negocios limpios. Nadie me obliga a ello: si quiero pagar únicamente lo presupuestado, no tengo más que alquilar un camión y acabar la mudanza otro día yo solo.

Quien tenga a sus espaldas una o dos mudanzas sabrá que ese tipo de dilemas, planteados en medio de un apartamento polvoriento y desconchado, cuando uno está mal dormido, deslomado y cubierto de mugre, solo tienen una respuesta posible, que es apoquinar —siempre que uno tenga con qué—.

Hacia las dos de la tarde fotografío lo que queda en el apartamento, cierro con llave y le doy mi juego a Herr Klemens, para cuando venga a recoger el resto. Poco a poco, los dos hermanos sirios y los de la leva del biberón van llenando los últimos huecos del remolque, has que llega el momento en que por fin echan el cierre.

—Ojo —le digo al muchachito de los auriculares—: creo que no habéis recogido las sudaderas que llevabais tu amigo y tú, que estaban en el descansillo del tercer piso.

El chico me da las gracias y sube corriendo a buscarlas. Me despido de ellos y quedo en verlos unas horas más tarde en Hannover, donde los espera Kathleen.

A las cinco y media estamos allí todos: no se ha roto casi nada, apenas se han rayado muebles y han llegado enteros casi todos los cuadros. Durante varios días hacemos los mismos gestos que en los días anteriores, pero en sentido inverso, como si nos rebobinasen. Y el jueves Kathleen recibe un correo electrónico de un vecino de Berlín.

«Hola —le escribe este vecino—. He encontrado tu e-mail en internet. Creo que eres la persona que se mudó el fin de semana pasado. Tu nombre estaba en varios libros que había dentro de dos cajas que llevan desde entonces en el descansillo del primer piso. Al principio estaban cerradas, pero alguien las ha abierto y ahora la gente ha empezado a sacar cosas. Si se han quedado allí por descuido y no contienen cosas que que quisieras regalar, puedo guardarlas en mi piso hasta que puedas venir a recogerlas».

Para cuando Kathleen consigue hablar con este vecino por teléfono, ya solo queda en la escalera una de las dos cajas. Con Herr Klemens hablamos poco después. Según él, es imposible que se les hayan olvidado a ellos. Debe de ser que algún vecino avieso las metió en su casa durante la mudanza y luego, cuando ya nos habíamos ido todos, las sacó. Y las dejó prácticamente delante de su puerta. Cerradas y llenas. Herr Klemens se ha habituado a tomarnos por imbéciles, sin darse cuenta de que no es que fuéramos imbéciles, sino que no teníamos ganas de discutir con él. 

El folletín prosigue, tedioso, unos días más. Volveré a ver a los hermanos sirios en Bélgica, cuando vengan a sacar todo lo que tengo en el trastero, en un viaje homérico de 1400 kilómetros. Volverán dos veces a descargar cajas en Hannover, y a contar billetes. Cuatro para ellos, cuarenta para su jefe. Pero el último día Herr Klemens aparece magullado, con el labio hinchado, la ceja partida, un ojo a la funerala y sospechas fundadas de haberse roto varias costillas. Él dice que se ha caído del camión, pero está claro que alguien, quizá algún aficionado a la justicia poética que tampoco tenía ganas de discutir, ha comprendido que, para que esta trama fuera verdaderamente lumpen, solo faltaba que le dieran a Herr Klemens una buena y merecida tunda.