Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

De nuevo en Madrid, doy un largo paseo con Rafa, desde su nuevo apartamento en La Latina hasta Alonso Martínez. Empezamos comentando el laberinto político actual pero terminamos hablando de las redes sociales.

—Yo preferiría llamarlas «comunidades digitales» —digo—, porque si no, parece que las relaciones sociales las hubiera inventado internet.

Rafa hace un uso muy racional y controlado de los programas de socialización. Da clases de inglés desde su pueblo a través de Skype; me muestra su cuenta de Facebook y me demuestra que lo utiliza como una revista de prensa personalizada; muy del ciento al viento se mete en Twitter «para ver qué se cuece»; durante las cuatro horas que pasamos charlando sólo consulta WhatsApp una sola vez y es a instancias mías, porque le pedí que le pasase un recado a Kathleen. Son para él medios nuevos para hacer cosas viejas. En cambio, me temo que para muchos de quienes vienen detrás de nosotros las comunidades digitales sean fines en sí mismos que hay que alimentar con dosis reducidas pero cotidianas de sacrificio y falsedad.

Sentados al fin en una cafetería, Rafa me pregunta si no me preocupa quedarme rezagado, o dejar de vivir en el presente, o al menos yo entiendo que me plantea esa pregunta que, en formulaciones diferentes, escucho cada vez con más frecuencia por no socializar más en línea. Mi respuesta esta tarde me resulta menos desorganizada e incomprensible de lo habitual. Le respondo que tratar de mantener un conocimiento actualizado de todo lo que ofrece en cada momento la industria del entretenimiento —nada menos— exige un entusiasmo inmoderado y un tiempo que no tengo. Ni los tengo yo ni los tienen muchas otras personas que también viven en el presente, pero un presente roído por el trabajo, los hijos, el voluntariado, la enfermedad y con frecuencia algún vicio posesivo. Por ello, esa experiencia del presente total, del presente absoluto, es lo más seguro una quimera y en el peor de los casos un reclamo publicitario. Pero además intuyo de un modo oscuro que hay algo valioso en que coincidan en un mismo año personas anacrónicas, gentes con distintos modos de vida que se sienten cómodas en épocas diferentes. Sería otra forma de entender la multiculturalidad, una forma quizá más auténtica, porque lo que veo en las capitales europeas supuestamente multiculturales es más bien capitalismo tardío con rollitos de primavera, un melting pot de baratillo. El fantasma de la libertad se ha manifestado... y era el wifi. 

Mientras camino hacia el restaurante de la calle Almagro en el que he quedado con Giselle, Kathleen y Patricio, me digo que debería tomar nota mental de esto para escribirlo en mi dietario y que no se me olvide. Creo que tiene que algo ver con lo que vengo intentando con los artículos y con las ediciones de estos últimos años: reivindicar como contemporáneos de sus contemporáneos a escritores que fueron desdeñados como anacrónicos. Es cierto que hay diferentes niveles de cultura, con ritmos disparejos, pero no me parece políticamente aceptable que sólo algunos sean considerados legítimos en cada momento.


Me siento a la mesa de Lamucca algo cansado de andar y de hablar pero feliz de reencontrarme con mis amigos y con las alcachofas a la plancha. Giselle nos explica la actualidad social y presidencial en Venezuela, donde su hermano trata de vender videojuegos sin sucumbir al lado oscuro.

—Hablando del lado oscuro, ¿habéis visto ya la nueva película de Star Wars?

Nos olvidamos de Venezuela para discutir El despertar de la fuerza, que efectivamente acabamos de ver los cuatro. A Patricio, que ha estado trabajando un mes de crítico cinematográfico, le ha gustado mucho que los efectos especiales fueran tan contenidos. Kathleen nos resume el comentario que Frank K., su jefe, ha escrito recientemente en Facebook. Frank fue a ver la nueva entrega galáctica con su hija de 14 años, a la que la idea no entusiasmaba demasiado y que de hecho se negó en redondo a preparar la proyección viendo antes en casa El retorno del jedi. Sin embargo, acabó disfrutando de la película porque —decía— la protagonista era parecida a la de Hunger Games.

—A mí me ha parecido fan fiction de alto presupuesto —dice Kathleen—, una de esas secuelas que hacen los aficionados reuniendo los mejores momentos y transponiendo algunos detalles como el género o la raza de los personajes.

