Mudarse a L*** para estar menos en L***: el razonamiento me parece unos días de una lucidez fulgurante, y otros de una estupidez rematada. Hay en este gambito algo absurdo, de mudanza de divorciado, de ruina sobrevenida, de empresario en concurso de acreedores.
Cuando tenía veinticinco años viví en un palomar, o en algo que tenía un parecido poco o nada retórico con un palomar. Regresar a ese tipo de espacio tantos años después debería devolverme esa ligereza de juicio, esa agilidad mental del que puede leer todos los libros que quiera porque no tiene ninguno. Cultivaré el grado de incomodidad que hace falta para tener el espíritu alerta y la atención despierta. Tendré una maleta siempre hecha debajo de la cama siempre deshecha. Empezaré a escribir una página en la buhardilla, la continuaré en el parque y la remataré sobre la moqueta de un vagón de tren, en fase con el pulso sutil de las ciudades.
(Me repito este tipo de argumentos por la noche, pero si se levanta el viento las pizarras del tejado castañetean y le contagian a mi optimismo su temple destemplado).
En la mudanza se desenmascara nuestra vida, desnudando las esquinas y poniendo en evidencia los bibelotes a los que no hemos sido capaces de renunciar, cómicamente, durante años.
La nueva casa cambia el tono de nuestras melodías corporales, imprime nuevas tensiones a nuestros tendones, nos enseña nuevos gestos. De repente hemos olvidado cómo afeitarnos.
También es como si hubiéramos dejado de afeitarnos por completo: la mudanza altera nuestra identidad social, como el que se depila todo el vello corporal o se pone el corte de pelo fringe; como el que se separa y se casa en segundas nupcias, deviniendo cuñado o yerno de otra gente. El matrimonio, en mi caso, es de conveniencia. La barba, también.
Desde la ventana de mi palomar veo el estanque del Jardín Botánico, al que bajan a abrevar patos, fochas y cormoranes. Me recreo en la fantasía de que alguno de ellos haya venido de Tilff, para echarme un ojo. Es fácil figurarse que los animales de cierta especie son siempre el mismo animal, que se ha encariñado de nosotros y nos sigue la pista. Julio Cortázar tenía un poema muy bonito sobre esto. También veo corretear a un bicho que al principio tomo por un conejo pero que después de todo puede que no sea un conejo.
Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:
Nos seguimos leyendo.
martes, 25 de febrero de 2020
Una carroza del carnaval de Colonia, después de los atentados racistas que Alemania ha sufrido estas última semanas: una cabeza iracunda de cuya boca sale una pistola, y la inscripción «Aus Worten werden Taten!»: «las palabras se convierten en hechos» ¿Las palabras se convierten en hechos? Unas veces más y otras menos. Los hechos tienen una irritante independencia de las palabras. Normalmente cuando los políticos dan su palabra de hacer algo, los hechos se hacen los suecos. Otras veces hay hechos que llegan sin anunciarse, y los intelectuales se pasan décadas tratando de encajarlos en palabras.
Al rapero César Strawberry unas veces lo condenan y otras lo absuelven de enaltecimiento del terrorismo: su boca no contiene una pistola, sino el gato de Schrödinger.
Al rapero César Strawberry unas veces lo condenan y otras lo absuelven de enaltecimiento del terrorismo: su boca no contiene una pistola, sino el gato de Schrödinger.
martes, 18 de febrero de 2020
Todo ocurre a la vez. La mudanza, la edición del libro, el niño, el proyecto de Kathleen, la otra mudanza, el otro libro, las veinte horas de clase semanales, el plan estratégico plurianual —que es el tercero que nos mandan hacer en tres años y que, como los otros dos, no es probable que llegue a entrar nunca en vigor—. Para planes estratégicos, los que tengo que hacerme yo por las mañanas para no volverme loco.
Este año me he pasado a la agenda electrónica, y ahora mi día está lleno de cajas de colores, que son las cosas que tengo que hacer. En los huecos de mi agenda hago cajas de cartón, o pido más cajas por correo, porque siempre creo tener suficientes para la mudanza y siempre me confundo. Pasados ciertos días, casi todo lo que me rodea son cajas. Desayuno sobre cajas, doblo la ropa sobre cajas, los cactus sestean sobre cajas, lleno más cajas sobre otras cajas mientras veo una película de Kieślowski con el ordenador puesto sobre una caja.
En teoría todo es cuestión de organizarse. Pero solo en teoría. En la práctica, la organización más inocente tiene una irrefrenable tendencia a estallar en un enjambre de puñetas exterminadoras.
