—En España no somos más de seis mil lectores.
Patricio habla de lectores de novelas, o de lectores frecuentes, que son también los que leen la prensa cultural. La revista que dirige otro amigo nuestro está vendiendo entre 3.000 y 4.000 ejemplares al mes. Recuerdo haber leído a historiadores de la literatura que cifran en diez mil el número de lectores de novela en volumen a principios del siglo XX. Habría habido un retroceso neto y palpable, que concuerda con lo que veo estos días en las inverecundas respuestas de mis estudiantes de 1º a los cuestionarios sobre hábitos de lectura.
Es verdad que los lectores de literatura a través de prensa periódica o de medios de masas eran y siguen siendo muchos, pues, aunque ya no hay folletines, quedan las crónicas y los artículos de costumbres. Pero mis estudiantes ni siquiera tienen tiempo para eso, ocupados como están en la actualización de sus perfiles y de sus estados. «Eso también es una forma de lectura», suele decirse. Sí, pero cincuenta mil tuits no hacen una novela.
Es lunes y el restaurante venezolano en el que solemos cenar está cerrado. Mientras buscamos un sitio en donde meternos Giselle me cuenta que está editando la traducción castellana de un libro de David Shields que trata, precisamente, de la defección de los lectores de la novela contemporánea. Es un libro compuesto exclusivamente de citas, un reducción al absurdo de lo que para muchos parece ser el ideal de la escritura académica en ciencias humanas. No es un berrinche al uso sobre el fin de la novela, como el de Luis Goytisolo, ni un pronóstico de Fukuyama literario: Shields habla (o me imagino que habla, a partir de lo que Giselle me cuenta) de un cambio en las relaciones entre ficción y realidad: la novela realista es un género agotado, y los lectores del siglo XXI preferirán textos no ficticios, como las memorias —aun a sabiendas de que toda escritura memorialística tiene mucho de ficción—.
Alguien me dijo que cada vez que aprendemos una palabra nueva la volvemos a encontrar antes de que pasen 24 horas. Es una ley que no siempre se cumple, pero sí el suficiente número de veces como para que uno tenga la impresión de que siempre se cumple. Del mismo modo, la idea de Shields parece perseguirme durante los días siguientes. Me acecha desde uno de los ensayos del último número de esa revista de tres mil lectores : «nadie dispone del tiempo que exige la lectura de una novela», «la “ficción pura” es un modelo de narrar obsoleto», «[f]uera de la narrativa comercial o la subgenérica (novela negra, histórica, etc.) no hay literatura sino metaliteratura». Me asalta desde el último editorial de la revista de La Central: «el dique que separaba el “decir la verdad” frente al “contar fabulaciones” se ha roto por ambos costados. Para muchos escritores actuales, algunas fórmulas literarias estarían agotadas». La misma idea me aguardaba emboscada en el penúltimo número de Letras libres, en donde Javier Cercas parece que está diciendo lo contrario que Shield cuando afirma precisamente el vigor del paradigma decimonónico, pero en realidad dice lo mismo, pues enfatiza todas las cosas que la novela puede ser además de una ficción verosímil.
La novela es un malentendido histórico. De no haber existido ciertos poemas castellanos en octosílabos la novela se habría llamado «romance» o «román», igual que sus equivalentes europeos, lo que vale tanto como decir «narración en lengua vernácula». La novela no era nada, «era una mierda» que se lo tragaba todo, dice Cercas, «una especie de cocido» que yo me imagino devorando marquesinas, centros comerciales y autobuses escolares como el monstruo de lava que aparece en el final apocalíptico de La trampa diabólica, la aventura transtemporal de Blake y Mortimer. Pero con tropezones de tocino. Cincuenta mil tuits no son una novela, pero una novela sí pueden ser cincuenta mil tuits. Si negásemos quinientos años de historia literaria, la novela podría ser una entrevista, una investigación, una biografía y aun una correspondencia. Una correspondencia, ciertamente, particular.
Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:
Nos seguimos leyendo.
viernes, 19 de diciembre de 2014
Ayer tuvimos
cena de departamento, en l’Énothèque, y pasé un rato largo hablando con Benoît
D. Es una leyenda: con apenas treinta tacos publicaba en la colección «Points»
y editaba volúmenes de la biblioteca de la Pléïade. Habla de la modernidad
igual que Antoine Compagnon: pensando a la vez en un periodo histórico (el que
sigue a la revolución de 1789, y al que un historiador llamaría «época
contemporánea») pero dándole un giro excluyente. Modernos no son todos los
habitantes del continente contemporáneo, sino sólo aquellos con determinadas
características. El próximo libro de Benoît se llamará La place vide, y
tratará de varios escritores que representan la modernidad porque —dice—
experimentan un vacío. (No detallo qué tipo de vacío porque no me parece
correcto ir aventando las ideas en agraz de los demás.)
Enfrente tengo a Françoise T.; mientras comemos una pechuga de pollo descontextualizada y jibarizada, con trocitos de nabo y remolacha, ella me habla de las clases de Jules H., que recibió hace cosa de treinta y tantos años. Es otra de esas batallitas que alimentan la historia cómica del hispanismo centroeuropeo que espero poder escribir algún día. Llegado el momento, cederé la palabra a Françoise, más o menos como hago ahora:

—Cuando leí artículos de Jules H. me di cuenta de que era un investigador brillante, alguien completamente distinto al tipo que veíamos en clase. Hay que decir también que yo ya lo pillé algo claudicante y achacoso. Llegaba al aula y se sentaba sin quitarse el abrigo; al contrario: se arrebujaba más en él, y sacaba el cuadernito en el que tenía apuntadas las lecciones. Como era olvidadizo, preguntaba: «¿dónde lo habíamos dejado...?», y nosotros le decíamos un tema situado tres o cuatro páginas antes que aquél con el que realmente había terminado la clase anterior. Así, cada lección era explicada dos veces, y nos eternizábamos en el temario. El problema venía el día del examen, porque él creía que habíamos visto toda la materia, y nosotros no teníamos el famoso cuadernito para estudiar lo que él no había llegado a leer. Al ser interrogado, alguno le decía «oiga, que esto no lo vimos», pero él respondía «¡por supuesto que sí!». Me pega que cuando le convenía se hacía un poco el loco...
