Tirandillo

Tirandillo
Diez años justos de garambainas. No está mal. Aquí lo dejo para explorar otras formas de correspondencia. Mi intención es reunir una o dos veces al año textos parecidos a los que he venido publicando aquí, y enviarlos por correo postal. Para recibirlos —gratis, mientras pueda permitírmelo—, envíame tus señas a la dirección siguiente:

Nos seguimos leyendo.

sábado, 30 de abril de 2022

A finales de enero leí una entrevista con José Luis Alcaine, que ha sido director de fotografía de muchos de los clásicos recientes del cine español. En ella lanzaba sobre el tapete una hipótesis fascinante: la de que el cine actual deja menos poso en los espectadores porque determina su atención en exceso. Las películas del día se ruedan abriendo mucho el diafragma de la cámara, con lo que queda desenfocado todo salvo aquello que el director quiere que se mire. Entre los años 1940 y 1970, decía Alcaine, se hacía lo contrario: se rodaban escenas con gran profundidad de campo en las que había tantas cosas que podías pasarte luego horas diseccionando la película.

En las entrevistas de estas últimas semanas sobre La Edad de Tiza hemos hablado mucho de cómo contar el pasado reciente y, a fuerza de darle vueltas y de explicarlo mal muchas veces, termino echando mano de esta ideaca de la profundidad de campo, que puede ayudar a aprehender lo que hay de traición en la mirada nostálgica. La mirada nostálgica es la que se consigue con el cierre de diafragma, con el primer plano extremo de unas sandalias cangrejeras, de un dispensador de caramelos PEZ, de una Game Boy o de la bruja Avería. Esa mirada falsea el universo semiótico de cualquier época, siempre mucho más complejo que la suma de los objetos que lo componen.

La historiografía académica no tiene por qué tener una mayor profundidad de campo que la de la ficción histórica, y de hecho no la tuvo durante todos los siglos en los que la Historia se desplegó en los manuales como un leporello de episodios bélicos. Todavía hoy un historiador cultural puede opositar a cátedra ignorando el lenguaje de las flores, o el pronombre de cortesía que debe aplicarse al deán catedralicio, o los usos de las aucas, o la pronunciación de la cedilla medieval, o el código de conducta durante los rituales religiosos, o los ruidos que atronaban las calles en la época de la que es especialista.

Por eso —entre otras causas— yo soy defensor de transcribir los textos de los cuatro últimos siglos manteniendo la ortografía original. Lo contrario es abrir el diafragma: maquillar las arrugas del lenguaje, inyectar bótox en los significantes. Esas operaciones estéticas generan la ilusión, sagazmente formulada en un libro reciente por Santiago Díaz Lage, «de que ninguna distancia histórica nos separa de aquel estado de lengua»; y ello, a su vez, «puede sesgar la interpretación», ya que también los significados han ido madurando, macerando, arrugándose, alterándose.  

Creo importante conocer —o, mejor dicho, aspirar a conocer, aunque ese conocimiento solo pueda ser, por fuerza, ridículamente parcial y fragmentario— esos detalles nimios y banales que componían la percepción epidérmica de la realidad cotidiana, porque en ellos se cifra la resistencia del pasado a nuestros reflejos mitómanos y universalistas. Basta con remontarse unas pocas décadas para comprobar cómo incluso la fisonomía humana se ha transformado sutilmente, desde aquella época en la que menos gimnasio, menos azúcar y menos comida producían cuerpos fibrosos, magros, chatos, culibajos y reconcentrados.

La arqueología de los objetos fósiles del pasado reciente puede aportar profundidad de campo, pero solo si se los desentierra con determinada actitud. La actitud nostálgica los aisla en una mirada contemplativa, bidimensional, que no enfoca lo que queda detrás ni lo que queda delante del objeto; pero si arqueología cultural transforma la contemplación en algo más discursivo y articulado, el resultado puede ser verdaderamente pedagógico.

Pensemos en ese gesto perdido de actor antiguo que consiste en meterse el pañuelo entre el cuello de la camisa y la piel. Arturo Barea decidió comenzar con ese gesto la última novela de una trilogía que es lo más cerca que quizá pueda estar uno de experimentar la vida cotidiana en el Madrid de principios de siglo: «El calor de agosto disuelve el almidón. El interior del cuello planchado se convierte en un trapo húmedo y pringoso; la tela exterior conserva su rigidez y sus aristas rozan la piel sudorosa». En la incomodidad del cuello deformado hay algo del pasado que no es nostalgia, como lo había en la caligrafía —que podía ser «española, inglesa o francesa», nos recuerda Díaz Lage—, en la cadencia del paso —mi amiga Giselle dice que le ha bastando con ver andar a alguien para saber que era de Venezuela— o en la manera de sostener un cigarrillo.