Frank K. también escribió en Facebook que había visto llorar a algunos espectadores.

—Yo lloré cuando aparece Luke —dice Patricio—. La escena final en la que Rey lo encuentra es, además de estremecedora, la más cara de la película: al actor han tenido que hacerle miles de retoques digitales para que parezca tan viejo como debería ser, porque se ha hecho tantas operaciones estéticas que cuando empezaron el rodaje ni siquiera tenía aspecto humano.

Yo ni llóré ni entendí qué falta hacía que encontrasen a Luke Skywalker. Me explican a coro que viene a ser algo así como la aparición de Dom Sabastiaõ, un líder que regresa de entre los muertos para reunir a sus tropas y devolver al pueblo luso, o jedi, el lustre de antaño. A mí me parece que, para ser una sorpresa, venía anunciada ya por demasiados heraldos: el Halcón Milenario, Han Solo, Chewbacca, Leia y hasta los Laurel y Hardy robóticos van reapareciendo por goteo durante las dos horas anteriores.

Kathleen tampoco quedó muy convencida con ese final. Por un lado, dice, la irritaba que el cliffhanger que conduce a la siguiente entrega de la saga estuviera tan marcado; por otro, lo que a ella de verdad le habría gustado es que, al aparecer Luke al final de la película, no hubiera envejecido, sino que siguiera teniendo el mismo rostro que en La guerra de las galaxias. Esto habría exigido también una mano de Photoshop, pero quizá menos importante de la que requería hacer verosímil al Mark Hamill de 2015.

Ese final habría sido brillante y habría convertido a la película en una magnífica metáfora de sí misma, pues para todo el mundo ha terminado resultando evidente que su auténtico tema es la abolición del tiempo, la recuperación de la experiencia de sentarse en un cine en 1977 y de ver como si fuera la primera vez el Halcón Milenario, la cantina galáctica, el duelo de sables láser y la incursión de los X-Wings en la Estrella de la Muerte, aunque ahora no se llame Estrella de la Muerte sino otra cosa. El envejecimiento de todos los actores e incluso de la alta nobleza jedi constituye una traición imperdonable al imperio de la nostalgia.

viernes, 11 de diciembre de 2015

—Mira qué voz tengo —me dice mi madre por teléfono. Suena como un teleñeco.
—¡Mira qué voz tengo yo! —respondo con entusiasmo: estos días pensé que me estaba volviendo imbécil, y era que estaba incubando una faringitis.

A continuación llamo a Kathleen: «¡Mira qué voz tengo!». Teóricamente debemos encontrarnos mañana en Hannover para acudir a la fiesta de una amiga suya, y luego seguir viaje hasta Berlín, donde hemos quedado en hacer fondue con Julia y Chris. Todo me haría mucha ilusión si tuviera el cuerpo serrano. Kathleen me pregunta si aún quiero ir a Hannover, y yo le digo que haré lo que ella prefiera, dejando que mi voz de Corleone sugiera lo que yo no me atrevo a sugerir, pero para Kathleen el compañerismo matrimonial está por encima de la compasión. «En la salud y en la enfermedad» lo había entendido yo siempre de otra manera.

De modo que al final fui a Hannover, me quedé en el hotel mientras ella iba a la fiesta de su amiga, le pegué la faringitis, llegamos a Berlín, pusimos a infundir medio kilo de salvia y aplazamos la fondue.

No recordamos haber estado antes enfermos los dos a la vez. Resulta económico, porque el baño con eucalipto cunde más, se agotan las cajas de medicamentos y no hace falta cocinar un plato para enfermos y otro para sanos. Uno puede hundirse en el derrotismo y disfrutar de su condición miserable junto a ese compañero de infortunio que poco puede contagiarle ya. Por la noche, mientras vemos una película sobre el fin del mundo, le digo «¡ánimo! Piensa que estas cosas entrenan al cuerpo». Pero ella responde enfurruñada «¡sí, lo entrenan a morirse!».