Con esto acaba el periodo lectivo. Menos mal, me veía ya como el mesmerizado Sr. Valdemar: un pelele que rodaría inerte si una fuerza sobrenatural —o la vergüenza torera— no hubiera ido tirando de él.
Enfrente tengo a Françoise T.; mientras comemos una pechuga de pollo descontextualizada y jibarizada, con trocitos de nabo y remolacha, ella me habla de las clases de Jules H., que recibió hace cosa de treinta y tantos años. Es otra de esas batallitas que alimentan la historia cómica del hispanismo centroeuropeo que espero poder escribir algún día. Llegado el momento, cederé la palabra a Françoise, más o menos como hago ahora:

—Cuando leí artículos de Jules H. me di cuenta de que era un investigador brillante, alguien completamente distinto al tipo que veíamos en clase. Hay que decir también que yo ya lo pillé algo claudicante y achacoso. Llegaba al aula y se sentaba sin quitarse el abrigo; al contrario: se arrebujaba más en él, y sacaba el cuadernito en el que tenía apuntadas las lecciones. Como era olvidadizo, preguntaba: «¿dónde lo habíamos dejado...?», y nosotros le decíamos un tema situado tres o cuatro páginas antes que aquél con el que realmente había terminado la clase anterior. Así, cada lección era explicada dos veces, y nos eternizábamos en el temario. El problema venía el día del examen, porque él creía que habíamos visto toda la materia, y nosotros no teníamos el famoso cuadernito para estudiar lo que él no había llegado a leer. Al ser interrogado, alguno le decía «oiga, que esto no lo vimos», pero él respondía «¡por supuesto que sí!». Me pega que cuando le convenía se hacía un poco el loco...
Con esto acaba el periodo lectivo. Menos mal, me veía ya como el mesmerizado Sr. Valdemar: un pelele que rodaría inerte si una fuerza sobrenatural —o la vergüenza torera— no hubiera ido tirando de él.
sábado, 13 de diciembre de 2014
Los jueves tengo clase a las ocho. Nunca deja de maravillarme que vengan estudiantes,
sabiendo que muchos viven en pueblos remotos, hundidos en las Ardenas o en el
Brabante valón, y tienen que levantarse cuando aún es noche cerrada para tomar
un autobús fantasma que los lleve a la universidad. Llegan allí despeinados,
ojerosos, con cara de desenterrados. Su presencia en el aula me halaga; siempre
comienzo dándoles las gracias y haciendo alguna broma.
—Empecemos comentando un poema ultraísta. Si eso no nos despierta, nada lo hará.
Los estudiantes me siguen el juego dóciles, quizá sonámbulos, y cuando llega la pausa se animan y bajan a la cafetería, algo entumecidos, a comprar un espresso doppio.
Pues bien, resulta que el miércoles pasado salía yo de la facultad a última hora y, no bien había dado veinte o treinta pasos, me topé con una de las estudiantes de esa clase tempranera. Se trataba de una pelirroja gestera y algo gansípida a la que he tenido ya en otros cursos. Anduve con ella un trecho, manteniendo una conversación de ascensor, hasta que de repente desapareció por una alcantarilla.
En un primer momento creí que era una alcantarilla, pero resultó ser la puerta de entrada de un edificio de apartamentos semiabandonado. Rompiendo mi natural discreción no pude dejar de preguntarle si vivía allí.
—No —respondió la pelirroja—, quien vive aquí es mi novio. Lo que pasa es que, como los jueves empezamos tan temprano, me vengo a dormir aquí.
Se hizo entonces la luz en mi entendimiento, y comprendí por qué tantos jóvenes estaban dispuestos a acudir a horas intempestivas a oírme hablar de escritores papirófagos y disléxicos, de sainetes dialectales y novelas metanarrativas. ¡Mi curso era una mera coartada del amor y del vicio!
No ocultaré que con esta revelación mi amor propio sufrió desperfectos de regular importancia, pero la decepción se vería compensada un par de días después, cuando la misma estudiante y una amiga suya me regalasen una taza que tenía impreso un bigote borgoñón. Es que poco antes les había dado una versión abreviada de mi célebre discurso sobre bigotes y literatura. La taza me enorgullece y me sugiere otra lectura de los mismos hechos: quizá en el ron con cola, los arrumacos y la sesión golfa no deba ver enemigos, sino aliados: el reclamo con el que atraer a los jóvenes poco precavidos hacia las viscosas redes de la historia literaria. Para ponerme a tono —me digo— el año que viene daré La Celestina.
—Empecemos comentando un poema ultraísta. Si eso no nos despierta, nada lo hará.
Los estudiantes me siguen el juego dóciles, quizá sonámbulos, y cuando llega la pausa se animan y bajan a la cafetería, algo entumecidos, a comprar un espresso doppio.
Pues bien, resulta que el miércoles pasado salía yo de la facultad a última hora y, no bien había dado veinte o treinta pasos, me topé con una de las estudiantes de esa clase tempranera. Se trataba de una pelirroja gestera y algo gansípida a la que he tenido ya en otros cursos. Anduve con ella un trecho, manteniendo una conversación de ascensor, hasta que de repente desapareció por una alcantarilla.
En un primer momento creí que era una alcantarilla, pero resultó ser la puerta de entrada de un edificio de apartamentos semiabandonado. Rompiendo mi natural discreción no pude dejar de preguntarle si vivía allí.