(Esto de sostener un cigarrillo ya va camino del museo de artes populares. Uno puede ver en la pantalla a actores que sostienen un cigarrillo como si sus dedos hubieran estirado la pata seis horas antes. Se llevan el pitillo a los labios con un exceso de premeditación y de precaución del que puede deducirse que faltaron a clase el día que daban el sistema Stanislawski).
 

No hay esquina del barrio de Salamanca que no luzca estos días un anuncio de la adaptación teatral de Tea Rooms, la novela-reportaje que Luisa Carnés escribió en 1934, y que trata de los sinsabores de unas camareras de un salón de té. A mí me exaspera que en el cartel aparezcan cruasanes y macarons. Algunos cruasanes sí que salen en la novela, pero macarons, ninguno. Dice la Wikipedia que estos dulces se inventaron en el siglo XVI, pero yo el primero que vi en mi vida lo vi en internet, no digo más.

Mi amigo el crítico marxista-althusseriano ha ido a ver la puesta en escena de Tea Rooms y está que trina porque han suprimido el alegato revolucionario-bolchevique con el que Carnés cerraba la novela. Yo no me habría atrevido a esperar tanto del Madrid que ha encumbrado a Díaz Ayuso, aunque sí habría creído posible evitar los macarons. Pero claro, el barrio de Salamanca exige también ese tipo de concesiones.

En la novela se mencionan los mantecados, los hojaldres, las pastas de té, las ensaimadas, los pasteles de nata, los «pan cakes» —que no sé si serían fruitcakes o tortitas—, los brioches, los mantecados, los puddings, los huevos de Pascua de chocolate, los merengues y unos bizcochos llamados «soletillas». Estas soletillas son lo contrario de los macarons: para mí representan el pasado inaprensible, el detalle que se resiste a la analogía facilona, a la actualización ruidosa de la trama obrerista. Si meciéramos esa soletilla en la palma de la mano y nos la llevásemos a la oreja, probablemente nos diría: «el mundo en el que vivieron estas mujeres ya está muy lejos del vuestro. Nunca lo comprenderéis por entero».

domingo, 27 de marzo de 2022

No fui, ni mucho menos, de los colegas más íntimos de Jean-Pierre B. No tenía su número de teléfono. Nunca lo vi fuera del contexto académico, salvo en las reuniones de fin de año o en algún aperitivo improvisado después de una junta de facultad. Y sin embargo, hay algo de obsesivo en su súbita muerte. Solo éramos colegas, pero como me hace notar Kristine, tratamos a muchos colegas con más asiduidad y aun con más intensidad que a muchos parientes.

Hace seis años se conoce que hubo un momento efímero de distensión y relajo, porque una tarde, después de una junta de Facultad, ocurrió algo que no ha vuelto a suceder desde entonces, y es que cuatro o cinco profesores acabamos tomando cervezas en la cafetería de enfrente. Entre ellos, Jean-Pierre. Yo acababa de solicitar la excedencia para ir a Madison, y todos me preguntaban si había visto la película de Clint Eastwood —que, en realidad, transcurre en otro Madison—; alguien habló de los muchos belgas que habían emigrado a aquella región (unos meses más tarde visitaría, efectivamente, la Bruselas de Wisconsin); otro, comprensiblemente envidioso de mi suerte, sugirió que yo pagase las cervezas, y Jean-Pierre dijo que debería aprovechar mi excedencia para organizar un congreso e invitarlos a todos, de manera que pudiéramos encontrarnos allí y seguir charlando y bebiendo, al abrigo de todas esas reformas legales y administrativas que nos pudrían y siguen pudriendo la existencia.

El martes pasado fui al tanatorio a dar el pésame a la familia. El miércoles era el entierro, pero coincidía con dos de mis clases. Como todavía tengo seis o siete horas que recuperar de cuando me escapé a Madrid, me pienso mucho si mantenerlas o no. Intenté imaginar qué habría hecho el propio Jean-Pierre, pero enseguida me persuadí de que ese ejercicio mental de ventriloquía ultraterrena era, en general, injusto, y en el caso particular de Jean-Pierre, además, ridículo, pues una de las cosas que caracterizaban sus intervenciones públicas era la capacidad de adoptar ángulos sorprendentes, de hacer propuestas inesperadas, de neutralizar con salidas de pata de banco los dilemas bizantinos en que se agota nuestra vida institucional.

Si algo me ha quedado claro en los trece años en los que traté a Jean-Pierre, ha sido que, entre la vida y el protocolo, él siempre tomó el partido de la vida: de la vida gastada en aprender, en conversar, en comer, en escribir. Cuando fue decano, conducía las juntas de Facultad a uña de caballo, con prisa por pasar a otra cosa. Por eso, por no inclinarme ante el protocolo, me decido a mantener mis clases. (La muerte es el peor de los protocolos, el trámite contraproducente, la gestión que postponemos hasta que el plazo —y uno— expira). Con lo que no contaba era con encontrarme a los estudiantes cariacontecidos, llorosos, alguno incluso tan incapacitado para seguir la lección que se excusa y abandona la sala entre hipidos.

