Poco antes de navidad empecé a despertarme con dolor de espalda. El dolor iba tomando confianza y se presentaba cada noche un poco antes. Si al principio me levantaba resentido a las siete, a los cuatro o cinco días ya no aguantaba tendido más allá de las cinco de la mañana. Entonces me levantaba, me sentaba en una tumbona y allí notaba como los cachivaches que uno tiene dentro iban volviendo poco a poco a su sitio, hasta que lograba conciliar el sueño durante una hora o dos más. Luego, durante el día, no tenía ninguna molestia y no me volvía a acordar del asunto.
Pasando esos primeros días de las vacaciones en Alemania, Kathleen me recomendó que fuera a ver a un fisioterapeuta que quedaba a la vuelta de la esquina.
—A ver si te deshace los nudos…
Este fisioterapeuta es un señor que se dirige a uno mirándolo —sin mirarlo— con los párpados entornados. En su consulta con atmósfera de ashram me ofrece un té, que no acepto. Vestido de invierno como estoy me tiende en una camilla y me torsiona un poco de un lado y de otro, con mucha cautela. Pasados veinte minutos me lleva a otra habitación y me echa encima algo así como unas grandes alforjas rellenas de pis. Allí se olvida de mí y tengo que ir a buscarlo tres cuartos de hora más tarde. Antes de que me vaya me pone en la espalda unos esparadrapos verdes que —dice— reforzarán la musculatura torácica y deberían aliviarme.
Esa noche, a las cuatro de la mañana, otra vez el numerito.
Para Nochevieja estamos en Madrid, y pido cita con un médico de cabecera, el que sea. Me recibe una doctora con tos tabacalera y cara de haber estado de guardia. Antes de que me siente ya me ha diagnosticado:
—Será un lumbago. ¿Profesión?
—Trabajo en una universidad…
—Claro, pasarás mucho tiempo sentado…
—No, la verdad es que me paso el día de pie.
—Ah, claro, pero es que estar de pie es malísimo para la espalda. Hay que andar, repartir el peso entre un pie y otro…
—No, si eso hago.
—Bueno, bueno… —la doctora está ya algo amoscada—; quítese la camisa.
La médico me echa, de lejos y con precaución.
—Huy, esas cintas se las han puesto muy arriba.
—No, si es que es ahí donde me duele.
Viendo que los síntomas se resisten a adaptarse a su diagnóstico, la doctora se pone a firmar papeles. Estoy bastante seguro de que uno de los medicamentos que me receta da título a varias canciones punk. «Yo no me tomo esto ni borracho», digo al llegar a casa. Pero como tengo un hermano médico y mi padre dice que si estoy loco y además en Año Nuevo todos tenemos derecho a cometer alguna excentricidad, al final me lo tomo.
Esa noche hay un incendio en la casa de al lado y los camiones de bomberos desvelan a todo el barrio, pero yo duermo como un bendito hasta las once pasadas.
En los días siguientes me rebajo la dosis lo suficiente para dormir hasta las ocho, con la idea de ir a ver a un osteópata cuando vuelva a Tilff. En algún momento recuerdo que conozco a uno. Unas semanas antes de volar a Madison, cuando había subalquilado ya mi apartamento, pasé unos días en una casa de huéspedes llamada Les Gallinautes, en Esneux; el propietario era aquel doctor Lecoq que tenía hábitos de caballero renacentista y hablaba del cuerpo humano con un léxico de meteorólogo. Averiguo que tiene un gabinete de consulta en la calle Eburons, cerca de la estación de Guillemins, y le pido cita.
Luc Lecoq me recibe en una gran sala que es a la vez despacho, consulta y sala de espera; los dos primeros espacios pueden aislarse con un ingenioso sistema de paneles abatibles, de modo que el paciente tenga la necesaria intimidad. Al fondo hay varias estatuillas africanas —el gallinauta, recuerdo entonces, creció en el Congo belga—, así como siete u ocho diplomas universitarios, en varias lenguas y alguno incluso en caracteres orientales.
—Sí, me acuerdo de usted. Me encantó aquel libro que me dio. ¿Qué tal en Estados Unidos?
Se conoce que, entre sus muchos dones, el señor Lecoq ha sido también bendecido con una memoria de elefante. Yo mismo había olvidado que al despedirme de él, en septiembre de 2016, le regalé una edición francesa de Soldados de Salamina. Tras escuchar el anecdotario de mis problemas de espalda me pide que me quede en calzoncillos, me mira de hito en hito un segundo e inmediatamente me da un golpe seco en la cadera con el dedo índice. «Ah, claro, aquí está el ixioploide». Quizá no dijera «ixioploide», pero a mí me sonó a eso; me subió la barbilla y me pegó otro papirotazo en el esternón: «sí, exactamente». Luego me agarró de las orejas y, mientras palpaba distintas partes del cartílago iba diciendo, con una entonación levemente interrogativa: «¿esto está sensible?; ¿y esto de acá?». Yo iba a decirle que no sabía cómo de sensible era mi oreja, o en comparación con qué, y que no era la oreja lo que me dolía, pero me daba cuenta de que esas preguntas no estaban dirigidas a mí, sino que el gallinauta estaba verificando una lista de indicios, estaba reconstruyendo un crimen anatómico, y con cada pregunta estrechaba el cerco alrededor del culpable, el taimado ixioploide.
—Muy bien. Tiéndase boca arriba.
Boca arriba me tuvo durante cerca de quince minutos en los que no hizo gran cosa. Me zarandeó un poco el pie izquierdo, me hizo flexionar las rodillas y sobre todo me palpó el cráneo mientras me hablaba de un viaje reciente que había hecho por la cornisa cantábrica.