Pongamos, por ejemplo, que tiene que venir el fontanero a hacer el mantenimiento del calentador. Podría pensarse que basta con llamar a un fontanero, pero no, porque uno llama a un fontanero y no viene; llama a un segundo fontanero y solo salta el contestador; llama a un tercero y este sí descuelga y dice que va a venir, pero el día que tiene que venir se retrasa, y luego escribe diciendo que está a punto de llegar, y luego que somos los próximos clientes, pero cuatro horas más tarde no ha llegado aún y al día siguiente nos escribe indignado preguntándonos por qué no había nadie en casa a la hora a la que habíamos quedado que se iba a pasar. Exasperado, llamo a un cuarto fontanero, que sí viene, y que nos vacía el calentador, pero en el momento crucial sa da cuenta de que la pieza que ha traído tiene un código de producto ligeramente incorrecto y no encaja en un calentador de la marca del nuestro; tendrá que pedirla de nuevo, venir una semana más tarde y comenzar da capo con brio.
En teoría, el mantenimiento del calentador no necesita pieza de recambio ninguna. Pero eso, claro, es en teoría.
Muchas tardes vuelvo a casa con la cabeza como una máquina del millón. Entonces, me siento sobre una caja y hago los ejercicios de respiración que le recomendaron a Kathleen para cuando empiecen las contracciones. A ella no sé cómo le irán, pero a mí me ayudan.
Cuando no estoy haciendo cajas o buscando fontaneros, vendo muebles de manera irreflexiva. Regateo conmigo mismo, y a la gente que llama le digo primero un precio, luego otro más bajo, luego un tercero, y generalmente es entonces cuando cuelgan, pensando que solo tengo trastos desvencijados. Entre los muebles que he conseguido vender se encuentra un armario imponente, una especie caballo de Troya que no sé cómo conseguimos hacer entrar en la habitación, y que no veo manera de tumbar porque llega hasta cuatro dedos por debajo del techo. A fuerza de devanarme los sesos consigo dar con el modo de desmontarlo en vertical. Para ello se revelará preciosa la colaboración de unas cajas llenas de libros que casualmente pasaban por allí. Tardo toda una mañana, pero cuando llego a la última tuerca doy el grito primordial del hombre que se impone a los elementos. O a Ikea, que a estas alturas ya casi es lo mismo.
Este año me he pasado a la agenda electrónica, y ahora mi día está lleno de cajas de colores, que son las cosas que tengo que hacer. En los huecos de mi agenda hago cajas de cartón, o pido más cajas por correo, porque siempre creo tener suficientes para la mudanza y siempre me confundo. Pasados ciertos días, casi todo lo que me rodea son cajas. Desayuno sobre cajas, doblo la ropa sobre cajas, los cactus sestean sobre cajas, lleno más cajas sobre otras cajas mientras veo una película de Kieślowski con el ordenador puesto sobre una caja.
En teoría todo es cuestión de organizarse. Pero solo en teoría. En la práctica, la organización más inocente tiene una irrefrenable tendencia a estallar en un enjambre de puñetas exterminadoras.
Pongamos, por ejemplo, que tiene que venir el fontanero a hacer el mantenimiento del calentador. Podría pensarse que basta con llamar a un fontanero, pero no, porque uno llama a un fontanero y no viene; llama a un segundo fontanero y solo salta el contestador; llama a un tercero y este sí descuelga y dice que va a venir, pero el día que tiene que venir se retrasa, y luego escribe diciendo que está a punto de llegar, y luego que somos los próximos clientes, pero cuatro horas más tarde no ha llegado aún y al día siguiente nos escribe indignado preguntándonos por qué no había nadie en casa a la hora a la que habíamos quedado que se iba a pasar. Exasperado, llamo a un cuarto fontanero, que sí viene, y que nos vacía el calentador, pero en el momento crucial sa da cuenta de que la pieza que ha traído tiene un código de producto ligeramente incorrecto y no encaja en un calentador de la marca del nuestro; tendrá que pedirla de nuevo, venir una semana más tarde y comenzar da capo con brio.
En teoría, el mantenimiento del calentador no necesita pieza de recambio ninguna. Pero eso, claro, es en teoría.
Muchas tardes vuelvo a casa con la cabeza como una máquina del millón. Entonces, me siento sobre una caja y hago los ejercicios de respiración que le recomendaron a Kathleen para cuando empiecen las contracciones. A ella no sé cómo le irán, pero a mí me ayudan.
Cuando no estoy haciendo cajas o buscando fontaneros, vendo muebles de manera irreflexiva. Regateo conmigo mismo, y a la gente que llama le digo primero un precio, luego otro más bajo, luego un tercero, y generalmente es entonces cuando cuelgan, pensando que solo tengo trastos desvencijados. Entre los muebles que he conseguido vender se encuentra un armario imponente, una especie caballo de Troya que no sé cómo conseguimos hacer entrar en la habitación, y que no veo manera de tumbar porque llega hasta cuatro dedos por debajo del techo. A fuerza de devanarme los sesos consigo dar con el modo de desmontarlo en vertical. Para ello se revelará preciosa la colaboración de unas cajas llenas de libros que casualmente pasaban por allí. Tardo toda una mañana, pero cuando llego a la última tuerca doy el grito primordial del hombre que se impone a los elementos. O a Ikea, que a estas alturas ya casi es lo mismo.
domingo, 2 de febrero de 2020
Kathleen fue a la consulta de Monsieur Lecoq, el mágico osteópata, para que le colocase el hígado en su sitio, porque desde la vigésima semana de embarazo lo tenía atravesado en la clavícula. Monsieur Lecoq no solo la curó con un tirón de orejas, sino que también le recetó una visita a la exposición de escultura hiperrealista que, después de haber recorrido medio mundo, ha hecho parada y fonda en el museo de la Boverie. Y allá que nos fuimos.
