Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Esta semana la lucha antiterrorista ha conducido al cierre de la universidad de Bruselas, y yo he recibido varios correos electrónicos en los que, con cautela y cariño, se me preguntaba si estaba bien. Tengo que confesar que no, que aquí en L*** vivimos en un estado de terror permanente, amenazados de continuo por las reuniones sorpresivas, las comisiones desmoralizantes y la barbarie de las interfaces digitales que sirven para que se tarde más en hacer lo mismo. Los fundamentalistas de la burocracia están entre nosotros y no atienden a razones. Se sospecha que también hay muchos entre los refugiados. Uno sale a la calle tan tranquilo y cuando menos se lo espera puede estallarle al lado una ley de ordenación universitaria que reduzca su vida a aporías y errores de definición. Han hecho bien en Bruselas cerrando la ULB y permitiendo que la gente estudie y trabaje desde casa con calma relativa. Puede que para salvar las universidades haya que cerrarlas.

En nuestra provincia, el curso actual está siendo arrasado por una reforma de 17 gigatones que ha transformado la matriculación en un proceso de selección a la carta, suprimiendo los menús —o sea, los años de estudio con un contenido más o menos determinado—. La primera consecuencia es que el sistema informático ha saltado por los aires y ha habido que hacer todas las matrículas a mano, con lo cual la secretaría de la Facultad se ha convertido en algo parecido a la enfermería de campaña de M.A.S.H. 

El martes tuve ocasión de charlar brevemente con una de las heroínas que se están batiendo el cobre en esa trinchera:
—¿Cómo es que todavía no hemos juntado firmas al pie de una carta abierta contra esta reforma?
—Porque los belgas son unos borregos.
Se conoce que en Bélgica los belgas son los otros. Al ritmo de bochornos colectivos que padecemos, a los españoles no tardará en ocurrirnos lo mismo.

Las nuevas reglas han propiciado situaciones tan singulares como esta, que me cuenta un colega:
—Hoy ha venido a verme una estudiante y me ha dicho «debo matricularme en su asignatura, pero no debo aprobarla».
—¿Y tú qué le has respondido?
—Que era difícil no aprobar mi asignatura, pero que haría todo lo que estuviera en mi mano.
(Representación alegórica)
Los drones del rectorado han sometido al personal docente e investigador a un intenso bombardeo de siglas. Nuestro ánimo ha sufrido cuantiosos desperfectos. Armado con la clave criptográfica descifro el acta del último consejo de administración: «el VD-R (video recorder), en concertación con la URIF (Unions régionales de l’Ile de France), revisará los KLO (retrete, en alemán) para comprobar que se adecuan a lo dispuesto por la CSF (cerebro-spinal fluid); el informe resultante —siempre tiene que haber un informe, abreviado PV (per vaginam)— será avalado por los demás VD (veneral desease) y enviado a CAI (Cádiz)». No sabía yo que la cosa estaba tan interesante.

A principios de semana, mientras esperaba el ascensor, escuché sin querer una conversación entre un catedrático y un postdoc de Ciencias de la Antigüedad. Creo que no se referían a Nefertiti:
—Va a resultar difícil regularizarla, porque no es un puesto institucional —decía uno.
—Llegado el caso, tendremos que revisar las cargas docentes para equilibrar los créditos —decía el otro, poco más o menos.
En cambio, esta mañana me he cruzado con la célula terrorista de los vicerrectores, que salía a comer, y he oído que uno le decía a otro: «Parece que el champán de este año es excelente».

sábado, 21 de noviembre de 2015

Hay que hablar de París. No hablar de París estos días es una incorrección política inaceptable.

Decidido a no ser el único que no diga nada sobre los atentados, me siento frente a un montón de periódicos, tijera en mano, con la intención de fusilar lo que digan otros. «[E]l modelo de penetración cultural mercantilista que acarrea el capitalismo global ha producido un daño colateral inesperado: derrotado definitivamente el bloque socialista con su “fracaso” ideológico, las nuevas generaciones, que se sienten excluidas del sistema, adoptan las luchas de “liberación” religiosas como sucedáneo a las luchas anticolonialistas de los años 60 y 70». Toma ya, esto me gusta. Al saco. Es un artículo titulado «Égalité» y publicado hace unos días en El Estado Mental. Su autor, Nicolás A. Mattera, concluye: «Posiblemente, si en lugar de tantas menciones de Libertad, que no significa nada, todos comenzáramos a preocuparnos más por la igualdad y la fraternidad, la libertad llegaría sin drones». Muy bien dicho. Vamos bien.

Abro el Die Zeit de esta semana. Entre otras cosas leo allí un artículo sobre la cumbre del G20 en Antalya: «Mientras tenía lugar la Cumbre Antiterrorista […] el gobierno turco hizo bombardear las posiciones del Partido de Trabajadores del Kurdistán (PKK) en la frontera con Siria —es decir, aquellos kurdos que han demostrado ser los únicos capaces de resistir el terror del Estado Islámico—». El artículo, firmado por el dramaturgo Moritz Rinke, concluye con una constatación desalentadora: «Que no me vengan con lo de impedir en su origen el exilio de los refugiados... La OTAN, como aliada de Turquía, coopera a producir ese exilio; también lo hace la diplomacia internacional, en tanto interlocutora de Putin y de Erdoğan». Ahí, ahí, duro, que esto no sale ni en las noticias de La Sexta.

