Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

martes, 12 de diciembre de 2017

Como a nosotros, miembros del personal académico de la universidad de L***, no nos ata un contrato convencional sino un juramento solemne, el número de tareas que podemos asumir es indefinido. Por el mismo motivo no se prevén fondos para cubrir permisos de maternidad ni bajas por enfermedad. Aunque el personal administrativo duplica numéricamente al personal académico, somos nosotros los que revisamos los planes de estudio y resolvemos los problemas de las matrículas individuales, los que confeccionamos los contratos Erasmus de cada estudiante de intercambio, los que contratamos personal, los que redactamos y controlamos los reglamentos, los que hacemos los pedidos para la biblioteca, los que nos evaluamos a nosotros mismos, los que gestionamos los presupuestos, orientamos sobre becas, reservamos hoteles, elaboramos planes estratégicos, rellenamos formularios y hacemos fotocopias. 

Mientras tanto, el ministro del ramo se ha dedicado a desarticular los planes de estudio hasta convertirlos en algo así como una lista de boda, y el rector ha dedicado todas sus energías a multiplicar las instancias de decisión, de manera que las actas de la reunión más sencillita se han transformado en una dadaísta colección de acrónimos. Un filósofo que, ya sea por devoción o por precaución, anda metido en todos los fregados, me explicaba que una gilipollez que se dijera en el consejo de administración la acababa escuchando diez veces: «en la junta de departamento, en la asamblea del personal científico, en la reunión preparatoria del consejo de la Facultad, en la junta de Facultad propiamente dicha, en la comisión permanente de investigación, en la comisión permanente de enseñanza y en dos o tres consejos de estudios». La situación no tiene remedio fácil: como me dijo el otro día el decano, si se crease una comisión para la simplificación administrativa lo único de lo que podríamos estar seguros es de haber creado otra comisión.

Un día el rector publicó un plan estratégico que estaba medio plagiado de un documento canadiense. Otro día dijo que quien quisiera investigar podía hacerlo los fines de semana, ignorante —criaturita— de que ya pasamos los fines de semana preparando seminarios y poniendo al día el correo electrónico. Otro día anunció la creación unilateral de una Facultad de Educación. Otro día ordenó el cierre de las páginas web de ensayo y difusión cultural de nuestra Facultad. Y otro día unos cuantos profesores nos hartamos y dijimos que ya estaba bien y que esto se iba a acabar.

En un primer momento incluso pensamos hacer algo para que la cosa se acabase: desertar las reuniones, dimitir de algunas funciones, negarnos a poner notas o ir a la huelga con un par. Luego unos titubearon, otros apelaron al sentido de la oportunidad, otros se aburrieron y otros, más honestamente, se acoquinaron. La solución de consenso fue escribir un papelito. Yo dije aquello tan cañí de «¡dejadme solo!», y durante un fin de semana aparqué la correspondencia —aún tengo correos de entonces sin abrir— y redacté un texto furibundo sobre la precarización del personal científico, la creación de expectativas fraudulentas entre la población estudiante, la burocratización de la universidad, el reparto desigual de obligaciones, la imposibilidad fáctica de conseguir semestres sabáticos, la devaluación de los diplomas, la falta de transparencia en las decisiones institucionales y las porquerías que dan por comestibles en la cafetería. Todo el mundo dijo que era un texto fantástico, vigoroso, arrebatador y, tras felicitarme, lo metieron en un cajón.

Luego otro profesor redactó otro texto, mucho más bonito que el mío, pero que era algo así como un relato de Bernard Quiriny. Hablaba de las dos universidades que hay en L***: una que se vende en papel cuché, dinámica, estratega, adaptada al mercado laboral y en general a cualquier presión externa; otra que anda por ahí cargada de hombros, agobiada por las deudas, un poco renqueante, otro poco nostálgica. Estas dos universidades no se hablan, y ni siquiera comparten la misma lengua. La fábula terminaba con una llamada paradójica y surrealista a instaurar «un diálogo en adelante imposible».
Yo anduve pensando si me adhería o no me adhería a este documento. No me apetecía poner mi firma al pie de un refunfuño poético, pero tampoco quería debilitar la posición de mis compañeros conspiradores, que habían preferido este texto al mío. Pasó un día y otro día, y entonces alguien me dijo en el pasillo «ya veo que te has pasado a la resistencia». El cuento de las dos universidades había empezado a circular y yo lo había firmado sin saberlo. Debo de ser un caso raro de revolución hipnagógica o de sonambulismo sindical.