Es sobre todo —esto conviene saberlo— una exposición de culos. De culos de silicona, pero de culos al fin y al cabo. Mucha gente que se creía pervertida ha descubierto que en realidad lo que le gusta es el arte. El museo, en un encomiable esfuerzo pedagógico, organiza visitas guiadas a las que los visitantes van en pelota picada, para que el museo contenga todavía más culos —o sea, más arte—.
La escultura hiperrealista ha evolucionado un poco desde los cristos con pelo natural. En los años 80, todas las obras de esta tendencia parecían cadáveres mal refrigerados. Las más recientes, en cambio, tienen mejor hematocrito que los propios visitantes.
La estatua que más me engaña es la que menos trata de parecer una estatua. Es una estatua que representa a un mimo al que hubieran contratado para estarse quieto en una esquina de la exposición. Solo su cara se anima, iluminada por la luz de su teléfono móvil. La estatua que parece un mimo haciendo de estatua mantiene una videoconferencia en inglés sobre su trabajo en el museo y sobre la cotización de las obras. De vez en cuando, desvía la mirada de la pantalla, como azorado de haber interrumpido su inmovilidad para atender esa llamada. Tardo casi un minuto en percatarme de que el teléfono es en realidad un proyector que imprime sobre una cara vacía unos rasgos humanos, sorprendentemente parecidos, por otra parte, a los de mi amigo Sven.
El hiperrealismo humano parece político y batallón porque nos habla muy explícitamente de cuerpos, de la representación de cuerpos, de lo que esperamos de los cuerpos, en un mundo en el que ya hay pocas cosas que importen más que los cuerpos... Que los cuerpos humanos, se entiende: los otros no le importan a nadie. En realidad, para los animales el hiperrealismo lleva inventado cientos de años y se llama taxidermia.
Algo paradójicamente, el hiperrealismo solo empieza a interesarme cuando deja de ser realista, cuando nos pone delante bebés gigantes como ballenas varadas, rostros en trance de ser absorbidos por un agujero negro, una viejecita con un recién nacido que es al mismo tiempo ella misma, amantes con cabezas de lobo, un torso humano destazado y refrigerado como un pavo listo para Acción de Gracias. Ardillas astadas y conejos penígeros, como los Wolpertinger de los antiguos embalsamadores. Las piezas adquieren entonces algo legendario, se convierten en portales hacia otro universo. La exposición deja entonces de tratar de polímeros y comienza a bombardearnos con ondas theta. Pasará mucho tiempo antes de que volvamos a estar tan cerca de una ficción.
Es sobre todo —esto conviene saberlo— una exposición de culos. De culos de silicona, pero de culos al fin y al cabo. Mucha gente que se creía pervertida ha descubierto que en realidad lo que le gusta es el arte. El museo, en un encomiable esfuerzo pedagógico, organiza visitas guiadas a las que los visitantes van en pelota picada, para que el museo contenga todavía más culos —o sea, más arte—.
La escultura hiperrealista ha evolucionado un poco desde los cristos con pelo natural. En los años 80, todas las obras de esta tendencia parecían cadáveres mal refrigerados. Las más recientes, en cambio, tienen mejor hematocrito que los propios visitantes.
La estatua que más me engaña es la que menos trata de parecer una estatua. Es una estatua que representa a un mimo al que hubieran contratado para estarse quieto en una esquina de la exposición. Solo su cara se anima, iluminada por la luz de su teléfono móvil. La estatua que parece un mimo haciendo de estatua mantiene una videoconferencia en inglés sobre su trabajo en el museo y sobre la cotización de las obras. De vez en cuando, desvía la mirada de la pantalla, como azorado de haber interrumpido su inmovilidad para atender esa llamada. Tardo casi un minuto en percatarme de que el teléfono es en realidad un proyector que imprime sobre una cara vacía unos rasgos humanos, sorprendentemente parecidos, por otra parte, a los de mi amigo Sven.
El hiperrealismo humano parece político y batallón porque nos habla muy explícitamente de cuerpos, de la representación de cuerpos, de lo que esperamos de los cuerpos, en un mundo en el que ya hay pocas cosas que importen más que los cuerpos... Que los cuerpos humanos, se entiende: los otros no le importan a nadie. En realidad, para los animales el hiperrealismo lleva inventado cientos de años y se llama taxidermia.