En términos de discurso, poco o nada parece haber cambiado tras la masacre, como comprueba otra redactora de Die Zeit: quienes denunciaban el racismo institucional de la república francesa, lo ven confirmado; quienes compartían la aprensión xenófoba de Marine Le Pen, la ven confirmada; quienes profetizábamos las funestas consecuencias de la segunda guerra del Golfo, las vemos confirmadas; quienes vieron en la llegada de cientos de miles de refugiados una amenaza al modo de vida occidental, lo ven confirmado. «Todo eso ya lo hemos oído», se dice la autora, y todas las reacciones posibles al atentado del viernes 13 producen una amarga sensación de déjà vu: «todas se han intentado desde el 11 de septiembre de 2001, y ninguna ha dado resultado. […] [S]i terminamos combatiendo con infantería el Estado Islámico nos veremos, en el mejor de los casos, en la misma situación que hace una década».

Hace una década los ejércitos europeos buscaban en Irak armas de destrucción masiva y células yihadistas que nunca habían estado allí. Pero también era en aquellos días cuando ardían los coches de los arrabales parisinos, después de que unos jóvenes de origen extranjero murieran en una desafortunada e injustificada persecución policial. En París sigue habiendo barrios con elevadísimas proporciones de desempleo, un fracaso escolar endémico y la suplantación de la noción de ciudadanía por la de pertenencia étnica o religiosa: «un estrato no desdeñable de estas poblaciones ya no cree en la integración y no busca, probablemente, identificarse con la sociedad francesa. El sentimiento de que ya no hay solución social es preponderante en él. El repliegue en la identidad religiosa aparece como un recurso salvador». Esto lo escribía Sami Naïr una semana antes del atentado, en El País del 5 de noviembre, aunque por algún motivo que se me escapa en el archivo digital del periódico se haya almacenado el día 14. De todo lo que ya se ha dicho sobre los atentados, esto es lo que menos se está repitiendo, me parece a mí. Copiémoslo.

En Tilff hay trece restaurantes; uno de ellos lo regenta un argelino que hace unos tayines fantásticos y que tiene una clientela más o menos fija entre los jubilados del valle. Cuando me trae el cuscús pega la hebra con el matrimonio que está sentado en la mesa vecina. Hablan de los atentados —sería una grave incorrección política no hacerlo—; para el cocinero la cosa es transparente:

—Esto lo han hecho unos drogatas.

Lo dice como si los acontecimientos respondieran a un patrón que ha visto miles de veces. Y además resulta que es verdad. Breaking news de esta misma tarde: resulta que uno de los terroristas que se autoinmolaron era una muchacha que «había tenido problemas con la justicia por asuntos de droga». La frase es de una prudencia que El País no suele tener con muchos «presuntos». Digámoslo con claridad, como Le Monde: la chica fumaba porros, bebía vodka y quería ser rapera, que es una conducta típica del fundamentalismo islámico. Ah, que no, que lo de hacerse fundamentalista vino luego, en plan born again in Kabul.

A mí también me da miedo el terrorismo islamista, sobre todo después de haber escuchado en Carne Cruda una grabación del tiroteo de la sala Bataclan. Pero poniendo a prueba mis potencias intelectuales, exigiéndome responsabilidad en el uso de la razón, apelando a la estadística y, como si dijéramos, a golpe de riñón cerebral consigo que me den más miedo los que conducen mirando de reojo el móvil.

viernes, 30 de octubre de 2015

Hace unos años —tres, cuatro—, cuando mi abuela Luisa todavía vivía y conservaba una memoria precaria y una atención intermitente, nos quiso hacer creer que había aprendido a leer en unos rótulos luminosos animados. Eran largas hileras de bombillas que, mediante un patrón predeterminado de encendido y apagado, daban la impresión de que se deslizaba sobre ellas un mensaje publicitario.

—¡Pero abuela, eso no se inventó hasta mucho después! ¡Haría falta un ordenador!
—Pues algo así habría, porque yo me acuerdo.

Los que la oíamos cruzábamos miradas piadosas. El panel había estado, decía, en la Puerta del Sol. Mi abuela atravesaba esa plaza a diario para ir al colegio de San Luis de los Franceses, que quedaba en la calle de las Tres Cruces haciendo esquina con lo que entonces era aún Jacometrezo. Aprendió a leer con siete u ocho años; sería, por lo tanto, cerca de 1925.

El fin de semana pasado Kathleen y yo fuimos a una exposición sobre el Berlín de los años 1920, en el Nikolaiviertel. Al final de la exposición proyectaban una película de 1925 titulada Die Stadt der Millionen. Era algo por el estilo de Symphonie der Großstadt (que se filmaría sólo dos años después), un poco menos esteticista, un poco más documental, aunque ya se dejara seducir por esos efectos yeyé de la lente caleidoscópica o la imagen superpuesta. En la película alternaban escenas de la vida cotidiana durante la República de Weimar con reconstrucciones supuestamente históricas del Berlín decimonónico. ¡Cuánto ha cambiado la vida! —pretendían decir esas contraposiciones—, ¡qué ridículos eran de antes!, ¡qué modernos somos ahora!, ¡qué rápido pasa el tiempo! Bueno, no tanto, a lo que parece, pues de repente, en una toma de Alexanderplatz o de la primitiva Postdamer Platz, la película nos muestra una fachada llena de anuncios luminosos, y entre ellos hay uno en el que las letras van deslizándose de derecha a izquierda, conforme se encienden y se apagan las bombillas. Mi abuela tenía razón.

