Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

martes, 21 de marzo de 2017

Julia ha venido de visita a Madison y nos ha traído un montón de cosas de Noruega: gofres, un licor que sabe a sol y sombra y que se llama «lenie», un queso marrón que sabe —dice— umami (el quinto sabor, descubierto en Japón a principios del siglo XX) y una mermelada que hay que comer con el queso, supongo que para que sepa menos umami. Yo ando resfriado, pero lo disimulo. Un par de días más tarde llega María, también de paso a un congreso que tienen en Chicago. Kathleen y ellas han hecho de nuestro bungalow un cuartel general. Se leen unas a otras, imprimen artículos, se gustan en Facebook, comprueban sus presentaciones Power Point, llenan las mesas de papeles y, como el congreso trata de cultura popular, comentan episodios de series ochenteras que al parecer la gente sigue consumiendo con fruición, porque todo el mundo está mucho más desocupado de lo que se atrevería a reconocer.

A mí me encargan de la intendencia. Una noche hago pulao, que es —explico— la versión portuguesa de la paella. «Está rico —dice Julia—; me recuerda al pilaf»; aquí Julia saca su teléfono móvil y, como el día anterior la había intentado convencer de que Nina Hagen es la hija de Uta Hagen, me da una mano de fact checking: «el pilaf es una forma tradicional de cocinar el arroz con cardamomo, canela y curri o cúrcuma; también se lo conoce como pilav, polow, pilafi, pulako y, en hindi, pulao». Últimamente suelto unas fake news tremebundas con un aplomo impresionante; debe de ser contagioso. Al menos se trataba de arroz, y no de la solución a la crisis económica. El pulao o pilaf es considerado plato nacional en Afganistán, Armenia, Azerbayán, Creta, la India, Irán, Kazajstán, Turquía, Uzbekistán y otros cuatro países cuyo nombre escucho ahora por primera vez. Ninguno de ellos es Portugal.

El miércoles a mediodía tienen que coger las tres el autobús para Chicago. Yo salgo por la mañana temprano a comprar pan para hacerles los bocadillos. Como aquí no hay panaderías tengo que comprarlo en el súper. Al llegar a la caja del Copps me atiende la cajera transexual. Los que se quejan de cómo ha salido la Transición democrática española deberían ver cómo le está saliendo la transición de género a esta pobre mujer. Parece un escocés. Le doy la pistola de pan y veo que a un lado de la caja, entre el bote de gel desinfectante y los cupones de descuento, está una de mis manoplas de punto.

—¡Anda! Este guante es mío; debe de habérseme caído al entrar.

—No sé de dónde ha salido —me dice ella poniendo voz de Michael Jackson—, debe de haberlo encontrado alguien.

Yo recojo el guante del mostrador y saco el otro de un bolsillo del abrigo:

—Bueno, aquí tengo su pareja, así que tiene que ser mío.

Como no quiero que piense que estoy aprovechándome de la confusión para robar un guante desparejado —lo cual resulta obviamente tentador para todo el mundo—, añado lo siguiente:

—Esto es como lo de los zapatos de la Cenicienta: este guante hace juego con el que yo tengo, por lo tanto la Cenicienta tengo que ser yo.

Ella se inmoviliza un segundo y levanta una ceja, pero no llega a mirarme, sino que se limita a decir para sí misma, con un tono apenas audible, pasivo/agresivo y brutalmente irónico:

—Por supuesto que tú eres la Cenicienta.

Sin duda tiene que estar uno fuera de sus cabales para pretender convertirse en la Cenicienta perdiendo una manopla cuando mi sufrida cajera no lo ha conseguido atiborrándose a hormonas y tirando el dinero en implantes y en tratamientos de depilación con láser. Yo, aunque a veces me invento las cosas, me doy cuenta de esto, por lo que bajo la vista y admito que no, que yo, desde luego no soy la Cenicienta. Todo lo más uno de sus ratones, el flaco ese, que lleva un gorro frigio y tiene los hombros escurridos. Luego agarro la barra de pan y salgo corriendo.

viernes, 10 de marzo de 2017

El grupo que era cabeza de cartel venía de Chicago, pero su avión se retrasó, así que la gerencia del Memorial Union Theater debió echar mano de lo primero que pilló para entretener al público. Lo primero que pilló fue un perro carlino disfrazado de Darth Vader, pero alguien debió de pensar que resultaría más apropiado llamar al combo estudiantil de música afroamericana. Grave error.