No la sabía yo tan filosófica. El sistema inmune se entrena con cada enfermedad y en cierto modo aprende a sobrevivir, pero la enfermedad también nos recuerda que el tiempo de esa supervivencia está medido, y que resulta irresponsable despilfarrarlo viendo vídeos de gatos en YouTube. La faringitis nos pone la ceniza en la frente, y las galletas con forma de minions que me ha traído Kathleen me sirven de viático. En cuanto remite la fiebre bato el récord de velocidad en la redacción de una reseña (modalidad «bombardeo de napalm») y dejo a medio leer otro libro de Vila-Matas: hay muchas y mejores cosas que hacer antes de regresar al polvo.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Un colega ha organizado un congreso titulado «Leer, pensar y escribir hoy». Parecía un tema lo bastante amplio como para que cupiera dentro cualquier cosa, ¿verdad? Pues no. La profesora que ha pronunciado la conferencia inaugural, una catedrática de la universidad de Columbia, ha conseguido evitar relacionarse con cualquiera de los tres verbos propuestos. Si el congreso se hubiera llamado «Disparatar, especular y mistificar hoy» seguramente habría hecho mejor papel.

En realidad sí pronunció la palabra «leer», aunque sólo una vez y en una frase cuando menos rara: «La obsolescencia y politización del tiempo eran una forma de leer el presente». Menuda frase. Es una frase que me produce una reacción casi animal de disgusto, algo así como una tirria infanticida, y no sé por qué, porque su sintaxis es más o menos correcta. Frases como esta eran las que de antiguo conjuraban los demonios. Quizá lo que la profesora quería decir era que el presente no se explica solo, que hay que conocer el pasado para comprender el presente, pero para eso habría que ser un poco historiador, y ella se alegra de no serlo.

—¿De verdad ha dicho que afortunadamente no es historiadora? —le pregunto a la persona que está sentada junto a mí.
—Sí, de verdad lo ha dicho.

Al parecer, en las universidades de élite norteamericanas la gente va tan sobrada que se enorgullece de no saber cosas. Igual es una reacción refleja frente al conocido antiintelectualismo estadounidense, pero eso vendría a ser como argumentar contra el racismo pintándose la cara de blanco.

La ponente estrella no ha sido la única en ufanarse de su ignorancia. Uno de los cuentistas hispanoamericanos a los que ha reunido la organización del congreso asegura que su obra trata fundamentalmente —y cito— «de eso de mi ignorancia de lo que es el realismo». Si tuviera dos horas libres varias de las personas presentes en la sala podrían explicarle lo que es el realismo para que pudiera dedicarse al fin a escribir sobre la repoblación del lobo europeo, la bisutería cristiana de plástico fosforescente o —y esto es un asunto que de verdad merece una autoficción— los líquenes que sobreviven durante semanas en el espacio exterior en ausencia completa de nutrientes, gases e internet.

Este mismo autor, el mexicano David T., nos explica que cuando imparte talleres de escritura todos sus alumnos usan términos de comparación cinematográficos: «esto es un giro tan inesperado como lo de las ranas en Magnolia», «este personaje se parece al Sr. Lobo de Pulp Fiction», «imagino este relato como una película de Wes Anderson»... Incluso cuando hablan de Doctor Zhivago se refieren al final de la adaptación, y no al de la novela de Pasternak. Cuando David T. les prohíbe que hablen de cine y les encarece que pongan ejemplos literarios, los aspirantes a escritores simplemente se callan. «¿Por qué?», se pregunta nuestro novelista. La respuesta es evidente, pero pronunciarla en voz alta sería como quitarle un dulce a un niño.

Curiosamente, en cuanto se empieza a hablar de películas los propios escritores se vuelven dicharacheros. Alejandro Z. obtiene de mí el respeto que no le ganaron sus relatos cuando afirma que decir que Breaking Bad es una novela constituye una enorme estupidez. También Hernán R. echa su cuarto a espadas, esta vez en defensa del séptimo arte: a sabiendas de que David T. reverencia la novela decimonónica, explica que leer una novela en el siglo XIX era sobre todo ver un mundo reconstruido. La frase es inteligente; más aún —lo uno no es condición necesaria de lo otro—: es probablemente cierta. Los fundadores de la estética realista describieron su actividad mediante analogías de la reproducción visual de la realidad: «panorama», «cuadro», «daguerrotipo», «linterna mágica», etc. Pero para darse uno cuenta de eso le tiene que gustar un poco ser historiador.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Esta semana la lucha antiterrorista ha conducido al cierre de la universidad de Bruselas, y yo he recibido varios correos electrónicos en los que, con cautela y cariño, se me preguntaba si estaba bien. Tengo que confesar que no, que aquí en L*** vivimos en un estado de terror permanente, amenazados de continuo por las reuniones sorpresivas, las comisiones desmoralizantes y la barbarie de las interfaces digitales que sirven para que se tarde más en hacer lo mismo. Los fundamentalistas de la burocracia están entre nosotros y no atienden a razones. Se sospecha que también hay muchos entre los refugiados. Uno sale a la calle tan tranquilo y cuando menos se lo espera puede estallarle al lado una ley de ordenación universitaria que reduzca su vida a aporías y errores de definición. Han hecho bien en Bruselas cerrando la ULB y permitiendo que la gente estudie y trabaje desde casa con calma relativa. Puede que para salvar las universidades haya que cerrarlas.

