Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

domingo, 28 de febrero de 2016

Segunda edición de cierto premio a los mejores trabajos de fin de carrera del hispanismo belga, ahora en la modalidad de lingüística. Esta vez no sólo no hemos ganado sino que ni siquiera hemos mandado ningún concursante. En nuestra universidad no hay puesto de lingüística española y las tesinas que se han escrito en esta disciplina en los últimos cuatro años se cuentan con los dedos de una mano.

El interés que despertó la primera edición del premio ha decaído en la secuela. Su alteza la infanta —la hermana del rey abdicado— no ha podido venir, y a la hora del piscolabis se nota la ausencia del cortejo de cortesanos. El duque que entrega el premio cabecea durante los discursos de los catedráticos; por suerte para él y para todos, alguno de los que tenía que hablar se ha olvidado de venir. Por lo menos están los seis candidatos, la mayoría en vaqueros; aquí y allá, algún padre visiblemente desconcertado por la pompa de la ceremonia. Haciendo un cameo sorpresa estamos Robin L., alguna postdoc de Lovaina y el menda.

Es como una de esas obras de teatro off off en las que hay más actores en el escenario que espectadores fuera del escenario, y muchas veces ni siquiera hay escenario, sino que la representación se lleva a cabo en el salón de actos parroquial, y la madre del actor sin experiencia que hace de actor sin expectativas termina haciéndose cargo de ovacionar en solitario pero con dignidad.

Al pasar lista se me ha olvidado contar a los cónsules, procónsules y consejeros de la Embajada, porque se mimetizan entre el mobiliario de la Academia. Cuando termina el acto charlo con una diplomática de carrera, madrileña, muy simpática. Ella ya pasó por su país malo.

—Supongo que no lo llamaréis así.
—No. Lo llamamos «país C». Hay «país C», «país C especial» y «país C especialísimo». País C es, por ejemplo, Irak, o Afganistán.
—La leche. ¿Y qué es, entonces, un «país C especial»?
—Siria.

Me imagino a ese licenciado de políticas que acaba de sacar las oposiciones al cuerpo diplomático y ve en la lista que le corresponde un destino «C especial», sin sospechar que lo que parece una talla de sujetadores es lo más parecido a una condena a muerte que puede encontrarse en Europa. 

Tanzania —me explica la madrileña— no es especial, pero es C porque está en África, y África cansa. Poner las mosquiteras, cerrar muy bien las ventanillas del coche, encontrar productos básicos en el mercado, no salir solo a la calle, prevenir enfermedades mortales y asistir a cuatro o cinco recepciones por semana representa al final un esfuerzo desproporcionado para hacer algo tan sencillo como es la vida de todos los días.

Por la noche estoy invitado a cenar en casa de Jacques De B., en Sint Niklaas. Coincido allí con cierta persona que ha tratado mucho a los duques filántropos y que forma parte del boato consular español, a pesar de lo cual conserva una gran calidad humana y una preocupación genuina por promover las lenguas y culturas nacionales. Después de una o dos copas de vino —un tinto biodinámico que han traído expresamente desde una bodega de Logroño— le pregunto si no cree que el esfuerzo invertido en la ceremonia de esta mañana sería digno de mejor causa. Yo digo «esfuerzo», pero mi interlocutor, que es hombre de mundo, entiende que quiero decir «dinero»:

—En realidad, muchas de las actividades de las fundaciones no las pagan ellas. Lo que hacen es dar una salida legal a grandes fortunas que quieren desgravar dinero.

Más tarde me enteraría de que a la deducción prevista ha de sumarse, además, un 5% por tratarse de un programa de investigación universitaria. O sea, que el embajador, sus monaguillos, el cuñado del rey, la mitad del hispanismo belga y cinco eminencias españolas —entre ellas el académico Ignacio B., director del diccionario combinatorio y de la gramática descriptiva— hemos estado pringados esta mañana de sábado para que pague menos al fisco algún ricacho que se habrá pasado el día esquiando en Suiza o cazando elefantes en Tanzania. Quien mejor papel ha hecho hoy ha sido su alteza la infanta, que no ha venido.

martes, 23 de febrero de 2016

—¿Pero cómo? ¿Tú no eres bilingüe?

Después de siete años en Valonia empiezo a oír con frecuencia esta pregunta. En francés —esa lengua en que la letra Q se llama «culo»— hago compras, escucho audiolibros, escribo correos electrónicos, hago agit-prop contra el rector e imparto entre dos y cuatro horas de clase por semana. Por supuesto, muchas veces vacilo al escribir una palabra, calco la sintaxis del español o digo «caballos» queriendo decir «cabellos», pero cada vez con más frecuencia me encuentro explicando a mis estudiantes, que son unos bigardos de veinte años, lo que significa en su propia lengua «ascesis», «bula» o «estoicismo».