Dicho combo es un grupo de estudiantes que dice recuperar las raíces africanas de la música popular. Si una muchacha tocando bossa-novas con un viloncelo recupera algo es más bien la teoría de Max Nordau sobre la decadencia inapelable de la civilización occidental. Cada canción nos da derecho a una breve contextualización, con detalles de cuya importancia desconfían los propios intérpretes, ya que se limitan a leerlos en la pantalla de sus teléfonos móviles.


El concierto de quienes en realidad habíamos venido a ver comenzó una hora después de lo previsto, lo que tratándose de músicos no puede considerarse un auténtico retraso. Se trata de la Heritage Blues Orchestra, en la que hay dos guitarras y una harmónica, pero no contrabajo. La primera canción fue un blues de un solo acorde; un dedo cambiaba de traste imperceptiblemente al llegar el turno del acorde dominante. Los guitarristas no usan púa. Esto va bien. Al terminar, la cantante dice: «Hace unas semanas estuvimos en África y tocamos esto durante cuarenta minutos seguidos». Después uno de los guitarristas se acercó al piano y comenzó a tocar unos acordes lentos y bastante clásicos: tónica con el bajo en la fundamental, primera inversión de tónica —el truco infalible de los románticos alemanes—, dominante con la tercera suspendida, y de ahí a una semicadencia en el segundo grado, si mal no recuerdo. Todo muy simple, con una melodía que recuerda lejanamente la del spiritual «Swing Low Sweet Charriot», y un estribillo que dice «Everybody deserves to be free». Al terminar ocurrió algo que yo no había visto nunca antes de que acabase un concierto, y es que todo el teatro se puso espontáneamente en pie, aplaudiendo con un fervor sosegado.

Tres canciones después yo seguía llorando a moco tendido y pensando en todas las veces que se intenta recuperar lo que uno tiene delante de las narices, y en cómo esa recuperación bienintencionada puede fácilmente dejar paso al expolio y a la tergiversación.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Sigo evitando las noticias de política nacional, dentro de lo que es humanamente posible. Afortunadamente Trump no está haciendo gran cosa, aparte de darse besos a sí mismo y gastarse el dinero de los contribuyentes en viajes de fin de semana a su casa de Florida. Ojalá siga así. A tono con las noticias falsas y con los tweets falsos del presidente me había propuesto escribir unos parrafitos costumbristas sobre el invierno falso, una pieza de almanaque acerca de las dos semanas disfrazadas de primavera de las que hemos disfrutado antes de que el invierno regresara por sus fueros perdidos.

El primero de esos parrafitos presentaba un autobús al que subía un viejecito con chupa negra adornada con parches de motero y una gorra de visera; al rato de estar allí sentado, no sé muy bien cómo, el viejito empieza a hablar con otro pasajero sobre los medicamentos que toma para la soriasis. En la encía de abajo le queda un único diente que no acaba de creer en su suerte por haber sobrevivido a sus compañeros estando en la posición más expuesta.

Luego iba a hablar de cómo a las siete las estudiantes caminan apresuradas con unos rollos de gomaespuma en bandolera que son las esterillas en las que se sientan durante la clase de yoga que está a punto de empezar o que acaba de terminar. Por la dignidad con las que las llevan uno esperaría que fueran cualquier otra cosa: pinceles, saxos soprano, cuchillos de chef, nunchakos, pancartas. A Kathleen le han recetado en la fisioterapia que haga ejercicios con rulo gigante de poliespán y yo le pido de rodillas que se lo tercie a la espalda y salga a la calle para humillar a todas esas veinteañeras hippies que tienen la desfachatez de hacer yoga por motivos no terapéuticos.

