Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

sábado, 9 de abril de 2016

Por defecto habríamos ido a Hamburgo a ejecutar el ritual anual de la Pascua alemana: hervir tres docenas de huevos, pintarlos de colores, decorarlos con pegatinas y esconderlos en el jardín para que los busquen los niños. Como no hay niños, los buscarían Kathleen y su hermana. Planazo.

—¿Tú sacrificarías la Semana Santa en Hamburgo por pasar unos días en Fuerteventura? —me pregunta Kathleen una noche.

—Hombre, yo... —respondo con un tono que no me compromete a nada, mientras mis neuronas cuchichean a velocidad de Pentium tratando de decidir entre todas dónde está la trampa. Si la hay, estoy seguro de que encaja en un plan más amplio, en un jaque en veintisiete movimientos que Kathleen tiene planeado y que yo no veo venir ni por lo más remoto. En este momento no me importa ni poco ni mucho: ¡nos vamos a Fuerte!

—¿Para qué? —pregunta mi padre cuando se lo digo por teléfono—; si en Fuerteventura no hay nada.

Precisamente. No hay cobertura. No hay centros comerciales. No hay vicerrectores. No hay granizo. No hay erasmus. No hay fútbol. No hay analistas políticos. El Risco del Gato, al que hacemos varias excursiones, es un lugar fuera del tiempo y del espacio al que los rumores sobre pactos electorales llegan apagados e interferidos por el rumor sedante de las olas. 

Hombre, alguna cosa sí que hay. Durante el trayecto al hotel vimos muchas cabras. En Fuerteventura se vende la cerveza de las Islas, Tropical, cuya etiqueta tiene un perro azul que se vuelve blanco a medida que la cerveza se calienta («perro azul — frío perfecto»). Hay también un ecosistema sutil de plantas rastreras, cangrejos y aves zancudas que picotean la arena cuando baja la marea. Hay un bar construido con los pecios del naufragio de un navío yanki. Hay una invasión de ardillas de las Carolinas, que acaso llegaron allí sobre un trozo del trinquete del barco naufragado.

En el bolsillo de mi cazadora encuentro tres avellanas que cogí el otoño pasado en las Ardenas. Las he llevado conmigo durante meses sin ningún motivo en particular; a veces las sacaba y jugaba con ellas como hacía Bowie con las esferas de vidrio en Dentro del laberinto. Ahora las saco y se las doy a las ardillas. En sus cuerpecillos de palitroque se activa un mecanismo oscuro, un gen anquilosado que su raza ha transmitido desde hace milenios en previsión de la avellana. ¿Cuántas generaciones de ardillas canarias han tenido que transcurrir para que tres individuos privilegiados realicen el destino de la especie? Las ardillas las cogen y las mordisquean como si no hubieran hecho otra cosa en su vida. En un peñón del Atlántico, frente a las costas de África, se produce la improbable reunión de un roedor norteamericano y de un fruto seco centroeuropeo. El gesto irreflexivo de recoger unas avellanas caídas durante un paseo es completado a muchos meses y a muchas leguas de distancia, generando una apariencia de orden cósmico, un orden secreto análogo al que Freud creía ver en los lapsus y en los actos fallidos. 

Unos metros más allá, una ardilla mastica una bola de Cheetos. Luego me entero de que estas ardillas no vienen de América, sino de África, y de que uno puede cogerse más enfermedades acariciándolas que dándole un beso de tornillo a Iggy Pop.


Tras cuatro días en Fuerteventura yo he recuperado ya un aspecto humano y podemos volar a Madrid. Durante la semana siguiente dedico las mañanas a leer libretos de género chico en el centro de documentación de la SGAE, y las tardes al correo electrónico y a las visitas. Los sobrinos se me tiran a las canillas y me patean con auténtico entusiasmo.

—Menuda peleota, ¿eh? —resumen al final, sudando como pollos.
—Sí —respondo mientras busco un diente que se me ha perdido en la grava—, ha estado bien.

El último día Rafa nos lleva a comer opíparamente a un restaurante marroquí que hay cerca de la calle del Tribulete —¡veinte pavos los tres!—, y luego nos sentamos al solecito en el Casino de la Reina. Vemos un huerto algo utópico, con un espantapájaros desventrado. Varios viejecillos pedalean en la bicicletas estáticas que el municipio ha instalado a tal efecto; también hay un chino que, en mi opinión, todavía está en edad de usar el Bicimad. Los niños han conquistado el kiosco de bebidas y apilan las sillas de aluminio para saltar desde ellas y romperse la crisma. Entra la pasma para inspeccionar una mochila abandonada: «si esto fuera París ya nos habrían evacuado», comenta Kathleen; como no es París, los polis tiran la mochila a una papelera y hacen rugir sus motos de alta cilindrada. Cruzan varios perros y una manada de adolescentes. Kathleen quiere ir al cine, pero le digo que no, se ponga como se ponga. Con la tarde que hace no voy a meterme en una habitación sin ventanas a ver —encima— una película sobre una mujer que estuvo cinco años en una habitación sin ventanas. ¿Cuántas veces al año estoy con mi amigo Rafa, o en un parque, o tomando de tranquis el sol? Hacer coincidir las tres cosas es una peli de versión española buena que lo flipas, en plan Berlanga, aunque las movidas que nos cuenta Rafa son más como de Almodóvar.

