Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

sábado, 20 de noviembre de 2021

Óscar se pasa el día señalando cosas y diciendo «este», «uno», «otro», todo ello con un acento que podría calificarse de gaditano, sin ánimo de faltar. Le preguntamos muchas cosas y él, ceceando, dice a todo que sí:

—¿Quieres escuchar música?
—Zí.
—¿Quieres salir a la calle?
—Zí.
—¿No prefieres quedarte aquí a hacer torres de tarugos?
—Zí.

A lo mejor desearía hacerlo todo a la vez y, como no tiene aún apenas noción del tiempo, no entiende que debe escoger entre distintas opciones.

Algo que, con toda seguridad, querría hacer todo el rato son croquetitas. Así es como llamamos al entrenamiento de volatinero que me tiene descoyuntado: yo lo lanzo sobre la cama y lo zarandeo de un lado a otro, como si estuviera rebozando croquetas. Él se ríe a carcajadas y pide «¡máazz!», o «¡no máz!», que quiere decir lo mismo, pero en alemán.
 
Se ha inventado una canción que dice «ma, ma, ma», y luego sube una tercera y dice «mi, mi, mi», repitiéndolo da capo y ad libitum. A veces lo que dice es «pa, pa, pa... pi, pi, pi...», pero menos, porque entonces se confunde con la canción de las croquetitas, que dice «pa-pa-pí... pa-pa-pú..», o con la canción del columpio, que va «pa-pí, pa-pú».

Durante varios días nos ha vuelto tarumbas gritando «¡oh, patata! ¡oh, patata!», hasta que comprendimos que lo que quería era que jugásemos a una especie de «aserrín, aserrán» cuya letra dice «hoppe, hoppe, Reiter». Aparte de eso, «patata» —que él suele pronunciar esdrújula— puede ser una piedra, un bulbo de jengibre, la nariz de mi suegro y ocasionalmente también una patata.

Esto, que puede parecer una fase primitiva del lenguaje humano, es en realidad el punto culminante del lenguaje humano. Hay animales que atribuyen signos a cosas, pero los seres humanos se inician rápidamente en los arcanos de la analogía y atribuyen el mismo signo a cosas que no guardan la menor relación entre sí. «Libertad», por ejemplo, puede ser no vacunarse, o sí vacunarse, o un coche, o la Revolución Francesa, o Isabel Díaz Ayuso. «Lista» puede ser una enumeración, una franja de tela o todo lo contrario de Isabel Díaz Ayuso. La palabra «músico», con sus flexiones de género, puede tener por referente a Taylor Swift, el Fary, Gloria Coats, Johann Sebastian Bach, Johann Sebastian Mastropiero, Ethel Waters, Enrique Santos Discépolo, Conchita Wurst, Óscar con su «pa-pa-pa», Ricchi e Povere con su «ma-ma-ma», el Dr. John, Rodolfo Chiquilicuatre, Toscanini, «Scarface y Napoleón, Yatasto y Marimón, Carrera y San Martín».

Óscar ya ha descubierto que todos somos unos, que todo es cambalache, todo patata.

Oh, patata.

miércoles, 27 de octubre de 2021

Ahora que la gente puede al fin prescindir de la mascarilla cuando camina por la calle, ya vuelve a haber escupitajos en el suelo y la ciudad de L*** recobra su flair característico. Yo intento hacerme algo más acogedor este palomar en el que, hasta la siguiente pandemia, pasaré dos o tres noches por semana. Enciendo de nuevo la nevera, cambio el filtro del agua y le imploro a la casera con humildad genuflexa que arregle el calentador. Mi casera es una de esas personas inasequibles a las órdenes pero vulnerables a la sumisión, por lo que manda arreglar el calentador de inmediato. Desgraciadamente, el fontanero debe de llamarse Schrödinger, porque solo cuando ya estoy bajo la ducha descubro si esa mañana va a haber agua caliente o no.

