Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

domingo, 21 de junio de 2015

Patricia y Albert me invitaron ayer a cenar, porque iba a estar también Nil S., a quien tenía muchas ganas de conocer. Cuando estudiaba leí con devoción su antología de la primera ciencia ficción española, y unos años más tarde descubriría sus luminosos ensayos sobre Ganivet y el modernismo. Llego con antelación, porque resulta que las siete no era la hora a la que se me esperaba, sino la hora a la que Patricia me llamaría para decirme cómo iba la cosa, y cuándo debía ir. Han pasado casi todo el día en Lovaina y no han tenido tiempo de preparar nada, así que Albert y Marisol —la mujer de Nil— han bajado a comprar embutido y cervezas al súper de Tilff. Nos hemos debido de cruzar, no sé muy bien cómo.

Nil tiene una conversación remansada, con un acento raro y como traducido. Es un hápax prosódico, el acento probablemente único de un catalán que enseña español en Estados Unidos y se pasa el día leyendo en alemán. Parece frágil, pero su posición corporal y sus movimientos delatan una robustez que no era perceptible a primera vista. No es un godiflaco desgalichado como todo el mundo. Tiene una ergonomía romana, eso que se veía de antes en algunos curas, una como memoria muscular de la toga. Toga no lleva, pero de todos modos su ropa resulta anacrónica: lino, tirantes, zapatos de cuero en verde, todo muy Muji.

Hace un par de años Nil terminó un libro sobre la narrativa fascista, o más bien sobre la construcción del espacio en la narrativa fascista española. Lo escribió en inglés, dice, para que le resultase más entretenido. Lo que está haciendo ahora no tiene nada que ver, y ni siquiera es un tema de hispanismo. Dice que se cansa de los temas, que hay que acabar con el tema antes de que el tema acabe con uno, algo así. Yo le digo que tiene razón, y que alguien —no sé quién— distinguió entre el investigador lobo y el investigador zorro: el primero se mantiene toda la vida fiel a su dieta de carne de corza, mientras que el segundo ramonea lo que va encontrando, un día es un pájaro, otro un racimo de uvas, otro un par de escarabajos...

En realidad ser un investigador lobo tiene algo noble y épico; de antes había, efectivamente, investigadores que perseguían durante años a su presa, en una cacería a tumba abierta que luego dejaba libros como Mímesis, o Entre lo uno y lo diverso, o Literatura europea y Edad Media latina. Esto ya no puede hacerse porque hay que ganar sexenios y proyectos de investigación. No se puede esperar a cansar la presa, es todo más bien aquí te pillo aquí te mato. Por eso las cacerías intelectuales ya no se llevan. Lo más frecuente son los necrófagos que viven adheridos al primer objeto de estudio que se les cruzó por delante. Primero lo desuellan, luego se comen los menudillos, ponen la carne en salazón y acaban quebrando los huesos para chuparles la médula, entre un enjambre de moscas. A mí me parece que continuar royendo el hueso del tema al que uno le hincó el diente dos o tres décadas antes es una cosa mezquina, máxime cuando ese hueso muchas veces pertenece a un contemporáneo que aún anda por los cafés medio vivo, o que se murió hace poco bajo la mirada expectante del buitre académico.

Claro que todo esto no lo se lo dije a Nil porque no se me ocurrió en el momento y porque además Nil ya había empezado a hablar del nuevo libro que está escribiendo, que, como digo, no es un libro de hispanista, sino que trata de las guerras mundiales. Uno de los capítulos se centrará en el proyecto Echolot de Walter Kempowski. Recuerdo vagamente haber visto una exposición sobre él hace muchos años, y escribí sobre ello en mi blog de entonces. Kepmowski recopilaba diarios íntimos y testimonios personales de la generación que hizo la última guerra mundial, tanto de las víctimas como de los victimarios. Las siete mil páginas de esa cronografía polifónica, que Nil se ha leído ascéticamente, «despliegan una ética diametralmente opuesta a la de la guerra absoluta». Hay que ver. Y eso es sólo un capítulo, o un epígrafe. Más que una cacería, ese libro es un safari.

(Claro —refunfuña una voz dentro de mí—, es que a Nil le dieron clase Francisco Rico, Claudio Guillén, Alberto Blecua, Sergio Beser. Así ya se puede).

A la hora de las revelaciones se descubre que Albert persiguió a una chica hasta Dinamarca; que Patricia hizo el juramento hipocrático («¿en qué contexto?», pregunta Nil); que Nil escribió sobre unos escritores que él se había inventado.

