Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

lunes, 31 de enero de 2022

Día 1

Es curioso, el test. Uno se ha acostumbrado a hacerlo con tanta naturalidad que la rayita fatídica aparece de manera todavía más sorpresiva. Uno ya no la aguarda como un emboscado, con la mirada fija en la cajita del kit, sino que se la encuentra de improviso mientras prepara el desayuno. Es ella la que acaba tendiéndonos la emboscada.

Mi mayor temor se confirma: he dado positivo en el test de Covid pocos días antes de iniciar el viaje de promoción de la novela. Aunque no me encuentre mal, tendré que tragarme una semana larga de encierro. Peor que el virus va a ser la presencia en la casa de mis suegros, y el temor a que ellos, a su vez, enfermen y vayamos encadenando las cuarentenas, y las cuarentenas nos encadenen a nosotros.

Menos mal que ayer por la tarde salí diez minutos a jugar con el niño en la acera. Mi sombra era un cangrejo que amenazaba con apresar sus botas, y él pataleaba con una mezcla de excitación y miedo, como si el cangrejo fuera él.

Día 2

Oigo a mis suegros levantarse, trajinar con los cubiertos, moler café, tirar de la cisterna. Oigo a Óscar cantar «Oh Tannenbaum! Oh Tannenbaum!», y corretear por la casa, y me siento como el hermanito fantasma de Los otros. Kathleen entorna la puerta y me da una infusión. Es mi médium.

Cuando nadie me ve, me pongo el abrigo y salgo al médico. No estoy infringiendo la cuarentena, sino acudiendo a que me hagan la PCR que aquí, en Alemania, es preceptiva. Cuando llego, hay tres o cuatro personas formando cola delante de mí, todas con sus mascarillas, evidentemente, y con la mirada huidiza de quien va a comprar una revista pornográfica. En cinco minutos se forma a mis espaldas una fila de otros diez o doce pacientes.

Como la consulta especial de coronavirus está en el primer piso, la espera continúa en el hueco de la escalera. De vez en cuando se va la luz, y el que está más cerca del interruptor tiene que darle con el codo. Alguno se sienta sobre los escalones de pórfido. Nadie habla. Tres turnos por delante de mí hay un hombre con su hijo, de once o doce años, pero ellos tampoco hablan, quizá por respeto, quizá por pudor. En la consulta nos sientan en pequeños cubículos y nos hacen rellenar una anamnesis. Como yo soy extranjero me dan un formulario extra, en el que leo: «fecha prevista del parto».

Día 3

Hoy tengo que dirigir una reunión importante, que, a la vista de las circunstancias, hemos pasado a videoconferencia. Para que no se vea la cama deshecha, ni la bolsa de los pañuelos usados, ni el tendedero de los pañales, ni el montón de platos sucios, pero sobre todo para que mi ordenador pueda captar un hilito de la wifi, debo desplazar algunos los muebles. Saco los cajones del cambiador y lo empujo hasta casi bloquear con él la puerta del dormitorio. En su nueva ubicación, recuerda un atril de iglesia calvinista o un harmonio desvencijado. En el rincón ahora vacío hay año y medio de polvo. Vuelvo a meter los cajones y coloco encima la caja de un purificador de aire que teníamos en Berlín y que no hemos vuelto a usar desde que Óscar lo embadurnó de caca. Encima del purificador está la caca, y encima de la caja del purificador está ahora mi ordenador. En la pantalla sale un plano americano con el armario ropero de fondo. Ahí es donde voy a salir yo, predicando o tocando el harmonio, con los pantalones del pijama y el jersey bueno. Lo que queda fuera de plano es un asco. 

Día 4

En estos momentos debería estar a bordo de un avión, rumbo a Madrid. Mi plan era hacerme selfies en las librerías, conceder entrevistas sin quitarme las gafas de sol y firmar autógrafos no solicitados. Estos días esperaba gustar no ya los laureles de la gloria, pero sí por lo menos el escabeche de la notoriedad. En cambio, he acabado disfrutando de todo lo malo de no irme y de todo lo malo de haberme ido.  

Hablando por Skype con la editora, hemos quedado en mover mi luna de miel literaria un par de semanas más allá. De aquí a entonces, me da tiempo a curarme, contagiarme de nuevo y curarme otra vez. El problema, no obstante, es que cualquiera de mis planes dista de concernerme solo a mí: la cuarentena se ha convertido en la nueva pandemia. Según la Organización Mundial de la Salud, en el próximo mes se infectará con la variante ómicron la mitad de la población europea, lo que pondrá en cuarentena a la otra mitad. Puede perfectamente darse el caso —le digo a mi editora— de que yo llegue a Madrid y todos los demás estéis encerrados en vuestras madrigueras.