Esto, que puede impresionar a algunos, no tiene más mérito que el de la edad. Esta larga inmersión no sólo no me ha hecho bilingüe, sino que me ha hecho perder la fe. La fe en el bilingüismo. El bilingüismo es, como el horóscopo o como la superioridad intelectual de los escritores, una creencia popular.

Debido a su carácter legendario, el bilingüe es un ser de escasa densidad y de contornos difusos. Más de una vez he oído que es bilingüe quien conoce los nombres de los pescados, o quien sueña en el otro idioma. De ser correcto esto último, yo podía considerarme bilingüe nada más llegar a Ruán: la necesidad de resolver trámites trascendentes en una lengua que no comprendía me tenía tan aterrorizado que me despertaba por las noches gritando «croissant! chapeau! moustache!».

Otros suponen que el bilingüe es uno que piensa en la lengua extranjera, pero para pensar en la lengua extranjera primero hay que pensar, y eso ¡es tan infrecuente! Se intuye que es bilingüe quien insulta en otro idioma, porque insultar es como pensar, pero en cuerpo a cuerpo. En mi experiencia, el improperio extranjero es también de lo primero que se incorpora; más aún: representa uno de los mayores alicientes para aprender la lengua. Una de las gratificaciones más inmediatas del estudio de una lengua extranjera es la multiplicación del repertorio de palabrotas, y a mí me llena de orgullo tener en mi arsenal largos insultos ingleses que, antepuestos al sustantivo como longanizas, llegan a constituir pequeñas obras maestras de teatro de improvisación; inarticuladas interjecciones francesas, ideales para el berrinche sin consecuencias del que pierde el autobús o no consigue pillar la WiFi; inofensivos tacos alemanes, que hay que pronunciar con la boca chica como con miedo a romper algo y sugieren al enemigo que ni siquiera es digno de nuestro odio; sublimes y blasfemas imprecaciones hispánicas, que extienden la maldición a varias generaciones pasadas y futuras y se erizan de superlativos y de aumentativos. Una paleta de dicterios subidos de color lo hace a uno más feliz, pero no más políglota.

Como tantas veces, se pueden resolver los problemas de definición saliendo por esa tangente cutre que es la definición por el ejemplo. «Estoicismo es, por ejemplo, cuando Rambo se cose la herida con el kit de costura que lleva siempre en el bolso». Bilingüismo es, por ejemplo, lo de ese ser privilegiado que desde la cuna ha hablado una lengua con su madre y otra con su padre, y que posee por partida doble esa intuición del hablante nativo para el giro auténtico, para lo idiomático. De estos seres privilegiados llega cada año a nuestras aulas un puñadico. Pienso en uno de esos seres, que tengo ahora en una de mis clases de 3º. Se llama Maite, que es —como «Inés» o como «Pablo»— uno de esos pocos nombres que se pronuncian igual en francés y en español, y que abundan por lo tanto entre los hijos de emigrantes. Maite tiene dos apellidos, su acento es de una nitidez mesetaria, sabe decir rrrrrr como Dios manda y se lanza a la conversación con soltura dominguera. Su dominio del español es tan absoluto que cuando escribe sólo conjuga los verbos en subjuntivo: «El artículo que hayamos leído trate de la pesca intensiva; las redes industriales destruyan los fondos oceánicos a la vez que arrastren el lenguado, el bonito, el arenque, el jurel, las sardinas, la merluza, la platija, la japuta, la lamprea, la maruca y la cubera (o cupiese)». No, en la multiplicación de pescados tampoco está la clave pentecostal.

¿Qué dice sobre todo esto la lingüística? ¿Cuál es, según los expertos en didáctica, el grado máximo de dominio de una lengua extranjera? El estándar de evaluación lingüística más aceptado hoy en día es el Marco Común Europeo de Referencia, que establece seis niveles de competencias comunicativas. El máximo es el nivel C2, que se define mediante retahílas de catecismo como esta: «soy capaz de leer con facilidad prácticamente todas las formas de lengua escrita, incluyendo textos abstractos estructural o lingüísticamente complejos, como, por ejemplo, manuales, artículos especializados y obras literarias». La expresión escrita de un hablante de nivel C2 es, conforme a dicho Marco, la de alguien capaz de presentar «descripciones o argumentos de forma clara y fluida, y con un estilo que es adecuado al contexto, y con una estructura lógica y eficaz que ayuda al oyente a fijarse en las ideas importantes y a recordarlas».

Según el propio Marco Común Europeo de Referencia, el nivel C2 está todavía por debajo del de un hablante nativo, pero yo sospecho que la mayoría de hablantes nativos no alcanzamos ese estante, o lo alcanzamos sólo de puntillas. ¿Cuántos podemos leer «con facilidad» artículos especializados y obras literarias? O lo uno o lo otro, oiga. Yo, que alguna vez he abierto por curiosidad el BOE y el Investigación y Ciencia, sé que cumplo únicamente con lo segundo, y sólo en el supuesto de que entre las «obras literarias» no se encuentre ninguna de Rodrigo Fresán. 

