Hemos recibido un montón de mensajes de amigos y parientes felicitándonos e invitándonos a disfrutar de estos momentos mágicos, de estas semanas entrañables, de esta época dorada y feliz que inauguró la llegada de nuestro hijo Óscar.
Menuda panda de desgraciados.
Todos ellos han tenido hijos, así que existen dos posibilidades: una, que mientan como bellacos y en su fuero interno experimenten un orgasmo múltiple de Schadenfreude; otra, que ellos sí extraigan placer, por dudosa fortuna, de actividades como limpiar culos, poner coladas, interrumpir los ciclos de sueño, aguantar berrinches inexplicables y esterilizar chupetes. Porque al principio eso es todo lo que hay.
Quizá más adelante, cuando los niños cumplan los dos o tres o doce o veinte años, uno pueda irse con ellos a jugar al billar, y lo dejen a uno ganar, y se lo pase bien. No hace falta que sean momentos mágicos: bastará con que sean momentos ilusionistas. Pero tener un lactante es todo lo contrario del ilusionismo o de la magia, que nos liberan durante un rato de las leyes de la naturaleza; tener un lactante significa someterse servilmente a las leyes de la naturaleza, ser esclavo de una naturaleza caprichosa que parece intuir exactamente cuándo puedes sentarte al fin a comer y escoge ese segundo preciso para montar un número. El enésimo del día.
Toda la humanidad y la personalidad que nosotros, sus padres, proyectamos sobre esa especie de pelmeni que nos trajimos de la clínica nos es devuelta por él con la polaridad invertida. Nosotros intentamos imaginarlo como un pequeño humano, lleno de intenciones, predilecciones y cuestionamientos; él se resiste a vernos siquiera como objetos animados. Para él, no somos su papá ni su mamá, sino dos cosas grandes que, si tuviera lenguaje, podría identificar oscuramente como Contetas Blandita y Sintetas Quepincha. Y ni siquiera estoy muy seguro de que sepa dónde termina la cortina y donde empiezo yo (o, para lo que hace al caso, dónde empieza él).
Es cierto que de vez en cuando sobreviene algo que recuerda a la comunicación; un día el niño se obnubila ante las greñas confinadas de Sintetas; otro, tiene un reflejo muscular que parece una sonrisa; otro, le sobresalta el ruido que hago al teclear en el ordenador. ¿No nos resarcen esos instantes de todas las semanas que llevamos rebozados en caca? Pues no, la verdad. ¿Sería capaz de cambiar todas esas epifanías —no pasan de tres o cuatro, después de todo— por una hora de piano, por veinte minutos de lectura al solecito, por la posibilidad de volver a ducharme cada día, y no solo miércoles y domingos como, por falta absoluta de tiempo, llevo haciendo vergonzantemente desde el 6 de abril? Hell yeah.
Estas cosas no se pueden decir, so pena de parecer un padre desnaturalizado, igual (o casi igual) que antiguamente (no tan antiguamente) se consideró desnaturalizadas a las madres que querían trabajar, o a las que querían volver a trabajar cuanto antes, o las que no querían tener más hijos, o a las que dejaban a sus hijos al cuidado de terceros.
No creo que este ejercicio de sinceridad me haga peor persona. Si acaso, una persona con gustos particulares, entre los que no se cuentan los vómitos de leche rancia. Estoy seguro de que el mundo bulle de madres y padres deseosos, como yo, de que sus primeros meses de paternidad estén llenos de momentos mágicos, semanas entrañables y escenas instagrameables. Es fácil que se sientan culpables por no conseguirlo, ni siquiera tras haber quemado en el pebetero del pequeño ídolo su celo profesional, su ocio, su sueño y su higiene.
Solo una persona —Alberto, un amigo reciente— me escribió para decirme que el primer año de paternidad le resultó, literalmente, «un coñazo», pero que luego la cosa «empieza a ponerse más divertida». ¡Qué felicidad que alguien no nos obligue a ser felices!
Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:
Nos seguimos leyendo.
sábado, 4 de abril de 2020
Nuestro gastronauta llega al final de su cuarentena metido en su jakuzzi, comiendo pelos como un gato. Kathleen ya no puede sino arrastrarse de la cama a la silla, y de la silla a la cama, como un león marino. Después de comer se pone los auriculares y se tumba en el sofá, con la esperanza de echar una cabezada. Yo despejo la mesa del comedor, me atuso los pelos y me pongo a dar mis clases virtuales de los miércoles.
Quien más, quien menos, todos hemos adquirido ya los reflejos de la epidemia. El otro día, viendo un reality show, nos sobresaltó ver que la gente se abrazaba y chocaba los cinco. El programa, claro, había sido grabado dos o tres meses antes.
