Siete años he tenido un pie puesto en el barrio de Friedrichshain. Este verano lo abandonaremos y nos mudaremos a Hannover. Siete años: un periodo bíblico al cabo del cual se ha extinguido la esperanza de vida de este barrio de Berlín, aunque todavía queda en él una amicula, un flair pintoresco, antes de que deje de ser un barrio bohemio y se vuelva indistinguible de los miles de barrios residenciales y acomodados que hay en las megápolis del primer mundo. Si en el futuro siguiéramos viviendo en Friedrichshain, viviríamos en cualquier parte.
En Friedrichshain uno podía salir a la calle vestido como Momus, el excéntrico músico escocés, y pasar desapercibido. Momus, por supuesto, hace tiempo que no vive en Friedrichshain, y quizá haga tiempo también que haya dejado de pasar desapercibido. Pese a todo, uno sigue viendo en los alrededores de Boxhagener Platz a muchachas con chaquetas de abueletes, a jovencitos con jerseys tres tallas grandes de colores incompatibles tricotados por un spectrum, a indígenas de tribus amazónicas vestidos únicamente con unas bermudas, y a hare krishnas y a mecánicos de mono azul.
Hay huertos urbanos en los alcorques de Friedrichshain, y en la acera los punkis de ayer beben su cafecito sentados en bancos hechos con palés. Hace unos meses, en nuestra esquina, había un colchón abandonado en el que alguien había escrito con aerosol «nothing else matress». Las fachadas de Friedrichshain están cubiertas de dibujos, de experimentos letristas, de pegatinas, de carteles, y todo ello desborda sobre las cajas de electricidad, los buzones, las papeleras y las farolas, como si una erupción de palabras se hubiera abatido sobre la ciudad. Da la impresión de que todo lo que ocurre, todo lo que puede congregar a más de cinco personas en este barrio, queda registrado en esa geología de celulosa y engrudo.
En esta dinámica logosfera uno descubrirá que se ha perdido un concierto de Randy Newman aunque aún está a tiempo de ver una exposición de fotomontajes de John Heartfield; también se enterará de cuáles son las ciudades alemanas en las que ha habido atentados neonazis en los últimos años; de cómo se llamaban las víctimas de los últimos asesinatos racistas; del número de personas que comparten un retrete en el campo de refugiados de Moria (250); del número de lavadoras que hay en el mismo campo (0). Algunos carteles han salido de imprentas sofisticadas; otros han sido fotocopiados en cualquier copistería. Entre ellos, alguien ha pegado un poema sobre el momento presente, o sobre cualquier otro momento: «quien quiera / que el mundo / se quede / como estaba / no quiere / que se quede».
En nuestra calle alguien ha tirado un armario que, por algún motivo, nunca fue recogido por el servicio de desechos especiales. Han pasado varias semanas y el armario ahora está desvencijado y hecho pedazos. «Qué bonita la basura», ironiza alguien con un rotulador indeleble sobre uno de los paneles rotos, antes de añadir una etiqueta imaginaria: «#nometiresenlacalle». Debajo ha respondido otra mano: «pírate a Mitte, hijo/-a de puta» (Mitte es el barrio de las guías turísticas, el de los museos y el Reichstag). Una tercera mano ha trazado un logograma incomprensible que cierra la discusión con una moraleja dadaísta.
(El segundo de los grafiti contiene un detalle poético intraducible y encantador que merece pasar a la Historia, o por lo menos a esta historia: la palabra «Hurensohn/-in» significa «hijoputa», y abunda, por lo tanto, en la representación despectiva de la prostitución femenina, pero contrapesa su machismo con un desdoblamiento de morfemas políticamente correcto aunque gramaticalmente aberrante, porque «Sohn», como el inglés «son», significa solo «hijo varón»).
Mirado con atención puede verse en todo este revoltijo de papeles, proclamas y detritus una sintomatología, una semiología del abandono público: servicios de recogida de basura disfuncionales, déficit de mobiliario urbano, escasez de zonas ajardinadas, apagones informativos... Pero, por lo que parece, los vecinos de Friedrichshain han remendado el tejido social y satisfecho sus necesidades colectivas de manera autogestionada.