El tercer parrafito me sorprende esperando al número 4 en la parada del Capitolio. A pocos metros hay un señor barbudo con chaleco de una asociación de militares veteranos; está parado en medio de la acera y sostiene un cartel que dice «no a la guerra». Al cabo de un rato de observarle con descaro entiendo que su manifestación se dirige a los clientes de un restaurante postinero. Todos los clientes llevan en el pecho cartelitos con sus nombres, pero conversan y brindan con tal desenfado que la única guerra de la que uno les creería responsables es la de clases. Quién sabe, hay mucha gente simpática que hace cosas odiosas. El marido de nuestra secretaria fabrica y se las vende a Nigeria. Esa es la gente que saca Bélgica adelante.



Pero al llegar al cuarto parrafito volvemos al Dave's Famous Bar-B-Que, donde, un par de mesas más allá, un jubilado descuartiza con sus manos desnudas algo que parece un lechón o un párvulo a la brasa. No sé decirlo con exactitud porque lo veo de espaldas y porque me distrae su sudadera, en cuyo dorso puede leerse «All Lifes Matter». Este es el lema de protesta contra el movimiento «Black Lifes Matter», en una lógica cenutria que ni siquiera se disfraza de lógica. Si «Black Lifes Matter» denuncia la amenaza de prácticas discriminatorias y reacciones desproporcionadas por parte de las policías municipales, la sudadera del jubilado sugiere que los policías blancos sufren el mismo tipo de opresión que los civiles negros.

—Igual ni siquiera saben que existe esa violencia —dice Kathleen. Pero si no lo saben, entonces el movimiento «Black Lifes Matter» es para ellos ininteligible, y resulta aún más demente que se opongan a él. «Sí que sé lo que es eso —replicaría probablemente mi jubilado si pudiera leerme—; lo que pasa es que los policías también corren peligro ahí fuera» (con tanto negrata como hay suelto, se entiende, pero esto no hace falta ni que lo diga, porque lo dice la sudadera con un explícito código de color negro y rojo). La dialéctica parece reducirse a que, como uno tampoco es completamente feliz, nadie debería sentirse peor tratado que demás:

—¡Eh, no os quejéis tanto! ¡Mi colectivo étnico, religioso, político o de orientación sexual también tuvo un problema una vez!

Empiezo a entender a la gente que se manifiesta delante de los restaurantes. 

Estados Unidos ofrece muchas cosas agradables a quien sea blanco y tenga liquidez o, como yo, una mujer que le mantenga, pero también ha integrado la violencia mucho más que otros países occidentales. «La violencia es más americana que la Cherry Coke», decía un tipo hace cincuenta años en imágenes que ahora ha recuperado el documental I Am Not Your Negro. El otro día, por ejemplo, en un cine de Florida, un jubilado —otro— le pegó un tiro en la cara a un espectador porque le molestaba que mandase mensajes de móvil. Y la película, a todo esto, ni siquiera había comenzado. Es verdad —parece— que se montó una pequeña trifulca, y que el espectador en cuestión le había tirado encima un cucurucho de palomitas, pero esto que aquí termina en un tiroteo de saloon se habría solucionado en cualquier otro país occidental con un par de tacos y la constatación de que eso no me lo dice usted en la calle. 

I Am Not Your Negro ilustra con fragmentos de celuloide pasados y presentes un guión inconcluso de James Baldwin, un escritor afroamericano rápido y lúcido a quien hago votos de leer. Hay un momento maravilloso de un debate televisivo en el que Baldwin le da un repaso fenomenal a un profesor de filosofía. «No hay que plantearlo todo en términos de raza —peroraba el filósofo—; muchos de los problemas que plantea el Sr. Baldwin son los que debe afrontar cualquier hombre que se construya como tal».

—Sí —respondía Baldwin—, pero yo en Francia o en Holanda puedo construirme sin temer que me asesinen en cualquier momento, y aquí no.