A veces cuando me aburro en las reuniones, dibujo a mis colegas con la mano izquierda. Mientras que la mano derecha percibe la quidditas, la categoría general, la mano izquierda percibe la hæcceitas, lo intransferible del individuo. Pero ni siquiera con la mano izquierda conseguí sacarle el parecido a Jean-Pierre, ya que su rasgo más distintivo era la ironía que le centelleaba en la mirada. Aunque era una eminencia internacional, experto en poetas malditos y editor de clásicos benditos, poseía la virtud de no tomarse demasiado en serio. Un fanzine de estudiantes recogía hace poco una frase, dicha en el aula, que lo retrata a la perfección:

—¿Ah, sí? Ah, sí, puede ser... Es ingenioso. No había pensado en ello. Ahora, que igual lo que usted dice no tiene sentido. A fin de cuentas, ¿qué más da, verdad?

He oído decir que estaba organizando un congreso al que iba a invitarnos a todos.

martes, 8 de marzo de 2022

Los fines de semana siempre tenemos que estar malo alguno: unas veces es el niño, otras Kathleen, otras yo. Si no podemos ponernos malos nosotros, llamamos a mis suegros o a mi cuñada para que vengan y enfermen. A veces, alguno está malo por partida doble. Un fin de semana que corremos el riesgo de estar sanos todos, voy al dentista para que me desgracie. Pero todo, a fuerza de repetirlo, cansa, incluso lo desagradable, por lo que un fin de semana de finales de febrero, en lugar de regresar a Hannover a toser, saco un salvoconducto —tenía todos los papeles caducados— y me subo a un avión.

Desembarco en Madrid tras dos años largos de ausencia. Lo encuentro todo cambiadísimo. Ahora son otros todos esos comercios que, la última vez que estuve, ya no eran los de toda la vida.

Como he caído en pleno carnaval, me disfrazo de escritor. Llamo a Alberto, que, para seguirme la corriente, se ha disfrazado de agente. De agente secreto y literario.

—Estoy en Madrid —le digo.

—Muy bien —responde—; espera instrucciones.

Entro en una librería y veo involuntariamente uno o dos ejemplares de mi novela perdidos en el piélago de papel. Todas las novelas, en realidad, están igual de perdidas (con excepción de las de una tal Megan Maxwell, pseudónimo de una española que escribe cosas subidas de tono, y de las de Gómez-Jurado, cuyas pilas hay que escalar antes de poder entrar en cualquier librería). Casi todos, repito, estamos igual de perdidos, e intuyo que casi todos envidiamos la suerte de la novela de al lado, sin saber positivamente nada de ella.

—Es normal —me dice Alberto, quitándole hierro—. Es que hay tanto ruido...

—Ya —le digo, pero sin demasiado énfasis, porque me parece que quejarse del exceso de publicaciones es como estar metido en un coche quejándose del tráfico. Y no digamos ya si uno ni siquiera va en coche sino en burrotaxi.

Luego abro la prensa y leo boquiabierto lo que escriben Daniel Gascón, Paula Corroto o Manuel Jabois y me digo que debe de ser bonito practicar esa escritura, sentado en la cresta del presente, con el portátil en el regazo, en la confluencia de todas las ondas del planeta.

Pero otra voz me dice que nadie escribe en esa posición, o que esa posición, a la larga, entumece las piernas y da calambres en las cervicales, y que todos preferirían adoptar la posición del de al lado, ignorando que la ergonomía es un mito y que, cuando se trata de escribir, no hay posición buena. Lo que equivale a decir que no hay posición mala.

No hay posición mala en el damero literario. Yo escribo en una lengua que no es ninguna de las tres del país en el que vivo, y vivo, por mis pecados, en su provincia menos fotogénica. Pero presiento que esa incomodidad enardece la avidez de los escritores metropolitanos, que ya empiezan a descubrir en su sociedad chic de ferias y autógrafos dejes de apoltronamiento pequeñoburgués.

Entonces llega el miércoles de ceniza, me quito la máscara y dejo que el agente secreto me persigne en la frente con la carbonilla gris de los libros muertos. Regreso a mi larga cuaresma funcionarial, ayuno de lecturas, y sonrío imaginando que esos escritores metropolitanos se me representarán huyendo del calabobos bajo la rechifla de los carillones; departiendo con jóvenes ancianos que estudian los siete dialectos del Brabante; echando alpiste en el breve abrevadero de los herrerillos; esquivando la bicicleta del capellán de birreta; friendo huevos en una buhardilla que parece un palomar; haciendo, en fin, mil cosas pintorescas y literarias que permanecen vedadas a los urbanitas.