–De Almodóvar puede —me corrige—, pero sin drama.

viernes, 11 de marzo de 2016

Vino el escritor colombiano Héctor A. F. y volvimos a hablar de autoficción y de autobiografía, y de los pactos entre autor y lector, que es un asunto que me hincha las meninges como pocos. Alguien dijo que una autobiografía con diálogos era más autoficticia que una autobiografía sin diálogos, porque en la vida real la gente no habla como en los libros. Hombre, sólo faltaba. Si los libros hablasen como la gente real serían completamente incomprensibles, porque la lengua hablada es muy dependiente del contexto y tiene una sintaxis particular. Me dicen también que hay un tipo de Barcelona que ha propuesto una nueva denominación para las ambigüedades del columnismo actual: «literatura facticia». No sé yo si lo que necesitamos es una etiqueta más: he oído hablar de autoficción, de autobiografía ficticia, de autoficción autobiográfica y al paso que vamos no me cabe duda de que pronto oiré hablar de autoficción autobiográfica facticia. Es el cuento de nunca acabar, es un minigolf de teoría literaria, es una partida de Cluedo para esos detectives de salón que somos a veces los historiadores culturales, es una cornucopia de literatura gris académica que nos habla muy poco de cómo se relaciona el lenguaje con la realidad.

«¡Qué ingenioso, ha escrito una historia disparatada y se ha puesto a sí mismo como protagonista!». Sí, supongo que fue ingenioso en el siglo II antes de Cristo, cuando lo hizo Luciano de Samosata. Con la autoficción ocurre un poco como con el ready made: la primera vez lo dejaba a uno cavilando, pero perdió gracia cuando la gente empezó a llenar los museos con banquetas, cepillos de dientes y juegos de té usados. Pretendían demostrar que era el museo el que generaba la obra de arte, y terminaron demostrando casi lo contrario, que no todo lo que se exhibe en un museo es una obra de arte. Hace cosa de un año el equipo de limpieza de un museo alemán recogió y tiró a la basura lo que parecían los restos de una fiesta salvaje, y constituía en realidad una instalación artística; creo que fue entonces cuando se hizo viral la pregunta «¿esto es arte o lo puedo tirar ya?». Las autoficciones también han llenado la literatura de cepillos de dientes, camisetas sucias y botellas vacías, de manera que cada vez que veo un relato autodiegético cuyo protagonista se llama como el autor me hago casi la misma pregunta: «¿esto es un testimonio o lo puedo tirar ya?».

En el caso de El olvido que seremos, sin lugar a dudas, estamos ante un relato testimonial de primer ordern (quizá, como quería Patricio, más por la talla humana de lo que cuenta que por la talla literaria de quien lo escribe, aunque a mí no me parece nada fácil dar la talla literaria para contar acontecimientos como los que allí se cuentan). Ayer por la tarde alguien afirmó que El olvido que seremos pertenece al género autoficticio porque Héctor A. F. omite mencionar que su hermana se volvió loca cuando asesinaron a su padre. Para la persona responsable de esta afirmación supongo que todos somos unos falsarios por andar vestidos por el mundo y por no haber hecho de nuestras vidas un espectáculo de telerrealidad banal. Irónicamente, esta gente tan dada a atar moscas por el rabo ni siquiera tiene claro si la autoficción es un género: «es un género», «es un dominio», «es un ámbito...» ¿Y no será, digo yo, una majadería? Conviene que alguien lo estudie...

—Además —digo—, esta discusión entre textos ficticios y textos reales presupone que existen textos que dan cuenta exacta de la realidad, y no es así. Escribir sobre el mundo real no es sustancialmente distinto que hablar en el mundo real: a veces contamos las cosas de manera poco verosímil, pero es verosímil contar así las cosas. Resulta simplificador pensar únicamente en términos binarios y calificar unos textos como metafóricos y otros como literales. El significado es una matrioshka infinita, un continuo entre el inalcanzable arquetipo literal y el inagotable uso traslaticio.

Cuando la semana pasada escribía en mi blog sobre el hijo perdido y no hallado en el templo había algo muy poco literal en los hechos pero muy verdadero en el tono. Un par de días después me remitía Olalla alguna aclaración: «sí, hombre, Vanesa es aquella... Si ves una foto te acuerdas». Claro que me acuerdo de Vanesa. Me acuerdo de que fuimos juntos a un curso de verano, me acuerdo de que coincidimos en el tren a Santander, me acuerdo de íbamos sentados en dirección contraria a la de la marcha, me acuerdo de que salimos a fumar al pasillo, me acuerdo de que ella tenía una beca para dormir en el palacio de la Madalena, me acuerdo de que al día siguiente jugamos al Trivial con Eduardo, Pablo y una amiga suya, y me salió una pregunta sobre los padres del ragtime que entonces no supe contestar pero ahora sí: Scott Joplin y James Scott. Me acuerdo de que yo volví ese día pronto a la pensión, pero ella se fue a la playa con Pablo y se le metían las hormigas por debajo de la falda, según contaría luego Pablo como si él hubiera tenido algo que ver... Así que sí, me acuerdo de Vanesa más de lo que ella quisiera, y cuando digo que la vi una vez es una exageración, una hipérbole a la baja, porque no quiso la suerte que la tratase más, y me parece que la exageración es una de las formas habituales y cotidianas de gestionar narraciones, por motivos elementales de economía pragmática y de eficacidad comunicativa.