Es más: si hubiera dicho que de pequeña había cubierto en tren 250 kilómetros en una hora, también habría tenido razón. Al menos la habría tenido si hubiera vivido en Alemania, donde para nuestro asombro existía ya en 1931 un tren de alta velocidad. La historia se cuenta en otra sala de la misma exposición: se trataba del Schienenzeppelin, un tren de un único vagón propulsado por una hélice, y que se hacía Berlín-Hamburgo en 98 minutos.

Si Marty McFly hubiese regresado al futuro el pasado día 21, cuando se le esperaba a comer, no habría visto coches volantes, ni patinetes que levitan, ni cazadoras que se ajustan y se secan solas. Lo que se habría encontrado es un mundo aún muy parecido al de 1985. Sobre todo si hubiera regresado al futuro en una ciudad de Valonia.

El otro día Kathleen y yo vimos en Netflix una película sobre cómo los ordenadores amenazan con dejar sin empleo a los humanos; terminaba, sin embargo, con una moraleja tan conciliadora como la de los artículos de tecnología de El País: se puede convivir con la alta tecnología, a condición de ponerla en su sitio. La película era de 1957.

Desde 1957 han aparecido muchos chismes nuevos que sirven para hacer cosas viejas: trabajar, cotillear, escribir, leer, ligar, comprar, aburrirnos. Muchos de los descubrimientos son variaciones de la telegrafía sin hilos, que se inventó hace cien años. La estereoscopia la descubren cada treinta o cuarenta años; luego se comprueba por tercera o cuarta vez que da dolor de cabeza, y se olvida. Lo próximo será descubrir que un faraón egipcio se llamaba Ipad Pro.

domingo, 11 de octubre de 2015

Quienes dicen que Madrid está lleno de basura deberían darse una vuelta por París. Es una ciudad saturada, llena de orines, atufada por el tráfico y con una la exclusión social a flor de piel. Los yupis bajan los bulevares y a veces las aceras en una vespa, muy estirados y satisfechos de sí mismos, como si ir al trabajo en una vespa fuera un pequeño gesto que mejorase el planeta, cuando tan sólo es un pequeño gesto.

Despido a Eduardo y Laura en la estación de Lyon y tomo el metro hacia la del Norte, pero me bajo en Anvers para pasarme a ver la exposición de Hey! antes de cenar en casa de Kachen y Arne. Hey! es una revista que compro de vez en cuando, en cuyas páginas se viene escribiendo desde hace un lustro la historia alternativa del arte contemporáneo. Damien Hirst, Jeff Koons y Jean-Michel Basquiat son meros especuladores sin imaginación al lado de los monstruos reproducidos en Hey!. Por tercera vez la revista reúne originales recientes de los artistas seleccionados en sus últimos números, y los expone en la Halle Saint Pierre. Como un tren de la bruja, la exposición zarandea al visitante, trastorna sus nervios y coloniza su hipotálamo.

Mujeres cuya cabellera es un inmenso arrecife de coral. Estatuas de seres híbridos entregados a actividades incomprensibles de un verismo tan inquietante que parecen a punto de abandonar la sala por su propio pie. Un niño-camaleón y un niño-armadillo, encogidos en posición fetal, modelados por Claire Partington. Los «Turbulents» de Alain Bourbonnais, personajes disparatados confeccionados con alambres y basura, como salidos del almacén de un chamarilero sobre el que hubiera soplado brevemente el aliento de una divinidad dionisíaca. Un mausoleo lleno de calaveras de encaje, realizadas por el maestro artesano Hervé Bolmert. Un niño de plumas blancas arrodillado en cuyas manos se deshace con exasperante lentitud una bola de helado de fresa. Anuncios reales de varios freak shows japoneses, en los que una mujer despedaza serpientes a dentelladas y un hombre de cuatro piernas se pasea por una tarima con ritmo arácnido al par que profesoral.

Me alegra ver que lo primero que se ofrece al visitante son las obras de Gustavo Grün, pintor argentino afincado en Madrid que pinta alegorías indescifrables con el dominio de los maestros flamencos: una mujer con pezones repartidos por todo el cuerpo, una maternidad marsupial o —este no está expuesto, pero es mi preferido— su autorretrato bajo especie de tortuga ninja renacentista. Y, por supuesto, en el corazón de la exposición laten las obras de Mark Ryden, cuyos originales tienen una riqueza de texturas y detalles que palidecen en las reproducciones. Se expone un impresionante lienzo de gran formato representativo de su estilo: gran cantidad de personajes disparejos, distribuidos de forma aparentemente casual por una sala metafísica, adornada con símbolos cabalísticos; creo recordar un monstruo de purpurina, el esqueleto de Abraham Lincoln y, sin duda, varias de las prepúberes siniestras que le son propias, con ojos inmensos como las mujeres de Margaret Keane o Paul Delvaux. Mucho más reducido e intimista es otro cuadro suyo, muy reciente, titulado Queen Bee: una joven de grandes ojos tristes color avellana (y de mayor profundidad aún que los de la Betty de Gerhard Richter), cuyo peinado se yergue y comba en un único rizo que conforma algo parecido a un nido de golondrina, aunque lo que se ha posado sobre él es una abeja de un palmo de longitud. El misterio de este cuadro es más simple, y por eso mismo, más hipnotizante.

