Me encuentro por casualidad en la intranet una de las clases que grabé en los primeros días de la pandemia, cuando aún no había nacido Óscar, y que corresponden al mismo punto del temario en el que me hallo ahora. Veo allí a un orador de locuacidad gabilonda, a un artesano de la orfebrería verbal que aquilata la terminología, hilvana perlas conceptuales y engasta ideas rutilantes en el equivalente retórico de un huevo de Fabergé. Estoy a punto de ponerme a tomar notas cuando recuerdo que aquel tipo soy yo; o, mejor dicho, fui yo, cuando todavía me hallaba en plena posesión de mis facultades físicas y mentales.
Muy pocas horas antes de encontrar ese vídeo he tenido que explicar ese mismo tema. Sin embargo, lo que esta vez ha salido de mi boca ha sido algo así como un discurso de Isabel Díaz Ayuso: una guirnalda de ruiditos que, cuando está a punto de significar, implosiona y estalla en una bonita nebulosa de martingalas.
Lo que ocurre es que en este último año he envejecido física y mentalmente varios lustros. Tengo las mejillas hundidas, los ojos como dos mejillones rebajados, el coronapelo lleno de mocos y del hummus que le ponemos al niño para cenar, una jaqueca intermitente del tamaño de una moneda de 10 céntimos encima de la ceja izquierda y una tortícolis que me va desde las gafas hasta el lumbago. Por las mañanas, después de tres horas y media sacrificadas a la intendencia, me siento delante del ordenador desaliñado, desalentado, con la cabeza a pájaros y la imaginación exangüe.
—¿Cómo te las apañas? —me ha preguntado hoy alguien, en los primeros minutos de una videoconferencia.
—Pues estafando —respondo. Y mi interlocutora, que tuvo que criar sola a un niño, sonríe como si acabase de decirle que somos del mismo pueblo.
La estafa consiste en que, aunque trabajo todo lo que puedo, trabajo bastante menos de lo que debo. Raro es el día en el que saco más de seis horas para algo que no sea la supervivencia y la puericultura. He suprimido varias actividades formativas, he dejado de intervenir en las reuniones, he regateado las horas de clase, he criogenizado la respuesta a muchos correos electrónicos, he rechazado ofertas de investigación apetecibles, he dejado morir el blog de divulgación que comencé hace un par de años, y allí donde anteriormente habría puesto inventiva y originalidad hoy me contento con no poner demasiada mierda.
Mientras las guarderías no abran doce horas diarias, la reproducción entraña esto: o se estafa a los abuelos, o se estafa al patrón —y el patrón, en mi caso, es la sociedad—.
—¡Pero es que los niños son tan monos! —escucho por todas partes, como cuando la selección nacional marca un gol en semifinales. Para mucha gente la monería lo compensa todo, igual que para mucha gente (el 40% de los madrileños, según las últimas encuestas) lo compensa todo una cañita con patatas fritas en una terracita. Luego, sale el sol por Antequera y se sorprenden.
Tirandillo
viernes, 23 de abril de 2021
domingo, 11 de abril de 2021
Mis suegros han venido a vernos —otra vez— y nos han regalado unos cuchillos para mantequilla fabricados de forma artesanal en las islas Baleares. No sé de dónde los han sacado, porque ninguno de ellos ha estado nunca allí. Uno es de madera de olivo, otro de madera de enebro. Este último tiene un olor penetrante, lo que se dice embriagador. Últimamente, no sé si por efecto del confinamiento o por miedo inconsciente a que el coronavirus me arrebate de un día para otro el sentido del olfato, me sorprendo buscando activamente esos olores frondosos de los productos orgánicos. Cepillo las naranjas para hacer torrijas y permanezco un tiempo imprudente olisqueando su piel nimbada de éteres esenciales. Le compré a Óscar una bolsa de lana virgen porque me dijeron que protege la piel de la zona bikini, y sumerjo la nariz en ella —en la lana— con una delectación pecaminosa. Algunos días voy con Óscar a ver el conejo de la vecina, pero a lo que en realidad voy es a olerlo.
(Me doy cuenta ahora de que esta es una frase de esas que, aun empleadas de forma literal, hacen que la gente al verte se cruce de acera metafóricamente).
Cada vez que alguien llama al telefonillo doy un rodeo por la cocina para abrir el frasco de la nuez moscada e inhalar como si estuviera a punto de tirarme a una piscina de endorfinas. Y siempre hay alguien que llama al telefonillo porque, como vivimos en un entresuelo, cada vez que un vecino no está en casa el repartidor nos deja el paquete a nosotros. Unas horas después llama el vecino. Y una de cada dos veces, con la gracia, nos despiertan al rorro.