En cuanto a la producción escrita, es público que la mayoría de los periodistas tiene un nivel C1 justito justito. Lo cual tampoco está tan mal, habida cuenta la fauna que hay por ahí. El año pasado, en ese curso que doy en 3º, que trata de lingüística del texto, tuve a un Erasmus español. Entre los varios ejercicios que componían la evaluación continua, los estudiantes tenían que escribir un breve texto divulgativo a partir de un artículo sobre la incidencia del chicle en la halitosis. (Este último era un artículo especializado, sí, pero yo no esperaba que lo leyeran «con facilidad», sino sólo que lo leyeran, que entendieran por lo menos lo mismo que entendería un becario de Libertad Digital y que lo contasen de manera ordenada y comprensible). Pues bien, un estudiante español con la selectividad aprobada comenzaba su trabajo de la siguiente manera: «cada vez se producen situaciones incómodas en la [sic] que estamos en el trabajo, tomando un café o charlando con tus amigos cuando de repente tu amigo percibe tu mal aliento». A todos nos ha pasado eso de estar en el trabajo tomando un café con tus amigos, charlando o sin charlar, y que de repente se vayan todos los amigos menos uno, porque te huele el aliento (a café). Es algo que se produce cada vez. Nuestro estudiante continuaba glosando el experimento del artículo original y unas líneas más abajo resumía las conclusiones con la frase siguiente: «No se encontraron diferencias significativas en cuanto el ph es a la saliva, lo que la carga lo es una pila». Esta frase hay que releerla porque uno corre el riesgo de añadirle inconscientemente un filtro de Photoshop gramatical: el ph —dice— es a la saliva —coma— no lo que la carga es a una pila, sino «lo que la carga lo es una pila». Se trataba, por cierto, de la segunda versión de la redacción que entregaba el estudiante; la primera no la copio porque temo que el honor de la patria sufra un daño irreparable. Para demostrar la inexistencia del bilingüismo, lo dicho basta. ¿Cómo va a haber bilingüismo si ya hay que hacer un esfuerzo sobrehumano para llegar a ser un monolingüe de regular apariencia?

lunes, 15 de febrero de 2016

Muy a primeros de enero estuvimos cenando en casa de mi hermano Nacho. Le han estado convocando a un montón de tribunales de tesis, dos o tres al mes, porque el reglamento actual del tercer ciclo está a punto de extinguirse y quien tiene una tesis a medio escribir tiene dos opciones: o la defiende ahora a matacaballo, o se la come con patatas. En lo sucesivo, el doctorado se obtendrá moviendo la cadera mientras el tribunal improvisa unas rumbas de tema epistemológico.

El caso es que en una de esas defensas morganáticas Nacho iba a coincidir con Juaristi.

—¡No me jeringues! ¡Qué suerte!

Eduardo y Emilia me llevaron a verlo a alguna lectura pública allá por el cambio de siglo (julio de 2000 según mis diarios, que no entran en detalles), y desde entonces lo leo con admiración. Su obra posee un formalismo simpático, con sonetos holorrimos, rimas correlativas y sextillas manriqueñas. Los poetas actuales que, como él, versifican sobre algo más que la propia vida sentimental, se cuentan con los dedos de las manos. Recuerdo que tiene un poema en el que cuenta cómo un oficial apellidado Ceballos le amargó la mili. Nacho se va al dormitorio y vuelve con las poesías reunidas. Leo:

El brigada Ceballos, que hoy será
—y es concederle mucho— subteniente,
nos hacía perder las tardes tontas
imperdonablemente.

Yo, por lo menos, no le he perdonado
las mil horas o más que me robó.
«¡Por la Patria, muchachos!», nos decía.
Amo a mi patria, pero, digo yo,

qué tendría que ver la pobre patria
con los delirios del chusquero aquél.
Le echaba al cuerpo más ardor guerrero
que si fuese teniente coronel.

El poema prosigue contando cómo en cierta ocasión el brigada Ceballos se inventó unas maniobras en las que el batallón debía enfrentarse con dos divisiones del ejército del Pacto de Varsovia que habían remontado el Ebro. Que las divisiones fueran hipotéticas no las hacía menos peligrosas. Juaristi continúa:

«¡Silencio! ¡Están aquí!», bramó Ceballos,
y ordenó acto seguido «¡Cuerpo a tierra!»
Me eché al suelo temblando de emoción.
¡Por fin iba a saber lo que es la guerra!

El cuerpo de Ceballos describió
una amplia trayectoria parabólica
y se esfumó de pronto ante mis ojos.
Aquello parecía obra diabólica.