—¿Qué? —le pregunto pasado un rato—, ¿está maduro el melón?
El señor Lecoq se ríe y dice que eso era algo que aún no había oído nunca.
—Se lo voy a decir así a mis estudiantes: «tenéis que ver si el melón está maduro».
Luego me levanta un poco la cabeza, la hace girar un poco en círculos, me pide que entrechoque las rodillas y comprueba cómo va la cosa a nivel de orejas. Para terminar me tira de un brazo hasta oír un pequeño crujido —«voilà»—, me aprieta otro poco las orejas y dice «bueno, esto ya está».
¿Qué es lo que está?
—Se te había movido un poco la cadera y la columna vertebral estaba compensando por distintos lados. Ya lo he corregido y le he dicho a tu cuerpo que no pasa nada, que todo está en orden. No hace falta que hagas ejercicios ni que tomes medicamentos. Pásate simplemente el jueves que viene para un chequeo de comprobación.
—¿Y lo de las orejas?
—Ah, lo de las orejas es determinante. Las orejas se forman a la vez que el sistema nervioso central.
Salgo de allí muerto de risa, sin saber aún si este gallinauta es un embaucador redomado o un taumaturgo genial. Quizá, talentoso como es, sepa conjugar ambas propiedades, robándonos lo que no tenemos o curándonos de lo que no padecemos, como un embaucador genial o un taumaturgo redomado.
Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:
Nos seguimos leyendo.
miércoles, 17 de enero de 2018
Yo me había imaginado que pasaría las navidades en Madrid al solecito, leyendo en el balcón un libraco que debo reseñar, y al final es como siempre. A todos regateo los minutos y a todos defraudo en algo, empezando por mí mismo. Otra vez va a tener que comerse mi madre la docena de hamburguesas vegetarianas que ha comprado. Sólo dos o tres días ceno en casa, y después sigo hasta las doce o la una redactando documentos para un proyecto de investigación cuyo plazo empieza a apremiar. Y menos mal si esta vez consigo ver a Adelaida y Toño, que han conseguido una ganga —lo que en Madrid es hoy una ganga— en la ribera del Manzanares. Se produce esa paradoja de que, cuanto menos ve uno a los amigos, menos cosas tiene que decirse. Lo suyo sería quedar varias veces, pero entonces tendría que podría ver sólo a la mitad. Con Rafa comí un día y le prometí que lo vería el 6 por la noche, pero hemos estado en casa de mi tío hasta la hora de cenar… ¡Para una vez que nos vemos! Podría haberme tomado un café con él el domingo por la mañana, pero al final opto por ir con mi sobrino a ver la exposición sobre la historia del tebeo que hay en el Museo ABC. Estuvo genial conectar durante hora y media y copiar en nuestros cuadernitos los trucos de los caricaturistas. Pero ahora habrá que esperar hasta dentro de tres o cuatro meses. A mi tía Mamen esta vez no la veo. A Ignacio y Enrique, los simpáticos archiveros de la SGAE, ni siquiera me he atrevido a decirles que estoy en Madrid. Y Kathleen piando por ir alguna vez al cine, pobre. El lunes por la noche habíamos hablado de volver a quedar con Patricio y Giselle, pero estaré hasta el cierre en la Biblioteca Nacional, revisando referencias para el libro de Tapia… por lo menos algunas, lo que sea más difícil de consultar desde Bélgica. A ver si lo remato de una santa vez, antes de que empiecen los exámenes. Si me doy prisa puedo sacar media hora, a todo tirar, para hojear novedades en la librería Antonio Machado, y de paso completar las compras de Reyes. Dios mío, y ¿cuándo voy a visitar a mi tía abuela Cuqui? Bastante es que no haya podido ir al entierro de su hija, y que no vaya a estar para el funeral. Laura y Eduardo me escriben preguntando si como con ellos en Olivia Te Cuida. Respondo que no sin más explicaciones, a la carrera. Ya intentaré acercarme a verlos en París algún fin de semana, si saco tiempo, si he terminado el proyecto, y el libro, y las correcciones, y la reseña.
Dos noches después de volver a Tilff sueño que viajo en un autobús de línea; los edificios de ladrillo claro separados por parterres podrían ser los de la ribera del Manzanares, pero sé que es Moratalaz, el barrio en el que vivía Rafa. El conductor del autobús va dando explicaciones turísticas sobre los lugares que recorremos. En determinado momento llegamos a unos bloques de apartamentos sobre los que han crecido grandes enredaderas y otras plantas vigorosas que han roto con sus raíces las fachadas. En el local comercial de uno de los edificios más infiltrados por las plantas hay un garito que se llama Cero Grados. No sé cuándo he bajado del autobús, pero allí estoy, adentrándome en la atmósfera de acuario del Cero Grados, que tiene una entrada de gruta y más que un bar es un cruce de after y restaurante nouvelle cuisine. Sentadas en un sofá bajo veo de reojo a dos modelos etíopes gemelas; los clientes me dedican miradas despectivas de anuncio de Martini. Pese al glamour, o como una nueva forma de glamour, hay mesas cuyos manteles son de papel de estraza, y en ellos firman o pintan los visitantes célebres: un camarero acaba de recortar de uno de ellos un Saura (un Saura rápido y con los trazos contados, como las ilustraciones que hizo para aquella edición de Pinocho).
Me llego a la barra y pido una Coca-Cola. Lo hago en alemán, quizá por ponerme a tono. El camarero es un muchacho con perilla al que sin duda me crucé alguna vez en el mundo real en la época en que estaban de moda las perillas. Tiene el pelo muy rizado, largo pero sin que le forme melena. Me dice que son 5 euros.
—Venga ya.
—Tiene razón, no son 5 euros. Son 7,50.