Nuestra amiga Ilka B., que vive a cuatro calles de nosotros, pasó el otro día por casa a dejar un regalo para Óscar, pero por miedo a llamar al timbre y despertarlo —eran ya las siete pasadas— lo dejó en el tirador de la puerta de entrada. Cuando, cinco minutos después, nos previno por WhatsApp, ya había volado. Nos sentó fatal, porque Ilka nos había anunciado que eran unos lápices de cera de abeja, y teníamos mucha curiosidad por saber cuánto tiempo tardaba Óscar en comérselos.
Toda la tarde nos la pasamos dándole vueltas al robo y haciendo listas de sospechosos: ¿cómo de bien conocemos a los vecinos del tercero?; ¿no vino un repartidor a dejar un paquete más o menos a esa hora?; ¿de qué empresa de mensajería era? Pero ni siquiera mis suegros, que se pasan el día espiando a los transeúntes y fichando a quienes entran y dejan de entrar, fueron capaces de darnos el más mínimo indicio.
Kathleen está fuera de sí. «¡Cómo es la gente! ¡No me lo puedo creer! ¿Quién puede ser tan mezquino como para robarle a un niño un juguete?». «¡Alma cándida!», respondo yo para mis adentros. El humor funesto que se ha apoderado de mí desde hace unas semanas me impide esperar del género humano nada que no sea fraude y devastación. Estas son las cosas propias de los hombres. Ninguna planta sería capaz de hacer algo así. Qué asco, la gente.
Dos días después, cuando vuelvo de hacer compras, oigo a mi espalda cómo alguien me llama a gritos:
—¡Para, papá de Óscar! ¡Para!
Es Nina, nuestra vecina, que lleva a su hija a la misma guardería que nosotros; luego, sale corriendo, se mete dos portales más allá y vuelve acompañada por una mujer vestida con lo que parece ser un traje de neopreno.
(«Lleva a su hija a la misma guardería que nosotros» es otra de esas frases en las que la semántica va por un lado y la sintaxis por el juzgado de lo penal. Escribir es un deporte de riesgo).
Nina me presenta, y me explica que la mujer del traje de neopreno tiene un regalo para Óscar.
—Pensé que conocía a todo el mundo en esta calle —dice, con el mismo soniquete irritado con el que lo dicen mis suegros. Y a continuación me tiende una bolsa de papel; en su interior hay un paquetito envuelto con un papel estampado de abejas.— Alguien dejó esto en mi portal, y lo único que ponía era «para Óscar».
Después de todo, a nuestra amiga Ilka nadie le había robado el regalo, pero quizá sí la capacidad de discernimiento, porque se confundió de número a pesar de que ha venido ya varias veces a buscarnos a nuestra casa. Su despiste ha debido de ser una jugada de la Providencia para revelarle al mundo que en nuestra calle vive el único ejemplar de nuestra especie que no es deleznable. (No obstante, me gustaría saber qué opina la Providencia de que esta buena samaritana vaya en traje de neopreno por las calles de Baja Sajonia).
Mis suegros, que lo han visto todo por WhatsApp (ya han vuelto a Neobrandenburgo, pero sacamos el móvil al balcón para que se entretengan vigilando), aplauden mientras yo entro en casa triunfante con los crayones en alto. Todos han hecho apuestas sobre el tiempo que Óscar tardará en comérselos, pero el olor a cera es tan delicioso y penetrante, su aroma es tan balsámico y umami, que nadie consigue arrebatármelos.
sábado, 13 de marzo de 2021
Mi opinión de la humanidad continúa devaluándose a ojos vista, debido en parte a que, a estas alturas del confinamiento, las únicas noticias de la humanidad que me llegan son los documentales de Arte, que nunca conseguimos ver enteros y en los que no se retrata su perfil más fotogénico. Allí se dice que los humanos introducen bolitas de microplásticos en productos de cosmética; que rocían los campos con insecticidas y se sorprenden luego de que se mueran todos los insectos; que están convencidos de que solo comiendo carne de animales herbívoros conseguirán la energía de los animales carnívoros; que les parece una buena idea revestir los embalajes de alimentos con una molécula plástica tan parecida a una hormona sexual que tiene los efectos de un disruptor endocrino.