En nuestra provincia, el curso actual está siendo arrasado por una reforma de 17 gigatones que ha transformado la matriculación en un proceso de selección a la carta, suprimiendo los menús —o sea, los años de estudio con un contenido más o menos determinado—. La primera consecuencia es que el sistema informático ha saltado por los aires y ha habido que hacer todas las matrículas a mano, con lo cual la secretaría de la Facultad se ha convertido en algo parecido a la enfermería de campaña de M.A.S.H. 

El martes tuve ocasión de charlar brevemente con una de las heroínas que se están batiendo el cobre en esa trinchera:
—¿Cómo es que todavía no hemos juntado firmas al pie de una carta abierta contra esta reforma?
—Porque los belgas son unos borregos.
Se conoce que en Bélgica los belgas son los otros. Al ritmo de bochornos colectivos que padecemos, a los españoles no tardará en ocurrirnos lo mismo.

Las nuevas reglas han propiciado situaciones tan singulares como esta, que me cuenta un colega:
—Hoy ha venido a verme una estudiante y me ha dicho «debo matricularme en su asignatura, pero no debo aprobarla».
—¿Y tú qué le has respondido?
—Que era difícil no aprobar mi asignatura, pero que haría todo lo que estuviera en mi mano.
(Representación alegórica)
Los drones del rectorado han sometido al personal docente e investigador a un intenso bombardeo de siglas. Nuestro ánimo ha sufrido cuantiosos desperfectos. Armado con la clave criptográfica descifro el acta del último consejo de administración: «el VD-R (video recorder), en concertación con la URIF (Unions régionales de l’Ile de France), revisará los KLO (retrete, en alemán) para comprobar que se adecuan a lo dispuesto por la CSF (cerebro-spinal fluid); el informe resultante —siempre tiene que haber un informe, abreviado PV (per vaginam)— será avalado por los demás VD (veneral desease) y enviado a CAI (Cádiz)». No sabía yo que la cosa estaba tan interesante.

A principios de semana, mientras esperaba el ascensor, escuché sin querer una conversación entre un catedrático y un postdoc de Ciencias de la Antigüedad. Creo que no se referían a Nefertiti:
—Va a resultar difícil regularizarla, porque no es un puesto institucional —decía uno.
—Llegado el caso, tendremos que revisar las cargas docentes para equilibrar los créditos —decía el otro, poco más o menos.
En cambio, esta mañana me he cruzado con la célula terrorista de los vicerrectores, que salía a comer, y he oído que uno le decía a otro: «Parece que el champán de este año es excelente».

sábado, 21 de noviembre de 2015

Hay que hablar de París. No hablar de París estos días es una incorrección política inaceptable.

Decidido a no ser el único que no diga nada sobre los atentados, me siento frente a un montón de periódicos, tijera en mano, con la intención de fusilar lo que digan otros. «[E]l modelo de penetración cultural mercantilista que acarrea el capitalismo global ha producido un daño colateral inesperado: derrotado definitivamente el bloque socialista con su “fracaso” ideológico, las nuevas generaciones, que se sienten excluidas del sistema, adoptan las luchas de “liberación” religiosas como sucedáneo a las luchas anticolonialistas de los años 60 y 70». Toma ya, esto me gusta. Al saco. Es un artículo titulado «Égalité» y publicado hace unos días en El Estado Mental. Su autor, Nicolás A. Mattera, concluye: «Posiblemente, si en lugar de tantas menciones de Libertad, que no significa nada, todos comenzáramos a preocuparnos más por la igualdad y la fraternidad, la libertad llegaría sin drones». Muy bien dicho. Vamos bien.