Algo paradójicamente, el hiperrealismo solo empieza a interesarme cuando deja de ser realista, cuando nos pone delante bebés gigantes como ballenas varadas, rostros en trance de ser absorbidos por un agujero negro, una viejecita con un recién nacido que es al mismo tiempo ella misma, amantes con cabezas de lobo, un torso humano destazado y refrigerado como un pavo listo para Acción de Gracias. Ardillas astadas y conejos penígeros, como los Wolpertinger de los antiguos embalsamadores. Las piezas adquieren entonces algo legendario, se convierten en portales hacia otro universo. La exposición deja entonces de tratar de polímeros y comienza a bombardearnos con ondas theta. Pasará mucho tiempo antes de que volvamos a estar tan cerca de una ficción.
lunes, 20 de enero de 2020
De Zamora en adelante, el tren va reduciendo velocidad hasta alcanzar el paso del siglo XX. Tres horas largas aún de ahí a Santiago, atravesando bosques de liquen y montes de niebla. Luego cambio de tren, me bajo en Padrón y sigo por el arcén de la carretera, alumbrándome con el móvil, entre talleres de coches, pazos desmoronados, almacenes mayoristas —Gran Chino Galicia—, hasta que salgo de Iria Flavia y llego a la rotonda donde está mi hotel.
Los veinte, treinta, cuarenta clientes del hotel son todos hombres. Todos, oye. Unos comen en mesas de ocho y deben de ser los que están cosiendo las serranías de Orense con autopistas. Otros cenan solos, delante de sus teléfonos y de la botella de Veterano. Imagino que son policías, representantes, camioneros, peritos. Alguno tiene acento canario. Otro tiene rasgos orientales —Gran Chino Galicia—.
Podría pensarse que todos esos hombres están dirigidos por una sola mente gregaria, que mesmerizan a los turistas con feromonas y los asan a la parrilla en las noches de luna llena; pero lo cierto es que yo también pertenezco a la colmena, y que este ambiente espeluznante de hotel de carretera —mondadientes higiénicos, persianas de manubrio, radios empotradas— es depositario de alguna clave ignorada de la masculinidad actual.
Ayer hizo sol, pero hoy llueve de lado, a mala leite, por lo que llego a la Fundación Camilo J. Cela con las perneras caladas y el repeluco muy adentro del cuerpo.
—¿A esta lluvia en gallego cómo la llamáis?
Iván, el archivero, se chotea sin mala intención:
—Chuvia.
A media mañana entra Pedro. Pedro es un señor que nació en Almadén y vivió en Ponferrada. Un día se quedó viudo, echó a andar, cayó en Padrón y se dijo «hasta aquí hemos llegado». Todos los días, después de tomarse dos cafés y leerse tres periódicos, se acerca a la Fundación a echar una mano, lo que más que nada consiste en hacer tertulia.
—Está lloviendo a mares.
Iván le quita hierro:
—Esto siempre es así. Tienes que irte muy adentro de Escocia para encontrar un sitio en el que llueva más que en Pontevedra.
Bibliotecaria que aparece, bibliotecaria a la que le tengo que explicar qué hago yo allí. Y no es plato de gusto, porque yo mismo no tengo muy claro qué hago allí. He ido a buscar fuentes que permitan reconstruir cómo se leyeron históricamente las novelas de Cela. Pero en la extensa correspondencia que custodia la Fundación se habla casi de cualquier cosa menos de literatura. En el mejor de los casos, los lectores le preguntan al escritor si tal o cual novela es suya, o le felicitan por su cumpleaños, o le mandan acrósticos, o le piden consejo sentimental. Las más de las veces lo llaman lumio, golfo, cenutrio, rufián, majadero, urinario, zurrupio, infando, bujarra, sodomita, guarro, hijoputa, soplapollas y muchas otras cosas igual de edificantes, unas veces porque si es facha y otras porque si es rojo. Una lectora le remite el texto íntegro de San Camilo 1936 hecho pedacitos muy pequeños. Lector hay que, nada más insultarle, le pide que a ver si puede publicarle un cuentecito suyo en Papeles de Son Armadans. Alguien que firma «El Emigrante Vagabundo» le ruega con muchas mayúsculas que lo ayude a instaurar un Consejo Nacional de Cerebros que sirva de Guía en Ideas Sanas Universalistas de la España Internacional que volverá a Conquistar el Mundo y a redimir a las Naciones subdesarrolladas. Otro le pide que la Real Academia quite la U después de la Q. Otro se queja de que un académico anuncie champán. Otra le pregunta qué significa la palabra «hiato». Otra le cuenta su divorcio con pelos y señales, y le confía que, en lo sexual, su nuevo amante la llena plenamente. Muchos le envían fotocopias de la carta que Cela escribió con 21 años, ofreciéndose al nuevo régimen como delator. Muchos más le piden un autógrafo para su colección, o un libro por la filosa.
Yo no lo sabía, pero para dirigirse a un español eminente, muchos individuos tiran de lo que tienen más a mano: cartones de calendarios, el reverso de un envoltorio de bombones, hojas de agenda, formularios, estampas piadosas, tarjetas de visita y páginas arrancadas de revistas o de manuales de mecánica automotriz. Una mujer le manda, en una paginita cuadriculada de bloc, el billete siguiente: «Mi muy señor mío: He leído en La Vanguardia que necesitan señoritas feas. Tengo la sitisfacción de comunicarle que me dé la Dirección de los Estudios de Hollywood».