Marion Peck es la mujer de Ryden, y sus obras han terminado pareciéndose mucho a las de él; si acaso, tienen un planteamiento más esquemático, aunque la ejecución es igual de virtuosa. Y al fondo, en un recodo ciego de la planta superior de la Halle, una colección que en otro contexto le helaría a cualquiera la sangre en las venas: una extensa serie de monstruos con todo el aspecto de estar compuestos por parches de piel humana (luego leo que no es así), de formas poco proporcionadas, con cuernos en la frente y ojos y bocas cosidos, como si fueran los despojos de faunos a medio momificar y a medio jibarizar. Su autor es Ludovic Levasseur, un nombre que no debería buscar en Google Images nadie que quiera seguir durmiendo como antes.
Es difícil contemplar muchas de estas obras con algo más que admiración genuflexa, pero resulta sorprendente la brevedad del gesto crítico que acompaña la exposición de esto que, de forma evidente, se nos revela como el género más importante del arte plástico occidental contemporáneo. En la propia muestra puede verse alguna pista de construcción histórica, como la página de un tebeo de Edmond-François Calvo, un dibujante detallista pero disparatado, algunas de cuyas planchas tienen la perversa inocencia y el horror vacui de muchas de las obras expuestas, posteriores en varias décadas. Sin embargo, los libros disponibles en la librería apenas arañan la superficie de lo que está ocurriendo alrededor. Tanto las monografías como las obras de conjunto son meros catálogos, mudas reproducciones de obras con prólogos timoratos de una o dos páginas; en el mejor de los casos hay una entrevista o un apunte biográfico mínimo, por el estilo de los que se publican en la revista. No hay siquiera un manualito de conjunto que estudie la obra en marcha de Ryden o de Joe Coleman, pero sí una tesis de un academicismo casi autoparódico dedicada exclusivamente a la portada que aquél realizó para el disco Dangerous de Michael Jackson. 

Pop surrealism es la etiqueta que preside alguna de las recopilaciones publicadas. El elemento surrealista es difícil de discutir; el elemento pop puede aceptarse en atención a muchos de los contenidos (elementos de la cultura de masas), pero no a los procedimientos de creación, que siempre son opuestos a la estrategia warholiana consistente en maximizar la rentabilidad deteniéndose en el umbral de la producción industrial. Los artistas de Hey! mantienen una relación eminentemente artesanal, obsesiva y en ocasiones pírrica con sus obras; algunos enfatizan el carácter amateur de su creación (en el doble sentido de «no profesional» y de «entrega emocional»). Pero lo que vemos en la Halle contiene muchos otros elementos en espera de análisis. Para todo el mundo es evidente que muchos de estos artistas están social o mentalmente próximos a los tatuadores; que reverencian con indistinción netamente postmoderna a los grandes maestros del arte occidental, de Brueghel a Dalí; que son más que bienvenidos en revistas de street art como Juxtapoz y Hi-Fructose; que el dibujo oriental —el manga, el Ukiyo-e— es una fuente de inspiración generalizada; que exploran de preferencia lo grotesco y lo siniestro (en su acepción freudiana, por supuesto); que todos se saben hermanastros de esos pintores de cotolengo y garabato que han encontrado asilo en la categoría «art brut». Pero, al igual que las tablas de la ley, todas estas coincidencias pueden resumirse en una, que es la de responder al capricho luminoso de Julien y Anne, los coleccionistas circenses y cabaretistas periodísticos que capitanean una revista tan improbable como ellos mismos.

Los artistas de Hey! producen una fascinación genuina, que un Rothko, un Pollock e incluso un Banksy (genial como nadie lo ha sido desde hace décadas) sólo son capaces de generar de manera más intelectualizada e incluso algo impostada. Quien se dé un garbeo estos días por la Halle Saint Pierre podrá observar a visitantes incrédulos que pegan las narices a las estatuillas, contemplan durante horas el mismo cuadro, sufren de vértigos por el mal de Stendhal, caminan en círculos viendo una y otra vez los mismos cuadros y descubriendo en ellos detalles nuevos, toman notas en cuadernos atiborrados, llaman por teléfono a sus amistades para balbucear su asombro, todos ellos varados en una laberíntica cacharrería de sueños, entre carricoches de desecho, carruseles de pesadilla, estereoscopias demenciales, con mucho de taxidermia y no poco de sastrería.