Día 5

Oigo a mis suegros levantarse, trajinar con los cubiertos, moler café, tirar de la cisterna. Oigo cómo Óscar llora y grita: «nein! nein! nein!», que es lo mismo que hago yo cuando veo que pasan las semanas y que mis suegros no tienen intención de irse.

Cuatro o cinco veces al día me acerco a la puerta, me pongo la mascarilla y doy una voz: «¡todos fuera!». Cuando oigo cerrarse las puertas del pasillo inspiro profundamente, contengo la respiración y me doy una carrera al cuarto de baño. La rutina tiene algo de electroshock doméstico.

Día 6

Ayer tuve unas décimas de fiebre, pero hoy me he levantado despejado y, tanto para distraerme como para hacer rendir el tiempo, decido que es buen momento para llevar a la práctica nuestro viejo proyecto de grabar una conversación sobre Las letras de la República.

En la plataforma de videoconferencia nos vemos por fin las caras, tras varios años de cruzar correos electrónicos, el explorador de Kamchatka y los pastores de la oveja roja. Me siento al harmonio y durante una hora larga hablamos de Bernard Lahire, Pierre Bourdieu, Julio Caro Baroja y Stanley Fish.

Devuelvo la conexión con la sensación de que ha quedado bastante bien, pero por la noche me asalta la sospecha de que, dado que el virus ataca al sistema neurológico, quizá yo no haya hecho más que balbucear y gorgotear como un zombi.  

Día 7

Entorno un ojo y miro la hora: las ocho menos diez. Ronroneo y duermo otra horita.

Hacía dos años que no me levantaba tan tarde. Me incorporo en la cama. Giro la cabeza a un lado y a otro. Nada, ni rastro de la tortícolis que arrastro desde que Óscar rebasó la marca de los diez kilos. Me pongo de pie y muevo los brazos como si fueran las manecillas de un reloj. Siento cierto resquemor, pero puedo marcar las diez menos diez sin que un calambre me corte el aliento. Me restriego los ojos y miro los exámenes corregidos, las notas de las videoconferencias, la pila de libros anotados y reseñados en Goodreads, los mensajes de audio que he cruzado con los amigotes. Caigo en la cuenta de que hace una semana que no limpio cacas ni canto nanas ni cuento cuentos.

Qué felicidad.

Alguien escribía estos días en Twitter que le parecía trágico cómo muchos se alegraban de coger el virus porque así podían dejar de trabajar un rato. Otra tuitera respondía que habrás dejado de trabajar tú, bonica, porque lo normal es seguir teletrabajando durante la baja. A lo que a mí me dan ganas de contestar que, para una tercera categoría de trabajadores, hacer una jornada de teletrabajo sin tener un niño al lado que te saque los libros de la estantería o te quite los bolis para pintar en la pared ha terminado convirtiéndose en algo próximo al descanso.  

Quién habría dicho que, sin salir de mi cuarto, terminaría llegando a Estocolmo.

Día 8

Fecha prevista del parto. Salgo a hacerme el test que pondrá fin a mi encierro. Podemos considerar un triunfo que, de las cinco personas que había en casa, solo yo haya caído enfermo. O, mejor dicho, que solo yo haya caído enfermo de coronavirus, porque obviamente todos han ido pasándose estos días uno de los resfriados que Óscar se trae de la guardería.

Aun cuando el resultado es negativo —alguien escribía en Die Zeit esta semana que hay niños para los que «positivo» significa algo negativo, y viceversa—, me cuesta quitarme la mascarilla y acercarme a los demás. ¿Seguro que es seguro? Kathleen llama a un número de información y se ríen de ella, o sea, de mí. Acepto comer en el mismo cuarto, pero sin quitarme la mascarilla. Durante la comida, mis suegros hablan del piso que van a alquilar aquí en Hannover, y discuten sobre la mejor manera de encajar la encimera de su antiguo apartamento en la nueva cocina, sobre cómo disponer el tresillo en el salón sin que bloquee la puerta de entrada, sobre cómo vender una enciclopedia de veinticinco volúmenes de 1994, sobre la altura a la que deberán taladrar las baldas en la despensa empotrada, sobre si comprarle o no los muebles del balcón a los anteriores inquilinos, y lo hacen afirmando vigorosamente, aleternativamente, a veces simultáneamente una misma opinión y la contraria.

«Willkommen zurück», me dice Kathleen, pero yo apenas la escucho, pues en mi imaginación ya he regresado a ese dormitorio en el que, por un breve lapso de tiempo, fui joven de nuevo.  

miércoles, 22 de diciembre de 2021

—«Álvaro»… ¿Eso es portugués? Ah, español. Estuve en España hace un par de semanas. Un clima estupendo…

—Qué suerte —respondí—. Nosotros tenemos previsto volver estas navidades por primera vez después de dos años. Mis hermanos todavía no conocen a su sobrino, y aún me quedan allí tres o cuatro amigos a los que querría volver a ver antes de consumar mi transformación en un misántropo cascarrabias…

Concluí la frase a un volumen inaudible: de todos modos, el dependiente de la tienda de ordenadores no me estaba escuchando, sino que miraba una tablet y la acariciaba con el índice.