Quien conozca mínimamente Berlín sabe, no obstante, que el poder municipal no se ha batido en retirada, y sobre todo no se ha batido en retirada de los barrios que, como este, están siendo masticados por las infatigables mandíbulas de compañías inmobiliarias internacionales. Faltan muchas cosas, por supuesto: al igual que en muchas capitales, la proporción de guarderías, colegios, ambulatorios y ventanillas administrativas por habitante es preocupantemente baja. Parques, bancos, bibliotecas, informativos públicos, exposiciones gratuitas y recogedores de basura son precisamente aquello de lo que menos carece esta ciudad. A fin de cuentas, ¿cuántas ciudades que tienen un aeropuerto en su centro lo han convertido —aunque sea a regañadientes, como ocurrió con Tempelhof— en parque público?
Pegar poemas por las paredes, pintar escenas surrealistas a lo ancho y largo de las fachadas, hacer bricolaje con materiales de desecho y quitar adoquines para plantar tomates son, tomadas por separado, actividades pintorescas que aprecio y admiro, que yo mismo haría si en lugar de ser yo mismo fuese mi hermano Nacho, pero que, tomadas en conjunto e insertadas en la tradición de activismo libertario y de turismo efímero de Friedrichshain, es fácil identificar como una muestra de desinterés y acaso incluso de desprecio respecto de la intervención pública.
Encuentro delicioso el clima efervescente de Friedrichshain, su mezcla de creatividad voluntarista y pachorra epicúrea, su excitante mezcla de templos tibetanos e importadores de espirituosos, su capacidad para hacerte sentir que nunca serás demasiado viejo para hacer nada de lo que quieres hacer. Pero quizá, después de todo, something else matress.
Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:
Nos seguimos leyendo.
martes, 2 de junio de 2020
Yo creo que no sabe ni leer. Ha venido sin papeles, por supuesto, fiado en que algún abogado de pleitos pobres le haga los trámites pro bono. Y lo peor es que no faltará algún bobo que se los haga. El idioma tampoco lo habla, ni da muestras de querer aprenderlo. De integración ya ni hablemos: ¡con decir que no sabe cuántas provincias tiene Castilla León...!
Este es uno de esos que vienen a chupar del bote, a vivir aquí de gorra, comiendo a expensas del contribuyente —o sea, de menda—, y en lo último que piensan es en ganarse los gabrieles o en adoptar los usos de la sociedad que, en un rapto de imprudencia y de caridad mal entendida, ha tenido a bien acogerlos.
El nuestro es uno de tantos que se han creído que esto es Jauja, que la leche surte en fuentes de las que pueden abrevar siempre que lo deseen. No pegan palo al agua, y en cuanto uno vuelve la espalda aprovechan para echarse una siesta. Todo lo que se salga de este dolce far niente les parece excesivo, y lo comunican con unos alaridos estremecedores que se oyen en el tribunal de Estrasburgo.
Estas cosas no suelen decirse por aquello de la corrección política, pero yo, en tanto intelectual quizá no público, pero por lo menos subcontratado y externalizado, me debo a la verdad. ¡Fuera niños! ¡España para los españoles!
sábado, 9 de mayo de 2020
Hemos recibido un montón de mensajes de amigos y parientes felicitándonos e invitándonos a disfrutar de estos momentos mágicos, de estas semanas entrañables, de esta época dorada y feliz que inauguró la llegada de nuestro hijo Óscar.
Menuda panda de desgraciados.
Todos ellos han tenido hijos, así que existen dos posibilidades: una, que mientan como bellacos y en su fuero interno experimenten un orgasmo múltiple de Schadenfreude; otra, que ellos sí extraigan placer, por dudosa fortuna, de actividades como limpiar culos, poner coladas, interrumpir los ciclos de sueño, aguantar berrinches inexplicables y esterilizar chupetes. Porque al principio eso es todo lo que hay.