Esa dificultad para construir un discurso sobre las obras de la Halle Saint Pierre, en conjunto o en particular, es quizá lo que nos salva de quedar para siempre mesmerizados. ¿Cuáles son los poderes de la reina de las abejas? ¿Con qué intenciones vienen los Turbulents de Bourbonnais? ¿Cómo murieron las momias de Levasseur? ¿Qué está ocurriendo exactamente en las abigarradas láminas de Ravi Zupa? ¿Quién le vendió el helado al huérfano emplumado? ¿A qué saben los pastelillos humeantes de ese panadero de Peck que lleva la letra π bordada en la pechera? Son obras más emblemáticas y grávidas que la generalidad del arte plástico existente, pero lastradas todavía por ese aspecto estático, tautológico, del cuadro o de la estatua, esa inacapacidad para todo lo que no sea decirse a sí mismos o decir algo sobre la disciplina en la que se inscriben.

domingo, 27 de septiembre de 2015

Hoy el sol nos ha hecho un último guiño antes de dejarnos a merced del chubasco y de la niebla. Las últimas luces del verano coinciden felizmente con la fiesta anual de los gigantes, de la que ya escribí alguna vez. Lo que no me llamó la antención entonces es que muchos de estos gigantes que recorren Tilff son héroes locales y modestos: un boxeador que combatió en la I Guerra Mundial, un director de escuela, una mujer que se hizo célebre por sus tartas de albaricoque, un Till Eulenspiegel local... Por la mañana he salido a comer una salchicha en los puestos de la plaza, y por la tarde he ido en bicicleta hasta Hony, he hablado con las vacas y me he tumbado en un campo de hierba recién cortada a escuchar un audiolibro de Murakami.

También me he traído a Hony la antología de poesía catalana que tengo en casa, en este día de incierta trascendencia para la ordenación territorial española. Leo allí un poco al azar: «Per veure bé Catalunya, / Jaume primer d’Aragó / puja al cim de Sant Jeroni...». Es un poema en el que Jacint Verdaguer despliega una argumentación irredentista que exige el rescate de Mallorca y Valencia. Hay que ver... Paso unas cuantas páginas: «Déu nos do ser catalans, / gents de bella anomenada / la millor cosa del món...» ¡Mi madre! ¿Quién ha escrito esto? Atiza, es el venerable Josep Carner. Salto a los versos finales para ver si se trata de un poema irónico. No, no parece. Si donde pone «catalans» pusiera «castellans», el poema habría habría podido figurar sin desmerecer en las obras completas de Eduardo Marquina o de José María Pemán. En fin, pasemos a alguien un poco más moderno, como J. V. Foix:
No pas l’atzar ni tampoc la impostura
Han fet del meu país la dolça terra
On visc i on pens morir. […]
Clos segellat, oh perfecta estructura
De la mar a Ponent, u a l'alta serra
—Forest dels Pirineus—, on ma gent erra!:
a Ella els cors en la justa futura.
Pues estamos arreglados. ¿Será que el antólogo, también poeta, se propuso sonrojar a sus rivales pasados y presentes sacando a publicidad sus versos más patrioteros? Hay uno que, aunque también termina hablando del amor a la patria, lo hace en un tono resignado que me gusta; es de Salvador Espriu, y comienza así: «Oh, que cansat estic de la meva / covarda, vella, tan salvatge terra, / i com m’agradaria d’allunyar-me’n, / nord enllà, / on diuen que la gent ès neta / i noble, culta, rica, lliure, / desvetllada i feliç»...

Al regresar me apetece mucho un batido, por lo que dejo atrás mi calle y sigo pedaleando hasta la plaza. La heladería de Tilff está completamente llena. La cola sale del establecimiento y serpentea entre las mesas de la terraza. Para no esperar en balde, nada más ponerme a la cola le hago seña a una camarera y le pregunto si también hacen batidos.
—Ah, sí, por supuesto.
—Pero ¿batidos de fruta natural?
—Claro —responde ella—. De todos los sabores que quiera.

Esta respuesta me desconcierta un poco: ¿puedo pedir cualquier fruta que se me ocurra? ¿O incluso cualquier sabor? ¿Podrán hacer batido de aguacate? ¿Es el aguacate una fruta? El aplomo de la camarera y el repugnante pabellón auditivo de un perro faldero que tiene en brazos la clienta de delante disipan pronto estas dudas. Dos años después llego al mostrador.
—Buenas tardes. Querría un batido de frutas del bosque.
—¿Cómo, de frutas del bosque? No hay batido de frutas del bosque.

Esta dependienta apenas es dos o tres años mayor que la anterior, pero se conoce que la vida ya la ha hecho mucho más realista. Yo trato de no enzarzarme con requerimientos extravagantes porque los ojos de las cuatrocientas personas que hacen cola convergen en mi nuca y me instan a no perder tiempo.
—Bien, de acuerdo; entonces, ¿de qué frutas pueden hacer batido?
—De ninguna.

Ah. Esto ya es estar completamente de vuelta, esto es puro pirronismo. Uno cree tener todas las frutas del mundo a los pies y en un par de años se desvanecen todas las ilusiones. Yo busco con la vista la lista de precios, detrás de la heladera:
—Ahí lo pone: «milkshake aux fruits», batido de frutas.
—Sí, claro. Lo que hacemos es echar frutas en el batido.

Ah. Ya empiezo a entender. Es decir, que se hace el batido por una parte y las frutas por otro. El batido de frutas es, en realidad, batido de helado con frutas. 
—Exacto.
—Un batido de fruta natural en el que la fruta no está batida.
—Eso es —la muchacha mira con aprensión la cola, y no me da tiempo a preguntarle por qué sería tan costoso batir la fruta una vez que está en el mismo recipiente que el batido—. ¿Le pongo uno?

