Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

jueves, 16 de septiembre de 2021

A mediodía bajo al despacho de François, con quien he quedado para hablar de un asunto de ordenación académica moderadamente capital. Me hace entrar, abre la ventana, nos sentamos a una distancia pandémica y, cuando yo estoy a punto de abordar el tema moderadamente capital que me ha llevado allí, me hace un gesto imperioso.

—Espera, espera.

Se nota que algo lo ha turbado hasta el extremo de que a él, que es la locuacidad elevada al cubo y pasada por la semántica estructural saussuro-hjelmsleviana, le faltan las palabras.— A ver... ¿Tienes un reloj nuevo?

Yo asiento y me remango, algo ruborizado, porque me incomoda que la gente se entere de que gasto dinero.

Durante diez años llevé el mismo reloj, un reloj analógico, que era barato cuando lo compré pero entre reparaciones y cambios de pila acabó haciéndome perder cuatro o cinco veces lo que valía. El año pasado, justo después de haber pagado cuarenta euros por que le cambiasen la correa y le pegasen el número 7, que se había desprendido de la esfera, se le desprendió la correa, se me cayó y se le saltaron el 8, el 2 y, de nuevo, el 7.

Cansado de tirar el dinero, dejé de usar reloj: como, de todos modos, me pasaba el día delante de la pantalla, no me hacía falta. Pero una vez que hemos vuelto a la vida de trenes, clases presenciales y conciliábulos variados, no puedo pararme a abrir el ordenador a cada paso para mirar la hora, ni consultar el móvil mientras doy clase sin parecer un adicto a las redes sociales.

«¿Puedo verlo?», me pregunta François. Yo le tiendo la muñeca, pero él añade: «¿puedo verlo... de cerca?». Abro la hebilla y le tiendo el reloj. François lo toma entre las manos como si fuera el Cuerpo de Cristo, y parece recogerse en una ferviente oración. «¡Qué bonito es!», dice, con un hilo de voz.

Sí, he decidido gastar un poco más desde el principio y apostar esta vez por un reloj automático, que no me deje en la estacada en el momento menos esperado, como los relojes a pilas, sino en un momento esperable. Un reloj automático es, si bien se piensa, una máquina prodigiosa y ecológica, que se nutre de la energía cinética del propio cuerpo. Las más leves sacudidas del brazo hacen que gire una pieza con forma de media luna que le da cuerda constantemente. Si uno deja de usarlo durante un par de días, basta con girar unas cuantas veces la corona para ponerlo de nuevo en marcha.

El mecanismo de un reloj automático, tan próximo al perpetuum mobile, posee una gran belleza intelectual. Por desgracia, el tributo que los seres humanos rinden a la belleza suele consistir en desvirtuarla. Así, los coleccionistas de este tipo de relojes los exhiben en vitrinas móviles, que consumen electricidad para que no se paren aunque su dueño no los utilice.

Es difícil encontrar un reloj automático que cueste menos que el salario mínimo interprofesional. Pero más difícil aún es encontrar un reloj automático que no tenga connotaciones antidemocráticas. Muchas marcas de relojes automáticos, como Aristo, Regent o Erbprinz («príncipe heredero»), exhiben una nostalgia del Antiguo Régimen con la que mi pulso jacobino no puede avenirse. Descartadas. Otra de las más conocidas, aunque es suiza, se llama ETA. Descartada. Otra se llama Messerschmitt, que era el nombre de unos cazas de la Luftwaffe. También descartada.

Ya van quedando pocas cartas sobre el tapete, y me veo que a este paso me quedo sin peluco. Los zeppelines son unos inventos igual de maravillosos que los relojes automáticos, pero en el catálogo de la marca homónima el único modelo que puedo permitirme se llama «Hindenburg», en recuerdo de un autoritario mariscal de campo alemán o del dirigible nazi que honraba su memoria y que ardió en llamas sobre la costa de New Jersey en uno de los accidentes aeronáuticos más infaustos de todos los tiempos. Descartado. Y por descarte acabo llevándome un reloj de la marca Iron Annie, que es un nombre como de heroína de Disney agiornatta.

