Cuando Julia nos invitó a pasar unos días con ella en Trondheim dejó caer que, si no nos importaba, le llevásemos alguna botella, porque el alcohol en Noruega está a un precio prohibitivo. Por supuesto que no nos importa, respondió Kathleen, y a vuelta de correo Julia le mandó una lista de la compra de más de diez litros. Por eso me encuentro cierto día en el supermercado de la estación de Kiel metiendo botellas de ginebra en una bolsa de Ikea y explicando que no son todas para mí. La cajera pone la cara de resignación de quien se encarga de atender a un pariente senil.
Nos habían explicado que el puerto de Kiel está a dos pasos de la estación de tren, y yo me lo había imaginado como la plaza de San Marco de Venecia. Creo que es porque los dos días anteriores sólo me habían dado de comer queso, y la indigestión había devastado mi flora intestinal dejando vivas únicamente a las bacterias que producen la neurotoxina del optimismo. Ese día concreto Kiel parece la hermanastra mala de Venecia, arrasada por un vendaval gélido que intenta arrebatarnos las bolsas de Ikea a los que intentamos embarcar en el ferry de Oslo.
Una vez a salvo sobre la cubierta del ferry, Kathleen me graba mientras yo tomo carrerilla y salto contra el viento intentando remontar el vuelo como un superhéroe. La idea me parece hilarante, pero cuando veo la grabación parezco un imbécil que salta dentro y fuera de cuadro mientras, cosquilleado por bacterias eufóricas, se ríe a carcajadas.
Al atracar en Oslo nos cruzamos con el regimiento de empleados que entra en el barco para limpiar. Prácticamente todos son inmigrantes, en un violento contraste cromático con los ruidosos pasajeros noruegos que hemos observado en las veinte horas de navegación. Kathleen y yo nos ponemos de perfil en el control de aduana, corremos a la estación de tren, metemos nuestro cargamento de alcohol en una taquilla y nos damos una vuelta rápida por la ciudad. Salvando el ayuntamiento y un castillo medieval, Oslo está aún en construcción.
El resto del día lo pasamos en un vagón de tren junto a un tipo que se quita los zapatos, se saca los mocos y nos tose jovialmente sin cubrirse la boca. Me sorprende que no me salga una calentura en ese mismo instante. Al otro lado de la ventanilla remontamos en el tiempo meteorológico, adentrándonos de nuevo en el invierno. La tundra, cubierta todavía por una densa capa de nieve pétrea, se expande como algo irremediablemente derramado. El tren para de rato en rato en lugares desoladores, donde no hay nada más que un apeadero de madera y un andén tan pequeño que desde él sólo puede accederse a un único vagón. Los gamos triscan donde cede la nieve, a pocos metros de las granjas desocupadas, y todo me parece territorio de frontera. Un lugar todavía próximo del principio del mundo. O de su final.
Y sin embargo, esta no deja de ser la parte civilizada de Noruega. Nuestro destino, Trondheim, está en la misma latitud que Reykjavik, en lo que aún constituye la parte meridional del país: el ferrocarril continúa kilómetros y kilómetros hacia el norte, hasta el lugar donde ni siquiera los nazis apaleando a un ejército esclavo consiguieron torcerle el brazo a la tundra. Más allá llegan sólo los barcos, por lo que se entiende que cuando Edvard Munch perdió el ferry de vuelta hiciera el gesto de Macaulay Culkin en Solo en casa.
Aunque el día es largo, llegamos a Trondheim de noche. Julia nos conduce por calles silenciosas, llenas todavía de la grava que el ayuntamiento esparce sobre el hielo para que los peatones no se descalabren (se descalabran igual). Los montones de nieve vieja desprenden un olor a turba que confirma la supervivencia bacteriana y que es el primer anuncio de la primavera. Me pregunto si son bacterias eufóricas y, en caso afirmativo, de qué se ríen.
El apartamento de Julia está a dos pasos del cine Prinzen y de la catedral Nídaros. A uno no le suelen gustar las catedrales, ni por lo que representan ni por su arquitectura de parches, rodilleras y postizos. Son como esas casas belgas que han ido comiéndose el jardín a base de reformas, y que terminan siendo un muestrario disforme de ladrillos. La catedral de Trondheim, en cambio, se empina del románico al gótico con gracilidad, y se me hace simpática. Por fuera está rodeada de gárgolas boquiabiertas, y al restaurar uno de sus giraldillos le han puesto —no es broma— la cara de Bob Dylan. Es un destino de peregrinación comparable a Santiago de Compostela (o «de Compostelo», como dice el guía, confundiéndolo seguramente con Elvis Compostelo). Sin embargo, no veo peregrinos por ninguna parte: se los ha debido de tragar la tundra.
Pasamos unos días esplendorosos, en los que el viento de los glaciares y un sol hiperactivo nos cuartean la piel y nos ponen rápidamente cara de vikingo. Hay tanta luz que Kathleen se olvida de que lleva puestas las gafas de sol y pide que se las dé: lo siguiente será salir a la calle con la máscara de dormir. Al doblar alguna esquina, una vaharada de olor ahumado nos abre el apetito y los pies caminan solos hasta el mercado semanal, donde tomamos zumo de arándanos rojos con manzana (tyttebær) y panqueques rellenos (sveler). Picando de puesto en puesto, y por no quedar mal con nadie, nos dejamos varios cientos de coronas en quesos locales, entre ellos varias tonalidades de brunost, el famoso queso marrón que —nos explica un tendero— en realidad no es queso, porque la lactosa se funde hasta convertirse en caramelo. Caramelo de cabra.
Esta placidez que otros, menos corridos, atribuiríamos al comienzo de la primavera boreal, Julia la atribuye al petróleo. Cuando en los años 1970 se descubrieron en Noruega ingentes yacimientos petrolíferos —nos explica—, el gobierno los nacionalizó, creó un fondo de pensiones y, aunque ahora la energía consumida sea casi enteramente renovable, los noruegos siguen gozando de un capital geológico equivalente a un millón de dólares per capita.
—Este lo que pasa es que tiene asegurada la jubilación —razona Julia cuando el conserje sube a arreglarle la tele.
Un ciclista sonriente nos cede el paso:
—Es que tiene asegurada la jubilación.
Una tienda abre únicamente de cuatro a siete de la tarde:
—Es que el dueño tiene asegurada la jubilación.
Lo que todo ello prueba es, sobre todo, que Julia no tiene asegurada la jubilación. Cuando Kathleen y yo regresemos a la primavera todavía le quedará un alijo de ginebra en el mueble bar, que no es una jubilación pero tiene los mismos efectos sobre el organismo.
Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:
Nos seguimos leyendo.
jueves, 15 de marzo de 2018
Salgo corriendo de la facultad para tomar el autobús, pero la parada de autobús no está donde debería. Ni siquiera parece que haya estado nunca allí: el trazado de la calzada continúa sugiriendo un vado, pero no queda rastro de la marquesina con anuncios de mujeres inverosímiles, ni del poste con los números de las líneas, ni del banquito en el que se sentaban los borrachos a echar una siesta o la pota.
Me pongo a dar vueltas en medio de la calzada como un pollo sin cabeza, arriesgándome a que el autobús fantasma me deje laminado. Al cabo de un rato mi cabeza deja de hablar como un minion en apuros y empieza a articular consejos comprensibles. Echo a correr hacia una parada de otras líneas que queda treinta o cuarenta metros más atrás, por si alguien hubiera aplicado políticas de sinergia donde no debía. Nada. Echo a trotar entonces en la dirección contraria, hacia la parada siguiente del 377, tropezando en una de esas aceras que no conducen a ninguna parte y que están llenas de socavones y de raíces. Allí llegamos a la vez el 377 y yo.
Desde que volví de Wisconsin he estado practicando lo de no sulfurarme y ya me sale muy bien; por ello, cuando me dirijo al conductor lo hago con un tono casi campechano.
—¿Qué pasó con la parada, amigo mío?