Sí, venga, lo que sea, pero deprisa y de fresa. La dependienta echa una bola de helado en un cubilete metálico, le añade leche, fija el cubilete a la batidora y cuando ésta entra en funcionamiento toma un vaso de cartón y pone dentro una cucharada de la macedonia que tiene preparada en otro recipiente. Luego echa el batido por encima, le pone una pajita y me lo tiende junto con una cuchara de plástico. Irónicamente, al final de lo que más disfruto es del batido de helado, porque la macedonia tiene sobre todo tacos de manzana, que siempre se me hace muy pesada.

Cosas como ésta están ocurriendo ahora mismo en esos países del norte que Salvador Espriu imaginaba cultos, nobles y felices. Cosas de una estupidez verdaderamente admirable, que es inútil tratar de entender, y frente las cuales los mismos gigantes son de muy escasa ayuda.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Cuando firmé el contrato de nuestro apartamento actual en Tilff, el marido de la casera me dio la llave del buzón y me extendió una cuartilla fotocopiada:

—Ya tienes correo. Estaba dentro.

Se trataba de una invitación a la reunión fundacional del Comité de Barrio, a la que asistiría pocos días más tarde. Inmediatamente me integré en la célula de Movilidad Lenta, antes llamada de Usuarios Débiles, que se dedica a detectar y denunciar problemas de tráfico, aparcamiento y urbanismo. Hubo un momento en el que llegamos a tener una reunión quincenal de nuestra célula, más una o dos reuniones al mes del Consejo de Administración, del que formé parte durante cosa de un año. Era una situación completamente ridícula: no tenía tiempo ni para darles un telefonazo a mis hermanos una vez al mes, ¿cómo diablos podía permitirme participar cada una o dos semanas en conjuraciones nocturnas que se extendían hasta pasadas las once? Poco a poco he ido dimitiendo de mis funciones, hasta convertirme en algo así como un amigo político con derecho a roce, un simpatizante que echa una mano cuando se presenta algún imprevisto y que de vez en cuando se deja caer por una reunión.

A pesar de la irritación que me produjeran algunas discusiones bizantinas e innecesariamente largas, el Comité de Barrio ha hecho mucho por mi arraigo en el pueblo, y representa un simpático simulacro de vida social. Hay en él unas cuantas jubiladas estupendas y varios vecinos que organizan de manera altruista merendolas y excursiones. Hubo otro grupo que creó enseguida una cooperativa de consumo de hortalizas locales. Nuestra célula ha sido de las más activas, pero por desgracia de las que menos resultados tangibles ha conseguido, no tanto por culpa nuestra como por la heroica resistencia que ejerce el consistorio a cualquier propuesta razonable.

Esta semana pasada nuestro grupo de Movilidad Lenta convocó a los vecinos a una conferencia de un profesor de Lovaina. Este profesor, experto en modelos urbanísticos y responsable del pavimento de importantes plazas centroeuropeas, se llama Pierre V., lo que traducido al castellano quiere decir exactamente «Piedra Delacalle». Nomen omen: hay nombres que parecen profetizar el destino de quien los porta. En Alemania este fenómeno me sorprendía regularmente: recuerdo por lo menos un dentista Dr. Zahn («Dr. Diente»), un apicultor Bienenfeld («Campodeabejas») y una estudiante cuyo nombre era homófono de freier Vogel, «pájaro libre», y a la que efectivamente resultaba por completo inútil decirle lo que debía hacer.

El profesor Delacalle comienza enfatizando que la forma en que hoy usamos la misma no es natural, sino histórica. En Bélgica y, si he entendido bien, en Alemania, la obligación de caminar por la acera data sólo de 1936; significativamente, es en ese mismo año cuando se permite aparcar los coches en la calle: hasta entonces estaba prohibido abandonar un vehículo privado en el espacio público. Comenzó así a dividirse y especializarse la calzada, en zonas supuestamente seguras. Sólo supuestamente, pues está demostrado que la mayor frecuencia de atropellos se da en pasos de cebra, donde el peatón, creyéndose amparado por la ley, baja un poco la guardia. El conferenciante da varios ejemplos del fenómeno contrario, que él denomina «peligro tranquilizador»: cuando una situación de riesgo obliga a concentrarse y se traduce en una reducción del número de accidentes. Es lo que ha sucedido cada vez que un concejal ha suprimido las líneas de la calzada, o lo que ocurrió en Suecia cuando decidieron conducir por la derecha: el número de accidentes se redujo en un 19%, al menos hasta que los conductores se acostumbraron al nuevo régimen vial. En cambio, cuando en Inglaterra obligaron a instalar cinturones de seguridad en los asientos traseros, los conductores se sintieron menos responsables, bajaron la guardia y chocaron como nunca antes.

El modelo que predica Delacalle, y el que las superabuelas de nuestro Comité quisieran ver aplicado en Tilff, es el de «espacios de encuentro». Consiste en hacer tabula rasa de la calle, en suprimir las señales de tráfico, los semáforos y las aceras, en desmontar el régimen de segregación que rige hoy en día, con espacios separados para peatones, automóviles y ciclistas (que habría que multiplicar ridículamente si se quisiera hacer sitio a nuevos modos de transporte como esos artilugios circenses llamados segway con los que los turistas siembran el terror en los cascos históricos). Se trataría de regresar a una calle primigenia en la que los usuarios deban mirarse a los ojos y negociar en cada momento su prioridad, su velocidad, su dirección; en la que estemos expuestos a la alteridad, tengamos encuentros inesperados, conozcamos mejor nuestro entorno y utilicemos más el pequeño comercio. A pesar de que parezca utópico, es un modelo que se está ensayando con éxito en muchos cruces de todo el mundo, varios de ellos con un tráfico de más de 12.000 vehículos al día.