—Mira, Álvaro —me dijo al fin. En un descuido le había concedido permiso para tutearme, aun a sabiendas de que era un truco pedorro de mercadotecnia para hacerme creer que estábamos en el mismo barco.— Mira, Álvaro, lo cierto es que en estos modelos el puerto USB está fundido a la placa base, así que va a haber que reemplazar todo lo que tu ordenador lleva dentro. Barato no va a ser.

En el siglo que corre, un ordenador es prácticamente un órgano más, así que salí de la tienda cariacontecido como si acabasen de endilgarme un positivo en el test del covid, lo cual resultaba irónico porque serían todos los demás los que, en las dos semanas siguientes, contraerían la enfermedad o tendrían contagiado a alguien próximo.

Los modelos matemáticos que extrapolaban la situación sanitaria para Año Nuevo iban de lo espeluznante a lo apocalíptico. Los gobiernos ordenaron de nuevo el toque de queda y el uso de mascarillas, pero nadie se acordó de pedir la suspensión de las patentes de las vacunas, que es lo único que podría impedir que esta situación se vuelva recurrente. Y, después de discutirlo durante horas con Kathleen, de consultar compulsivamente los periódicos y de dar vueltas y más vueltas en la cama, terminamos por aceptar que si viajábamos a España teníamos todas las papeletas para pasarnos el mes de enero encadenando cuarentenas. 

Pronto hará dos décadas que vivo fuera de España y hasta ahora nunca me había pesado, porque raro ha sido el año que no he podido juntar allí un mesecito. Pero no he vuelto desde mi excursión a Iria Flavia en enero de 2020, y, tras haber cancelado ya un viaje en julio, realmente había esperado poder pasar diez días con mis padres y mis hermanos, soltarles al niño para que lo disfruten y, de paso, refrescar mi español y recuperar una mínima parte de las lecturas que las constantes enfermedades de Óscar me han impedido hacer en las últimas semanas. Renunciar al viaje se me hace casi tan duro como renunciar al ordenador.




 «En fin, como suscribí un seguro de viaje a razón de cincuenta pavos por barba, al menos la anulación debería resultar sencilla», me digo en un acceso de optimismo. La agencia digital en la que compré el billete me remite a la aerolínea. La aerolínea tiene un contestador automático rizomático de arte y ensayo, en el que cada mensaje ha sido pregrabado con un acento y una intensidad diferentes, que van desde el cuchicheo turco al estonio estentóreo. Cuando doy por fin con alguien de carne y hueso, me dice que eso lo tengo que hablar con la aseguradora. La aseguradora me dice que ya veremos, pero que en cualquier caso necesito que la agencia me haga un certificado de cancelación. La agencia me dice que lo haga Rita —o sea, la aerolínea—. El teleoperador de la aerolínea dice que no puede cancelar el billete, pero sí anularlo. Le pregunto si no es lo mismo. El teleoperador considera que una risa sarcástica encapsula toda la información que necesito. Tres horas más tarde, en el número de teléfono de una oficina alemana de la aerolínea española, damos con alguien que nos dice que, como es Navidad, nos va a hacer un favor, y ese favor consiste en hacer lo que legalmente está obligado a hacer.


La crispación que me ocasionan estos trámites atenúa el duelo por esta nueva postergación de los reencuentros. Por el espacio de tres horas largas, mi aversión a las técnicas corporativas para escurrir el bulto y torear al cliente por lo fino pone en olvido a todas las personas a las que no podré ver. Para distenderme, y ya que la tarde está de todos modos perdida, me acerco en bici a la tienda de informática, donde, según me comunicaron ayer, por fin puedo recoger mi ordenador.  

El mismo dependiente de la última vez saca mi portátil de un sobre de material plástico con la textura de una galleta de arroz.

—«Álvaro» —me dice—, ¿eso es portugués? Ah, español. Estuve hace poco en Barcelona. Las playas, las tapas…

—Qué suerte —farfullo—.

—Bueno, pues aquí tienes —dice, abriendo el ordenador y pulsando el interruptor de encendido—. Prácticamente no ha habido que hacerle nada. 

—¿No? —pregunto, extrañado—. La última vez usted me dijo que habría que extraer la placa madre, el disco duro, la vesícula, la batería… 

—Nah —dice, pulsando de nuevo el botón de encendido—, tan solo era una cosa de actualizaciones. 

—Bien puede ser. Lo de actualizar, la verdad, me da siempre una pereza enorme, porque antes hay que liberar tropecientos gigas, que no sé yo por qué las actualizaciones siempre necesitan tantísima memoria, y mi colección de audiolibros ha crecido tan descontroladamente que…

Me callo, porque el dependiente, tras pulsar por tercera vez la tecla de arranque, ha dejado de prestarme atención y contempla la pantalla de mi portátil, que permanece sumida en una ominosa oscuridad. 

