Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

sábado, 11 de junio de 2022

Mis suegros se han llevado al niño al zoo y Kathleen está de congreso, así que puedo dedicar esta mañana de sábado a corregir exámenes y responder correos electrónicos atrasados. O bien puedo hacer como si todavía tuviese actividad cerebral y acercarme a ver una exposición que hay en el Museo Regional de Hannover y que lleva un título sugestivo: «La invención de los dioses».

Resulta que los dioses se inventaron en el Neolítico. Esa era teológica arrancó con bastante retraso en Baja Sajonia, porque el suelo era arenoso y menos fértil que el de las regiones meridionales, de modo que durante una prórroga de más de mil años los cazadores-recolectores de esta región continuaron sus vidas silvestres, despreocupadas y ateas. Solo cuando finalmente comenzaron a roturar la tierra y a domesticar animales —es decir, cuando empezaron a hacer previsiones sobre el curso de los acontecimientos— tuvieron que inventar dioses a los que echar la culpa de que los acontecimientos no salieran como ellos habían previsto.

A los dioses les ofrecían hachas de piedra nunca utilizadas. Las enterraban supongo que pensando no tanto en dioses personales como en fuerzas ignotas a las que ofrendaban esos instrumentos de transformación de la naturaleza. Un católico hoy (es decir, ayer) le llevaría a su santito un exvoto, por ejemplo un pie o una teta de cera. El feligrés neolítico, en cambio, le habría llevado un bote de agua oxigenada o un aerosol de Réflex, que son cosas de un mayor refinamiento simbólico. De hecho, cuanto más lo pienso menos claro me queda si imploraban el favor de los dioses o si, por el contrario, los extorionaban. ¿Qué pensaría el djinn de los bosques al encontrar bajo un dolmen una colección de hachas afiladas?

Al salir del museo me encuentro con todos los dioses inventados. Quiero decir que el Maschpark acoge este fin de semana una feria de religiones, cada una con su puestecito y sus prospectos. Como aún no ha llegado la hora de comer, me paseo un rato entre las carpas. En varias de ellas hay catedrales construidas con piezas de Lego. En las de las obras diaconales se promocionan utensilios para dar masajes o para ejercitar las articulaciones. Dos parejitas de musulmanes pelan la pava a la puerta de una jaima. El stand de los yazidíes tiene los dioramas más informativos y nutridos de texto. Los católicos, en cambio, tienen a un papa Francisco de cartón, a tamaño natural. Un colega mío tiene en su despacho un Sartre de cartón, y yo me pregunto de dónde saca la gente estas cosas, y por qué me resultan tan hilarantes. Tenía que haberme hecho un selfie con el Papa, se me ocurre cuando ya estoy de regreso, ¡qué rabia! La caseta de los judíos está cerrada porque es sábado (y la pena es que esta feria continúe el domingo: de otro modo, la jugada habría sido conceptualmente billante). Algo más allá los visitantes pueden subirse por turnos a un globo aerostático, que es sin duda la forma más rápida y menos incierta de alcanzar el cielo. Y, donde quiera que uno pose la vista, una ruleta. Cada religión parece tener la suya: los curiosos pueden hacerlas girar y conseguir un bolígrafo, una alfombrilla de ratón, una indulgencia plenaria o la condenación eterna.

Esto es, en definitiva, una Feria del Libro sin libros. No estoy seguro de si me parece enigmáticamente genial o genialmente enigmático. ¿Se trata, como en los mercadillos de artesanía o en los paseos marítimos, de deambular hasta que algo nos llame lo bastante la atención como para comprarlo? ¿Puede ser una suscripción a la revista de la iglesia Bahaí el regalo que finalmente triunfe en las próximas navidades? ¿O bien debemos estudiar, como si se tratase de compañías aseguradoras, la religión que mejor se acomode a nuestro modus vivendi? Los humanos, desde el Neolítico, hemos inventado tantas maneras distintas de ganarnos el pan que cada uno necesita extorsionar a un dios hecho a su medida.

Para que el ambiente sea todavía más loco, este rastrillo espiritual coincide con la cita anual de una asociación de trajes regionales, por lo que muchas mujeres llevan basquiña, cofia y refajo, y se ve a muchos hombres con sombreros de copa que parecen sacados del País de las Maravillas y chaquetas que de arriba bajo todo son botones, como los pantalones de la Tarara.