—No —respondió la pelirroja—, quien vive aquí es mi novio. Lo que pasa es que, como los jueves empezamos tan temprano, me vengo a dormir aquí.
Se hizo entonces la luz en mi entendimiento, y comprendí por qué tantos jóvenes estaban dispuestos a acudir a horas intempestivas a oírme hablar de escritores papirófagos y disléxicos, de sainetes dialectales y novelas metanarrativas. ¡Mi curso era una mera coartada del amor y del vicio!
No ocultaré que con esta revelación mi amor propio sufrió desperfectos de regular importancia, pero la decepción se vería compensada un par de días después, cuando la misma estudiante y una amiga suya me regalasen una taza que tenía impreso un bigote borgoñón. Es que poco antes les había dado una versión abreviada de mi célebre discurso sobre bigotes y literatura. La taza me enorgullece y me sugiere otra lectura de los mismos hechos: quizá en el ron con cola, los arrumacos y la sesión golfa no deba ver enemigos, sino aliados: el reclamo con el que atraer a los jóvenes poco precavidos hacia las viscosas redes de la historia literaria. Para ponerme a tono —me digo— el año que viene daré La Celestina.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
Nuestra secretaria ejecutiva está de baja por un embarazo complicado, y nos han puesto una suplente. Hace quince días fui a verla porque me llegó el recordatorio de la actualización de los presupuestos para el año que viene. Cada profesor es titular nominal de una serie de cuentas bancarias internas, que responden a congresos organizados, a la gestión de doctorandos o a siglas completamente inextricables. Cada año hay que actualizar el presupuesto de todas ellas. ¿En qué consiste esta operación? No tengo ni idea, porque es competencia de la secretaria ejecutiva del departamento.
Ayer me llegó otro recordatorio, en tono ya abiertamente ominoso, por lo que le envié un correo electrónico a la secretaria suplente preguntándole si había tenido ocasión de hacer la actualización presupuestaria. He aquí su respuesta: «Cher Monsieur: N’ayant pas accès au programme, je ne sais pas vérifier les prévisions budgétaires pour l’année prochaine. De plus, je termine mon travail à l’Université cette semaine. Vous pouvez vous entretenir à ce sujet avec Monsieur J***. Bien à vous, etc., etc.».
Lo cual, traducido, quiere decir: «Lo que te dije que iba a hacer no lo he hecho, y si no me llegas a preguntar ni te enteras. Hay un programa informático que es fundamental para mi trabajo pero resulta que en todo el tiempo que llevo aquí no he conseguido abrirlo, qué le vamos a hacer. Como sólo me queda una semana de trabajo, pienso pasármela cargando fotos de animales graciosos en Facebook. Arréglatelas solo. En caso de duda, puedes dirigirte a la misma persona que te ha estado mareando estos últimos meses dándote informaciones contradictorias y haciéndote quedar mal con varias fundaciones y editoriales. Que te den. Atentamente, etc., etc.».
Después de haber desahogado mi cólera desmembrando a cinco estudiantes y comiéndome un retroproyector, me siento delante del ordenador y abro el programa SAP. Se trata de un programa diseñado por extraterrestres cuya principal función consiste en transformar el dinero en antimateria. Por suerte hay un vídeo explicativo. «Seleccione una celda de la tabla haciendo clic; vuelva a hacer clic hasta que la celda aparezca resaltada en amarillo; introduzca el porcentaje de repartición resultante de amalabar el noema; valide su selección seleccionando validar». Lo dejo y salgo a buscar otro retroproyector, pero ya sólo quedan pizarras inteligentes.
Ayer me llegó otro recordatorio, en tono ya abiertamente ominoso, por lo que le envié un correo electrónico a la secretaria suplente preguntándole si había tenido ocasión de hacer la actualización presupuestaria. He aquí su respuesta: «Cher Monsieur: N’ayant pas accès au programme, je ne sais pas vérifier les prévisions budgétaires pour l’année prochaine. De plus, je termine mon travail à l’Université cette semaine. Vous pouvez vous entretenir à ce sujet avec Monsieur J***. Bien à vous, etc., etc.».
Lo cual, traducido, quiere decir: «Lo que te dije que iba a hacer no lo he hecho, y si no me llegas a preguntar ni te enteras. Hay un programa informático que es fundamental para mi trabajo pero resulta que en todo el tiempo que llevo aquí no he conseguido abrirlo, qué le vamos a hacer. Como sólo me queda una semana de trabajo, pienso pasármela cargando fotos de animales graciosos en Facebook. Arréglatelas solo. En caso de duda, puedes dirigirte a la misma persona que te ha estado mareando estos últimos meses dándote informaciones contradictorias y haciéndote quedar mal con varias fundaciones y editoriales. Que te den. Atentamente, etc., etc.».
Después de haber desahogado mi cólera desmembrando a cinco estudiantes y comiéndome un retroproyector, me siento delante del ordenador y abro el programa SAP. Se trata de un programa diseñado por extraterrestres cuya principal función consiste en transformar el dinero en antimateria. Por suerte hay un vídeo explicativo. «Seleccione una celda de la tabla haciendo clic; vuelva a hacer clic hasta que la celda aparezca resaltada en amarillo; introduzca el porcentaje de repartición resultante de amalabar el noema; valide su selección seleccionando validar». Lo dejo y salgo a buscar otro retroproyector, pero ya sólo quedan pizarras inteligentes.
lunes, 10 de noviembre de 2014
Mi hermano Nacho me envió ayer un artículo de una tal Miya Tokumitsu, joven doctora de la universidad de Pennsylvania. El artículo se ha reproducido por todas partes, está muy bien escrito y llama mucho la atención, porque pone en tela de juicio uno de los pilares de nuestra sociedad, una de esas máximas que se pintan en cerámica de Talavera y se cuelgan detrás del mostrador: «lo importante es trabajar en algo que te guste». Este lema —dice la autora— es ilusorio, traduce en fracaso las ocupaciones poco gratificantes y oculta las duras condiciones de vida de quienes concretan en la cadena de montaje las ideas geniales de los creativos, que son los únicos que realmente tienen un curro que mola.