Y todo es exactamente así, pero peor.

martes, 15 de febrero de 2022

En el hemiciclo de mi dentadura yo me comporto como cualquier político de medio pelo: «esto me lo dejo para la siguiente legislatura», «este problema para mí es como si no existiera», «a esto otro habría que ponerle remedio de inmediato pero no le iba a gustar a mis electores»...

Lo que yo echo de menos en la política es algo más de mentalidad dentista. A los dentistas no hay que explicarles quiénes son los de arriba y quiénes los de abajo. Los dentistas ven las cosas como son y no les importa demasiado la composición de lugar que uno se haya hecho. Los dentistas tienen el espejo de la verdad, un espejo ante el cual retroceden las falsas expectativas y las encuestas demoscópicas.

A muchos políticos quisiera verlos yo sentados en el sillón quirúrgico de mi dentista.

—Aquí hay un par de mitos políticos que va a haber que extraer —les diría ella nada más abrieran la boca—. Se lo llevo diciendo muchos años y antes o después vamos a tener que coger el toro por los cuernos.

—No, si ya lo sé, pero es que la unidad nacional... las raíces cristianas de la cultura europea... el crecimiento económico... Como empecemos a tocar estas cosas, mi circunscripción se pone en pie de guerra. ¿No podríamos dejarlo para más adelante?

—Usted verá, pero lo que usted tiene aquí es una bomba de relojería. En fin... A ver, dígame, ¿cómo cepilla usted los servicios sociales?

—Pues así... —y uno (quiero decir, el hipotético político) mueve el cepillo como si estuviese restaurando un bajorrelieve egipcio.  

—¿A eso le llama usted cepillar? Eso ni es cepillar ni es nada. Tiene que barrer toda la encía, no solo el barrio de Salamanca. Sigamos... la seda dental, ¿con cuánta presión fiscal la utiliza?

—No sé, la normal, supongo.

—La normal, no. Hay que pasarla a fondo, a lo bestia. Al principio va a sangrar, pero luego ya verá cómo se acostumbra. ¿Y qué cepillo está utilizando contra la extinción masiva?

—Ah, eso sí: el cepillo de la coalición. Es bastante blando, pero es nuevo...

Mi dentista lo miraría consternada, como esos maestros que no querrían suspenderte pero que se empiezan a ir viendo obligados a hacerlo.

—Mire, usted necesita un cepillo eléctrico, de bajo consumo, descarbonizador y renovable.

—Es el presupuesto no me da para tanto.

—Para lo que no nos da el presupuesto es para que se nos llenen de caries los océanos y las selvas vírgenes. Así que ya sabe...

Cuando, incandescente de puro bochorno, abandono la clínica odontológica, mis encías son el patatal sobre el que se está construyendo una utopía.


lunes, 31 de enero de 2022

Día 1

Es curioso, el test. Uno se ha acostumbrado a hacerlo con tanta naturalidad que la rayita fatídica aparece de manera todavía más sorpresiva. Uno ya no la aguarda como un emboscado, con la mirada fija en la cajita del kit, sino que se la encuentra de improviso mientras prepara el desayuno. Es ella la que acaba tendiéndonos la emboscada.

Mi mayor temor se confirma: he dado positivo en el test de Covid pocos días antes de iniciar el viaje de promoción de la novela. Aunque no me encuentre mal, tendré que tragarme una semana larga de encierro. Peor que el virus va a ser la presencia en la casa de mis suegros, y el temor a que ellos, a su vez, enfermen y vayamos encadenando las cuarentenas, y las cuarentenas nos encadenen a nosotros.

Menos mal que ayer por la tarde salí diez minutos a jugar con el niño en la acera. Mi sombra era un cangrejo que amenazaba con apresar sus botas, y él pataleaba con una mezcla de excitación y miedo, como si el cangrejo fuera él.

Día 2

Oigo a mis suegros levantarse, trajinar con los cubiertos, moler café, tirar de la cisterna. Oigo a Óscar cantar «Oh Tannenbaum! Oh Tannenbaum!», y corretear por la casa, y me siento como el hermanito fantasma de Los otros. Kathleen entorna la puerta y me da una infusión. Es mi médium.

Cuando nadie me ve, me pongo el abrigo y salgo al médico. No estoy infringiendo la cuarentena, sino acudiendo a que me hagan la PCR que aquí, en Alemania, es preceptiva. Cuando llego, hay tres o cuatro personas formando cola delante de mí, todas con sus mascarillas, evidentemente, y con la mirada huidiza de quien va a comprar una revista pornográfica. En cinco minutos se forma a mis espaldas una fila de otros diez o doce pacientes.