François y yo cruzamos esa tarde un par de correos electrónicos sobre los juegos de rol a los que invitan los catálogos de relojes para hombres. Es frecuente que estos artículos, en lugar de ordenarse conforme al precio, al tamaño o al material de que están hechos, sean clasificados por lo que esos hombres querían ser de mayores cuando tenían siete años. Así, la marca Fortis ofrece relojes para «Flieger» (es decir, para pilotos), para «Aeromasters», para «Marinemasters», para «Cosmonautas oficiales» y para «Cosmonautas clásicos». Estos últimos llevan por divisa «vestidos para el espacio», porque, obviamente, uno no puede desembarcar de cualquier manera en las lunas de Júpiter.

En el catálogo de Hanhart uno puede escoger entre ser un «pionero», un «campeón de carreras» o un «primus». Esto de «primus» no sé qué significa, pero en el interior de esa categoría se encuentran otras como «conductor de carreras», «submarinista», «piloto» o —no es lo mismo— «piloto del desierto».

Muchos anuncios publicitarios insertan sus productos en un mundo de ficción, pero pocos nos ofrecen tantos papeles en él como los fabricantes de relojes. En el reloj se concentran, por metonimia, todos los atributos de un aventurero que, como Alejandro Magno, desafía a los cuatro elementos: la tierra, el mar, el aire y el espacio intergaláctico. El reloj, que contiene un mecanismo miniaturizado, contiene también miniaturizado un prolijo disfraz. Arrancado de su geografía de ficción, este objeto sigue vinculado a ella y nos transfiere algunas de sus propiedades, un poco como una pulsera magnética. Un reloj es un objeto desplazado que nos desplaza, de manera que mientras una mano pone la lavadora o conduce el ratón por los meandros de un formulario en línea, la otra, la del reloj, está destazando cocodrilos en una estación orbital.  

Un reloj viene a ser el pedacito de ficción con el que salpimentamos nuestra vida de soseras. Un reloj es el embrague metaléptico que pone en comunicación el mundo real con un mundo imaginario del que somos monarcas o redentores laureados. Los relojes que prueban ser incapaces de establecer esa comunicación transontológica son mera bisutería factual.

Tengo el problema, no obstante, de que el catálogo de Iron Annie no es suficientemente preciso —quiero decir, estrafalario—, y no sé muy bien de qué tengo reloj. No sé si se me espera en el Nilo, en un submarino nuclear o en Alpha Centauri, y tener reloj no me eximirá de llegar tarde. François disipa mi incertidumbre al explicarme que el mío es un reloj de piloto: los hacen con la corona más grande de lo normal para que uno pueda ponerlos en hora sin quitarse los guantes. Yo me alegro porque, aunque los aviones me produzcan aprensión, llevar guantes es una cosa que me sucede con cierta frecuencia.   

Poco después me entero de que «Iron Annie» fue el sobrenombre que se dio a un avión de carga tipo Junkers que, aunque diseñado para el uso civil, sirvió también como bombardero en varias guerras del siglo XX. Ahora no puedo mirar la hora sin atravesar antes las ruinas de Guernica.

viernes, 20 de agosto de 2021

Estoy con Óscar en el parque, buscando bellotas para tirarlas al agua y escuchar cómo hacen «pluc», cuando oímos el ruido de un motor. Óscar aguza las orejas y dice «tío», que en su lengua quiere decir «helicóptero». Los helicópteros son una de las cosas que más le gustan; deben de parecerle animales mitológicos o dioses.

Cuando pasa sobre nosotros vemos que no es un helicóptero, sino una avioneta. No importa: si un hipopótamo puede ser un «guau guau» y yo puedo ser «mamá», no veo por qué una avioneta no puede ser un helicóptero. La saludamos al grito de «¡tío, tío!», haciéndole fiestas de náufrago. Pero entonces veo que la avioneta arrastra una banderola, y que la banderola hace publicidad de la AfD, por lo que dejo a Óscar en el suelo y me pongo a hacerle cortes de mangas.