Como concepto, la humanidad viene a ser una estafa piramidal: en algún momento, durante el Renacimiento o el siglo de Pericles, debió de tener algún valor contante y sonante, pero muchos siglos y muchos millones de personas después, lo único que queda es una inmensa deuda moral que, como especie, nos ha conducido a la bancarrota.
Por mucho que me gustase afirmar que toda esa miseria cognitiva deriva del sistema de producción capitalista, no es así. Los sabios medievales fundaban todo su conocimiento en una leyenda mal traducida; los inquisidores creían que la verdad más luminosa es la que se confiesa en el más oscuro de los calabozos; los bosques europeos fueron esquilmados mucho antes de la revolución industrial, y la Rusia soviética estuvo a punto de volver inhabitable medio continente porque consideró que solo un hatajo de fanáticos ignorantes podía dirigir eficazmente una central nuclear. El capitalismo no ha hecho sino ponerle a este pastel un topping generoso de mezquindad y egoísmo.
La categoría «humano» está quedándose inutilizada para nada que no sea insultar. Podría inventarse una nueva grafía de la palabra «humano» para distinguirse de los humanos, para marcar las distancias, para redefinir el diagrama, para establecer una secesión simbólica, del mismo modo que han hecho las «latinxs» y las «womyn», que no son exactamente lo mismo que las latinas y las mujeres («women»), sino su reverso disidente y reflexivo. (Las demarcaciones identitarias que establecen estos términos de nuevo cuño me escaman un poco, pero este es un melón que no pienso abrir hoy). Así, quienes hayamos dejado de identificarnos con las tendencias tiránicas y autodestructivas de los humanos —sin haber conseguido aún desterrarlas por completo de nosotros mismos, aunque estemos trabajando en ello— podríamos proclamarnos «humanxs» o «hymanos» o «umanos», o directamente ummitas, que fueron unos extraterrestres muy populares en mi infancia, antes de que abandonasen este planeta o este plano de la realidad sacudiéndose el polvo de las sandalias, como aquel que dice.
A fin de cuentas, esto del ser humano es solo una adherencia sobrevenida. Leo en Die Zeit una entrevista con el paleontólogo Neil Shubin en la que cuenta que el genoma humano es como un armario en el que se hubieran metido genes de muchos bichos anteriores: peces, batracios, virus, bacterias... El hipo, explica Shubin a título de ejemplo, desencadena en nosotros una respuesta muscular que solo sería útil si aún fuéramos anfibios. Es un tic o un resabio de una existencia nuestra anterior, paleontológica.
El hipo ya no nos permite, ay, respirar bajo el agua, pero sí nos da argumentos para escoger nuestra comunidad en un filo o en una clase genéticamente anterior, y cultivar —sin mentir— una identidad anfibia, vertebrada o, ya puestos, eucariota. Hemos llegado a un punto en que, franciscanismos aparte, cualquier organismo pluricelular puede considerarse más digno y menos ofensivo que el ser humano. El hecho de que solo un ser humano pueda categorizar esa indignidad y esa ofensa no hace sino añadir una nota de sarcasmo al ridículo cósmico que estamos haciendo.
sábado, 27 de febrero de 2021
Hablando hoy con David por videollamada me ha dicho que hace un par de meses murió Florencio Sevilla, nuestro profesor de literatura medieval. Hay que decir algo, hay que protestar, no puede dejarse pasar una cosa así. Los apuntes necrológicos tienen algo de patético y de circunstancial, pero más patético y circunstancial resulta que se haya muerto Florencio, nada menos, y no se hayan difundido sino un par de condolencias protocolarias y grises.
La gente le veía un aire quijotesco, con su osatura de caballete y su barba fosca. Contra molinos no sé si lucharía, pero de lo que sí estoy seguro es de que libró numerosas batallas contra esa bestia inmueble que es la Facultad de Filosofía y Letras de la Autónoma de Madrid. Precisamente, lo primero que hizo al entrar por primera vez en nuestra clase fue escribir en la pizarra, en mayúsculas, «nos trasladamos al aula nosecuántos», porque en aquella en la que estábamos no cabíamos. La nueva era más amplia, pero estaba amenazada de ruina y conculcaba escandalosamente las normas más elementales de seguridad, ya que todas sus ventanas estaban cerradas con rejas. Como es bien sabido, la Autónoma se construyó en época de revueltas estudiantiles contra la dictadura, y su arquitectura aspiraba a que los estudiantes tuvieran el menor número de escapatorias posible; lo que no es tan sabido, y de hecho constituye un dato más bien legendario, es que las rejas de las ventanas no se pudieron quitar al llegar la democracia porque formaban parte estructural del edificio, y sin ellas se desplomaría el techo. Unos meses más tarde, al llegar a clase, descubrimos que a pesar de las rejas el techo se había caído igual.