—Un momento —me corta el chófer—, un momento que primero tengo que hablar con la máquina.
El autobusero concentra su atención en la registradora. Luego me extiende el billete y me dice que esto ya no es un autobús, sino un avión. Yo miro a mi alrededor pero no veo sino un autobús ligeramente menos cochambroso y contaminante que los habituales. Repito mi pregunta, con lo del sulfuramiento de mírame y no me toques.
—No lo sé, a nosotros nadie nos ha dicho nada.
Otra cosa que ha desaparecido de un día para otro es un vicerrector. Este era el vicerrector del rector actual, pero quería ser el vicerrector del rector futuro. El futuro es una cosa muy importante para este vicerrector. Cuando le explicaron que la mayoría de nuestros estudiantes tiene problemas para redactar un texto coherente en su lengua materna y le propusieron un plan económico y meditado para remediarlo, dijo que de todos modos ese problema lo solucionaría en un futuro próximo la inteligencia artificial.
Como puede imaginarse, el rector actual no está muy contento de que su vicerrector quiera viajar al futuro sin él. El rector actual también querría disfrutar de la inteligencia artificial. Pero es un sueño que ya no se cumplirá. A nuestro hombre de hojalata lo ha abandonado el espantapájaros en un lugar muy alejado de la Ciudad Esmeralda; un lugar en el que sólo hay negociados, juntas y subcomisiones.
Despechado, el mismo día en que expiraba el plazo para presentar equipos a las elecciones rectorales, nuestro hombre de hojalata introdujo un recurso diciendo que el reglamento impedía que su hombre de paja volviera a presentarse para vicerrector.
Lo primero que hizo el vicerrector al enterarse fue cambiar su imagen perfil de Facebook a una taza de capuccino con un smiley cariacontecido dibujado sobre la crema. Luego, escribió un largo mensaje a la comunidad universitaria. «Hoy he llorado», decía allí; «he llorado mucho, porque he recibido un mensaje escrito en una incomprensible jerga jurídica informándome de que no podía volver a pertenecer a un equipo rectoral. Después de muchos años sirviendo a la universidad me tiran a la basura como un calcetín viejo». Esto del calcetín viejo lo ponía en mayúsculas, pero a mí me da ya bastante vergüenza reproducirlo en minúsculas. Proseguía quejándose de esa falta de tacto, de esa comunicación fría, protocolaria e inapelable. Por una divertida ironía dramática, ninguno de los receptores de su lacrimógeno mensaje ignora que esos han sido los términos exactos en los que los últimos años se ha puesto en la calle a muchos doctores jóvenes y no tan jóvenes.
El calcetín que iba a ser vicerrector del rector futuro y que ahora ni siquiera forma parte del presente está tan desconectado de la realidad que tiene incluso la impresión de que se le está tratando igual que al excedente de mano de obra industrial que el capital considera superfluo y «aplasta en su puesto de trabajo». Se imagina que cuando hay un expediente de regulación los estibadores, los auxiliares de enfermería, las teleoperadoras, los albañiles y los conductores de autobús vuelven a sus cátedras, donde continúan dando clases hasta alcanzar la edad de la jubilación. Estas concepciones debería corregirlas la inteligencia artificial, pero aún no hemos llegado a ese futuro.
Este es el vicerrector al que hace un par de años, en lo más crudo de la ciclogénesis explosiva administrativa, me crucé cuando les iba explicando a sus adláteres lo bien que había salido la cosecha de champán. Agarrado a una botella de esa añada espera un autobús que no se sabe dónde va a parar y que a lo mejor se ha transformado ya en un avión.
Me pongo a dar vueltas en medio de la calzada como un pollo sin cabeza, arriesgándome a que el autobús fantasma me deje laminado. Al cabo de un rato mi cabeza deja de hablar como un minion en apuros y empieza a articular consejos comprensibles. Echo a correr hacia una parada de otras líneas que queda treinta o cuarenta metros más atrás, por si alguien hubiera aplicado políticas de sinergia donde no debía. Nada. Echo a trotar entonces en la dirección contraria, hacia la parada siguiente del 377, tropezando en una de esas aceras que no conducen a ninguna parte y que están llenas de socavones y de raíces. Allí llegamos a la vez el 377 y yo.
Desde que volví de Wisconsin he estado practicando lo de no sulfurarme y ya me sale muy bien; por ello, cuando me dirijo al conductor lo hago con un tono casi campechano.
—¿Qué pasó con la parada, amigo mío?
—Un momento —me corta el chófer—, un momento que primero tengo que hablar con la máquina.
El autobusero concentra su atención en la registradora. Luego me extiende el billete y me dice que esto ya no es un autobús, sino un avión. Yo miro a mi alrededor pero no veo sino un autobús ligeramente menos cochambroso y contaminante que los habituales. Repito mi pregunta, con lo del sulfuramiento de mírame y no me toques.
—No lo sé, a nosotros nadie nos ha dicho nada.
Otra cosa que ha desaparecido de un día para otro es un vicerrector. Este era el vicerrector del rector actual, pero quería ser el vicerrector del rector futuro. El futuro es una cosa muy importante para este vicerrector. Cuando le explicaron que la mayoría de nuestros estudiantes tiene problemas para redactar un texto coherente en su lengua materna y le propusieron un plan económico y meditado para remediarlo, dijo que de todos modos ese problema lo solucionaría en un futuro próximo la inteligencia artificial.
Como puede imaginarse, el rector actual no está muy contento de que su vicerrector quiera viajar al futuro sin él. El rector actual también querría disfrutar de la inteligencia artificial. Pero es un sueño que ya no se cumplirá. A nuestro hombre de hojalata lo ha abandonado el espantapájaros en un lugar muy alejado de la Ciudad Esmeralda; un lugar en el que sólo hay negociados, juntas y subcomisiones.
Despechado, el mismo día en que expiraba el plazo para presentar equipos a las elecciones rectorales, nuestro hombre de hojalata introdujo un recurso diciendo que el reglamento impedía que su hombre de paja volviera a presentarse para vicerrector.
Lo primero que hizo el vicerrector al enterarse fue cambiar su imagen perfil de Facebook a una taza de capuccino con un smiley cariacontecido dibujado sobre la crema. Luego, escribió un largo mensaje a la comunidad universitaria. «Hoy he llorado», decía allí; «he llorado mucho, porque he recibido un mensaje escrito en una incomprensible jerga jurídica informándome de que no podía volver a pertenecer a un equipo rectoral. Después de muchos años sirviendo a la universidad me tiran a la basura como un calcetín viejo». Esto del calcetín viejo lo ponía en mayúsculas, pero a mí me da ya bastante vergüenza reproducirlo en minúsculas. Proseguía quejándose de esa falta de tacto, de esa comunicación fría, protocolaria e inapelable. Por una divertida ironía dramática, ninguno de los receptores de su lacrimógeno mensaje ignora que esos han sido los términos exactos en los que los últimos años se ha puesto en la calle a muchos doctores jóvenes y no tan jóvenes.
El calcetín que iba a ser vicerrector del rector futuro y que ahora ni siquiera forma parte del presente está tan desconectado de la realidad que tiene incluso la impresión de que se le está tratando igual que al excedente de mano de obra industrial que el capital considera superfluo y «aplasta en su puesto de trabajo». Se imagina que cuando hay un expediente de regulación los estibadores, los auxiliares de enfermería, las teleoperadoras, los albañiles y los conductores de autobús vuelven a sus cátedras, donde continúan dando clases hasta alcanzar la edad de la jubilación. Estas concepciones debería corregirlas la inteligencia artificial, pero aún no hemos llegado a ese futuro.