La desaparición de mi pariente no la provocaron el diablo ni los rusos, sino una zanja que se abría en mitad de la noche. Ceballos quedó hecho un ecce homo y tuvieron que transportarlo en parihuelas; luego, el batallón se extravió y anduvo vagabundeando en despoblado durante horas.

Terminada la lectura, mi hermano se queda pensativo. «¿Tu te acuerdas de aquella historia que papá cuenta siempre de cuando estaba en milicias?» Sí, recuerdo vagamente que le encargaron dirigir unas maniobras pero se perdieron y aparecieron al día siguiente a cuarenta kilómetros; en mi recuerdo, la marcha que dirigía mi padre se transformaba en un cortejo báquico, se perdía y la cosa terminaba tan mal que lo degradaban a sargento. No sé si me lo he inventado, pero creo que las cantimploras estaban llenas de cazalla. No obstante, empiezo a comprender con angurria que esa batallita bien podría ser la versión dignificada de otra mucho más cazurra que nunca fue contada a nadie, algo así como el relato que Soraya Sáez de Santamaría haría de un razonamiento teológico del supernumerario ministro de Interior, omitiendo discretamente las alusiones al ángel de la guarda y al alma inmortal del nasciturus.

Sacamos la botella de pacharán para templar los nervios. Echamos cuentas con los dedos: Juaristi es del 51, por lo que no es matemáticamente imposible que hubiera entrado en quintas cuando mi padre estaba en el último verano de milicias. La psicología del personaje también encaja: a nuestro padre lo creemos muy capaz de enfrentarse a pecho descubierto no ya a dos divisiones del Ejército Rojo, sino a cuatro círculos de Podemos que capitanease Juan Carlos Monedero en persona.

Unos días después, le pedimos a mi padre que nos cuente de nuevo su versión de los hechos. Lo que cuenta es que estuvo de milicias en Zamora —por donde no pasa el Ebro, como enseguida observamos mi hermano y yo— y en unas maniobras él y otros suboficiales decidieron cambiar la ruta para irse a Villaralbo o a no sé qué pueblo provisto de una boîte rupestre en la que habían quedado con unas chavalas. Desde el puesto de mando les llamaban por radio:

—¿Cuáles son sus coordenadas, cambio?
—41,5 grados oeste y 5,97 grados sur, cambio.

Pero en realidad estaban varios segundos más al norte. Unas horas después fueron a buscarles con carros blindados y los sacaron de la boîte a punta de cedme. Todos los universitarios se licenciaban de alférez, pero a mi padre la broma le costó la estrella y se quedó en sargento. Si en aquella ocasión no llega a intervenir el Estado Mayor, es posible que yo no estuviera hoy escribiendo estas líneas, o que las estuviera escribiendo desde la cafetería de Alfonso, que es la única de Villaralbo que tiene wifi gratis.

Han pasado varias semanas desde aquellas conversaciones, y ya se ha celebrado la famosa defensa de tesis. Al volver a casa, Nacho me escribió un correo electrónico en el que decía lo siguiente:

Esta tarde gris y cálida de invierno, en un aparte durante la defensa de una tesis doctoral, Jon Juaristi nos ha expulsado de la historia de la literatura. Confesó casi en un susurro que el brigada llamado Ceballos («que hoy será / —y es concederle mucho— subteniente») se llamaba, fuera de la diégesis poemática, Murillo.
El consuelo reside en pensar que, en la imaginación de un buen poeta, el apellido Ceballos pudo tener resonancias de personaje de ficción. A mí me basta.

Pues a mí no. Me alivia saber que mi padre no puteó a un escritor al que admiro, pero me frustra perder los lazos familiares que me unían con Juaristi y que ya me hacían sentir con derecho a autoinvitarme a la celebración de Januka (Juaristi se ha convertido al judaísmo, creo que sólo por llevarle la contraria a mi padre). Si la literatura nos quita los galones que merecemos, los Ceballos sabremos recuperarlos manu militari. ¡Por la Patria, muchachos!

Post scriptum
Con los párrafos precedentes ya en galeras, como aquel que dice, me escribe mi padre para aclarar que hizo milicias en el desaparecido campamento de Montelarreina y que el objetivo de las maniobras de marras no era conquistar Villaralbo, sino Toro, aunque él consideró más oportuno conquistar a unas zamoranas que le habían citado para desayunar (sic). Su hazaña —dice— se mantuvo viva durante años en la tradición oral, y no sería de extrañar que hubiera llegado a oídos de algún poeta vasco. 

sábado, 16 de enero de 2016

Hoy se clausura la exposición de Parrondo y he venido a entrevistarle. Parrondo es un señor que hace cuentos de niños para adultos. También hace canciones de adultos para niños, y escribe relatos en los que no ocurre nada, y pinta ilustraciones que sólo guardan una relación remota y apenas discernible con lo ilustrado. Parrondo —otro Parrondo— dio nombre a una paradoja matemática según la cual es más fácil ganar a dos juegos siendo un mal jugador que jugando a uno solo. Pero Parrondo —el primer Parrondo— juega muy bien a muchos juegos.