Abro el Die Zeit de esta semana. Entre otras cosas leo allí un artículo sobre la cumbre del G20 en Antalya: «Mientras tenía lugar la Cumbre Antiterrorista […] el gobierno turco hizo bombardear las posiciones del Partido de Trabajadores del Kurdistán (PKK) en la frontera con Siria —es decir, aquellos kurdos que han demostrado ser los únicos capaces de resistir el terror del Estado Islámico—». El artículo, firmado por el dramaturgo Moritz Rinke, concluye con una constatación desalentadora: «Que no me vengan con lo de impedir en su origen el exilio de los refugiados... La OTAN, como aliada de Turquía, coopera a producir ese exilio; también lo hace la diplomacia internacional, en tanto interlocutora de Putin y de Erdoğan». Ahí, ahí, duro, que esto no sale ni en las noticias de La Sexta.

En términos de discurso, poco o nada parece haber cambiado tras la masacre, como comprueba otra redactora de Die Zeit: quienes denunciaban el racismo institucional de la república francesa, lo ven confirmado; quienes compartían la aprensión xenófoba de Marine Le Pen, la ven confirmada; quienes profetizábamos las funestas consecuencias de la segunda guerra del Golfo, las vemos confirmadas; quienes vieron en la llegada de cientos de miles de refugiados una amenaza al modo de vida occidental, lo ven confirmado. «Todo eso ya lo hemos oído», se dice la autora, y todas las reacciones posibles al atentado del viernes 13 producen una amarga sensación de déjà vu: «todas se han intentado desde el 11 de septiembre de 2001, y ninguna ha dado resultado. […] [S]i terminamos combatiendo con infantería el Estado Islámico nos veremos, en el mejor de los casos, en la misma situación que hace una década».

Hace una década los ejércitos europeos buscaban en Irak armas de destrucción masiva y células yihadistas que nunca habían estado allí. Pero también era en aquellos días cuando ardían los coches de los arrabales parisinos, después de que unos jóvenes de origen extranjero murieran en una desafortunada e injustificada persecución policial. En París sigue habiendo barrios con elevadísimas proporciones de desempleo, un fracaso escolar endémico y la suplantación de la noción de ciudadanía por la de pertenencia étnica o religiosa: «un estrato no desdeñable de estas poblaciones ya no cree en la integración y no busca, probablemente, identificarse con la sociedad francesa. El sentimiento de que ya no hay solución social es preponderante en él. El repliegue en la identidad religiosa aparece como un recurso salvador». Esto lo escribía Sami Naïr una semana antes del atentado, en El País del 5 de noviembre, aunque por algún motivo que se me escapa en el archivo digital del periódico se haya almacenado el día 14. De todo lo que ya se ha dicho sobre los atentados, esto es lo que menos se está repitiendo, me parece a mí. Copiémoslo.

En Tilff hay trece restaurantes; uno de ellos lo regenta un argelino que hace unos tayines fantásticos y que tiene una clientela más o menos fija entre los jubilados del valle. Cuando me trae el cuscús pega la hebra con el matrimonio que está sentado en la mesa vecina. Hablan de los atentados —sería una grave incorrección política no hacerlo—; para el cocinero la cosa es transparente:

—Esto lo han hecho unos drogatas.

Lo dice como si los acontecimientos respondieran a un patrón que ha visto miles de veces. Y además resulta que es verdad. Breaking news de esta misma tarde: resulta que uno de los terroristas que se autoinmolaron era una muchacha que «había tenido problemas con la justicia por asuntos de droga». La frase es de una prudencia que El País no suele tener con muchos «presuntos». Digámoslo con claridad, como Le Monde: la chica fumaba porros, bebía vodka y quería ser rapera, que es una conducta típica del fundamentalismo islámico. Ah, que no, que lo de hacerse fundamentalista vino luego, en plan born again in Kabul.