Este es el vicerrector al que hace un par de años, en lo más crudo de la ciclogénesis explosiva administrativa, me crucé cuando les iba explicando a sus adláteres lo bien que había salido la cosecha de champán. Agarrado a una botella de esa añada espera un autobús que no se sabe dónde va a parar y que a lo mejor se ha transformado ya en un avión.
jueves, 8 de marzo de 2018
Vino Nathalie Heinich a hablarnos de su último libro, que trata de los valores. De todos los valores: los valores de bolsa, los que se expresan en euros, los que hacen las manifestaciones y los que tienen los valientes. La socióloga dijo que había estudiado con especial atención los debates sobre las corridas de toros, y había llegado a la conclusión de que si en esos debates vienen repitiendo los mismos argumentos desde hace cien años es porque los taurófilos no consideran válidos los valores de los taurófobos, ni estos los de aquéllos.
Yo, huelga decirlo, no he leído el libro de Heinich, ni he dedicado a pensar en los valores una milésima parte del tiempo del que ella le ha dedicado. No obstante, hace ya varias décadas que en ciencias humanas puede uno decir lo que le brote sin tener que perder tiempo leyendo a los demás, fiándolo todo a la propia genialidad, que no por nada nos invitaron un día a una mesa redonda. Y así, con esa displicencia que es el Zeitgeist universitario del momento, yo me voy a permitir enmendarle la plana a una socióloga francesa.
No, señora. Es decir, sí, es verdad que los taurófobos no reconocen como legítimo el criterio de apreciación de los taurófilos, que es un criterio fundamentalmente estético; pero no es verdad que los taurófilos hagan abstracción del juicio ético de los antitaurinos. Yo tengo muy visto Tendido Cero —sobre todo como espectador pasivo, porque quien realmente lo veía, entre cabezada y cabezada, era mi abuela— y me doy cuenta de que la polémica de los toros se enquista en torno a un único valor, que unos entienden como absoluto y otros como relativo. En un rincón, el absoluto de no maltratar animales; en el otro, la cuestión relativa de hasta qué punto aceptar el maltrato de animales. Ver una corrida de toros de pe a pa es enfrentarse continuamente a esta cuestión desasosegante y bíblica.
Los tres tercios de la corrida son las tres rondas de negociación del abuso. A poco que el picador se ensañe, los aficionados le silban y le mentan la madre. Los taurófilos no aplauden cuando el toro sangra a chorros, sino cuando el torero se arrima a la bestia incólume y le saca siete pases seguidos. Un buen matador es el que fulmina al toro, y no el que pincha en hueso veinte veces, ni el que lo hace guardia civil, atravesándole la barriga para que se le salgan los menudillos y se desangre lentamente sobre la arena.
Yo soy vegetariano pero no estoy en contra de las corridas de toros. Al contrario: creo que hay que ir a verlas. Más aún: creo que los colegios deberían llevar de excursión a los niños para que las vieran. A día de hoy, la plaza de toros es uno de los pocos espacios en los que se puede ver de dónde procede la carne que comemos, y donde se nos plantea sin ambages si asumimos o no esa responsabilidad.
Las protestas antitaurinas suelen denunciar que la muerte de un animal se transforme en un espectáculo. Yo creo que —en este mundo, y no en un universo de ideas puras— conviene que la muerte animal sea un espectáculo; no para disfrutarlo, sino para devolverlo a la escena pública. Lo obsceno es, etimológicamente, lo que ocurre fuera del escenario, entre bambalinas, y el holocausto animal industrial, del que proceden las costillas, los filetes y las salchichas de nuestros supermercados, es conforme a esta etimología algo obsceno, algo que se realiza en lugares sin ventanas, alejados de los centros urbanos y difíciles de localizar en Google Maps. Ese secreto me parece peor y más denunciable que la espectacularización y la ritualización extrema de la muerte en una plaza de toros. Sólo cuando se hubiese abolido la producción industrial de carne tendría sentido empezar a pensarse en abolir las corridas de toros.
En las plazas de toros no rigen valores de excepción; lo que ocurre es que es uno de los rarísimos lugares en los que hoy se plantea abiertamente hasta qué punto se puede maltratar a un animal. ¿Cuánto es admisible que sufra un novillo durante la actualización de un rito secular? ¿Cuántos cerdos deberían vivir inmovilizados para que su carne tuviera un precio accesible? ¿Cuántos gansos del Canadá deben sacrificarse para controlar el equilibrio con las especies endémicas? ¿Cuántos linces atropellados pueden tolerarse por kilómetro de autovía? ¿Cuánta ansiedad es tolerable en el perro que nos hace compañía? ¿Cuántos pájaros silvestres aceptamos que cace el gato youtuber?
Contestar a todas estas preguntas «cero, nada, ninguno» supone trasladar el debate a una estación orbital.
Yo, huelga decirlo, no he leído el libro de Heinich, ni he dedicado a pensar en los valores una milésima parte del tiempo del que ella le ha dedicado. No obstante, hace ya varias décadas que en ciencias humanas puede uno decir lo que le brote sin tener que perder tiempo leyendo a los demás, fiándolo todo a la propia genialidad, que no por nada nos invitaron un día a una mesa redonda. Y así, con esa displicencia que es el Zeitgeist universitario del momento, yo me voy a permitir enmendarle la plana a una socióloga francesa.
No, señora. Es decir, sí, es verdad que los taurófobos no reconocen como legítimo el criterio de apreciación de los taurófilos, que es un criterio fundamentalmente estético; pero no es verdad que los taurófilos hagan abstracción del juicio ético de los antitaurinos. Yo tengo muy visto Tendido Cero —sobre todo como espectador pasivo, porque quien realmente lo veía, entre cabezada y cabezada, era mi abuela— y me doy cuenta de que la polémica de los toros se enquista en torno a un único valor, que unos entienden como absoluto y otros como relativo. En un rincón, el absoluto de no maltratar animales; en el otro, la cuestión relativa de hasta qué punto aceptar el maltrato de animales. Ver una corrida de toros de pe a pa es enfrentarse continuamente a esta cuestión desasosegante y bíblica.
Los tres tercios de la corrida son las tres rondas de negociación del abuso. A poco que el picador se ensañe, los aficionados le silban y le mentan la madre. Los taurófilos no aplauden cuando el toro sangra a chorros, sino cuando el torero se arrima a la bestia incólume y le saca siete pases seguidos. Un buen matador es el que fulmina al toro, y no el que pincha en hueso veinte veces, ni el que lo hace guardia civil, atravesándole la barriga para que se le salgan los menudillos y se desangre lentamente sobre la arena.
Yo soy vegetariano pero no estoy en contra de las corridas de toros. Al contrario: creo que hay que ir a verlas. Más aún: creo que los colegios deberían llevar de excursión a los niños para que las vieran. A día de hoy, la plaza de toros es uno de los pocos espacios en los que se puede ver de dónde procede la carne que comemos, y donde se nos plantea sin ambages si asumimos o no esa responsabilidad.
Las protestas antitaurinas suelen denunciar que la muerte de un animal se transforme en un espectáculo. Yo creo que —en este mundo, y no en un universo de ideas puras— conviene que la muerte animal sea un espectáculo; no para disfrutarlo, sino para devolverlo a la escena pública. Lo obsceno es, etimológicamente, lo que ocurre fuera del escenario, entre bambalinas, y el holocausto animal industrial, del que proceden las costillas, los filetes y las salchichas de nuestros supermercados, es conforme a esta etimología algo obsceno, algo que se realiza en lugares sin ventanas, alejados de los centros urbanos y difíciles de localizar en Google Maps. Ese secreto me parece peor y más denunciable que la espectacularización y la ritualización extrema de la muerte en una plaza de toros. Sólo cuando se hubiese abolido la producción industrial de carne tendría sentido empezar a pensarse en abolir las corridas de toros.
En las plazas de toros no rigen valores de excepción; lo que ocurre es que es uno de los rarísimos lugares en los que hoy se plantea abiertamente hasta qué punto se puede maltratar a un animal. ¿Cuánto es admisible que sufra un novillo durante la actualización de un rito secular? ¿Cuántos cerdos deberían vivir inmovilizados para que su carne tuviera un precio accesible? ¿Cuántos gansos del Canadá deben sacrificarse para controlar el equilibrio con las especies endémicas? ¿Cuántos linces atropellados pueden tolerarse por kilómetro de autovía? ¿Cuánta ansiedad es tolerable en el perro que nos hace compañía? ¿Cuántos pájaros silvestres aceptamos que cace el gato youtuber?