Todo esto ya no lo digo, pero sí lo pienso, por lo menos de manera aproximativa y embrionaria. Héctor A. F. me para los pies:

—Hay textos que están obligados legalmente a decir la verdad. Cuando leo un artículo científico necesito poder fiarme de lo que allí pone.

Es verdad que hay textos que están jurídicamente vinculados con la realidad, publicaciones científicas, noticias periodísticas y documentos legales, en ninguno de los cuales se debe mentir. No se debe mentir, pero se miente, porque también en ellos hay inexactitudes, selección de materiales y aun crasas falsedades, unas veces por economía lingüística, otras por simple falibilidad y otras por un sistema de retribuciones científicas que invita a publicar mucho aunque sea a la diabla. Hay gente que dice que hizo no sé cuántas cosas y luego no las hizo, pero se ha terminado creyendo que las hizo. Todo el que tiene Netflix ha visto estas últimas semanas la miniserie documental Making a Murderer, en la que un adolescente con «problemas de aprendizaje» se autoinculpa a cámara abierta en un asesinato que no ha cometido. Los policías que lo interrogan le van lanzando detalles del crimen tal y como ellos lo imaginan, y el joven va asumiéndolos como propios:

—Así que viste a la víctima atada a la cama, y tu tío te puso un cuchillo en la mano y te pidió que...
—...¿Que le cortara?
—Exacto. ¿Dónde?
—En... ¿la tripa?
—Más arriba.
—...¿En el cuello?
—Exacto. ¿Y qué pasó con la cabeza? Hay un detalle crucial con la cabeza de la víctima. Piensa bien, ¿qué ocurre con la cabeza?
—No sé.
—Intenta acordarte.
—¿Le corté el pelo?
—No. Di la verdad... ¿Dónde pusisteis la cabeza?
—Eh... ¿le corté la cabeza?
—Exacto.

Los investigadores terminaban tomando de forma muy literal la confesión del muchacho, extrayéndola de un contexto comunicativo en el que, sin dejar de ser falsa, era una intervención pragmáticamente correcta:
—¿Cómo has podido afirmar todas esas cosas? —le preguntaría más tarde su madre por teléfono.
—Lo supuse... Igual que hago en el cole.

Era, efectivamente, un escenario escolar prototípico: un adulto con autoridad te hace preguntas sobre cosas que ignoras por completo e implica que no saldrás al recreo hasta que las hayas respondido. Esas escenas de Making of a Murderer constituyen un documento fascinante que resulta a la vez ficticio y comunicativamente pertinente. El muchacho se retractó luego en público y trató de explicar por qué había declarado aquello —en un interrogatorio de varias horas sin abogado, por cierto—, con lo que queda claro que su intención en aquel momento no era inculparse en un crimen que podría costarle la cadena perpetua y para el que tenía coartadas a prueba de bomba, sino resolver con éxito una situación comunicativa cotidiana.

No pude explicarme lo suficiente en el debate con Héctor A. F.; como me había levantado a las tres y media de la mañana seguramente lo que dije no fueron ni siquiera palabras articuladas, sino más bien un borgorigmo de oligofrénico babeante: «¡blurg stilug shmmuux, mammarrochus!». Me daba pena que Héctor A. F. pensase que yo soy de los que, como Cercas, consideran legítimo publicar microrrelatos en las páginas de sucesos, o de los que opinan que todo es ficticio y, trayendo del pescuezo a Hayden White como testigo, arguyen que todos los textos históricos son narrativos y por lo tanto (?) también ficticios. Más bien mi postura es la opuesta: todo es real, todos los textos son de alguna manera referenciales, e incluso relatos tan desquiciados como los de Rodolfo Wilcock están hablándonos de la realidad a su manera. No es que la ficción esté permitida; es que es imposible dejar de remitir a la realidad; lo que cambia es la técnica de representación. El retrato que Picasso hizo de Dora Maar es también un retrato de Dora Maar. El retrato que Dalí hizo de su hermana es también un retrato de su hermana. Los autorretratos de Léo Spilliaert son también autorretratos, aunque en ellos tenga ojos de besugo y le salga un ectoplasma de la cabeza. Frida Kahlo se retrata con cuerpo de cierva atravesado por las flechas, lo que se ajusta más a la vida de Frida Kahlo que una fotografía de Frida Kahlo. Son, en definitiva, distintas maneras de dar cuenta de la realidad: unas más detallistas, otras más geométricas, otras más analógicas, otras más antifrásticas, otras más metonímicas, otras más hiperbólicas. Unas son apropiadas en ciertos contextos, y otras en otros. En el caso de los textos, a cada una de esas formas de relacionarse con la realidad se le llama «modo». Y siempre hay un modo, siempre hay una relación, todos los textos están en el mundo y establecen con él cierta forma de diálogo, aunque sólo sea para dedicarle un gruñido enfurruñado y solipsista, que a fin de cuentas bien puede ser el comentario más elocuente y justo que pueda hacerse a este mundo que hemos heredado.