Le digo que me enseñe la carta para comprobar el precio. El camarero se niega, por lo que exijo que venga el dueño. Éste viene dando explicaciones incomprensibles, creo que inicialmente con una actitud conciliadora y hasta sumisa, pero conforme se va acercando se transforma en un muñeco de trapo sin cabeza, un pelele con una levita y un chaleco abotonado, que flota en el aire como un títere sin cuerdas.
Salgo del bar, del restaurante o de lo que fuera, y ya no estoy en Moratalaz sino en un callejón formado por tapias enjalbegadas, una de esas calles en las que mueren los pueblos andaluces o insulares, asediadas por los desmontes y las pitas. Es mediodía, y la luz cae a plomo. El camarero de la perilla camina a mi espalda, blandiendo sin mucha convicción una toalla azul. Delante de mí el callejón termina en un terraplén abrupto. «Esto tendría gracia si fuera real —pienso—, pero es sólo un sueño, así que no podré contarlo en el blog».
Dos noches después de volver a Tilff sueño que viajo en un autobús de línea; los edificios de ladrillo claro separados por parterres podrían ser los de la ribera del Manzanares, pero sé que es Moratalaz, el barrio en el que vivía Rafa. El conductor del autobús va dando explicaciones turísticas sobre los lugares que recorremos. En determinado momento llegamos a unos bloques de apartamentos sobre los que han crecido grandes enredaderas y otras plantas vigorosas que han roto con sus raíces las fachadas. En el local comercial de uno de los edificios más infiltrados por las plantas hay un garito que se llama Cero Grados. No sé cuándo he bajado del autobús, pero allí estoy, adentrándome en la atmósfera de acuario del Cero Grados, que tiene una entrada de gruta y más que un bar es un cruce de after y restaurante nouvelle cuisine. Sentadas en un sofá bajo veo de reojo a dos modelos etíopes gemelas; los clientes me dedican miradas despectivas de anuncio de Martini. Pese al glamour, o como una nueva forma de glamour, hay mesas cuyos manteles son de papel de estraza, y en ellos firman o pintan los visitantes célebres: un camarero acaba de recortar de uno de ellos un Saura (un Saura rápido y con los trazos contados, como las ilustraciones que hizo para aquella edición de Pinocho).
Me llego a la barra y pido una Coca-Cola. Lo hago en alemán, quizá por ponerme a tono. El camarero es un muchacho con perilla al que sin duda me crucé alguna vez en el mundo real en la época en que estaban de moda las perillas. Tiene el pelo muy rizado, largo pero sin que le forme melena. Me dice que son 5 euros.
—Venga ya.
—Tiene razón, no son 5 euros. Son 7,50.
Le digo que me enseñe la carta para comprobar el precio. El camarero se niega, por lo que exijo que venga el dueño. Éste viene dando explicaciones incomprensibles, creo que inicialmente con una actitud conciliadora y hasta sumisa, pero conforme se va acercando se transforma en un muñeco de trapo sin cabeza, un pelele con una levita y un chaleco abotonado, que flota en el aire como un títere sin cuerdas.
Salgo del bar, del restaurante o de lo que fuera, y ya no estoy en Moratalaz sino en un callejón formado por tapias enjalbegadas, una de esas calles en las que mueren los pueblos andaluces o insulares, asediadas por los desmontes y las pitas. Es mediodía, y la luz cae a plomo. El camarero de la perilla camina a mi espalda, blandiendo sin mucha convicción una toalla azul. Delante de mí el callejón termina en un terraplén abrupto. «Esto tendría gracia si fuera real —pienso—, pero es sólo un sueño, así que no podré contarlo en el blog».
martes, 12 de diciembre de 2017
Como a nosotros, miembros del personal académico de la universidad de L***, no nos ata un contrato convencional sino un juramento solemne, el número de tareas que podemos asumir es indefinido. Por el mismo motivo no se prevén fondos para cubrir permisos de maternidad ni bajas por enfermedad. Aunque el personal administrativo duplica numéricamente al personal académico, somos nosotros los que revisamos los planes de estudio y resolvemos los problemas de las matrículas individuales, los que confeccionamos los contratos Erasmus de cada estudiante de intercambio, los que contratamos personal, los que redactamos y controlamos los reglamentos, los que hacemos los pedidos para la biblioteca, los que nos evaluamos a nosotros mismos, los que gestionamos los presupuestos, orientamos sobre becas, reservamos hoteles, elaboramos planes estratégicos, rellenamos formularios y hacemos fotocopias.
Mientras tanto, el ministro del ramo se ha dedicado a desarticular los planes de estudio hasta convertirlos en algo así como una lista de boda, y el rector ha dedicado todas sus energías a multiplicar las instancias de decisión, de manera que las actas de la reunión más sencillita se han transformado en una dadaísta colección de acrónimos. Un filósofo que, ya sea por devoción o por precaución, anda metido en todos los fregados, me explicaba que una gilipollez que se dijera en el consejo de administración la acababa escuchando diez veces: «en la junta de departamento, en la asamblea del personal científico, en la reunión preparatoria del consejo de la Facultad, en la junta de Facultad propiamente dicha, en la comisión permanente de investigación, en la comisión permanente de enseñanza y en dos o tres consejos de estudios». La situación no tiene remedio fácil: como me dijo el otro día el decano, si se crease una comisión para la simplificación administrativa lo único de lo que podríamos estar seguros es de haber creado otra comisión.