«La calle —explica el Sr. Delacalle con voz fatigada— debe decir a través de su mobiliario que no es una carretera. La lectura que hoy hacemos de calles como la avenida Labobulle, en Tilff, es la contraria: es un espacio hecho para coches, una autopista con aceras a los lados. Debemos reorganizar la ciudad para que se lea de otro modo».

Siempre encontré estimulante que Alan Moore o Ian Sinclair hablasen de leer la ciudad, pero cuando son mis huesos los que se la van a jugar en la operación hermenéutica la idea no me parece tan seductora. Si algo sabe un profesor de literatura es que los textos se leen a lo loco, de manera muchas veces fragmentaria e inexacta, y que con demasiada frecuencia el lector no encuentra en ellos sino la confirmación de su visión del mundo, a despecho de lo que el texto dice literalmente. Por lo tanto, la idea de que los automovilistas lean Tilff igual que leen textos —cuando los leen— hace germinar vertiginosamente en mi interior la agorafobia.

Si cambiásemos el lenguaje en el que se expresa la ciudad deberíamos hacer un esfuerzo educativo por alfabetizar a los usuarios en ese nuevo idioma, que no tiene nada de intuitivo y que no se adquiere por ciencia infusa. El conferenciante ha evocado varias veces con admiración nostálgica aquel espacio diáfano de las calles anteriores a 1936, en las que peatones, carros, niños, automóviles, tranvías, buhoneros y burras de leche se entrecruzaban milagrosamente. Pero si hubiéramos tenido más tiempo para preguntas, habría desafiado públicamente al profesor Delacalle a encontrar un número de periódico de los años 1920 en el que no se notifique el atropello de un niño. 

Los textos no se leen a sí mismos. Hay que leerlos, y saber leerlos. Lo mismo podría decirse de las ciudades, si aceptamos la metáfora. Quizá el gran fracaso del modelo urbanístico actual es que está planteado en términos puramente semánticos, pero es descifrado en términos pragmáticos. Es decir, que presupone para cada signo un significado único y literal, mientras que el usuario le da un significado traslaticio y contextual. Así, por ejemplo, el conductor que entra en Tilff desde el sur ve una señal de limitación de velocidad a 30 km/h, un paso de cebra, una verja pintada de rojo y amarillo que resguarda un islote en mitad de la calzada, dos farolas pintadas de rojo y con potencia suplementaria, un lápiz fosforescente de dos metros y medio de alto que le recuerda que se acerca a una escuela y le sugiere que reduzca la velocidad y, por último, un monitor conectado a un radar que le da las gracias si circula a menos de 50. Este conductor ve todos esos signos entre dos mensajes de WhatsApp, pero de un modo inconsciente y preverbal se hace una serie de reflexiones. Se dice que ya son las ocho de la tarde y no es hora de que salgan los niños del colegio; se dice que no hay ningún vecino esperando a cruzar la calle junto al paso de cebra; se dice que ha venido atravesando el valle a 80 por hora, por lo que nadie puede pretender en serio que reduzca a treinta un kilómetro antes de incorporarse a la autopista; se dice que si realmente quisieran que frenase le habrían puesto un badén; se dice que en Tilff todo el mundo se toma las señales a beneficio de inventario, y que él no va a ser el único gilipuertas que las respete; se dice, en fin, que puede vivir sin que la alcaldesa le dé las gracias anónimamente desde un monitor, y que de todos modos nunca pone multas para no irritar a sus votantes. Conclusión: una vez al mes hay que reponer la verja de colorines porque se la ha llevado por delante un coche que circulaba con excesivo nominalismo. En algún lugar de Valonia hay un hangar lleno de verjas rojigualdas en espera de la siguiente sobreinterpretación.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Anoche fui con Alfredo a la Cité Miroir, donde echaban un documental sobre El Mercurio, diario y emporio mediático chileno que lleva perteneciendo a la misma familia desde mediados del siglo XIX. Tras el golpe de Estado del 11 de septiembre del 73, El Mercurio, que ya había sido muy crítico con Allende, recibió casi dos millones de dólares de la CIA que de algún modo debieron de entenderse como indemnización por la cantidad de falsedades que publicaría desde entonces. Entre esas falsedades destaca lo que ha pasado a la Historia como «la lista de los 119». Estos 119 eran en su mayoría militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria que el nuevo régimen había hecho desaparecer. Ante las acusaciones de detenciones ilegales, torturas y ejecuciones sumarias, el servicio secreto de Pinochet, la DINA, tuvo una idea sórdida: mandó agentes a Argentina con la misión de sacar cadáveres de la morgue, meterles en los bolsillos cédulas de identidad de los desaparecidos y abandonarlos en los Andes. A continuación, dos números únicos de revistas hasta entonces inexistentes informaron en Argentina y Brasil de que esos cadáveres correspondían a militantes del MIR que habían muerto cruzando la frontera, o que se habían matado entre ellos. En Chile, El Mercurio y otros diarios de la misma familia dieron por válida esta información pese a lo turbio de su procedencia, y se resistieron a indagar más en el asunto a pesar de los insistentes requerimientos de los familiares de desaparecidos.