He estado leyendo estos días algunas novelas sobre epidemias: La peste, Ensayo sobre la ceguera y cosas así. Es llamativa la ausencia en ellas de esas pequeñas rutinas que para muchos de nosotros —los más afortunados, sin duda— son la expresión fundamental de la enfermedad: los partes diarios sobre el progreso del virus, el racionamiento de la mantequilla de cacahuete, la desinfección de manos, las consignas del estado de alarma, la cita a hora fija con el rayito de sol que llega a nuestro cuarto, el odio a quienes tienen balcón. Se nota que los novelistas no estaban hablando realmente de una epidemia, sino de otra cosa: del totalitarismo y de la degradación de la democracia, por ejemplo.
Aun así —y esto que voy a decir parece contradictorio—, al dar carácter sobresaliente a los aspectos sobresalientes de la enfermedad totalitaria, Saramago y Camus cometían un grave error (suponiendo que puedan cometerse errores al escribir literatura, que ya es suponer). Las democracias no se degradan de un día para otro. La implantación de regímenes totalitarios nos es fulgurante, ni siquiera cuando parece serlo. Los relatos más fascinantes del advenimiento de los regímenes autoritarios son, como los de Anna Frank, Victor Klemperer o Carmen Martín Gaite, los que detallan la lenta transformación de las relaciones sociales y de los marcos lingüísticos: el odio a los que tienen algo que no tenemos, la desinfección, el racionamiento, las consignas, la cita con el rayito de sol.
Muy avanzada ya la clase en línea comienzo a oír un extraño runrún. Cada vez más alto. Sin dejar de pontificar, miro de reojo el sofá y me veo a Kathleen durmiendo a pierna suelta. Empiezo a hablar más alto, con la esperanza de despertarla un poco para que deje de roncar, pero tiene puestos los auriculares (los audiolibros la dejan frita). Termino la clase precipitadamente, mientras trato de ahogar los ronquidos hablando a gritos de los marcos interpretativos y el análisis del discurso.

Quien más, quien menos, todos hemos adquirido ya los reflejos de la epidemia. El otro día, viendo un reality show, nos sobresaltó ver que la gente se abrazaba y chocaba los cinco. El programa, claro, había sido grabado dos o tres meses antes.
He estado leyendo estos días algunas novelas sobre epidemias: La peste, Ensayo sobre la ceguera y cosas así. Es llamativa la ausencia en ellas de esas pequeñas rutinas que para muchos de nosotros —los más afortunados, sin duda— son la expresión fundamental de la enfermedad: los partes diarios sobre el progreso del virus, el racionamiento de la mantequilla de cacahuete, la desinfección de manos, las consignas del estado de alarma, la cita a hora fija con el rayito de sol que llega a nuestro cuarto, el odio a quienes tienen balcón. Se nota que los novelistas no estaban hablando realmente de una epidemia, sino de otra cosa: del totalitarismo y de la degradación de la democracia, por ejemplo.
Aun así —y esto que voy a decir parece contradictorio—, al dar carácter sobresaliente a los aspectos sobresalientes de la enfermedad totalitaria, Saramago y Camus cometían un grave error (suponiendo que puedan cometerse errores al escribir literatura, que ya es suponer). Las democracias no se degradan de un día para otro. La implantación de regímenes totalitarios nos es fulgurante, ni siquiera cuando parece serlo. Los relatos más fascinantes del advenimiento de los regímenes autoritarios son, como los de Anna Frank, Victor Klemperer o Carmen Martín Gaite, los que detallan la lenta transformación de las relaciones sociales y de los marcos lingüísticos: el odio a los que tienen algo que no tenemos, la desinfección, el racionamiento, las consignas, la cita con el rayito de sol.
Muy avanzada ya la clase en línea comienzo a oír un extraño runrún. Cada vez más alto. Sin dejar de pontificar, miro de reojo el sofá y me veo a Kathleen durmiendo a pierna suelta. Empiezo a hablar más alto, con la esperanza de despertarla un poco para que deje de roncar, pero tiene puestos los auriculares (los audiolibros la dejan frita). Termino la clase precipitadamente, mientras trato de ahogar los ronquidos hablando a gritos de los marcos interpretativos y el análisis del discurso.

miércoles, 11 de marzo de 2020
Mudarse a L*** para estar menos en L***: el razonamiento me parece unos días de una lucidez fulgurante, y otros de una estupidez rematada. Hay en este gambito algo absurdo, de mudanza de divorciado, de ruina sobrevenida, de empresario en concurso de acreedores.