Un día el rector publicó un plan estratégico que estaba medio plagiado de un documento canadiense. Otro día dijo que quien quisiera investigar podía hacerlo los fines de semana, ignorante —criaturita— de que ya pasamos los fines de semana preparando seminarios y poniendo al día el correo electrónico. Otro día anunció la creación unilateral de una Facultad de Educación. Otro día ordenó el cierre de las páginas web de ensayo y difusión cultural de nuestra Facultad. Y otro día unos cuantos profesores nos hartamos y dijimos que ya estaba bien y que esto se iba a acabar.
En un primer momento incluso pensamos hacer algo para que la cosa se acabase: desertar las reuniones, dimitir de algunas funciones, negarnos a poner notas o ir a la huelga con un par. Luego unos titubearon, otros apelaron al sentido de la oportunidad, otros se aburrieron y otros, más honestamente, se acoquinaron. La solución de consenso fue escribir un papelito. Yo dije aquello tan cañí de «¡dejadme solo!», y durante un fin de semana aparqué la correspondencia —aún tengo correos de entonces sin abrir— y redacté un texto furibundo sobre la precarización del personal científico, la creación de expectativas fraudulentas entre la población estudiante, la burocratización de la universidad, el reparto desigual de obligaciones, la imposibilidad fáctica de conseguir semestres sabáticos, la devaluación de los diplomas, la falta de transparencia en las decisiones institucionales y las porquerías que dan por comestibles en la cafetería. Todo el mundo dijo que era un texto fantástico, vigoroso, arrebatador y, tras felicitarme, lo metieron en un cajón.
Luego otro profesor redactó otro texto, mucho más bonito que el mío, pero que era algo así como un relato de Bernard Quiriny. Hablaba de las dos universidades que hay en L***: una que se vende en papel cuché, dinámica, estratega, adaptada al mercado laboral y en general a cualquier presión externa; otra que anda por ahí cargada de hombros, agobiada por las deudas, un poco renqueante, otro poco nostálgica. Estas dos universidades no se hablan, y ni siquiera comparten la misma lengua. La fábula terminaba con una llamada paradójica y surrealista a instaurar «un diálogo en adelante imposible».
Yo anduve pensando si me adhería o no me adhería a este documento. No me apetecía poner mi firma al pie de un refunfuño poético, pero tampoco quería debilitar la posición de mis compañeros conspiradores, que habían preferido este texto al mío. Pasó un día y otro día, y entonces alguien me dijo en el pasillo «ya veo que te has pasado a la resistencia». El cuento de las dos universidades había empezado a circular y yo lo había firmado sin saberlo. Debo de ser un caso raro de revolución hipnagógica o de sonambulismo sindical.
Tras mucho psicodrama, el texto acabó publicandose en La Libre Belgique con un centenar de firmas, casi todas de Filosofía y Letras. Parece que el rector tuvo una rabieta, y sólo por eso yo ya doy lo comido por servido. No parece, sin embargo, que hayamos ganado para nuestra causa a la opinión pública: los comentarios que figuran al pie de la edición digital del manifiesto revelaban muchas veces un desconcierto que me hizo reír a carcajadas durante un cuarto de hora.
«Yo, la verdad, no sé mucho de esto», admitía uno, «pero al principio pensaba que en L*** había dos universidades, y al seguir leyendo no estoy tan seguro. ¿Cuántas universidades hay? En fin, mientras lo entienda quien debe entenderlo...». Otro lector copiaba una frase particularmente abstrusa («[esta universidad] defiende una postura crítica respecto de las lógicas que subordinan la producción y la circulación de conocimiento a condiciones ajenas a las prácticas de saber»), y la presentaba a modo de enunciado de examen: «introducción, tesis, antítesis, conclusión; tienen dos horas». «¡Felicidades y gracias a los autores de este artículo, tan claro para todo aquel que haya hecho estudios universitarios!», decía un troll risueño. «¿Por qué no discutir la próxima vez del sexo de los ángeles?», proponía otro más allá; «así podrían crearse muchos empleos en Valonia».
El sindicalismo literario es un género arriesgado, porque las reivindicaciones pueden caer en un vórtice hermenéutico postmoderno y tener repercusiones tan poco solicitadas como la volatilización de los archivos, la inundación del paraninfo, el trance hipnótico de los estudiantes del máster en papirología, el tórrido romance entre un catedrático de latín y un dispensador automático de bebidas carbonatadas, la materialización del campus virtual o la transformación del rector en una cucaracha. Esto último, a la hora en que escribo, acaso ya haya sucedido.
Mientras tanto, el ministro del ramo se ha dedicado a desarticular los planes de estudio hasta convertirlos en algo así como una lista de boda, y el rector ha dedicado todas sus energías a multiplicar las instancias de decisión, de manera que las actas de la reunión más sencillita se han transformado en una dadaísta colección de acrónimos. Un filósofo que, ya sea por devoción o por precaución, anda metido en todos los fregados, me explicaba que una gilipollez que se dijera en el consejo de administración la acababa escuchando diez veces: «en la junta de departamento, en la asamblea del personal científico, en la reunión preparatoria del consejo de la Facultad, en la junta de Facultad propiamente dicha, en la comisión permanente de investigación, en la comisión permanente de enseñanza y en dos o tres consejos de estudios». La situación no tiene remedio fácil: como me dijo el otro día el decano, si se crease una comisión para la simplificación administrativa lo único de lo que podríamos estar seguros es de haber creado otra comisión.
Un día el rector publicó un plan estratégico que estaba medio plagiado de un documento canadiense. Otro día dijo que quien quisiera investigar podía hacerlo los fines de semana, ignorante —criaturita— de que ya pasamos los fines de semana preparando seminarios y poniendo al día el correo electrónico. Otro día anunció la creación unilateral de una Facultad de Educación. Otro día ordenó el cierre de las páginas web de ensayo y difusión cultural de nuestra Facultad. Y otro día unos cuantos profesores nos hartamos y dijimos que ya estaba bien y que esto se iba a acabar.