—Sí, sí. Me los inventé —admite con mucha naturalidad.

Albert ameniza la cena con evocaciones de su apocalipsis particular: la desaparición de la prensa impresa y del periodismo independiente; la desintegración de Europa y del Estado social; la suplantación de la actividad crítica por hordas de robots que retuitean artículos científicos en función de cuánto hayan pagado las universidades. Cinco minutos antes de la medianoche, antes de que mi bicicleta se transforme en calabaza, pongo rumbo a Tilff, con esa ebriedad que dejan las conversaciones largas y ocurrentes. El faro de la bici rasga la noche y se me figura que es algo así como un símbolo.

domingo, 14 de junio de 2015

—¿No te enseñaron cuando eras pequeño que el sitio más peligroso en el que puedes estar durante una tormenta es una barca dentro de un lago?

En la meseta central castellana las probabilidades de estar dentro de un lago durante una tormenta son bastante remotas, así que no, Kathleen, no me lo enseñaron. Deja de hacer preguntas sarcásticas y sigue remando.

No estamos realmente dentro de un lago, sino en mitad del Spree, el río que atraviesa Berlín. Una hora antes habíamos atracado elegantemente en un embarcadero del Treptower Park. Esto de aparcar la barca, saltar al pantalán y atravesar las mesas de una terraza con el remo al hombro es probablemente la cosa más cinematográfica que he hecho en mi vida. Eso sí, qué vergüenza si mi tía Mamen viera el churro de nudo que he hecho, ella que es tan náutica y que sabe hacer el ballestrinque y el ocho corredizo. Ejem. El caso es que nos acabábamos de sentar a comer soljanka y salchichas en la terraza cuando empezaron a caer gotas. El pantalán en el que teníamos que devolver las canoas estaba a cosa de un kilómetro, o kilómetro y medio.

—Yo creo que si nos damos prisa, llegamos —dice mi hermano, que es muy animoso.

Quince minutos después luchábamos a brazo partido contra las olas, mientras los truenos retumbaban bajo nuestras canoas. La tarde se había puesto súbitamente épica. Por si la lluvia no fuera bastante, el viento nos lanzaba al sesgo ráfagas de agua. Sólo remando de un único lado lográbamos a duras penas imponernos a la corriente. Yo tenía las gafas mojadas por completo y veía poco; Kathleen, que iba delante, tampoco debía de ver mucho, porque durante un cuarto de hora enfilamos hacia un edificio que no era el embarcadero al que debíamos dirigirnos. A lo lejos creí entrever a Nacho y Eva haciendo molinetes con los remos como eskimales de dibujos animados.
Cuando empezaron a sonar las trompetas del Apocalipsis perdí la noción del tiempo y de los brazos. Nacho, que es todavía más pedante que yo, diría luego algo así como que aquello era uno de los ríos que separaban el Hades del mundo superior. Desembarcamos en la orilla correcta, pero el patrón no parecía muy contento de vernos vivos.

—¡Podíais haber esperado a que escampara! ¿Es que no habéis oído al hombre del tiempo?

Pues sí, sí lo habíamos oído, pero el hombre del tiempo nos había decepcionado mucho últimamente y decidimos darle más crédito a la mañana gloriosa que teníamos delante. Ahora debe de estar retorciéndose en su casa el muy cabrón, con un ataque de risa nerviosa. Nacho y yo nos quitamos las camisas, que están empapadas y dan repelús. Por suerte, Berlín es un sitio en el que uno puede coger el metro medio en bolas sin llamar la atención. Lo que llama la atención es que no tenemos ningún tatuaje. ¡Ni siquiera tenemos un bigote para un remedio...!

—Si es que te lo tengo dicho, Kathleen, que a ver si nos tatuamos alguna cosa porque vamos dando el cante.

En casa nos secamos y nos cambiamos de ropa. Mi hermano y mi cuñada, que han venido para día y medio, traen pantalones de repuesto; yo, que me quedo una semana y en realidad vivo más o menos aquí, le tengo que pedir uno prestado a Kathleen. Me pongo la camisa verde que compré en el Humana de Frankfurter Tor y me siento como uno de los Jefferson Airplane. Vamos al Schwarze Traube, el garito de los cóckteles misteriosos. Le contamos a la camarera nuestra aventura, y le pedimos el aguamiel de las victorias, el bebedizo levantamuertos del ceremonial vudú, el reconstituyente que le dieron a Jonás cuando lo escupió en la orilla la ballena.