Cuando tenía veinticinco años viví en un palomar, o en algo que tenía un parecido poco o nada retórico con un palomar. Regresar a ese tipo de espacio tantos años después debería devolverme esa ligereza de juicio, esa agilidad mental del que puede leer todos los libros que quiera porque no tiene ninguno. Cultivaré el grado de incomodidad que hace falta para tener el espíritu alerta y la atención despierta. Tendré una maleta siempre hecha debajo de la cama siempre deshecha. Empezaré a escribir una página en la buhardilla, la continuaré en el parque y la remataré sobre la moqueta de un vagón de tren, en fase con el pulso sutil de las ciudades.
(Me repito este tipo de argumentos por la noche, pero si se levanta el viento las pizarras del tejado castañetean y le contagian a mi optimismo su temple destemplado).
En la mudanza se desenmascara nuestra vida, desnudando las esquinas y poniendo en evidencia los bibelotes a los que no hemos sido capaces de renunciar, cómicamente, durante años.
La nueva casa cambia el tono de nuestras melodías corporales, imprime nuevas tensiones a nuestros tendones, nos enseña nuevos gestos. De repente hemos olvidado cómo afeitarnos.
También es como si hubiéramos dejado de afeitarnos por completo: la mudanza altera nuestra identidad social, como el que se depila todo el vello corporal o se pone el corte de pelo fringe; como el que se separa y se casa en segundas nupcias, deviniendo cuñado o yerno de otra gente. El matrimonio, en mi caso, es de conveniencia. La barba, también.
Desde la ventana de mi palomar veo el estanque del Jardín Botánico, al que bajan a abrevar patos, fochas y cormoranes. Me recreo en la fantasía de que alguno de ellos haya venido de Tilff, para echarme un ojo. Es fácil figurarse que los animales de cierta especie son siempre el mismo animal, que se ha encariñado de nosotros y nos sigue la pista. Julio Cortázar tenía un poema muy bonito sobre esto. También veo corretear a un bicho que al principio tomo por un conejo pero que después de todo puede que no sea un conejo.
Cuando tenía veinticinco años viví en un palomar, o en algo que tenía un parecido poco o nada retórico con un palomar. Regresar a ese tipo de espacio tantos años después debería devolverme esa ligereza de juicio, esa agilidad mental del que puede leer todos los libros que quiera porque no tiene ninguno. Cultivaré el grado de incomodidad que hace falta para tener el espíritu alerta y la atención despierta. Tendré una maleta siempre hecha debajo de la cama siempre deshecha. Empezaré a escribir una página en la buhardilla, la continuaré en el parque y la remataré sobre la moqueta de un vagón de tren, en fase con el pulso sutil de las ciudades.
(Me repito este tipo de argumentos por la noche, pero si se levanta el viento las pizarras del tejado castañetean y le contagian a mi optimismo su temple destemplado).
En la mudanza se desenmascara nuestra vida, desnudando las esquinas y poniendo en evidencia los bibelotes a los que no hemos sido capaces de renunciar, cómicamente, durante años.
La nueva casa cambia el tono de nuestras melodías corporales, imprime nuevas tensiones a nuestros tendones, nos enseña nuevos gestos. De repente hemos olvidado cómo afeitarnos.
También es como si hubiéramos dejado de afeitarnos por completo: la mudanza altera nuestra identidad social, como el que se depila todo el vello corporal o se pone el corte de pelo fringe; como el que se separa y se casa en segundas nupcias, deviniendo cuñado o yerno de otra gente. El matrimonio, en mi caso, es de conveniencia. La barba, también.
Desde la ventana de mi palomar veo el estanque del Jardín Botánico, al que bajan a abrevar patos, fochas y cormoranes. Me recreo en la fantasía de que alguno de ellos haya venido de Tilff, para echarme un ojo. Es fácil figurarse que los animales de cierta especie son siempre el mismo animal, que se ha encariñado de nosotros y nos sigue la pista. Julio Cortázar tenía un poema muy bonito sobre esto. También veo corretear a un bicho que al principio tomo por un conejo pero que después de todo puede que no sea un conejo.
martes, 25 de febrero de 2020
Una carroza del carnaval de Colonia, después de los atentados racistas que Alemania ha sufrido estas última semanas: una cabeza iracunda de cuya boca sale una pistola, y la inscripción «Aus Worten werden Taten!»: «las palabras se convierten en hechos» ¿Las palabras se convierten en hechos? Unas veces más y otras menos. Los hechos tienen una irritante independencia de las palabras. Normalmente cuando los políticos dan su palabra de hacer algo, los hechos se hacen los suecos. Otras veces hay hechos que llegan sin anunciarse, y los intelectuales se pasan décadas tratando de encajarlos en palabras.