Paseo por la exposición. Hay frases escritas por las paredes, enormes acuarelas y pruebas de color de muchos de sus libros. Sobre una columna Parrondo ha escrito «LEA ESTO», y debajo hay una flecha muy grande de madera que apunta a una palabra microscópica, escrita medio metro más abajo. Me acerco a leerla forzando la vista. En letra muy pequeñita pone: «esto».

Una de las salas de la exposición se llama «Museo del agujero», y reúne dibujos y esculturas sobre agujeros. También hay papeles con agujeros, un agujero descendiendo una escalera, agujeros en la moqueta y agujeros en la pared. Me acerco al responsable de la sala y le pregunto:

—Este agujero de 15 cm de diámetro en el muro de ladrillo, ¿estaba ya o lo han hecho para la exposición?
—Se ha hecho para la exposición, sí.
—Ah. ¿Y cómo lo van a tapar luego? Porque la pared tiene más de un palmo de grosor...
—Ya veremos.

Parrondo escribe y pinta con un pie al borde de lo imposible: el relato que termina con la misma situación con la que comenzaba (Ni plus ni moins), los cuentos que no cuentan nada porque ellos mismos son los protagonistas (Histoires à emporter), el cuento de antes de dormir que es rectificado a cada rato por los niños (Allez raconte), el código de circulación para una carretera circular que conduce al punto de partida (Nationale zéro). Hay en La porte una historia maravillosa y cortocircuitante en la que sale un hombrecillo que sostiene una puerta —de eso va la primera mitad del volumen— y de repente algo ocurre en su bolsillo. «Anda! me llaman!», dice el hombrecillo; «no, ahora no puedo hablar, estoy con Fulano». «Caray —dice para sí—, no le dejan a uno tranquilo». Y luego aclara, dirigiéndose al lector: «he mentido dos veces. Primero: no estoy con nadie, y segundo: esto no es un móvil, sino una piedra».

Veo a Parrondo firmando ejemplares para los visitantes, que por lo general tienen menos de diez años. El artista echa diez buenos minutos en firmar cada ejemplar, caligrafiando su dedicatoria meticulosamente con una letra que recuerda la de los cuadernos Rubio, y acompañándola de un dibujo original que improvisa tras una breve conversación con el destinatario y que colorea con una concentración enorme.

Siempre imaginé que la colección de lapiceros de Parrondo sería algo así como la colección de peinetas de Martirio. Sin embargo parece contentarse con lo que cabe en un estuche escolar de cremallera: lápices cortos y sufridos de distintas marcas que alterna sin mirar como si los conociera con nombre y apellido.

Parrondo viste con mucho carácter, sin caer en lo estrambótico. Chaqueta sin solapas, chaleco Burdeos, calcetines a juego, zapatos abotinados, pantalón de algodón con una cuadrícula imperceptible... Todo como salido de una prendería, pero de una prendería barcelonesa.

Parrondo tiene un apellido que se tiene solo, que basta y sobra, como a Ramón Gómez de la Serna le bastaba el nombre, igual de rotundo, igual de redondo. Parrondo conoce a Ramón, con el que comparte la mirada suspicaz sobre los objetos y la comodidad en las distancias cortas. Si Parrondo se llamase Ramón, sería el acabose.

Parrondo habla muy bajo. «Maldición —pienso—, cuando escuche la grabación de la entrevista sólo oiré los gritos de los niños que trotan a nuestro alrededor». Pero no, luego le oigo perfectamente hablar de sus veranos en España y de su tío, que ganó dos Oscars aunque nadie lo sabe, mientras los niños juegan y ríen con la boca llena de bizcocho.

viernes, 15 de enero de 2016

Fui a la presentación de Principia semiotica, que previsiblemente será la última de las opera magna del Groupe µ, el célebre equipo de semiólogos de Lieja, cuyo miembro más joven tiene actualmente setenta años. Son seiscientas páginas de «semiótica materialista», según explica Jean-Marie K., uno de los autores: un intento neodarwinista de estudiar la transmisión de información y la creación de sentido desde mucho más atrás de la especie sapiens, en un continuo que va desde las amebas hasta Baudelaire. (Ya es conocido que también los animales gestionan información de manera verbal; los primates, incluso, de manera analógica, poética: un chimpancé señala su mejilla para, por contigüidad, simbolizar una lágrima que, por analogía causal, significa «tristeza»).