Acto seguido procedía a enumerar las múltiples segregaciones (sindicales, educativas, recreativas...) que parecían no existir en la cabeza del filósofo. Porque en aquellos años en que se desarrollaban la crítica de la ideología y el análisis del discurso también Baldwin se daba cuenta del abismo que existía (y aún existe) entre la realidad cotidiana del país y el relato que ese país —este país— cuenta —y se cuenta— de sí mismo. Un país, decía Baldwin reescribiendo el último verso del himno nacional, «que no es de la gente libre y que sólo rara o esporádicamente es hogar de valientes». En esa épica nacional, construida a través de películas y programas de televisión, los negros no desempeñaban ningún papel como no fuera el de enemigo, «como si nuestro país estuviera aún buscando una solución final con la que desembarazarse de nosotros» y hacer que fuera así más bien la realidad la que se adecuase a su figuración idealizada. El lema «All Lifes Matter» es la formulación actual de ese viejo relato nacional, un relato en el que sólo aparecerían las adolescentes que hacen hot yoga —invariablemente blancas— y no los pasajeros del autobús —mayoritariamente negros—.  

sábado, 11 de febrero de 2017

Cuando los hechos son desdeñados como rumores, los rumores adquieren categoría de hechos. Esta semana se ha dado por cierto un bulo no desmentido según el cual Trump habría llamado a las tres de la madrugada a un consejero de Seguridad Nacional para preguntarle si era mejor que el dólar estuviera al alza o a la baja. El consejero le respondió que eso lo sabía un niño de cuatro años, y el presidente pidió que le llevaran uno asap.

Legendarias o reales, las barbaridades diarias del nuevo presidente siempre son verosímiles, y suscitan un estado de incredulidad y escandalera peligrosamente adictivo. Sólo haciendo un esfuerzo titánico consigo cambiar de canal cuando está a punto de comenzar el telediario (que para más inri presenta una sex symbol). El querubín ilustrado que se sienta en mi hombro derecho me echa la bronca:

—¡El conocimiento siempre es preferible a la ignorancia! ¡Sapere aude, et cætera! ¡Hazlo por la sex symbol!

Mequetrefe pedante. Déjame que, si he de saber algo, por lo menos elija lo que quiero saber. Prefiero que un concurso me enseñe cómo se llama el río que pasa por el Cañón del Colorado a enterarme de la nueva ocurrencia de nuestro Nerón catódico. La telebasura es mi metadona.

Para mi desesperación, la post-verdad y la scripted reality han contaminado de trumpismo hasta la telebasura. Así es ahora Saber y ganar:

—¿Quién descubrió la penicilina?

—Alexander Fleming.

—Lo siento, la respuesta correcta es la C: «Pikachu», pero como has contestado lo que ponía en el guión, te llevas a casa un lote de derivados financieros tóxicos y una toallita desmaquilladora presuntamente usada por Ivanka.


sábado, 21 de enero de 2017

Mi sesión de lucha grecorromana con un saco de arena no fue ni la mitad de patética que la ceremonia de proclamación de Trump. Y no hablo ya de Trump, sino de los congresistas, senadores y expresidentes que escucharon sonrientes cómo el nuevo inquilino de la Casa Blanca les acusaba de despilfarrar el dinero y de ser meros charlatanes incapaces de hacer nada. Sabíamos que a Trump le gusta que le meen encima, pero no que la afición estuviera tan extendida entre la clase política. Obama pasó por el minuto más humillante de su cargo cuando sancionó con sus aplausos el discurso deslavazado con el que un niño de 70 años especializado en quebrar empresas lo acusaba de haber dejado el país en un estado calamitoso, desdeñando los doce millones de puestos de trabajo que ha creado en plena crisis económica y la cobertura sanitaria que ha conseguido para 20 millones de personas. Ayer asistimos, pues, a un festival de coprofagia del más alto nivel, mientras la finalista de un casting show imitaba a un delfín que cantase el himno nacional.


Por la noche fuimos al Majestic a escuchar a varios humoristas, a ver si nos levantaban el ánimo. A fin de cuentas, la multiplicación de la sátira política es uno de los cuatro puntos del plan propuesto por Michael Moore para contestar este nuevo orden. Los cómicos, sin embargo, parecen más interesados en endilgar al público sus viejas rutinas sobre usos extravagantes de la pornografía y técnicas de seducción condenadas al fracaso. Empiezo a tener la sensación de que muchos monologuistas son como músicos que sólo tuvieran una canción en el repertorio. El que más se arriesgó al comentario político fue Nate Craig, aunque la decepción lo había conducido a un consumo irresponsable de bebidas alcohólicas y a la mitad del monólogo perdió el hilo por completo. Tuvo que leer una chuleta que había dejado sobre un velador, lo que hizo pensando en voz alta de manera caliginosa: «oh, ya... ahora viene este chiste... no, pero no lo voy a contar, es bastante malo; ¿qué viene luego?; ¿qué he puesto aquí?». Cinco minutos más tarde lo único de lo que era capaz era de gritar «fucking morons! Go fuck yourselfs, you fucking bastards!». 