Yo me imagino a don Camilo sentado a la mesa delante de esas cartas y de una botella de Veterano, y me entra un nosequé que podría confundirse con la compasión. (Otras veces don Camilo se metía en una especie de probador pintado de negro que había mandado hacer, sin más compañía que el culo de un maniquí pintado de azul, y escribía una novela ininteligible. También esa escena encierra, alquitarada, una clave o un símbolo de lo que significa o ha significado ser hombre).
En esto, cae una tromba de agua, el viento arrecia y todo lo que hay detrás de la ventana desaparece. Suena un ruido sordo como de matraca y abrimos media puerta a ver qué ha ocurrido. El chaparrón ha tumbado el ciprés centenario del camposanto. El pórtico de la colegiata se ha salvado por intervención divina. Iván está afectado y pierde las ganas de conversación para el resto de la tarde.
—¡Carallo! —dice—. ¡Non vi chover así en mi vida!
Los veinte, treinta, cuarenta clientes del hotel son todos hombres. Todos, oye. Unos comen en mesas de ocho y deben de ser los que están cosiendo las serranías de Orense con autopistas. Otros cenan solos, delante de sus teléfonos y de la botella de Veterano. Imagino que son policías, representantes, camioneros, peritos. Alguno tiene acento canario. Otro tiene rasgos orientales —Gran Chino Galicia—.
Podría pensarse que todos esos hombres están dirigidos por una sola mente gregaria, que mesmerizan a los turistas con feromonas y los asan a la parrilla en las noches de luna llena; pero lo cierto es que yo también pertenezco a la colmena, y que este ambiente espeluznante de hotel de carretera —mondadientes higiénicos, persianas de manubrio, radios empotradas— es depositario de alguna clave ignorada de la masculinidad actual.
Ayer hizo sol, pero hoy llueve de lado, a mala leite, por lo que llego a la Fundación Camilo J. Cela con las perneras caladas y el repeluco muy adentro del cuerpo.
—¿A esta lluvia en gallego cómo la llamáis?
Iván, el archivero, se chotea sin mala intención:
—Chuvia.
A media mañana entra Pedro. Pedro es un señor que nació en Almadén y vivió en Ponferrada. Un día se quedó viudo, echó a andar, cayó en Padrón y se dijo «hasta aquí hemos llegado». Todos los días, después de tomarse dos cafés y leerse tres periódicos, se acerca a la Fundación a echar una mano, lo que más que nada consiste en hacer tertulia.
—Está lloviendo a mares.
Iván le quita hierro:
—Esto siempre es así. Tienes que irte muy adentro de Escocia para encontrar un sitio en el que llueva más que en Pontevedra.
Bibliotecaria que aparece, bibliotecaria a la que le tengo que explicar qué hago yo allí. Y no es plato de gusto, porque yo mismo no tengo muy claro qué hago allí. He ido a buscar fuentes que permitan reconstruir cómo se leyeron históricamente las novelas de Cela. Pero en la extensa correspondencia que custodia la Fundación se habla casi de cualquier cosa menos de literatura. En el mejor de los casos, los lectores le preguntan al escritor si tal o cual novela es suya, o le felicitan por su cumpleaños, o le mandan acrósticos, o le piden consejo sentimental. Las más de las veces lo llaman lumio, golfo, cenutrio, rufián, majadero, urinario, zurrupio, infando, bujarra, sodomita, guarro, hijoputa, soplapollas y muchas otras cosas igual de edificantes, unas veces porque si es facha y otras porque si es rojo. Una lectora le remite el texto íntegro de San Camilo 1936 hecho pedacitos muy pequeños. Lector hay que, nada más insultarle, le pide que a ver si puede publicarle un cuentecito suyo en Papeles de Son Armadans. Alguien que firma «El Emigrante Vagabundo» le ruega con muchas mayúsculas que lo ayude a instaurar un Consejo Nacional de Cerebros que sirva de Guía en Ideas Sanas Universalistas de la España Internacional que volverá a Conquistar el Mundo y a redimir a las Naciones subdesarrolladas. Otro le pide que la Real Academia quite la U después de la Q. Otro se queja de que un académico anuncie champán. Otra le pregunta qué significa la palabra «hiato». Otra le cuenta su divorcio con pelos y señales, y le confía que, en lo sexual, su nuevo amante la llena plenamente. Muchos le envían fotocopias de la carta que Cela escribió con 21 años, ofreciéndose al nuevo régimen como delator. Muchos más le piden un autógrafo para su colección, o un libro por la filosa.
Yo no lo sabía, pero para dirigirse a un español eminente, muchos individuos tiran de lo que tienen más a mano: cartones de calendarios, el reverso de un envoltorio de bombones, hojas de agenda, formularios, estampas piadosas, tarjetas de visita y páginas arrancadas de revistas o de manuales de mecánica automotriz. Una mujer le manda, en una paginita cuadriculada de bloc, el billete siguiente: «Mi muy señor mío: He leído en La Vanguardia que necesitan señoritas feas. Tengo la sitisfacción de comunicarle que me dé la Dirección de los Estudios de Hollywood».