En un primer momento incluso pensamos hacer algo para que la cosa se acabase: desertar las reuniones, dimitir de algunas funciones, negarnos a poner notas o ir a la huelga con un par. Luego unos titubearon, otros apelaron al sentido de la oportunidad, otros se aburrieron y otros, más honestamente, se acoquinaron. La solución de consenso fue escribir un papelito. Yo dije aquello tan cañí de «¡dejadme solo!», y durante un fin de semana aparqué la correspondencia —aún tengo correos de entonces sin abrir— y redacté un texto furibundo sobre la precarización del personal científico, la creación de expectativas fraudulentas entre la población estudiante, la burocratización de la universidad, el reparto desigual de obligaciones, la imposibilidad fáctica de conseguir semestres sabáticos, la devaluación de los diplomas, la falta de transparencia en las decisiones institucionales y las porquerías que dan por comestibles en la cafetería. Todo el mundo dijo que era un texto fantástico, vigoroso, arrebatador y, tras felicitarme, lo metieron en un cajón.
Luego otro profesor redactó otro texto, mucho más bonito que el mío, pero que era algo así como un relato de Bernard Quiriny. Hablaba de las dos universidades que hay en L***: una que se vende en papel cuché, dinámica, estratega, adaptada al mercado laboral y en general a cualquier presión externa; otra que anda por ahí cargada de hombros, agobiada por las deudas, un poco renqueante, otro poco nostálgica. Estas dos universidades no se hablan, y ni siquiera comparten la misma lengua. La fábula terminaba con una llamada paradójica y surrealista a instaurar «un diálogo en adelante imposible».
Yo anduve pensando si me adhería o no me adhería a este documento. No me apetecía poner mi firma al pie de un refunfuño poético, pero tampoco quería debilitar la posición de mis compañeros conspiradores, que habían preferido este texto al mío. Pasó un día y otro día, y entonces alguien me dijo en el pasillo «ya veo que te has pasado a la resistencia». El cuento de las dos universidades había empezado a circular y yo lo había firmado sin saberlo. Debo de ser un caso raro de revolución hipnagógica o de sonambulismo sindical.
Tras mucho psicodrama, el texto acabó publicandose en La Libre Belgique con un centenar de firmas, casi todas de Filosofía y Letras. Parece que el rector tuvo una rabieta, y sólo por eso yo ya doy lo comido por servido. No parece, sin embargo, que hayamos ganado para nuestra causa a la opinión pública: los comentarios que figuran al pie de la edición digital del manifiesto revelaban muchas veces un desconcierto que me hizo reír a carcajadas durante un cuarto de hora.
«Yo, la verdad, no sé mucho de esto», admitía uno, «pero al principio pensaba que en L*** había dos universidades, y al seguir leyendo no estoy tan seguro. ¿Cuántas universidades hay? En fin, mientras lo entienda quien debe entenderlo...». Otro lector copiaba una frase particularmente abstrusa («[esta universidad] defiende una postura crítica respecto de las lógicas que subordinan la producción y la circulación de conocimiento a condiciones ajenas a las prácticas de saber»), y la presentaba a modo de enunciado de examen: «introducción, tesis, antítesis, conclusión; tienen dos horas». «¡Felicidades y gracias a los autores de este artículo, tan claro para todo aquel que haya hecho estudios universitarios!», decía un troll risueño. «¿Por qué no discutir la próxima vez del sexo de los ángeles?», proponía otro más allá; «así podrían crearse muchos empleos en Valonia».
El sindicalismo literario es un género arriesgado, porque las reivindicaciones pueden caer en un vórtice hermenéutico postmoderno y tener repercusiones tan poco solicitadas como la volatilización de los archivos, la inundación del paraninfo, el trance hipnótico de los estudiantes del máster en papirología, el tórrido romance entre un catedrático de latín y un dispensador automático de bebidas carbonatadas, la materialización del campus virtual o la transformación del rector en una cucaracha. Esto último, a la hora en que escribo, acaso ya haya sucedido.
jueves, 12 de octubre de 2017
Decía en la radio Àngels Barceló que la única serie que está siguiendo es una titulada Procés, que tiene mucho intríngulis. Si es una serie, lo que hemos visto esta semana llevaba guión de David Lynch. El señor que iba a proclamar la independencia de Cataluña saltó del anuncio de lo que haría a dejar sin efecto lo que había hecho, sin pasar por el momento de hacerlo. El inquilino de Moncloa salió de su letargo para preguntar por escrito, como hicimos mentalmente casi todos, qué es lo que había ocurrido realmente aquella tarde. Entre una cosa y otra, un portavoz del partido en el gobierno declaró con mucha pompa que no reconocía la no-declaración de independencia, lo que —como me hizo notar Patricio— fue lo más cerca que nadie estuvo aquella tarde de proclamar la independencia de Cataluña.
La única salida teórica a este atasco es el referéndum pactado, pero casi nadie quiere llevarla a la práctica: unos, porque pondría en cuestión el dogma de la integridad territorial; otros, porque no están tan seguros de que el sentimiento de pertenencia nacional que presentan como hegemónico sea tan hegemónico como lo presentan. Se están barajando muchas otras soluciones, a cual más delirante. Yo tengo una, desglosada en cuatro sencillos puntos, que no lo es menos.
En primer lugar, trasladar la capital de España a Gerona. Tal cual. Que —vamos a ver— tampoco es tan dramático. No se trata de llevarse el parque del Retiro con los patos y montaña artificial, sino de habilitar una nave industrial para el Congreso y otra para el Senado. Estoy seguro de que en Gerona hay algún bar donde pueden reunirse los ministros con las condiciones de seguridad y baratura a que están acostumbrados.