Se conoce que hoy es el día escogido por ese partido xenófobo y reaccionario para entrar en campaña, porque sus militantes también han llenado de carteles las farolas de nuestro barrio. Si la banderola de la avioneta decía «Vota libertad», los carteles de las farolas precisan: «la libertad son los coches».

Los mismos que se ríen del partido animalista han hecho del suyo un partido automovilista. Otros carteles de la AfD y de los ultranacionalistas Hannoveraner prometen más plazas de aparcamiento en nuestro barrio. No sé cómo querrán hacer: si se crean más plazas de aparcamiento en el barrio, habrá que llevarse el barrio a otro barrio, porque ya hay coches aparcados en todos los sitios aparcables, e incluso en muchos otros sitios que en principio deberían servir para que los vecinos puedan cruzar las calles.  

Lógicamente, para un partido de extrema derecha es embarazoso que la libertad guarde algún nexo con los ideales ilustrados, con el desmantelamiento de vínculos neocoloniales, con el derecho a elegir el país de residencia o con la posibilidad de idolatrar los helicópteros que cada uno escoja. Por eso, se entiende que haya tenido que comprar en un todo a 100 una libertad de plasticurrio, que consiste en no vacunarse, tener un coche y que el municipio te pague un lugar donde dejarlo.

Muchos mártires de esa libertad han debido de decirse que, ya que de momento no puede haber más coches porque están ocupados todos los aparcamientos y todas las aceras, por lo menos pueden hacer que los coches sean más grandes. Y así es como poco a poco se nos va llenando la ciudad de SUVs.  

Estoy leyendo The Social Construction of Reality, y allí se dice que un objeto puede ser signo de hostilidad aunque no sea empleado con finalidad hostil. Un cuchillo clavado en la puerta, por ejemplo, no le hace daño a nadie, pero expresa inequívocamente una animadversión. Pues bien, eso son para mí los SUVs: un cuchillo clavado en la puerta.

Un SUV hace lo mismo que un coche normal —contaminar, atropellar, meter ruido, ocupar espacio, desgravar impuestos y transportar gente que casi siempre podría ir en autobús— pero además incluye 500 kilos de suplemento semiótico. Viene a ser lo que el diario del domingo al diario del lunes, pero a lo bestia.  

De esos 500 kilos extra, la mayoría sirve para expresar de una manera extravagantemente cara el desprecio por todos los seres vivos y por los esfuerzos que hacen muchos vecinos y algunos gobiernos por dejar un planeta más o menos habitable tras de sí.

Por supuesto, los vendedores de estos coches y los compradores que creen necesitarlos para superar sus enrevesados complejos traen siempre preparada una batería de excusas con las que se podría montar un buen monólogo cómico que a ellos mismos les haría sonreír si alguna vez hubieran cruzado la calle a pie delante de un SUV. Todos nos autoengañamos un poco, lo normal o mucho, pero el grado de iluso virtuoso solo lo alcanzan los propietarios de esos carros blindados para el uso civil con los que pretenden liberarnos a todos hasta la náusea.

domingo, 18 de julio de 2021

Estoy haciendo todo lo posible por no enterarme de nada de la campaña electoral alemana, pero los carteles me lo están poniendo crudo. En cuanto salgo en bicicleta me veo flanqueado por los miles de retratos que cuelgan desde hace unos días por toda la ciudad, a razón de tres o cuatro por farola. La sensación debe de ser parecida a la de los ciclistas del Tour bajo la mirada demente de forofos que, cuando menos se espera y con la mejor de las intenciones, pueden arrojarles a la cara botellas de agua o banderas nacionales.  

Los democristianos han puesto de candidato a un humanoide con el carisma de un besugo, y le hacen repetir proclamas que parecen escritas menos para traducirse en acciones políticas que para pasar el test de Turing (justico).