La autora también dedica varios párrafos al mundo académico, donde la ideología del «do what you love» justifica una carga de trabajo muy superior a los límites legales, así como la intrusión de lo profesional en el ámbito privado. Deberíanos preguntarnos —concluye Tokumitsu— «quién se beneficia de hacer que el trabajo parezca no-trabajo».
El artículo tiene un mérito incontestable, y es darle la vuelta a un lugar común con el que se han venido tomando alegremente decisiones gordas. «Al niño lo que le gusta es tocar la batería, y eso es lo que importa»: igual no, señora, igual no. Por otra parte, en la clase trabajadora tales planteamientos son infrecuentes: el niño bajará a la fábrica cuando toque, porque es lo que hay (sobre todo ahora que las becas están como están).
Bueno, venga, de acuerdo, quedo muy agradecido por esta idea vírica a la joven doctora Tokumitsu. Pero le veo dos pegas. La primera no se me ha ocurrido a mí solo, sino que la he leído en un artículo que responde a una publicación previa del mismo texto, y dice así: amar el trabajo que uno hace no sería tan chungo en otro sistema económico, por ejemplo en el mundo de luz y de color que anhelaron los socialistas utópicos del siglo XIX. El problema no es que a uno le guste o le deje de gustar lo que hace, sino la división del trabajo en un régimen capitalista. Porque ¿cómo puede a alguien gustarle lo que hace si se trata de una actividad muy específica y debe repetirla a razón de ocho horas diarias? Si ver El Intermedio, que es una cosa hilarante, cansa pasadas seis o siete horas, ¿cuánto tardará uno en cansarse de llamar a números de teléfono aleatorios para proponer una promoción con trampa? Calculo que poco. Pero en el paraíso socialista no hay teleoperadores, sólo artesanos renacentistas y gachises.
Lo segundo que le reprocho al artículo de Miya Tokumitsu es que dé el mismo trato a cualquier tipo de trabajo. Quizá me equivoque, pero yo creo que el auténtico drama no es la vida de los profesores universitarios occidentales, sino la vida de los niños que extraen coltán o tierras raras para la fabricación de teléfonos móviles en las minas de África central, con un palo y una escudilla. Es verdad que el trabajo académico exige (en palabras de Marc Bousquet, citadas por Tokumitsu) «un alto nivel de intensidad intelectual y emocional durante cincuenta o sesenta horas a la semana» con un salario que —aunque no siempre es comparable al de los camareros, como allí se afirma muy a la ligera— tarda en alcanzar el nivel de otros profesionales de la educación, y rara vez lo supera. Pero precisamente: la jornada del profesor universitario ofrece «horas y horas de alto nivel de intensidad intelectual y emocional», y en ese sentido no es comparable en intensidad física y alienación emocional a la de los camareros. Por lo menos a la de los camareros que trabajan por cuenta ajena, si es que hay otros.
El de la universidad es un trabajo estimulante, en el que uno puede fijar sus propios objetivos, en el que puede obtener ayudas económicas para llevar a la práctica ciertos proyectos, en el que se tiene una enorme influencia en la formación intelectual de los profesionales del mañana. Es un trabajo de horarios flexibles (para ciertas cosas), con una función social clara (sobre el papel), en el que se goza de cierto reconocimiento social (y hay que aguantar también ciertos clichés). De acreditaciones, sexenios y papeleo administrativo mejor no hablamos.
En una conversación a varias bandas por correo electrónico, una amiga reaccionaba al artículo de marras deplorando que el mundo universitario fuera tan poco propicio a la maternidad. Citaba el caso de una catedrática que no había encontrado el momento de tener hijos, pero no lo lamentaba porque hacía lo que le gustaba. ¡Ah! Ahí salió el latiguillo. La historia se traía como ejemplo de autohipnosis, o de adoctrinamiento sistémico, porque esta señora había llegado a convencerse de que estaba satisfecha con el trabajo que tenía, y había olvidado que tener hijos debe ser la prioridad de toda mujer.
Supongamos que la catedrática hubiera dicho que no había encontrado el momento de dar la vuelta al mundo en bicicleta, pero no lo lamentaba porque al menos hacía lo que le gustaba: ¿sería percibido de la misma manera, como un sacrificio que no se le debería exigir a nadie? Las estadísticas de realización personal —Kathleen me enseñó una hace unos meses— muestran que la mayoría de los padres descubre que tener hijos no les gusta tanto como creían, y que echan de menos dedicar más tiempo a seguir trabajando en lo que no les gustaba.
La autora también dedica varios párrafos al mundo académico, donde la ideología del «do what you love» justifica una carga de trabajo muy superior a los límites legales, así como la intrusión de lo profesional en el ámbito privado. Deberíanos preguntarnos —concluye Tokumitsu— «quién se beneficia de hacer que el trabajo parezca no-trabajo».
El artículo tiene un mérito incontestable, y es darle la vuelta a un lugar común con el que se han venido tomando alegremente decisiones gordas. «Al niño lo que le gusta es tocar la batería, y eso es lo que importa»: igual no, señora, igual no. Por otra parte, en la clase trabajadora tales planteamientos son infrecuentes: el niño bajará a la fábrica cuando toque, porque es lo que hay (sobre todo ahora que las becas están como están).