Quizá más adelante, cuando los niños cumplan los dos o tres o doce o veinte años, uno pueda irse con ellos a jugar al billar, y lo dejen a uno ganar, y se lo pase bien. No hace falta que sean momentos mágicos: bastará con que sean momentos ilusionistas. Pero tener un lactante es todo lo contrario del ilusionismo o de la magia, que nos liberan durante un rato de las leyes de la naturaleza; tener un lactante significa someterse servilmente a las leyes de la naturaleza, ser esclavo de una naturaleza caprichosa que parece intuir exactamente cuándo puedes sentarte al fin a comer y escoge ese segundo preciso para montar un número. El enésimo del día.
Toda la humanidad y la personalidad que nosotros, sus padres, proyectamos sobre esa especie de pelmeni que nos trajimos de la clínica nos es devuelta por él con la polaridad invertida. Nosotros intentamos imaginarlo como un pequeño humano, lleno de intenciones, predilecciones y cuestionamientos; él se resiste a vernos siquiera como objetos animados. Para él, no somos su papá ni su mamá, sino dos cosas grandes que, si tuviera lenguaje, podría identificar oscuramente como Contetas Blandita y Sintetas Quepincha. Y ni siquiera estoy muy seguro de que sepa dónde termina la cortina y donde empiezo yo (o, para lo que hace al caso, dónde empieza él).
Es cierto que de vez en cuando sobreviene algo que recuerda a la comunicación; un día el niño se obnubila ante las greñas confinadas de Sintetas; otro, tiene un reflejo muscular que parece una sonrisa; otro, le sobresalta el ruido que hago al teclear en el ordenador. ¿No nos resarcen esos instantes de todas las semanas que llevamos rebozados en caca? Pues no, la verdad. ¿Sería capaz de cambiar todas esas epifanías —no pasan de tres o cuatro, después de todo— por una hora de piano, por veinte minutos de lectura al solecito, por la posibilidad de volver a ducharme cada día, y no solo miércoles y domingos como, por falta absoluta de tiempo, llevo haciendo vergonzantemente desde el 6 de abril? Hell yeah.
Estas cosas no se pueden decir, so pena de parecer un padre desnaturalizado, igual (o casi igual) que antiguamente (no tan antiguamente) se consideró desnaturalizadas a las madres que querían trabajar, o a las que querían volver a trabajar cuanto antes, o las que no querían tener más hijos, o a las que dejaban a sus hijos al cuidado de terceros.
No creo que este ejercicio de sinceridad me haga peor persona. Si acaso, una persona con gustos particulares, entre los que no se cuentan los vómitos de leche rancia. Estoy seguro de que el mundo bulle de madres y padres deseosos, como yo, de que sus primeros meses de paternidad estén llenos de momentos mágicos, semanas entrañables y escenas instagrameables. Es fácil que se sientan culpables por no conseguirlo, ni siquiera tras haber quemado en el pebetero del pequeño ídolo su celo profesional, su ocio, su sueño y su higiene.
Solo una persona —Alberto, un amigo reciente— me escribió para decirme que el primer año de paternidad le resultó, literalmente, «un coñazo», pero que luego la cosa «empieza a ponerse más divertida». ¡Qué felicidad que alguien no nos obligue a ser felices!
Menuda panda de desgraciados.
Todos ellos han tenido hijos, así que existen dos posibilidades: una, que mientan como bellacos y en su fuero interno experimenten un orgasmo múltiple de Schadenfreude; otra, que ellos sí extraigan placer, por dudosa fortuna, de actividades como limpiar culos, poner coladas, interrumpir los ciclos de sueño, aguantar berrinches inexplicables y esterilizar chupetes. Porque al principio eso es todo lo que hay.