Los viejos comunistas, Die Linke, son todo lo contrario. No se pierden en difusas aritméticas sobre el dióxido de carbono, ni se dan de plazo las calendas griegas para el cierre de las centrales termoeléctricas. Por ejemplo: 

—¿Qué les parecen los SUV? 


—Mal, habría que prohibirlos.

Chúpate esa, besugo. (Y el besugo se la chupa. Capaz es).

Lógicamente, este tipo de propuestas razonables los han convertido en unos apestados políticos. Hace un par de semanas uno de los artículos de fondo de Die Zeit se escandalizaba de que pretendiera formar gobierno un partido contrario a la exportación de armas. Alemania ya ha renunciado a la energía atómica ¿y todavía hay quien tiene el cuajo de esperar que renuncie a hacerse cómplice de las masacres de regímenes autoritarios en los países subdesarrollados? ¿Qué sería entonces de la pobre Realpolitik?

Hay un partido nuevo, llamado Volt, cuyos carteles confundí durante un tiempo con anuncios de bebida energética. Hay otro partido —o quizá sea el mismo— que se compromete a darnos carriles bici como los de Dinamarca, transportes públicos como los de Suecia y plebiscitos como los de Islandia, donde se conoce que se vota mucho. Me parece dispendioso haber hecho un cartel para cada país escandinavo, pudiendo haber imprimido uno solo que dijera «culo veo, culo quiero». Porque además no hay suficientes culos en los carteles electorales; muchos caraculos sí, pero no culos propiamente dichos.
  

Los Verdes prometen más apertura cultural. Esto me choca, porque siempre me ha parecido que la inmensa mayoría de alemanes era ya tan receptiva a las culturas extranjeras que solo mediante un ejercicio espartano de la voluntad y un atávico miedo al ridículo podían contener sus ganas de salir a la calle en kimono. De hecho, conforme a mi experiencia, todos los alemanes son más españoles que yo, con excepción de los que se sienten catalanes.

Bien mirado, esto de prometer cosas que no hacen falta porque ya existen es una estrategia electoral con solera y eficacia garantizada. ¿A santo de qué, si no, concurren tantos a las urnas pregonando libertad, autopistas y menos impuestos para los ricos? Se expone uno mucho menos pidiendo apertura cultural y —como leo en otro cartel de los Verdes— más internet que pidiendo la reducción de la exportación de armas o, como acaba de comprobarse de manera harto edificante en otros pagos, la del consumo de carne.

Para los pocos alemanes que, sin dejar ser españoles —o quizá por serlo en demasía—, prefieren tener no más sino menos apertura cultural, el partido de ultraderecha, la tristemente célebre AfD, ha dado con un lema verdaderamente brillante. Es brillante porque destila su ideología de una manera tan pura, tan exacta, tan meridiana que las diecisiete primeras veces que lo vi me pareció una parodia. El eslogan es el siguiente: «Alemania, pero normal». No me digan que no es maravilloso. Resulta semióticamente imposible declarar más a las claras la beligerancia excluyente y la fantasía nostálgica con la que se han fraguado las sociedades más anormales.


viernes, 16 de julio de 2021

Ha ocurrido algo espantoso. Algo que me impide seguir escribiendo con la frecuencia habitual en estas páginas de plasma.

Lo que ha ocurrido es que el año pasado terminé de escribir una novela, una novelita de esas ligeras que se leen en lo que tarda el tren en llegar a Cercedilla. Yo pensaba que, con algo de suerte, alguna editorial indie vería el envite, le pondría una tapa en cuatricromía, la sacaría a cencerros tapados y yo podría cumplir mi sueño secreto de ser un escritor secreto.

He tenido, sin embargo, la desgracia de dar con una editora de extraordinaria generosidad, que ha visto en mi novela un montón de virtudes que yo no había puesto ahí, que no sé de dónde han salido, que parecen virtudes pero deben de ser erratas, y al final la novela —esa novela que, ya digo, está acomodada al traquetreo de un tren de vía estrecha— va a compartir catálogo con Julio Cortázar, con Otessa Moshfegh, con Carme Riera, con Peter Handke, con Mario Vargas Llosa y con muchos otros hombres y mujeres ilustres, laureados, nobelados o nobelables.