Al rapero César Strawberry unas veces lo condenan y otras lo absuelven de enaltecimiento del terrorismo: su boca no contiene una pistola, sino el gato de Schrödinger.
Al rapero César Strawberry unas veces lo condenan y otras lo absuelven de enaltecimiento del terrorismo: su boca no contiene una pistola, sino el gato de Schrödinger.
martes, 18 de febrero de 2020
Todo ocurre a la vez. La mudanza, la edición del libro, el niño, el proyecto de Kathleen, la otra mudanza, el otro libro, las veinte horas de clase semanales, el plan estratégico plurianual —que es el tercero que nos mandan hacer en tres años y que, como los otros dos, no es probable que llegue a entrar nunca en vigor—. Para planes estratégicos, los que tengo que hacerme yo por las mañanas para no volverme loco.
Este año me he pasado a la agenda electrónica, y ahora mi día está lleno de cajas de colores, que son las cosas que tengo que hacer. En los huecos de mi agenda hago cajas de cartón, o pido más cajas por correo, porque siempre creo tener suficientes para la mudanza y siempre me confundo. Pasados ciertos días, casi todo lo que me rodea son cajas. Desayuno sobre cajas, doblo la ropa sobre cajas, los cactus sestean sobre cajas, lleno más cajas sobre otras cajas mientras veo una película de Kieślowski con el ordenador puesto sobre una caja.
En teoría todo es cuestión de organizarse. Pero solo en teoría. En la práctica, la organización más inocente tiene una irrefrenable tendencia a estallar en un enjambre de puñetas exterminadoras.
Pongamos, por ejemplo, que tiene que venir el fontanero a hacer el mantenimiento del calentador. Podría pensarse que basta con llamar a un fontanero, pero no, porque uno llama a un fontanero y no viene; llama a un segundo fontanero y solo salta el contestador; llama a un tercero y este sí descuelga y dice que va a venir, pero el día que tiene que venir se retrasa, y luego escribe diciendo que está a punto de llegar, y luego que somos los próximos clientes, pero cuatro horas más tarde no ha llegado aún y al día siguiente nos escribe indignado preguntándonos por qué no había nadie en casa a la hora a la que habíamos quedado que se iba a pasar. Exasperado, llamo a un cuarto fontanero, que sí viene, y que nos vacía el calentador, pero en el momento crucial sa da cuenta de que la pieza que ha traído tiene un código de producto ligeramente incorrecto y no encaja en un calentador de la marca del nuestro; tendrá que pedirla de nuevo, venir una semana más tarde y comenzar da capo con brio.
En teoría, el mantenimiento del calentador no necesita pieza de recambio ninguna. Pero eso, claro, es en teoría.
Muchas tardes vuelvo a casa con la cabeza como una máquina del millón. Entonces, me siento sobre una caja y hago los ejercicios de respiración que le recomendaron a Kathleen para cuando empiecen las contracciones. A ella no sé cómo le irán, pero a mí me ayudan.
Cuando no estoy haciendo cajas o buscando fontaneros, vendo muebles de manera irreflexiva. Regateo conmigo mismo, y a la gente que llama le digo primero un precio, luego otro más bajo, luego un tercero, y generalmente es entonces cuando cuelgan, pensando que solo tengo trastos desvencijados. Entre los muebles que he conseguido vender se encuentra un armario imponente, una especie caballo de Troya que no sé cómo conseguimos hacer entrar en la habitación, y que no veo manera de tumbar porque llega hasta cuatro dedos por debajo del techo. A fuerza de devanarme los sesos consigo dar con el modo de desmontarlo en vertical. Para ello se revelará preciosa la colaboración de unas cajas llenas de libros que casualmente pasaban por allí. Tardo toda una mañana, pero cuando llego a la última tuerca doy el grito primordial del hombre que se impone a los elementos. O a Ikea, que a estas alturas ya casi es lo mismo.
Este año me he pasado a la agenda electrónica, y ahora mi día está lleno de cajas de colores, que son las cosas que tengo que hacer. En los huecos de mi agenda hago cajas de cartón, o pido más cajas por correo, porque siempre creo tener suficientes para la mudanza y siempre me confundo. Pasados ciertos días, casi todo lo que me rodea son cajas. Desayuno sobre cajas, doblo la ropa sobre cajas, los cactus sestean sobre cajas, lleno más cajas sobre otras cajas mientras veo una película de Kieślowski con el ordenador puesto sobre una caja.
En teoría todo es cuestión de organizarse. Pero solo en teoría. En la práctica, la organización más inocente tiene una irrefrenable tendencia a estallar en un enjambre de puñetas exterminadoras.