Oigo unas corcheas sincopadas y mis pies, sedientos de música en vivo, me conducen hasta un remolque blanco que podría haber sido un camión de los helados, solo que dentro no hay helados, sino una banda de metales. Desde la calle uno puede escoger una canción de una lista, indicar su número girando dos discos e introducir una moneda en una ranura: entonces, las persianas que cierran el remolque se abren automáticamente y los músicos de esta rocola viviente se ponen a tocar. Un cartel afirma que vienen de Laponia, aunque vistan de mormones o de camareros. Quizá esos sean sus trajes regionales, uno nunca sabe.  

Casi todo su repertorio está compuesto por himnos religiosos con arreglos de jazz; el hecho de que la lista incluya la canción de la abeja Maya o el tema de los osos Gummi me desconcierta, aunque tampoco puedo decir que me sorprenda: hace ya muchas décadas que en las parroquias se cantan canciones de los Rolling Stones sin que nadie se sonroje. Evidentemente, no puedo dejar de echar una moneda, y escojo un clásico del soul que yo siempre he cantado a lo profano: «this little ass of mine / I’m gonna let it shine».

En la exposición sobre la invención de los dioses, lo más parecido a la representación de un dios que uno puede ver es una estatuilla de madera del tamaño de un mando a distancia. Se trata de una talla sencilla, hecha con cuatro tajos diestros, que representa a un hombre de rasgos mongólicos: cara de plato, mejillas achatadas, ojos rasgados y la boca abierta en una sonrisa contagiosa. Es la sonrisa de alguien que todavía no sabe cómo suena una banda lapona de dixieland, pero que ya ha comenzado a imaginarlo. La cartela dice que podría haber sido un regalo dentro de los contactos entre los cazadores y los agricultores, en ese largo milenio mesolítico durante el cual ambas civilizaciones se estuvieron mirando de reojo. Esa estatua nos muestra —continúa la cartela— «la sonrisa más antigua del mundo». Quizá sea también el dios más antiguo.

jueves, 2 de junio de 2022

Treinta y seis horas después de la última intervención bélica en mi dentadura, y a pesar de tres paracetamoles y un ibuprofeno, mi jueves seguía siendo algo demasiado delicado que había caído desde una altura demasiado elevada, así que lo di por irreparable, metí al niño en el remolque y me lo llevé al parque infantil del Eilenriede (aquel en el que, en episodios anteriores, a Kathleen no le robaron el teléfono móvil).

Óscar aún no acaba de fiarse de los toboganes. Los mira con mucha circunspección, los golpea como calibrando su estabilidad, y solo tras muchas vacilaciones consiente en tirarse, pero a condición de que yo lo lleve de la mano como si fuera la anilla del autobús.

—Si esto es muy fácil —le digo—. Mira lo bien que lo hace ese... esa...

Le doy vueltas durante varios segundos, sin encontrar el término exacto: no es necesariamente un niño, tampoco una niña, y es demasiado grande para calificarlo de bebé. Sus padres lo han vestido con unos colores tan neutros y lo han abrigado tan insólitamente en esta tarde de junio que debo rendirme a la evidencia:

—Mira lo bien que lo hace ese niñe.

Es la primera vez que utilizo esa flexión, y me da tanta vergüenza que, si me hubiera oído alguien que no fuera Óscar, se me habría caído la cara mientras, por no saber dónde meterme, me tragaba la tierra.

Luego, durante esos segundos desabridos que quedan entre salvar a mi hijo de los peligros que lo acechan y salvar al mundo de los peligros que él provoca, reflexiono y me digo que tampoco es para tanto. Ya está, «el niñe», lo he dicho, ¿qué pasa? Cortar de vez en cuando el nudo gordiano del dimorfismo morfosintáctico del español no me convierte en un enemigo de la gramática, digo yo. Y además (eso no es una araña, Óscar, es una mosca, y no hace nada), igual un parque infantil no es el mejor lugar para andar esforzándose en determinar en el papel que podría jugar en la reproducción cada persona con la que nos cruzamos.