Yo estaba pensando que debería contar lo del diente de Óscar, pero creo que no lo voy a contar. Es una anécdota anodina, aunque también un poco repugnante, sobre todo por esa madre que también estaba en el parque infantil y que vino a decirnos que no era para tanto, que su hijo el otro día se había tragado el canto de un columpio y acabaron los dos, él y ella, chorreando sangre de la cabeza a los pies, y que al niño se le había caído un diente, pero que ella —no él— se lo había metido en la boca para que no se extraviase, en ese bolsillo de doble fondo que hay entre la encía y el carrillo, y luego el dentista tomó el diente con los dedos y se lo encajó otra vez al niño en la mella, tal cual, y que ahora ni se nota.

Solo que ahora, si cuento cosas así, a lo mejor me echan.  

Supongamos —es un suponer— que un día me acerco a la editorial a hacerme un selfie vacilón delante del edificio y da la casualidad de que en ese mismo momento sale de él Vargas Llosa. Porque, aunque parezca mentira, uno a Vargas Llosa se lo encuentra. Y Vargas Llosa, que siempre ha colmado de atenciones a los escritores principiantes como Javier Cercas, me reconoce y me dice «joven, que sepa que eso del diente es una asquerosidad; va usted a terminar devaluándonos el sello con tanta tontería».

(«Sello» es como llaman a las editoriales los escritores que ya no son, o que nunca llegaron a ser, escritores secretos).

Yo no puedo hacerle eso a Vargas Llosa. Y donde digo Vargas Llosa, digo Juan Gabriel Vásquez, Marcela Serrano o Manuel Vicent. Ahora lo que corresponde es escribir algo de empaque, algo que ponga el corazón en un puño y que no dé repelús como la historia del diente. Así que ando estos días con la aprensión a cuestas, cariacontecido y autocensurado.

Pero más tarde, de manera completamente fortuita, me pongo a leer a Proust, y me digo que si él puede llenar sesenta páginas contando cómo esperaba, trémulo de emoción, que su madre subiera a remeterle el embozo y a darle un besito de buenas noches, yo puedo contar lo del diente sin demasiados escrúpulos. Es más, no pasa mucho tiempo antes de que empiece a tomarle ojeriza a Proust, porque la historia del besito no quiere acabar nunca. El nene tiene ya barba cerrada y sigue piando por que suba la mamá, pero ella sigue en la salita tomando sorbete de apio y haciendo comentarios clasistas. ¿Cómo puede hacerle esto al pobre Vargas Llosa? Dejemos tranquilo a Vargas Llosa: ¿cómo puede hacerme esto a mí? Luego recuerdo que el sello de Proust es de otro grupo editorial y se me pasa el soponcio.

Por lo menos, no ser Proust: he aquí un objetivo a la altura de mis modestas capacidades. Ahora ya puedo contar lo del diente con la conciencia tranquila. 



jueves, 8 de julio de 2021

Hace una semana que estoy durmiendo yo al niño. Es un cambio bienvenido en este año de alienación implacable, porque, aprovechando que durante los diez primeros minutos de sueño no debo moverme apenas, so pena de despertarlo, me pongo los auriculares con mucho cuidado y escucho un cuentito de Borges. Luego, cuando le noto los brazos de pelele y la respiración profunda, lo deposito en su cuna, dejo a Borges en medio de uno de sus laberintos metafísicos y salgo de puntillas.

Esa es la fase recreativa; antes viene la fase embaucadora y juglaresca, en la que recito romances tremebundos o canto canciones indecentes en inglés. Cuando veo que los romances ya han surtido efecto y que el rorro está en el umbral de la morada hipnagógica, le doy un empujoncito recitándole en desorden cosas disparejas, que desprendan sus últimas conexiones racionales. Hoy le he recordado que en el portal nos ha saludado un caracol, y que hemos arrugado un papel para hacer una pelota, y que en el estanque hemos visto unas carpas enormes, y que luego se nos ha cruzado un helicóptero que hacía «top top top», y que parecía que pasaba por el cielo como descendiendo un tobogán, y que todas esas cosas lo acompañarían en la travesía de la noche. 