Pongamos, por ejemplo, que tiene que venir el fontanero a hacer el mantenimiento del calentador. Podría pensarse que basta con llamar a un fontanero, pero no, porque uno llama a un fontanero y no viene; llama a un segundo fontanero y solo salta el contestador; llama a un tercero y este sí descuelga y dice que va a venir, pero el día que tiene que venir se retrasa, y luego escribe diciendo que está a punto de llegar, y luego que somos los próximos clientes, pero cuatro horas más tarde no ha llegado aún y al día siguiente nos escribe indignado preguntándonos por qué no había nadie en casa a la hora a la que habíamos quedado que se iba a pasar. Exasperado, llamo a un cuarto fontanero, que sí viene, y que nos vacía el calentador, pero en el momento crucial sa da cuenta de que la pieza que ha traído tiene un código de producto ligeramente incorrecto y no encaja en un calentador de la marca del nuestro; tendrá que pedirla de nuevo, venir una semana más tarde y comenzar da capo con brio.
En teoría, el mantenimiento del calentador no necesita pieza de recambio ninguna. Pero eso, claro, es en teoría.
Muchas tardes vuelvo a casa con la cabeza como una máquina del millón. Entonces, me siento sobre una caja y hago los ejercicios de respiración que le recomendaron a Kathleen para cuando empiecen las contracciones. A ella no sé cómo le irán, pero a mí me ayudan.
Cuando no estoy haciendo cajas o buscando fontaneros, vendo muebles de manera irreflexiva. Regateo conmigo mismo, y a la gente que llama le digo primero un precio, luego otro más bajo, luego un tercero, y generalmente es entonces cuando cuelgan, pensando que solo tengo trastos desvencijados. Entre los muebles que he conseguido vender se encuentra un armario imponente, una especie caballo de Troya que no sé cómo conseguimos hacer entrar en la habitación, y que no veo manera de tumbar porque llega hasta cuatro dedos por debajo del techo. A fuerza de devanarme los sesos consigo dar con el modo de desmontarlo en vertical. Para ello se revelará preciosa la colaboración de unas cajas llenas de libros que casualmente pasaban por allí. Tardo toda una mañana, pero cuando llego a la última tuerca doy el grito primordial del hombre que se impone a los elementos. O a Ikea, que a estas alturas ya casi es lo mismo.
domingo, 2 de febrero de 2020
Kathleen fue a la consulta de Monsieur Lecoq, el mágico osteópata, para que le colocase el hígado en su sitio, porque desde la vigésima semana de embarazo lo tenía atravesado en la clavícula. Monsieur Lecoq no solo la curó con un tirón de orejas, sino que también le recetó una visita a la exposición de escultura hiperrealista que, después de haber recorrido medio mundo, ha hecho parada y fonda en el museo de la Boverie. Y allá que nos fuimos.
Es sobre todo —esto conviene saberlo— una exposición de culos. De culos de silicona, pero de culos al fin y al cabo. Mucha gente que se creía pervertida ha descubierto que en realidad lo que le gusta es el arte. El museo, en un encomiable esfuerzo pedagógico, organiza visitas guiadas a las que los visitantes van en pelota picada, para que el museo contenga todavía más culos —o sea, más arte—.
La escultura hiperrealista ha evolucionado un poco desde los cristos con pelo natural. En los años 80, todas las obras de esta tendencia parecían cadáveres mal refrigerados. Las más recientes, en cambio, tienen mejor hematocrito que los propios visitantes.
La estatua que más me engaña es la que menos trata de parecer una estatua. Es una estatua que representa a un mimo al que hubieran contratado para estarse quieto en una esquina de la exposición. Solo su cara se anima, iluminada por la luz de su teléfono móvil. La estatua que parece un mimo haciendo de estatua mantiene una videoconferencia en inglés sobre su trabajo en el museo y sobre la cotización de las obras. De vez en cuando, desvía la mirada de la pantalla, como azorado de haber interrumpido su inmovilidad para atender esa llamada. Tardo casi un minuto en percatarme de que el teléfono es en realidad un proyector que imprime sobre una cara vacía unos rasgos humanos, sorprendentemente parecidos, por otra parte, a los de mi amigo Sven.
El hiperrealismo humano parece político y batallón porque nos habla muy explícitamente de cuerpos, de la representación de cuerpos, de lo que esperamos de los cuerpos, en un mundo en el que ya hay pocas cosas que importen más que los cuerpos... Que los cuerpos humanos, se entiende: los otros no le importan a nadie. En realidad, para los animales el hiperrealismo lleva inventado cientos de años y se llama taxidermia.