Contestar a todas estas preguntas «cero, nada, ninguno» supone trasladar el debate a una estación orbital.
lunes, 19 de febrero de 2018
Veinticinco minutos en Bitterfeld, una ciudad perdida en Sajonia donde por un curioso capricho para el tren de alta velocidad. He llegado esta mañana para el entierro de la abuela de Kathleen y tomo esta noche de nuevo el avión a Bruselas. Edificios burgueses desconchados y vacíos, entre los cuales se entrevén los esqueletos tubulares de las fábricas químicas que durante décadas apestaron la región. Doris cuenta que los veranos, cuando bajaba en tren a visitar a sus padres, los viajeros subían las ventanillas al atravesar esta ciudad. El olor se colaba de todos modos.
El entierro de la abuela de Kathleen es oficiado por una predicadora profesional que hace una simpática semblanza biográfica de la difunta. En los funerales católicos se habla sobre todo de Jesucristo, de Lázaro y de la resurrección de la carne. Hay veces que el nombre del difunto se pronuncia sólo de pasada, durante el ofertorio y por compromiso. En esta región descreída, en cambio, se cuenta casi de más. Para cuando me toque a mí voy a dejar un papelito con lo que quiero que se diga. Desde luego, de aquella vez que quise hervir un huevo en el microondas, ni palabra.
Al terminar descuelgan la urna en una tumba pequeñita. Un músico ciego toca el acordeón. Pasa un minuto de novela de Baroja. Luego nos vamos todos a comer.
Entramos en un reservado del restaurante local. Allí los asistentes se secan las lágrimas, cuentan viejas anécdotas y bromean a cuenta de la difunta. Mientras, se sirven emparedados o trozos de pastel, y beben sorbos de café de filtro. «Era la bebida preferida de la abuela», dice alguien. A decir verdad, fue la única bebida que se le conoció, pues la abuela era una caso raro de hidrofobia. Se mantuvo durante cuatro o cinco décadas con dos tazas de café al día.
También ha venido al piscolabis la predicadora. «Lo ha hecho usted muy bien», le decimos, como si hubiera toreado un novillo. Algo de eso hay: quien profesa ese oficio trata a diario con la muerte y tiene a sus espaldas el riesgo del ridículo. En este caso, el ridículo que acecha a quien dice banalidades en tono solemne y sin la red de seguridad que da una teología: «nos mira desde arriba», «sigue viviendo dentro de nosotros», «ya ha llegado al destino de nuestro viaje», etc.
La predicadora de Bad Düben no ha resuelto el misterio de la vida después de la muerte. Quien sí lo ha resuelto es la región italiana de Lazio, como enseguida se verá.
Cuando regreso a Tilff encuentro encima de los buzones dos sobres grandes y una tarjeta postal dirigidos a la señora Zaina y a su marido. Sobre la postal el cartero ha escrito a lápiz: «Tout 2 D.C.D.». Alguien que no sabe escribir «ambos» en francés bien puede creer que «dé-cé-dés» es un código sacado de una serie de policías, algo así como «definetly cold dead». Con código o sin código, lo cierto es que la señora Zaina la espichó, casi tan sorpresivamente como la abuela de Kathleen, hace dos años. Para entonces llevaba cinco o seis de viuda. Los sobres portaban un membrete de la región de Lazio, y la tarjeta postal, de idéntico remitente, convocaba a mis ex vecinos a las elecciones de un pequeño municipio cerca de Roma. El matrimonio Zaina no nos mira desde arriba ni sigue viviendo dentro de nosotros, sino que prosigue su viaje en los archivos de una administración regional italiana. Quizá todos nos encontremos allí dentro de unos años. Parece que hacen un risotto rico rico.
El entierro de la abuela de Kathleen es oficiado por una predicadora profesional que hace una simpática semblanza biográfica de la difunta. En los funerales católicos se habla sobre todo de Jesucristo, de Lázaro y de la resurrección de la carne. Hay veces que el nombre del difunto se pronuncia sólo de pasada, durante el ofertorio y por compromiso. En esta región descreída, en cambio, se cuenta casi de más. Para cuando me toque a mí voy a dejar un papelito con lo que quiero que se diga. Desde luego, de aquella vez que quise hervir un huevo en el microondas, ni palabra.
Al terminar descuelgan la urna en una tumba pequeñita. Un músico ciego toca el acordeón. Pasa un minuto de novela de Baroja. Luego nos vamos todos a comer.
Entramos en un reservado del restaurante local. Allí los asistentes se secan las lágrimas, cuentan viejas anécdotas y bromean a cuenta de la difunta. Mientras, se sirven emparedados o trozos de pastel, y beben sorbos de café de filtro. «Era la bebida preferida de la abuela», dice alguien. A decir verdad, fue la única bebida que se le conoció, pues la abuela era una caso raro de hidrofobia. Se mantuvo durante cuatro o cinco décadas con dos tazas de café al día.
También ha venido al piscolabis la predicadora. «Lo ha hecho usted muy bien», le decimos, como si hubiera toreado un novillo. Algo de eso hay: quien profesa ese oficio trata a diario con la muerte y tiene a sus espaldas el riesgo del ridículo. En este caso, el ridículo que acecha a quien dice banalidades en tono solemne y sin la red de seguridad que da una teología: «nos mira desde arriba», «sigue viviendo dentro de nosotros», «ya ha llegado al destino de nuestro viaje», etc.
La predicadora de Bad Düben no ha resuelto el misterio de la vida después de la muerte. Quien sí lo ha resuelto es la región italiana de Lazio, como enseguida se verá.
Cuando regreso a Tilff encuentro encima de los buzones dos sobres grandes y una tarjeta postal dirigidos a la señora Zaina y a su marido. Sobre la postal el cartero ha escrito a lápiz: «Tout 2 D.C.D.». Alguien que no sabe escribir «ambos» en francés bien puede creer que «dé-cé-dés» es un código sacado de una serie de policías, algo así como «definetly cold dead». Con código o sin código, lo cierto es que la señora Zaina la espichó, casi tan sorpresivamente como la abuela de Kathleen, hace dos años. Para entonces llevaba cinco o seis de viuda. Los sobres portaban un membrete de la región de Lazio, y la tarjeta postal, de idéntico remitente, convocaba a mis ex vecinos a las elecciones de un pequeño municipio cerca de Roma. El matrimonio Zaina no nos mira desde arriba ni sigue viviendo dentro de nosotros, sino que prosigue su viaje en los archivos de una administración regional italiana. Quizá todos nos encontremos allí dentro de unos años. Parece que hacen un risotto rico rico.
jueves, 25 de enero de 2018
Poco antes de navidad empecé a despertarme con dolor de espalda. El dolor iba tomando confianza y se presentaba cada noche un poco antes. Si al principio me levantaba resentido a las siete, a los cuatro o cinco días ya no aguantaba tendido más allá de las cinco de la mañana. Entonces me levantaba, me sentaba en una tumbona y allí notaba como los cachivaches que uno tiene dentro iban volviendo poco a poco a su sitio, hasta que lograba conciliar el sueño durante una hora o dos más. Luego, durante el día, no tenía ninguna molestia y no me volvía a acordar del asunto.
Pasando esos primeros días de las vacaciones en Alemania, Kathleen me recomendó que fuera a ver a un fisioterapeuta que quedaba a la vuelta de la esquina.
—A ver si te deshace los nudos…
Este fisioterapeuta es un señor que se dirige a uno mirándolo —sin mirarlo— con los párpados entornados. En su consulta con atmósfera de ashram me ofrece un té, que no acepto. Vestido de invierno como estoy me tiende en una camilla y me torsiona un poco de un lado y de otro, con mucha cautela. Pasados veinte minutos me lleva a otra habitación y me echa encima algo así como unas grandes alforjas rellenas de pis. Allí se olvida de mí y tengo que ir a buscarlo tres cuartos de hora más tarde. Antes de que me vaya me pone en la espalda unos esparadrapos verdes que —dice— reforzarán la musculatura torácica y deberían aliviarme.