Al cabo de diez años, iniciando una dinámica de rotación por turno negociado, la sede del gobierno se movería a Badajoz. A ver si así de paso mejoran de una vez la línea de tren.
Segunda medida: un pacto de partidos por una educación nacional. Porque me pega que el concierto educativo actual cada vez se parece más a la prensa de provincias, donde, como me decía una vez Eduardo, el día del apocalipsis zombi la noticia de primera plana será «en Carbajosa se ha caído una vaca a una zanja». Una estudiante de San Sebastián, muy trabajadora y entusiasta, me decía esta semana que hasta el año pasado, y salvando los extractos recogidos en un manual de bachillerato, sólo había leído literatura escrita por vascos y en euskera. Doy por hecho que se la habrá leído toda. Si esto le resulta escandaloso a alguien, que se pare a considerar que en Madrid ni siquiera en las carreras de estudios hispánicos se lee literatura de expresión no castellana. O que es más fácil seguir cursos de catalán en Buenos Aires que en Madrid. Mi conclusión: hay que aprovechar la crisis territorial para solucionar el desbarajuste educativo, y viceversa. Lo que no consiguió Gabilondo acaso lo consiga Junqueras.
El siguiente punto es la renovación urgente de los símbolos españoles. Tenemos un himno que cada vez que suena nos crece el bigote: que lo quiten y pongan cualquier cosa. El «La la la» de Massiel (que tiene la misma letra), un cosita de Serrat o, qué sé yo, una canción del verano que no sea completamente intolerable. La bandera tampoco tiene arreglo: propongo sustituirla por un diseño ajedrezado que imite los manteles de los restaurantes populares, que es donde todos nos sentamos a hacer patria. Qué bonito sería ver la bandera de España y no pensar ya en el alcázar de Toledo, sino en ese menú del día por 9,50 que tiene gazpacho con guarnición, arroz con leche y un vinito (falso) del Penedés.
Por último, un referéndum. Pero no un referéndum de autodeterminación, sino un referéndum sobre la forma de Gobierno a escala nacional. Que ya va siendo hora. Si sale república, los independentistas catalanes habrán visto satisfecha de forma incruenta la mitad de sus reivindicaciones. Y si sale monarquía, los republicanos nos seguiremos jorobando otros veinte o treinta años, hasta que le llegue el turno a una de esas princesitas rubias, que no sé ni cómo se llaman, y por clemencia hacia sí misma o hacia el primero de los hijos que entonces tenga, se plante y deje que nos desgobernemos solos.
Post scriptum: La estudiante donostiarra me explicó otro día que en también en las clases de lengua española del instituto solían leer, traducir y comentar textos en castellano.
La única salida teórica a este atasco es el referéndum pactado, pero casi nadie quiere llevarla a la práctica: unos, porque pondría en cuestión el dogma de la integridad territorial; otros, porque no están tan seguros de que el sentimiento de pertenencia nacional que presentan como hegemónico sea tan hegemónico como lo presentan. Se están barajando muchas otras soluciones, a cual más delirante. Yo tengo una, desglosada en cuatro sencillos puntos, que no lo es menos.
En primer lugar, trasladar la capital de España a Gerona. Tal cual. Que —vamos a ver— tampoco es tan dramático. No se trata de llevarse el parque del Retiro con los patos y montaña artificial, sino de habilitar una nave industrial para el Congreso y otra para el Senado. Estoy seguro de que en Gerona hay algún bar donde pueden reunirse los ministros con las condiciones de seguridad y baratura a que están acostumbrados.
Al cabo de diez años, iniciando una dinámica de rotación por turno negociado, la sede del gobierno se movería a Badajoz. A ver si así de paso mejoran de una vez la línea de tren.
Segunda medida: un pacto de partidos por una educación nacional. Porque me pega que el concierto educativo actual cada vez se parece más a la prensa de provincias, donde, como me decía una vez Eduardo, el día del apocalipsis zombi la noticia de primera plana será «en Carbajosa se ha caído una vaca a una zanja». Una estudiante de San Sebastián, muy trabajadora y entusiasta, me decía esta semana que hasta el año pasado, y salvando los extractos recogidos en un manual de bachillerato, sólo había leído literatura escrita por vascos y en euskera. Doy por hecho que se la habrá leído toda. Si esto le resulta escandaloso a alguien, que se pare a considerar que en Madrid ni siquiera en las carreras de estudios hispánicos se lee literatura de expresión no castellana. O que es más fácil seguir cursos de catalán en Buenos Aires que en Madrid. Mi conclusión: hay que aprovechar la crisis territorial para solucionar el desbarajuste educativo, y viceversa. Lo que no consiguió Gabilondo acaso lo consiga Junqueras.
Por último, un referéndum. Pero no un referéndum de autodeterminación, sino un referéndum sobre la forma de Gobierno a escala nacional. Que ya va siendo hora. Si sale república, los independentistas catalanes habrán visto satisfecha de forma incruenta la mitad de sus reivindicaciones. Y si sale monarquía, los republicanos nos seguiremos jorobando otros veinte o treinta años, hasta que le llegue el turno a una de esas princesitas rubias, que no sé ni cómo se llaman, y por clemencia hacia sí misma o hacia el primero de los hijos que entonces tenga, se plante y deje que nos desgobernemos solos.
Post scriptum: La estudiante donostiarra me explicó otro día que en también en las clases de lengua española del instituto solían leer, traducir y comentar textos en castellano.
domingo, 8 de octubre de 2017
PRIMEROS DE OCTUBRE
Convocados por octubre, en el minuto amarillo
de una ciudad sucia, rompe la oleada de vencejos.