Estas cosas a Florencio lo sacaban de sus casillas, igual que la guerra constante con los porreros que cada viernes, al otro lado de nuestra ventana y nuestra reja, quemaban incienso y no solo incienso en honor de san Canuto, con gran aparato de altavoces y barriles, imponiéndose por encima de la Comedieta de Ponza y Las trescientas.
Florencio mandaba que nos procuráramos nosotros mismos, husmeando en la biblioteca, los artículos científicos que debíamos leer. Hoy le pides esto a un estudiante de primero de carrera y te denuncia. El caso es que cuando, tras extraviarnos durante horas en el dédalo de anaqueles, dábamos al fin con los artículos y los leíamos, haciendo esquemas cabalísticos en los que apresar su significado, llegábamos a clase y Florencio nos pedía que le explicásemos por qué todo lo que contaban aquellos artículos eran majaderías. Florencio confiaba tanto en nosotros que nos creía capaces de dar réplica a Menéndez Pidal o a María Rosa Lida, y se mesaba las barbas porque cada viernes le demostrábamos que seguíamos siendo unos zoquetes.
Puede decirse en justicia que nos enseñó a leer, y su primera e implacable lección consistía en hacernos ver que no sabíamos leer aún, que éramos incapaces de imaginar otras mentalidades, que las connotaciones revoloteaban alrededor de nuestro cráneo como mosquitos impertinentes, que no reconoceríamos una dilogía ni aunque nos mordiese el tobillo. Por esto, y por muchas otras cosas, muchos lo consideraron desde el primer día un arrogante y un hueso. Una amiga mía se ponía físicamente enferma en sus clases, por miedo a que Florencio le preguntase algo. Más de uno fue expulsado del aula por leer el Cid en una edición modernizada. A mí mismo me tiró un trabajo a la cara. Era uno de esos trabajos voluntarios que se escribían para subir nota, en el que yo había ejecutado todos los muletazos de toreo de salón que tenía en mi repertorio retórico. Poco podía olerme yo que Florencio fuera inmune a aquellas florituras.
—Pero hombre, cómo se te ocurre, si esto que dices de Juan Ruiz contradice lo que vimos en clase la semana pasada. Y qué es eso de citar una enciclopedia, ¿es que no hay fuentes mejores?
Para mí la conversación sobre aquel primer ensayo universitario fue algo así como la proverbial bofetada a tiempo. Entendí de golpe que no todo valía, que una cosa era tener labia y otra tener caletre, y que el trabajo intelectual era, antes que nada, trabajo. Cuando alguien decía una sandez, Florencio no se callaba. Aquello no era pedagogía, desde luego: era tomarnos en serio, concedernos beligerancia, tratarnos como ciudadanos de la república filológica, esperar algo de nosotros.
Recuerdo poco de las clases de primero de carrera: algunas lecturas, dos o tres anécdotas y unos versos de una comedia de Plauto que el gran Luis Q., nuestro líder, tuvo que memorizar un día y nos los acabó enseñando a todos. En cambio, las clases de Florencio se me han quedado grabadas como si hubiera seguido alimentándome de ellas durante muchos años, y es probable que de algún modo haya sido así.
viernes, 12 de febrero de 2021
También aquí ha llegado la ventisca y nos ha dejado dos palmos de nieve. Los padres llevan a sus hijos en trineo, y luego dejan los trineos en los portales, posados en vertical en los peldaños de la escalera. Cuando sale el sol, grandes terrones de nieve se desploman de los aleros de los tejados, produciendo el mismo ruido que haría un pollito golpeado por la raqueta de un tenista profesional.
La gente tarda horas en encontrar su coche y en desembarazarlo de la nieve. Los que no consiguen encontrarlo, o los que no tienen coche, tardan más horas todavía en ir de A a B, aunque A y B sean puntos de un mismo barrio.
Nosotros no podemos llevar a Óscar en trineo, porque el trineo es aún para él una cosa indómita que lo despatarra. Tampoco nos atrevemos a llevarlo en bicicleta, porque las rodadas de los coches han convertido los cruces en terrenos accidentados, con imponentes cordilleras de hielo sobre las cuales se derrama un granizado de fango irregular y resbaladizo. No nos queda más remedio que ponernos las mascarillas caras y meternos en un autobús.