A mí también me da miedo el terrorismo islamista, sobre todo después de haber escuchado en Carne Cruda una grabación del tiroteo de la sala Bataclan. Pero poniendo a prueba mis potencias intelectuales, exigiéndome responsabilidad en el uso de la razón, apelando a la estadística y, como si dijéramos, a golpe de riñón cerebral consigo que me den más miedo los que conducen mirando de reojo el móvil.

viernes, 30 de octubre de 2015

Hace unos años —tres, cuatro—, cuando mi abuela Luisa todavía vivía y conservaba una memoria precaria y una atención intermitente, nos quiso hacer creer que había aprendido a leer en unos rótulos luminosos animados. Eran largas hileras de bombillas que, mediante un patrón predeterminado de encendido y apagado, daban la impresión de que se deslizaba sobre ellas un mensaje publicitario.

—¡Pero abuela, eso no se inventó hasta mucho después! ¡Haría falta un ordenador!
—Pues algo así habría, porque yo me acuerdo.

Los que la oíamos cruzábamos miradas piadosas. El panel había estado, decía, en la Puerta del Sol. Mi abuela atravesaba esa plaza a diario para ir al colegio de San Luis de los Franceses, que quedaba en la calle de las Tres Cruces haciendo esquina con lo que entonces era aún Jacometrezo. Aprendió a leer con siete u ocho años; sería, por lo tanto, cerca de 1925.

El fin de semana pasado Kathleen y yo fuimos a una exposición sobre el Berlín de los años 1920, en el Nikolaiviertel. Al final de la exposición proyectaban una película de 1925 titulada Die Stadt der Millionen. Era algo por el estilo de Symphonie der Großstadt (que se filmaría sólo dos años después), un poco menos esteticista, un poco más documental, aunque ya se dejara seducir por esos efectos yeyé de la lente caleidoscópica o la imagen superpuesta. En la película alternaban escenas de la vida cotidiana durante la República de Weimar con reconstrucciones supuestamente históricas del Berlín decimonónico. ¡Cuánto ha cambiado la vida! —pretendían decir esas contraposiciones—, ¡qué ridículos eran de antes!, ¡qué modernos somos ahora!, ¡qué rápido pasa el tiempo! Bueno, no tanto, a lo que parece, pues de repente, en una toma de Alexanderplatz o de la primitiva Postdamer Platz, la película nos muestra una fachada llena de anuncios luminosos, y entre ellos hay uno en el que las letras van deslizándose de derecha a izquierda, conforme se encienden y se apagan las bombillas. Mi abuela tenía razón.

Es más: si hubiera dicho que de pequeña había cubierto en tren 250 kilómetros en una hora, también habría tenido razón. Al menos la habría tenido si hubiera vivido en Alemania, donde para nuestro asombro existía ya en 1931 un tren de alta velocidad. La historia se cuenta en otra sala de la misma exposición: se trataba del Schienenzeppelin, un tren de un único vagón propulsado por una hélice, y que se hacía Berlín-Hamburgo en 98 minutos.

Si Marty McFly hubiese regresado al futuro el pasado día 21, cuando se le esperaba a comer, no habría visto coches volantes, ni patinetes que levitan, ni cazadoras que se ajustan y se secan solas. Lo que se habría encontrado es un mundo aún muy parecido al de 1985. Sobre todo si hubiera regresado al futuro en una ciudad de Valonia.

El otro día Kathleen y yo vimos en Netflix una película sobre cómo los ordenadores amenazan con dejar sin empleo a los humanos; terminaba, sin embargo, con una moraleja tan conciliadora como la de los artículos de tecnología de El País: se puede convivir con la alta tecnología, a condición de ponerla en su sitio. La película era de 1957.

Desde 1957 han aparecido muchos chismes nuevos que sirven para hacer cosas viejas: trabajar, cotillear, escribir, leer, ligar, comprar, aburrirnos. Muchos de los descubrimientos son variaciones de la telegrafía sin hilos, que se inventó hace cien años. La estereoscopia la descubren cada treinta o cuarenta años; luego se comprueba por tercera o cuarta vez que da dolor de cabeza, y se olvida. Lo próximo será descubrir que un faraón egipcio se llamaba Ipad Pro.

domingo, 11 de octubre de 2015

Quienes dicen que Madrid está lleno de basura deberían darse una vuelta por París. Es una ciudad saturada, llena de orines, atufada por el tráfico y con una la exclusión social a flor de piel. Los yupis bajan los bulevares y a veces las aceras en una vespa, muy estirados y satisfechos de sí mismos, como si ir al trabajo en una vespa fuera un pequeño gesto que mejorase el planeta, cuando tan sólo es un pequeño gesto.