Quizá más adelante, cuando los niños cumplan los dos o tres o doce o veinte años, uno pueda irse con ellos a jugar al billar, y lo dejen a uno ganar, y se lo pase bien. No hace falta que sean momentos mágicos: bastará con que sean momentos ilusionistas. Pero tener un lactante es todo lo contrario del ilusionismo o de la magia, que nos liberan durante un rato de las leyes de la naturaleza; tener un lactante significa someterse servilmente a las leyes de la naturaleza, ser esclavo de una naturaleza caprichosa que parece intuir exactamente cuándo puedes sentarte al fin a comer y escoge ese segundo preciso para montar un número. El enésimo del día.
Toda la humanidad y la personalidad que nosotros, sus padres, proyectamos sobre esa especie de pelmeni que nos trajimos de la clínica nos es devuelta por él con la polaridad invertida. Nosotros intentamos imaginarlo como un pequeño humano, lleno de intenciones, predilecciones y cuestionamientos; él se resiste a vernos siquiera como objetos animados. Para él, no somos su papá ni su mamá, sino dos cosas grandes que, si tuviera lenguaje, podría identificar oscuramente como Contetas Blandita y Sintetas Quepincha. Y ni siquiera estoy muy seguro de que sepa dónde termina la cortina y donde empiezo yo (o, para lo que hace al caso, dónde empieza él).
Es cierto que de vez en cuando sobreviene algo que recuerda a la comunicación; un día el niño se obnubila ante las greñas confinadas de Sintetas; otro, tiene un reflejo muscular que parece una sonrisa; otro, le sobresalta el ruido que hago al teclear en el ordenador. ¿No nos resarcen esos instantes de todas las semanas que llevamos rebozados en caca? Pues no, la verdad. ¿Sería capaz de cambiar todas esas epifanías —no pasan de tres o cuatro, después de todo— por una hora de piano, por veinte minutos de lectura al solecito, por la posibilidad de volver a ducharme cada día, y no solo miércoles y domingos como, por falta absoluta de tiempo, llevo haciendo vergonzantemente desde el 6 de abril? Hell yeah.
Estas cosas no se pueden decir, so pena de parecer un padre desnaturalizado, igual (o casi igual) que antiguamente (no tan antiguamente) se consideró desnaturalizadas a las madres que querían trabajar, o a las que querían volver a trabajar cuanto antes, o las que no querían tener más hijos, o a las que dejaban a sus hijos al cuidado de terceros.
No creo que este ejercicio de sinceridad me haga peor persona. Si acaso, una persona con gustos particulares, entre los que no se cuentan los vómitos de leche rancia. Estoy seguro de que el mundo bulle de madres y padres deseosos, como yo, de que sus primeros meses de paternidad estén llenos de momentos mágicos, semanas entrañables y escenas instagrameables. Es fácil que se sientan culpables por no conseguirlo, ni siquiera tras haber quemado en el pebetero del pequeño ídolo su celo profesional, su ocio, su sueño y su higiene.
Solo una persona —Alberto, un amigo reciente— me escribió para decirme que el primer año de paternidad le resultó, literalmente, «un coñazo», pero que luego la cosa «empieza a ponerse más divertida». ¡Qué felicidad que alguien no nos obligue a ser felices!
sábado, 4 de abril de 2020
Nuestro gastronauta llega al final de su cuarentena metido en su jakuzzi, comiendo pelos como un gato. Kathleen ya no puede sino arrastrarse de la cama a la silla, y de la silla a la cama, como un león marino. Después de comer se pone los auriculares y se tumba en el sofá, con la esperanza de echar una cabezada. Yo despejo la mesa del comedor, me atuso los pelos y me pongo a dar mis clases virtuales de los miércoles.
Quien más, quien menos, todos hemos adquirido ya los reflejos de la epidemia. El otro día, viendo un reality show, nos sobresaltó ver que la gente se abrazaba y chocaba los cinco. El programa, claro, había sido grabado dos o tres meses antes.