Tras mucho psicodrama, el texto acabó publicandose en La Libre Belgique con un centenar de firmas, casi todas de Filosofía y Letras. Parece que el rector tuvo una rabieta, y sólo por eso yo ya doy lo comido por servido. No parece, sin embargo, que hayamos ganado para nuestra causa a la opinión pública: los comentarios que figuran al pie de la edición digital del manifiesto revelaban muchas veces un desconcierto que me hizo reír a carcajadas durante un cuarto de hora.

«Yo, la verdad, no sé mucho de esto», admitía uno, «pero al principio pensaba que en L*** había dos universidades, y al seguir leyendo no estoy tan seguro. ¿Cuántas universidades hay? En fin, mientras lo entienda quien debe entenderlo...». Otro lector copiaba una frase particularmente abstrusa («[esta universidad] defiende una postura crítica respecto de las lógicas que subordinan la producción y la circulación de conocimiento a condiciones ajenas a las prácticas de saber»), y la presentaba a modo de enunciado de examen: «introducción, tesis, antítesis, conclusión; tienen dos horas». «¡Felicidades y gracias a los autores de este artículo, tan claro para todo aquel que haya hecho estudios universitarios!», decía un troll risueño. «¿Por qué no discutir la próxima vez del sexo de los ángeles?», proponía otro más allá; «así podrían crearse muchos empleos en Valonia».

El sindicalismo literario es un género arriesgado, porque las reivindicaciones pueden caer en un vórtice hermenéutico postmoderno y tener repercusiones tan poco solicitadas como la volatilización de los archivos, la inundación del paraninfo, el trance hipnótico de los estudiantes del máster en papirología, el tórrido romance entre un catedrático de latín y un dispensador automático de bebidas carbonatadas, la materialización del campus virtual o la transformación del rector en una cucaracha. Esto último, a la hora en que escribo, acaso ya haya sucedido.

jueves, 12 de octubre de 2017

Decía en la radio Àngels Barceló que la única serie que está siguiendo es una titulada Procés, que tiene mucho intríngulis. Si es una serie, lo que hemos visto esta semana llevaba guión de David Lynch. El señor que iba a proclamar la independencia de Cataluña saltó del anuncio de lo que haría a dejar sin efecto lo que había hecho, sin pasar por el momento de hacerlo. El inquilino de Moncloa salió de su letargo para preguntar por escrito, como hicimos mentalmente casi todos, qué es lo que había ocurrido realmente aquella tarde. Entre una cosa y otra, un portavoz del partido en el gobierno declaró con mucha pompa que no reconocía la no-declaración de independencia, lo que —como me hizo notar Patricio— fue lo más cerca que nadie estuvo aquella tarde de proclamar la independencia de Cataluña.

La única salida teórica a este atasco es el referéndum pactado, pero casi nadie quiere llevarla a la práctica: unos, porque pondría en cuestión el dogma de la integridad territorial; otros, porque no están tan seguros de que el sentimiento de pertenencia nacional que presentan como hegemónico sea tan hegemónico como lo presentan. Se están barajando muchas otras soluciones, a cual más delirante. Yo tengo una, desglosada en cuatro sencillos puntos, que no lo es menos.

En primer lugar, trasladar la capital de España a Gerona. Tal cual. Que —vamos a ver— tampoco es tan dramático. No se trata de llevarse el parque del Retiro con los patos y montaña artificial, sino de habilitar una nave industrial para el Congreso y otra para el Senado. Estoy seguro de que en Gerona hay algún bar donde pueden reunirse los ministros con las condiciones de seguridad y baratura a que están acostumbrados.

Al cabo de diez años, iniciando una dinámica de rotación por turno negociado, la sede del gobierno se movería a Badajoz. A ver si así de paso mejoran de una vez la línea de tren.

Segunda medida: un pacto de partidos por una educación nacional. Porque me pega que el concierto educativo actual cada vez se parece más a la prensa de provincias, donde, como me decía una vez Eduardo, el día del apocalipsis zombi la noticia de primera plana será «en Carbajosa se ha caído una vaca a una zanja». Una estudiante de San Sebastián, muy trabajadora y entusiasta, me decía esta semana que hasta el año pasado, y salvando los extractos recogidos en un manual de bachillerato, sólo había leído literatura escrita por vascos y en euskera. Doy por hecho que se la habrá leído toda. Si esto le resulta escandaloso a alguien, que se pare a considerar que en Madrid ni siquiera en las carreras de estudios hispánicos se lee literatura de expresión no castellana. O que es más fácil seguir cursos de catalán en Buenos Aires que en Madrid. Mi conclusión: hay que aprovechar la crisis territorial para solucionar el desbarajuste educativo, y viceversa. Lo que no consiguió Gabilondo acaso lo consiga Junqueras.