Al final, esa es la madre del cordero (la araña tampoco te iba a hacer nada, tenía más miedo que tú). Una lengua no es sexista —o no es más sexista que marxista, capitalista o adventista de séptimo día, como gusta de puntualizar Álex Grijelmo—, pero sí nos obliga a prestar atención a ciertas cosas, como los caracteres sexuales, que no siempre tienen por qué parecernos relevantes. Este era el argumento con el que los lingüistas Roman Jakobson y Franz Boas matizaban la famosa tesis de Sapir y Whorf sobre el influjo que tiene la lengua materna en la percepción de la realidad. Una lengua permite expresar todo tipo de pensamientos, pero también impone la expresión de ciertas cualidades. Como resume Guy Deutscher en El prisma del lenguaje, si una lengua influye en la mentalidad de sus hablantes no es por lo que les permite decir, sino por el tipo de información que les obliga a considerar.
 
Vuelvo a leer estos días sobre ello en un trabajo de fin de grado singularmente bueno, cuyo autor cita varios estudios experimentales en los que se demuestra que el masculino genérico fomenta representaciones imaginarias androcéntricas: sexólogos de sexo masculino, barones varones y hombres-orquesta hombres. Esto no necesariamente confirma la tesis de Sapir-Whorf, porque recuerdo haber leído un artículo (una cosa es que no les tengas miedo a las arañas, y otra que te las comas) que constataba las mismas representaciones mentales entre quienes leían una frase por el estilo de «una estrella de la cirujía ha culminado el primer transplante ocular», en cuyas cabezas la estrella devenía en estrello. Y, por supuesto, muchos hablantes de lenguas sin género asumen que los hombres-orquesta, los barones y los sexólogos son, en principio, señores.
 
Ahora bien, estos experimentos se suelen centrar en las denominaciones de profesiones, y me termino preguntando (si te vas a tirar por el tobogán, gordito, a lo mejor tienes que soltar la pierna del niñe; y luego dirán que los teléfonos móviles nos distraen, ¡me río yo de los móviles!, ¿qué estaba yo diciendo? Ah, sí, «me termino preguntando»), me termino preguntando si no convendrá aceptar de entrada que la disyuntiva entre masculino genérico y lenguaje inclusivo no es igual de relevante en todos los contextos.  

Porque las implicaciones o las repercusiones sociales son distintas cuando uno habla de «genios», de «científicos» o de «políticos» que cuando uno habla de «vecinos», de «espectadores» o de «niños». Es más (los pies primero, Óscar; cuando seas mayor de edad te podrás tirar por el tobogán de cabeza): en contextos como este parque infantil, hablar de padres que cuidan a sus hijos, aun pensándolo como masculino genérico, podría favorecer la implicación de los varones en la crianza.

En esta pelea de perros en la que se ha convertido el debate sobre el sexo de la lengua casi todo el mundo va con todo y se azuzan soluciones sistemáticas y maximalistas: las duplicaciones a gogó y a gagá, el femenino genérico a machamartilla o el truquillo este de les niñes, que tiene la virtud, con todo, de ser lo más económico y lo que menos relieve da a la entrepierna. Pero el esfuerzo cognitivo que exigiría aplicar sin excepciones cualquiera estas propuestas no siempre será igual de rentable en términos políticos. Yo mismo acabo de decir «niñe» porque me agotaba y me incomodaba decidir el sexo —o el género culturalmente construido— de una persona de reducido tamaño y corta edad. A veces (deja de echarte arena por encima, bonito, que luego te pica el culo y no sabes por qué), a veces nos obcecamos en defender soluciones coherentes y sistemáticas como si el resto de nuestra vida no fuera ya el puto caos.

miércoles, 18 de mayo de 2022

Amaury llega tarde porque estaba durmiendo al niño, que anda con bronquitis. David, otro de los que debíamos encontrarnos esta tarde para cenar en lo que antes fue la librería Livre aux Trésors, y que hoy es una pizzería de moda, no puede venir porque no le ha dado permiso su reloj.
 
David es futbolista semiprofesional. Acaba de ascender de división y tiene que correr no sé cuántos kilómetros al día. Si no lo hace, le regaña el reloj digital que le ha regalado el club, y que debe llevar permanentemente en la muñeca. Ascender de división ha sido para David algo así como obtener un tercer grado penitenciario. En primera supongo que no te dan un reloj, sino unos grilletes unidos mediante una cadena a una bola de hierro macizo.  