Los días en la universidad son complicados; tienen que dar de sí lo mismo que una semana completa y casi siempre me he olvidado en la otra ciudad los documentos de los que precisaba. Cuando termino de excusarme por haberlos olvidado, corro mi palomar a hervir una sopa de sobre y ver qué pone en la pantallita del calentador, salvo el viernes, que corro a tomar el tren de medianoche.

«Al menos en el tren puedes trabajar», me dice la gente, porque la gente tiene del tren una imagen publicitaria y no se da cuenta de que un tren alemán viene a ser como un metro esporádico e impredecible. Del tiempo que dura el viaje, la mayor parte me la paso en un andén, expuesto a los cuatro vientos, esperando un tren que debería haber llegado ya. Cuando al fin llega y me subo, termino sentado en el suelo de un pasillo porque todos los asientos están reservados; o engullendo un plato de arroz con verduras recalentado al microondas en el coche restaurante, que es lo único que he podido comer desde el mediodía; o vegetando en una butaca a las dos de la madrugada, a la merced de los neones implacables del vagón, después de haber perdido un transbordo.

Ocasionalmente consigo dar con un asiento libre y abrir sobre las rodillas el ordenador portátil. En esos momentos podría llegar a trabajar si no hubiese estado encadenando un resfriado tras otro, cortesía de esa coctelera de patógenos que es la guardería. Ahora soy ese tipo que tose al fondo del vagón y al que los demás pasajeros dedican miradas esquinadas.  

El fin de semana consiste en contar hacia atrás las horas que faltan para que termine el fin de semana y vuelva a abrir la bendita coctelera, es decir, la guardería. Veintisiete horas: leer tres cuentos, cambiar un pañal. Veintiséis horas: dibujar caracoles con las ceras, preparar el segundo desayuno. Veinticinco horas: despertar a Kathleen, lavarme la cara, cambiar otro pañal. Cuando la cuenta atrás se extingue, respondo los correos electrónicos de la semana anterior, compro sobres de sopa y corro a tomar el tren.

Temo estar convirtiéndome en uno de esos personajes de Gogol, de Poe o de Dostoïevsky cuya existencia iba siendo usurpada meticulosamente por un doble maléfico, que no le deja sino las funciones más indignas e ingratas de lo que otrora fue su vida: disculparse, esperar trenes, limpiar culos, toser. Para escapar a sus artimañas y recuperar una vida propia necesitaría un tercer lugar a medio camino entre la ciudad belga del trabajo y la ciudad alemana de la crianza. Es cierto que para llegar a ese tercer lugar la semana debería tener un octavo día y yo tendría que tomar más trenes aún. Pero en el tren al menos podría trabajar.

jueves, 16 de septiembre de 2021

A mediodía bajo al despacho de François, con quien he quedado para hablar de un asunto de ordenación académica moderadamente capital. Me hace entrar, abre la ventana, nos sentamos a una distancia pandémica y, cuando yo estoy a punto de abordar el tema moderadamente capital que me ha llevado allí, me hace un gesto imperioso.

—Espera, espera.

Se nota que algo lo ha turbado hasta el extremo de que a él, que es la locuacidad elevada al cubo y pasada por la semántica estructural saussuro-hjelmsleviana, le faltan las palabras.— A ver... ¿Tienes un reloj nuevo?

Yo asiento y me remango, algo ruborizado, porque me incomoda que la gente se entere de que gasto dinero.

Durante diez años llevé el mismo reloj, un reloj analógico, que era barato cuando lo compré pero entre reparaciones y cambios de pila acabó haciéndome perder cuatro o cinco veces lo que valía. El año pasado, justo después de haber pagado cuarenta euros por que le cambiasen la correa y le pegasen el número 7, que se había desprendido de la esfera, se le desprendió la correa, se me cayó y se le saltaron el 8, el 2 y, de nuevo, el 7.