Esta recursividad semiológica (A significa B, que significa C, que significa D) es mucho más limitada en los lenguajes parciales de las ciencias puras. Allí rige el principio del tercero excluido, lo que implica que 2+2 es 4 o no es 4, pero no puede ser a la vez 4 y no 4. «En poesía —dice Jean-Marie— no es imposible conciliar una proposición y su contrario; es más, es lo deseable». No sé si es deseable, pero lo que sí sé es que la lógica formal tampoco rige en los usos cotidianos de los lenguajes naturales. Así lo demostró hace unos días mi sobrina Nora, de dos años. Estaba haciendo cucamonas a su primo, que tiene sólo ocho meses pero que pesa casi tanto como ella, y dijo «el primito Jaime es muy pequeñito». Hasta ahí todo bien, todo perfectamente lógico (A = p); pero enseguida añadió «...¡y muy grandote!»: A = p = (no p). De paso, Nora nos hacía una demostración de malabarismo con sufijos no referenciales: los diminutivos empleados a despecho del tamaño objetivo de la criatura, y el aumentativo —en apariencia superfluo, pues se aplica al adjetivo «grande»— con función expresiva. 

Unas semanas atrás Nacho le mandó a Kathleen por WhatsApp un vídeo en el que nuestro sobrino Martín, de cuatro años escasos, lee sus primeras palabras. Lo habían puesto delante de un planisferio, y le señalaban un país al azar:
—L... I... li... B... lib... I... A... ¡Libia!
Después de una o dos demostraciones más, Martín da botes de excitación y, ante el asombro de sus padres, explica lo que ocurre: «¡es que veo las letras y las oigo!». Leer, decía Quevedo, es escuchar con los ojos. Leer es otra paradoja lingüística, una sinestesia maravillosa que produjeron hace apenas 4.000 años los alfabetos fonológicos.

He oído que en muchas escuelas belgas los niños que aún no sabían escribir entregaban sus ejercicios firmados con un dibujito que los identificaba: uno era el tren, otro la casa, otro el pollito, otro la mosca. El tren significaba «Vincent», la casa significaba «Véronique,», el pollito significaba «Valérie». Nadie quería ser la mosca. (¿Soy el único al que le sorprende que niños demasiado pequeños como para saber escribir tengan que entregar ejercicios? Este país no le pone las cosas fáciles a nadie). En las matemáticas y en lógica formal las letras funcionan de la misma manera que los dibujos de las escuelas primarias belgas, no guardan con su referente una relación unívoca. El matemático o el lógico piensan «(2x+y) / 3 = 14», o «la proposición R», y se atusan el bigote y ponen «R» o «x» como podrían poner un pictograma o un moco. Son letras que no suenan. O sí suenan, pero a hueco. 

Pero volvamos a Martín, quien unos días más tarde se topa con una dificultad inesperada. Yo mismo pongo entre sus manos uno de los regalos que ha traído Papá Noel desde Alemania, y le pido que lea el nombre de su destinatario. El ejercicio tiene truco, porque antes del nombre, sobre el envoltorio, figura un adjetivo en alemán: kleiner, «el pequeño». Martín se atranca a la tercera letra.

—¿Pero tú no sabías leer? —le pregunto con muy mala uva.
—Sí —responde—, pero sólo letras.

A veces Martín parece el Principito de Saint-Exupéry. Es una respuesta honda y correcta, porque aunque aprendemos a leer letra a letra, en realidad leemos palabras, y todos reaccionamos con el mismo derrotismo que mi sobrino cuando nos piden que leamos una combinación de letras que no reconocemos como una palabra, por ejemplo esas imposibles longanizas alemanas como «Streichholzschächtelchen». Por extraña paradoja, no nos convertimos en lectores competentes hasta que dejamos de leer letras y empezamos a leer palabras. Por eso no percibimos muchas de las erratas de los libros, y por eso podemos entender textos en los que se han tratsocado sistemáticamnete dos lertas de las parablas que teinen cicno o más. El alfabeto fonológico sólo empieza a ser útil de verdad cuando construye formaciones que identificamos en bloque, como si fueran pictogramas. 

Todo ello requiere, claro está, una sensibilidad muy desarrollada a variaciones mínimas en los trazos, análoga a la que exigimos de nuestro oído para distinguir «pelo» de «pero». Martín no hace mucho que dejó de decir «picote» en lugar de «bigote», y todavía tardará algún tiempo en reconocer las líneas apenas perceptibles que distinguen unas palabras de otras. Tristán, su hermano mayor, las tiene ya todas en la cabeza, y sabe distinguir qué configuraciones son más estables y cuáles son más susceptibles de variación.