martes, 8 de marzo de 2016

Mi amiga Olalla dice que a veces lee mi blog, pero no me escribe muy a menudo. Esta semana he recibido un correo electrónico suyo, un correo electrónico muy largo y muy bonito en el que habla del paso del tiempo, de la aventura de vivir, de la intensidad emocional de ser madre y de muchas cosas más, y en el que me felicita por el nacimiento de mi hijo. Nada más leerlo llamo a Kathleen:

—¡Kathleen, agárrate! ¡Hemos tenido un niño!
—¡Hombre —dice ella—, ya era hora!
—No te alegres tanto, que primero hay que encontrarlo. Parece que lo han visto por Madrid.

Otra amiga mía que tampoco me escribe mucho (y cuya identidad no conviene desvelar para que parezca que tengo más amigas de las que tengo) se lo dijo a Vanesa, y Vanesa se lo dijo a Olalla. Yo a esta Vanesa no sé si la conozco. ¡Ha conocido uno a tantas Vanesas! ¡Ha tenido uno una vida tan loca! No sé si esta es la que vi una vez o la que conozco de oídas. Quizá Vanesa dijo «Álvaro ha sido padre» pero estaba pensando en otro Álvaro, o en una forma figurada de paternidad. Yo cuando quiero agradecer un favor me pongo a veces muy serio y digo «caballero, es usted mi padre», tanto si tengo delante a una niña de ocho años como si estoy frente a un cajero automático. No importa. También puede ser que Vanesa esté aprendiendo con un MOOC un dialecto maya en el que, por curiosa coincidencia, la frase «Álvaro ha sido padre» sea homófona de «he olvidado hacer la compra, esta noche toca cenar restos». Pero yo me inclino a pensar que la frase «Álvaro ha sido padre» significa lo que significa, y que Kathleen y yo hemos traído al mundo un Gila que nació cuando no estaba su madre en casa y se bajó a esperar a donde la portera.

—Un Gila o una Gila —puntualiza Kathleen, que prefiere las niñas porque dan menos guerra. No sé yo si dan menos guerra. Olalla, antes de saber si era niño o niña, me deseaba ánimo, energía y coraje, que son las mismas tres cosas que uno necesitaría para ser cooperante en Alepo.

—Esto va a ser que el de DHL, por no subir los tres pisos, nos ha dejado el recibo en el buzón para que recojamos al niño en la oficina de correos.
—Siempre hace igual. Es más vago...

Pero no, tampoco estaba en la oficina de correos. A saber dónde estará a estas horas nuestro Gila. Andará por el mundo agarrado del brazo de alguna Vanesa. Hijo, escríbenos, que tu madre y yo estamos muy preocupados.

Olalla, hija, si estás leyendo esto, escríbeme. Comunicar a través de Vanesa es algo complicado.

domingo, 28 de febrero de 2016

Segunda edición de cierto premio a los mejores trabajos de fin de carrera del hispanismo belga, ahora en la modalidad de lingüística. Esta vez no sólo no hemos ganado sino que ni siquiera hemos mandado ningún concursante. En nuestra universidad no hay puesto de lingüística española y las tesinas que se han escrito en esta disciplina en los últimos cuatro años se cuentan con los dedos de una mano.

El interés que despertó la primera edición del premio ha decaído en la secuela. Su alteza la infanta —la hermana del rey abdicado— no ha podido venir, y a la hora del piscolabis se nota la ausencia del cortejo de cortesanos. El duque que entrega el premio cabecea durante los discursos de los catedráticos; por suerte para él y para todos, alguno de los que tenía que hablar se ha olvidado de venir. Por lo menos están los seis candidatos, la mayoría en vaqueros; aquí y allá, algún padre visiblemente desconcertado por la pompa de la ceremonia. Haciendo un cameo sorpresa estamos Robin L., alguna postdoc de Lovaina y el menda.

Es como una de esas obras de teatro off off en las que hay más actores en el escenario que espectadores fuera del escenario, y muchas veces ni siquiera hay escenario, sino que la representación se lleva a cabo en el salón de actos parroquial, y la madre del actor sin experiencia que hace de actor sin expectativas termina haciéndose cargo de ovacionar en solitario pero con dignidad.

Al pasar lista se me ha olvidado contar a los cónsules, procónsules y consejeros de la Embajada, porque se mimetizan entre el mobiliario de la Academia. Cuando termina el acto charlo con una diplomática de carrera, madrileña, muy simpática. Ella ya pasó por su país malo.

—Supongo que no lo llamaréis así.
—No. Lo llamamos «país C». Hay «país C», «país C especial» y «país C especialísimo». País C es, por ejemplo, Irak, o Afganistán.
—La leche. ¿Y qué es, entonces, un «país C especial»?
—Siria.

Me imagino a ese licenciado de políticas que acaba de sacar las oposiciones al cuerpo diplomático y ve en la lista que le corresponde un destino «C especial», sin sospechar que lo que parece una talla de sujetadores es lo más parecido a una condena a muerte que puede encontrarse en Europa. 