Algo paradójicamente, el hiperrealismo solo empieza a interesarme cuando deja de ser realista, cuando nos pone delante bebés gigantes como ballenas varadas, rostros en trance de ser absorbidos por un agujero negro, una viejecita con un recién nacido que es al mismo tiempo ella misma, amantes con cabezas de lobo, un torso humano destazado y refrigerado como un pavo listo para Acción de Gracias. Ardillas astadas y conejos penígeros, como los Wolpertinger de los antiguos embalsamadores. Las piezas adquieren entonces algo legendario, se convierten en portales hacia otro universo. La exposición deja entonces de tratar de polímeros y comienza a bombardearnos con ondas theta. Pasará mucho tiempo antes de que volvamos a estar tan cerca de una ficción.
Es sobre todo —esto conviene saberlo— una exposición de culos. De culos de silicona, pero de culos al fin y al cabo. Mucha gente que se creía pervertida ha descubierto que en realidad lo que le gusta es el arte. El museo, en un encomiable esfuerzo pedagógico, organiza visitas guiadas a las que los visitantes van en pelota picada, para que el museo contenga todavía más culos —o sea, más arte—.
La escultura hiperrealista ha evolucionado un poco desde los cristos con pelo natural. En los años 80, todas las obras de esta tendencia parecían cadáveres mal refrigerados. Las más recientes, en cambio, tienen mejor hematocrito que los propios visitantes.
La estatua que más me engaña es la que menos trata de parecer una estatua. Es una estatua que representa a un mimo al que hubieran contratado para estarse quieto en una esquina de la exposición. Solo su cara se anima, iluminada por la luz de su teléfono móvil. La estatua que parece un mimo haciendo de estatua mantiene una videoconferencia en inglés sobre su trabajo en el museo y sobre la cotización de las obras. De vez en cuando, desvía la mirada de la pantalla, como azorado de haber interrumpido su inmovilidad para atender esa llamada. Tardo casi un minuto en percatarme de que el teléfono es en realidad un proyector que imprime sobre una cara vacía unos rasgos humanos, sorprendentemente parecidos, por otra parte, a los de mi amigo Sven.
El hiperrealismo humano parece político y batallón porque nos habla muy explícitamente de cuerpos, de la representación de cuerpos, de lo que esperamos de los cuerpos, en un mundo en el que ya hay pocas cosas que importen más que los cuerpos... Que los cuerpos humanos, se entiende: los otros no le importan a nadie. En realidad, para los animales el hiperrealismo lleva inventado cientos de años y se llama taxidermia.
Algo paradójicamente, el hiperrealismo solo empieza a interesarme cuando deja de ser realista, cuando nos pone delante bebés gigantes como ballenas varadas, rostros en trance de ser absorbidos por un agujero negro, una viejecita con un recién nacido que es al mismo tiempo ella misma, amantes con cabezas de lobo, un torso humano destazado y refrigerado como un pavo listo para Acción de Gracias. Ardillas astadas y conejos penígeros, como los Wolpertinger de los antiguos embalsamadores. Las piezas adquieren entonces algo legendario, se convierten en portales hacia otro universo. La exposición deja entonces de tratar de polímeros y comienza a bombardearnos con ondas theta. Pasará mucho tiempo antes de que volvamos a estar tan cerca de una ficción.
lunes, 20 de enero de 2020
De Zamora en adelante, el tren va reduciendo velocidad hasta alcanzar el paso del siglo XX. Tres horas largas aún de ahí a Santiago, atravesando bosques de liquen y montes de niebla. Luego cambio de tren, me bajo en Padrón y sigo por el arcén de la carretera, alumbrándome con el móvil, entre talleres de coches, pazos desmoronados, almacenes mayoristas —Gran Chino Galicia—, hasta que salgo de Iria Flavia y llego a la rotonda donde está mi hotel.
Los veinte, treinta, cuarenta clientes del hotel son todos hombres. Todos, oye. Unos comen en mesas de ocho y deben de ser los que están cosiendo las serranías de Orense con autopistas. Otros cenan solos, delante de sus teléfonos y de la botella de Veterano. Imagino que son policías, representantes, camioneros, peritos. Alguno tiene acento canario. Otro tiene rasgos orientales —Gran Chino Galicia—.
Podría pensarse que todos esos hombres están dirigidos por una sola mente gregaria, que mesmerizan a los turistas con feromonas y los asan a la parrilla en las noches de luna llena; pero lo cierto es que yo también pertenezco a la colmena, y que este ambiente espeluznante de hotel de carretera —mondadientes higiénicos, persianas de manubrio, radios empotradas— es depositario de alguna clave ignorada de la masculinidad actual.