El siguiente punto es la renovación urgente de los símbolos españoles. Tenemos un himno que cada vez que suena nos crece el bigote: que lo quiten y pongan cualquier cosa. El «La la la» de Massiel (que tiene la misma letra), un cosita de Serrat o, qué sé yo, una canción del verano que no sea completamente intolerable. La bandera tampoco tiene arreglo: propongo sustituirla por un diseño ajedrezado que imite los manteles de los restaurantes populares, que es donde todos nos sentamos a hacer patria. Qué bonito sería ver la bandera de España y no pensar ya en el alcázar de Toledo, sino en ese menú del día por 9,50 que tiene gazpacho con guarnición, arroz con leche y un vinito (falso) del Penedés.

Por último, un referéndum. Pero no un referéndum de autodeterminación, sino un referéndum sobre la forma de Gobierno a escala nacional. Que ya va siendo hora. Si sale república, los independentistas catalanes habrán visto satisfecha de forma incruenta la mitad de sus reivindicaciones. Y si sale monarquía, los republicanos nos seguiremos jorobando otros veinte o treinta años, hasta que le llegue el turno a una de esas princesitas rubias, que no sé ni cómo se llaman, y por clemencia hacia sí misma o hacia el primero de los hijos que entonces tenga, se plante y deje que nos desgobernemos solos.

Post scriptum: La estudiante donostiarra me explicó otro día que en también en las clases de lengua española del instituto solían leer, traducir y comentar textos en castellano.

domingo, 8 de octubre de 2017

               PRIMEROS DE OCTUBRE

Convocados por octubre, en el minuto amarillo
de una ciudad sucia, rompe la oleada de vencejos.
Debe de ser confortante formar parte de una tribu
soldada, que evoluciona con movimientos parejos
entre los muros y aleros de un país ineficiente
y viejo. Pero sospecho que esta imagen está lejos
de ser cierta, y la bandada se mueve a espasmos de envidia
y rencor; que un ave piensa «nadie escucha mis consejos»,
y otra «menudos aires se da aquel», o «este aletea
sólo cuando le conviene», o «no estoy para festejos»,
«¿alguien sabe dónde vamos?», «cuando empezamos con esto
tenía gracia», y las más: «¡cuán gritan estos pendejos!».

viernes, 29 de septiembre de 2017

Suelo decir que en L*** no tengo ningún sitio preferido, pero ya no es cierto. Nunca lo fue, en realidad, porque estaba el Pot Au Lait, un pub de suelo irregular, lleno de recovecos, de hornacinas con santos de cabeza alienígena, de vírgenes deformes, de maquinarias incomprensibles, de lámparas votivas y de cuadros siniestros que en conjunto componen una casa-museo del surrealista desconocido o retículo de la amígdala de David Lynch. Pero el Pot Au Lait es para ir por las noches, y yo a las seis de la tarde completo mi diaria transformación en detritus y tomo el autobús del servicio municipal de basuras.

Enfrente de la facultad, en la planta baja de un espantoso aparcamiento de superficie, han abierto una tasca que se llama En Ville.  Tiene sillas de diversa procedencia, un banco corrido lleno de cojines, una estantería con libros infantiles, una estantería con vinilos de David Bowie y un florero maravilloso con forma de cabeza de señor simpático con bigote. La dueña es una chica muy despierta y enérgica; ahora ya nadie hace adaptaciones cinematográficas de Chaucer o de Boccaccio, pero si alguien las hiciera debería enviar a su director de casting a que la viese, porque tiene el tipo exacto de una de esas venteras de cuento con enredo: las caderas anchas, la pisada firme y la mirada irónica.

La carta de En Ville es una pizarra con cuatro cosas, pero bien ricas: huevos fritos con pan artesano, puré de verduras, un par de bocadillos de queso de granja y una ensalada. Ahora, que no es una de esas ensaladas-coartada que se ponen sin aliñar junto a un filete para dar la sensación de que uno no sólo come carne: la ensalada que hace la ventera de En Ville tiene berenjena al horno, pimientos asados, zanahoria, calabaza, cebolla caramelizada, endivias, coliflor, nabo, lentejas, crema de garbanzos y bayas. Que yo recuerde. Es la alegría de la huerta, la paleta de Arcimboldo, cornucopia de ocasión.