Yo me imagino a don Camilo sentado a la mesa delante de esas cartas y de una botella de Veterano, y me entra un nosequé que podría confundirse con la compasión. (Otras veces don Camilo se metía en una especie de probador pintado de negro que había mandado hacer, sin más compañía que el culo de un maniquí pintado de azul, y escribía una novela ininteligible. También esa escena encierra, alquitarada, una clave o un símbolo de lo que significa o ha significado ser hombre).
En esto, cae una tromba de agua, el viento arrecia y todo lo que hay detrás de la ventana desaparece. Suena un ruido sordo como de matraca y abrimos media puerta a ver qué ha ocurrido. El chaparrón ha tumbado el ciprés centenario del camposanto. El pórtico de la colegiata se ha salvado por intervención divina. Iván está afectado y pierde las ganas de conversación para el resto de la tarde.
—¡Carallo! —dice—. ¡Non vi chover así en mi vida!
lunes, 6 de enero de 2020
Este semana hemos estado de convivencia en un cursillo de preparación al parto impartido por Sigourney Weaver, o por una comadrona que se parece a Sigourney Weaver y que sabe una llave de judo con la que el niño sale disparado de la matriz como un calipo. Está prohibida en varios países civilizados. Por si la cosa se pone fea, también sabe cortar el cordón umbilical con los dientes y hacer conservas con la placenta. De haber sido ella la verdadera Sigourney Weaver en Alien, el octavo pasajero, la peli habría terminado con dos rollizos gemelos y unos puntitos de nada.
El cursillo tiene lugar en una especie de gimnasio para yoguis. Hay plantas que cuelgan del techo, y un bebé de juguete con la cabeza metida en una pelvis humana tamaño natural. No hay sillas, y tenemos que estar sentados en el suelo a razón de ocho horas diarias. A las cuatro o cinco horas, muchos, derrengados, han ido resbalando hasta terminar tendidos con pose de Olympia de Manet.
Entre los participantes hay de todo. ¡Con decir que me han dejado entrar a mí...! Algunos de los inminentes padres dan la sensación de poder montar una tienda de campaña en dos minutos con un brazo a la espalda; otros han caído sobre las esterillas de yoga como pudieran haber caído en el asiento de un autobús o en una tumbona en Denia. Pero dieciséis horas de formación dan para mucho, y al final se intercambian algunos de los roles. El duro revela carencias sorprendentes, el jovencito dice algo que demuestra una insólita madurez. Otros, en cambio, parecían y siguen pareciendo concursantes de Gran Hermano.
Uno de estos últimos es Andreas.
Hablamos, por ejemplo, de cómo el dolor del parto lo produce la dilatación de la pelvis y de los tejidos, más que las contracciones en sí; la que haya tenido implantado un DIU —dice Sigourney— conoce ese tipo de dolor.
—Y no solo las que se hayan implantado un DIU —dice Andreas—. ¡Los que se haya acostado con la tía del DIU también conocerán ese tipo de dolor! Hacedme caso, muchachos: preguntad antes de meter vuestro trasto en un útero desconocido. No queréis toparos en plena faena con un sacacorchos.
Andreas y su pareja están muy preocupados por los desgarros perineales. Quien más preocupado está es él. ¿Conviene masajear la zona antes del parto? ¿Con qué frecuencia practican los cirujanos una episiotomía deliberada? ¿Cuánto duraría la recuperación? ¿Pueden tener ciertas parafilias un efecto preventivo?
Por la tarde nos dejan solos un rato a los chicos, con la tarea de rellenar una encuesta. Andreas le echa un vistazo desganado al formulario y lo arroja al suelo. De lo que deberíamos estar hablando —dice— es de un gel vaginal que da unos resultados sensacionales. Lo pone aquí, en su móvil, en un artículo que se titula «Al mundo en tobogán». Ese bálsamo de Fierabrás hace superfluas las cesáreas y reduce en más de un tercio la duración del parto. Por supuesto, con él el perineo queda intacto; es un escándalo que las matronas no nos hayan hablado de él.
Como nadie le hace caso, Andreas —síndrome de Couvade y alma de bot—, se impacienta y machirulea:
—Estas cosas hay que estudiarlas bien. Ahora vosotros no os dais cuenta, pero las mujeres se van a volver locas de un momento a otro. En el último mes de embarazo se les va la pinza, de verdad. Cualquier problema va a acabar siendo culpa nuestra: id haciéndoos a la idea.
Escuchamos en un silencio embarazoso, deseando que a Andreas se le acaben las pilas, aunque empezamos a sospechar que se alimenta de energía negativa. Sigourney Weaver nos ilustra la teoría del parto haciendo entrar un muñeco por el hueco de una pelvis. Con un filtro molón, la escena sería digna de Odisea en el espacio.