Tanzania —me explica la madrileña— no es especial, pero es C porque está en África, y África cansa. Poner las mosquiteras, cerrar muy bien las ventanillas del coche, encontrar productos básicos en el mercado, no salir solo a la calle, prevenir enfermedades mortales y asistir a cuatro o cinco recepciones por semana representa al final un esfuerzo desproporcionado para hacer algo tan sencillo como es la vida de todos los días.

Por la noche estoy invitado a cenar en casa de Jacques De B., en Sint Niklaas. Coincido allí con cierta persona que ha tratado mucho a los duques filántropos y que forma parte del boato consular español, a pesar de lo cual conserva una gran calidad humana y una preocupación genuina por promover las lenguas y culturas nacionales. Después de una o dos copas de vino —un tinto biodinámico que han traído expresamente desde una bodega de Logroño— le pregunto si no cree que el esfuerzo invertido en la ceremonia de esta mañana sería digno de mejor causa. Yo digo «esfuerzo», pero mi interlocutor, que es hombre de mundo, entiende que quiero decir «dinero»:

—En realidad, muchas de las actividades de las fundaciones no las pagan ellas. Lo que hacen es dar una salida legal a grandes fortunas que quieren desgravar dinero.

Más tarde me enteraría de que a la deducción prevista ha de sumarse, además, un 5% por tratarse de un programa de investigación universitaria. O sea, que el embajador, sus monaguillos, el cuñado del rey, la mitad del hispanismo belga y cinco eminencias españolas —entre ellas el académico Ignacio B., director del diccionario combinatorio y de la gramática descriptiva— hemos estado pringados esta mañana de sábado para que pague menos al fisco algún ricacho que se habrá pasado el día esquiando en Suiza o cazando elefantes en Tanzania. Quien mejor papel ha hecho hoy ha sido su alteza la infanta, que no ha venido.

martes, 23 de febrero de 2016

—¿Pero cómo? ¿Tú no eres bilingüe?

Después de siete años en Valonia empiezo a oír con frecuencia esta pregunta. En francés —esa lengua en que la letra Q se llama «culo»— hago compras, escucho audiolibros, escribo correos electrónicos, hago agit-prop contra el rector e imparto entre dos y cuatro horas de clase por semana. Por supuesto, muchas veces vacilo al escribir una palabra, calco la sintaxis del español o digo «caballos» queriendo decir «cabellos», pero cada vez con más frecuencia me encuentro explicando a mis estudiantes, que son unos bigardos de veinte años, lo que significa en su propia lengua «ascesis», «bula» o «estoicismo».

Esto, que puede impresionar a algunos, no tiene más mérito que el de la edad. Esta larga inmersión no sólo no me ha hecho bilingüe, sino que me ha hecho perder la fe. La fe en el bilingüismo. El bilingüismo es, como el horóscopo o como la superioridad intelectual de los escritores, una creencia popular.

Debido a su carácter legendario, el bilingüe es un ser de escasa densidad y de contornos difusos. Más de una vez he oído que es bilingüe quien conoce los nombres de los pescados, o quien sueña en el otro idioma. De ser correcto esto último, yo podía considerarme bilingüe nada más llegar a Ruán: la necesidad de resolver trámites trascendentes en una lengua que no comprendía me tenía tan aterrorizado que me despertaba por las noches gritando «croissant! chapeau! moustache!».

Otros suponen que el bilingüe es uno que piensa en la lengua extranjera, pero para pensar en la lengua extranjera primero hay que pensar, y eso ¡es tan infrecuente! Se intuye que es bilingüe quien insulta en otro idioma, porque insultar es como pensar, pero en cuerpo a cuerpo. En mi experiencia, el improperio extranjero es también de lo primero que se incorpora; más aún: representa uno de los mayores alicientes para aprender la lengua. Una de las gratificaciones más inmediatas del estudio de una lengua extranjera es la multiplicación del repertorio de palabrotas, y a mí me llena de orgullo tener en mi arsenal largos insultos ingleses que, antepuestos al sustantivo como longanizas, llegan a constituir pequeñas obras maestras de teatro de improvisación; inarticuladas interjecciones francesas, ideales para el berrinche sin consecuencias del que pierde el autobús o no consigue pillar la WiFi; inofensivos tacos alemanes, que hay que pronunciar con la boca chica como con miedo a romper algo y sugieren al enemigo que ni siquiera es digno de nuestro odio; sublimes y blasfemas imprecaciones hispánicas, que extienden la maldición a varias generaciones pasadas y futuras y se erizan de superlativos y de aumentativos. Una paleta de dicterios subidos de color lo hace a uno más feliz, pero no más políglota.