Cansado de tirar el dinero, dejé de usar reloj: como, de todos modos, me pasaba el día delante de la pantalla, no me hacía falta. Pero una vez que hemos vuelto a la vida de trenes, clases presenciales y conciliábulos variados, no puedo pararme a abrir el ordenador a cada paso para mirar la hora, ni consultar el móvil mientras doy clase sin parecer un adicto a las redes sociales.

«¿Puedo verlo?», me pregunta François. Yo le tiendo la muñeca, pero él añade: «¿puedo verlo... de cerca?». Abro la hebilla y le tiendo el reloj. François lo toma entre las manos como si fuera el Cuerpo de Cristo, y parece recogerse en una ferviente oración. «¡Qué bonito es!», dice, con un hilo de voz.

Sí, he decidido gastar un poco más desde el principio y apostar esta vez por un reloj automático, que no me deje en la estacada en el momento menos esperado, como los relojes a pilas, sino en un momento esperable. Un reloj automático es, si bien se piensa, una máquina prodigiosa y ecológica, que se nutre de la energía cinética del propio cuerpo. Las más leves sacudidas del brazo hacen que gire una pieza con forma de media luna que le da cuerda constantemente. Si uno deja de usarlo durante un par de días, basta con girar unas cuantas veces la corona para ponerlo de nuevo en marcha.

El mecanismo de un reloj automático, tan próximo al perpetuum mobile, posee una gran belleza intelectual. Por desgracia, el tributo que los seres humanos rinden a la belleza suele consistir en desvirtuarla. Así, los coleccionistas de este tipo de relojes los exhiben en vitrinas móviles, que consumen electricidad para que no se paren aunque su dueño no los utilice.

Es difícil encontrar un reloj automático que cueste menos que el salario mínimo interprofesional. Pero más difícil aún es encontrar un reloj automático que no tenga connotaciones antidemocráticas. Muchas marcas de relojes automáticos, como Aristo, Regent o Erbprinz («príncipe heredero»), exhiben una nostalgia del Antiguo Régimen con la que mi pulso jacobino no puede avenirse. Descartadas. Otra de las más conocidas, aunque es suiza, se llama ETA. Descartada. Otra se llama Messerschmitt, que era el nombre de unos cazas de la Luftwaffe. También descartada.

Ya van quedando pocas cartas sobre el tapete, y me veo que a este paso me quedo sin peluco. Los zeppelines son unos inventos igual de maravillosos que los relojes automáticos, pero en el catálogo de la marca homónima el único modelo que puedo permitirme se llama «Hindenburg», en recuerdo de un autoritario mariscal de campo alemán o del dirigible nazi que honraba su memoria y que ardió en llamas sobre la costa de New Jersey en uno de los accidentes aeronáuticos más infaustos de todos los tiempos. Descartado. Y por descarte acabo llevándome un reloj de la marca Iron Annie, que es un nombre como de heroína de Disney agiornatta.

François y yo cruzamos esa tarde un par de correos electrónicos sobre los juegos de rol a los que invitan los catálogos de relojes para hombres. Es frecuente que estos artículos, en lugar de ordenarse conforme al precio, al tamaño o al material de que están hechos, sean clasificados por lo que esos hombres querían ser de mayores cuando tenían siete años. Así, la marca Fortis ofrece relojes para «Flieger» (es decir, para pilotos), para «Aeromasters», para «Marinemasters», para «Cosmonautas oficiales» y para «Cosmonautas clásicos». Estos últimos llevan por divisa «vestidos para el espacio», porque, obviamente, uno no puede desembarcar de cualquier manera en las lunas de Júpiter.

En el catálogo de Hanhart uno puede escoger entre ser un «pionero», un «campeón de carreras» o un «primus». Esto de «primus» no sé qué significa, pero en el interior de esa categoría se encuentran otras como «conductor de carreras», «submarinista», «piloto» o —no es lo mismo— «piloto del desierto».