Como la consulta especial de coronavirus está en el primer piso, la espera continúa en el hueco de la escalera. De vez en cuando se va la luz, y el que está más cerca del interruptor tiene que darle con el codo. Alguno se sienta sobre los escalones de pórfido. Nadie habla. Tres turnos por delante de mí hay un hombre con su hijo, de once o doce años, pero ellos tampoco hablan, quizá por respeto, quizá por pudor. En la consulta nos sientan en pequeños cubículos y nos hacen rellenar una anamnesis. Como yo soy extranjero me dan un formulario extra, en el que leo: «fecha prevista del parto».

Día 3

Hoy tengo que dirigir una reunión importante, que, a la vista de las circunstancias, hemos pasado a videoconferencia. Para que no se vea la cama deshecha, ni la bolsa de los pañuelos usados, ni el tendedero de los pañales, ni el montón de platos sucios, pero sobre todo para que mi ordenador pueda captar un hilito de la wifi, debo desplazar algunos los muebles. Saco los cajones del cambiador y lo empujo hasta casi bloquear con él la puerta del dormitorio. En su nueva ubicación, recuerda un atril de iglesia calvinista o un harmonio desvencijado. En el rincón ahora vacío hay año y medio de polvo. Vuelvo a meter los cajones y coloco encima la caja de un purificador de aire que teníamos en Berlín y que no hemos vuelto a usar desde que Óscar lo embadurnó de caca. Encima del purificador está la caca, y encima de la caja del purificador está ahora mi ordenador. En la pantalla sale un plano americano con el armario ropero de fondo. Ahí es donde voy a salir yo, predicando o tocando el harmonio, con los pantalones del pijama y el jersey bueno. Lo que queda fuera de plano es un asco. 

Día 4

En estos momentos debería estar a bordo de un avión, rumbo a Madrid. Mi plan era hacerme selfies en las librerías, conceder entrevistas sin quitarme las gafas de sol y firmar autógrafos no solicitados. Estos días esperaba gustar no ya los laureles de la gloria, pero sí por lo menos el escabeche de la notoriedad. En cambio, he acabado disfrutando de todo lo malo de no irme y de todo lo malo de haberme ido.  

Hablando por Skype con la editora, hemos quedado en mover mi luna de miel literaria un par de semanas más allá. De aquí a entonces, me da tiempo a curarme, contagiarme de nuevo y curarme otra vez. El problema, no obstante, es que cualquiera de mis planes dista de concernerme solo a mí: la cuarentena se ha convertido en la nueva pandemia. Según la Organización Mundial de la Salud, en el próximo mes se infectará con la variante ómicron la mitad de la población europea, lo que pondrá en cuarentena a la otra mitad. Puede perfectamente darse el caso —le digo a mi editora— de que yo llegue a Madrid y todos los demás estéis encerrados en vuestras madrigueras.

Día 5

Oigo a mis suegros levantarse, trajinar con los cubiertos, moler café, tirar de la cisterna. Oigo cómo Óscar llora y grita: «nein! nein! nein!», que es lo mismo que hago yo cuando veo que pasan las semanas y que mis suegros no tienen intención de irse.

Cuatro o cinco veces al día me acerco a la puerta, me pongo la mascarilla y doy una voz: «¡todos fuera!». Cuando oigo cerrarse las puertas del pasillo inspiro profundamente, contengo la respiración y me doy una carrera al cuarto de baño. La rutina tiene algo de electroshock doméstico.

Día 6

Ayer tuve unas décimas de fiebre, pero hoy me he levantado despejado y, tanto para distraerme como para hacer rendir el tiempo, decido que es buen momento para llevar a la práctica nuestro viejo proyecto de grabar una conversación sobre Las letras de la República.

En la plataforma de videoconferencia nos vemos por fin las caras, tras varios años de cruzar correos electrónicos, el explorador de Kamchatka y los pastores de la oveja roja. Me siento al harmonio y durante una hora larga hablamos de Bernard Lahire, Pierre Bourdieu, Julio Caro Baroja y Stanley Fish.

Devuelvo la conexión con la sensación de que ha quedado bastante bien, pero por la noche me asalta la sospecha de que, dado que el virus ataca al sistema neurológico, quizá yo no haya hecho más que balbucear y gorgotear como un zombi.  

Día 7

Entorno un ojo y miro la hora: las ocho menos diez. Ronroneo y duermo otra horita.

Hacía dos años que no me levantaba tan tarde. Me incorporo en la cama. Giro la cabeza a un lado y a otro. Nada, ni rastro de la tortícolis que arrastro desde que Óscar rebasó la marca de los diez kilos. Me pongo de pie y muevo los brazos como si fueran las manecillas de un reloj. Siento cierto resquemor, pero puedo marcar las diez menos diez sin que un calambre me corte el aliento. Me restriego los ojos y miro los exámenes corregidos, las notas de las videoconferencias, la pila de libros anotados y reseñados en Goodreads, los mensajes de audio que he cruzado con los amigotes. Caigo en la cuenta de que hace una semana que no limpio cacas ni canto nanas ni cuento cuentos.