Despido a Eduardo y Laura en la estación de Lyon y tomo el metro hacia la del Norte, pero me bajo en Anvers para pasarme a ver la exposición de Hey! antes de cenar en casa de Kachen y Arne. Hey! es una revista que compro de vez en cuando, en cuyas páginas se viene escribiendo desde hace un lustro la historia alternativa del arte contemporáneo. Damien Hirst, Jeff Koons y Jean-Michel Basquiat son meros especuladores sin imaginación al lado de los monstruos reproducidos en Hey!. Por tercera vez la revista reúne originales recientes de los artistas seleccionados en sus últimos números, y los expone en la Halle Saint Pierre. Como un tren de la bruja, la exposición zarandea al visitante, trastorna sus nervios y coloniza su hipotálamo.

Mujeres cuya cabellera es un inmenso arrecife de coral. Estatuas de seres híbridos entregados a actividades incomprensibles de un verismo tan inquietante que parecen a punto de abandonar la sala por su propio pie. Un niño-camaleón y un niño-armadillo, encogidos en posición fetal, modelados por Claire Partington. Los «Turbulents» de Alain Bourbonnais, personajes disparatados confeccionados con alambres y basura, como salidos del almacén de un chamarilero sobre el que hubiera soplado brevemente el aliento de una divinidad dionisíaca. Un mausoleo lleno de calaveras de encaje, realizadas por el maestro artesano Hervé Bolmert. Un niño de plumas blancas arrodillado en cuyas manos se deshace con exasperante lentitud una bola de helado de fresa. Anuncios reales de varios freak shows japoneses, en los que una mujer despedaza serpientes a dentelladas y un hombre de cuatro piernas se pasea por una tarima con ritmo arácnido al par que profesoral.

Me alegra ver que lo primero que se ofrece al visitante son las obras de Gustavo Grün, pintor argentino afincado en Madrid que pinta alegorías indescifrables con el dominio de los maestros flamencos: una mujer con pezones repartidos por todo el cuerpo, una maternidad marsupial o —este no está expuesto, pero es mi preferido— su autorretrato bajo especie de tortuga ninja renacentista. Y, por supuesto, en el corazón de la exposición laten las obras de Mark Ryden, cuyos originales tienen una riqueza de texturas y detalles que palidecen en las reproducciones. Se expone un impresionante lienzo de gran formato representativo de su estilo: gran cantidad de personajes disparejos, distribuidos de forma aparentemente casual por una sala metafísica, adornada con símbolos cabalísticos; creo recordar un monstruo de purpurina, el esqueleto de Abraham Lincoln y, sin duda, varias de las prepúberes siniestras que le son propias, con ojos inmensos como las mujeres de Margaret Keane o Paul Delvaux. Mucho más reducido e intimista es otro cuadro suyo, muy reciente, titulado Queen Bee: una joven de grandes ojos tristes color avellana (y de mayor profundidad aún que los de la Betty de Gerhard Richter), cuyo peinado se yergue y comba en un único rizo que conforma algo parecido a un nido de golondrina, aunque lo que se ha posado sobre él es una abeja de un palmo de longitud. El misterio de este cuadro es más simple, y por eso mismo, más hipnotizante.

Marion Peck es la mujer de Ryden, y sus obras han terminado pareciéndose mucho a las de él; si acaso, tienen un planteamiento más esquemático, aunque la ejecución es igual de virtuosa. Y al fondo, en un recodo ciego de la planta superior de la Halle, una colección que en otro contexto le helaría a cualquiera la sangre en las venas: una extensa serie de monstruos con todo el aspecto de estar compuestos por parches de piel humana (luego leo que no es así), de formas poco proporcionadas, con cuernos en la frente y ojos y bocas cosidos, como si fueran los despojos de faunos a medio momificar y a medio jibarizar. Su autor es Ludovic Levasseur, un nombre que no debería buscar en Google Images nadie que quiera seguir durmiendo como antes.
Es difícil contemplar muchas de estas obras con algo más que admiración genuflexa, pero resulta sorprendente la brevedad del gesto crítico que acompaña la exposición de esto que, de forma evidente, se nos revela como el género más importante del arte plástico occidental contemporáneo. En la propia muestra puede verse alguna pista de construcción histórica, como la página de un tebeo de Edmond-François Calvo, un dibujante detallista pero disparatado, algunas de cuyas planchas tienen la perversa inocencia y el horror vacui de muchas de las obras expuestas, posteriores en varias décadas. Sin embargo, los libros disponibles en la librería apenas arañan la superficie de lo que está ocurriendo alrededor. Tanto las monografías como las obras de conjunto son meros catálogos, mudas reproducciones de obras con prólogos timoratos de una o dos páginas; en el mejor de los casos hay una entrevista o un apunte biográfico mínimo, por el estilo de los que se publican en la revista. No hay siquiera un manualito de conjunto que estudie la obra en marcha de Ryden o de Joe Coleman, pero sí una tesis de un academicismo casi autoparódico dedicada exclusivamente a la portada que aquél realizó para el disco Dangerous de Michael Jackson. 