El cursillo tiene lugar en una especie de gimnasio para yoguis. Hay plantas que cuelgan del techo, y un bebé de juguete con la cabeza metida en una pelvis humana tamaño natural. No hay sillas, y tenemos que estar sentados en el suelo a razón de ocho horas diarias. A las cuatro o cinco horas, muchos, derrengados, han ido resbalando hasta terminar tendidos con pose de Olympia de Manet.
Entre los participantes hay de todo. ¡Con decir que me han dejado entrar a mí...! Algunos de los inminentes padres dan la sensación de poder montar una tienda de campaña en dos minutos con un brazo a la espalda; otros han caído sobre las esterillas de yoga como pudieran haber caído en el asiento de un autobús o en una tumbona en Denia. Pero dieciséis horas de formación dan para mucho, y al final se intercambian algunos de los roles. El duro revela carencias sorprendentes, el jovencito dice algo que demuestra una insólita madurez. Otros, en cambio, parecían y siguen pareciendo concursantes de Gran Hermano.
Uno de estos últimos es Andreas.
Hablamos, por ejemplo, de cómo el dolor del parto lo produce la dilatación de la pelvis y de los tejidos, más que las contracciones en sí; la que haya tenido implantado un DIU —dice Sigourney— conoce ese tipo de dolor.
—Y no solo las que se hayan implantado un DIU —dice Andreas—. ¡Los que se haya acostado con la tía del DIU también conocerán ese tipo de dolor! Hacedme caso, muchachos: preguntad antes de meter vuestro trasto en un útero desconocido. No queréis toparos en plena faena con un sacacorchos.
Andreas y su pareja están muy preocupados por los desgarros perineales. Quien más preocupado está es él. ¿Conviene masajear la zona antes del parto? ¿Con qué frecuencia practican los cirujanos una episiotomía deliberada? ¿Cuánto duraría la recuperación? ¿Pueden tener ciertas parafilias un efecto preventivo?
Por la tarde nos dejan solos un rato a los chicos, con la tarea de rellenar una encuesta. Andreas le echa un vistazo desganado al formulario y lo arroja al suelo. De lo que deberíamos estar hablando —dice— es de un gel vaginal que da unos resultados sensacionales. Lo pone aquí, en su móvil, en un artículo que se titula «Al mundo en tobogán». Ese bálsamo de Fierabrás hace superfluas las cesáreas y reduce en más de un tercio la duración del parto. Por supuesto, con él el perineo queda intacto; es un escándalo que las matronas no nos hayan hablado de él.
Como nadie le hace caso, Andreas —síndrome de Couvade y alma de bot—, se impacienta y machirulea:
—Estas cosas hay que estudiarlas bien. Ahora vosotros no os dais cuenta, pero las mujeres se van a volver locas de un momento a otro. En el último mes de embarazo se les va la pinza, de verdad. Cualquier problema va a acabar siendo culpa nuestra: id haciéndoos a la idea.
Escuchamos en un silencio embarazoso, deseando que a Andreas se le acaben las pilas, aunque empezamos a sospechar que se alimenta de energía negativa. Sigourney Weaver nos ilustra la teoría del parto haciendo entrar un muñeco por el hueco de una pelvis. Con un filtro molón, la escena sería digna de Odisea en el espacio.
viernes, 20 de diciembre de 2019
El otro día, cuando cruzaba el puente sobre el Mosa para asistir a un seminario, me topé con Anne D. Estaba irreconocible, porque unos días antes se había tropezado en el vestíbulo de un centro comercial y había caído a plomo contra el suelo. No se ha roto nada, pero asusta a los niños por la calle. Quedamos en ponernos al día el viernes en el café del Teatro.
En realidad el café del Teatro no se llama así, pero debería llamarse así porque está en el teatro. Es demasiado tarde para tomar un café y demasiado pronto para tomar una cerveza. «Bof», hace el camarero, restándole importancia. Pedimos dos cervezas sin, y nos mira con cara de incomprensión.
Conozco a Anne de cuando los dos —aunque sobre todo ella— éramos activistas de barriada en Tilff. Hace un año ella decidió mudarse a L***, porque comprende que dentro de poco tiempo Monsieur Parkinson la obligará a renunciar al coche, a las escaleras, a las excursiones. La ciudad le permitirá, algo paradójicamente, reducir la escala de su mundo. Pero Monsieur Parkinson no es su jefe, sino algo así como un pariente impertinente al que Anne debe dedicar cierto tiempo de su vida. Casualmente ha terminado viviendo a cinco minutos de mi facultad, justo al otro lado del río.
Le cuento que yo también estoy dándole vueltas a la necesidad de abandonar Tilff y de trasladarme a un estudio en la ciudad, lo más cerca que pueda de la estación, para acortar al mínimo el tiempo invertido en los largos viajes que, en adelante, tendré que hacer cada semana. Ella me interrumpe: justo ahora una vecina suya tiene que devolver el piso de su madre, que responde a lo que busco. La llama por teléfono de inmediato y concertamos una cita para la mañana siguiente, pero al final resultará que el piso es el tiro de una chimenea.