Qué felicidad.

Alguien escribía estos días en Twitter que le parecía trágico cómo muchos se alegraban de coger el virus porque así podían dejar de trabajar un rato. Otra tuitera respondía que habrás dejado de trabajar tú, bonica, porque lo normal es seguir teletrabajando durante la baja. A lo que a mí me dan ganas de contestar que, para una tercera categoría de trabajadores, hacer una jornada de teletrabajo sin tener un niño al lado que te saque los libros de la estantería o te quite los bolis para pintar en la pared ha terminado convirtiéndose en algo próximo al descanso.  

Quién habría dicho que, sin salir de mi cuarto, terminaría llegando a Estocolmo.

Día 8

Fecha prevista del parto. Salgo a hacerme el test que pondrá fin a mi encierro. Podemos considerar un triunfo que, de las cinco personas que había en casa, solo yo haya caído enfermo. O, mejor dicho, que solo yo haya caído enfermo de coronavirus, porque obviamente todos han ido pasándose estos días uno de los resfriados que Óscar se trae de la guardería.

Aun cuando el resultado es negativo —alguien escribía en Die Zeit esta semana que hay niños para los que «positivo» significa algo negativo, y viceversa—, me cuesta quitarme la mascarilla y acercarme a los demás. ¿Seguro que es seguro? Kathleen llama a un número de información y se ríen de ella, o sea, de mí. Acepto comer en el mismo cuarto, pero sin quitarme la mascarilla. Durante la comida, mis suegros hablan del piso que van a alquilar aquí en Hannover, y discuten sobre la mejor manera de encajar la encimera de su antiguo apartamento en la nueva cocina, sobre cómo disponer el tresillo en el salón sin que bloquee la puerta de entrada, sobre cómo vender una enciclopedia de veinticinco volúmenes de 1994, sobre la altura a la que deberán taladrar las baldas en la despensa empotrada, sobre si comprarle o no los muebles del balcón a los anteriores inquilinos, y lo hacen afirmando vigorosamente, aleternativamente, a veces simultáneamente una misma opinión y la contraria.

«Willkommen zurück», me dice Kathleen, pero yo apenas la escucho, pues en mi imaginación ya he regresado a ese dormitorio en el que, por un breve lapso de tiempo, fui joven de nuevo.  

miércoles, 22 de diciembre de 2021

—«Álvaro»… ¿Eso es portugués? Ah, español. Estuve en España hace un par de semanas. Un clima estupendo…

—Qué suerte —respondí—. Nosotros tenemos previsto volver estas navidades por primera vez después de dos años. Mis hermanos todavía no conocen a su sobrino, y aún me quedan allí tres o cuatro amigos a los que querría volver a ver antes de consumar mi transformación en un misántropo cascarrabias…

Concluí la frase a un volumen inaudible: de todos modos, el dependiente de la tienda de ordenadores no me estaba escuchando, sino que miraba una tablet y la acariciaba con el índice.

—Mira, Álvaro —me dijo al fin. En un descuido le había concedido permiso para tutearme, aun a sabiendas de que era un truco pedorro de mercadotecnia para hacerme creer que estábamos en el mismo barco.— Mira, Álvaro, lo cierto es que en estos modelos el puerto USB está fundido a la placa base, así que va a haber que reemplazar todo lo que tu ordenador lleva dentro. Barato no va a ser.

En el siglo que corre, un ordenador es prácticamente un órgano más, así que salí de la tienda cariacontecido como si acabasen de endilgarme un positivo en el test del covid, lo cual resultaba irónico porque serían todos los demás los que, en las dos semanas siguientes, contraerían la enfermedad o tendrían contagiado a alguien próximo.

Los modelos matemáticos que extrapolaban la situación sanitaria para Año Nuevo iban de lo espeluznante a lo apocalíptico. Los gobiernos ordenaron de nuevo el toque de queda y el uso de mascarillas, pero nadie se acordó de pedir la suspensión de las patentes de las vacunas, que es lo único que podría impedir que esta situación se vuelva recurrente. Y, después de discutirlo durante horas con Kathleen, de consultar compulsivamente los periódicos y de dar vueltas y más vueltas en la cama, terminamos por aceptar que si viajábamos a España teníamos todas las papeletas para pasarnos el mes de enero encadenando cuarentenas. 