Esa noche, a las cuatro de la mañana, otra vez el numerito.
Para Nochevieja estamos en Madrid, y pido cita con un médico de cabecera, el que sea. Me recibe una doctora con tos tabacalera y cara de haber estado de guardia. Antes de que me siente ya me ha diagnosticado:
—Será un lumbago. ¿Profesión?
—Trabajo en una universidad…
—Claro, pasarás mucho tiempo sentado…
—No, la verdad es que me paso el día de pie.
—Ah, claro, pero es que estar de pie es malísimo para la espalda. Hay que andar, repartir el peso entre un pie y otro…
—No, si eso hago.
—Bueno, bueno… —la doctora está ya algo amoscada—; quítese la camisa.
La médico me echa, de lejos y con precaución.
—Huy, esas cintas se las han puesto muy arriba.
—No, si es que es ahí donde me duele.
Viendo que los síntomas se resisten a adaptarse a su diagnóstico, la doctora se pone a firmar papeles. Estoy bastante seguro de que uno de los medicamentos que me receta da título a varias canciones punk. «Yo no me tomo esto ni borracho», digo al llegar a casa. Pero como tengo un hermano médico y mi padre dice que si estoy loco y además en Año Nuevo todos tenemos derecho a cometer alguna excentricidad, al final me lo tomo.
Esa noche hay un incendio en la casa de al lado y los camiones de bomberos desvelan a todo el barrio, pero yo duermo como un bendito hasta las once pasadas.
En los días siguientes me rebajo la dosis lo suficiente para dormir hasta las ocho, con la idea de ir a ver a un osteópata cuando vuelva a Tilff. En algún momento recuerdo que conozco a uno. Unas semanas antes de volar a Madison, cuando había subalquilado ya mi apartamento, pasé unos días en una casa de huéspedes llamada Les Gallinautes, en Esneux; el propietario era aquel doctor Lecoq que tenía hábitos de caballero renacentista y hablaba del cuerpo humano con un léxico de meteorólogo. Averiguo que tiene un gabinete de consulta en la calle Eburons, cerca de la estación de Guillemins, y le pido cita.
Luc Lecoq me recibe en una gran sala que es a la vez despacho, consulta y sala de espera; los dos primeros espacios pueden aislarse con un ingenioso sistema de paneles abatibles, de modo que el paciente tenga la necesaria intimidad. Al fondo hay varias estatuillas africanas —el gallinauta, recuerdo entonces, creció en el Congo belga—, así como siete u ocho diplomas universitarios, en varias lenguas y alguno incluso en caracteres orientales.
—Sí, me acuerdo de usted. Me encantó aquel libro que me dio. ¿Qué tal en Estados Unidos?
Se conoce que, entre sus muchos dones, el señor Lecoq ha sido también bendecido con una memoria de elefante. Yo mismo había olvidado que al despedirme de él, en septiembre de 2016, le regalé una edición francesa de Soldados de Salamina. Tras escuchar el anecdotario de mis problemas de espalda me pide que me quede en calzoncillos, me mira de hito en hito un segundo e inmediatamente me da un golpe seco en la cadera con el dedo índice. «Ah, claro, aquí está el ixioploide». Quizá no dijera «ixioploide», pero a mí me sonó a eso; me subió la barbilla y me pegó otro papirotazo en el esternón: «sí, exactamente». Luego me agarró de las orejas y, mientras palpaba distintas partes del cartílago iba diciendo, con una entonación levemente interrogativa: «¿esto está sensible?; ¿y esto de acá?». Yo iba a decirle que no sabía cómo de sensible era mi oreja, o en comparación con qué, y que no era la oreja lo que me dolía, pero me daba cuenta de que esas preguntas no estaban dirigidas a mí, sino que el gallinauta estaba verificando una lista de indicios, estaba reconstruyendo un crimen anatómico, y con cada pregunta estrechaba el cerco alrededor del culpable, el taimado ixioploide.
—Muy bien. Tiéndase boca arriba.
Boca arriba me tuvo durante cerca de quince minutos en los que no hizo gran cosa. Me zarandeó un poco el pie izquierdo, me hizo flexionar las rodillas y sobre todo me palpó el cráneo mientras me hablaba de un viaje reciente que había hecho por la cornisa cantábrica.
—¿Qué? —le pregunto pasado un rato—, ¿está maduro el melón?
El señor Lecoq se ríe y dice que eso era algo que aún no había oído nunca.
—Se lo voy a decir así a mis estudiantes: «tenéis que ver si el melón está maduro».
Luego me levanta un poco la cabeza, la hace girar un poco en círculos, me pide que entrechoque las rodillas y comprueba cómo va la cosa a nivel de orejas. Para terminar me tira de un brazo hasta oír un pequeño crujido —«voilà»—, me aprieta otro poco las orejas y dice «bueno, esto ya está».
¿Qué es lo que está?
—Se te había movido un poco la cadera y la columna vertebral estaba compensando por distintos lados. Ya lo he corregido y le he dicho a tu cuerpo que no pasa nada, que todo está en orden. No hace falta que hagas ejercicios ni que tomes medicamentos. Pásate simplemente el jueves que viene para un chequeo de comprobación.
—¿Y lo de las orejas?
—Ah, lo de las orejas es determinante. Las orejas se forman a la vez que el sistema nervioso central.
Salgo de allí muerto de risa, sin saber aún si este gallinauta es un embaucador redomado o un taumaturgo genial. Quizá, talentoso como es, sepa conjugar ambas propiedades, robándonos lo que no tenemos o curándonos de lo que no padecemos, como un embaucador genial o un taumaturgo redomado.
Pasando esos primeros días de las vacaciones en Alemania, Kathleen me recomendó que fuera a ver a un fisioterapeuta que quedaba a la vuelta de la esquina.
—A ver si te deshace los nudos…
Este fisioterapeuta es un señor que se dirige a uno mirándolo —sin mirarlo— con los párpados entornados. En su consulta con atmósfera de ashram me ofrece un té, que no acepto. Vestido de invierno como estoy me tiende en una camilla y me torsiona un poco de un lado y de otro, con mucha cautela. Pasados veinte minutos me lleva a otra habitación y me echa encima algo así como unas grandes alforjas rellenas de pis. Allí se olvida de mí y tengo que ir a buscarlo tres cuartos de hora más tarde. Antes de que me vaya me pone en la espalda unos esparadrapos verdes que —dice— reforzarán la musculatura torácica y deberían aliviarme.
Esa noche, a las cuatro de la mañana, otra vez el numerito.
Para Nochevieja estamos en Madrid, y pido cita con un médico de cabecera, el que sea. Me recibe una doctora con tos tabacalera y cara de haber estado de guardia. Antes de que me siente ya me ha diagnosticado:
—Será un lumbago. ¿Profesión?
—Trabajo en una universidad…
—Claro, pasarás mucho tiempo sentado…
—No, la verdad es que me paso el día de pie.
—Ah, claro, pero es que estar de pie es malísimo para la espalda. Hay que andar, repartir el peso entre un pie y otro…
—No, si eso hago.
—Bueno, bueno… —la doctora está ya algo amoscada—; quítese la camisa.
La médico me echa, de lejos y con precaución.
—Huy, esas cintas se las han puesto muy arriba.
—No, si es que es ahí donde me duele.
Viendo que los síntomas se resisten a adaptarse a su diagnóstico, la doctora se pone a firmar papeles. Estoy bastante seguro de que uno de los medicamentos que me receta da título a varias canciones punk. «Yo no me tomo esto ni borracho», digo al llegar a casa. Pero como tengo un hermano médico y mi padre dice que si estoy loco y además en Año Nuevo todos tenemos derecho a cometer alguna excentricidad, al final me lo tomo.