Como tantas veces, se pueden resolver los problemas de definición saliendo por esa tangente cutre que es la definición por el ejemplo. «Estoicismo es, por ejemplo, cuando Rambo se cose la herida con el kit de costura que lleva siempre en el bolso». Bilingüismo es, por ejemplo, lo de ese ser privilegiado que desde la cuna ha hablado una lengua con su madre y otra con su padre, y que posee por partida doble esa intuición del hablante nativo para el giro auténtico, para lo idiomático. De estos seres privilegiados llega cada año a nuestras aulas un puñadico. Pienso en uno de esos seres, que tengo ahora en una de mis clases de 3º. Se llama Maite, que es —como «Inés» o como «Pablo»— uno de esos pocos nombres que se pronuncian igual en francés y en español, y que abundan por lo tanto entre los hijos de emigrantes. Maite tiene dos apellidos, su acento es de una nitidez mesetaria, sabe decir rrrrrr como Dios manda y se lanza a la conversación con soltura dominguera. Su dominio del español es tan absoluto que cuando escribe sólo conjuga los verbos en subjuntivo: «El artículo que hayamos leído trate de la pesca intensiva; las redes industriales destruyan los fondos oceánicos a la vez que arrastren el lenguado, el bonito, el arenque, el jurel, las sardinas, la merluza, la platija, la japuta, la lamprea, la maruca y la cubera (o cupiese)». No, en la multiplicación de pescados tampoco está la clave pentecostal.

¿Qué dice sobre todo esto la lingüística? ¿Cuál es, según los expertos en didáctica, el grado máximo de dominio de una lengua extranjera? El estándar de evaluación lingüística más aceptado hoy en día es el Marco Común Europeo de Referencia, que establece seis niveles de competencias comunicativas. El máximo es el nivel C2, que se define mediante retahílas de catecismo como esta: «soy capaz de leer con facilidad prácticamente todas las formas de lengua escrita, incluyendo textos abstractos estructural o lingüísticamente complejos, como, por ejemplo, manuales, artículos especializados y obras literarias». La expresión escrita de un hablante de nivel C2 es, conforme a dicho Marco, la de alguien capaz de presentar «descripciones o argumentos de forma clara y fluida, y con un estilo que es adecuado al contexto, y con una estructura lógica y eficaz que ayuda al oyente a fijarse en las ideas importantes y a recordarlas».

Según el propio Marco Común Europeo de Referencia, el nivel C2 está todavía por debajo del de un hablante nativo, pero yo sospecho que la mayoría de hablantes nativos no alcanzamos ese estante, o lo alcanzamos sólo de puntillas. ¿Cuántos podemos leer «con facilidad» artículos especializados y obras literarias? O lo uno o lo otro, oiga. Yo, que alguna vez he abierto por curiosidad el BOE y el Investigación y Ciencia, sé que cumplo únicamente con lo segundo, y sólo en el supuesto de que entre las «obras literarias» no se encuentre ninguna de Rodrigo Fresán. 

En cuanto a la producción escrita, es público que la mayoría de los periodistas tiene un nivel C1 justito justito. Lo cual tampoco está tan mal, habida cuenta la fauna que hay por ahí. El año pasado, en ese curso que doy en 3º, que trata de lingüística del texto, tuve a un Erasmus español. Entre los varios ejercicios que componían la evaluación continua, los estudiantes tenían que escribir un breve texto divulgativo a partir de un artículo sobre la incidencia del chicle en la halitosis. (Este último era un artículo especializado, sí, pero yo no esperaba que lo leyeran «con facilidad», sino sólo que lo leyeran, que entendieran por lo menos lo mismo que entendería un becario de Libertad Digital y que lo contasen de manera ordenada y comprensible). Pues bien, un estudiante español con la selectividad aprobada comenzaba su trabajo de la siguiente manera: «cada vez se producen situaciones incómodas en la [sic] que estamos en el trabajo, tomando un café o charlando con tus amigos cuando de repente tu amigo percibe tu mal aliento». A todos nos ha pasado eso de estar en el trabajo tomando un café con tus amigos, charlando o sin charlar, y que de repente se vayan todos los amigos menos uno, porque te huele el aliento (a café). Es algo que se produce cada vez. Nuestro estudiante continuaba glosando el experimento del artículo original y unas líneas más abajo resumía las conclusiones con la frase siguiente: «No se encontraron diferencias significativas en cuanto el ph es a la saliva, lo que la carga lo es una pila». Esta frase hay que releerla porque uno corre el riesgo de añadirle inconscientemente un filtro de Photoshop gramatical: el ph —dice— es a la saliva —coma— no lo que la carga es a una pila, sino «lo que la carga lo es una pila». Se trataba, por cierto, de la segunda versión de la redacción que entregaba el estudiante; la primera no la copio porque temo que el honor de la patria sufra un daño irreparable. Para demostrar la inexistencia del bilingüismo, lo dicho basta. ¿Cómo va a haber bilingüismo si ya hay que hacer un esfuerzo sobrehumano para llegar a ser un monolingüe de regular apariencia?

lunes, 15 de febrero de 2016

Muy a primeros de enero estuvimos cenando en casa de mi hermano Nacho. Le han estado convocando a un montón de tribunales de tesis, dos o tres al mes, porque el reglamento actual del tercer ciclo está a punto de extinguirse y quien tiene una tesis a medio escribir tiene dos opciones: o la defiende ahora a matacaballo, o se la come con patatas. En lo sucesivo, el doctorado se obtendrá moviendo la cadera mientras el tribunal improvisa unas rumbas de tema epistemológico.

El caso es que en una de esas defensas morganáticas Nacho iba a coincidir con Juaristi.

—¡No me jeringues! ¡Qué suerte!