—Dame un minuto —dice. Y, sin esperar respuesta, cierra mi portátil, lo enfunda en la galleta de arroz y se mete en la trastienda. Media hora más tarde vuelve a salir y me dice:

—Mucho me temo, querido Álvaro, que tu ordenador no arranca, ni carga, ni ventila. Ahora bien, como es Navidad, te voy a hacer un favor…

jueves, 9 de diciembre de 2021

 Fuimos a una oficina municipal a hacerle el pasaporte a Óscar. Junto a la ventanilla había un expositor de tarjetas de donantes de órganos. El principio es simple: uno firma la tarjeta, la mete en la cartera y, en caso de accidente, el equipo médico cuenta con la aceptación expresa del interfecto para sacarle los menudillos. Le pedí a Kathleen, que estaba más cerca, que me tendiese una. Me dijo que no, medio en broma; sé que la espantaría aceptar ese procedimiento en sus seres queridos, que para ella se asemejan a una mutilación. 

Antes de salir, aprovechando una maniobra de distracción de Óscar, deslizo una tarjeta en mi bolsillo.
 
Al ir a firmarla, no obstante, vacilo. Me detienen varios considerandos. El primero de ellos, desde luego, es que la decisión no me compete solo a mí mismo. Creer que el cuerpo de uno sólo es de uno es igual de mentecato que creer que el cuerpo de los demás también es de uno. En algún lugar paradójico entre esas dos posiciones mutuamente excluyentes se encuentra la verdad de nuestra convivencia.

¿En nombre de qué bien mayor, en caso de tener una muerte violenta, le añadiría a Kathleen un dolor suplementario? En nombre de la Humanidad, por supuesto; pero por esa rendija se cuelan las demás preguntas. ¿Cuánta confianza estoy dispuesto a depositar en la Humanidad? ¿Cómo de incondicional sería mi donación? No tanto como propone la tarjeta, desde luego. La tarjeta permite reservarse algunos órganos, como cuando uno sale del restaurante y se lleva en una barquilla de aluminio los restos de la familia diciendo que son para el perro aunque en realidad son para la suegra. Para la suegra uno puede reservar, en caso de muerte sobrevenida, la vesícula biliar —es un ejemplo— o el intestino delgado. Hay quienes deberían donar su hígado a un museo, porque con él ejecutaron proezas verdaderamente épicas. Otros deberían donar a un museo... En fin, dejémoslo. 

Yo no querría reservarme órganos, sino reservar para mis órganos el derecho de admisión. Querría tener la opción de indicar el tipo de receptor que deseo para ellos. A un niño, por ejemplo, siempre le concedería el beneficio de la duda, pero temo que los niños calcen órganos varias tallas más pequeños.  

Es una lata estar muerto en el momento en el que uno mejor podría decidir sobre algo tan trascendente. Lo que a mí me gustaría es poder recorrer la lista de enfermos y tomar una decisión informada, con la misma parsimonia con la que los millonarios deciden el tipo de causa supuestamente altruista en la que piensan invertir parte del dinero que no pagaron al fisco.

Me imagino revolviéndome en mi tumba mientras mis pulmones van por ahí conduciendo un SUV, espantando a manteros, troleando a las escritoras y cortando cochinillos con el canto de un plato de loza. Mi mano se desenterraría mágicamente, como en la leyenda becqueriana, para hacer a ras de suelo un elocuente gesto de disconformidad.

Lo que yo desearía es poder customizar mi tarjeta de donante y añadirle cinco líneas rojas, cinco requisitos innegociables para mi coalición con el futuro legatario: que vote a la izquierda del centro izquierda, que no tenga coche, que no viva en una vivienda unifamiliar, que sea vegetariano y que no diga «es la tormenta perfecta». De lo contrario, amiguito —escribiría con mucha mala sombra en una nota al pie—, vas a tener pedirte los pulmones por Amazon.

—Menudo malqueda —dice mi interlocutor imaginario—. ¿Qué más te dará, si de todos modos vas a estar muerto? Piensa un poco en los demás.

Precisamente, yo pienso mucho en los demás. Me paso el día pensando en los demás, y en lo poco que los demás piensan en los demás. Pienso en cómo los demás aparcan su carro blindado en los pasos de cebra e invierten distraídamente en fondos buitre mientras mastican el penúltimo atún rojo. Quizá los demás acepten que les extirpen algunas vísceras cuando ya no puedan seguir dando la lata, pero eso no significa que alguna vez hayan pensado en los demás.



Como mi interlocutor es imaginario, lo transformo en interlocutora y la visto de Sakura Haruno, la heroína del manga preferido de mi sobrino.