Me acerco a pagar y la ventera se llega a la caja metida aún en conversación con su compañera:

—¡...qué le voy a hacer yo si las atraigo!
—¿A quiénes, a las clientas? —pregunto yo, adulador como el señor antiguo que no tardaré ya mucho en ser.

Ella se sonroja y disimula una sonrisa, como cogida en falta.

—Eso es algo que no le puedo decir.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Otra vez España. Toda la vida social de un año concentrada en diez días. Es una estancia aturullada que me deja recuerdos curiosamente hortícolas. Al llegar a Ávila, el sobrino Jaime señaló la tomatera que tienen en un tiesto a la entrada y dijo: «¡Patates!». Otro sobrino, Martín, en el pueblito de La Cabrera en el que veranean, me enseñó a localizar unas plantas raquíticas y polvorientas que se comen:

—Es que son rastreras —dice, con unas erres borbónicas—; se llaman «verdulagas». 

Parece que se pueden picar y hacerlas en tortilla, lo que se aplica a muchas cosas que no juzgaríamos inmediatamente comestibles. Al volver a Madrid, en el alcorque de una acacia talada que hay justo enfrente de la casa de mis padres, descubro una matita de verdulaga, aderezada con colillas y residuos caninos.

En los días siguientes comí ochenta veces en el restaurante Superchülo, en la calle Malasaña, donde hacen un timbal de verduras fabuloso y un zumo de remolacha tirado de precio que creo que me produjo alergia. Y luego llega el día en que vuelvo a L***.

Vuelvo a mi casa, pero no tengo la sensación de volver a casa, sino de tomar el camino del destierro. Llevo semanas convocando en la imaginación, para animarme, los aspectos placenteros de la vida en L***, pero los martines pescadores son menos mágicos que el colibrí; la rivera del Ourthe palidece frente a los campos de nenúfares del lago Wingra; la mediateca cabría fácilmente en los luminosos lavabos de la biblioteca pública de Madison; el chef del Amirauté se pondría a hacer pucheros si lo llevásemos a cenar al Sardines. Eso sí: en L*** están algunos de los mejores semiólogos del mundo, y varios de los sociólogos culturales más pintureros, y Laurent, que acaba de publicar en Gallimard, y Parrondo, que ha sacado un libro titulado Rien.


Cuando el avión comienza a descender estoy leyendo un libro que me he comprometido a reseñar, pero que se me hace bola y no acaba ni a tiros. Un metro a mi izquierda, al otro lado del pasillo, un pasajero me hace señas y señala mi brazo, o mi mano, sin saber muy bien en qué lengua hablarme. Hace una seña de escribir o de pedir la cuenta, por favor, y entiendo que se refiere a mi lápiz. Como las azafatas acaban de anunciar las correspondencias, imagino que quiere apuntar el número de la puerta de embarque a la que debe dirigirse. Le presto el lápiz y, para mi total estupefacción, el tipo se agacha y lo emplea para calzarse los mocasines. Doy boqueadas buscando una réplica que no sea brutal pero que tampoco normalice la situación, cuando el hombre yergue el torso y congela la cara en una mueca ridícula de azoramiento. Luego alza la mano lentamente y me enseña medio lápiz astillado.

—Sorry —dice. Y luego me tiende la otra mitad, la que tiene punta, por si quiero seguir subrayando con ella. Le digo que no es necesario, que puede tirarla, pero él insiste. Como no ha conseguido meterse los zapatos, aplasta el talón y se los pone como si fueran babuchas. En mi mano, el medio lápiz roto rubrica con elocuencia el final de un largo verano.

Aterrizamos en Bélgica. 

domingo, 20 de agosto de 2017

En el avión olía a gasolina y creí que había una fuga, pero no era gasolina sino ginebra, y luego bourbon, y luego ron. Mi compañero de asiento bebía un combinado tras otro mientras escuchaba música reggae. Era un hombre joven con la cabeza rapada y una barba hirsuta que estaba diciendo a gritos «interrogadme». Nuestro reloj interno marcaba las once de la noche pero en unos instantes la tripulación empezaría a repartir el desayuno. El nombre de mi vecino es Arthur y se ha hecho amigo de todas las azafatas.