No obstante, antes de rendirse a la indignidad el humorista había brillado en un par de ocasiones. Una de ellas fue cuando se quejó de la mala conciencia liberal:

—A ver si lo pillo, ¿la peña vota a un oligofrénico y se supone que la culpa es de los demócratas, que «no han sabido conectar con la América rural»? Get the fuck off, you fucking bastards!!

Comprendo que el amigo Craig se haya entregado a la intoxicación, porque yo tampoco puedo con esto. Ningún ser humano debería sentirse responsable de las estupideces de más de un alto dignatario, y yo estoy cansado de salir a la calle para explicarles a los presidentes de varios países europeos que no hay armas de destrucción masiva en Irak, que hay que ayudar a la gente que viene huyendo de conflictos bélicos o que si cuatro millones de parados era una cifra escandalosa en 2011 no puede ser estupenda en 2015. Fucking morons.

¿En serio queréis que esta criatura repulsiva sea vuestro presidente? Vale, de acuerdo, pero no esperéis que encima me amargue la existencia. Una tienda de comics de Brooklyn ha publicado un periódico de número único titulado Resist! y compuesto por dibujos de mujeres de todo el mundo, en reacción a la elección de Trump; «vivir bien es la mejor venganza», escribe una de ellas. También eso podría formar parte del plan de actuación, en espera de que me llamen cuando hagan falta escudos humanos para evitar el cierre de la taquería de la esquina. Pero para vivir bien estos días hay que olvidarse de lo que dice Trump. De todos modos, el hecho de seguir día a día todas las majaderías que salen de sus cuentas de Twitter no va a evitar que una tarde encuentre en el bolsillo de su chaqueta los códigos nucleares y los teclee en el teléfono rojo pensando que se trata del número de un servicio escort.

jueves, 19 de enero de 2017

No es cierto que echemos sal en la acera, o sólo lo hicimos una vez, y era sal gruesa de cocina que esparcimos sobre los dos metros cuadrados de cemento en rampa que tenemos delante del porche, en los que uno puede descalabrarse tantas veces como saque la basura. Por eso, esta mañana me acerqué a comprar arena a la ferretería. Había llovido y luego había vuelto a helar, por lo que toda la ciudad estaba cubierta por una capa de hielo de medio centímetro. Los coches podían circular con relativa normalidad porque la rompían por su propio peso, pero en las aceras se vivían escenas de película muda. A modo de prueba saqué una de las sillas de jardín y le di un pequeño impulso: recorrió sola diez metros y antes de detenerse hizo una coqueta imitación de Charles Chaplin. 

Como el camino a la ferretería es cuesta abajo, me deslicé sin contratiempos imaginando que tenía el hooverboard de Regreso al futuro. Mientras pagaba, el cajero me preguntó si necesitaba ayuda con el saco.

—No —respondí haciendo un gesto de suficiencia—, vivo cerca de aquí. 

Dejé al dependiente hablando con un compañero y salí a recoger uno de los sacos que había apilados a un lado de la puerta. Era un saco alargado, de yute artificial; resultaba más pesado de lo que habría creído antes de pagar, pero me lo eché al hombro con un decidido golpe de riñón. En cuanto di el primer paso comprendí que me sería imposible regresar de una pieza si llevaba el saco sobre los hombros. Al mismo tiempo mi cerebro rebobinaba la conversación con el dependiente e intuía oscuramente que lo que éste le decía a su compañero sobre 60 libras tenía que ver todavía con mi compra. Cargué con el costal con un aplomo temerario y gran perjuicio de mis vértebras lumbares hasta que perdí de vista el escaparate de la ferretería. Cuando estuve seguro de que los dependientes ya no podían verme, lo bajé a la altura del vientre y lo agarré con las dos manos como el blandengue patético que soy.