Esa noche hay un incendio en la casa de al lado y los camiones de bomberos desvelan a todo el barrio, pero yo duermo como un bendito hasta las once pasadas.
En los días siguientes me rebajo la dosis lo suficiente para dormir hasta las ocho, con la idea de ir a ver a un osteópata cuando vuelva a Tilff. En algún momento recuerdo que conozco a uno. Unas semanas antes de volar a Madison, cuando había subalquilado ya mi apartamento, pasé unos días en una casa de huéspedes llamada Les Gallinautes, en Esneux; el propietario era aquel doctor Lecoq que tenía hábitos de caballero renacentista y hablaba del cuerpo humano con un léxico de meteorólogo. Averiguo que tiene un gabinete de consulta en la calle Eburons, cerca de la estación de Guillemins, y le pido cita.
Luc Lecoq me recibe en una gran sala que es a la vez despacho, consulta y sala de espera; los dos primeros espacios pueden aislarse con un ingenioso sistema de paneles abatibles, de modo que el paciente tenga la necesaria intimidad. Al fondo hay varias estatuillas africanas —el gallinauta, recuerdo entonces, creció en el Congo belga—, así como siete u ocho diplomas universitarios, en varias lenguas y alguno incluso en caracteres orientales.
—Sí, me acuerdo de usted. Me encantó aquel libro que me dio. ¿Qué tal en Estados Unidos?
Se conoce que, entre sus muchos dones, el señor Lecoq ha sido también bendecido con una memoria de elefante. Yo mismo había olvidado que al despedirme de él, en septiembre de 2016, le regalé una edición francesa de Soldados de Salamina. Tras escuchar el anecdotario de mis problemas de espalda me pide que me quede en calzoncillos, me mira de hito en hito un segundo e inmediatamente me da un golpe seco en la cadera con el dedo índice. «Ah, claro, aquí está el ixioploide». Quizá no dijera «ixioploide», pero a mí me sonó a eso; me subió la barbilla y me pegó otro papirotazo en el esternón: «sí, exactamente». Luego me agarró de las orejas y, mientras palpaba distintas partes del cartílago iba diciendo, con una entonación levemente interrogativa: «¿esto está sensible?; ¿y esto de acá?». Yo iba a decirle que no sabía cómo de sensible era mi oreja, o en comparación con qué, y que no era la oreja lo que me dolía, pero me daba cuenta de que esas preguntas no estaban dirigidas a mí, sino que el gallinauta estaba verificando una lista de indicios, estaba reconstruyendo un crimen anatómico, y con cada pregunta estrechaba el cerco alrededor del culpable, el taimado ixioploide.
—Muy bien. Tiéndase boca arriba.
Boca arriba me tuvo durante cerca de quince minutos en los que no hizo gran cosa. Me zarandeó un poco el pie izquierdo, me hizo flexionar las rodillas y sobre todo me palpó el cráneo mientras me hablaba de un viaje reciente que había hecho por la cornisa cantábrica.
—¿Qué? —le pregunto pasado un rato—, ¿está maduro el melón?
El señor Lecoq se ríe y dice que eso era algo que aún no había oído nunca.
—Se lo voy a decir así a mis estudiantes: «tenéis que ver si el melón está maduro».
Luego me levanta un poco la cabeza, la hace girar un poco en círculos, me pide que entrechoque las rodillas y comprueba cómo va la cosa a nivel de orejas. Para terminar me tira de un brazo hasta oír un pequeño crujido —«voilà»—, me aprieta otro poco las orejas y dice «bueno, esto ya está».
¿Qué es lo que está?
—Se te había movido un poco la cadera y la columna vertebral estaba compensando por distintos lados. Ya lo he corregido y le he dicho a tu cuerpo que no pasa nada, que todo está en orden. No hace falta que hagas ejercicios ni que tomes medicamentos. Pásate simplemente el jueves que viene para un chequeo de comprobación.
—¿Y lo de las orejas?
—Ah, lo de las orejas es determinante. Las orejas se forman a la vez que el sistema nervioso central.
Salgo de allí muerto de risa, sin saber aún si este gallinauta es un embaucador redomado o un taumaturgo genial. Quizá, talentoso como es, sepa conjugar ambas propiedades, robándonos lo que no tenemos o curándonos de lo que no padecemos, como un embaucador genial o un taumaturgo redomado.
miércoles, 17 de enero de 2018
Yo me había imaginado que pasaría las navidades en Madrid al solecito, leyendo en el balcón un libraco que debo reseñar, y al final es como siempre. A todos regateo los minutos y a todos defraudo en algo, empezando por mí mismo. Otra vez va a tener que comerse mi madre la docena de hamburguesas vegetarianas que ha comprado. Sólo dos o tres días ceno en casa, y después sigo hasta las doce o la una redactando documentos para un proyecto de investigación cuyo plazo empieza a apremiar. Y menos mal si esta vez consigo ver a Adelaida y Toño, que han conseguido una ganga —lo que en Madrid es hoy una ganga— en la ribera del Manzanares. Se produce esa paradoja de que, cuanto menos ve uno a los amigos, menos cosas tiene que decirse. Lo suyo sería quedar varias veces, pero entonces tendría que podría ver sólo a la mitad. Con Rafa comí un día y le prometí que lo vería el 6 por la noche, pero hemos estado en casa de mi tío hasta la hora de cenar… ¡Para una vez que nos vemos! Podría haberme tomado un café con él el domingo por la mañana, pero al final opto por ir con mi sobrino a ver la exposición sobre la historia del tebeo que hay en el Museo ABC. Estuvo genial conectar durante hora y media y copiar en nuestros cuadernitos los trucos de los caricaturistas. Pero ahora habrá que esperar hasta dentro de tres o cuatro meses. A mi tía Mamen esta vez no la veo. A Ignacio y Enrique, los simpáticos archiveros de la SGAE, ni siquiera me he atrevido a decirles que estoy en Madrid. Y Kathleen piando por ir alguna vez al cine, pobre. El lunes por la noche habíamos hablado de volver a quedar con Patricio y Giselle, pero estaré hasta el cierre en la Biblioteca Nacional, revisando referencias para el libro de Tapia… por lo menos algunas, lo que sea más difícil de consultar desde Bélgica. A ver si lo remato de una santa vez, antes de que empiecen los exámenes. Si me doy prisa puedo sacar media hora, a todo tirar, para hojear novedades en la librería Antonio Machado, y de paso completar las compras de Reyes. Dios mío, y ¿cuándo voy a visitar a mi tía abuela Cuqui? Bastante es que no haya podido ir al entierro de su hija, y que no vaya a estar para el funeral. Laura y Eduardo me escriben preguntando si como con ellos en Olivia Te Cuida. Respondo que no sin más explicaciones, a la carrera. Ya intentaré acercarme a verlos en París algún fin de semana, si saco tiempo, si he terminado el proyecto, y el libro, y las correcciones, y la reseña.
Dos noches después de volver a Tilff sueño que viajo en un autobús de línea; los edificios de ladrillo claro separados por parterres podrían ser los de la ribera del Manzanares, pero sé que es Moratalaz, el barrio en el que vivía Rafa. El conductor del autobús va dando explicaciones turísticas sobre los lugares que recorremos. En determinado momento llegamos a unos bloques de apartamentos sobre los que han crecido grandes enredaderas y otras plantas vigorosas que han roto con sus raíces las fachadas. En el local comercial de uno de los edificios más infiltrados por las plantas hay un garito que se llama Cero Grados. No sé cuándo he bajado del autobús, pero allí estoy, adentrándome en la atmósfera de acuario del Cero Grados, que tiene una entrada de gruta y más que un bar es un cruce de after y restaurante nouvelle cuisine. Sentadas en un sofá bajo veo de reojo a dos modelos etíopes gemelas; los clientes me dedican miradas despectivas de anuncio de Martini. Pese al glamour, o como una nueva forma de glamour, hay mesas cuyos manteles son de papel de estraza, y en ellos firman o pintan los visitantes célebres: un camarero acaba de recortar de uno de ellos un Saura (un Saura rápido y con los trazos contados, como las ilustraciones que hizo para aquella edición de Pinocho).