David, por si fuera poco, tiene casi dos niños. Uno calculo yo que debe de tener la edad de Óscar, y el otro puede llegar en cualquier momento, así que tampoco era cosa de irse con los amigotes a la pizzería. A mí me extraña que el reloj no tenga nada que decir a ese respecto, porque los niños de esas edades son lo peor que hay para el rendimiento físico. Si fuera consecuente, el reloj debería interrumpir los momentos de intimidad de David conectando por videollamada con el míster o cantando aquello de Les Luthiers: «¡píldoras, píldoras... anticon-cep-ti-vas!».

Total, que pedimos las pizzas y Amaury cuenta una historia demencial que oyó en una visita que hizo el otro día con sus estudiantes a los juzgados. Un tipo quiere vender su coche; un comprador potencial le manda un mensaje de móvil y quedan en el centro. El comprador potencial se muestra muy interesado, pero insiste en probar el coche antes de hacer el alboroque. Se montan los dos y el vendedor dice «pon mi dirección, así ves cómo funciona el GPS y me dejas en casa». El comprador pone su dirección, pero al cabo de 15 minutos están en un dédalo de calles grises y deshabitadas. «¿Adónde me has traído, tío?». «Ah, tú te habías olvidado de que le debías 15.000 euros al bueno de Ahmed, pero ya vas recordando, ¿verdad que vas recordando? Yo creo que sí vas recordando. 15.000 pavos se buscan rápido». El vendedor no se deja amilanar y se lanza sobre su extorsionador, mientras detrás de las ventanillas el paisaje huye a 150 kilómetros por hora. El coche derrapa y se sale de la calzada. Ambos, milagrosamente ilesos, siguen forcejeando, pero Ahmed, o aquel que hablaba de Ahmed y que quizá se llame de otra manera, consigue expulsarlo del coche y se escapa a toda mecha. Muchos kilómetros después, llega a un establecimiento de lavado y le pide a un empleado que le pase el aspirador por las alfombrillas. El empleado no quiere hacerlo, o igual ya lo ha hecho pero no con tanta dedicación como esperaba el otro, así que una vez más acaban partiéndose el bautismo, y Ahmed o quien quiera que fuese coge un destornillador que andaba por allí y se lo clava al del aspirador en el único lugar del cuello en el que uno puede llevar un destornillador y vivir para contarlo.


El juez interrumpe el relato antes de que Ahmed llegue al momento en el que fue finalmente detenido. «Esta causa tiene demasiados vericuetos; prosigamos la vista dentro de dos semanas». «Ah, no, Señoría» replica Ahmed; «dentro de dos semanas no puedo, que tengo examen en la uni».

—No me jorobes —dice Alexis, que es nuestro tercer comensal—; igual le doy clase yo.

—Seguramente. Pero espera —dice Amaury— espérate, que falta lo mejor. Es que no te vas a creer quién era el fiscal. Cuando te lo diga, es que no te lo vas a creer, no te vas a recuperar en la vida. ¿Sabes quién era el fiscal?

—¿Quién era el fiscal? —pregunta Alexis.

—Agárrate: el fiscal era el primo de Gauthier.

—¿Quién es el primo de Gauthier? —pregunta Alexis.

Luego charlamos sobre sobre Savitzkaya, Wauters, Demoulin, Johannin. Amaury destaca los méritos de cada uno con rara finura hasta que nos llaman a capítulo nuestros relojes, nuestros trabajos, nuestros hijos con bronquitis. Mi reloj, en la vida real, es un cepillo de dientes: el cepillo de dientes eléctrico que tuve que comprarme bajo amenazas de mi dentista, y que me tiene tiranizado. Si hago lo que me pide, la pantalla del mango sonríe con estrellas en los ojos y mi cerebro chapotea en dopamina. En cambio, cuando me entran las prisas, el cepillo hace una mueca de profunda decepción que me hunde para el resto de la semana. Se conoce que también he ascendido a la segunda división de algo, no sé de qué.