La camarera nos lo trae. Es lo bueno de este sitio.

viernes, 12 de junio de 2015

Hemos tenido una tesina peculiar, este semestre. Una tesina que, en su construcción, recordaba esas fantasías musicales románticas donde las melodías se suceden con brusquedad ciclotímica, propulsadas —se diría— por una suerte de impaciencia introspectiva, y por la dicha sádica de poner a prueba las cualidades del intérprete. El tema, en cambio, era muy poco romántico: se trataba de una propuesta de análisis semiótico de los tropos (es decir, de las llamadas «figuras de pensamiento», como la metáfora o la metonimia), mediante la lógica formal.

No diré aquí nada más del trabajo, por estar éste inédito y ser propiedad de su autor, ni de la evaluación tras la defensa oral, que se hace a puerta cerrada. Apuntaré sólo una anécdota. Un colega le preguntó al estudiante si tenía en mente posibles aplicaciones informáticas de su trabajo. El estudiante dijo que no había pensado en ello, pero añadió a continuación algo muy interesante, que para no haber pensado en ello demostraba una rara viveza de juicio. Los programas informáticos relacionados con la lengua —dijo— suelen adoptar un enfoque lexicológico: tratan de producir y reconocer palabras, y de relacionar unas con otras de manera adecuada; en paralelo, se está llevando a cabo una inversión muy importante en software de reconocimiento de objetos, o, más que de objetos, de «discreciones», de formas distinguibles de un conjunto —el tipo de software que utilizan, por ejemplo, los coches automáticos—. Estas dos áreas de desarrollo, sin embargo, son cultivadas en paralelo y sin que haya comunicación entre ellas. Esa comunicación la daría precisamente una semiótica formalizada en términos matemáticos. Es la semiótica la que permitiría a una cámara identificar una pistola, y a un coche diferenciar una bolsa de un erizo.

Un día mi ordenador procesará mi careto, lo cruzará con Google Images, llegará a la conclusión de que me parezco a Woody Allen y me perderá el respeto, por lo que probablemente lo siguiente que vea será una ventana emergente con el mensaje «contraseña no válida».  Pero eso es fácil. ¿Podría un ordenador decirse «esto es una pistola, y por lo tanto un arma, así que contiene el sema [+letal] a través del cual se relaciona con los ojos verdes verdes con brillo de faca que se me han clavaíto en el corazón»? En otras palabras: ¿podría un ordenador, a través de un razonamiento lógico, pasar del sentido literal al sentido traslaticio o simbólico?

Esto del sentido literal tiene su miga. Ayer leí en un examen la frase siguiente: «Don Juan arde literalmente de amor por doña Inés». Se trata de un uso traslaticio de «literal», de un uso hiperbólico, de un uso —en definitiva— no literal de «literal», que está ya muy difundido en todas las lenguas occidentales, en particular en inglés. Esto tiene que ver seguramente con la degradación de la educación primaria en Estados empobrecidos, pero también con el genio popular que de algún modo intuye lo relativo del significado literal, la reversibilidad de la semiosis: una pistola es literalmente un arma, que es literalmente dañina; una mirada es literalmente dañina, lo que hace de ella literalmente un arma. En estas ecuaciones, «literalmente» quiere decir «pertenece a» o «está incluido en» cierto conjunto semántico. Entre «mirada» y «pistola» hay una intersección que no es difícil confundir con una relación de identidad.

Otra forma de verlo es que la literalidad no es una categoría discreta, sino continua, según su proximidad a... ¿a qué? ¿A un prototipo independiente del contexto, como aceptan hoy muchos lingüistas? ¿O a la acepción más frecuente en cierto contexto? ¿Lo que el atracador tiene en la mano es [+ literalmente] una pistola porque la acepción más frecuente es la del arma de fuego que blande un atracador?