He estado leyendo estos días algunas novelas sobre epidemias: La peste, Ensayo sobre la ceguera y cosas así. Es llamativa la ausencia en ellas de esas pequeñas rutinas que para muchos de nosotros —los más afortunados, sin duda— son la expresión fundamental de la enfermedad: los partes diarios sobre el progreso del virus, el racionamiento de la mantequilla de cacahuete, la desinfección de manos, las consignas del estado de alarma, la cita a hora fija con el rayito de sol que llega a nuestro cuarto, el odio a quienes tienen balcón. Se nota que los novelistas no estaban hablando realmente de una epidemia, sino de otra cosa: del totalitarismo y de la degradación de la democracia, por ejemplo.
Aun así —y esto que voy a decir parece contradictorio—, al dar carácter sobresaliente a los aspectos sobresalientes de la enfermedad totalitaria, Saramago y Camus cometían un grave error (suponiendo que puedan cometerse errores al escribir literatura, que ya es suponer). Las democracias no se degradan de un día para otro. La implantación de regímenes totalitarios nos es fulgurante, ni siquiera cuando parece serlo. Los relatos más fascinantes del advenimiento de los regímenes autoritarios son, como los de Anna Frank, Victor Klemperer o Carmen Martín Gaite, los que detallan la lenta transformación de las relaciones sociales y de los marcos lingüísticos: el odio a los que tienen algo que no tenemos, la desinfección, el racionamiento, las consignas, la cita con el rayito de sol.
Muy avanzada ya la clase en línea comienzo a oír un extraño runrún. Cada vez más alto. Sin dejar de pontificar, miro de reojo el sofá y me veo a Kathleen durmiendo a pierna suelta. Empiezo a hablar más alto, con la esperanza de despertarla un poco para que deje de roncar, pero tiene puestos los auriculares (los audiolibros la dejan frita). Termino la clase precipitadamente, mientras trato de ahogar los ronquidos hablando a gritos de los marcos interpretativos y el análisis del discurso.

Quien más, quien menos, todos hemos adquirido ya los reflejos de la epidemia. El otro día, viendo un reality show, nos sobresaltó ver que la gente se abrazaba y chocaba los cinco. El programa, claro, había sido grabado dos o tres meses antes.
He estado leyendo estos días algunas novelas sobre epidemias: La peste, Ensayo sobre la ceguera y cosas así. Es llamativa la ausencia en ellas de esas pequeñas rutinas que para muchos de nosotros —los más afortunados, sin duda— son la expresión fundamental de la enfermedad: los partes diarios sobre el progreso del virus, el racionamiento de la mantequilla de cacahuete, la desinfección de manos, las consignas del estado de alarma, la cita a hora fija con el rayito de sol que llega a nuestro cuarto, el odio a quienes tienen balcón. Se nota que los novelistas no estaban hablando realmente de una epidemia, sino de otra cosa: del totalitarismo y de la degradación de la democracia, por ejemplo.
Aun así —y esto que voy a decir parece contradictorio—, al dar carácter sobresaliente a los aspectos sobresalientes de la enfermedad totalitaria, Saramago y Camus cometían un grave error (suponiendo que puedan cometerse errores al escribir literatura, que ya es suponer). Las democracias no se degradan de un día para otro. La implantación de regímenes totalitarios nos es fulgurante, ni siquiera cuando parece serlo. Los relatos más fascinantes del advenimiento de los regímenes autoritarios son, como los de Anna Frank, Victor Klemperer o Carmen Martín Gaite, los que detallan la lenta transformación de las relaciones sociales y de los marcos lingüísticos: el odio a los que tienen algo que no tenemos, la desinfección, el racionamiento, las consignas, la cita con el rayito de sol.
Muy avanzada ya la clase en línea comienzo a oír un extraño runrún. Cada vez más alto. Sin dejar de pontificar, miro de reojo el sofá y me veo a Kathleen durmiendo a pierna suelta. Empiezo a hablar más alto, con la esperanza de despertarla un poco para que deje de roncar, pero tiene puestos los auriculares (los audiolibros la dejan frita). Termino la clase precipitadamente, mientras trato de ahogar los ronquidos hablando a gritos de los marcos interpretativos y el análisis del discurso.