—¡Si actúas así te convertirás en alguien idéntico a ellos! —me dice Sakura, componiendo un delicioso gesto de espanto.

Quizá; pero si pongo mis entrañas en dominio público me convertiré en algo peor que alguien idéntico a ellos, y es en ellos mismos.

Sakura, pensativa, se enrosca tras la oreja uno de sus mechones rosa. Pasados unos instantes de vacilación, se pone de pie y se ajusta las rodilleras, como disponiéndose a una ofensiva.

—Tienes razón —dice—. Hay una alta probabilidad de que donar tus órganos sirva únicamente a la lógica extractiva del neoliberalismo económico. Los pobres siempre han dado su cuerpo a los ricos. A los ricos, los cuerpos vivos les importan solo dentro de un reducido radio de clase.

—Bueno, bueno, tampoco hay por qué ponerse estupendos.  

—La donación de órganos es un simulacro de redistribución por el que los atropellados, los desinformados, los mal asesorados, los que se suben al andamio prolongan las vidas de quienes atropellan, de quienes informan, de quienes asesoran, de quienes trabajan en cómodos despachos de madera de cedro y sillones ergonómicos.

—Sakura, hija, te estás saliendo del guión…

—¡El momento de la filantropía ingenua ha terminado! ¡Quien aspire a heredar el corazón del prójimo debe preocuparse por el prójimo mientras su corazón aún late! ¡La socialización de los cuerpos muertos no es admisible mientras no se socialicen los medios de producción!

Sakura Haruno levita a un palmo del suelo. Un viento que parece surgido del centro de la tierra le revuelve la cabellera y arremolina en torno a ella hojas de cerezo. Sakura Haruno tiene la pose de un mural soviético y la mirada extraviada de una virgen mártir.

Esto se me está yendo de las manos.

sábado, 20 de noviembre de 2021

Óscar se pasa el día señalando cosas y diciendo «este», «uno», «otro», todo ello con un acento que podría calificarse de gaditano, sin ánimo de faltar. Le preguntamos muchas cosas y él, ceceando, dice a todo que sí:

—¿Quieres escuchar música?
—Zí.
—¿Quieres salir a la calle?
—Zí.
—¿No prefieres quedarte aquí a hacer torres de tarugos?
—Zí.

A lo mejor desearía hacerlo todo a la vez y, como no tiene aún apenas noción del tiempo, no entiende que debe escoger entre distintas opciones.

Algo que, con toda seguridad, querría hacer todo el rato son croquetitas. Así es como llamamos al entrenamiento de volatinero que me tiene descoyuntado: yo lo lanzo sobre la cama y lo zarandeo de un lado a otro, como si estuviera rebozando croquetas. Él se ríe a carcajadas y pide «¡máazz!», o «¡no máz!», que quiere decir lo mismo, pero en alemán.
 
Se ha inventado una canción que dice «ma, ma, ma», y luego sube una tercera y dice «mi, mi, mi», repitiéndolo da capo y ad libitum. A veces lo que dice es «pa, pa, pa... pi, pi, pi...», pero menos, porque entonces se confunde con la canción de las croquetitas, que dice «pa-pa-pí... pa-pa-pú..», o con la canción del columpio, que va «pa-pí, pa-pú».

Durante varios días nos ha vuelto tarumbas gritando «¡oh, patata! ¡oh, patata!», hasta que comprendimos que lo que quería era que jugásemos a una especie de «aserrín, aserrán» cuya letra dice «hoppe, hoppe, Reiter». Aparte de eso, «patata» —que él suele pronunciar esdrújula— puede ser una piedra, un bulbo de jengibre, la nariz de mi suegro y ocasionalmente también una patata.

Esto, que puede parecer una fase primitiva del lenguaje humano, es en realidad el punto culminante del lenguaje humano. Hay animales que atribuyen signos a cosas, pero los seres humanos se inician rápidamente en los arcanos de la analogía y atribuyen el mismo signo a cosas que no guardan la menor relación entre sí. «Libertad», por ejemplo, puede ser no vacunarse, o sí vacunarse, o un coche, o la Revolución Francesa, o Isabel Díaz Ayuso. «Lista» puede ser una enumeración, una franja de tela o todo lo contrario de Isabel Díaz Ayuso. La palabra «músico», con sus flexiones de género, puede tener por referente a Taylor Swift, el Fary, Gloria Coats, Johann Sebastian Bach, Johann Sebastian Mastropiero, Ethel Waters, Enrique Santos Discépolo, Conchita Wurst, Óscar con su «pa-pa-pa», Ricchi e Povere con su «ma-ma-ma», el Dr. John, Rodolfo Chiquilicuatre, Toscanini, «Scarface y Napoleón, Yatasto y Marimón, Carrera y San Martín».

Óscar ya ha descubierto que todos somos unos, que todo es cambalache, todo patata.