Muchos anuncios publicitarios insertan sus productos en un mundo de ficción, pero pocos nos ofrecen tantos papeles en él como los fabricantes de relojes. En el reloj se concentran, por metonimia, todos los atributos de un aventurero que, como Alejandro Magno, desafía a los cuatro elementos: la tierra, el mar, el aire y el espacio intergaláctico. El reloj, que contiene un mecanismo miniaturizado, contiene también miniaturizado un prolijo disfraz. Arrancado de su geografía de ficción, este objeto sigue vinculado a ella y nos transfiere algunas de sus propiedades, un poco como una pulsera magnética. Un reloj es un objeto desplazado que nos desplaza, de manera que mientras una mano pone la lavadora o conduce el ratón por los meandros de un formulario en línea, la otra, la del reloj, está destazando cocodrilos en una estación orbital.  

Un reloj viene a ser el pedacito de ficción con el que salpimentamos nuestra vida de soseras. Un reloj es el embrague metaléptico que pone en comunicación el mundo real con un mundo imaginario del que somos monarcas o redentores laureados. Los relojes que prueban ser incapaces de establecer esa comunicación transontológica son mera bisutería factual.

Tengo el problema, no obstante, de que el catálogo de Iron Annie no es suficientemente preciso —quiero decir, estrafalario—, y no sé muy bien de qué tengo reloj. No sé si se me espera en el Nilo, en un submarino nuclear o en Alpha Centauri, y tener reloj no me eximirá de llegar tarde. François disipa mi incertidumbre al explicarme que el mío es un reloj de piloto: los hacen con la corona más grande de lo normal para que uno pueda ponerlos en hora sin quitarse los guantes. Yo me alegro porque, aunque los aviones me produzcan aprensión, llevar guantes es una cosa que me sucede con cierta frecuencia.   

Poco después me entero de que «Iron Annie» fue el sobrenombre que se dio a un avión de carga tipo Junkers que, aunque diseñado para el uso civil, sirvió también como bombardero en varias guerras del siglo XX. Ahora no puedo mirar la hora sin atravesar antes las ruinas de Guernica.

viernes, 20 de agosto de 2021

Estoy con Óscar en el parque, buscando bellotas para tirarlas al agua y escuchar cómo hacen «pluc», cuando oímos el ruido de un motor. Óscar aguza las orejas y dice «tío», que en su lengua quiere decir «helicóptero». Los helicópteros son una de las cosas que más le gustan; deben de parecerle animales mitológicos o dioses.

Cuando pasa sobre nosotros vemos que no es un helicóptero, sino una avioneta. No importa: si un hipopótamo puede ser un «guau guau» y yo puedo ser «mamá», no veo por qué una avioneta no puede ser un helicóptero. La saludamos al grito de «¡tío, tío!», haciéndole fiestas de náufrago. Pero entonces veo que la avioneta arrastra una banderola, y que la banderola hace publicidad de la AfD, por lo que dejo a Óscar en el suelo y me pongo a hacerle cortes de mangas.

Se conoce que hoy es el día escogido por ese partido xenófobo y reaccionario para entrar en campaña, porque sus militantes también han llenado de carteles las farolas de nuestro barrio. Si la banderola de la avioneta decía «Vota libertad», los carteles de las farolas precisan: «la libertad son los coches».

Los mismos que se ríen del partido animalista han hecho del suyo un partido automovilista. Otros carteles de la AfD y de los ultranacionalistas Hannoveraner prometen más plazas de aparcamiento en nuestro barrio. No sé cómo querrán hacer: si se crean más plazas de aparcamiento en el barrio, habrá que llevarse el barrio a otro barrio, porque ya hay coches aparcados en todos los sitios aparcables, e incluso en muchos otros sitios que en principio deberían servir para que los vecinos puedan cruzar las calles.  

Lógicamente, para un partido de extrema derecha es embarazoso que la libertad guarde algún nexo con los ideales ilustrados, con el desmantelamiento de vínculos neocoloniales, con el derecho a elegir el país de residencia o con la posibilidad de idolatrar los helicópteros que cada uno escoja. Por eso, se entiende que haya tenido que comprar en un todo a 100 una libertad de plasticurrio, que consiste en no vacunarse, tener un coche y que el municipio te pague un lugar donde dejarlo.