miércoles, 11 de marzo de 2020
Mudarse a L*** para estar menos en L***: el razonamiento me parece unos días de una lucidez fulgurante, y otros de una estupidez rematada. Hay en este gambito algo absurdo, de mudanza de divorciado, de ruina sobrevenida, de empresario en concurso de acreedores.
Cuando tenía veinticinco años viví en un palomar, o en algo que tenía un parecido poco o nada retórico con un palomar. Regresar a ese tipo de espacio tantos años después debería devolverme esa ligereza de juicio, esa agilidad mental del que puede leer todos los libros que quiera porque no tiene ninguno. Cultivaré el grado de incomodidad que hace falta para tener el espíritu alerta y la atención despierta. Tendré una maleta siempre hecha debajo de la cama siempre deshecha. Empezaré a escribir una página en la buhardilla, la continuaré en el parque y la remataré sobre la moqueta de un vagón de tren, en fase con el pulso sutil de las ciudades.
(Me repito este tipo de argumentos por la noche, pero si se levanta el viento las pizarras del tejado castañetean y le contagian a mi optimismo su temple destemplado).
En la mudanza se desenmascara nuestra vida, desnudando las esquinas y poniendo en evidencia los bibelotes a los que no hemos sido capaces de renunciar, cómicamente, durante años.
La nueva casa cambia el tono de nuestras melodías corporales, imprime nuevas tensiones a nuestros tendones, nos enseña nuevos gestos. De repente hemos olvidado cómo afeitarnos.
También es como si hubiéramos dejado de afeitarnos por completo: la mudanza altera nuestra identidad social, como el que se depila todo el vello corporal o se pone el corte de pelo fringe; como el que se separa y se casa en segundas nupcias, deviniendo cuñado o yerno de otra gente. El matrimonio, en mi caso, es de conveniencia. La barba, también.
Desde la ventana de mi palomar veo el estanque del Jardín Botánico, al que bajan a abrevar patos, fochas y cormoranes. Me recreo en la fantasía de que alguno de ellos haya venido de Tilff, para echarme un ojo. Es fácil figurarse que los animales de cierta especie son siempre el mismo animal, que se ha encariñado de nosotros y nos sigue la pista. Julio Cortázar tenía un poema muy bonito sobre esto. También veo corretear a un bicho que al principio tomo por un conejo pero que después de todo puede que no sea un conejo.
Cuando tenía veinticinco años viví en un palomar, o en algo que tenía un parecido poco o nada retórico con un palomar. Regresar a ese tipo de espacio tantos años después debería devolverme esa ligereza de juicio, esa agilidad mental del que puede leer todos los libros que quiera porque no tiene ninguno. Cultivaré el grado de incomodidad que hace falta para tener el espíritu alerta y la atención despierta. Tendré una maleta siempre hecha debajo de la cama siempre deshecha. Empezaré a escribir una página en la buhardilla, la continuaré en el parque y la remataré sobre la moqueta de un vagón de tren, en fase con el pulso sutil de las ciudades.
(Me repito este tipo de argumentos por la noche, pero si se levanta el viento las pizarras del tejado castañetean y le contagian a mi optimismo su temple destemplado).
En la mudanza se desenmascara nuestra vida, desnudando las esquinas y poniendo en evidencia los bibelotes a los que no hemos sido capaces de renunciar, cómicamente, durante años.
La nueva casa cambia el tono de nuestras melodías corporales, imprime nuevas tensiones a nuestros tendones, nos enseña nuevos gestos. De repente hemos olvidado cómo afeitarnos.
También es como si hubiéramos dejado de afeitarnos por completo: la mudanza altera nuestra identidad social, como el que se depila todo el vello corporal o se pone el corte de pelo fringe; como el que se separa y se casa en segundas nupcias, deviniendo cuñado o yerno de otra gente. El matrimonio, en mi caso, es de conveniencia. La barba, también.