Eduardo y Emilia me llevaron a verlo a alguna lectura pública allá por el cambio de siglo (julio de 2000 según mis diarios, que no entran en detalles), y desde entonces lo leo con admiración. Su obra posee un formalismo simpático, con sonetos holorrimos, rimas correlativas y sextillas manriqueñas. Los poetas actuales que, como él, versifican sobre algo más que la propia vida sentimental, se cuentan con los dedos de las manos. Recuerdo que tiene un poema en el que cuenta cómo un oficial apellidado Ceballos le amargó la mili. Nacho se va al dormitorio y vuelve con las poesías reunidas. Leo:

El brigada Ceballos, que hoy será
—y es concederle mucho— subteniente,
nos hacía perder las tardes tontas
imperdonablemente.

Yo, por lo menos, no le he perdonado
las mil horas o más que me robó.
«¡Por la Patria, muchachos!», nos decía.
Amo a mi patria, pero, digo yo,

qué tendría que ver la pobre patria
con los delirios del chusquero aquél.
Le echaba al cuerpo más ardor guerrero
que si fuese teniente coronel.

El poema prosigue contando cómo en cierta ocasión el brigada Ceballos se inventó unas maniobras en las que el batallón debía enfrentarse con dos divisiones del ejército del Pacto de Varsovia que habían remontado el Ebro. Que las divisiones fueran hipotéticas no las hacía menos peligrosas. Juaristi continúa:

«¡Silencio! ¡Están aquí!», bramó Ceballos,
y ordenó acto seguido «¡Cuerpo a tierra!»
Me eché al suelo temblando de emoción.
¡Por fin iba a saber lo que es la guerra!

El cuerpo de Ceballos describió
una amplia trayectoria parabólica
y se esfumó de pronto ante mis ojos.
Aquello parecía obra diabólica.

La desaparición de mi pariente no la provocaron el diablo ni los rusos, sino una zanja que se abría en mitad de la noche. Ceballos quedó hecho un ecce homo y tuvieron que transportarlo en parihuelas; luego, el batallón se extravió y anduvo vagabundeando en despoblado durante horas.

Terminada la lectura, mi hermano se queda pensativo. «¿Tu te acuerdas de aquella historia que papá cuenta siempre de cuando estaba en milicias?» Sí, recuerdo vagamente que le encargaron dirigir unas maniobras pero se perdieron y aparecieron al día siguiente a cuarenta kilómetros; en mi recuerdo, la marcha que dirigía mi padre se transformaba en un cortejo báquico, se perdía y la cosa terminaba tan mal que lo degradaban a sargento. No sé si me lo he inventado, pero creo que las cantimploras estaban llenas de cazalla. No obstante, empiezo a comprender con angurria que esa batallita bien podría ser la versión dignificada de otra mucho más cazurra que nunca fue contada a nadie, algo así como el relato que Soraya Sáez de Santamaría haría de un razonamiento teológico del supernumerario ministro de Interior, omitiendo discretamente las alusiones al ángel de la guarda y al alma inmortal del nasciturus.

Sacamos la botella de pacharán para templar los nervios. Echamos cuentas con los dedos: Juaristi es del 51, por lo que no es matemáticamente imposible que hubiera entrado en quintas cuando mi padre estaba en el último verano de milicias. La psicología del personaje también encaja: a nuestro padre lo creemos muy capaz de enfrentarse a pecho descubierto no ya a dos divisiones del Ejército Rojo, sino a cuatro círculos de Podemos que capitanease Juan Carlos Monedero en persona.

Unos días después, le pedimos a mi padre que nos cuente de nuevo su versión de los hechos. Lo que cuenta es que estuvo de milicias en Zamora —por donde no pasa el Ebro, como enseguida observamos mi hermano y yo— y en unas maniobras él y otros suboficiales decidieron cambiar la ruta para irse a Villaralbo o a no sé qué pueblo provisto de una boîte rupestre en la que habían quedado con unas chavalas. Desde el puesto de mando les llamaban por radio:

—¿Cuáles son sus coordenadas, cambio?
—41,5 grados oeste y 5,97 grados sur, cambio.

Pero en realidad estaban varios segundos más al norte. Unas horas después fueron a buscarles con carros blindados y los sacaron de la boîte a punta de cedme. Todos los universitarios se licenciaban de alférez, pero a mi padre la broma le costó la estrella y se quedó en sargento. Si en aquella ocasión no llega a intervenir el Estado Mayor, es posible que yo no estuviera hoy escribiendo estas líneas, o que las estuviera escribiendo desde la cafetería de Alfonso, que es la única de Villaralbo que tiene wifi gratis.

Han pasado varias semanas desde aquellas conversaciones, y ya se ha celebrado la famosa defensa de tesis. Al volver a casa, Nacho me escribió un correo electrónico en el que decía lo siguiente:

Esta tarde gris y cálida de invierno, en un aparte durante la defensa de una tesis doctoral, Jon Juaristi nos ha expulsado de la historia de la literatura. Confesó casi en un susurro que el brigada llamado Ceballos («que hoy será / —y es concederle mucho— subteniente») se llamaba, fuera de la diégesis poemática, Murillo.
El consuelo reside en pensar que, en la imaginación de un buen poeta, el apellido Ceballos pudo tener resonancias de personaje de ficción. A mí me basta.