Muchos mártires de esa libertad han debido de decirse que, ya que de momento no puede haber más coches porque están ocupados todos los aparcamientos y todas las aceras, por lo menos pueden hacer que los coches sean más grandes. Y así es como poco a poco se nos va llenando la ciudad de SUVs.  

Estoy leyendo The Social Construction of Reality, y allí se dice que un objeto puede ser signo de hostilidad aunque no sea empleado con finalidad hostil. Un cuchillo clavado en la puerta, por ejemplo, no le hace daño a nadie, pero expresa inequívocamente una animadversión. Pues bien, eso son para mí los SUVs: un cuchillo clavado en la puerta.

Un SUV hace lo mismo que un coche normal —contaminar, atropellar, meter ruido, ocupar espacio, desgravar impuestos y transportar gente que casi siempre podría ir en autobús— pero además incluye 500 kilos de suplemento semiótico. Viene a ser lo que el diario del domingo al diario del lunes, pero a lo bestia.  

De esos 500 kilos extra, la mayoría sirve para expresar de una manera extravagantemente cara el desprecio por todos los seres vivos y por los esfuerzos que hacen muchos vecinos y algunos gobiernos por dejar un planeta más o menos habitable tras de sí.

Por supuesto, los vendedores de estos coches y los compradores que creen necesitarlos para superar sus enrevesados complejos traen siempre preparada una batería de excusas con las que se podría montar un buen monólogo cómico que a ellos mismos les haría sonreír si alguna vez hubieran cruzado la calle a pie delante de un SUV. Todos nos autoengañamos un poco, lo normal o mucho, pero el grado de iluso virtuoso solo lo alcanzan los propietarios de esos carros blindados para el uso civil con los que pretenden liberarnos a todos hasta la náusea.

domingo, 18 de julio de 2021

Estoy haciendo todo lo posible por no enterarme de nada de la campaña electoral alemana, pero los carteles me lo están poniendo crudo. En cuanto salgo en bicicleta me veo flanqueado por los miles de retratos que cuelgan desde hace unos días por toda la ciudad, a razón de tres o cuatro por farola. La sensación debe de ser parecida a la de los ciclistas del Tour bajo la mirada demente de forofos que, cuando menos se espera y con la mejor de las intenciones, pueden arrojarles a la cara botellas de agua o banderas nacionales.  

Los democristianos han puesto de candidato a un humanoide con el carisma de un besugo, y le hacen repetir proclamas que parecen escritas menos para traducirse en acciones políticas que para pasar el test de Turing (justico).

Los viejos comunistas, Die Linke, son todo lo contrario. No se pierden en difusas aritméticas sobre el dióxido de carbono, ni se dan de plazo las calendas griegas para el cierre de las centrales termoeléctricas. Por ejemplo: 

—¿Qué les parecen los SUV? 


—Mal, habría que prohibirlos.

Chúpate esa, besugo. (Y el besugo se la chupa. Capaz es).

Lógicamente, este tipo de propuestas razonables los han convertido en unos apestados políticos. Hace un par de semanas uno de los artículos de fondo de Die Zeit se escandalizaba de que pretendiera formar gobierno un partido contrario a la exportación de armas. Alemania ya ha renunciado a la energía atómica ¿y todavía hay quien tiene el cuajo de esperar que renuncie a hacerse cómplice de las masacres de regímenes autoritarios en los países subdesarrollados? ¿Qué sería entonces de la pobre Realpolitik?

Hay un partido nuevo, llamado Volt, cuyos carteles confundí durante un tiempo con anuncios de bebida energética. Hay otro partido —o quizá sea el mismo— que se compromete a darnos carriles bici como los de Dinamarca, transportes públicos como los de Suecia y plebiscitos como los de Islandia, donde se conoce que se vota mucho. Me parece dispendioso haber hecho un cartel para cada país escandinavo, pudiendo haber imprimido uno solo que dijera «culo veo, culo quiero». Porque además no hay suficientes culos en los carteles electorales; muchos caraculos sí, pero no culos propiamente dichos.
  