Óscar ha cerrado los ojos y yo echo mano de los auriculares, aproximándome mentalmente a la siguiente galería de la biblioteca de Babel. Con el hilo de voz de los hipnotizados, el niño repite «tío» —que es como llama al helicóptero—, «top, top, top»; y luego, tras una pausa:

—Mamá.

—Sí —susurro—, mamá va en el helicóptero.

—Papá —dice, a continuación, y yo me siento tontamente halagado al responder que sí, que también yo estaré allí, llevando de la mano al caracol, y que nos lo vamos a pasar de miedo lanzándonos por el tobogán aéreo y jugando a la pelota con las carpas. Óscar se sonríe y con un resto de energía, antes de que su hipotálamo apague la luz, convoca a un último compañero de viaje:

—Pedete.


domingo, 20 de junio de 2021

Amira tiene los mismos meses que Óscar, pero pesa la mitad. Lo noto cuando, a instancias de su madre, la ayudo a alejarse del tobogán para que pueda tirarse el siguiente niño. El siguiente niño es todo un hombre: debe de tener por lo menos tres años. Me recuerda a mi sobrino Lucas. Tiene los ojos grandes, oscuros, y un corte de pelo de futbolista. Óscar intentó jugar con él a la pelota, pero él la cogía y la arrojaba lo más lejos posible.

—Lo que me extraña es que no se la haya robado aún —dice la madre de Amira.

Kathleen y yo nos quedamos algo perplejos. Miramos a nuestro alrededor y vemos a la familia del niño, sentada en una de las mesas del merendero, comiendo patatas fritas y sirviéndose de grandes botellas de refresco. El comentario parece xenófobo, pero no nos cuadra, porque la propia Amira tiene aspecto de niña hindú. Kathleen me susurra que los padres del niño deben de ser gitanos, pero si me dice que son de Getafe, me lo creo.
 
Un rato después, el niño que se parece a Lucas le tira arena a Óscar a la cara. Es una cosa que he visto que hacen mucho los niños: en lugar de hablar, se tiran arena. Son como los pulpos de Arrival. Nosotros le decimos que en este planeta eso no se hace, y la madre de Amira dice que de todos modos no cree que entienda ni una palabra. Con un gesto despectivo del mentón señala a la familia de domingueros:

—Miradlos: seguro que entre ellos no hablan alemán.

—¡Nosotros tampoco! —respondo yo, bastante amostazado ya. No es cierto, evidentemente: a veces Kathleen y yo sí hablamos en alemán, aunque nuestra lengua franca sea el cheli.

Despechada, la madre de Amira se lleva a su hija a los columpios, y nosotros regresamos al tobogán. Al rato, Kathleen se acerca a nuestras bicicletas a mirar la hora y regresa diciendo que no encuentra su móvil. Volvemos nuestras cabezas instintivamente hacia el merendero: vacío.

Quiero creer que si no nos hubiéramos pasado toda la tarde hablando de gitanos ladrones, habríamos estado buscando el móvil entre el pasto durante más de un cuarto de hora antes de pensar que alguien lo había apandado. Sugestionados, nosotros pensamo primero esto último y luego buscamos, por si acaso, en todos los sitios en los que ha estado Kathleen. Cuando nos acercamos al lugar en el que está la madre de Amira, hacemos como si estuviéramos estirando las piernas: no queremos darle ninguna satisfacción. Nos fastidiaría conceder que la realidad es tan rupestre, que los estereotipos son el pronóstico meteorológico de la convivencia, que las apariencias son el fondo de la realidad. Deseamos encontrar el teléfono debajo de un banco, al pie de un árbol, dentro de un cubo, y poder exhibirlo con satisfacción como en testimonio de inocencia, como se hacía antes con las sábanas nupciales.