Me llego a la barra y pido una Coca-Cola. Lo hago en alemán, quizá por ponerme a tono. El camarero es un muchacho con perilla al que sin duda me crucé alguna vez en el mundo real en la época en que estaban de moda las perillas. Tiene el pelo muy rizado, largo pero sin que le forme melena. Me dice que son 5 euros.
—Venga ya.
—Tiene razón, no son 5 euros. Son 7,50.
Le digo que me enseñe la carta para comprobar el precio. El camarero se niega, por lo que exijo que venga el dueño. Éste viene dando explicaciones incomprensibles, creo que inicialmente con una actitud conciliadora y hasta sumisa, pero conforme se va acercando se transforma en un muñeco de trapo sin cabeza, un pelele con una levita y un chaleco abotonado, que flota en el aire como un títere sin cuerdas.
Salgo del bar, del restaurante o de lo que fuera, y ya no estoy en Moratalaz sino en un callejón formado por tapias enjalbegadas, una de esas calles en las que mueren los pueblos andaluces o insulares, asediadas por los desmontes y las pitas. Es mediodía, y la luz cae a plomo. El camarero de la perilla camina a mi espalda, blandiendo sin mucha convicción una toalla azul. Delante de mí el callejón termina en un terraplén abrupto. «Esto tendría gracia si fuera real —pienso—, pero es sólo un sueño, así que no podré contarlo en el blog».
Dos noches después de volver a Tilff sueño que viajo en un autobús de línea; los edificios de ladrillo claro separados por parterres podrían ser los de la ribera del Manzanares, pero sé que es Moratalaz, el barrio en el que vivía Rafa. El conductor del autobús va dando explicaciones turísticas sobre los lugares que recorremos. En determinado momento llegamos a unos bloques de apartamentos sobre los que han crecido grandes enredaderas y otras plantas vigorosas que han roto con sus raíces las fachadas. En el local comercial de uno de los edificios más infiltrados por las plantas hay un garito que se llama Cero Grados. No sé cuándo he bajado del autobús, pero allí estoy, adentrándome en la atmósfera de acuario del Cero Grados, que tiene una entrada de gruta y más que un bar es un cruce de after y restaurante nouvelle cuisine. Sentadas en un sofá bajo veo de reojo a dos modelos etíopes gemelas; los clientes me dedican miradas despectivas de anuncio de Martini. Pese al glamour, o como una nueva forma de glamour, hay mesas cuyos manteles son de papel de estraza, y en ellos firman o pintan los visitantes célebres: un camarero acaba de recortar de uno de ellos un Saura (un Saura rápido y con los trazos contados, como las ilustraciones que hizo para aquella edición de Pinocho).
Me llego a la barra y pido una Coca-Cola. Lo hago en alemán, quizá por ponerme a tono. El camarero es un muchacho con perilla al que sin duda me crucé alguna vez en el mundo real en la época en que estaban de moda las perillas. Tiene el pelo muy rizado, largo pero sin que le forme melena. Me dice que son 5 euros.
—Venga ya.
—Tiene razón, no son 5 euros. Son 7,50.
Le digo que me enseñe la carta para comprobar el precio. El camarero se niega, por lo que exijo que venga el dueño. Éste viene dando explicaciones incomprensibles, creo que inicialmente con una actitud conciliadora y hasta sumisa, pero conforme se va acercando se transforma en un muñeco de trapo sin cabeza, un pelele con una levita y un chaleco abotonado, que flota en el aire como un títere sin cuerdas.
Salgo del bar, del restaurante o de lo que fuera, y ya no estoy en Moratalaz sino en un callejón formado por tapias enjalbegadas, una de esas calles en las que mueren los pueblos andaluces o insulares, asediadas por los desmontes y las pitas. Es mediodía, y la luz cae a plomo. El camarero de la perilla camina a mi espalda, blandiendo sin mucha convicción una toalla azul. Delante de mí el callejón termina en un terraplén abrupto. «Esto tendría gracia si fuera real —pienso—, pero es sólo un sueño, así que no podré contarlo en el blog».
martes, 12 de diciembre de 2017
Como a nosotros, miembros del personal académico de la universidad de L***, no nos ata un contrato convencional sino un juramento solemne, el número de tareas que podemos asumir es indefinido. Por el mismo motivo no se prevén fondos para cubrir permisos de maternidad ni bajas por enfermedad. Aunque el personal administrativo duplica numéricamente al personal académico, somos nosotros los que revisamos los planes de estudio y resolvemos los problemas de las matrículas individuales, los que confeccionamos los contratos Erasmus de cada estudiante de intercambio, los que contratamos personal, los que redactamos y controlamos los reglamentos, los que hacemos los pedidos para la biblioteca, los que nos evaluamos a nosotros mismos, los que gestionamos los presupuestos, orientamos sobre becas, reservamos hoteles, elaboramos planes estratégicos, rellenamos formularios y hacemos fotocopias.
Mientras tanto, el ministro del ramo se ha dedicado a desarticular los planes de estudio hasta convertirlos en algo así como una lista de boda, y el rector ha dedicado todas sus energías a multiplicar las instancias de decisión, de manera que las actas de la reunión más sencillita se han transformado en una dadaísta colección de acrónimos. Un filósofo que, ya sea por devoción o por precaución, anda metido en todos los fregados, me explicaba que una gilipollez que se dijera en el consejo de administración la acababa escuchando diez veces: «en la junta de departamento, en la asamblea del personal científico, en la reunión preparatoria del consejo de la Facultad, en la junta de Facultad propiamente dicha, en la comisión permanente de investigación, en la comisión permanente de enseñanza y en dos o tres consejos de estudios». La situación no tiene remedio fácil: como me dijo el otro día el decano, si se crease una comisión para la simplificación administrativa lo único de lo que podríamos estar seguros es de haber creado otra comisión.
Un día el rector publicó un plan estratégico que estaba medio plagiado de un documento canadiense. Otro día dijo que quien quisiera investigar podía hacerlo los fines de semana, ignorante —criaturita— de que ya pasamos los fines de semana preparando seminarios y poniendo al día el correo electrónico. Otro día anunció la creación unilateral de una Facultad de Educación. Otro día ordenó el cierre de las páginas web de ensayo y difusión cultural de nuestra Facultad. Y otro día unos cuantos profesores nos hartamos y dijimos que ya estaba bien y que esto se iba a acabar.
En un primer momento incluso pensamos hacer algo para que la cosa se acabase: desertar las reuniones, dimitir de algunas funciones, negarnos a poner notas o ir a la huelga con un par. Luego unos titubearon, otros apelaron al sentido de la oportunidad, otros se aburrieron y otros, más honestamente, se acoquinaron. La solución de consenso fue escribir un papelito. Yo dije aquello tan cañí de «¡dejadme solo!», y durante un fin de semana aparqué la correspondencia —aún tengo correos de entonces sin abrir— y redacté un texto furibundo sobre la precarización del personal científico, la creación de expectativas fraudulentas entre la población estudiante, la burocratización de la universidad, el reparto desigual de obligaciones, la imposibilidad fáctica de conseguir semestres sabáticos, la devaluación de los diplomas, la falta de transparencia en las decisiones institucionales y las porquerías que dan por comestibles en la cafetería. Todo el mundo dijo que era un texto fantástico, vigoroso, arrebatador y, tras felicitarme, lo metieron en un cajón.
Luego otro profesor redactó otro texto, mucho más bonito que el mío, pero que era algo así como un relato de Bernard Quiriny. Hablaba de las dos universidades que hay en L***: una que se vende en papel cuché, dinámica, estratega, adaptada al mercado laboral y en general a cualquier presión externa; otra que anda por ahí cargada de hombros, agobiada por las deudas, un poco renqueante, otro poco nostálgica. Estas dos universidades no se hablan, y ni siquiera comparten la misma lengua. La fábula terminaba con una llamada paradójica y surrealista a instaurar «un diálogo en adelante imposible».