Debe de ser confortante formar parte de una tribu
soldada, que evoluciona con movimientos parejos
entre los muros y aleros de un país ineficiente
y viejo. Pero sospecho que esta imagen está lejos
de ser cierta, y la bandada se mueve a espasmos de envidia
y rencor; que un ave piensa «nadie escucha mis consejos»,
y otra «menudos aires se da aquel», o «este aletea
sólo cuando le conviene», o «no estoy para festejos»,
«¿alguien sabe dónde vamos?», «cuando empezamos con esto
tenía gracia», y las más: «¡cuán gritan estos pendejos!».
Convocados por octubre, en el minuto amarillo
de una ciudad sucia, rompe la oleada de vencejos.
Debe de ser confortante formar parte de una tribu
soldada, que evoluciona con movimientos parejos
entre los muros y aleros de un país ineficiente
y viejo. Pero sospecho que esta imagen está lejos
de ser cierta, y la bandada se mueve a espasmos de envidia
y rencor; que un ave piensa «nadie escucha mis consejos»,
y otra «menudos aires se da aquel», o «este aletea
sólo cuando le conviene», o «no estoy para festejos»,
«¿alguien sabe dónde vamos?», «cuando empezamos con esto
tenía gracia», y las más: «¡cuán gritan estos pendejos!».
viernes, 29 de septiembre de 2017
Suelo decir que en L*** no tengo ningún sitio preferido, pero ya no es cierto. Nunca lo fue, en realidad, porque estaba el Pot Au Lait, un pub de suelo irregular, lleno de recovecos, de hornacinas con santos de cabeza alienígena, de vírgenes deformes, de maquinarias incomprensibles, de lámparas votivas y de cuadros siniestros que en conjunto componen una casa-museo del surrealista desconocido o retículo de la amígdala de David Lynch. Pero el Pot Au Lait es para ir por las noches, y yo a las seis de la tarde completo mi diaria transformación en detritus y tomo el autobús del servicio municipal de basuras.
Enfrente de la facultad, en la planta baja de un espantoso aparcamiento de superficie, han abierto una tasca que se llama En Ville. Tiene sillas de diversa procedencia, un banco corrido lleno de cojines, una estantería con libros infantiles, una estantería con vinilos de David Bowie y un florero maravilloso con forma de cabeza de señor simpático con bigote. La dueña es una chica muy despierta y enérgica; ahora ya nadie hace adaptaciones cinematográficas de Chaucer o de Boccaccio, pero si alguien las hiciera debería enviar a su director de casting a que la viese, porque tiene el tipo exacto de una de esas venteras de cuento con enredo: las caderas anchas, la pisada firme y la mirada irónica.
La carta de En Ville es una pizarra con cuatro cosas, pero bien ricas: huevos fritos con pan artesano, puré de verduras, un par de bocadillos de queso de granja y una ensalada. Ahora, que no es una de esas ensaladas-coartada que se ponen sin aliñar junto a un filete para dar la sensación de que uno no sólo come carne: la ensalada que hace la ventera de En Ville tiene berenjena al horno, pimientos asados, zanahoria, calabaza, cebolla caramelizada, endivias, coliflor, nabo, lentejas, crema de garbanzos y bayas. Que yo recuerde. Es la alegría de la huerta, la paleta de Arcimboldo, cornucopia de ocasión.
Me acerco a pagar y la ventera se llega a la caja metida aún en conversación con su compañera:
—¡...qué le voy a hacer yo si las atraigo!
—¿A quiénes, a las clientas? —pregunto yo, adulador como el señor antiguo que no tardaré ya mucho en ser.
Ella se sonroja y disimula una sonrisa, como cogida en falta.
—Eso es algo que no le puedo decir.
Enfrente de la facultad, en la planta baja de un espantoso aparcamiento de superficie, han abierto una tasca que se llama En Ville. Tiene sillas de diversa procedencia, un banco corrido lleno de cojines, una estantería con libros infantiles, una estantería con vinilos de David Bowie y un florero maravilloso con forma de cabeza de señor simpático con bigote. La dueña es una chica muy despierta y enérgica; ahora ya nadie hace adaptaciones cinematográficas de Chaucer o de Boccaccio, pero si alguien las hiciera debería enviar a su director de casting a que la viese, porque tiene el tipo exacto de una de esas venteras de cuento con enredo: las caderas anchas, la pisada firme y la mirada irónica.
La carta de En Ville es una pizarra con cuatro cosas, pero bien ricas: huevos fritos con pan artesano, puré de verduras, un par de bocadillos de queso de granja y una ensalada. Ahora, que no es una de esas ensaladas-coartada que se ponen sin aliñar junto a un filete para dar la sensación de que uno no sólo come carne: la ensalada que hace la ventera de En Ville tiene berenjena al horno, pimientos asados, zanahoria, calabaza, cebolla caramelizada, endivias, coliflor, nabo, lentejas, crema de garbanzos y bayas. Que yo recuerde. Es la alegría de la huerta, la paleta de Arcimboldo, cornucopia de ocasión.
Me acerco a pagar y la ventera se llega a la caja metida aún en conversación con su compañera:
—¡...qué le voy a hacer yo si las atraigo!
—¿A quiénes, a las clientas? —pregunto yo, adulador como el señor antiguo que no tardaré ya mucho en ser.
Ella se sonroja y disimula una sonrisa, como cogida en falta.
—Eso es algo que no le puedo decir.
viernes, 1 de septiembre de 2017
Otra vez España. Toda la vida social de un año concentrada en diez días. Es una estancia aturullada que me deja recuerdos curiosamente hortícolas. Al llegar a Ávila, el sobrino Jaime señaló la tomatera que tienen en un tiesto a la entrada y dijo: «¡Patates!». Otro sobrino, Martín, en el pueblito de La Cabrera en el que veranean, me enseñó a localizar unas plantas raquíticas y polvorientas que se comen:
—Es que son rastreras —dice, con unas erres borbónicas—; se llaman «verdulagas».