Resulta que, uno o dos días antes de tomar el avión de regreso a Bélgica, fuimos con la Nacho y su familia a los puestos recreativos que desde hace poco abren en el paseo del Prado los fines de semana. Después fuimos a merendar a una cafetería de la calle de San Pedro. Tristán enseguida se puso de mal humor, porque era —decía— un sitio de mayores. Intentamos animarlo jugando a encadenar palabras: «pato», «palo», «polo», «pelo», «pela»... Tristán quería intervenir cuando no le tocaba, y cuando le llegaba su turno se enfurruñaba todavía más, diciendo que la palabra que se le había ocurrido antes ya no funcionaba.

—Bueno —le dijo su madre—, pues damos por terminada esta ronda y te dejamos que empieces tú con la palabra que quieras.
—Vale, venga. Pues empezamos con la palabra «luz». Ahí os quedáis.

Qué mala leche tiene. Sale a su tío.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

De nuevo en Madrid, doy un largo paseo con Rafa, desde su nuevo apartamento en La Latina hasta Alonso Martínez. Empezamos comentando el laberinto político actual pero terminamos hablando de las redes sociales.

—Yo preferiría llamarlas «comunidades digitales» —digo—, porque si no, parece que las relaciones sociales las hubiera inventado internet.

Rafa hace un uso muy racional y controlado de los programas de socialización. Da clases de inglés desde su pueblo a través de Skype; me muestra su cuenta de Facebook y me demuestra que lo utiliza como una revista de prensa personalizada; muy del ciento al viento se mete en Twitter «para ver qué se cuece»; durante las cuatro horas que pasamos charlando sólo consulta WhatsApp una sola vez y es a instancias mías, porque le pedí que le pasase un recado a Kathleen. Son para él medios nuevos para hacer cosas viejas. En cambio, me temo que para muchos de quienes vienen detrás de nosotros las comunidades digitales sean fines en sí mismos que hay que alimentar con dosis reducidas pero cotidianas de sacrificio y falsedad.

Sentados al fin en una cafetería, Rafa me pregunta si no me preocupa quedarme rezagado, o dejar de vivir en el presente, o al menos yo entiendo que me plantea esa pregunta que, en formulaciones diferentes, escucho cada vez con más frecuencia por no socializar más en línea. Mi respuesta esta tarde me resulta menos desorganizada e incomprensible de lo habitual. Le respondo que tratar de mantener un conocimiento actualizado de todo lo que ofrece en cada momento la industria del entretenimiento —nada menos— exige un entusiasmo inmoderado y un tiempo que no tengo. Ni los tengo yo ni los tienen muchas otras personas que también viven en el presente, pero un presente roído por el trabajo, los hijos, el voluntariado, la enfermedad y con frecuencia algún vicio posesivo. Por ello, esa experiencia del presente total, del presente absoluto, es lo más seguro una quimera y en el peor de los casos un reclamo publicitario. Pero además intuyo de un modo oscuro que hay algo valioso en que coincidan en un mismo año personas anacrónicas, gentes con distintos modos de vida que se sienten cómodas en épocas diferentes. Sería otra forma de entender la multiculturalidad, una forma quizá más auténtica, porque lo que veo en las capitales europeas supuestamente multiculturales es más bien capitalismo tardío con rollitos de primavera, un melting pot de baratillo. El fantasma de la libertad se ha manifestado... y era el wifi. 

Mientras camino hacia el restaurante de la calle Almagro en el que he quedado con Giselle, Kathleen y Patricio, me digo que debería tomar nota mental de esto para escribirlo en mi dietario y que no se me olvide. Creo que tiene que algo ver con lo que vengo intentando con los artículos y con las ediciones de estos últimos años: reivindicar como contemporáneos de sus contemporáneos a escritores que fueron desdeñados como anacrónicos. Es cierto que hay diferentes niveles de cultura, con ritmos disparejos, pero no me parece políticamente aceptable que sólo algunos sean considerados legítimos en cada momento.


Me siento a la mesa de Lamucca algo cansado de andar y de hablar pero feliz de reencontrarme con mis amigos y con las alcachofas a la plancha. Giselle nos explica la actualidad social y presidencial en Venezuela, donde su hermano trata de vender videojuegos sin sucumbir al lado oscuro.

—Hablando del lado oscuro, ¿habéis visto ya la nueva película de Star Wars?

Nos olvidamos de Venezuela para discutir El despertar de la fuerza, que efectivamente acabamos de ver los cuatro. A Patricio, que ha estado trabajando un mes de crítico cinematográfico, le ha gustado mucho que los efectos especiales fueran tan contenidos. Kathleen nos resume el comentario que Frank K., su jefe, ha escrito recientemente en Facebook. Frank fue a ver la nueva entrega galáctica con su hija de 14 años, a la que la idea no entusiasmaba demasiado y que de hecho se negó en redondo a preparar la proyección viendo antes en casa El retorno del jedi. Sin embargo, acabó disfrutando de la película porque —decía— la protagonista era parecida a la de Hunger Games.