Ayer hizo sol, pero hoy llueve de lado, a mala leite, por lo que llego a la Fundación Camilo J. Cela con las perneras caladas y el repeluco muy adentro del cuerpo.
—¿A esta lluvia en gallego cómo la llamáis?
Iván, el archivero, se chotea sin mala intención:
—Chuvia.
A media mañana entra Pedro. Pedro es un señor que nació en Almadén y vivió en Ponferrada. Un día se quedó viudo, echó a andar, cayó en Padrón y se dijo «hasta aquí hemos llegado». Todos los días, después de tomarse dos cafés y leerse tres periódicos, se acerca a la Fundación a echar una mano, lo que más que nada consiste en hacer tertulia.
—Está lloviendo a mares.
Iván le quita hierro:
—Esto siempre es así. Tienes que irte muy adentro de Escocia para encontrar un sitio en el que llueva más que en Pontevedra.
Bibliotecaria que aparece, bibliotecaria a la que le tengo que explicar qué hago yo allí. Y no es plato de gusto, porque yo mismo no tengo muy claro qué hago allí. He ido a buscar fuentes que permitan reconstruir cómo se leyeron históricamente las novelas de Cela. Pero en la extensa correspondencia que custodia la Fundación se habla casi de cualquier cosa menos de literatura. En el mejor de los casos, los lectores le preguntan al escritor si tal o cual novela es suya, o le felicitan por su cumpleaños, o le mandan acrósticos, o le piden consejo sentimental. Las más de las veces lo llaman lumio, golfo, cenutrio, rufián, majadero, urinario, zurrupio, infando, bujarra, sodomita, guarro, hijoputa, soplapollas y muchas otras cosas igual de edificantes, unas veces porque si es facha y otras porque si es rojo. Una lectora le remite el texto íntegro de San Camilo 1936 hecho pedacitos muy pequeños. Lector hay que, nada más insultarle, le pide que a ver si puede publicarle un cuentecito suyo en Papeles de Son Armadans. Alguien que firma «El Emigrante Vagabundo» le ruega con muchas mayúsculas que lo ayude a instaurar un Consejo Nacional de Cerebros que sirva de Guía en Ideas Sanas Universalistas de la España Internacional que volverá a Conquistar el Mundo y a redimir a las Naciones subdesarrolladas. Otro le pide que la Real Academia quite la U después de la Q. Otro se queja de que un académico anuncie champán. Otra le pregunta qué significa la palabra «hiato». Otra le cuenta su divorcio con pelos y señales, y le confía que, en lo sexual, su nuevo amante la llena plenamente. Muchos le envían fotocopias de la carta que Cela escribió con 21 años, ofreciéndose al nuevo régimen como delator. Muchos más le piden un autógrafo para su colección, o un libro por la filosa.
Yo no lo sabía, pero para dirigirse a un español eminente, muchos individuos tiran de lo que tienen más a mano: cartones de calendarios, el reverso de un envoltorio de bombones, hojas de agenda, formularios, estampas piadosas, tarjetas de visita y páginas arrancadas de revistas o de manuales de mecánica automotriz. Una mujer le manda, en una paginita cuadriculada de bloc, el billete siguiente: «Mi muy señor mío: He leído en La Vanguardia que necesitan señoritas feas. Tengo la sitisfacción de comunicarle que me dé la Dirección de los Estudios de Hollywood».
Yo me imagino a don Camilo sentado a la mesa delante de esas cartas y de una botella de Veterano, y me entra un nosequé que podría confundirse con la compasión. (Otras veces don Camilo se metía en una especie de probador pintado de negro que había mandado hacer, sin más compañía que el culo de un maniquí pintado de azul, y escribía una novela ininteligible. También esa escena encierra, alquitarada, una clave o un símbolo de lo que significa o ha significado ser hombre).
En esto, cae una tromba de agua, el viento arrecia y todo lo que hay detrás de la ventana desaparece. Suena un ruido sordo como de matraca y abrimos media puerta a ver qué ha ocurrido. El chaparrón ha tumbado el ciprés centenario del camposanto. El pórtico de la colegiata se ha salvado por intervención divina. Iván está afectado y pierde las ganas de conversación para el resto de la tarde.
—¡Carallo! —dice—. ¡Non vi chover así en mi vida!
Los veinte, treinta, cuarenta clientes del hotel son todos hombres. Todos, oye. Unos comen en mesas de ocho y deben de ser los que están cosiendo las serranías de Orense con autopistas. Otros cenan solos, delante de sus teléfonos y de la botella de Veterano. Imagino que son policías, representantes, camioneros, peritos. Alguno tiene acento canario. Otro tiene rasgos orientales —Gran Chino Galicia—.