Oh, patata.

miércoles, 27 de octubre de 2021

Ahora que la gente puede al fin prescindir de la mascarilla cuando camina por la calle, ya vuelve a haber escupitajos en el suelo y la ciudad de L*** recobra su flair característico. Yo intento hacerme algo más acogedor este palomar en el que, hasta la siguiente pandemia, pasaré dos o tres noches por semana. Enciendo de nuevo la nevera, cambio el filtro del agua y le imploro a la casera con humildad genuflexa que arregle el calentador. Mi casera es una de esas personas inasequibles a las órdenes pero vulnerables a la sumisión, por lo que manda arreglar el calentador de inmediato. Desgraciadamente, el fontanero debe de llamarse Schrödinger, porque solo cuando ya estoy bajo la ducha descubro si esa mañana va a haber agua caliente o no.

Los días en la universidad son complicados; tienen que dar de sí lo mismo que una semana completa y casi siempre me he olvidado en la otra ciudad los documentos de los que precisaba. Cuando termino de excusarme por haberlos olvidado, corro mi palomar a hervir una sopa de sobre y ver qué pone en la pantallita del calentador, salvo el viernes, que corro a tomar el tren de medianoche.

«Al menos en el tren puedes trabajar», me dice la gente, porque la gente tiene del tren una imagen publicitaria y no se da cuenta de que un tren alemán viene a ser como un metro esporádico e impredecible. Del tiempo que dura el viaje, la mayor parte me la paso en un andén, expuesto a los cuatro vientos, esperando un tren que debería haber llegado ya. Cuando al fin llega y me subo, termino sentado en el suelo de un pasillo porque todos los asientos están reservados; o engullendo un plato de arroz con verduras recalentado al microondas en el coche restaurante, que es lo único que he podido comer desde el mediodía; o vegetando en una butaca a las dos de la madrugada, a la merced de los neones implacables del vagón, después de haber perdido un transbordo.

Ocasionalmente consigo dar con un asiento libre y abrir sobre las rodillas el ordenador portátil. En esos momentos podría llegar a trabajar si no hubiese estado encadenando un resfriado tras otro, cortesía de esa coctelera de patógenos que es la guardería. Ahora soy ese tipo que tose al fondo del vagón y al que los demás pasajeros dedican miradas esquinadas.  

El fin de semana consiste en contar hacia atrás las horas que faltan para que termine el fin de semana y vuelva a abrir la bendita coctelera, es decir, la guardería. Veintisiete horas: leer tres cuentos, cambiar un pañal. Veintiséis horas: dibujar caracoles con las ceras, preparar el segundo desayuno. Veinticinco horas: despertar a Kathleen, lavarme la cara, cambiar otro pañal. Cuando la cuenta atrás se extingue, respondo los correos electrónicos de la semana anterior, compro sobres de sopa y corro a tomar el tren.

Temo estar convirtiéndome en uno de esos personajes de Gogol, de Poe o de Dostoïevsky cuya existencia iba siendo usurpada meticulosamente por un doble maléfico, que no le deja sino las funciones más indignas e ingratas de lo que otrora fue su vida: disculparse, esperar trenes, limpiar culos, toser. Para escapar a sus artimañas y recuperar una vida propia necesitaría un tercer lugar a medio camino entre la ciudad belga del trabajo y la ciudad alemana de la crianza. Es cierto que para llegar a ese tercer lugar la semana debería tener un octavo día y yo tendría que tomar más trenes aún. Pero en el tren al menos podría trabajar.

jueves, 16 de septiembre de 2021

A mediodía bajo al despacho de François, con quien he quedado para hablar de un asunto de ordenación académica moderadamente capital. Me hace entrar, abre la ventana, nos sentamos a una distancia pandémica y, cuando yo estoy a punto de abordar el tema moderadamente capital que me ha llevado allí, me hace un gesto imperioso.

—Espera, espera.

Se nota que algo lo ha turbado hasta el extremo de que a él, que es la locuacidad elevada al cubo y pasada por la semántica estructural saussuro-hjelmsleviana, le faltan las palabras.— A ver... ¿Tienes un reloj nuevo?

Yo asiento y me remango, algo ruborizado, porque me incomoda que la gente se entere de que gasto dinero.

Durante diez años llevé el mismo reloj, un reloj analógico, que era barato cuando lo compré pero entre reparaciones y cambios de pila acabó haciéndome perder cuatro o cinco veces lo que valía. El año pasado, justo después de haber pagado cuarenta euros por que le cambiasen la correa y le pegasen el número 7, que se había desprendido de la esfera, se le desprendió la correa, se me cayó y se le saltaron el 8, el 2 y, de nuevo, el 7.

Cansado de tirar el dinero, dejé de usar reloj: como, de todos modos, me pasaba el día delante de la pantalla, no me hacía falta. Pero una vez que hemos vuelto a la vida de trenes, clases presenciales y conciliábulos variados, no puedo pararme a abrir el ordenador a cada paso para mirar la hora, ni consultar el móvil mientras doy clase sin parecer un adicto a las redes sociales.