¿Qué son 60 libras, al fin y al cabo?, me dije, tratando de animarme. Apenas algo más de lo que pesa el mayor de mis sobrinos, que sólo tiene nueve años. No puede ser tan difícil llevar en brazos a un preadolescente mientras asciendes por un tobogán. Todo el mundo lo hace.

La primera manzana no tenía vallas medianeras y pude recorrerla casi entera a través de los parterres, donde aún había nieve y se podía pisar con seguridad. Pero el saco parecía duplicar su peso cada minuto y pronto fui incapaz de elevar las manos por encima del codo: mis músculos se habían derretido como mantequilla. Cuando me di por vencido y lo eché al suelo había recorrido la mitad del camino: treinta metros.


Mientras recuperaba el aliento y me secaba el sudor de la frente (bajándola a la altura del codo, donde, como se recordará, se habían quedado mis manos) me acordé de la silla y tuve una idea genial. Había sido un estúpido por cargar con un peso que, empujado por una superficie sin fricción, habría hecho avanzar indefinidamente el impulso más pequeño. A eso so se le llama en física «condiciones ideales», que sólo se encuentran en climas incompatibles con la vida como aquel del que disfrutamos aquí.

Ante la dificultad de empujar con las manos un objeto que se encuentra a ras del suelo, agarré el saco por un extremo y empecé a tironear de él. Inmediatamente me di cuenta de dos cosas. La primera era que las condiciones ideales solo son ideales en plano o cuesta abajo, pero no cuesta arriba. De hecho, había tenido suerte de que al posar el saco en el suelo no se hubiera deslizado de vuelta a la ferretería, como si dijéramos, por su propio pie. La segunda, que a falta de fricción, el impulso que uno imprime sobre un objeto ejerce la misma fuerza en sentido contrario. Es decir, que si yo conseguía desplazar el saco diez centímetros hacia delante, el saco me desplazaba a mí diez centímetros hacia atrás.

A grandes males, grandes remedios. Para los pequeños males, en cambio, no quedan sino remedios de perra chica, con los que se siente uno desdichado y todo lo contrario de viril. El único remedio a mi alcance era de una pequeñez lamentable, y consistía en acercarme al borde de la acera, donde había algo de nieve congelada y no resbalaba tanto, para asentar un pie y tener una posición firme desde la cual arrastrar el saco treinta o cuarenta centímetros. A esas alturas ya había empezado a hablar con mi saco en términos poco amistosos, como Escobar en Narcos: «necio malparido, va usted a venir donde yo le diga, ¿sí o qué? Le voy a enseñar quién es el patrón, hijueputa, y como se resista le abriré un bonito agujero en la panza». Esto último pensaba hacerlo de todos modos, pero en mi fuero interno no estaba muy seguro de cuál de los dos era el patrón. 

Tardé veinte minutos en llegar a mi esquina. Podría haber sido el doble, pero en algún momento me acordé de cómo el barón de Münchhausen había salido de un agujero tirando de su propia coleta, así que empecé a apoyar una bota en el saco para tirar de él. Juro no me estoy inventando nada y me ofrezco a hacer una demostración ante la Academia sueca.

Entré en casa para decirle a Kathleen que seguía vivo, aunque sólo un poco, y para coger una escudilla con la que distribuir la arena. En eso mi saco tampoco puso mucho de su parte. Era como ese chico de Youtube que se come un montón de chiles y luego vomita por toda la habitación. También él podría haber sido sobrino mío. Al cabo de un rato me harté e hice algo que tenía grandes posibilidades de inmolarnos a los dos en un último acto épico: tomé de nuevo el saco en mis brazos, orienté su apertura hacia delante y comencé a apretarlo y zarandearlo con furia demente, consiguiendo así que me propulsase hacia atrás al mismo tiempo que garabateaba sobre la acera una maldición de arena que sería visible desde el espacio. Hijueputa malparido.

domingo, 15 de enero de 2017

La nieve comenzó a derretirse y de un día para otro la temperatura se desplomó otra vez a los 15 bajo cero: es la temida estación del hielo negro. Para Harvey, el gato del barrio, nuestra calle es un túnel de la risa. El cartero, que está más habituado, pasa por las mañanas haciendo saltos de patinaje artístico. Está prohibido echar sal en la acera para no contaminar la capa freática; muchos lo hacemos de todos modos, porque no queremos que nadie se rompa la crisma, sin considerar que a estas temperaturas hasta la sal se amilana y deja de funcionar.