Bueno, venga, de acuerdo, quedo muy agradecido por esta idea vírica a la joven doctora Tokumitsu. Pero le veo dos pegas. La primera no se me ha ocurrido a mí solo, sino que la he leído en un artículo que responde a una publicación previa del mismo texto, y dice así: amar el trabajo que uno hace no sería tan chungo en otro sistema económico, por ejemplo en el mundo de luz y de color que anhelaron los socialistas utópicos del siglo XIX. El problema no es que a uno le guste o le deje de gustar lo que hace, sino la división del trabajo en un régimen capitalista. Porque ¿cómo puede a alguien gustarle lo que hace si se trata de una actividad muy específica y debe repetirla a razón de ocho horas diarias? Si ver El Intermedio, que es una cosa hilarante, cansa pasadas seis o siete horas, ¿cuánto tardará uno en cansarse de llamar a números de teléfono aleatorios para proponer una promoción con trampa? Calculo que poco. Pero en el paraíso socialista no hay teleoperadores, sólo artesanos renacentistas y gachises.
Lo segundo que le reprocho al artículo de Miya Tokumitsu es que dé el mismo trato a cualquier tipo de trabajo. Quizá me equivoque, pero yo creo que el auténtico drama no es la vida de los profesores universitarios occidentales, sino la vida de los niños que extraen coltán o tierras raras para la fabricación de teléfonos móviles en las minas de África central, con un palo y una escudilla. Es verdad que el trabajo académico exige (en palabras de Marc Bousquet, citadas por Tokumitsu) «un alto nivel de intensidad intelectual y emocional durante cincuenta o sesenta horas a la semana» con un salario que —aunque no siempre es comparable al de los camareros, como allí se afirma muy a la ligera— tarda en alcanzar el nivel de otros profesionales de la educación, y rara vez lo supera. Pero precisamente: la jornada del profesor universitario ofrece «horas y horas de alto nivel de intensidad intelectual y emocional», y en ese sentido no es comparable en intensidad física y alienación emocional a la de los camareros. Por lo menos a la de los camareros que trabajan por cuenta ajena, si es que hay otros.
El de la universidad es un trabajo estimulante, en el que uno puede fijar sus propios objetivos, en el que puede obtener ayudas económicas para llevar a la práctica ciertos proyectos, en el que se tiene una enorme influencia en la formación intelectual de los profesionales del mañana. Es un trabajo de horarios flexibles (para ciertas cosas), con una función social clara (sobre el papel), en el que se goza de cierto reconocimiento social (y hay que aguantar también ciertos clichés). De acreditaciones, sexenios y papeleo administrativo mejor no hablamos.
En una conversación a varias bandas por correo electrónico, una amiga reaccionaba al artículo de marras deplorando que el mundo universitario fuera tan poco propicio a la maternidad. Citaba el caso de una catedrática que no había encontrado el momento de tener hijos, pero no lo lamentaba porque hacía lo que le gustaba. ¡Ah! Ahí salió el latiguillo. La historia se traía como ejemplo de autohipnosis, o de adoctrinamiento sistémico, porque esta señora había llegado a convencerse de que estaba satisfecha con el trabajo que tenía, y había olvidado que tener hijos debe ser la prioridad de toda mujer.
Supongamos que la catedrática hubiera dicho que no había encontrado el momento de dar la vuelta al mundo en bicicleta, pero no lo lamentaba porque al menos hacía lo que le gustaba: ¿sería percibido de la misma manera, como un sacrificio que no se le debería exigir a nadie? Las estadísticas de realización personal —Kathleen me enseñó una hace unos meses— muestran que la mayoría de los padres descubre que tener hijos no les gusta tanto como creían, y que echan de menos dedicar más tiempo a seguir trabajando en lo que no les gustaba.
jueves, 6 de noviembre de 2014
Conferencia de Jean-René Ladmiral en la vetusta aula Wittert, con sus pupitres corridos de madera, intolerables más allá de una hora y media. El ponente nos es presentado como un dinosaurio de la traductología. La denominación misma de la disciplina se le atribuye. Es traductor de Kant, Nietzsche, Adorno, Habermas, y mucha gente se sorprende de que siga vivo, no tanto por lo que tiene de viejo como de canónico. En su último libro, Sourcier ou cibliste, discute sus dos creaciones terminológicas más célebres, dos términos que designan actitudes contrapuestas frente a la traducción y que irónicamente resultan difíciles de traducir; por ello, las ideas de Ladmiral se discuten en muchos países sin haberlas leído, a través de referencias de aquéllos que han tenido acceso a las ediciones francesas. «Sourcier» y «cibliste» son adjetivos derivados respectivamente de «source» y de «cible», las culturas originarias y destinatarias del proceso de traducción, de modo que una adaptación castellana podría ser «originalistas» y «destinalistas». No obstante, los innumerables juegos y torsiones a los que Ladmiral (y sus detractores) han sometido estos términos hacen vana la pretensión de aclimatarlos a otras lenguas.
El prestigio intelectual de Ladmiral contrasta con el tono cómico de su ponencia —por momentos recuerda a las de Ramón Gómez de la Serna— y con su indumentaria viejuna. Lleva las gafas de Michael Caine, una chaqueta roja y una corbata azul celeste que se da de patadas con todo lo que se le acerque como no lo haría un quinqui acorralado. Parece uno de esos tipos que cantan los números del bingo, y dicen —me lo contó Adelaida— «¡el 20, pelao!».
Ladmiral apuesta por una traducción distanciada del significante original. A modo de demostración empírica, pasa revista a las traducciones francesas del famoso dilema hamletiano: «être ou ne pas être, telle est la question», «voilà la question», etc., y, concluido el repaso, propone como modélica la solución destinalista que encontró en una edición canadiense: «Vivre ou mourir, tout est là». Esta traducción —dice— se aleja mucho del enunciado literal, pero expresa perfectamente para el lector francófono el sentido de la frase inglesa en su contexto. A fin de cuentas, nunca se traduce el texto: lo que se traduce es lo que pensamos que pensaba el que escribió el texto cuando lo escribió. Por ello, podría decirse que «vivre ou morir, tout est là» no sólo es mejor que todas las formulaciones francesas, ¡también es mejor que la de Shakespeare!