«Todo va a salir suficientemente bien». Esa es la frase que Anne suele decir a los padres primerizos. Anne es psicóloga especializada en el desarrollo cognitivo infantil, y durante muchos años su trabajo consistió en formar a los puericultores. Cuando empezó, la principal aspiración de los responsables de las guarderías era que estas fueran higiénicas y seguras; lo demás les parecía secundario. La cruzada de Anne consistió en hacerles comprender que había otros aspectos merecedores de consideración.
En cierto sentido se trataba de inventar la infancia —digo, recordando un libro célebre de Philippe Ariès. Anne titubea:
—Sería más lógico hablar del «descubrimiento» de la infancia. Las necesidades de los niños no son un invento.
Pago las cervezas y filosofo mientras me dirijo a la estación de Saint-Lambert. La infancia, como todo, es una concreción de potencialidades; ahora bien, una potencialidad que no se realiza ¿sigue siendo parte de la cosa en sí? La adolescencia ¿estaba programada en nuestros genes o es, en su duración y en sus manifestaciones sociales, el producto de una sociedad históricamente determinada? La cuarta edad ¿es el descubrimiento de la fase degenerativa que nos aguarda o el residuo de la vejez digna que han inventado las sociedades desarrolladas? La misma conducta adulta ¿no es ante todo una imposición legal?
«Descubrimiento» o «invención» no son metáforas. Entenderlas como metáforas implicaría la existencia de una literalidad, de un significado último, «natural», al cual, ante la dificultad de cernerlo exactamente, decidimos referirnos de manera parcial o aproximada. «Invención» y «descubrimiento» son, por el contrario, imágenes con las que decidimos lo que la infancia —o, para el caso, cualquier otra edad— será para nosotros, y el grado de autonomía que estamos dispuestos a concederle. Porque «en última estancia» —como dice una alumna mía—, quienes nos inventan y descubren son los niños.
En realidad el café del Teatro no se llama así, pero debería llamarse así porque está en el teatro. Es demasiado tarde para tomar un café y demasiado pronto para tomar una cerveza. «Bof», hace el camarero, restándole importancia. Pedimos dos cervezas sin, y nos mira con cara de incomprensión.
Conozco a Anne de cuando los dos —aunque sobre todo ella— éramos activistas de barriada en Tilff. Hace un año ella decidió mudarse a L***, porque comprende que dentro de poco tiempo Monsieur Parkinson la obligará a renunciar al coche, a las escaleras, a las excursiones. La ciudad le permitirá, algo paradójicamente, reducir la escala de su mundo. Pero Monsieur Parkinson no es su jefe, sino algo así como un pariente impertinente al que Anne debe dedicar cierto tiempo de su vida. Casualmente ha terminado viviendo a cinco minutos de mi facultad, justo al otro lado del río.
Le cuento que yo también estoy dándole vueltas a la necesidad de abandonar Tilff y de trasladarme a un estudio en la ciudad, lo más cerca que pueda de la estación, para acortar al mínimo el tiempo invertido en los largos viajes que, en adelante, tendré que hacer cada semana. Ella me interrumpe: justo ahora una vecina suya tiene que devolver el piso de su madre, que responde a lo que busco. La llama por teléfono de inmediato y concertamos una cita para la mañana siguiente, pero al final resultará que el piso es el tiro de una chimenea.
«Todo va a salir suficientemente bien». Esa es la frase que Anne suele decir a los padres primerizos. Anne es psicóloga especializada en el desarrollo cognitivo infantil, y durante muchos años su trabajo consistió en formar a los puericultores. Cuando empezó, la principal aspiración de los responsables de las guarderías era que estas fueran higiénicas y seguras; lo demás les parecía secundario. La cruzada de Anne consistió en hacerles comprender que había otros aspectos merecedores de consideración.
En cierto sentido se trataba de inventar la infancia —digo, recordando un libro célebre de Philippe Ariès. Anne titubea:
—Sería más lógico hablar del «descubrimiento» de la infancia. Las necesidades de los niños no son un invento.
Pago las cervezas y filosofo mientras me dirijo a la estación de Saint-Lambert. La infancia, como todo, es una concreción de potencialidades; ahora bien, una potencialidad que no se realiza ¿sigue siendo parte de la cosa en sí? La adolescencia ¿estaba programada en nuestros genes o es, en su duración y en sus manifestaciones sociales, el producto de una sociedad históricamente determinada? La cuarta edad ¿es el descubrimiento de la fase degenerativa que nos aguarda o el residuo de la vejez digna que han inventado las sociedades desarrolladas? La misma conducta adulta ¿no es ante todo una imposición legal?
«Descubrimiento» o «invención» no son metáforas. Entenderlas como metáforas implicaría la existencia de una literalidad, de un significado último, «natural», al cual, ante la dificultad de cernerlo exactamente, decidimos referirnos de manera parcial o aproximada. «Invención» y «descubrimiento» son, por el contrario, imágenes con las que decidimos lo que la infancia —o, para el caso, cualquier otra edad— será para nosotros, y el grado de autonomía que estamos dispuestos a concederle. Porque «en última estancia» —como dice una alumna mía—, quienes nos inventan y descubren son los niños.
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