Kathleen le saca al gato un cuenco de leche. Le damos una voz —«¡Harvey! Milk!»— y sólo entonces entendemos el chiste.

Los dos hemos estado trabajando en artículos endiablados, y además nos hemos abonado a Blue Apron —la versión foodie y hipster de una cooperativa de consumo—, por lo que apenas hemos salido de casa en dos semanas. Como es sábado, nos damos un respiro y nos acercamos al Famous Dave's Bar-B-Que. Cuando estamos llegando nos paralizan unos gritos desgarradores. Es una mujer que está revolcándose por el suelo vestida de submarinista. Sin duda tuvo la mala idea de salir a hacer footing y se ha resbalado. Por los alaridos que pega, lo menos malo que le ha podido pasar es que se haya roto el tobillo. Mientras yo llamo al 911 Kathleen le pregunta si está asegurada y si puede permitirse una ambulancia, pero la accidentada es literalmente incapaz de articular palabra. Un chico que pasaba en coche aparca al lado y propone acercarla al hospital, lo que resuelve el dilema. La tomamos por los brazos y la llevamos con mucha cautela hasta el asiento del copiloto. A ver quién come ahora.

Como no podemos luchar contra los elementos y no queremos volver a encerrarnos aún en casa, nos vamos a patinar al lago Wingra. El alquiler de los patines cuesta 6$. Hay muchos principiantes, niños que se tiran en plancha, grupos que echan un partidillo de hockey, adolescentes que se hacen selfies, chulitos que atraviesan la pista como una exhalación y terminan con un bucle picado, abuelos que caminan por allí con zapatos como si fuera lo más normal del mundo e incluso un hombre que se pasea empujando un carrito de bebé. Milagrosamente aquí nadie se rompe nada.

Por la noche cogemos el autobús para ir al teatro. Es una pieza de Donald Margulies que se llama Time Stands Still. Nada más empezar nos quedamos un poco pasmados porque la protagonista sale a escena con muletas y lleva una de sus piernas metida en una férula. Es un requisito del papel —se supone que es una reportera de guerra que acaba de sobrevivir a una explosión en Irak—, pero por un instante creemos que se trata de la misma mujer a la que unas horas antes vimos tendida en la acera.

La pieza es una sucesión de conversaciones entre dos parejas de amigos, llenas de vivacidad y buenos argumentos, como las que hicieron que un día nos gustasen las primeras películas de Woody Allen, sin darnos cuenta de que en realidad lo que nos gustaban eran las conversaciones.

—Pero al final —dice Kathleen— la chica que no sabe hacer la O con un canuto es consagrada como una «madre excelente», y es ella la que expone las críticas más contundentes contra el fotoperiodismo.

Tiene razón. El personaje más oscuro es, en cambio, la mujer que disfruta de su trabajo y que no tiene ganas de fundar una familia. Hemos conseguido hacernos un hueco en el Old Fashioned y mientras comemos bolas de queso frito especulamos sobre cómo habría podido desactivarse esa moraleja, que nos parece un subproducto perjudicial en una trama interesante. ¿No podría ser el amigo editor quien enunciara las críticas al periodismo de catástrofes? No, estaría tirando piedras contra su propio tejado y es demasiado inteligente para ello. ¿Y si el que no quisiera hijos fuera el marido? El cliché le cortaría la digestión a la audiencia. Llegamos a la conclusión de que para evitar tópicos sexistas habría hecho falta que todos los personajes fueran lesbianas y que además hubiera un vientre de alquiler y un buen samaritano que se ofreciera a hacerlas madres. Pero como entonces sería una comedia francesa, habría que añadirle números musicales y una pareja de preadolescentes que compartieran el primer beso. Quien se iría a Irak sería el público.