Podría pensarse que todos esos hombres están dirigidos por una sola mente gregaria, que mesmerizan a los turistas con feromonas y los asan a la parrilla en las noches de luna llena; pero lo cierto es que yo también pertenezco a la colmena, y que este ambiente espeluznante de hotel de carretera —mondadientes higiénicos, persianas de manubrio, radios empotradas— es depositario de alguna clave ignorada de la masculinidad actual.
Ayer hizo sol, pero hoy llueve de lado, a mala leite, por lo que llego a la Fundación Camilo J. Cela con las perneras caladas y el repeluco muy adentro del cuerpo.
—¿A esta lluvia en gallego cómo la llamáis?
Iván, el archivero, se chotea sin mala intención:
—Chuvia.
A media mañana entra Pedro. Pedro es un señor que nació en Almadén y vivió en Ponferrada. Un día se quedó viudo, echó a andar, cayó en Padrón y se dijo «hasta aquí hemos llegado». Todos los días, después de tomarse dos cafés y leerse tres periódicos, se acerca a la Fundación a echar una mano, lo que más que nada consiste en hacer tertulia.
—Está lloviendo a mares.
Iván le quita hierro:
—Esto siempre es así. Tienes que irte muy adentro de Escocia para encontrar un sitio en el que llueva más que en Pontevedra.
Bibliotecaria que aparece, bibliotecaria a la que le tengo que explicar qué hago yo allí. Y no es plato de gusto, porque yo mismo no tengo muy claro qué hago allí. He ido a buscar fuentes que permitan reconstruir cómo se leyeron históricamente las novelas de Cela. Pero en la extensa correspondencia que custodia la Fundación se habla casi de cualquier cosa menos de literatura. En el mejor de los casos, los lectores le preguntan al escritor si tal o cual novela es suya, o le felicitan por su cumpleaños, o le mandan acrósticos, o le piden consejo sentimental. Las más de las veces lo llaman lumio, golfo, cenutrio, rufián, majadero, urinario, zurrupio, infando, bujarra, sodomita, guarro, hijoputa, soplapollas y muchas otras cosas igual de edificantes, unas veces porque si es facha y otras porque si es rojo. Una lectora le remite el texto íntegro de San Camilo 1936 hecho pedacitos muy pequeños. Lector hay que, nada más insultarle, le pide que a ver si puede publicarle un cuentecito suyo en Papeles de Son Armadans. Alguien que firma «El Emigrante Vagabundo» le ruega con muchas mayúsculas que lo ayude a instaurar un Consejo Nacional de Cerebros que sirva de Guía en Ideas Sanas Universalistas de la España Internacional que volverá a Conquistar el Mundo y a redimir a las Naciones subdesarrolladas. Otro le pide que la Real Academia quite la U después de la Q. Otro se queja de que un académico anuncie champán. Otra le pregunta qué significa la palabra «hiato». Otra le cuenta su divorcio con pelos y señales, y le confía que, en lo sexual, su nuevo amante la llena plenamente. Muchos le envían fotocopias de la carta que Cela escribió con 21 años, ofreciéndose al nuevo régimen como delator. Muchos más le piden un autógrafo para su colección, o un libro por la filosa.
Yo no lo sabía, pero para dirigirse a un español eminente, muchos individuos tiran de lo que tienen más a mano: cartones de calendarios, el reverso de un envoltorio de bombones, hojas de agenda, formularios, estampas piadosas, tarjetas de visita y páginas arrancadas de revistas o de manuales de mecánica automotriz. Una mujer le manda, en una paginita cuadriculada de bloc, el billete siguiente: «Mi muy señor mío: He leído en La Vanguardia que necesitan señoritas feas. Tengo la sitisfacción de comunicarle que me dé la Dirección de los Estudios de Hollywood».
Yo me imagino a don Camilo sentado a la mesa delante de esas cartas y de una botella de Veterano, y me entra un nosequé que podría confundirse con la compasión. (Otras veces don Camilo se metía en una especie de probador pintado de negro que había mandado hacer, sin más compañía que el culo de un maniquí pintado de azul, y escribía una novela ininteligible. También esa escena encierra, alquitarada, una clave o un símbolo de lo que significa o ha significado ser hombre).
En esto, cae una tromba de agua, el viento arrecia y todo lo que hay detrás de la ventana desaparece. Suena un ruido sordo como de matraca y abrimos media puerta a ver qué ha ocurrido. El chaparrón ha tumbado el ciprés centenario del camposanto. El pórtico de la colegiata se ha salvado por intervención divina. Iván está afectado y pierde las ganas de conversación para el resto de la tarde.
—¡Carallo! —dice—. ¡Non vi chover así en mi vida!
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