Parece que se pueden picar y hacerlas en tortilla, lo que se aplica a muchas cosas que no juzgaríamos inmediatamente comestibles. Al volver a Madrid, en el alcorque de una acacia talada que hay justo enfrente de la casa de mis padres, descubro una matita de verdulaga, aderezada con colillas y residuos caninos.
En los días siguientes comí ochenta veces en el restaurante Superchülo, en la calle Malasaña, donde hacen un timbal de verduras fabuloso y un zumo de remolacha tirado de precio que creo que me produjo alergia. Y luego llega el día en que vuelvo a L***.
Vuelvo a mi casa, pero no tengo la sensación de volver a casa, sino de tomar el camino del destierro. Llevo semanas convocando en la imaginación, para animarme, los aspectos placenteros de la vida en L***, pero los martines pescadores son menos mágicos que el colibrí; la rivera del Ourthe palidece frente a los campos de nenúfares del lago Wingra; la mediateca cabría fácilmente en los luminosos lavabos de la biblioteca pública de Madison; el chef del Amirauté se pondría a hacer pucheros si lo llevásemos a cenar al Sardines. Eso sí: en L*** están algunos de los mejores semiólogos del mundo, y varios de los sociólogos culturales más pintureros, y Laurent, que acaba de publicar en Gallimard, y Parrondo, que ha sacado un libro titulado Rien.
Cuando el avión comienza a descender estoy leyendo un libro que me he comprometido a reseñar, pero que se me hace bola y no acaba ni a tiros. Un metro a mi izquierda, al otro lado del pasillo, un pasajero me hace señas y señala mi brazo, o mi mano, sin saber muy bien en qué lengua hablarme. Hace una seña de escribir o de pedir la cuenta, por favor, y entiendo que se refiere a mi lápiz. Como las azafatas acaban de anunciar las correspondencias, imagino que quiere apuntar el número de la puerta de embarque a la que debe dirigirse. Le presto el lápiz y, para mi total estupefacción, el tipo se agacha y lo emplea para calzarse los mocasines. Doy boqueadas buscando una réplica que no sea brutal pero que tampoco normalice la situación, cuando el hombre yergue el torso y congela la cara en una mueca ridícula de azoramiento. Luego alza la mano lentamente y me enseña medio lápiz astillado.
—Sorry —dice. Y luego me tiende la otra mitad, la que tiene punta, por si quiero seguir subrayando con ella. Le digo que no es necesario, que puede tirarla, pero él insiste. Como no ha conseguido meterse los zapatos, aplasta el talón y se los pone como si fueran babuchas. En mi mano, el medio lápiz roto rubrica con elocuencia el final de un largo verano.
Aterrizamos en Bélgica.
—Es que son rastreras —dice, con unas erres borbónicas—; se llaman «verdulagas».
Parece que se pueden picar y hacerlas en tortilla, lo que se aplica a muchas cosas que no juzgaríamos inmediatamente comestibles. Al volver a Madrid, en el alcorque de una acacia talada que hay justo enfrente de la casa de mis padres, descubro una matita de verdulaga, aderezada con colillas y residuos caninos.
En los días siguientes comí ochenta veces en el restaurante Superchülo, en la calle Malasaña, donde hacen un timbal de verduras fabuloso y un zumo de remolacha tirado de precio que creo que me produjo alergia. Y luego llega el día en que vuelvo a L***.
Vuelvo a mi casa, pero no tengo la sensación de volver a casa, sino de tomar el camino del destierro. Llevo semanas convocando en la imaginación, para animarme, los aspectos placenteros de la vida en L***, pero los martines pescadores son menos mágicos que el colibrí; la rivera del Ourthe palidece frente a los campos de nenúfares del lago Wingra; la mediateca cabría fácilmente en los luminosos lavabos de la biblioteca pública de Madison; el chef del Amirauté se pondría a hacer pucheros si lo llevásemos a cenar al Sardines. Eso sí: en L*** están algunos de los mejores semiólogos del mundo, y varios de los sociólogos culturales más pintureros, y Laurent, que acaba de publicar en Gallimard, y Parrondo, que ha sacado un libro titulado Rien.
Cuando el avión comienza a descender estoy leyendo un libro que me he comprometido a reseñar, pero que se me hace bola y no acaba ni a tiros. Un metro a mi izquierda, al otro lado del pasillo, un pasajero me hace señas y señala mi brazo, o mi mano, sin saber muy bien en qué lengua hablarme. Hace una seña de escribir o de pedir la cuenta, por favor, y entiendo que se refiere a mi lápiz. Como las azafatas acaban de anunciar las correspondencias, imagino que quiere apuntar el número de la puerta de embarque a la que debe dirigirse. Le presto el lápiz y, para mi total estupefacción, el tipo se agacha y lo emplea para calzarse los mocasines. Doy boqueadas buscando una réplica que no sea brutal pero que tampoco normalice la situación, cuando el hombre yergue el torso y congela la cara en una mueca ridícula de azoramiento. Luego alza la mano lentamente y me enseña medio lápiz astillado.
—Sorry —dice. Y luego me tiende la otra mitad, la que tiene punta, por si quiero seguir subrayando con ella. Le digo que no es necesario, que puede tirarla, pero él insiste. Como no ha conseguido meterse los zapatos, aplasta el talón y se los pone como si fueran babuchas. En mi mano, el medio lápiz roto rubrica con elocuencia el final de un largo verano.
Aterrizamos en Bélgica.
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