En un artículo de Revista de Libros leo que las afirmaciones de Isaiah Berlin «casi nunca son literalmente falsas». Quizá una palabra pueda tener un significado literal, si asumimos que haya prototipos no contextuales, pero no son concebibles prototipos de oraciones. ¿Puede tener una frase un sentido literal e inamovible? Tomemos, por ejemplo, la afirmación siguiente: «en un cráter de la Luna hay un pueblecito habitado exclusivamente por conejos filósofos». No es una frase de Isaiah Berlin, es cierto, pero puede hacernos el apaño, porque es literalmente falsa. Ahora bien, esto puede entenderse de varias maneras:
a) en un cráter de la Luna hay un pueblecito habitado exclusivamente por ratones filósofos;
b) en un cráter de la Luna hay un pueblecito habitado exclusivamente por conejos que se creen filósofos, pero en realidad no pasan de vulgares tertulianos de televisión digital terrestre;
c) el pueblecito habitado exclusivamente por conejos filósofos no está en la Luna, sino en Marte;
d) en un cráter de la Luna hay un pueblecito habitado sobre todo por conejos filósofos;
e) en un cráter de la Luna hay una megalópolis habitada exclusivamente por conejos filósofos
f) ...
Es cierto: (d) y (e) mantienen con la afirmación original una diferencia de grado (más o menos conejos, más o menos urbanizado), por lo que es fácil entender que una puede ser más exacta que la otra, en algún sentido. Y confieso también que falta la variante más obvia: «en un cráter de la Luna no hay un pueblecito habitado exclusivamente por conejos filósofos». Pero me costaría aceptar esta frase como literalmente verdadera, porque es compatible con la veracidad de todas las anteriores y porque sigue remitiendo a un mundo —o a una «enciclopedia», como dice Umberto Eco— en el que los conejos departen sesudamente en las plazas.

Quizá se podría replicar que una frase es literal en relación con un contexto prototípico, con un escenario convencional, como las interacciones comerciales que aprendemos en los manuales de lenguas («buenos días, quería una barra de pan, por favor») o los clichés de actuación culturalmente construidos (el hombre que se pone una media en la cabeza, da un tiro al aire y grita «¡que nadie trate de hacerse el héroe!»). Así, la frase sobre los conejos filosóficos sería literalmente falsa en cualquier contexto no televisivo. Si un atracador amenaza con un arma a los trabajadores de un banco, la frase «el hombre los amenazó con la pistola» será literalmente cierta. Pero también una barra de pan, al menos en Castilla, es una pistola. Cuando voy a la panadería pido literalmente una pistola. Si un caco entra en un banco y amenaza al personal con una barra de pan, alguien dirá «¡nos está apuntando literalmente con una pistola!», y todo el mundo se echará a reír, porque es verdad —y al mismo tiempo no lo es—. En este escenario, «literalmente» no significa «adecuado a un contexto prototípico», sino más bien todo lo contrario.

Este último ejemplo puede ser inventado, pero constituye una producción perfectamente aceptable en términos lingüísticos. La literalidad no tiene que ver en este caso con el significado, como uno tendería a pensar en general, sino con el significante. Esta disociación de literalidad y significado se evidencia también en una frase como «estamos siendo gobernados por un títere»: tomada literalmente es una frase falsa, pero su sentido es mucho más verdadero y profundo que el de la frase «estamos siendo gobernados por un señor con barba».

Una de las cosas difíciles y bonitas del juego del mus es que incorpora esa recurrencia semiótica que es propia del lenguaje. Una carta vale por otra, que vale por otra. El rey es el rey, pero (para casi todo) un tres también puede ser un rey; en una parte del juego, la sota, el caballo y el rey (y, por consiguiente, también el tres) tienen el mismo valor; sin embargo, en la jugada conocida como «la real» el tres no suele admitirse como equivalente del rey. En este último caso, podría decirse, el tres es literalmente un tres: su valor real equivale a su valor nominal. Pero también podría decirse que los otros casos —en la práctica totalidad de las jugadas— el tres tiene literalmente el valor de un rey; es decir, que tiene literalmente el valor real (no el nominal) del rey. Literalmente real, por cierto, lo que paradójicamente quiere decir que es real en el sentido monárquico del término: o sea, en una acepción que no es la originaria. En esa larga cadena de suplantaciones que permite la baraja del lenguaje, lo literal parece corresponder más bien un punto de curiosa pertinencia del signo.

Sigo corrigiendo exámenes: «Don Juan Tenorio es literalmente un donjuán». A veces los estudiantes, por ignorancia, dicen verdades deslumbrantes como esta. Don Juan Tenorio es, efectivamente, un donjuán literalmente literal.

domingo, 17 de mayo de 2015

Julia y Chris han estado paseando por Kreuzberg con una amiga, y a las cinco y pico se acercan a nuestra casa, lo que nos viene bien porque tenemos tres metros cuadrados de pastel de ruibarbo con los que no sabemos qué hacer. Chris saca con entusiasmo de la estantería un libro que nos regaló Patricio hace muchos años. Son fotos de crímenes, tomadas en los años cincuenta por la policía de Los Angeles. Tiene un prólogo de James Ellroy, el autor de L. A. Confidential. «Estos reporteros se pensaban mucho las cosas —dice Chris—; hay fotos en las que ves claramente que han tenido que subirse a una escalera para hacerlas». Yo me imagino el diálogo con los policías que custodian la escena del crimen:

—Eh, oiga, ¿adónde cree que va con esa escalera?
—Apártense: soy fotógrafo.