sábado, 30 de abril de 2022

A finales de enero leí una entrevista con José Luis Alcaine, que ha sido director de fotografía de muchos de los clásicos recientes del cine español. En ella lanzaba sobre el tapete una hipótesis fascinante: la de que el cine actual deja menos poso en los espectadores porque determina su atención en exceso. Las películas del día se ruedan abriendo mucho el diafragma de la cámara, con lo que queda desenfocado todo salvo aquello que el director quiere que se mire. Entre los años 1940 y 1970, decía Alcaine, se hacía lo contrario: se rodaban escenas con gran profundidad de campo en las que había tantas cosas que podías pasarte luego horas diseccionando la película.

En las entrevistas de estas últimas semanas sobre La Edad de Tiza hemos hablado mucho de cómo contar el pasado reciente y, a fuerza de darle vueltas y de explicarlo mal muchas veces, termino echando mano de esta ideaca de la profundidad de campo, que puede ayudar a aprehender lo que hay de traición en la mirada nostálgica. La mirada nostálgica es la que se consigue con el cierre de diafragma, con el primer plano extremo de unas sandalias cangrejeras, de un dispensador de caramelos PEZ, de una Game Boy o de la bruja Avería. Esa mirada falsea el universo semiótico de cualquier época, siempre mucho más complejo que la suma de los objetos que lo componen.

La historiografía académica no tiene por qué tener una mayor profundidad de campo que la de la ficción histórica, y de hecho no la tuvo durante todos los siglos en los que la Historia se desplegó en los manuales como un leporello de episodios bélicos. Todavía hoy un historiador cultural puede opositar a cátedra ignorando el lenguaje de las flores, o el pronombre de cortesía que debe aplicarse al deán catedralicio, o los usos de las aucas, o la pronunciación de la cedilla medieval, o el código de conducta durante los rituales religiosos, o los ruidos que atronaban las calles en la época de la que es especialista.

Por eso —entre otras causas— yo soy defensor de transcribir los textos de los cuatro últimos siglos manteniendo la ortografía original. Lo contrario es abrir el diafragma: maquillar las arrugas del lenguaje, inyectar bótox en los significantes. Esas operaciones estéticas generan la ilusión, sagazmente formulada en un libro reciente por Santiago Díaz Lage, «de que ninguna distancia histórica nos separa de aquel estado de lengua»; y ello, a su vez, «puede sesgar la interpretación», ya que también los significados han ido madurando, macerando, arrugándose, alterándose.  

Creo importante conocer —o, mejor dicho, aspirar a conocer, aunque ese conocimiento solo pueda ser, por fuerza, ridículamente parcial y fragmentario— esos detalles nimios y banales que componían la percepción epidérmica de la realidad cotidiana, porque en ellos se cifra la resistencia del pasado a nuestros reflejos mitómanos y universalistas. Basta con remontarse unas pocas décadas para comprobar cómo incluso la fisonomía humana se ha transformado sutilmente, desde aquella época en la que menos gimnasio, menos azúcar y menos comida producían cuerpos fibrosos, magros, chatos, culibajos y reconcentrados.

La arqueología de los objetos fósiles del pasado reciente puede aportar profundidad de campo, pero solo si se los desentierra con determinada actitud. La actitud nostálgica los aisla en una mirada contemplativa, bidimensional, que no enfoca lo que queda detrás ni lo que queda delante del objeto; pero si arqueología cultural transforma la contemplación en algo más discursivo y articulado, el resultado puede ser verdaderamente pedagógico.

Pensemos en ese gesto perdido de actor antiguo que consiste en meterse el pañuelo entre el cuello de la camisa y la piel. Arturo Barea decidió comenzar con ese gesto la última novela de una trilogía que es lo más cerca que quizá pueda estar uno de experimentar la vida cotidiana en el Madrid de principios de siglo: «El calor de agosto disuelve el almidón. El interior del cuello planchado se convierte en un trapo húmedo y pringoso; la tela exterior conserva su rigidez y sus aristas rozan la piel sudorosa». En la incomodidad del cuello deformado hay algo del pasado que no es nostalgia, como lo había en la caligrafía —que podía ser «española, inglesa o francesa», nos recuerda Díaz Lage—, en la cadencia del paso —mi amiga Giselle dice que le ha bastando con ver andar a alguien para saber que era de Venezuela— o en la manera de sostener un cigarrillo.