Pronto hará dos décadas que vivo fuera de España y hasta ahora nunca me había pesado, porque raro ha sido el año que no he podido juntar allí un mesecito. Pero no he vuelto desde mi excursión a Iria Flavia en enero de 2020, y, tras haber cancelado ya un viaje en julio, realmente había esperado poder pasar diez días con mis padres y mis hermanos, soltarles al niño para que lo disfruten y, de paso, refrescar mi español y recuperar una mínima parte de las lecturas que las constantes enfermedades de Óscar me han impedido hacer en las últimas semanas. Renunciar al viaje se me hace casi tan duro como renunciar al ordenador.




 «En fin, como suscribí un seguro de viaje a razón de cincuenta pavos por barba, al menos la anulación debería resultar sencilla», me digo en un acceso de optimismo. La agencia digital en la que compré el billete me remite a la aerolínea. La aerolínea tiene un contestador automático rizomático de arte y ensayo, en el que cada mensaje ha sido pregrabado con un acento y una intensidad diferentes, que van desde el cuchicheo turco al estonio estentóreo. Cuando doy por fin con alguien de carne y hueso, me dice que eso lo tengo que hablar con la aseguradora. La aseguradora me dice que ya veremos, pero que en cualquier caso necesito que la agencia me haga un certificado de cancelación. La agencia me dice que lo haga Rita —o sea, la aerolínea—. El teleoperador de la aerolínea dice que no puede cancelar el billete, pero sí anularlo. Le pregunto si no es lo mismo. El teleoperador considera que una risa sarcástica encapsula toda la información que necesito. Tres horas más tarde, en el número de teléfono de una oficina alemana de la aerolínea española, damos con alguien que nos dice que, como es Navidad, nos va a hacer un favor, y ese favor consiste en hacer lo que legalmente está obligado a hacer.


La crispación que me ocasionan estos trámites atenúa el duelo por esta nueva postergación de los reencuentros. Por el espacio de tres horas largas, mi aversión a las técnicas corporativas para escurrir el bulto y torear al cliente por lo fino pone en olvido a todas las personas a las que no podré ver. Para distenderme, y ya que la tarde está de todos modos perdida, me acerco en bici a la tienda de informática, donde, según me comunicaron ayer, por fin puedo recoger mi ordenador.  

El mismo dependiente de la última vez saca mi portátil de un sobre de material plástico con la textura de una galleta de arroz.

—«Álvaro» —me dice—, ¿eso es portugués? Ah, español. Estuve hace poco en Barcelona. Las playas, las tapas…

—Qué suerte —farfullo—.

—Bueno, pues aquí tienes —dice, abriendo el ordenador y pulsando el interruptor de encendido—. Prácticamente no ha habido que hacerle nada. 

—¿No? —pregunto, extrañado—. La última vez usted me dijo que habría que extraer la placa madre, el disco duro, la vesícula, la batería… 

—Nah —dice, pulsando de nuevo el botón de encendido—, tan solo era una cosa de actualizaciones. 

—Bien puede ser. Lo de actualizar, la verdad, me da siempre una pereza enorme, porque antes hay que liberar tropecientos gigas, que no sé yo por qué las actualizaciones siempre necesitan tantísima memoria, y mi colección de audiolibros ha crecido tan descontroladamente que…

Me callo, porque el dependiente, tras pulsar por tercera vez la tecla de arranque, ha dejado de prestarme atención y contempla la pantalla de mi portátil, que permanece sumida en una ominosa oscuridad. 

—Dame un minuto —dice. Y, sin esperar respuesta, cierra mi portátil, lo enfunda en la galleta de arroz y se mete en la trastienda. Media hora más tarde vuelve a salir y me dice:

—Mucho me temo, querido Álvaro, que tu ordenador no arranca, ni carga, ni ventila. Ahora bien, como es Navidad, te voy a hacer un favor…

jueves, 9 de diciembre de 2021

 Fuimos a una oficina municipal a hacerle el pasaporte a Óscar. Junto a la ventanilla había un expositor de tarjetas de donantes de órganos. El principio es simple: uno firma la tarjeta, la mete en la cartera y, en caso de accidente, el equipo médico cuenta con la aceptación expresa del interfecto para sacarle los menudillos. Le pedí a Kathleen, que estaba más cerca, que me tendiese una. Me dijo que no, medio en broma; sé que la espantaría aceptar ese procedimiento en sus seres queridos, que para ella se asemejan a una mutilación. 

Antes de salir, aprovechando una maniobra de distracción de Óscar, deslizo una tarjeta en mi bolsillo.
 
Al ir a firmarla, no obstante, vacilo. Me detienen varios considerandos. El primero de ellos, desde luego, es que la decisión no me compete solo a mí mismo. Creer que el cuerpo de uno sólo es de uno es igual de mentecato que creer que el cuerpo de los demás también es de uno. En algún lugar paradójico entre esas dos posiciones mutuamente excluyentes se encuentra la verdad de nuestra convivencia.