Pop surrealism es la etiqueta que preside alguna de las recopilaciones publicadas. El elemento surrealista es difícil de discutir; el elemento pop puede aceptarse en atención a muchos de los contenidos (elementos de la cultura de masas), pero no a los procedimientos de creación, que siempre son opuestos a la estrategia warholiana consistente en maximizar la rentabilidad deteniéndose en el umbral de la producción industrial. Los artistas de Hey! mantienen una relación eminentemente artesanal, obsesiva y en ocasiones pírrica con sus obras; algunos enfatizan el carácter amateur de su creación (en el doble sentido de «no profesional» y de «entrega emocional»). Pero lo que vemos en la Halle contiene muchos otros elementos en espera de análisis. Para todo el mundo es evidente que muchos de estos artistas están social o mentalmente próximos a los tatuadores; que reverencian con indistinción netamente postmoderna a los grandes maestros del arte occidental, de Brueghel a Dalí; que son más que bienvenidos en revistas de street art como Juxtapoz y Hi-Fructose; que el dibujo oriental —el manga, el Ukiyo-e— es una fuente de inspiración generalizada; que exploran de preferencia lo grotesco y lo siniestro (en su acepción freudiana, por supuesto); que todos se saben hermanastros de esos pintores de cotolengo y garabato que han encontrado asilo en la categoría «art brut». Pero, al igual que las tablas de la ley, todas estas coincidencias pueden resumirse en una, que es la de responder al capricho luminoso de Julien y Anne, los coleccionistas circenses y cabaretistas periodísticos que capitanean una revista tan improbable como ellos mismos.

Los artistas de Hey! producen una fascinación genuina, que un Rothko, un Pollock e incluso un Banksy (genial como nadie lo ha sido desde hace décadas) sólo son capaces de generar de manera más intelectualizada e incluso algo impostada. Quien se dé un garbeo estos días por la Halle Saint Pierre podrá observar a visitantes incrédulos que pegan las narices a las estatuillas, contemplan durante horas el mismo cuadro, sufren de vértigos por el mal de Stendhal, caminan en círculos viendo una y otra vez los mismos cuadros y descubriendo en ellos detalles nuevos, toman notas en cuadernos atiborrados, llaman por teléfono a sus amistades para balbucear su asombro, todos ellos varados en una laberíntica cacharrería de sueños, entre carricoches de desecho, carruseles de pesadilla, estereoscopias demenciales, con mucho de taxidermia y no poco de sastrería.

Esa dificultad para construir un discurso sobre las obras de la Halle Saint Pierre, en conjunto o en particular, es quizá lo que nos salva de quedar para siempre mesmerizados. ¿Cuáles son los poderes de la reina de las abejas? ¿Con qué intenciones vienen los Turbulents de Bourbonnais? ¿Cómo murieron las momias de Levasseur? ¿Qué está ocurriendo exactamente en las abigarradas láminas de Ravi Zupa? ¿Quién le vendió el helado al huérfano emplumado? ¿A qué saben los pastelillos humeantes de ese panadero de Peck que lleva la letra π bordada en la pechera? Son obras más emblemáticas y grávidas que la generalidad del arte plástico existente, pero lastradas todavía por ese aspecto estático, tautológico, del cuadro o de la estatua, esa inacapacidad para todo lo que no sea decirse a sí mismos o decir algo sobre la disciplina en la que se inscriben.