Chris también lo es, y tiene un ojo rápido para los detalles significativos. Se detiene en una foto que muestra un monedero. Está completamente fuera de contexto, de modo que resulta difícil determinar con seguridad su tamaño: puede ser grande como un bolso, puede caber en un bolsillo. Ha sido atravesado por un balazo, que puede ser de un balín o de un cartucho.
—Sí, pero fíjate en la trayectoria: la bala va de dentro afuera. Seguramente su propietaria tenía dentro una pistola pequeñita, una Derringer.

Por diferentes motivos tanto ellos como nosotros nos hemos pasado el día picando, y nos apetece una comida consistente y humeante, uno de estos platos alemanes de carne fibrosa, patatas cocidas y salsa espesa. Hígado. Codillo. Estofado. Los llevamos a un sitio estupendo que descubrimos hace poco en la Wühlischstraße. La conversación es fluida. No hay ningún teléfono móvil sobre la mesa.

La amiga de Chris y Julia se llama Rachel (con pronunciación paroxítona). Trabaja en el servicio de lenguas de la universidad de Michigan. Vivió durante un tiempo en Grenoble, donde tuvo un hijo. Le irrita mucho que su hijo, que tiene pasaporte francés, no pueda beneficiarse de la protección social de Francia. En Michigan, sólo la guardería le cuesta mil dólares al mes, y todavía debe sentirse privilegiada porque lo normal son 1.600 o 1.700. Cuando dio a luz quiso hacerlo en casa con una comadrona, para evitar gastos, pero después de treinta horas de esfuerzos infructuosos tuvo que ir a urgencias. El niño acabó naciendo gordo y sano, pero la factura que le pasaron ascendía a 12.000 $.

—¡Es un disparate! ¿Cómo puede pagar eso la gente?
—No puede, claro —responde Rachel—. Paga con la tarjeta de crédito y se pasa el resto de la vida devolviendo el dinero.

Me imagino que estos días que está pasando en Berlín, Rachel ha tenido que cruzarse muchas veces con esas punkis que disfrutan de catorce meses de permiso de maternidad y veinticinco años de subsidio infantil, y pasan las tardes viendo jugar a sus hijos en el parque infantil y bebiendo latte machiatto. «Aquí resulta difícil imaginar cómo es vivir día a día en un país sin Estado —dice—. Cuando estuve en Japón, por ejemplo, no iba a los médicos estadounidenses para que mi historial no fuera almacenado en las bases de datos que consultan las compañías de seguros norteamericanas». 

Luego habla del famoso plan de Obama para una cobertura sanitaria universal, que en la práctica es una simple obligación de contratar un seguro privado. Quedan eximidos los pobres de necesidad, que tienen derecho a la ayuda de Medicare. Son pocos los norteamericanos que no estén sujetos a una educación y una sanidad orientada al lucro. Sólo el estado de Vermont tiene un gobierno socialista con algo parecido a servicios sociales.

Y además está el asunto de la violencia. Es verdad que los informativos exageran a veces las implicaciones de los sucesos: en los últimos meses no se ha hablado más que del ébola y del Estado Islámico como si hubieran invadido ya todos los McDonalds de Estados Unidos. Pero en cambio, los tiroteos en colegios e institutos son algo cotidiano, y no llegan a los titulares a menos que haya dos docenas de muertos. 

Le pregunto si no ha pensado en volver a Japón.

—Sí —dice Rachel—, me tienta mucho. En Tokio tienen incluso un colegio francés al que podría llevar a mi hijo. Lo que ocurre es que cada setenta años hay allí un terremoto bestial. El último fue en 1923, lo que significa que estamos viviendo en tiempo de descuento.

—Ya veo. Pero estarán preparados, ¿no?

—No puedes estar preparado para algo así. Los edificios modernos son antisísmicos, pero hasta ahora no han sido sometidos a una prueba parecida. El suelo llega a licuarse en seísmos de esa magnitud. Por otro lado, nunca sabes dónde te va a coger: quizá estás en la calle, o en el súper, o en un tren que casualmente pasa en ese momento por un paso elevado. Además, es probable que unos minutos después del terremoto Tokio sea arrasada por un tsunami.