Cuando se apagan las risas, Ladmiral enlaza con la anécdota de un examen oral de literatura. La estudiante entra al despacho y empieza a divagar, esperando quizá que el profesor le dé alguna pista con la que salir del paso. El profesor, que es duro de pelar, la deja enfangarse y al cabo de un rato le pregunta: «pero vamos a ver, señorita, ¿ha leído usted el libro?». La estudiante tiene una salida inspirada:
—No personalmente.
Aunque muchos de los chascarrillos que ha contado Ladmiral están desconectados unos de otros, en esta ocasión el chiste viene muy al pelo. «¿Leemos el libro si leemos su traducción?», se pregunta retóricamente. Y se contesta por silogismos: la traducción literaria no consiste en descifrar un texto, sino en habitar una lengua; sin embargo, raros son los lectores para los que la lengua de un original extranjero es una segunda vivienda en la que pasan largos meses del año; por lo cual, la mayor parte de las veces la mejor manera de leer literatura extranjera es la de la estudiante de la anécdota: no personalmente.
El prestigio intelectual de Ladmiral contrasta con el tono cómico de su ponencia —por momentos recuerda a las de Ramón Gómez de la Serna— y con su indumentaria viejuna. Lleva las gafas de Michael Caine, una chaqueta roja y una corbata azul celeste que se da de patadas con todo lo que se le acerque como no lo haría un quinqui acorralado. Parece uno de esos tipos que cantan los números del bingo, y dicen —me lo contó Adelaida— «¡el 20, pelao!».
Ladmiral apuesta por una traducción distanciada del significante original. A modo de demostración empírica, pasa revista a las traducciones francesas del famoso dilema hamletiano: «être ou ne pas être, telle est la question», «voilà la question», etc., y, concluido el repaso, propone como modélica la solución destinalista que encontró en una edición canadiense: «Vivre ou mourir, tout est là». Esta traducción —dice— se aleja mucho del enunciado literal, pero expresa perfectamente para el lector francófono el sentido de la frase inglesa en su contexto. A fin de cuentas, nunca se traduce el texto: lo que se traduce es lo que pensamos que pensaba el que escribió el texto cuando lo escribió. Por ello, podría decirse que «vivre ou morir, tout est là» no sólo es mejor que todas las formulaciones francesas, ¡también es mejor que la de Shakespeare!
Cuando se apagan las risas, Ladmiral enlaza con la anécdota de un examen oral de literatura. La estudiante entra al despacho y empieza a divagar, esperando quizá que el profesor le dé alguna pista con la que salir del paso. El profesor, que es duro de pelar, la deja enfangarse y al cabo de un rato le pregunta: «pero vamos a ver, señorita, ¿ha leído usted el libro?». La estudiante tiene una salida inspirada:
—No personalmente.
Aunque muchos de los chascarrillos que ha contado Ladmiral están desconectados unos de otros, en esta ocasión el chiste viene muy al pelo. «¿Leemos el libro si leemos su traducción?», se pregunta retóricamente. Y se contesta por silogismos: la traducción literaria no consiste en descifrar un texto, sino en habitar una lengua; sin embargo, raros son los lectores para los que la lengua de un original extranjero es una segunda vivienda en la que pasan largos meses del año; por lo cual, la mayor parte de las veces la mejor manera de leer literatura extranjera es la de la estudiante de la anécdota: no personalmente.
martes, 28 de octubre de 2014
Ayer asistí a un debate titulado «Auto-socio-análisis literario», en el que intervinieron Didier Eribon y Édouard Louis. Al menos esos fueron los nombres con los que los presentaron, pero sus disfraces eran tan defectuosos que no costaba nada reconocer en el primero a Muñoz Molina sin barba, y en el segundo a un Bernard Quiriny oxigenado. El aula Grand Physique estaba llena de estudiantes, muchos de ellos con libretas de papel pautado, que extrañamente estaban siempre abiertas por las primeras páginas: son esas libretas Moleskine de los buenos propósitos, que se compran para llenarlas de ideas geniales y luego se extravían o se olvidan en un cajón.
Eribon es sociólogo y filósofo, y ha escrito recientemente una novela que, si no entiendo mal, viene a ser como su Bal des célibataires. Édouard Louis se apellidaba originalmente Bellegueule (algo así como «jetamona», o «bonitodecara»), pero nada más salir del instituto se cambió el apellido y escribió una novela avasalladora titulada Para acabar con Eddy Bellegueule. Tiene una fraseología titubeante pero al mismo tiempo vehemente. Cuando no está hablando hace fotos del público con su teléfono, o bebe agua hasta agotar las botellas de todos los intervinientes. La homosexualidad lo sacó de los raíles por los que debía transcurrir su vida, le dio un motivo para escapar y lo convirtió en un tránsfuga social.
Para animar la conversación se les lanzan unas citas de Barthes y de Bourdieu sobre la aportación de la literatura al conocimiento científico de la realidad social. Eribon cuenta que Bourdieu le dio a leer el borrador de su Autoanálisis de un sociólogo, lamentando haberse plegado a la retórica académica y no haber explorado estilos más literarios. Pero incluso en esa última obra se sentía cohibido y temía abandonarse a la instrospección: «no puedo —decía Bourdieu—, no soy Jean Genet; y además, ¿qué dirían los colegas?»
—No sé por qué le preocupaba lo que dijeran sus colegas —prosigue Eribon—, pues no paraba de decir que eran todos unos gilipollas.