Con mascarilla veo peor, porque se me empañan las gafas, así que me las quito mientras espero en la parada. Pasa el ciento treinta y tantos. Se conoce que el mío hoy tarda en venir. Normalmente en mi parada solo para el ciento treinta y tantos y el ciento veintitantos, pero la nieve ha obligado a alterar las rutas y resulta que ahora en mi parada paran varios ciento veintitantos, y es ya demasiado tarde cuando descubro que nos hemos subido al ciento veintitantos que no era.
La estación término llega enseguida y le pido al conductor que nos deje permanecer dentro hasta que emprenda el camino en sentido contrario. Asiente mientras se come el bocadillo de media mañana —y son las ocho—. Le pregunto otra cosa, pero no la oye, o finge que no la oye. Pasa el tiempo. Regreso a la casilla de salida y esta vez sí tomo el ciento veintitantos que debía tomar.
También mi autobús sigue un itinerario atípico. Un pasajero con pantalones de carpintero llenos de bolsillos, y los bolsillos llenos de alicates, le pide al conductor que le abra por favor en el siguiente semáforo, y el conductor le dice que eso sería antirreglamentario. El carpintero le hace notar que igual de antirreglamentario es el trayecto que seguimos en esos momentos, pero al conductor le da igual, así que el carpintero tiene que aguantarse y cuando finalmente el autobús se detiene en una parada reglamentaria —aunque no fuera reglamentariamente la suya— se baja a dos kilómetros del lugar al que quería ir.
No consigo encontrar en mi biblioteca las memorias de Edward Said, pero recuerdo que en ellas explicaba cómo era incapaz de ver en la nieve nada que no fuera muerte y desolación. También contaba cómo en una ocasión Omar Sharif le dio un guantazo y lo desequilibró psíquicamente para el resto de sus días. Yo, quizá por no haber sido nunca abofeteado por Omar Sharif, no veo en la nieve el heraldo de la extinción de toda la vida terrestre, pero sí la cristalización hexagonal del desencanto, la materialización de la distancia que media entre las cosas como nos las imaginamos y las cosas como nos acaban saliendo. El resto del año también vivimos rodeados por una nieve invisible y metafísica que nos entorpece y nos retrasa y nos trae a maltraer.
Los viejecitos caminan por el arcén de las pocas calzadas por las que han pasado las palas quitanieve, toreando coches y jugándose el tipo, pero prefieren eso a partirse el coxis en la acera. Una mujer que anda con muletas se baja del autobús penosamente y se sienta en el banco de la marquesina a esperar pacienzuda su trasbordo; en la punta del pie, donde se acaba la escayola, lleva un calcetín violeta. Los orines de los perros trazan delante de todos los portales guarismos de colores heráldicos y hematúricos. Un pobre tipo que estaba quitando la nieve en su balcón se ha quedado encerrado fuera, pero por suerte vive en un entresuelo, de modo que se descuelga por el antepecho y atraviesa el parterre nevado en chanclas, como un franciscano mendicante, y llama al telefonillo de su propia casa, y ese pobre tipo soy yo.
jueves, 4 de febrero de 2021
Me he descubierto estos últimos días deseando que lleguen los extraterrestres. Me sorprende, porque este es un deseo más de mi madre; mi madre querría vivir lo suficiente para ver el desembarco de los extraterrestres o los viajes en el tiempo. A mi madre hay que juntarla un día con Elon Musk para que tomen un té con pastas, y acaban los dos como en Gravity.
Yo quiero que vengan los marcianos para que podamos al fin hablar de otra cosa, porque me cansa hablar todo el rato de lo que le pasa a la gente. Educado en el catolicismo, he acabado harto de los católicos; formado en una masculinidad cuartelaria, he acabado harto de los hombres; era cuestión de tiempo que acabase hartándome también de los humanos. No quiero ni oír hablar de ellos.
Los dos relatos más fascinantes que he leído durante la pandemia han sido uno de Ted Chiang narrado por un papagayo y otro de César Mallorquí sobre unos perros que han sobrevivido a la autodestrucción del homo sapiens. Qué descanso, dejar de oír hablar de corrupción, de desigualdades, del precio del petróleo, de las guerras culturales y de las otras.