Pues a mí no. Me alivia saber que mi padre no puteó a un escritor al que admiro, pero me frustra perder los lazos familiares que me unían con Juaristi y que ya me hacían sentir con derecho a autoinvitarme a la celebración de Januka (Juaristi se ha convertido al judaísmo, creo que sólo por llevarle la contraria a mi padre). Si la literatura nos quita los galones que merecemos, los Ceballos sabremos recuperarlos manu militari. ¡Por la Patria, muchachos!

Post scriptum
Con los párrafos precedentes ya en galeras, como aquel que dice, me escribe mi padre para aclarar que hizo milicias en el desaparecido campamento de Montelarreina y que el objetivo de las maniobras de marras no era conquistar Villaralbo, sino Toro, aunque él consideró más oportuno conquistar a unas zamoranas que le habían citado para desayunar (sic). Su hazaña —dice— se mantuvo viva durante años en la tradición oral, y no sería de extrañar que hubiera llegado a oídos de algún poeta vasco. 

sábado, 16 de enero de 2016

Hoy se clausura la exposición de Parrondo y he venido a entrevistarle. Parrondo es un señor que hace cuentos de niños para adultos. También hace canciones de adultos para niños, y escribe relatos en los que no ocurre nada, y pinta ilustraciones que sólo guardan una relación remota y apenas discernible con lo ilustrado. Parrondo —otro Parrondo— dio nombre a una paradoja matemática según la cual es más fácil ganar a dos juegos siendo un mal jugador que jugando a uno solo. Pero Parrondo —el primer Parrondo— juega muy bien a muchos juegos.

Paseo por la exposición. Hay frases escritas por las paredes, enormes acuarelas y pruebas de color de muchos de sus libros. Sobre una columna Parrondo ha escrito «LEA ESTO», y debajo hay una flecha muy grande de madera que apunta a una palabra microscópica, escrita medio metro más abajo. Me acerco a leerla forzando la vista. En letra muy pequeñita pone: «esto».

Una de las salas de la exposición se llama «Museo del agujero», y reúne dibujos y esculturas sobre agujeros. También hay papeles con agujeros, un agujero descendiendo una escalera, agujeros en la moqueta y agujeros en la pared. Me acerco al responsable de la sala y le pregunto:

—Este agujero de 15 cm de diámetro en el muro de ladrillo, ¿estaba ya o lo han hecho para la exposición?
—Se ha hecho para la exposición, sí.
—Ah. ¿Y cómo lo van a tapar luego? Porque la pared tiene más de un palmo de grosor...
—Ya veremos.

Parrondo escribe y pinta con un pie al borde de lo imposible: el relato que termina con la misma situación con la que comenzaba (Ni plus ni moins), los cuentos que no cuentan nada porque ellos mismos son los protagonistas (Histoires à emporter), el cuento de antes de dormir que es rectificado a cada rato por los niños (Allez raconte), el código de circulación para una carretera circular que conduce al punto de partida (Nationale zéro). Hay en La porte una historia maravillosa y cortocircuitante en la que sale un hombrecillo que sostiene una puerta —de eso va la primera mitad del volumen— y de repente algo ocurre en su bolsillo. «Anda! me llaman!», dice el hombrecillo; «no, ahora no puedo hablar, estoy con Fulano». «Caray —dice para sí—, no le dejan a uno tranquilo». Y luego aclara, dirigiéndose al lector: «he mentido dos veces. Primero: no estoy con nadie, y segundo: esto no es un móvil, sino una piedra».

Veo a Parrondo firmando ejemplares para los visitantes, que por lo general tienen menos de diez años. El artista echa diez buenos minutos en firmar cada ejemplar, caligrafiando su dedicatoria meticulosamente con una letra que recuerda la de los cuadernos Rubio, y acompañándola de un dibujo original que improvisa tras una breve conversación con el destinatario y que colorea con una concentración enorme.

Siempre imaginé que la colección de lapiceros de Parrondo sería algo así como la colección de peinetas de Martirio. Sin embargo parece contentarse con lo que cabe en un estuche escolar de cremallera: lápices cortos y sufridos de distintas marcas que alterna sin mirar como si los conociera con nombre y apellido.

Parrondo viste con mucho carácter, sin caer en lo estrambótico. Chaqueta sin solapas, chaleco Burdeos, calcetines a juego, zapatos abotinados, pantalón de algodón con una cuadrícula imperceptible... Todo como salido de una prendería, pero de una prendería barcelonesa.

Parrondo tiene un apellido que se tiene solo, que basta y sobra, como a Ramón Gómez de la Serna le bastaba el nombre, igual de rotundo, igual de redondo. Parrondo conoce a Ramón, con el que comparte la mirada suspicaz sobre los objetos y la comodidad en las distancias cortas. Si Parrondo se llamase Ramón, sería el acabose.

Parrondo habla muy bajo. «Maldición —pienso—, cuando escuche la grabación de la entrevista sólo oiré los gritos de los niños que trotan a nuestro alrededor». Pero no, luego le oigo perfectamente hablar de sus veranos en España y de su tío, que ganó dos Oscars aunque nadie lo sabe, mientras los niños juegan y ríen con la boca llena de bizcocho.