Algunos de ellos están hoy en la sala: la sobrina de uno, el cuñado de otro. Después de la proyección cuentan que uno de los argumentos más sólidos para contestar la explicación oficial sobre el fallecimiento de los 119 fue el testimonio de decenas de personas que habían coincidido con ellos en los calabozos secretos de la DINA. Muchos de esos testigos estaban presos en un campo de concentración cerca de Valparaíso. Ante la negativa de los medios a tomar en consideración su testimonio, iniciaron una huelga de hambre. Dos de ellos, que sobrevivieron y emigraron a Bélgica, están también sentados en las butacas de la sala de proyección.

Le dan el micrófono a uno de ellos, un señor todavía joven —debía de ser casi un niño en el 75—, con un acento ceceante que podría pasar por jienense. Tiene un nombre raro, visigótico, algo así como Wenceslao o Wilfredo. «Bonestard», dice, y enseguida explica: «ye ne parle bien francé, mas ci parlo nerlandés, es pior». Luego me enteraría de que vive en Amberes. Y prosigue contando lo que le han pedido que cuente:

—Nus estions dans le campo de concentración cuand viene un con el periodíc, le yurnal, e di: «aquí pon que ce an matao, que ce zon tués les uns a les otres». Pero nuzatres zavións que ceté fals, ceté pas correcte, l'información du yurnal, parsque quelques uns de les disparús avé eté compañóns de celda, e nus zabións que ellis ne eté partis al entrager, que cé lo que le yurnal dicié.

Hasta ahí, nadie había comprendido nada, salvo que aquel hombre nos estaba presentando una tragedia tristísima de una manera involuntariamente cómica, a la manera de Roberto Benigni en La vita è bella; y tras quitarle con la potencia de la imaginación las gafas, las canas, treinta kilos y veinte años, uno aseguraría que el viejo mirista había tenido un parecido razonable con el Roberto Benigni que ha quedado fijado en aquella película, las cejas apartadas, el pelo repeinado hacia atrás y rizado en los extremos.

—Entonz, nus avóns decidé que, como nadie nus creíe, nus alón fer la greve de la fam. Me primer, nus preguntames al Partí, parsque bocú dels prizoniers eran comunistes, e les comunistes han disciplina de partí. E le comité del Partí di que non, que une greve de la fam en un campo de concentración es un provocación inaceptable. Me de tut manier nus avón fe la greve de la fam, e nus navóns manyé plus rian de rian. Ah, me dans le cam de concentración avé un general muy farucho, avec le muztacho fachista, e il di que la greve de la fam era una traición a la patria e tut un serie de barbarités. Entonz, il nus a fe former en carré (la formación en carré es una especie de U avec la forme de un carré), e il di: «¡el que quier fer la greve de la fam, que eleve la man, parsque nus alón le fuciler! ¡A ver quién tié narices!». E un camará a elevé za man, e ye he elevé ma man ocí, e otro, e otro...

Aliviado al comprobar que Walterio era consciente del efecto chusco de su acento —y, por supuesto, calificarlo de acento es tan inexacto como generoso—, y al ver que él mismo se sonreía al improvisar una traducción o calcar un modismo, el público perdió el pudor y empezó a reír a carcajadas, como si Tip y Coll le estuvieran explicando las instrucciones para llenar un vaso de agua, aunque lo que en realidad nos estaban explicando era un truco mucho más difícil y arriesgado, que si salía mal podía hacer desaparecer al ilusionista sin dejar huella.


—E luego el general del muztacho a cherché otres presos, parsque nus etións en diferentes cabañes, e lo mesme: tus elevan la man, e a la fin il avé, ye ne sé, ochente, novente prisoniers dispuestes a cer fucilés. El general ne pué fusiler a la muatié del campo de concentración, e a la fin il nos a llevé a otro campo, u nus avóns fe la greve de la fam, e za a eté tres bien.

El moderador, que es un colega del departamento de Información y Comunicación, se impacienta un poco porque aún deben tomar la palabra muchos supervivientes, y se agita en el asiento:

—Vaya terminando la huelga, Wilfredo, por favor.

—¡Non! La greve de la fam ne ce termine, parsque ye tengo que racontar une cose plus. E cé que trua señoras, trua fames, veníen por turnos con mezages de apoyo de la famille de les disparús, e nuzatres les dabam artícules, poemas, cartes, e za a eté la chose que nus a permí de terminer la greve, parsque nus sabión que nostre greve eté entendú a Zantiago, e que il avé cet zolidarité. E una de eses fames —señala a la sobrina de uno de los desaparecidos, que está en la tribuna— era la mer... no, la gran-mer de esta señorita. Bué, ya se me acabó el francés. En fin, nus etións tres fin... ¿cómo se dice «flaco»?; tres megre, eso, pero tres content, e les soldats nus on regardé con respect, e le general del muztacho fachiste también, e no ha fucilé a ningú. Vualá.

La gente ríe y aplaude con un regocijo poco justificable dadas las circunstancias, pero que a una escala muy reducida constituye una nueva victoria de la vida sobre la destrucción.