—Esta vez ya me han hecho pagar la bebida. Las cuatro veces anteriores no tuve que pagar. Trabajo en la NASA. Es un buen curro, pero si en España hubiera trabajo me vendría aquí. Mi madre es de un pueblo del interior de Asturias, adonde intento ir de vacaciones cada dos o tres años. Es increíble que a estas alturas siga sin hablar ni una palabra de español. Pero el olor del ganado y de la vegetación es la leche. Deberían embotellarlo y venderlo. En Estados Unidos hay olores parecidos, pero no es lo mismo. Es una vergüenza lo que está pasando. No sé si has seguido la actualidad política. Yo soy conservador, creo que hay que controlar bien las fronteras, pero nuestra política exterior está bien jodida. Lo sé de buena tinta, soy un veterano. En nuestro centro de Houston —trabajo en la NASA— me ocupo de entrenar astronautas. Tenemos la mayor cisterna del mundo, con una estación espacial sumergida en la que simulamos la ausencia de gravedad. Pero soy militar, y he entrado en fuego cinco veces. Lo que hacemos es un disparate. Entramos en las ciudades con tanques. Yo he entrado en Irak montado en un tanque y he visto cómo enseñaban a disparar a niños de cinco años. Los ponían delante de una diana con forma de soldado norteamericano y les enseñaban a apretar el gatillo. Estas son cosas que no ven los políticos de Washington. Deberían mandarlos a todos allí, para que supieran de lo que hablan. Me han disparado ocho veces y me han herido dos. Pero lo que me ha tenido varios años en terapia fue otra cosa. Un día un muchacho de doce años me lanzó una granada. Yo la cogí antes de que explotase y se la mandé de vuelta. Y lo maté. No quiero volver allí: trabajo en la NASA, pero estoy en la reserva hasta que cumpla los 40. Ahora tengo 31. Está la cosa bien jodida. Ah, parece que empezamos el descenso, mi parte preferida. Lo que más me gusta es el despegue y el aterrizaje. Uno de los últimos vuelos que hice fue genial, el avión bajó de morro y estuvimos a punto de estrellarnos. La gente lloraba y se abrazaba, pero yo decía «esto va a ser genial». Una azafata me dijo que tenía mucha sangre fría. Ya te digo. Yo he pilotado aviones y he estrellado aviones. Nunca pasa nada. Quiero decir, ¿qué puede pasar? Esta es la parte divertida. En fin, te voy a apuntar mi dirección de correo electrónico, por si quieres mandar a algún estudiante al espacio. Trabajo en la NASA. Podemos hablar por Skype dentro de la cisterna de microgravedad. 



domingo, 13 de agosto de 2017

Con un estado de ánimo crepuscular me siento en el porche de nuestro bungalow de Madison a hacer una lista mental de lo que echaré de menos: las enchiladas de mole de la taquería Guadalajara; el museo Chazen, con su planta de monstruosidades hiperrealistas y no siempre ominosas; las excursiones en bici a un multicine del extrarradio mientras las luciérnagas disparan sus magnesios; los fondos inagotables de la biblioteca universitaria; el divertido tono de sorpresa de la voz que en el autobús anunciaba, al llegar a la esquina de Park y Erin, el Saint Mary’s Hospital; el café frappé de Everly, las pausas para jugar al frisbee, las canoas de alquiler, los cheese curds, el Comedy Club... Y, sobre todo, estar rodeados de plantas y de bichos.

A diferencia de las ciudades europeas, en las que primero se arrasa y luego se edifica encima, en muchos pueblos y barrios norteamericanos las casas parecen haberse construido en los claros que la vegetación dejaba naturalmente. Por supuesto no es eso exactamente lo que ha ocurrido, pero a esa sensación contribuyen dos cosas. La primera es el tamaño inmenso de muchos de los árboles, con copas que casi siempre se elevan muchos metros por encima de los tejados. El riesgo es evidente para el que vive debajo, pero hace muy bonito. A tres manazanas de nuestra casa, por cierto, hay un roble que es más antiguo que Estados Unidos. El segundo motivo de esa impresión es la fluidez entre ecosistemas, ya que las vallas de madera son fundamentalmente simbólicas y permiten que los animales pasen del bosque a los jardines y de una parcela a otra.