Visto así, yo también elegiría el tiroteo, donde con un poco de suerte te dan en una nalga y puedes enseñársela a un reportero para que la fotografíe subido a una escalera.

viernes, 17 de abril de 2015

Indescriptible frustración: he llegado a Madrid demasiado tarde para comer torrijas, y demasiado pronto para las rosquillas de San Isidro. Lo compensa —un poco— el poder asistir a la exposición temporal de la fundación Mapfre, titulada «El canto del cisne». A partir de los fondos del Musée d’Orsay, la exposición presenta al público una antología de los lienzos que la Académie des beaux-arts admitió a concurso en la segunda mitad del siglo XIX. Esos cuadros que las historias del arte despachan rápidamente como anodinos, repetitivos, vulgares, pomposos, aburguesados, insulsos, acomodaticios y, en definitiva, insultantes para la inteligencia de los espectadores.

Sin embargo, nada más entrar el visitante se da con un desnudo de Ingres que le corta el aliento. Salvando al mencionado Ingres, Courbet, Alma-Tadema y algún otro (¡Moreau!), los nombres de los pintores representados serán hoy desconocidos incluso para los habituales de los museos: Cabanel, Blanc, Meissonier, Guillaumet... A despecho de lo que uno cree que sabe, en esos cuadros hay drama y discurso, perspectivas aéreas audaces, contrastes arriesgados, composiciones estudiadas y una comprensión, una interiorización del paisaje que no tienen las fotografías.

El más complejo es probablemente Los guardacostas galos (1888), de Lecomte de Noüy. Vienen a ser tres cuadros en uno: la esquina superior izquierda es una reedición de Impressions de Manet; el centro es un paisaje simbolista, una naturaleza desatada a lo Caspar David Friedrich; el tercio inferior derecho —donde están los galos propiamente dichos— constituye un testimonio ejemplar de realismo historicista sobre el origen mítico de la nación.

Visito la exposición dos veces: una solo, a media hora del cierre, y otra al día siguiente con Eva, Nacho, Kathleen y Nora. A todos (salvo a Nora, que tiene dos añitos y además anda pachucha) nos embelesa La araña de Léon Comerre (1905), donde la araña es una rubia en escorzo, frescales e impúdica, con una mirada sonriente que Comerre aprendió seguramente en Murillo y en los garitos de Montmartre. Es una representación demasiado fácil de la mujer fatal, probablemente ya algo lúdica —el cuadro es de 1905—, y me arriesgaría a decir que al artista lo que más le interesaba era el alarde técnico de una telaraña que se ve a pesar de no haber sido dibujada, casi como la aguja de la bordadora de Vermeer que obsesionaba a Dalí. El centro de la tela —y de la telaraña— es el ombligo.

Mis cuadros preferidos son La pucelle! de Craig y Les oréades de Bouguereau. El título del primero lleva un signo de exclamación que a Eva no se le escapa. Sobre un borrón ensangrentado se desboca el caballo de la doncella de Orléans, que espanta la mirada —alucinada— en un mikado de lanzas rojas. De lejos, el cuadro se descompone en un estudio de vectores como los de Paul Klee. 

Les oréades presenta una escena disparatada con una seriedad que sólo muchos años más tarde recuperaría Dalí: cuarenta y dos mujeres desnudas volando por los aires como si las hubieran disparado con un cañón de confetti. Revisando luego catálogos en casa, descubro que el cuadro de Craig (>1907) y el de Bouguereau (1902) estaban contenidos (en potencia) en una arrebatada y abigarrada alegoría política del polaco Malczewski, pintada a principios de los años 1890, en la que una multitud erizada en lanzas es propulsada mágicamente desde un lienzo que el pintor está pintando dentro del propio cuadro.
¿Era este el arte aburrido que barrieron las vanguardias? ¿Era este el enemigo de los impresionistas, los expresionistas y los nabis? Es verdad que mis cuadros preferidos de la exposición pertenecen ya al siglo XX, pero la Mélodie du soir de Jean Jacques Henner data aproximadamente de 1872. Encontramos allí un cielo pintado con espátula, contornos difuminados, rostros apenas esbozados y un título que dispara el conjunto a través de dos sinestesias consecutivas: la sensación de la tarde es traducida a una melodía y retraducida a lenguaje pictórico. A ver si los cuadraditos de Piet Mondrian saben hacer eso.