Yo anduve pensando si me adhería o no me adhería a este documento. No me apetecía poner mi firma al pie de un refunfuño poético, pero tampoco quería debilitar la posición de mis compañeros conspiradores, que habían preferido este texto al mío. Pasó un día y otro día, y entonces alguien me dijo en el pasillo «ya veo que te has pasado a la resistencia». El cuento de las dos universidades había empezado a circular y yo lo había firmado sin saberlo. Debo de ser un caso raro de revolución hipnagógica o de sonambulismo sindical.
Tras mucho psicodrama, el texto acabó publicandose en La Libre Belgique con un centenar de firmas, casi todas de Filosofía y Letras. Parece que el rector tuvo una rabieta, y sólo por eso yo ya doy lo comido por servido. No parece, sin embargo, que hayamos ganado para nuestra causa a la opinión pública: los comentarios que figuran al pie de la edición digital del manifiesto revelaban muchas veces un desconcierto que me hizo reír a carcajadas durante un cuarto de hora.
«Yo, la verdad, no sé mucho de esto», admitía uno, «pero al principio pensaba que en L*** había dos universidades, y al seguir leyendo no estoy tan seguro. ¿Cuántas universidades hay? En fin, mientras lo entienda quien debe entenderlo...». Otro lector copiaba una frase particularmente abstrusa («[esta universidad] defiende una postura crítica respecto de las lógicas que subordinan la producción y la circulación de conocimiento a condiciones ajenas a las prácticas de saber»), y la presentaba a modo de enunciado de examen: «introducción, tesis, antítesis, conclusión; tienen dos horas». «¡Felicidades y gracias a los autores de este artículo, tan claro para todo aquel que haya hecho estudios universitarios!», decía un troll risueño. «¿Por qué no discutir la próxima vez del sexo de los ángeles?», proponía otro más allá; «así podrían crearse muchos empleos en Valonia».
El sindicalismo literario es un género arriesgado, porque las reivindicaciones pueden caer en un vórtice hermenéutico postmoderno y tener repercusiones tan poco solicitadas como la volatilización de los archivos, la inundación del paraninfo, el trance hipnótico de los estudiantes del máster en papirología, el tórrido romance entre un catedrático de latín y un dispensador automático de bebidas carbonatadas, la materialización del campus virtual o la transformación del rector en una cucaracha. Esto último, a la hora en que escribo, acaso ya haya sucedido.
Mientras tanto, el ministro del ramo se ha dedicado a desarticular los planes de estudio hasta convertirlos en algo así como una lista de boda, y el rector ha dedicado todas sus energías a multiplicar las instancias de decisión, de manera que las actas de la reunión más sencillita se han transformado en una dadaísta colección de acrónimos. Un filósofo que, ya sea por devoción o por precaución, anda metido en todos los fregados, me explicaba que una gilipollez que se dijera en el consejo de administración la acababa escuchando diez veces: «en la junta de departamento, en la asamblea del personal científico, en la reunión preparatoria del consejo de la Facultad, en la junta de Facultad propiamente dicha, en la comisión permanente de investigación, en la comisión permanente de enseñanza y en dos o tres consejos de estudios». La situación no tiene remedio fácil: como me dijo el otro día el decano, si se crease una comisión para la simplificación administrativa lo único de lo que podríamos estar seguros es de haber creado otra comisión.
Un día el rector publicó un plan estratégico que estaba medio plagiado de un documento canadiense. Otro día dijo que quien quisiera investigar podía hacerlo los fines de semana, ignorante —criaturita— de que ya pasamos los fines de semana preparando seminarios y poniendo al día el correo electrónico. Otro día anunció la creación unilateral de una Facultad de Educación. Otro día ordenó el cierre de las páginas web de ensayo y difusión cultural de nuestra Facultad. Y otro día unos cuantos profesores nos hartamos y dijimos que ya estaba bien y que esto se iba a acabar.
En un primer momento incluso pensamos hacer algo para que la cosa se acabase: desertar las reuniones, dimitir de algunas funciones, negarnos a poner notas o ir a la huelga con un par. Luego unos titubearon, otros apelaron al sentido de la oportunidad, otros se aburrieron y otros, más honestamente, se acoquinaron. La solución de consenso fue escribir un papelito. Yo dije aquello tan cañí de «¡dejadme solo!», y durante un fin de semana aparqué la correspondencia —aún tengo correos de entonces sin abrir— y redacté un texto furibundo sobre la precarización del personal científico, la creación de expectativas fraudulentas entre la población estudiante, la burocratización de la universidad, el reparto desigual de obligaciones, la imposibilidad fáctica de conseguir semestres sabáticos, la devaluación de los diplomas, la falta de transparencia en las decisiones institucionales y las porquerías que dan por comestibles en la cafetería. Todo el mundo dijo que era un texto fantástico, vigoroso, arrebatador y, tras felicitarme, lo metieron en un cajón.
Luego otro profesor redactó otro texto, mucho más bonito que el mío, pero que era algo así como un relato de Bernard Quiriny. Hablaba de las dos universidades que hay en L***: una que se vende en papel cuché, dinámica, estratega, adaptada al mercado laboral y en general a cualquier presión externa; otra que anda por ahí cargada de hombros, agobiada por las deudas, un poco renqueante, otro poco nostálgica. Estas dos universidades no se hablan, y ni siquiera comparten la misma lengua. La fábula terminaba con una llamada paradójica y surrealista a instaurar «un diálogo en adelante imposible».
Yo anduve pensando si me adhería o no me adhería a este documento. No me apetecía poner mi firma al pie de un refunfuño poético, pero tampoco quería debilitar la posición de mis compañeros conspiradores, que habían preferido este texto al mío. Pasó un día y otro día, y entonces alguien me dijo en el pasillo «ya veo que te has pasado a la resistencia». El cuento de las dos universidades había empezado a circular y yo lo había firmado sin saberlo. Debo de ser un caso raro de revolución hipnagógica o de sonambulismo sindical.
Tras mucho psicodrama, el texto acabó publicandose en La Libre Belgique con un centenar de firmas, casi todas de Filosofía y Letras. Parece que el rector tuvo una rabieta, y sólo por eso yo ya doy lo comido por servido. No parece, sin embargo, que hayamos ganado para nuestra causa a la opinión pública: los comentarios que figuran al pie de la edición digital del manifiesto revelaban muchas veces un desconcierto que me hizo reír a carcajadas durante un cuarto de hora.
«Yo, la verdad, no sé mucho de esto», admitía uno, «pero al principio pensaba que en L*** había dos universidades, y al seguir leyendo no estoy tan seguro. ¿Cuántas universidades hay? En fin, mientras lo entienda quien debe entenderlo...». Otro lector copiaba una frase particularmente abstrusa («[esta universidad] defiende una postura crítica respecto de las lógicas que subordinan la producción y la circulación de conocimiento a condiciones ajenas a las prácticas de saber»), y la presentaba a modo de enunciado de examen: «introducción, tesis, antítesis, conclusión; tienen dos horas». «¡Felicidades y gracias a los autores de este artículo, tan claro para todo aquel que haya hecho estudios universitarios!», decía un troll risueño. «¿Por qué no discutir la próxima vez del sexo de los ángeles?», proponía otro más allá; «así podrían crearse muchos empleos en Valonia».
El sindicalismo literario es un género arriesgado, porque las reivindicaciones pueden caer en un vórtice hermenéutico postmoderno y tener repercusiones tan poco solicitadas como la volatilización de los archivos, la inundación del paraninfo, el trance hipnótico de los estudiantes del máster en papirología, el tórrido romance entre un catedrático de latín y un dispensador automático de bebidas carbonatadas, la materialización del campus virtual o la transformación del rector en una cucaracha. Esto último, a la hora en que escribo, acaso ya haya sucedido.
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