De unos días a esta parte no hago más que oír podcasts sobre pájaros y plantas. En uno de esos programas contaban que los cuervos se reconocen en el espejo, que es algo de que Óscar no es aún capaz y yo cada vez menos. El cuervo es un pájaro discreto, poco aparatoso, que colabora con otras especies sin grandes alaracas, come de lo que encuentra y se está tranquilito sin dar la murga. Para mí, el ser humano ideal es el cuervo. Además tiene plumas, mientras que el cuerpo humano, llegado a cierta edad, es como el de los cerdos hormigueros y produce repugnancia.
De momento, los únicos que no tienen razones para estar seriamente cabreados con los humanos son los virus y algunas algas. Para el resto de entes físicos —los cuervos, los ciervos, los cerdos, los cedros, las zarzas, las cercas, los corzos y los cuarzos, por no citar sino una mínima parte del resto de entes físicos— todos los humanos son Trump.
Estoy harto de las triquiñuelas mentales de los humanos, de su incapacidad para expresar afecto sin comprar algo, de la despreocupación con la que sojuzgan a los demás seres vivos, de su completa carencia de aptitudes para tolerar al prójimo y de su afición a destruir lo que no les gusta, pero también y a veces con mayor pasión lo que sí les gusta, ya se trate de las nieves perpetuas de un glaciar, pisoteadas por miles de turistas, o de las canciones de James Brown, sampleadas por miles de catetos.
Esto de destruir lo que a uno le gusta es un reflejo infantil. Los niños pequeños encuentran un escarabajo verde metalizado, irisado y resplandeciente al sol de la tarde, y le arrancan las antenas, y luego una pata, y luego se lo comen. Crecer consiste en domar ese instinto, en aprender que esa actitud resulta indecorosa, aunque solo por razones de talla, ya que uno puede arrancarle las antenas y las patas a una langosta y comérsela sin que nadie se lo reproche. El día que lleguen los extraterrestres, nos los comemos seguro.
miércoles, 27 de enero de 2021
Estábamos viendo esa serie sobre tres mujeres que trabajan en una revista femenina, y una dijo que iba a escribir un listículo. «¡A todo el mundo le gustan los listículos!», dijo. Y luego se fue a una fiesta y se bebió cuatro o cinco cócteles.
En la serie explican que un listículo es una mezcla de lista y de artículo; o sea, un artículo que no hay que escribir, sino solo amontonar. Eso me parece muy conveniente. Yo tengo el problema de que quiero gustarle a la gente, pero si me limito a decir que no me gustan los niños todo el mundo se dará cuenta de que soy un tipo sin entrañas. Es mucho mejor escribir un listículo.
A mí, aparte de gustarle a la gente, otra cosa que me preocupa mucho es la superpoblación. Especialmente la superpoblación de mi casa, pero también la otra. Por eso, creo que sería útil que mi listículo tuviera un carácter disuasorio, y que en él se amontonase todo lo que debería saber quien quiera tener hijos, por ver si así se le pasan las ganas. Ojo, que empieza.
Dos: si hay algo que te guste hacer aparte de trabajar y limpiar culos, despídete de ello cuanto antes. Hazle un funeral rápido, para que el duelo de los placeres perdidos no ensombrezca todavía más el periodo lóbrego que conllevan los primeros meses de vida de un nuevo ser humano.
Tres: tienes que llevar siempre en el bolsillo tapones para los oídos. A menos decibelios, menor desdicha. Asegúrate de tener por lo menos cuatro: en caso de extrema necesidad, te puedes meter los otros dos en la nariz.
Cuatro: los diseñadores de ropa infantil no son tus amigos. Tu bienestar o el de tu bebé les deja completamente fríos. Lo único en lo que piensan es en animales de granja, en animales salvajes y en animales que ya solo existen en los zoológicos. Si alguien les sugiriera que diseñasen pantalones más holgados porque los pañales de tela abultan más que los desechables, les explotaría la cabeza.
Cinco: a menos que tu familia política viva en otro continente, la vas a ver mucho más que antes. Más vale que te guste, o que te vayas a otro continente.
Seis: los bebés mugen.
Siete: todo lo que quede a una altura inferior al metro y medio puede tener un fin trágico y súbito. Nadie quiere creer que esto se aplique también a los televisores de plasma, pero se aplica.
Aquí me paro, porque me entra la sospecha de que en lugar de hacer el listículo estoy haciéndome el listículo, y a la gente no le gustan los que se pasan de listículos. Llegado el caso, la gente prefiere a los tipos sin entrañas, y la superpoblación la verdad es que se la trae bastante al pairo.