—A mí me ha parecido fan fiction de alto presupuesto —dice Kathleen—, una de esas secuelas que hacen los aficionados reuniendo los mejores momentos y transponiendo algunos detalles como el género o la raza de los personajes.

Frank K. también escribió en Facebook que había visto llorar a algunos espectadores.

—Yo lloré cuando aparece Luke —dice Patricio—. La escena final en la que Rey lo encuentra es, además de estremecedora, la más cara de la película: al actor han tenido que hacerle miles de retoques digitales para que parezca tan viejo como debería ser, porque se ha hecho tantas operaciones estéticas que cuando empezaron el rodaje ni siquiera tenía aspecto humano.

Yo ni llóré ni entendí qué falta hacía que encontrasen a Luke Skywalker. Me explican a coro que viene a ser algo así como la aparición de Dom Sabastiaõ, un líder que regresa de entre los muertos para reunir a sus tropas y devolver al pueblo luso, o jedi, el lustre de antaño. A mí me parece que, para ser una sorpresa, venía anunciada ya por demasiados heraldos: el Halcón Milenario, Han Solo, Chewbacca, Leia y hasta los Laurel y Hardy robóticos van reapareciendo por goteo durante las dos horas anteriores.

Kathleen tampoco quedó muy convencida con ese final. Por un lado, dice, la irritaba que el cliffhanger que conduce a la siguiente entrega de la saga estuviera tan marcado; por otro, lo que a ella de verdad le habría gustado es que, al aparecer Luke al final de la película, no hubiera envejecido, sino que siguiera teniendo el mismo rostro que en La guerra de las galaxias. Esto habría exigido también una mano de Photoshop, pero quizá menos importante de la que requería hacer verosímil al Mark Hamill de 2015.

Ese final habría sido brillante y habría convertido a la película en una magnífica metáfora de sí misma, pues para todo el mundo ha terminado resultando evidente que su auténtico tema es la abolición del tiempo, la recuperación de la experiencia de sentarse en un cine en 1977 y de ver como si fuera la primera vez el Halcón Milenario, la cantina galáctica, el duelo de sables láser y la incursión de los X-Wings en la Estrella de la Muerte, aunque ahora no se llame Estrella de la Muerte sino otra cosa. El envejecimiento de todos los actores e incluso de la alta nobleza jedi constituye una traición imperdonable al imperio de la nostalgia.

viernes, 11 de diciembre de 2015

—Mira qué voz tengo —me dice mi madre por teléfono. Suena como un teleñeco.
—¡Mira qué voz tengo yo! —respondo con entusiasmo: estos días pensé que me estaba volviendo imbécil, y era que estaba incubando una faringitis.

A continuación llamo a Kathleen: «¡Mira qué voz tengo!». Teóricamente debemos encontrarnos mañana en Hannover para acudir a la fiesta de una amiga suya, y luego seguir viaje hasta Berlín, donde hemos quedado en hacer fondue con Julia y Chris. Todo me haría mucha ilusión si tuviera el cuerpo serrano. Kathleen me pregunta si aún quiero ir a Hannover, y yo le digo que haré lo que ella prefiera, dejando que mi voz de Corleone sugiera lo que yo no me atrevo a sugerir, pero para Kathleen el compañerismo matrimonial está por encima de la compasión. «En la salud y en la enfermedad» lo había entendido yo siempre de otra manera.

De modo que al final fui a Hannover, me quedé en el hotel mientras ella iba a la fiesta de su amiga, le pegué la faringitis, llegamos a Berlín, pusimos a infundir medio kilo de salvia y aplazamos la fondue.

No recordamos haber estado antes enfermos los dos a la vez. Resulta económico, porque el baño con eucalipto cunde más, se agotan las cajas de medicamentos y no hace falta cocinar un plato para enfermos y otro para sanos. Uno puede hundirse en el derrotismo y disfrutar de su condición miserable junto a ese compañero de infortunio que poco puede contagiarle ya. Por la noche, mientras vemos una película sobre el fin del mundo, le digo «¡ánimo! Piensa que estas cosas entrenan al cuerpo». Pero ella responde enfurruñada «¡sí, lo entrenan a morirse!».

No la sabía yo tan filosófica. El sistema inmune se entrena con cada enfermedad y en cierto modo aprende a sobrevivir, pero la enfermedad también nos recuerda que el tiempo de esa supervivencia está medido, y que resulta irresponsable despilfarrarlo viendo vídeos de gatos en YouTube. La faringitis nos pone la ceniza en la frente, y las galletas con forma de minions que me ha traído Kathleen me sirven de viático. En cuanto remite la fiebre bato el récord de velocidad en la redacción de una reseña (modalidad «bombardeo de napalm») y dejo a medio leer otro libro de Vila-Matas: hay muchas y mejores cosas que hacer antes de regresar al polvo.