Henner es un ejemplo trucado, ya que no fue el artista que más cómodo se sintió en los salones de la Academia; el último cuadro que remitió al finalizar su beca en Roma —la Susana que también acoge la fundación Mapfre— fue desdeñado como «un esbozo», y pocos años después su obra sería elogiada por artistas excluidos de la Academia como Renoir, Degas o Manet. Pero no se trata sólo de Henner: toda la exposición en su conjunto mantiene una llamativa sintonía con el modernismo, ese movimiento literario que pasa por ser una pica hispánica puesta en el Flandes de la modernidad. Mujeres ideales, faunos, pegasos, centauros, náyades, representación mítica y transtemporal de personajes bíblicos, cristianismo tolstoiano, paisajes del alma, reverencia ante las ruinas de la Antigüedad, neoclasicismo impostado... Es el mundo de Prosas profanas pintado con el mismo virtuosismo formal que también se exigía Darío; virtuosismo que admitía una exageración epatante de ciertos contornos y colores, y que incluiría en una fase posterior una simplificación artificiosa.

Esta pintura academicista es más representativa que ninguna otra de los valores artísticos imperantes en la época en la que fue producida, y sin embargo se resiste a las categorías que hoy explican esa misma época. El propio catálogo de la exposición confiesa su desconcierto en numerosos epígrafes interrogativos: «¿sabemos mirar la pintura académica?»; «¿crónica de una decadencia programada?»; «¿un tema olvidado?»; «¿hijos del museo?»; «¿examen o revisión?».

Una clase de primaria visita la exposición y se sienta frente al Persée de Paul-Joseph Blanc. La profesora, de acento porteño, lo hace muy bien:

—¡Fa! ¡Pero qué enoooorme es este cuadro! Va del techo hasta el suelo. ¿A que no cabría en vuestra casa?

La tela representa a Perseo a lomos de Pegaso («no, no es un unicornio», corrige la profe); el héroe tiene en la mano la cabeza de Medusa. «¿Por qué sólo aparece la cabeza de la chica?», pregunta la profesora, y un párvulo contesta: «¡porque la chica tiene dos cabezas!». Efectivamente: en la cabeza de este niño el cuadro se titula «Mujer de dos cabezas sufre operación radical a manos de cirujano nudista». Los niños que van al museo son hematocríticos natos; qué pena que no les dejen redactar el catálogo. No aprenderíamos menos, y nos divertiríamos más. 

sábado, 11 de abril de 2015

Estuve trabajando el Viernes Santo hasta cerca de la medianoche, y cuando ya no quedaba prácticamente nada de la Semana Santa nos dieron las vacaciones de Semana Santa. El sábado me reuní con Kathleen en Hamburgo para celebrar el cumpleaños de su hermana, y luego habíamos acordado pasar tres días en Málaga para recuperar la cordura y quitarnos ese color de langostino a medio descongelar que da el invierno belga.

En el aeropuerto tuvimos la cada vez más frecuente trifulca del suplemento de equipaje. Ya hasta aerolíneas serias como British Airways han perdido el rubor y les cobran las maletas a sus pasajeros: el recargo es moderado si has leído la letra pequeña y facturas por anticipado a través de la página web de la compañía, y disparatado si no eres un globe-trotter y la cosa te pilla de nuevas. Vueling, que es la compañía que hace el trayecto Hamburgo-Málaga, cobra por las maletas, por elegir asiento y por los centímetros extra de los asientos de emergencia. Obviamente nosotros habíamos intentado facturar las maletas por internet la noche anterior, pero Kathleen no recordaba su contraseña de Paypal; quiso volver a la página precedente para pagar con tarjeta y el interfaz se quedó colgado; desde entonces, la página de nuestra reserva incluía las dos maletas pero por algún motivo no nos permitía completar el pago.

«Qué le vamos a hacer, ya se lo explicaremos mañana en el aeropuerto», dije ingenuamente. Y luego dicen que la edad da sabiduría. En el mostrador de check-in una azafata cogió nuestras maletas, nos dio las tarjetas de embarque y nos envió derechos al mostrador de atención al público. Allí, una becaria a la que habían dejado sola ante el peligro nos explicó en un alemán aproximativo que nuestra única opción era pagar casi el cuádruple de lo que habríamos debido pagar si hubiéramos completado el pago en línea.

La gente que dice que Kathleen es muy dulce nunca le ha cobrado un recargo de equipaje. Traté de contenerla, pero no pude evitar que mutilase atrozmente a dos azafatas y que se comiese una de esas máquinas de autocheckin que nunca reconocen el número de reserva. Cuando los antidisturbios estaban ya sacando nuestras maletas de la bodega del Boeing, le entregué a la becaria mi tarjeta de crédito y le juré a Kathleen que no descansaría hasta que los directivos de Vueling nos pidieran clemencia de rodillas. 
Kathleen aún humeaba cuando desembarcamos en Málaga. Nos metimos en un taxi y dijimos con desenvoltura el nombre de nuestro hotel. El taxista arrancó y mantuvo el suspense durante varios segundos antes de preguntarnos dónde estaba. Joder, y yo qué sé dónde está, si supiera dónde está me haría taxista y llevaría a los turistas de un lado para otro.