Desde la ventana de mi palomar veo el estanque del Jardín Botánico, al que bajan a abrevar patos, fochas y cormoranes. Me recreo en la fantasía de que alguno de ellos haya venido de Tilff, para echarme un ojo. Es fácil figurarse que los animales de cierta especie son siempre el mismo animal, que se ha encariñado de nosotros y nos sigue la pista. Julio Cortázar tenía un poema muy bonito sobre esto. También veo corretear a un bicho que al principio tomo por un conejo pero que después de todo puede que no sea un conejo.
martes, 25 de febrero de 2020
Una carroza del carnaval de Colonia, después de los atentados racistas que Alemania ha sufrido estas última semanas: una cabeza iracunda de cuya boca sale una pistola, y la inscripción «Aus Worten werden Taten!»: «las palabras se convierten en hechos» ¿Las palabras se convierten en hechos? Unas veces más y otras menos. Los hechos tienen una irritante independencia de las palabras. Normalmente cuando los políticos dan su palabra de hacer algo, los hechos se hacen los suecos. Otras veces hay hechos que llegan sin anunciarse, y los intelectuales se pasan décadas tratando de encajarlos en palabras.
Al rapero César Strawberry unas veces lo condenan y otras lo absuelven de enaltecimiento del terrorismo: su boca no contiene una pistola, sino el gato de Schrödinger.
Al rapero César Strawberry unas veces lo condenan y otras lo absuelven de enaltecimiento del terrorismo: su boca no contiene una pistola, sino el gato de Schrödinger.
martes, 18 de febrero de 2020
Todo ocurre a la vez. La mudanza, la edición del libro, el niño, el proyecto de Kathleen, la otra mudanza, el otro libro, las veinte horas de clase semanales, el plan estratégico plurianual —que es el tercero que nos mandan hacer en tres años y que, como los otros dos, no es probable que llegue a entrar nunca en vigor—. Para planes estratégicos, los que tengo que hacerme yo por las mañanas para no volverme loco.
Este año me he pasado a la agenda electrónica, y ahora mi día está lleno de cajas de colores, que son las cosas que tengo que hacer. En los huecos de mi agenda hago cajas de cartón, o pido más cajas por correo, porque siempre creo tener suficientes para la mudanza y siempre me confundo. Pasados ciertos días, casi todo lo que me rodea son cajas. Desayuno sobre cajas, doblo la ropa sobre cajas, los cactus sestean sobre cajas, lleno más cajas sobre otras cajas mientras veo una película de Kieślowski con el ordenador puesto sobre una caja.
En teoría todo es cuestión de organizarse. Pero solo en teoría. En la práctica, la organización más inocente tiene una irrefrenable tendencia a estallar en un enjambre de puñetas exterminadoras.
Pongamos, por ejemplo, que tiene que venir el fontanero a hacer el mantenimiento del calentador. Podría pensarse que basta con llamar a un fontanero, pero no, porque uno llama a un fontanero y no viene; llama a un segundo fontanero y solo salta el contestador; llama a un tercero y este sí descuelga y dice que va a venir, pero el día que tiene que venir se retrasa, y luego escribe diciendo que está a punto de llegar, y luego que somos los próximos clientes, pero cuatro horas más tarde no ha llegado aún y al día siguiente nos escribe indignado preguntándonos por qué no había nadie en casa a la hora a la que habíamos quedado que se iba a pasar. Exasperado, llamo a un cuarto fontanero, que sí viene, y que nos vacía el calentador, pero en el momento crucial sa da cuenta de que la pieza que ha traído tiene un código de producto ligeramente incorrecto y no encaja en un calentador de la marca del nuestro; tendrá que pedirla de nuevo, venir una semana más tarde y comenzar da capo con brio.
En teoría, el mantenimiento del calentador no necesita pieza de recambio ninguna. Pero eso, claro, es en teoría.
Muchas tardes vuelvo a casa con la cabeza como una máquina del millón. Entonces, me siento sobre una caja y hago los ejercicios de respiración que le recomendaron a Kathleen para cuando empiecen las contracciones. A ella no sé cómo le irán, pero a mí me ayudan.