Los Verdes prometen más apertura cultural. Esto me choca, porque siempre me ha parecido que la inmensa mayoría de alemanes era ya tan receptiva a las culturas extranjeras que solo mediante un ejercicio espartano de la voluntad y un atávico miedo al ridículo podían contener sus ganas de salir a la calle en kimono. De hecho, conforme a mi experiencia, todos los alemanes son más españoles que yo, con excepción de los que se sienten catalanes.

Bien mirado, esto de prometer cosas que no hacen falta porque ya existen es una estrategia electoral con solera y eficacia garantizada. ¿A santo de qué, si no, concurren tantos a las urnas pregonando libertad, autopistas y menos impuestos para los ricos? Se expone uno mucho menos pidiendo apertura cultural y —como leo en otro cartel de los Verdes— más internet que pidiendo la reducción de la exportación de armas o, como acaba de comprobarse de manera harto edificante en otros pagos, la del consumo de carne.

Para los pocos alemanes que, sin dejar ser españoles —o quizá por serlo en demasía—, prefieren tener no más sino menos apertura cultural, el partido de ultraderecha, la tristemente célebre AfD, ha dado con un lema verdaderamente brillante. Es brillante porque destila su ideología de una manera tan pura, tan exacta, tan meridiana que las diecisiete primeras veces que lo vi me pareció una parodia. El eslogan es el siguiente: «Alemania, pero normal». No me digan que no es maravilloso. Resulta semióticamente imposible declarar más a las claras la beligerancia excluyente y la fantasía nostálgica con la que se han fraguado las sociedades más anormales.


viernes, 16 de julio de 2021

Ha ocurrido algo espantoso. Algo que me impide seguir escribiendo con la frecuencia habitual en estas páginas de plasma.

Lo que ha ocurrido es que el año pasado terminé de escribir una novela, una novelita de esas ligeras que se leen en lo que tarda el tren en llegar a Cercedilla. Yo pensaba que, con algo de suerte, alguna editorial indie vería el envite, le pondría una tapa en cuatricromía, la sacaría a cencerros tapados y yo podría cumplir mi sueño secreto de ser un escritor secreto.

He tenido, sin embargo, la desgracia de dar con una editora de extraordinaria generosidad, que ha visto en mi novela un montón de virtudes que yo no había puesto ahí, que no sé de dónde han salido, que parecen virtudes pero deben de ser erratas, y al final la novela —esa novela que, ya digo, está acomodada al traquetreo de un tren de vía estrecha— va a compartir catálogo con Julio Cortázar, con Otessa Moshfegh, con Carme Riera, con Peter Handke, con Mario Vargas Llosa y con muchos otros hombres y mujeres ilustres, laureados, nobelados o nobelables.

Yo estaba pensando que debería contar lo del diente de Óscar, pero creo que no lo voy a contar. Es una anécdota anodina, aunque también un poco repugnante, sobre todo por esa madre que también estaba en el parque infantil y que vino a decirnos que no era para tanto, que su hijo el otro día se había tragado el canto de un columpio y acabaron los dos, él y ella, chorreando sangre de la cabeza a los pies, y que al niño se le había caído un diente, pero que ella —no él— se lo había metido en la boca para que no se extraviase, en ese bolsillo de doble fondo que hay entre la encía y el carrillo, y luego el dentista tomó el diente con los dedos y se lo encajó otra vez al niño en la mella, tal cual, y que ahora ni se nota.

Solo que ahora, si cuento cosas así, a lo mejor me echan.  