(Esto de sostener un cigarrillo ya va camino del museo de artes populares. Uno puede ver en la pantalla a actores que sostienen un cigarrillo como si sus dedos hubieran estirado la pata seis horas antes. Se llevan el pitillo a los labios con un exceso de premeditación y de precaución del que puede deducirse que faltaron a clase el día que daban el sistema Stanislawski).
 

No hay esquina del barrio de Salamanca que no luzca estos días un anuncio de la adaptación teatral de Tea Rooms, la novela-reportaje que Luisa Carnés escribió en 1934, y que trata de los sinsabores de unas camareras de un salón de té. A mí me exaspera que en el cartel aparezcan cruasanes y macarons. Algunos cruasanes sí que salen en la novela, pero macarons, ninguno. Dice la Wikipedia que estos dulces se inventaron en el siglo XVI, pero yo el primero que vi en mi vida lo vi en internet, no digo más.

Mi amigo el crítico marxista-althusseriano ha ido a ver la puesta en escena de Tea Rooms y está que trina porque han suprimido el alegato revolucionario-bolchevique con el que Carnés cerraba la novela. Yo no me habría atrevido a esperar tanto del Madrid que ha encumbrado a Díaz Ayuso, aunque sí habría creído posible evitar los macarons. Pero claro, el barrio de Salamanca exige también ese tipo de concesiones.

En la novela se mencionan los mantecados, los hojaldres, las pastas de té, las ensaimadas, los pasteles de nata, los «pan cakes» —que no sé si serían fruitcakes o tortitas—, los brioches, los mantecados, los puddings, los huevos de Pascua de chocolate, los merengues y unos bizcochos llamados «soletillas». Estas soletillas son lo contrario de los macarons: para mí representan el pasado inaprensible, el detalle que se resiste a la analogía facilona, a la actualización ruidosa de la trama obrerista. Si meciéramos esa soletilla en la palma de la mano y nos la llevásemos a la oreja, probablemente nos diría: «el mundo en el que vivieron estas mujeres ya está muy lejos del vuestro. Nunca lo comprenderéis por entero».

domingo, 27 de marzo de 2022

No fui, ni mucho menos, de los colegas más íntimos de Jean-Pierre B. No tenía su número de teléfono. Nunca lo vi fuera del contexto académico, salvo en las reuniones de fin de año o en algún aperitivo improvisado después de una junta de facultad. Y sin embargo, hay algo de obsesivo en su súbita muerte. Solo éramos colegas, pero como me hace notar Kristine, tratamos a muchos colegas con más asiduidad y aun con más intensidad que a muchos parientes.

Hace seis años se conoce que hubo un momento efímero de distensión y relajo, porque una tarde, después de una junta de Facultad, ocurrió algo que no ha vuelto a suceder desde entonces, y es que cuatro o cinco profesores acabamos tomando cervezas en la cafetería de enfrente. Entre ellos, Jean-Pierre. Yo acababa de solicitar la excedencia para ir a Madison, y todos me preguntaban si había visto la película de Clint Eastwood —que, en realidad, transcurre en otro Madison—; alguien habló de los muchos belgas que habían emigrado a aquella región (unos meses más tarde visitaría, efectivamente, la Bruselas de Wisconsin); otro, comprensiblemente envidioso de mi suerte, sugirió que yo pagase las cervezas, y Jean-Pierre dijo que debería aprovechar mi excedencia para organizar un congreso e invitarlos a todos, de manera que pudiéramos encontrarnos allí y seguir charlando y bebiendo, al abrigo de todas esas reformas legales y administrativas que nos pudrían y siguen pudriendo la existencia.

El martes pasado fui al tanatorio a dar el pésame a la familia. El miércoles era el entierro, pero coincidía con dos de mis clases. Como todavía tengo seis o siete horas que recuperar de cuando me escapé a Madrid, me pienso mucho si mantenerlas o no. Intenté imaginar qué habría hecho el propio Jean-Pierre, pero enseguida me persuadí de que ese ejercicio mental de ventriloquía ultraterrena era, en general, injusto, y en el caso particular de Jean-Pierre, además, ridículo, pues una de las cosas que caracterizaban sus intervenciones públicas era la capacidad de adoptar ángulos sorprendentes, de hacer propuestas inesperadas, de neutralizar con salidas de pata de banco los dilemas bizantinos en que se agota nuestra vida institucional.