Cuando no estoy haciendo cajas o buscando fontaneros, vendo muebles de manera irreflexiva. Regateo conmigo mismo, y a la gente que llama le digo primero un precio, luego otro más bajo, luego un tercero, y generalmente es entonces cuando cuelgan, pensando que solo tengo trastos desvencijados. Entre los muebles que he conseguido vender se encuentra un armario imponente, una especie caballo de Troya que no sé cómo conseguimos hacer entrar en la habitación, y que no veo manera de tumbar porque llega hasta cuatro dedos por debajo del techo. A fuerza de devanarme los sesos consigo dar con el modo de desmontarlo en vertical. Para ello se revelará preciosa la colaboración de unas cajas llenas de libros que casualmente pasaban por allí. Tardo toda una mañana, pero cuando llego a la última tuerca doy el grito primordial del hombre que se impone a los elementos. O a Ikea, que a estas alturas ya casi es lo mismo.
Este año me he pasado a la agenda electrónica, y ahora mi día está lleno de cajas de colores, que son las cosas que tengo que hacer. En los huecos de mi agenda hago cajas de cartón, o pido más cajas por correo, porque siempre creo tener suficientes para la mudanza y siempre me confundo. Pasados ciertos días, casi todo lo que me rodea son cajas. Desayuno sobre cajas, doblo la ropa sobre cajas, los cactus sestean sobre cajas, lleno más cajas sobre otras cajas mientras veo una película de Kieślowski con el ordenador puesto sobre una caja.
En teoría todo es cuestión de organizarse. Pero solo en teoría. En la práctica, la organización más inocente tiene una irrefrenable tendencia a estallar en un enjambre de puñetas exterminadoras.
Pongamos, por ejemplo, que tiene que venir el fontanero a hacer el mantenimiento del calentador. Podría pensarse que basta con llamar a un fontanero, pero no, porque uno llama a un fontanero y no viene; llama a un segundo fontanero y solo salta el contestador; llama a un tercero y este sí descuelga y dice que va a venir, pero el día que tiene que venir se retrasa, y luego escribe diciendo que está a punto de llegar, y luego que somos los próximos clientes, pero cuatro horas más tarde no ha llegado aún y al día siguiente nos escribe indignado preguntándonos por qué no había nadie en casa a la hora a la que habíamos quedado que se iba a pasar. Exasperado, llamo a un cuarto fontanero, que sí viene, y que nos vacía el calentador, pero en el momento crucial sa da cuenta de que la pieza que ha traído tiene un código de producto ligeramente incorrecto y no encaja en un calentador de la marca del nuestro; tendrá que pedirla de nuevo, venir una semana más tarde y comenzar da capo con brio.
En teoría, el mantenimiento del calentador no necesita pieza de recambio ninguna. Pero eso, claro, es en teoría.
Muchas tardes vuelvo a casa con la cabeza como una máquina del millón. Entonces, me siento sobre una caja y hago los ejercicios de respiración que le recomendaron a Kathleen para cuando empiecen las contracciones. A ella no sé cómo le irán, pero a mí me ayudan.
Cuando no estoy haciendo cajas o buscando fontaneros, vendo muebles de manera irreflexiva. Regateo conmigo mismo, y a la gente que llama le digo primero un precio, luego otro más bajo, luego un tercero, y generalmente es entonces cuando cuelgan, pensando que solo tengo trastos desvencijados. Entre los muebles que he conseguido vender se encuentra un armario imponente, una especie caballo de Troya que no sé cómo conseguimos hacer entrar en la habitación, y que no veo manera de tumbar porque llega hasta cuatro dedos por debajo del techo. A fuerza de devanarme los sesos consigo dar con el modo de desmontarlo en vertical. Para ello se revelará preciosa la colaboración de unas cajas llenas de libros que casualmente pasaban por allí. Tardo toda una mañana, pero cuando llego a la última tuerca doy el grito primordial del hombre que se impone a los elementos. O a Ikea, que a estas alturas ya casi es lo mismo.
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