Otros padres advierten que echamos algo en falta y nos preguntan si pueden ayudarnos. Le contamos nuestro caso a una madre y nos sugiere que utilicemos un programa de rastreo. Como yo he salido sin móvil, nos apresuramos a volver a casa para hacerlo desde el ordenador. Una vez allí, Kathleen se registra en el programa y descubre, atónita, que el móvil aparece localizado muy cerca del parque infantil en el que estábamos, a apenas dos calles de distancia.

—Será que se te ha caído y que el rastreo es aproximado.

—No, no —dice ella, señalando la pantalla—. El radio de localización es el de este círculo verde. No está en el parque infantil, está en esta otra calle.

Yo infiero, entonces, que es allí donde los ladrones se han deshecho de la tarjeta SIM del teléfono, pero ella me hace notar que el programa informa también del nivel de batería que queda en el aparato. Hay que ir a ver en qué para aquello.
 
Kathleen se queda para darle la cena al niño, mientras yo embrido de nuevo la bicicleta y me marcho a hacer pesquisas. Hemos quedado en que cuando llegue a la zona del mapa que aparece marcada con el disco verde, llamaré a nuestro teléfono fijo y Kathleen le dará a un botón que hará que su teléfono, teledirigido, emita un potente pitido. ¿Y entonces, qué? ¿Podré enfrentarme a todo el clan de domingueros, cuando salgan esgrimiendo sus botellas de Fanta de dos litros? Por si las cosas se ponen serias, meto en el macuto las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein.  

Cuando llego al círculo verde me encuentro en un barrio residencial, bastante parecido al nuestro, de pisos resultones y balcones floridos. Llamo a Kathleen para pedirle instrucciones y ella me dice que, entre tanto, sus padres la llamaron por WhatsApp y les salió un señor muy simpático que vive en esa calle y que había encontrado el teléfono debajo de un columpio. Un minuto después, llamo a la puerta del señor simpático, que sostiene en un brazo a un churumbel en cueros mientras con la otra mano me tiende el móvil de Kathleen.

Pienso luego en volver al parque infantil, buscar a la madre de Amira y decirle que estaba equivocada, que la familia de Getafe es del todo inocente, o al menos tan inocente como todo el mundo. Que, como todo el mundo, aquella familia de falsos gitanos —o de gitanos verdaderos, quién sabe— sigue llenando de plástico los océanos, y emitiendo dióxido de carbono, y esquilmando las savanas africanas, y comprando tops cosidos a mano por niñas bangladesíes, pero que todavía no se ha decidido a asaltar a sus vecinos a pleno día. Sin embargo, dejo que mi bicicleta vuelva derecha al establo, por miedo a que los otros niños me tiren argumentos a la cara.

miércoles, 16 de junio de 2021

De antes era un bosque primordial, frondoso, presidido por grandes árboles centenarios; poblado también de maleza, de colonias gramíneas, de brotes rastreros. A primera vista no parecía haber allí nada aprovechable, pero cualquier paseante podía recoger puñados de bayas, raíces, frutas, piñones y nueces de los que desbordaba aquel ecosistema. La alborada era interrumpida por las animadas conversaciones de los pájaros. Los recodos tupidos y los troncos derribados hospedaban a millones de insectos, que a su vez alimentaban a toda clase de alimañas simpáticas y filosóficas.

Hoy, ese bosque anciano que era mi mente ha sido transformado en monocultivo. Las copas más majestuosas hace tiempo que fueron taladas para hacer sitio a las tierras productivas. Algunas arañas tejen aún sus redes entre las piedras del lindero, pero han volado las ficciones de ayer, los suplementos en prosa, las tiras cómicas para los sobrinos, las cándidas cancioncillas; las abejas y las ideas agonizan desorientadas, sulfatadas, y los blogs han decidido economizar sus fuerzas entrando en hibernación indefinida. Las madrugadas son ahora silenciosas; es entonces cuando salta la cerca alguna lectura furtiva, pero raro es el día en que consigue hacer presa.