—Bueno —dijo el taxista con filosofía—, pondremos la maquinola.

La maquinola era el GPS, que me prestó para que escribiera yo la dirección. Cuando se lo devolví me preguntó si sabía cómo funcionaba. Le respondí que literalmente era la primera vez que tenía un GPS en la mano. Luego me giré hacia Kathleen, que tenía el pánico pintado en la cara, y traté de tranquilizarla diciéndole que ahí fuera, en el espacio exterior, había un satélite que sabía adónde queríamos ir y que buscaría para nosotros el camino más rapido y seguro. Cuando casi había conseguido tranquilizarla, el taxista giró 180 grados.

—Me he despiztado un poco —ceceó—, pero enceguida llegamos.

Un minuto después se paró bruscamente en un carril de aceleración para poner de nuevo el GPS, porque como lo había estado toqueteando se había vuelto loco. El taxímetro estaba apagado. «No pasa nada —nos explicó, señalando una cartela compulsada que lleva pegada al parabrisas—, la tarifa es fija». Una voz de mujer inexistente pero absurdamente segura de sí misma daba indicaciones: «siga a la izquierda trescientos metros y póngase a la derecha»; «gire a la derecha, Avenida Velázquez».

—¡A la derecha! ¡A la derecha! —gritó Kathleen.
—¡Yo me bajo! —grité yo.

El taxista pegó un volantazo y entramos derrapando en la avenida Velázquez. Desde entonces, fueron seis ojos los que siguieron el itinerario trazado en la pequeña pantalla del GPS, y seis orejas las que atiendieron a las instrucciones de nuestra guía virtual: «en la próxima rotonda tome la cuarta salida, Guadalmar». Kathleen y yo señalamos la flecha que marcaba la desviación, y la cantamos a voz en cuello: «¡Guadalmar! ¡Guadalmar!». Aun así, al taxista le pilló desprevenido, pero dio marcha atrás en medio de la rotonda y cogió la salida correcta.

—Joé, chicos, perdonar, que es que no cé qué me paza hoy.

Tras pasar tres cuartos de hora dando vueltas, llegamos a nuestro hotel, que tiene un gigantesco letrero luminoso; si fuera mucho más pequeño todavía habría sido visible desde la parada de taxis del aeropuerto, que está a menos de un kilómetro en línea recta. El taxista se deshacía en disculpas.

—Nada, hombre, nada; lo importante es llegar.

En aquel momento lo dije con sinceridad y alivio, porque varias veces temí que no llegásemos, pero visto en retrospectiva tampoco era tan importante llegar o no llegar, ya que en Málaga hacía exactamente el mismo tiempo que en Hamburgo. Lo único por lo que merecía la pena el viaje era por el chiringuito de Servando, que estaba enfrente del hotel, y en el que hacían pescado a la brasa por unos precios ridículos. A lo tonto a lo tonto hemos pasado allí las tres noches y buena parte de sus correspondientes días.

—No hagas tanto ruido al comer —me decía Kathleen—, que la gente está mirando. 

Eran ruidos de placer, como los de Meg Ryan en aquella película. La última noche pedimos una selección de grandes éxitos: almejas al vino blanco, espeto de sardinas a la brasa, jurielitos fritos, conchas finas con limón y unas berenjenas rebozadas con jarabe de remolacha que tiene algo de realidad trascendente, de «cosa en sí» kantiana.

Viendo los despojos de la batalla, los rabos de los boquerones, las valvas de las almejas y las raspas de las sardinas me digo que he contraído una deuda con el Mediterráneo, que ahora deberé emplearme a fondo para hacer que su sacrificio no haya sido en balde: deberé ser mejor persona, poner mejores notas, bajar la tapa del váter y escribir más a menudo mi diario.

viernes, 6 de marzo de 2015

Esta semana mis estudiantes debían escribir un texto argumentativo en respuesta a un artículo de Javier Cercas titulado «A las barricadas». Cercas hablaba allí de cómo el estado natural de la democracia es la crisis, el cuestionamiento, y proponía la revolución de los procedimientos de representación como la única manera de evitar una revolución «de las otras», una revolución antidemocrática. De ahí el título, «A las barricadas». Pero una estudiante despistada ha titulado su ensayo «¡A las barricas!». Es otra forma de ver la revolución.