¿En nombre de qué bien mayor, en caso de tener una muerte violenta, le añadiría a Kathleen un dolor suplementario? En nombre de la Humanidad, por supuesto; pero por esa rendija se cuelan las demás preguntas. ¿Cuánta confianza estoy dispuesto a depositar en la Humanidad? ¿Cómo de incondicional sería mi donación? No tanto como propone la tarjeta, desde luego. La tarjeta permite reservarse algunos órganos, como cuando uno sale del restaurante y se lleva en una barquilla de aluminio los restos de la familia diciendo que son para el perro aunque en realidad son para la suegra. Para la suegra uno puede reservar, en caso de muerte sobrevenida, la vesícula biliar —es un ejemplo— o el intestino delgado. Hay quienes deberían donar su hígado a un museo, porque con él ejecutaron proezas verdaderamente épicas. Otros deberían donar a un museo... En fin, dejémoslo. 

Yo no querría reservarme órganos, sino reservar para mis órganos el derecho de admisión. Querría tener la opción de indicar el tipo de receptor que deseo para ellos. A un niño, por ejemplo, siempre le concedería el beneficio de la duda, pero temo que los niños calcen órganos varias tallas más pequeños.  

Es una lata estar muerto en el momento en el que uno mejor podría decidir sobre algo tan trascendente. Lo que a mí me gustaría es poder recorrer la lista de enfermos y tomar una decisión informada, con la misma parsimonia con la que los millonarios deciden el tipo de causa supuestamente altruista en la que piensan invertir parte del dinero que no pagaron al fisco.

Me imagino revolviéndome en mi tumba mientras mis pulmones van por ahí conduciendo un SUV, espantando a manteros, troleando a las escritoras y cortando cochinillos con el canto de un plato de loza. Mi mano se desenterraría mágicamente, como en la leyenda becqueriana, para hacer a ras de suelo un elocuente gesto de disconformidad.

Lo que yo desearía es poder customizar mi tarjeta de donante y añadirle cinco líneas rojas, cinco requisitos innegociables para mi coalición con el futuro legatario: que vote a la izquierda del centro izquierda, que no tenga coche, que no viva en una vivienda unifamiliar, que sea vegetariano y que no diga «es la tormenta perfecta». De lo contrario, amiguito —escribiría con mucha mala sombra en una nota al pie—, vas a tener pedirte los pulmones por Amazon.

—Menudo malqueda —dice mi interlocutor imaginario—. ¿Qué más te dará, si de todos modos vas a estar muerto? Piensa un poco en los demás.

Precisamente, yo pienso mucho en los demás. Me paso el día pensando en los demás, y en lo poco que los demás piensan en los demás. Pienso en cómo los demás aparcan su carro blindado en los pasos de cebra e invierten distraídamente en fondos buitre mientras mastican el penúltimo atún rojo. Quizá los demás acepten que les extirpen algunas vísceras cuando ya no puedan seguir dando la lata, pero eso no significa que alguna vez hayan pensado en los demás.



Como mi interlocutor es imaginario, lo transformo en interlocutora y la visto de Sakura Haruno, la heroína del manga preferido de mi sobrino.

—¡Si actúas así te convertirás en alguien idéntico a ellos! —me dice Sakura, componiendo un delicioso gesto de espanto.

Quizá; pero si pongo mis entrañas en dominio público me convertiré en algo peor que alguien idéntico a ellos, y es en ellos mismos.

Sakura, pensativa, se enrosca tras la oreja uno de sus mechones rosa. Pasados unos instantes de vacilación, se pone de pie y se ajusta las rodilleras, como disponiéndose a una ofensiva.

—Tienes razón —dice—. Hay una alta probabilidad de que donar tus órganos sirva únicamente a la lógica extractiva del neoliberalismo económico. Los pobres siempre han dado su cuerpo a los ricos. A los ricos, los cuerpos vivos les importan solo dentro de un reducido radio de clase.

—Bueno, bueno, tampoco hay por qué ponerse estupendos.  

—La donación de órganos es un simulacro de redistribución por el que los atropellados, los desinformados, los mal asesorados, los que se suben al andamio prolongan las vidas de quienes atropellan, de quienes informan, de quienes asesoran, de quienes trabajan en cómodos despachos de madera de cedro y sillones ergonómicos.

—Sakura, hija, te estás saliendo del guión…

—¡El momento de la filantropía ingenua ha terminado! ¡Quien aspire a heredar el corazón del prójimo debe preocuparse por el prójimo mientras su corazón aún late! ¡La socialización de los cuerpos muertos no es admisible mientras no se socialicen los medios de producción!

Sakura Haruno levita a un palmo del suelo. Un viento que parece surgido del centro de la tierra le revuelve la cabellera y arremolina en torno a ella hojas de cerezo. Sakura Haruno tiene la pose de un mural soviético y la mirada extraviada de una virgen mártir.

Esto se me está yendo de las manos.