Si algo me ha quedado claro en los trece años en los que traté a Jean-Pierre, ha sido que, entre la vida y el protocolo, él siempre tomó el partido de la vida: de la vida gastada en aprender, en conversar, en comer, en escribir. Cuando fue decano, conducía las juntas de Facultad a uña de caballo, con prisa por pasar a otra cosa. Por eso, por no inclinarme ante el protocolo, me decido a mantener mis clases. (La muerte es el peor de los protocolos, el trámite contraproducente, la gestión que postponemos hasta que el plazo —y uno— expira). Con lo que no contaba era con encontrarme a los estudiantes cariacontecidos, llorosos, alguno incluso tan incapacitado para seguir la lección que se excusa y abandona la sala entre hipidos.

A veces cuando me aburro en las reuniones, dibujo a mis colegas con la mano izquierda. Mientras que la mano derecha percibe la quidditas, la categoría general, la mano izquierda percibe la hæcceitas, lo intransferible del individuo. Pero ni siquiera con la mano izquierda conseguí sacarle el parecido a Jean-Pierre, ya que su rasgo más distintivo era la ironía que le centelleaba en la mirada. Aunque era una eminencia internacional, experto en poetas malditos y editor de clásicos benditos, poseía la virtud de no tomarse demasiado en serio. Un fanzine de estudiantes recogía hace poco una frase, dicha en el aula, que lo retrata a la perfección:

—¿Ah, sí? Ah, sí, puede ser... Es ingenioso. No había pensado en ello. Ahora, que igual lo que usted dice no tiene sentido. A fin de cuentas, ¿qué más da, verdad?

He oído decir que estaba organizando un congreso al que iba a invitarnos a todos.

martes, 8 de marzo de 2022

Los fines de semana siempre tenemos que estar malo alguno: unas veces es el niño, otras Kathleen, otras yo. Si no podemos ponernos malos nosotros, llamamos a mis suegros o a mi cuñada para que vengan y enfermen. A veces, alguno está malo por partida doble. Un fin de semana que corremos el riesgo de estar sanos todos, voy al dentista para que me desgracie. Pero todo, a fuerza de repetirlo, cansa, incluso lo desagradable, por lo que un fin de semana de finales de febrero, en lugar de regresar a Hannover a toser, saco un salvoconducto —tenía todos los papeles caducados— y me subo a un avión.

Desembarco en Madrid tras dos años largos de ausencia. Lo encuentro todo cambiadísimo. Ahora son otros todos esos comercios que, la última vez que estuve, ya no eran los de toda la vida.

Como he caído en pleno carnaval, me disfrazo de escritor. Llamo a Alberto, que, para seguirme la corriente, se ha disfrazado de agente. De agente secreto y literario.

—Estoy en Madrid —le digo.

—Muy bien —responde—; espera instrucciones.

Entro en una librería y veo involuntariamente uno o dos ejemplares de mi novela perdidos en el piélago de papel. Todas las novelas, en realidad, están igual de perdidas (con excepción de las de una tal Megan Maxwell, pseudónimo de una española que escribe cosas subidas de tono, y de las de Gómez-Jurado, cuyas pilas hay que escalar antes de poder entrar en cualquier librería). Casi todos, repito, estamos igual de perdidos, e intuyo que casi todos envidiamos la suerte de la novela de al lado, sin saber positivamente nada de ella.

—Es normal —me dice Alberto, quitándole hierro—. Es que hay tanto ruido...

—Ya —le digo, pero sin demasiado énfasis, porque me parece que quejarse del exceso de publicaciones es como estar metido en un coche quejándose del tráfico. Y no digamos ya si uno ni siquiera va en coche sino en burrotaxi.

Luego abro la prensa y leo boquiabierto lo que escriben Daniel Gascón, Paula Corroto o Manuel Jabois y me digo que debe de ser bonito practicar esa escritura, sentado en la cresta del presente, con el portátil en el regazo, en la confluencia de todas las ondas del planeta.