«¿Puedo verlo?», me pregunta François. Yo le tiendo la muñeca, pero él añade: «¿puedo verlo... de cerca?». Abro la hebilla y le tiendo el reloj. François lo toma entre las manos como si fuera el Cuerpo de Cristo, y parece recogerse en una ferviente oración. «¡Qué bonito es!», dice, con un hilo de voz.

Sí, he decidido gastar un poco más desde el principio y apostar esta vez por un reloj automático, que no me deje en la estacada en el momento menos esperado, como los relojes a pilas, sino en un momento esperable. Un reloj automático es, si bien se piensa, una máquina prodigiosa y ecológica, que se nutre de la energía cinética del propio cuerpo. Las más leves sacudidas del brazo hacen que gire una pieza con forma de media luna que le da cuerda constantemente. Si uno deja de usarlo durante un par de días, basta con girar unas cuantas veces la corona para ponerlo de nuevo en marcha.

El mecanismo de un reloj automático, tan próximo al perpetuum mobile, posee una gran belleza intelectual. Por desgracia, el tributo que los seres humanos rinden a la belleza suele consistir en desvirtuarla. Así, los coleccionistas de este tipo de relojes los exhiben en vitrinas móviles, que consumen electricidad para que no se paren aunque su dueño no los utilice.

Es difícil encontrar un reloj automático que cueste menos que el salario mínimo interprofesional. Pero más difícil aún es encontrar un reloj automático que no tenga connotaciones antidemocráticas. Muchas marcas de relojes automáticos, como Aristo, Regent o Erbprinz («príncipe heredero»), exhiben una nostalgia del Antiguo Régimen con la que mi pulso jacobino no puede avenirse. Descartadas. Otra de las más conocidas, aunque es suiza, se llama ETA. Descartada. Otra se llama Messerschmitt, que era el nombre de unos cazas de la Luftwaffe. También descartada.

Ya van quedando pocas cartas sobre el tapete, y me veo que a este paso me quedo sin peluco. Los zeppelines son unos inventos igual de maravillosos que los relojes automáticos, pero en el catálogo de la marca homónima el único modelo que puedo permitirme se llama «Hindenburg», en recuerdo de un autoritario mariscal de campo alemán o del dirigible nazi que honraba su memoria y que ardió en llamas sobre la costa de New Jersey en uno de los accidentes aeronáuticos más infaustos de todos los tiempos. Descartado. Y por descarte acabo llevándome un reloj de la marca Iron Annie, que es un nombre como de heroína de Disney agiornatta.

François y yo cruzamos esa tarde un par de correos electrónicos sobre los juegos de rol a los que invitan los catálogos de relojes para hombres. Es frecuente que estos artículos, en lugar de ordenarse conforme al precio, al tamaño o al material de que están hechos, sean clasificados por lo que esos hombres querían ser de mayores cuando tenían siete años. Así, la marca Fortis ofrece relojes para «Flieger» (es decir, para pilotos), para «Aeromasters», para «Marinemasters», para «Cosmonautas oficiales» y para «Cosmonautas clásicos». Estos últimos llevan por divisa «vestidos para el espacio», porque, obviamente, uno no puede desembarcar de cualquier manera en las lunas de Júpiter.

En el catálogo de Hanhart uno puede escoger entre ser un «pionero», un «campeón de carreras» o un «primus». Esto de «primus» no sé qué significa, pero en el interior de esa categoría se encuentran otras como «conductor de carreras», «submarinista», «piloto» o —no es lo mismo— «piloto del desierto».

Muchos anuncios publicitarios insertan sus productos en un mundo de ficción, pero pocos nos ofrecen tantos papeles en él como los fabricantes de relojes. En el reloj se concentran, por metonimia, todos los atributos de un aventurero que, como Alejandro Magno, desafía a los cuatro elementos: la tierra, el mar, el aire y el espacio intergaláctico. El reloj, que contiene un mecanismo miniaturizado, contiene también miniaturizado un prolijo disfraz. Arrancado de su geografía de ficción, este objeto sigue vinculado a ella y nos transfiere algunas de sus propiedades, un poco como una pulsera magnética. Un reloj es un objeto desplazado que nos desplaza, de manera que mientras una mano pone la lavadora o conduce el ratón por los meandros de un formulario en línea, la otra, la del reloj, está destazando cocodrilos en una estación orbital.  

Un reloj viene a ser el pedacito de ficción con el que salpimentamos nuestra vida de soseras. Un reloj es el embrague metaléptico que pone en comunicación el mundo real con un mundo imaginario del que somos monarcas o redentores laureados. Los relojes que prueban ser incapaces de establecer esa comunicación transontológica son mera bisutería factual.