Ya desde el principio Édouard Louis me parece más fino que Éribon, a pesar de que éste tiene décadas de trabajo académico a sus espaldas. Dice Louis que él cuando va a una librería no ve que la literatura tenga nada de científico: «basta con hojear todas esas malas novelas que se venden». Y luego —añade, pensando seguramente en Flaubert o en Annie Ernaux—, cosas que nos parecen de una gran sutileza sociológica no nos lo parecerían si no hubiéramos leído obras de protocolo analítico.
Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, dedican cinco minutos a descuartizar El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty. Primero habla Eribon: «Dice mucho sobre el estado de la izquierda actual que haya saludado con tanta alegría un libro escrito desde la meritocracia». Louis toma el relevo:
—Cuando abro el libro de Piketty, me hiere personalmente. ¡¿Cómo puede hablar de «desigualdades justas»?! Mi madre merece más su sueldo que él, que se pasa el día sentado.
Risas en el público. Continúan hablando sobre cómo se puede escribir en la lengua del enemigo. Del enemigo de clase, por supuesto. Yo querría preguntar si el mero hecho de escribir no es ya una forma de participar de manera celebratoria en la cultura de una clase social, pero me contengo, porque ya he agotado mi cupo semanal de ridículo. Y estamos a martes. Louis dice que también la lengua de la infancia fue para él la lengua del enemigo, y que en determinado momento la lengua de la burguesía lo liberó, descubriéndole que no era un maricón, un sarasa y un lolailo, sino un homosexual —que es, se entiende, otra cosa más compleja y estimable, con su historia y con sus héroes—. Por ello, Louis asume con una alegría extraña, pero razonada, lo que otros llamarían alta cultura, o cultura de élite:
—Intenté sacar de la indigencia intelectual a mis hermanos pequeños, los llevaba a ver películas de Godard, y cosas así, y la reacción fue hostil y contraproductiva. Es una pena, porque a fin de cuentas, si te gusta Godard también te puede gustar Rihanna, pero si te gusta Rihanna no te puede gustar Godard.
Hombre, yo creo que si te gusta Rihanna te puede gustar cualquier cosa, incluido Godard, pero aquí me tengo que limitar a transcribir lo que se dijo. Además, con la mercadotecnia y la postproducción actuales se podría conseguir fácilmente que Godard tuviera la voz y el palmito de Rihanna, lo que simplificaría mucho la sociología de los bienes culturales. El jovencísimo novelista concluye:
—Mis hermanos no tenían la voluntad de ir a ninguna parte. Lo que deberíamos plantearnos es cómo crear las condiciones de emergencia de una voluntad de salir de la clase baja.
Alguien en el público pregunta por qué sólo hablan de la cultura popular en términos negativos.
—Cuando hablo de «salir» de la clase baja —responde Louis—, de «sacar» a mis hermanos, me refiero a salir o sacarlos de la precariedad, de la homofobia, de la violencia, de una esperanza de vida veinte años más baja que la del resto de la población.
—Claro —añade Eribon—, es que si uno construye la cultura popular como un objeto de estudio etnológico, un poco a la manera de Hoggart, parece estupenda, pero en la vida real no siempre es tan fantástica, sobre todo desde que hace unas décadas desapareció la cultura sindical (que, por otra parte, tampoco era toda la cultura proletaria). El caso es que Édouard y yo hemos recibido centenares, millares de e-mails y de mensajes de gente que nos dice «gracias a usted ahora comprendo algo».
Louis abre la cuarta botella de agua mientras lo confirma:
—Antes yo era militante del PC, y me siento más útil ahora respondiendo e-mails.
Una estudiante pregunta quiénes son esas personas que les escriben, y la respuesta de Louis es bastante chusca:
—La verdad es que a veces te escribe una cincuentona heterosexual del 7º arrondissement diciendo que se identifica perfectamente con tu protagonista... ¡que es un adolescente homosexual de los suburbios! Son cosas que no se entienden, pero así y todo se ve que el libro les da un marco en el que interpretar sus vidas.
Escribo esto al día siguiente, esperando que me traigan el calabacín a la parrilla que he pedido en Le Pain Quotidien. En esto, surge a mi lado una sombra siniestra:
—¿Es posible que usted sea el Señor Ceballos? ¡No lo recordaba tan joven!
¡Cielos, es Roger D. en carne y hueso! Sobre todo en hueso. Ya le han reparado el coche y puede bajar con comodidad al centro. «Qué alegría», digo, sin demasiado énfasis. Ah, no tanta, no tanta: Roger está algo fastidiado porque no consigue dar con algunos de sus viejos colegas.
—¿No ha visto al señor Klinkenberg? No hago más que llamarlo al fijo, pero aparentemente nunca está en su casa. Le pedí al señor Dubois su número de celular, pero no me lo quiso dar, ignoro el motivo. ¿No lo tendrá usted, casualmente?
Pues no lo tengo, no, pero hace un cuarto de hora he visto a Klinkenberg salir corriendo de la facultad, y casi empiezo a figurarme de qué huía. Mientras tanto, ya han traído mi calabacín; Roger ha tomado asiento al otro lado de la mesa y vuelve a construir castillos en el aire con los cuatro libros de su biblioteca.
Eribon es sociólogo y filósofo, y ha escrito recientemente una novela que, si no entiendo mal, viene a ser como su Bal des célibataires. Édouard Louis se apellidaba originalmente Bellegueule (algo así como «jetamona», o «bonitodecara»), pero nada más salir del instituto se cambió el apellido y escribió una novela avasalladora titulada Para acabar con Eddy Bellegueule. Tiene una fraseología titubeante pero al mismo tiempo vehemente. Cuando no está hablando hace fotos del público con su teléfono, o bebe agua hasta agotar las botellas de todos los intervinientes. La homosexualidad lo sacó de los raíles por los que debía transcurrir su vida, le dio un motivo para escapar y lo convirtió en un tránsfuga social.