Pero otra voz me dice que nadie escribe en esa posición, o que esa posición, a la larga, entumece las piernas y da calambres en las cervicales, y que todos preferirían adoptar la posición del de al lado, ignorando que la ergonomía es un mito y que, cuando se trata de escribir, no hay posición buena. Lo que equivale a decir que no hay posición mala.

No hay posición mala en el damero literario. Yo escribo en una lengua que no es ninguna de las tres del país en el que vivo, y vivo, por mis pecados, en su provincia menos fotogénica. Pero presiento que esa incomodidad enardece la avidez de los escritores metropolitanos, que ya empiezan a descubrir en su sociedad chic de ferias y autógrafos dejes de apoltronamiento pequeñoburgués.

Entonces llega el miércoles de ceniza, me quito la máscara y dejo que el agente secreto me persigne en la frente con la carbonilla gris de los libros muertos. Regreso a mi larga cuaresma funcionarial, ayuno de lecturas, y sonrío imaginando que esos escritores metropolitanos se me representarán huyendo del calabobos bajo la rechifla de los carillones; departiendo con jóvenes ancianos que estudian los siete dialectos del Brabante; echando alpiste en el breve abrevadero de los herrerillos; esquivando la bicicleta del capellán de birreta; friendo huevos en una buhardilla que parece un palomar; haciendo, en fin, mil cosas pintorescas y literarias que permanecen vedadas a los urbanitas.

Y todo es exactamente así, pero peor.

martes, 15 de febrero de 2022

En el hemiciclo de mi dentadura yo me comporto como cualquier político de medio pelo: «esto me lo dejo para la siguiente legislatura», «este problema para mí es como si no existiera», «a esto otro habría que ponerle remedio de inmediato pero no le iba a gustar a mis electores»...

Lo que yo echo de menos en la política es algo más de mentalidad dentista. A los dentistas no hay que explicarles quiénes son los de arriba y quiénes los de abajo. Los dentistas ven las cosas como son y no les importa demasiado la composición de lugar que uno se haya hecho. Los dentistas tienen el espejo de la verdad, un espejo ante el cual retroceden las falsas expectativas y las encuestas demoscópicas.

A muchos políticos quisiera verlos yo sentados en el sillón quirúrgico de mi dentista.

—Aquí hay un par de mitos políticos que va a haber que extraer —les diría ella nada más abrieran la boca—. Se lo llevo diciendo muchos años y antes o después vamos a tener que coger el toro por los cuernos.

—No, si ya lo sé, pero es que la unidad nacional... las raíces cristianas de la cultura europea... el crecimiento económico... Como empecemos a tocar estas cosas, mi circunscripción se pone en pie de guerra. ¿No podríamos dejarlo para más adelante?

—Usted verá, pero lo que usted tiene aquí es una bomba de relojería. En fin... A ver, dígame, ¿cómo cepilla usted los servicios sociales?

—Pues así... —y uno (quiero decir, el hipotético político) mueve el cepillo como si estuviese restaurando un bajorrelieve egipcio.  

—¿A eso le llama usted cepillar? Eso ni es cepillar ni es nada. Tiene que barrer toda la encía, no solo el barrio de Salamanca. Sigamos... la seda dental, ¿con cuánta presión fiscal la utiliza?

—No sé, la normal, supongo.

—La normal, no. Hay que pasarla a fondo, a lo bestia. Al principio va a sangrar, pero luego ya verá cómo se acostumbra. ¿Y qué cepillo está utilizando contra la extinción masiva?

—Ah, eso sí: el cepillo de la coalición. Es bastante blando, pero es nuevo...

Mi dentista lo miraría consternada, como esos maestros que no querrían suspenderte pero que se empiezan a ir viendo obligados a hacerlo.

—Mire, usted necesita un cepillo eléctrico, de bajo consumo, descarbonizador y renovable.

—Es el presupuesto no me da para tanto.

—Para lo que no nos da el presupuesto es para que se nos llenen de caries los océanos y las selvas vírgenes. Así que ya sabe...

Cuando, incandescente de puro bochorno, abandono la clínica odontológica, mis encías son el patatal sobre el que se está construyendo una utopía.