Tengo el problema, no obstante, de que el catálogo de Iron Annie no es suficientemente preciso —quiero decir, estrafalario—, y no sé muy bien de qué tengo reloj. No sé si se me espera en el Nilo, en un submarino nuclear o en Alpha Centauri, y tener reloj no me eximirá de llegar tarde. François disipa mi incertidumbre al explicarme que el mío es un reloj de piloto: los hacen con la corona más grande de lo normal para que uno pueda ponerlos en hora sin quitarse los guantes. Yo me alegro porque, aunque los aviones me produzcan aprensión, llevar guantes es una cosa que me sucede con cierta frecuencia.   

Poco después me entero de que «Iron Annie» fue el sobrenombre que se dio a un avión de carga tipo Junkers que, aunque diseñado para el uso civil, sirvió también como bombardero en varias guerras del siglo XX. Ahora no puedo mirar la hora sin atravesar antes las ruinas de Guernica.

viernes, 20 de agosto de 2021

Estoy con Óscar en el parque, buscando bellotas para tirarlas al agua y escuchar cómo hacen «pluc», cuando oímos el ruido de un motor. Óscar aguza las orejas y dice «tío», que en su lengua quiere decir «helicóptero». Los helicópteros son una de las cosas que más le gustan; deben de parecerle animales mitológicos o dioses.

Cuando pasa sobre nosotros vemos que no es un helicóptero, sino una avioneta. No importa: si un hipopótamo puede ser un «guau guau» y yo puedo ser «mamá», no veo por qué una avioneta no puede ser un helicóptero. La saludamos al grito de «¡tío, tío!», haciéndole fiestas de náufrago. Pero entonces veo que la avioneta arrastra una banderola, y que la banderola hace publicidad de la AfD, por lo que dejo a Óscar en el suelo y me pongo a hacerle cortes de mangas.

Se conoce que hoy es el día escogido por ese partido xenófobo y reaccionario para entrar en campaña, porque sus militantes también han llenado de carteles las farolas de nuestro barrio. Si la banderola de la avioneta decía «Vota libertad», los carteles de las farolas precisan: «la libertad son los coches».

Los mismos que se ríen del partido animalista han hecho del suyo un partido automovilista. Otros carteles de la AfD y de los ultranacionalistas Hannoveraner prometen más plazas de aparcamiento en nuestro barrio. No sé cómo querrán hacer: si se crean más plazas de aparcamiento en el barrio, habrá que llevarse el barrio a otro barrio, porque ya hay coches aparcados en todos los sitios aparcables, e incluso en muchos otros sitios que en principio deberían servir para que los vecinos puedan cruzar las calles.  

Lógicamente, para un partido de extrema derecha es embarazoso que la libertad guarde algún nexo con los ideales ilustrados, con el desmantelamiento de vínculos neocoloniales, con el derecho a elegir el país de residencia o con la posibilidad de idolatrar los helicópteros que cada uno escoja. Por eso, se entiende que haya tenido que comprar en un todo a 100 una libertad de plasticurrio, que consiste en no vacunarse, tener un coche y que el municipio te pague un lugar donde dejarlo.

Muchos mártires de esa libertad han debido de decirse que, ya que de momento no puede haber más coches porque están ocupados todos los aparcamientos y todas las aceras, por lo menos pueden hacer que los coches sean más grandes. Y así es como poco a poco se nos va llenando la ciudad de SUVs.  

Estoy leyendo The Social Construction of Reality, y allí se dice que un objeto puede ser signo de hostilidad aunque no sea empleado con finalidad hostil. Un cuchillo clavado en la puerta, por ejemplo, no le hace daño a nadie, pero expresa inequívocamente una animadversión. Pues bien, eso son para mí los SUVs: un cuchillo clavado en la puerta.

Un SUV hace lo mismo que un coche normal —contaminar, atropellar, meter ruido, ocupar espacio, desgravar impuestos y transportar gente que casi siempre podría ir en autobús— pero además incluye 500 kilos de suplemento semiótico. Viene a ser lo que el diario del domingo al diario del lunes, pero a lo bestia.  

De esos 500 kilos extra, la mayoría sirve para expresar de una manera extravagantemente cara el desprecio por todos los seres vivos y por los esfuerzos que hacen muchos vecinos y algunos gobiernos por dejar un planeta más o menos habitable tras de sí.

Por supuesto, los vendedores de estos coches y los compradores que creen necesitarlos para superar sus enrevesados complejos traen siempre preparada una batería de excusas con las que se podría montar un buen monólogo cómico que a ellos mismos les haría sonreír si alguna vez hubieran cruzado la calle a pie delante de un SUV. Todos nos autoengañamos un poco, lo normal o mucho, pero el grado de iluso virtuoso solo lo alcanzan los propietarios de esos carros blindados para el uso civil con los que pretenden liberarnos a todos hasta la náusea.