Para animar la conversación se les lanzan unas citas de Barthes y de Bourdieu sobre la aportación de la literatura al conocimiento científico de la realidad social. Eribon cuenta que Bourdieu le dio a leer el borrador de su Autoanálisis de un sociólogo, lamentando haberse plegado a la retórica académica y no haber explorado estilos más literarios. Pero incluso en esa última obra se sentía cohibido y temía abandonarse a la instrospección: «no puedo —decía Bourdieu—, no soy Jean Genet; y además, ¿qué dirían los colegas?»
—No sé por qué le preocupaba lo que dijeran sus colegas —prosigue Eribon—, pues no paraba de decir que eran todos unos gilipollas.
Ya desde el principio Édouard Louis me parece más fino que Éribon, a pesar de que éste tiene décadas de trabajo académico a sus espaldas. Dice Louis que él cuando va a una librería no ve que la literatura tenga nada de científico: «basta con hojear todas esas malas novelas que se venden». Y luego —añade, pensando seguramente en Flaubert o en Annie Ernaux—, cosas que nos parecen de una gran sutileza sociológica no nos lo parecerían si no hubiéramos leído obras de protocolo analítico.
Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, dedican cinco minutos a descuartizar El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty. Primero habla Eribon: «Dice mucho sobre el estado de la izquierda actual que haya saludado con tanta alegría un libro escrito desde la meritocracia». Louis toma el relevo:
—Cuando abro el libro de Piketty, me hiere personalmente. ¡¿Cómo puede hablar de «desigualdades justas»?! Mi madre merece más su sueldo que él, que se pasa el día sentado.
Risas en el público. Continúan hablando sobre cómo se puede escribir en la lengua del enemigo. Del enemigo de clase, por supuesto. Yo querría preguntar si el mero hecho de escribir no es ya una forma de participar de manera celebratoria en la cultura de una clase social, pero me contengo, porque ya he agotado mi cupo semanal de ridículo. Y estamos a martes. Louis dice que también la lengua de la infancia fue para él la lengua del enemigo, y que en determinado momento la lengua de la burguesía lo liberó, descubriéndole que no era un maricón, un sarasa y un lolailo, sino un homosexual —que es, se entiende, otra cosa más compleja y estimable, con su historia y con sus héroes—. Por ello, Louis asume con una alegría extraña, pero razonada, lo que otros llamarían alta cultura, o cultura de élite:
—Intenté sacar de la indigencia intelectual a mis hermanos pequeños, los llevaba a ver películas de Godard, y cosas así, y la reacción fue hostil y contraproductiva. Es una pena, porque a fin de cuentas, si te gusta Godard también te puede gustar Rihanna, pero si te gusta Rihanna no te puede gustar Godard.
Hombre, yo creo que si te gusta Rihanna te puede gustar cualquier cosa, incluido Godard, pero aquí me tengo que limitar a transcribir lo que se dijo. Además, con la mercadotecnia y la postproducción actuales se podría conseguir fácilmente que Godard tuviera la voz y el palmito de Rihanna, lo que simplificaría mucho la sociología de los bienes culturales. El jovencísimo novelista concluye:
—Mis hermanos no tenían la voluntad de ir a ninguna parte. Lo que deberíamos plantearnos es cómo crear las condiciones de emergencia de una voluntad de salir de la clase baja.
Alguien en el público pregunta por qué sólo hablan de la cultura popular en términos negativos.
—Cuando hablo de «salir» de la clase baja —responde Louis—, de «sacar» a mis hermanos, me refiero a salir o sacarlos de la precariedad, de la homofobia, de la violencia, de una esperanza de vida veinte años más baja que la del resto de la población.
—Claro —añade Eribon—, es que si uno construye la cultura popular como un objeto de estudio etnológico, un poco a la manera de Hoggart, parece estupenda, pero en la vida real no siempre es tan fantástica, sobre todo desde que hace unas décadas desapareció la cultura sindical (que, por otra parte, tampoco era toda la cultura proletaria). El caso es que Édouard y yo hemos recibido centenares, millares de e-mails y de mensajes de gente que nos dice «gracias a usted ahora comprendo algo».
Louis abre la cuarta botella de agua mientras lo confirma:
—Antes yo era militante del PC, y me siento más útil ahora respondiendo e-mails.
Una estudiante pregunta quiénes son esas personas que les escriben, y la respuesta de Louis es bastante chusca:
—La verdad es que a veces te escribe una cincuentona heterosexual del 7º arrondissement diciendo que se identifica perfectamente con tu protagonista... ¡que es un adolescente homosexual de los suburbios! Son cosas que no se entienden, pero así y todo se ve que el libro les da un marco en el que interpretar sus vidas.
Escribo esto al día siguiente, esperando que me traigan el calabacín a la parrilla que he pedido en Le Pain Quotidien. En esto, surge a mi lado una sombra siniestra:
—¿Es posible que usted sea el Señor Ceballos? ¡No lo recordaba tan joven!
¡Cielos, es Roger D. en carne y hueso! Sobre todo en hueso. Ya le han reparado el coche y puede bajar con comodidad al centro. «Qué alegría», digo, sin demasiado énfasis. Ah, no tanta, no tanta: Roger está algo fastidiado porque no consigue dar con algunos de sus viejos colegas.
—¿No ha visto al señor Klinkenberg? No hago más que llamarlo al fijo, pero aparentemente nunca está en su casa. Le pedí al señor Dubois su número de celular, pero no me lo quiso dar, ignoro el motivo. ¿No lo tendrá usted, casualmente?
Pues no lo tengo, no, pero hace un cuarto de hora he visto a Klinkenberg salir corriendo de la facultad, y casi empiezo a figurarme de qué huía. Mientras tanto, ya han traído mi calabacín; Roger ha tomado asiento al otro lado de la mesa y vuelve a construir castillos en el aire con los cuatro libros de su biblioteca.
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