Sólo en nuestro exiguo jardín, que es poco más que una franja de césped, viven cuatro o cinco conejos y media docena de ardillas. Además nos han visitado dos mofetas, dos colibríes, una marmota, un pósum y más pavos de los deseados. También el gato Harvey sigue viniendo de cuando en cuando a darse pisto. Y una manzana más lejos, a tiro de piedra de nuestra casa, empieza el ecosistema lacustre del Monona. Muchas tardes, trabajando en el porche, hemos oído el griterío de los cuervos que avisan de que se acerca un águila; son asiduos de nuestro manzano los zorzales (robins), los cardenales rojos, los canarios, y no contamos los  ciempiés, cochinillas, mariquitas, cigarras, abejas, avispas, hormigas, escarabajos, libélulas y arañas que van de un lado para otro como si necesitaran una prima por productividad. Desde la cama, con la ventana abierta para recibir en la cara el aire húmedo de la noche, escuchamos las ranas y los grillos; el siseo de un transformador lejano parece un insecto más.

Muchas veces nos han preguntado este año si querríamos quedarnos en Estados Unidos. Puedo imaginarme viviendo en una casa de madera —en mi cabeza es idéntica a una iglesia noruega que vimos en Washington Island que desde lejos parece un dragón dormido—, ordeñando mis cabras (Ziggy y Petunia) y echando un parrafito con el cartero. Jueves y viernes iría a la facultad montado en mi burro e impartiría las dos clases preceptivas a mis siete estudiantes graduados, con los que tendría un trato entre apostólico y socrático. Por las tardes me sentaría en el porche y tocaría un rato el ukelele para mi público entusiasta de marmotas y mapaches; cenaría rebanadas de pan de hinojo —que, no tiene ni que decirse, yo mismo habría horneado—, una con queso de cabra y otra con mantequilla de cacahuete, vería el monólogo satírico de Stephen Colbert y me iría a dormir riéndome de la locura del mundo.

Pero ni siquiera en lugares tan apacibles puede uno considerarse a salvo de las innumerables desgracias que incuba Estados Unidos y que —estoy convencido— más tarde o más temprano nos atraparían. Ha de recordarse que este es un país que todavía no ha dado una respuesta clara a la primera pregunta de una sociedad: la de si debe regir la ley de la jungla o si es preferible que haya algún concierto entre los intereses y apetencias de cada vecino. Mientras acaban de resolver esa cuestión, el futuro de la seguridad social es incierto, los costes de la atención médica son arbitrarios, el precio de la educación es prohibitivo, los aires acondicionados crean problemas respiratorios, los coches pueden circular hasta que se caigan a pedazos, no está muy claro quién controla la calidad de los alimentos y los medicamentos se dispensan a lo loco. 

En cambio, hay un equipo de funcionarios que viene regularmente a medir el césped de tu jardín y si supera cierta altura te mete una amonestación por donde menos te lo esperas.

Y luego está el capítulo de las pistolas. Cada año se producen en el país más de ocho mil asesinatos con armas de fuego. La cifra de heridos, disparos accidentales y gente que se levanta la tapa de los sesos por iniciativa propia es siete u ocho veces superior; muchos de esos heridos y muertos simplemente pasaban por allí.

Hay sitios, como Madison, en los que las armas de fuego tienen una existencia más bien teórica. No hemos visto a ningún civil armado, y los dos o tres tiroteos de los que hemos tenido noticia a lo largo de este año se produjeron de madrugada en alguna gasolinera del extrarradio. Pero quién sabe. Cada vez es menos raro que cuando un policía pide los papeles del coche, apunte al conductor con la pistola y ponga el dedo en el gatillo. Hace un par de semanas una mujer llamó a la policía porque oía cómo en el piso de al lado golpeaban a alguien; cuando llegó el coche patrulla, salió en pijama a explicar lo que había oído y un agente la mató de un tiro.

Tengo la impresión de que si nos quedáramos a vivir en Estados Unidos estaríamos pintando el diablo en la puerta. Quizá una familia pueda vivir en placidez relativa durante varias generaciones sin sufrir los efectos adversos de la desregulación, pero si algún día uno de sus miembros sufriera una intoxicación alimentaria, o se arruinase por un defecto de forma en el formulario de la aseguradora, o tuviera que seguir trabajando con setenta años cumplidos, o no pudiera pagar los estudios universitarios de sus hijos, o le pegaran un tiro al ir a sacar la cartera para mostrar su carnet de conducir, o chocase contra un coche que tenía un faro averiado, o se sumase a los dos millones de trabajadores americanos que se han vuelto adictos a los analgésicos y, subsecuentemente, a la heroína, sería para decirle «macho, tampoco te extrañes».