Supongamos —es un suponer— que un día me acerco a la editorial a hacerme un selfie vacilón delante del edificio y da la casualidad de que en ese mismo momento sale de él Vargas Llosa. Porque, aunque parezca mentira, uno a Vargas Llosa se lo encuentra. Y Vargas Llosa, que siempre ha colmado de atenciones a los escritores principiantes como Javier Cercas, me reconoce y me dice «joven, que sepa que eso del diente es una asquerosidad; va usted a terminar devaluándonos el sello con tanta tontería».

(«Sello» es como llaman a las editoriales los escritores que ya no son, o que nunca llegaron a ser, escritores secretos).

Yo no puedo hacerle eso a Vargas Llosa. Y donde digo Vargas Llosa, digo Juan Gabriel Vásquez, Marcela Serrano o Manuel Vicent. Ahora lo que corresponde es escribir algo de empaque, algo que ponga el corazón en un puño y que no dé repelús como la historia del diente. Así que ando estos días con la aprensión a cuestas, cariacontecido y autocensurado.

Pero más tarde, de manera completamente fortuita, me pongo a leer a Proust, y me digo que si él puede llenar sesenta páginas contando cómo esperaba, trémulo de emoción, que su madre subiera a remeterle el embozo y a darle un besito de buenas noches, yo puedo contar lo del diente sin demasiados escrúpulos. Es más, no pasa mucho tiempo antes de que empiece a tomarle ojeriza a Proust, porque la historia del besito no quiere acabar nunca. El nene tiene ya barba cerrada y sigue piando por que suba la mamá, pero ella sigue en la salita tomando sorbete de apio y haciendo comentarios clasistas. ¿Cómo puede hacerle esto al pobre Vargas Llosa? Dejemos tranquilo a Vargas Llosa: ¿cómo puede hacerme esto a mí? Luego recuerdo que el sello de Proust es de otro grupo editorial y se me pasa el soponcio.

Por lo menos, no ser Proust: he aquí un objetivo a la altura de mis modestas capacidades. Ahora ya puedo contar lo del diente con la conciencia tranquila. 



jueves, 8 de julio de 2021

Hace una semana que estoy durmiendo yo al niño. Es un cambio bienvenido en este año de alienación implacable, porque, aprovechando que durante los diez primeros minutos de sueño no debo moverme apenas, so pena de despertarlo, me pongo los auriculares con mucho cuidado y escucho un cuentito de Borges. Luego, cuando le noto los brazos de pelele y la respiración profunda, lo deposito en su cuna, dejo a Borges en medio de uno de sus laberintos metafísicos y salgo de puntillas.

Esa es la fase recreativa; antes viene la fase embaucadora y juglaresca, en la que recito romances tremebundos o canto canciones indecentes en inglés. Cuando veo que los romances ya han surtido efecto y que el rorro está en el umbral de la morada hipnagógica, le doy un empujoncito recitándole en desorden cosas disparejas, que desprendan sus últimas conexiones racionales. Hoy le he recordado que en el portal nos ha saludado un caracol, y que hemos arrugado un papel para hacer una pelota, y que en el estanque hemos visto unas carpas enormes, y que luego se nos ha cruzado un helicóptero que hacía «top top top», y que parecía que pasaba por el cielo como descendiendo un tobogán, y que todas esas cosas lo acompañarían en la travesía de la noche. 

Óscar ha cerrado los ojos y yo echo mano de los auriculares, aproximándome mentalmente a la siguiente galería de la biblioteca de Babel. Con el hilo de voz de los hipnotizados, el niño repite «tío» —que es como llama al helicóptero—, «top, top, top»; y luego, tras una pausa:

—Mamá.

—Sí —susurro—, mamá va en el helicóptero.

—Papá —dice, a continuación, y yo me siento tontamente halagado al responder que sí, que también yo estaré allí, llevando de la mano al caracol, y que nos lo vamos a pasar de miedo lanzándonos por el tobogán aéreo y jugando a la pelota con las carpas. Óscar se sonríe y con un resto de energía, antes de que su hipotálamo apague la luz, convoca a un último compañero de viaje:

—Pedete.